30 Jul 2008

NO ME APRIETES LAS ALAS

Escrito por: Sebastían Martin Recio el 30 Jul 2008 - URL Permanente

No me aprietes las alas,

Dijo entonces la paloma...

..............................................

Su cuello grácil se movía

Mirándote fijamente


.............................................

...Y parecía sonriente.

.............................................

Sé que no sirven mis alas,

Dijo por fin la paloma...

.............................................

Y sus ojos en tus ojos

impávidos se clavaban

.............................................

... Parecía que lloraba

.............................................

Sebastián Martín Recio

20 Oct 2007

PROPUESTA INVERSA

Escrito por: Sebastían Martin Recio el 20 Oct 2007 - URL Permanente

La vida debería ser al revés...


Se debería empezar muriendo y así ese trauma está superado.
Luego te despiertas en una residencia mejorando día a día.
Después te echan de la residencia porque estás bien y lo primero que haces es cobrar tu pensión. Luego en tu primer día de trabajo te dan un reloj de oro.



...Trabajas 40 años hasta que seas bastante joven como para disfrutar del retiro de la vida laboral. Entonces vas de fiesta en fiesta, bebes, practicas el sexo y te preparas para empezar a estudiar. Luego empiezas el cole, jugando con tus amigos, sin ningún tipo de obligación, hasta que seas bebé.



Y los últimos 9 meses te pasas flotando tranquilo. Con calefacción central, room service etc...

Y al final abandonas este mundo en un orgasmo!

ES QUE ES BUENISIMA MANERA DE ACABAR!!!!!!!!!


(correo recibido de fuente anónima)

30 Sep 2007

Ciudades para vivir

Escrito por: Sebastían Martin Recio el 30 Sep 2007 - URL Permanente


Vivir la Ciudad
Uno de los científicos más brillantes, Líder de la Iniciativa Global para la Innovación en Salud y Bienestar de Toronto, Alex Jadad, plantea en sus reflexiones los llamados cinco dilemas, que vienen a mostrar las numerosas contradicciones que nuestra civilización viene manifestando de manera reiterada a la hora de buscar la felicidad de la Humanidad.


"Cada generación ha vivido más y ha recibido un mundo mejor que la generación anterior; por tanto, tenemos una obligación tremenda...” Sin embargo, entre quienes tienen la visión catastrofista de que los avances de la ciencia y de la tecnología, en esta etapa de la historia, nos llevan a la destrucción, y quienes de manera optimista consideran que estos avances nos llevan casi a la inmortalidad, hay un espacio para la reflexión positiva que parte de esas paradojas que relativizan y pueden orientar mejor nuestra existencia.



Más riqueza no es igual a más bienestar”. En términos económicos, el Producto Interior Bruto y su crecimiento, marcan el poder y el desarrollo de un país. Sin embargo, es evidente que no por más “tener” se llega a “ser” más feliz. La frase “el dinero no es lo más importante, pero ayuda a resolver problemas”, intenta relativizar sin menospreciar el poder evidente del dinero. El humanismo, las cotas de felicidad y la aceptación serena de la vida, en muchos países en vías de desarrollo, marcan una personalidad colectiva que despierta nuestra admiración por la alegría que resuma. Por el contrario, la avidez en poseer riqueza y poder, territorios y bienes, ha sido fuente de conflictos, guerras y muerte en muchos lugares del mundo. Jadad plantea que, junto al PIB, se tenga en cuenta la FNB (Felicidad Nacional Bruta) para medir el estado de desarrollo humano real de un país, o de un pueblo.



De la misma manera, la salud no es la ausencia de la enfermedad. Ya la Organización Mundial de la Salud en 1948 la definió como el bienestar físico, mental y social de una comunidad. Por tanto, “más servicios sanitarios no es igual a mejor salud”. “Ni más información es igual a más certeza”. “Ni más movilidad es igual a más cercanía”.



En realidad, la apuesta por un desarrollo sostenible que tantas veces hemos defendido abarca no sólo a los aspectos económicos y materiales de la vida. Es una visión integral que abarca al ser y a todo su ecosistema, como se diría en el Tao. Por eso, la clave está en sentirse integrado en una armonía global y contribuir a ella desde el modesto papel que cada uno puede desempeñar.



Nuestras ciudades pueden ser un espacio para ese equilibrio y para esa armonía del ser y del tener. Curiosamente, Jadad plantea la transculturalidad como un fenómeno que permite superar viejas barreras que han condicionado la libertad de las personas. Y aquí, nos viene a la mente tantos pueblos que tienen esa “superposición de civilizaciones”, en una armoniosa cadencia urbanística, monumental y del paisaje, que nos envían ondas de información de tantas culturas yacentes pero vivas que deberían hacernos pensar, más aún cuando se soliviantan los ánimos, en los entornos de los avisperos llenos de ansiedades xenófobas e intolerantes...



