En la Expo Zaragoza
El agua habla sin cesar y nunca se repite la frase de Octavio Paz que explica por qué no nos hemos aburrido hoy: La Expo del Agua de Zaragoza da para mucho. Tanto que a duras penas abarcamos en un día todo lo interesante. Después de posar delante de un "Fluvi", nos dispersamos por grupos par ver La Torre del Agua, con su característica, El Faro, que en 2.025 no vayan a tener agua dos de cada tres personas o que murieran cada año miles de niños por diarreas derivadas de las malas condiciones del agua. Son cosas que parece que no nos tocan, mucho más antes del 18 de junio.
Algunas afortunadas conseguimos entradas para el Pabellón de España (¡esa Celia, es mucha Celia!), muy recomendado y con razón, pero también tuvieron éxito Marruecos, Japón o Alemania, pese a las colas.
Unos precios un poco exagerados y algo de calor en las peores horas fueron los únicos inconvenientes, pero esta especie de ciudad del futuro merece la pena incluso para los que tienen los pies machacados tras la caminata de Picos de Urbión, aunque tuvieran que visitarla en silla de ruedas. Desde los puestos de regalo, hasta el acuario, todo aqúí tiene una desconexión con el líquido que más hemos aprendido a valorar: incluso aprovechando algunas fuentes en las que está permitido, hay ruteros que se dan un buen chapuzón.
El mejor momento es al final del día, cuando ya se ha ido el sol y aparecen espectáculos callejeros por todas partes. Da rabia tener que irnos justo entonces: vuelta al autobús y a seguir firmando anuarios, prueba de que poco a poco se extendiendo una idea: esto se acaba.

