Los indios Ngobe-Buglé son los principales productores de cacao en Panamá. Explotados por un sinfín de intermediarios que se aprovechaban de la extraordinaria calidad de su cacao y del desconocimiento de los Ngobe de las normas que rigen el comercio internacional, la comunidad indígena ha visto a lo largo de los años cómo los grandes empresarios se enriquecían del fruto de su trabajo.
Los españoles Kobylanski, de ascendencia polaca, han invertido la situación. Desde hace 15 años, comercian con los Ngobe eliminando a todos los intermediarios y negociando de manera directa con el productor particular. "Les pagamos unos 2.000 dólares la tonelada, pero alcanzaremos mejores precios porque el cacao se revaloriza cada día", explica Christian Kobylanski, que muestra a los expedicionarios de la Ruta Quetzal BBVA la fábrica de chocolate que su familia ha instalado en Panamá.
Y si los Ngobe son los principales productores, los kuna, localizados en Panamá y Colombia, son los mayores consumidores. Dicen de ellos que pueden llegar a beber a la semana hasta 40 tazas de cacao mezcladas con agua, maíz o plátano duro. Quizás influyan otros factores además del cacao, pero los kunas no sufren ni de colesterol ni de problemas cardiovasculares.
Aunque el español colea entre la segunda y la tercera lengua más hablada del mundo, las diferencias semánticas entre los países de habla hispana pueden crear grandes confusiones. Algunas carecen de importancia, como el panameño "carrizo" que en el español de España quiere decir "pajita para beber". En otros casos, del significado exacto de las palabras puede depender tu vida.
Así nos pasó junto al Canal de Panamá. Un cartel advertía "Cuidado. Lagartos en el área", aviso que a un español podría parecerle absurdo, si desconoce que los lagartos de aquel lugar miden cuatro metros.
Son las 5.45 y suena el despertador. Hoy toca día de selva, 12 kilómetros en lo que para muchos será su primer contacto con la naturaleza más salvaje. Nos levantamos temprano para seguir el rastro del Camino de Cruces, el antiguo Camino Real por el que los españoles transportaban mercancías del Perú, Baja California y Chile. Los expedicionarios vivirán su primera gran aventura y mantienen elevado su espíritu.
(Ángel Colina)
La organización es crucial para movilizar a cerca de 400 personas. Parte a la cabeza el grupo de los quetzales, el más lento, que permitirá que los rezagados se incorporen al siguiente, los jaguares. Cerrando la expedición, caminan las águilas, los más fuertes y veloces, que se asegurarán de que nadie quede solo en la ruta. Nos acompañan además Jesús Luna, jefe del campamento y cabeza de la expedición, Edgar, uno de los guías del Parque Nacional, y de nuevo nuestro amigo Luis Puleyo, el profesor de supervivencia y el único que no usa repelente de farmacia y unta su cuerpo con un "barro antismosquitos" tan eficaz que sólo él ha terminado la marcha sin picaduras.
El camino empedrado de los primeros metros es un espejismo, que paso a paso adquiere su apariencia real y se transforma en selva. Sólo se escucha el sonido de la naturaleza, alterado por las risas de los jóvenes, que no muestran en las siete horas que dura la marcha el más mínimo gesto de desfallecimiento. Disturba también la quietud una serpiente equis, que Luna, siempre atento, ha localizado junto al sendero.
Miles de cargamentos de oro, plata y piedras preciosas pasaron antes por aquí. El Camino de Cruces fue una de las principales rutas comerciales, aunque su importancia decayó con la apertura al comercio hacia el Pacífico por el Cabo de Hornos. Estas tierras fueron testigos de las andanzas de los piratas, como Francis Drake, que en 1577 blandió su espada contra las tropas españolas.
Y la marcha sigue. Un barrizal, una charca, y cae, como no, un periodista en el lodo. Pendientes, raíces, pedregales, una nueva subida y una bajada por el fango. Otro culetazo, esta vez un rutero. Con el barro hasta las rodillas, la expedición avanza y avanza.