Hacernos pensar en esas posibilidades de construir nuestras ciudades igual que una flor o una persona, creciendo desde dentro hacia fuera; abriéndose sus pétalos con el tiempo como la experiencia se adquiere con la vida. Ciudades que resisten el embate de las mil tentaciones especulativas, como en su día algunas fueron fortificadas frente a las ambiciones ajenas, sin por ello dejar de ser receptoras de culturas y civilizaciones. Ciudades solidarias y accesibles, como el agua que las tierras esperan para que germinen las semillas de sus entrañas...



Sebastián Martín Recio

22 Sep 2007

Tras las vacaciones y demás...¡un saludo para todos los/as colegas blogueros de la Comunidad!

Escrito por: Sebastían Martin Recio el 22 Sep 2007 - URL Permanente

http://www.youtube.com/watch?v=dvlmQGVyoDA
Sencillamente, HOLA

21 Sep 2007

Arreglar el mundo...?

Escrito por: Sebastían Martin Recio el 21 Sep 2007 - URL Permanente

Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas.




Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar.

El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle con el objetivo de distraer su atención. De repente se encontró con una revista, en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba. Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo:

-Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie.



Entonces calculó que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente.


-Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo.


Al principio el padre no creyó en el niño. Pensó que sería imposible que, a su edad hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño.


Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares.



¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz? De esta manera, el padre preguntó con asombro a su hijo:
Hijito, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lo lograste?


Papá, respondió el niño; yo no sabía como era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era. "Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado al mundo".




(He recibido este relato breve en un correo y he deseado compartirlo con los amigos de la Comunidad)

13 Ago 2007

La prueba del ADN

Escrito por: Sebastían Martin Recio el 13 Ago 2007 - URL Permanente

La prueba del ADN

Cuando intentamos comprender el comportamiento humano, a veces nos encontramos ante hechos que nos dejan perplejos por lo increíbles que resultan para la lógica. Pueden pensar ustedes que estoy hablando del asesino en serie King, ese hombre joven al que cualquiera dejaría entrar en casa, pero que, por azares de la vida y las pruebas del ADN, se ha descubierto que mantenía un mundo interior con “otro yo” descabellado que por no admitir su impotencia como un fracaso global de su ser, acababa destruyendo a las testigos de tal insuficiencia. ¿Cómo dentro de un yo puede existir otro y otro?… Sin embargo, quiero utilizar este truculento caso, para reflexionar sobre otras esferas de la vida cotidiana.


Quiero referirme a los atisbos de violencia que pasan desapercibidos, a los conatos de agresiones que quedan en el anonimato, a los maltratos que sufren personas en silencio, a las tarascadas de racismo y xenofobia que no se denuncian, a los destrozos diarios que soporta la ciudad, a esos gritos de baja intensidad que no logramos escuchar porque estamos atentos a otros menesteres. Quiero adentrarme sin grandes pretensiones en el fenómeno sociológico de la “soportable destrucción” de cada día. Y planteo la imaginaria figura de una ciudad como si fuese una persona; con su esqueleto que la sostiene, que son sus calles y edificios, su economía; con la musculatura y el cuerpo que le dan su forma, que son su urbanismo, sus espacios libres y sus zonas verdes…; con su cerebro y su sistema nervioso, que son sus gentes, sus asociaciones, sus profesores, sus autoridades… Esa persona cada día se levanta y comienza a funcionar, desperezándose sus calles con la salida de vehículos y la limpieza de las basuras acumuladas… Sus gentes deambulan en las múltiples actividades que la vida de una ciudad requiere…


Pero esa Ciudad, esa persona, lleva dentro otro yo, otro laberinto de calles malditas alojado en una conciencia que pasa inadvertida. Esa Ciudad aloja fracturas en su esqueleto cuando se realizan tropelías urbanísticas, lleva en su piel hematomas de los golpes recibidos por los vándalos de turno, duerme mal porque alguien le grita que no puede seguir así. Ese otro yo destructivo trabaja como una carcoma, y con el tiempo cohabita con nosotros como uno más de los nuestros. Y al convertirse por derecho propio, es decir, por inercia cultural, en un componente más de la Ciudad, lo asimilamos como nuestro. Porque, en realidad, somos nosotros mismos. Nos justificamos con el consentimiento porque sabemos que forma parte de nuestra responsabilidad; y nos justificamos con la crítica porque tranquilizamos nuestra conciencia haciéndonos ajenos de nosotros mismos.


