¡Adiós, Ruta Quetzal BBVA 2009... Hola, 2010!
Los últimos dos días de la expedición han sido una despedida continua. De las calles de Santiago de Chile, del clima de verano, de las aventuras vividas en América. Y sobre todo despedidas de amigos. Porque si hubiese que condensar en una sola palabra las vivencias de estos trescientos chavales en sus idas y venidas por España y Chile, el término idóneo es compañerismo.
El jueves 30 los ruteros tuvieron su recompensa por los esfuerzos de los últimos 20 días. Al caer la tarde ascendieron por una de las colinas que coronan la capital chilena y que reservan vistas de infarto. En el palacete que se levanta en la punta del Cerro Santa Lucía les esperaba una velada pensada por y para ellos. Corrieron empanadas chilenas, perritos calientes aderezados con aguacate y tomate, y “lomitos”. También hubo jugos de piña y “frutilla”, como se conoce en muchos países suramericanos a las fresas. Y de postre, todo tipo de dulces locales bien forrados con dulce de leche. “Cuidado con los atracones”, advertían los monitores.
Y al fin, como quien no quiere la cosa, ha llegado ese extraño día en el que nos damos cuenta que doce meses más se nos han escapado de las manos. Pero para los expedicionarios no ha sido un año cualquiera. Tampoco una nochevieja convencional. El 2009 tocaba su fin y comenzaba la diáspora.
El regreso a los 52 países de origen de los expedicionarios va a ocupar en total tres días. Los primeros en echar el vuelo lo hemos hecho en plena entrada y salida de año.
La Nochevieja nos pillaba literalmente con un pie en los pasillos del aeropuerto, y el otro en el avión. Los monitores y Chus, una de los médicos del campamento, habían aprovisionado a los chavales con uvas. A las ocho de la tarde chilenas, las doce de la noche españolas, procedíamos a darle la bienvenida al 2010 a la manera española, aunque con espíritu internacional. Algunos se comían las uvas a ojo ya sentados en los asientos del avión. Otros conseguimos contactar vía movil con las campanadas de la Puerta de Sol, y convertíamos la sala de embarque en una improvisada sala de fiesta.
El viaje ha sido tan largo como era de esperar, pero tranquilo. El puro agotamiento y la melancolía adormecen a los viajeros. Atrás quedan cientos de despedidas en el campamento y en el aeropuerto. “Ha merecido la pena. Me gustaría comenzar de nuevo la Ruta mañana mismo”, comenta Patrik Kurosik, de Eslovaquia, acomodado en su asiento. Barajas es la parada final para algunos. Para otros, como Patrik, aún quedan horas de vuelo y aeropuertos por delante.
Un año más comienza con miles de planes y buenos propósitos bajo el brazo. Para los ruteros, con una agridulce sensación de estar a punto de perder de las manos días y días viviendo con lo básico pero atiborrados de calor humano. Pero también con la satisfacción de la meta alcanzada y con muchos nuevos compañeros para lo que les queda de viaje.
La Ruta Quetzal BBVA no se detiene. Tierras mejicanas serán el escenario de nuevas caminatas, anécdotas, chaparrones, quemaduras, risas, enseñanzas… será otra nueva Ruta. Otra historia.


En la ciudad de Temuco la Ruta Quetzal BBVA ha frenado el ritmo. Mañana de museos y tarde de conferencia después de días intensos de mucho caminar. El Museo Ferroviario Pablo Neruda es una maravilla para los amantes de los viejos vagones y los raíles oxidados. Sus varios edificios eran un antiguo complejo que data de 1929. En plena visita, Temuco ha demostrado que las lluvias son su signo de identidad. Los expedicionarios han vuelto a teñír la Ruta del amarillo chillón de sus capas.
En torno al enorme lago Budi hay penínsulas, ensenadas y humedales. Allí se asientan las comunidades que conforman la mayor concentración de Mapuches de todo Chile. La Ruta Quetzal BBVA se ha adentrado desde Puerto Saavedra hacia esta zona rural para conocer a este pueblo en su hábitat natural.