Después de siete horas avistamos la venta de Cruces, junto al lago Gatún. "No ha habido quejas ni protesta, los chavales son maravillosos", asegura Luna mirando con orgullo a sus alimañas. En lanchas, atravesamos el lago. Los expedicionarios han logrado la primera gran victoria.
"No hay genio en el mundo que no haya tenido un diario", explica Jesús Garrido, que "para que no corran los rumores" confiesa desde el primer minuto ser "sacerdote jesuita". Acompaña a las alimañas desde 1993. Dejen a un lado los prejuicios religiosos, porque Jesús no desempeña una función proselitista: viaja en la Ruta Quetzal para infundir en los expedicionarios la necesidad de la crónica y los "persigue" para elaborar el diario oficial de la ruta.
La crónica es la herramienta que permite desarrollar la "capacidad de lo que uno sabe y no sabe", "no es una descripción detallada de lo que ha sucedido a lo largo del día", puede ser un fragmento, una impresión que borra la rutina de la jornada fijándola con fuego en nuestra memoria. La simbiosis de viaje y crónica forma parte de la columna vertebral de la Ruta Quetzal BBVA, que pretende despertar en los jóvenes la curiosidad por descubrir lo que los rodea. Por ello llevan siempre un cuaderno y un bolígrafo, uno de los adminículos de la mochila de todo buen rutero, más aún cuando saben que el mejor diario repetirá en la Quetzal de 2009.
La idea no es nueva. Hernando Colón, el segundo hijo de Cristóbal Colón, acompañó a su padre con tan sólo 14 años entre 1502 y 1504 al cuarto viaje colombino, La ruta de los huracanes. De las notas que tomó en aquella travesía, Hernando escribiría entre 1537 y 1539 La historia del almirante. Para entonces, era ya un reconocido cosmógrafo y poseía la biblioteca más importante de la época.
Hernando es el ejemplo a seguir por los expedicionarios. Simboliza el deseo de explorar la originalidad de cada día y plasmarla con palabras para abarcarla en su totalidad. Por ello es necesaria la crónica. Y no sólo para las alimañas.
Les presento a Israel y a Albano. Son miembros de la Policía turística de Panamá, un cuerpo especializado de la Policía Nacional que ayuda a los turistas en su recorrido por la ciudad. Una vez más me quito el sombrero ante Panamá, porque aún tiene muchas lecciones que dar al mundo.
Conocimos a Israel y Albano en Ciudad de Panamá por casualidad, cuando les preguntamos dónde estaba el Convento de Santo Domingo. Nunca sospechamos que sería el inicio de una larga conversación. Nos explicaron la historia del Arco Chato, uno de los principales atractivos del complejo, y como su resistencia a más de 200 años de historia convenció a las autoridades estadounidenses de la estabilidad de la tierra panameña y las ventajas de construir aquí el canal y no en Nicaragua. También nos contaron la historia del pirata Henry Morgan, de su ataque en 1671 a Panamá la vieja, de la que hoy sólo quedan las ruinas, y de cómo el Capitán General de Tierra Firme, Don Juan Pérez de Guzmán, prefirió incendiarla antes de que los corsarios se hicieran con el botín.
Panamá me deja sin palabras. Nunca hubiera imaginado que dos agentes de policía pudieran dar tan magistral lección de historia. Tenemos mucho que aprender.
Los expedicionarios empiezan a transformarse en pequeñas alimañas. Que no se ofenda nadie. Quien no se convierte en uno de estos "animalejos" no es un verdadero rutero. Las alimañas abandonan en la Quetzal el significado que les otorga la Real Academia de "animal perjudicial a la caza menor" o aún peor, el de "persona mala y despreciable" por el de miembro de honor de la Ruta. Sólo quien ha interiorizado el verdadero espíritu de aventura y camaradería puede tomarse la licencia de atribuirse el título de alimaña.
Y nuestros jóvenes ya son diplomados en alimañismo. Lo demostraron anoche en el campamento cuando una fortísima lluvia –en Panamá es la temporada de las tormentas- amenazó la estabilidad de las tiendas. Los expedicionarios aseguraron las piquetas, protegieron todas sus pertenencias y pasaron estoicos una noche amenazadora. Jesús Luna, el jefe de campamento, debe sentirse orgulloso de las nuevas alimañas, que ya pueden cantar el himno que los titiriteros han hecho famoso en las ediciones anteriores:
"Soy alimaña,
y en Panamá, lo confirmé,
soy alimaña con caché.