Los ruidos y atropellos de las motocicletas configuran el símbolo de la gran hipocresía ciudadana; porque nadie duda de que tras cada moto hay un conductor, y junto a él, en la misma moto, van los padres y madres que la compraron, los amigos que le sirvieron de emulación, los profesores que se quemaron afónicos, y las horas de televisión dedicadas a programas basura y de violencia; por supuesto, en esa moto van también las insuficiencias legales que impiden controles adecuados, la sorprendente permisividad que da lugar a poder llevarlas sin un carné de conducir, las deficiencias de los servicios de seguridad y la responsabilidad política de las autoridades competentes. Si, por un momento, viésemos esa moto circulando con todos los atributos o cualidades que como ser tiene, comprenderíamos por qué en la mayoría de los municipios este tema resulta tan difícil de superar. Ese montante de personas, factores sociales y culturales, que van en la moto, es el yo que pasa y nos saluda amablemente; nosotros, igualmente, en nuestra propia e igual de compleja moto también saludamos a los demás. Un día, por lo que sea, ese conductor de pelos de pincho, que es el núcleo de la moto, asoma su propia existencia y entonces percibimos de quién se trata, y decidimos, imaginariamente, exterminarlo; desde una ventana con una escopeta de plomillos le alcanzamos justo cuando el ruido infernal del tubo de escape nos sacaba de las casillas de nuestro propio control emocional, pero no hemos logrado liquidarlo totalmente y el niñato, haciendo giros con el mango del acelerador, para provocar más nuestra ira, grita y grita de forma estridente por las calles adyacentes. Le perseguimos con la mente, volando, esta vez con un auténtico rifle americano, y vemos el reguero de sangre que va dejando por la herida que le habíamos provocado… Pero eso no produce nuestra compasión, porque nos resulta intolerable y además creemos justo acabar con esa situación y quien la provoca… las ráfagas de malos pensamientos se convierten en balas que le atraviesan la espalda mil veces, pero el zagalón resiste dando más acelerones para que las ruedas rechinen sobre el empedrado y nos llegue el ruido cruelmente hasta el mismo centro de los sentidos…


Cuando pasó un tiempo, en el informe de la autopsia se adjuntaba el estudio de ADN del joven que había fallecido por los insultos y malos ojos que había recibido en los últimos días. Y resulta que el ADN coincidía exactamente con el de la persona que estuvo persiguiéndole deseándole la muerte.



Sebastián Martín Recio

08 Ago 2007

La ola de calor

Escrito por: Sebastían Martin Recio el 08 Ago 2007 - URL Permanente


La ola de calor


En estos días, envueltos en la espesa y pegajosa sudoración de la plúmbea atmósfera incandescente, agobiados por las sombras perdidas y esperando una bocanada de aire de los mares fríos, los seres humanos palpitan sin sacar la lengua como los perros, pero respirando con los ojos puestos en la madrugada. Las terrazas son congregaciones nocturnas de desesperados que huyen de un insomnio asegurado por la calentura de los colchones y el horno de los dormitorios; a pesar de que los aires acondicionados escupen a la calle más calor y salivajos químicos para garantizar un frío artificial dentro de las casas. Las piscinas son falsas princesas de humedad celeste que dejan una huella clorada en las espaldas, como seguro contra los hongos y, al mismo tiempo, marca indeleble de lejanía con el agua de los manantiales. No tenemos alternativas, se han agotado los cauces naturales, el recalentamiento general nos azota con recordatorios periódicos de un desierto que hemos ido forjando a base de especulación y estupidez…


En el sopor de la conciencia, aturdidos por la hoguera de piedra y arena que en estas décadas hemos construido, nuestra esperanza de salvación ha quedado supeditada a la tecnología. Somos conscientes de que posiblemente en el próximo invierno las tormentas desatadas inundarán pueblos y valles, por las mismas razones que hoy masticamos el polvo que deja más seca aún nuestras gargantas… Pero no nos preocupa el mañana, porque ayer tampoco nos preocupaba lo que hoy vivimos. La bola de fuego del centro de la tierra sigue esperando nuestras reiteradas invitaciones destructivas para vomitar un día todo el lodo hirviendo que en los últimos siglos hemos depositado en las entrañas del planeta, como si su interior fuese un pozo ciego dispuesto únicamente para ser el recipiente de nuestra insensatez medioambiental.


Ese día del volcán universal, arropados por la bomba de helio que el sol nos proyecte, entre todos asumiremos las culpas del desastre, pero no habrá montañas de hielo ni rocío por las mañanas; tampoco habrá un cielo exento de agujeros en su capa de ozono ni árboles frondosos. Y menos aún la brisa fresca de las playas desnudas. Porque todo será hormigón, cemento, hierro y plásticos. Y en ese paisaje extraño y desolado tampoco encontraremos las huellas de nuestros orígenes, sino la línea que nos lleva al final de nuestro argumento.