Esta mañana los ruteros han levantado su campamento en Curarrehue dirección Temuco. Allí continuarán su indagación sobre el poeta Pablo Neruda, que vivió sus primeros 18 años de vida y descubrió su vocación literaria en esa ciudad. En el camino, era obligada la parada en Puerto Saavedra.
Esta mañana hemos acometido el asalto al gran gigante, el volcán de Villarrica. En lengua mapuche, el Quitralpillán, “morada del antepasado del fuego”. Se trata de la joya de la corona de la región de los Lagos y la Araucanía, en la que la Ruta permanece por el momento. Un enorme volcán que alcanza los 2.847 metros de altura. Los intrépidos que consiguen llegar a su punto álgido se pueden asomar a unas fauces de 200 metros de diámetro.
Camilla Mina, expedicionaria suiza, lo tiene claro. Llueva, truene o nieve, es “una mujer fiel a sus sandalias”. Aunque el día era radiante y la temperatura invitaba al pantalón a los bermudas y las chancletas, el cometido de hoy era ascender un volcán. Y para estar convenientemente preparados, 269 expedicionarios se han calzado sus botas. Camilla no.
Los expedicionarios de la Ruta Quetzal BBVA 2009 han aprovechado su excursión a la ciudad de Villarrica para plantar unos 200 árboles en presencia de Miguel de la Quadra-Salcedo y el alcalde de la ciudad. “Ahora son de pequeña estatura, pero pronto estarán bien grandes”. Habla Manuel Geddar, profesor de biología de la Universidad Católica de Villarrica, que ha acompañado a los chavales en el trascurso de la actividad.
La planificación para el día de hoy ha previsto una parada en Villarrica. De camino, los cronistas leemos en la guía que nuestro próximo destino es conocido por el turista medio como “aquella ciudad por la que pasamos cuando íbamos de Temuco a Pucón”. Pero nada más bajarnos del autobús, en la Avenida del Aviador Acevedo, los prejuicios caen por su propio peso. Villarrica tiene las mismas casas bajas, en madera pintada de colores, y con techo de dos aguas de zinc que hemos visto en Pucón. Pero nada tienen que ver las unas con las otras. En Villarrica cada casa tiene su propio desconchón, algunas hace tiempo que perdieron la pintura, y no hay orden aparente en la manera que las construcciones caen las unas junto a las otras. Un perro duerme en la esquina de una avenida. Unos lugareños charlan a la puerta de una tienda de fruta. Villarrica es caótica, pero con la calma propia de muchas ciudades pequeñas suramericanas. También tiene el encanto y la autenticidad de la que Pucón, donde dormimos, no conoce. Villarrica rezuma carácter y alma.
Con una temperatura veraniega, ataviados con sus camisetas, botas, y pantalones desmontables, parecería que los chicos están a punto de subir una montaña, irse a la piscina o echarse un partido de fútbol. Pero aunque los indicios sean dudosos, esta noche es Nochebuena. Y por eso un centenar de gorritos rojos adornan las cabezas de los expedicionarios.
“Cuando estás fuera de casa, y de tu país, de repente te entran ganas de hacer estas locuras”, explica Pablo, un expedicionario que hasta hoy le tenía algo de alergia a los cánticos navideños. Pero la Ruta es otra historia. Y si hay magia, también hay magos que la propician. Cuco, Julián y Salvador, los titiriteros de la Ruta Quetzal BBVA, hoy tienen noche de faena, y han acudido preparados. Con la dulzaina, el bombo y el acordeón a punto, los tres juglares en ruta animan, jalean y entonan a los chavales. Aunque los chicos necesitan poca cuerda. Duermen cuatro o cinco horas diarias, se duchan con agua fría y aún así no pierden el ánimo para pasar la mayor parte del día caminando. Cantar hasta caer rendidos en Nochebuena es pura diversión, y para eso, y para lo demás, siempre les sobran fuerzas.