Yo sudo y huelo mal,
pero a mí me da igual".
La metamorfosis de la alimaña comienza con la primera ducha. Olviden los baños tradicionales con mampara y agua caliente. Las verdaderas alimañas se asean en comuna, con el bañador puesto y bajo el agua a presión que cada mañana y cada noche les enchufa un camión de bomberos. Puede parecer incómodo, pero les aseguro que es la hora de la fiesta.
Las alimañas lavan y secan su ropa, friegan sus platos, montan sus tiendas y hamacas y se preocupan de que en el campamento reine el orden. Pero todo ello caería en el vacío si no aprendieran a cuidar de sí mismos y de sus compañeros. En realidad, todos deberíamos ser alimañas. Los expedicionarios ya se han diplomado. Después de 40 días de ruta, serán doctores en alimañismo.
Imaginen 600 árboles unidos por cuerdas en medio de la selva. También sirven 300, aunque en este caso tendrán que imaginar literas. Si su fantasía es lo bastante creativa, podrán vislumbrar el campamento de la Ruta Quetzal BBVA durante las tres noches que los expedicionarios pasarán en la selva de San Juan de Pequení, la prueba más ardua de la travesía panameña. La lluvia, el calor y el acoso de los mosquitos serán los grandes enemigos, aunque nada deberán temer nuestros jóvenes valientes si siguen los consejos del gran Luis Puleyo y de los incondicionales monitores. Disfrutarán, incluso, de cierto confort: dormirán secos a pesar de la humedad.
Ante la imposibilidad de instalar las tiendas de campaña por las condiciones climáticas y la dificultad de encontrar un claro suficiente, la organización de la Ruta Quetzal buscó una nueva alternativa, unas hamacas confeccionadas a base de un tejido impermeable, que maximizan la comodidad, ante situaciones atmosféricas de gran humedad. Miguel de la Quadra Salcedo, Jesús Luna (jefe de campamento) el arqueólogo Andrés Ciudad, y nuestro ya conocido Puleyo han sido los artífices de la idea, con la ayuda de Altus.
Una capa impermeable reforzará la cama colgante de los expedicionarios, que podrán regular la temperatura a la que deseen dormir en función de dónde coloquen el forro: cuanto más lo aproximen a la hamaca, obtendrán más calor.
Para evitar la visita nocturna de los insectos, la hamaca se cierra en su totalidad con un velcro, "porque las cremalleras terminarían fallando", explica Patricia Molina, la subjefa de campamento de la Ruta, que aprovecha los ratos libres para preparar a sus muchachos para que el desafío de la selva no les sorprenda desprevenidos.
Carmen, de Granada, se atreve a probar las hamacas:
Es la primera vez que escribo de fútbol así que pido disculpas por mi ignorancia. Pero España ha ganado a Italia y se clasifica para la semifinal de la Eurocopa. Se merece un post, sobre todo porque después de estar 88 años sin ganar a Italia siempre podremos contar la anécdota de "Yo estaba en Panamá cuando España ganó a la azzurra y pasó de cuartos".
El partido comenzaba a las 14.15 hora local, pero se respiraba nerviosismo desde la mañana. Los panameños nos mostraban su apoyo por las calles cuando les preguntábamos dónde podríamos encontrar una televisión para animar a la selección. Unos expedicionarios muy avispados de la Ruta Quetzal BBVA descubrieron una pantalla tras un escaparate frente al convento de Santo Domingo, pero era demasiado pequeño para que nos asomáramos cerca de 400 personas.
Finalmente, tras mucho buscar, encontramos una televisión en un bar, aunque ya había comenzado la segunda parte, sin goles todavía. Y los goles tardaron en llegar. Los panameños del local nos acompañaron en el sufrimiento de los penaltis y celebraron con nosotros el gol definitivo de Cesc Fàbregas. Es inevitable, todos los ruteros hablan de ello, es el tema del día. Ahora esperamos poder decir "Yo estaba en Panamá cuando España ganó la Eurocopa".
