El tiempo adquiere una perspectiva diferente en la colonia de lobos marinos en la bahía El Padre, al suroeste de la isla Robinson Crusoe. Al embarcadero, situado en lo que en su día fue un cráter, llegan los barcos con los viajeros que vuelven al Continente (Santiago de Chile) en avioneta. Sobre la bahía se encuentra la pista de aterrizaje y el barco se convierte prácticamente en la única forma de llegar al aeródromo sino se quiere caminar 18 kilómetros desde el pueblo hasta la pista.
La imagen de cientos de lobos marinos surfeando con las olas, jugando y apareándose sobre las rocas es un lujo para la vista. Después de varias horas de espera para coger el barco que aguarda fondeado a la próxima avioneta, nos relajamos resignados mientras Miguel, un lugareño, nos cuenta bajo la curiosa mirada de los lobos, que dejó el Continente por trabajo pero que luego volvió a la isla con su mujer y su hijo, donde han encontrado el significado de la felicidad.
El lobo de mar de dos pelos es casi un milagro que se encuentre recuperado de casi su total exterminio. Durante la primera mitad del siglo XIX fue cazado y su piel, el aceite y la carne eran muy cotizados. Se llegaron a contabilizar hasta 10 ejemplares. Hoy, gracias a programas de protección, existen numerosas colonias de cientos lobos marinos en todo el archipiélago Juan Fernández. Estos lobos se caracterizan porque desde sus poros salen dos pelos en vez de uno y comparten el océano de Fernández con peces como el jurel, pampanito, bacalao, salmón, breca, vidriola y la reina del lugar, la langosta principal fuente de ingresos de la isla. Los expedicionarios de la ruta Quetzal BBVA van a poder disfrutar de una jornada de pesca.
Atrás dejamos la bahía, el cráter y los lobos marinos, que ajenos a todo, juguetean felices mientras llega la próxima avioneta. Porqué será que "feliz" es una palabra que surge con facilidad en las conversaciones con los isleños.......