El sábado 19, un día bastante improvisado; amanecimos con oraciones a Alá por megafonía, por Miguel de la Quadra-Salcedo, impredecible hasta en la forma que nos despertamos. Estábamos en el Castillo de Gormaz, uno de los lugares más impresionantes donde hemos dormido aquí en España, y tuvimos algo de tiempo por la mañana para disfrutar de la vista de campos infinitos de la provincia de Soria.
Antes de comer trasladamos el campamento a Berlanga de Duero. Y por la noche, tuvimos tiempo libre para comer como alimañas y comprar cosas innecesarias que en teoría estábamos aprendiendo a despreciar en un mercadillo medieval en El Burgo de Osma. Tartas, crepes, chocolate, helados, pulserillas y diábolos fueron los protagonistas: no importa que no tuvieran nada que ver con el medievo, para eso están las calles del Burgo.
Al día siguiente, realizamos un estudio sobre la calidad de las aguas de la zona con voluntarios de la Fundación Gaia. Después de comer la paella del domingo, tuvimos la tarde libre por Berlanga y la celebración del bautizo de León Mitchel, el hijo de nuestro dulzainero favorito, y nuestra presencia lo convirtió en una ceremonia bastante peculiar: incluso algunos ruteros músicos tocaron para el acontecimiento.
El lunes 21: mañana de desmontaje y de visita a Soria. Allí tuvimos un encuentro con el Alcalde y la directora del Instituto Cervantes, Carmen Caffarel, y pudimos recorrer la ciudad siguiendo los pasos de Antonio Machado. Por el camino pasamos por la casa de Marichalar, donde espontáneamente nos abrió las puertas, Álvaro de Marichalar, que ha estado apadrinado en sus aventuras por Miguel de la Quadra-Salcedo. Nos enseñó su casa, nos contó su historia, nos presentó a su familia. Todo un lujo.
Luego hicimos una lectura de poemas de Antonio Machado en la ermita de San Saturio, a orillas del Duero, y caminamos en una alameda cercana. Por la tarde nos trasladamos al campamento en los Picos de Urbión y después de montarlo todo, bajamos a la Laguna Negra para escuchar un recital del romance de Alvargonzález de Machado, acompañado de música. Pasamos un poco de frío, pero el sitio y el espectáculo merecían la pena, y mucho.
Llegamos tarde al campamento, y bastante reventados, lo que no es muy apropiado para la víspera de una marcha de doce horas.
La última marcha. Tuvo partes duras, empezando por una cuesta que nos dejó sin aliento a las 6:30 de la mañana, pero en total fue genial: las caminatas son la mejor ocasión para hablar de cualquier cosa (cocina, política o dibujos animados) con el que llevas delante, que quizás ni es de tu grupo ni de tu nacionalidad, pero sigue el mismo camino. Llegamos pronto a la cima del Pico de Urbión y recargamos nuestras cantimploras den el nacimiento del río Duero, y después de comer bajamos hasta la Laguna Negra (dos tardes previas de tiempo libre y una lección bien aprendida sobre las raciones de comida militar hicieron que casi todos comiéramos comida no oficial).
Llegar y poder decir "he conseguido terminar hasta la última caminata" no tiene precio.