"Los cocodrilos son unos oportunistas, atacan cuando estás desprevenido", advierte Juan Antonio, nuestro guía en Panagator, la primera granja en Panamá dedicada a la cría de estos lagartos. "Es una granja", pensamos todos los presentes, seguros de que la mano del hombre les habrá dado un aspecto más dócil. Pero los cocodrilos asustan, aún más cuando Juan Antonio nos aconseja no acercarnos demasiado a las piscinas porque "brincan" y "pueden recorrer 12 metros en un segundo". Aunque parecen dormitar y su inmovilidad les hace pasar inadvertidos, han sido dotados del don de la paciencia y acechan a sus presas esperando el momento preciso para embestir y no fallar, tanto esperan que "pueden llegar a estar sin comer hasta seis meses" gracias a las reservas de grasa que acumulan en la cola. Dicen los panameños que "quien parpadea pierde", así que entramos en la granja con los ojos bien abiertos.
Dedicada en un principio a la cría de cerdos, una crisis en los años 90 hizo que los dueños de Panagator buscaran una alternativa de negocio. "Un día un cocodrilo se comió los chanchos" explica Juan Antonio, lo que, lejos de ser una desgracia, fue la pista que les indicó el camino para dedicarse a la cría de caimanes y cocodrilos, en concreto, dos subespecies, los caimanes Fuscus y los cocodrilos Acutus.
Y el negocio funcionó. "Del cocodrilo se vende la piel", la del vientre, porque la superior es "dura como la piedra", continúa nuestro guía, y añade, no sin cierta lastima, que "son necesarios dos de estos reptiles para hacer una cartera". De la carne no se aprovecha mucho más, tan sólo "un kilo de la cola y otro de la panza", un manjar poco habitual, que sólo sirven los restaurantes más selectos. Son también útiles sus lágrimas, al menos para las "libélulas y las mariposas", que temerarias "beben de los ojos de los cocodrilos".
Conocemos primero a los Fuscus. De color marrón chocolate, pueden llegar a medir a medir hasta tres metros. Yacen amontonados unos sobre otros, como si estuvieran petrificados, pero siempre con la mirada fija, observando los movimientos de su alrededor.
Los Acutus nos dan más miedo. Son “"o mismo que los cocodrilos del Nilo", como ya apuntó Hernando Colón, hijo de Cristóbal, en el Cuarto Viaje Colombino. Pueden llegar a vivir hasta 90 años y alcanzan una longitud de más de cinco metros. El mayor de todos ellos, está ciego y ha dejado de llorar. "Golpeaba a las barcas porque pensaba que eran presas pero no las atacaba. Cuando lo capturaron para sacrificarlo, se dieron cuenta de que había perdido la vista y lo trajeron aquí", recuerda Juan Antonio.
Entre las curiosidades que nos desvela nuestro guía, descubrimos que estos lagartos están un paso por delante del ser humano en la elección del sexo del bebé: "La temperatura a la que se incuba el huevo determina si es macho o hembra", de manera que cuanto más calor más posibilidades hay de que tras la eclosión de las cáscara asome su cabeza un macho.
No nos marchamos sin probar la carne de cocodrilo, que cruda sabe a carpaccio. Un empleado de la granja, lo disecciona y le corta un colmillo:
Aquí es donde viaja la prensa. Son los populares autobuses panameños, los diablos rojos. No existen dos iguales. Cada conductor personaliza con un mimo extremo su bus con dibujos, frases dedicadas a algún amor platónico y el más amplio repertorio de refranes y dichos. Los cuidan como a su objeto más preciado, evitando que cualquier roce o salpicadura pueda desfigurar su diseño único. El interior, decorado con toda clase de detalles, no desmerece la carrocería. El de la prensa, en concreto, lleva una colección de corazones de peluche. Más allá de las críticas que los acusan de exceso de velocidad en su intento de captar clientes, su colorido y su gracia son un reflejo del afectuoso carácter panameño.
Marta F.-Caparrós se convierte en expedicinaria de la primera fase de la Ruta Quetzal BBVA 2009, en su andadura por varias ciudades de España. La aventura ha comenzado.