Sin embargo… Si un día viésemos el sol con los ojos del amigo que busca un espejo llamado panel; si, en el sofoco del verano ardiente, el abanico, el toldo y la sombrilla se hacen cómplices de las sombras… Si, además, seguimos y seguimos sembrando árboles, a las entradas y a las salidas, en los acerados y en las plazas… Si, por supuesto, caminamos un poquito más y los tubos de escape de coches y motocicletas descansan olvidando el humo… Si, también, dejamos que las entreabiertas ventanas, puertas y patios, sean pasillos para el aire que circula… Y dejamos que el agua, por qué no también la cervecita si acaso, hidrate y enfríe desde dentro nuestro cuerpo… Si, con todo esto y un poco de tacto y austeridad a la hora de esparcir compuestos que dañen la atmósfera, conseguimos que el amanecer resurja transparente…. Entonces, una estrella brillará en el horizonte. Un punto de luz como llamada a la solidaridad con nuestra Tierra y con nuestra especie, con el Universo y con la vida. Sólo será un punto, un lucero, pero suficiente para que, a partir de ahí, demos un giro a la cultura que nos está llevando a morir hoy en una montaña de lava, o mañana arrollados por un mar sin contemplaciones, o pasado por una explosión ácida… Y pasaremos a una cultura diferente, tremendamente egoísta, porque se basará en mantener la vida, nuestra vida también, lo más segura posible… Y dirán ustedes que escribo esto con un ánimo muy pesimista… pero, compréndanme, no es eso, sencillamente es que lo estoy haciendo envuelto en chorros de sudor por negarme a utilizar el aire acondicionado.



Sebastián Martín Recio

07 Ago 2007

La enfermedad del cotilleo

Escrito por: Sebastían Martin Recio el 07 Ago 2007 - URL Permanente


La enfermedad del cotilleo


En estos tiempos de primacía de la prensa y programas llamados rosas, donde el cotilleo se adueña de la opinión, es bueno reflexionar sobre los espacios de comunicación que estamos creando entre todos. Uno de los efectos que la crítica razonada advirtió sobre estos programas era la facilidad con que denostaban la vida íntima y personal de tanta gente, pues, aunque se refieran sólo a personajes más o menos famosos, lo cierto y verdad es que nunca fue tanto el escarnio público, el zarandeo mediático y el desprecio por la vida privada de las personas, incluso aunque éstas pagasen montajes para dar actualidad a sus nombres.


Sin embargo, fíjense lo que les digo, tan grave como el efecto contra la vida particular y reservada de cada cual, es el relieve que han tomado los autores de estas tropelías. Y me explico: peor que la mala fama adquirida por culpa del cotilleo, está la profesión, como modelo y pauta de comportamiento, del cotilla en sí. El cotilla aparece en horas de máxima audiencia, casi siempre de la mano de alguien con credibilidad, para ilustrar a los espectadores de un sinfín de sandeces que exacerban su morbo y curiosidad, propiciando que la dimensión más miserable de la persona prevalezca sobre el sentido común. Y, encima, el cotilla, gracias a esta audiencia, adquiere credibilidad; así se cierra el círculo: más credibilidad del cotilla, más dosis de cotilleo. En estos programas, no sabemos el porqué, juegan un papel relevante algunas personas que incluso exageran su capacidad expresiva, para revestir de marujeo la farándula de los dimes y diretes que ofrecen en cada tertulia.


No todos son iguales. Hay cotillas, como lenguas viperinas, que insultan y agraden sutilmente con sus chismes y enredos, que crispan ofensivamente y excitan al auditorio con una fuerte dosis de bilis y mala leche, proyectada contra la víctima de turno. Otros, por el contrario, hablan con voz cálida al oído, como si fuera un aparte de complicidad directa que se distancia del resto, para compartir confidencias al margen de los demás. Unos y otros simultanean afirmaciones propias con habladurías ajenas, opiniones no contrastadas con fuentes inciertas, pero, eso sí, su barómetro específico está en la capacidad de asombrar con el daño producido. Pues bien, estos perfiles de cotillas, que quizás tengan su fuente de imitación en esos líderes de audiencia, abundan en todos los estratos sociales y en todos los ámbitos de la condición humana.


El cotilla, por su incontinencia verbal, jamás guardará un secreto; guárdese por ello de mostrarle sus sentimientos más íntimos. Tarde o temprano acabarán en el mar de las indiscreciones, vistos a ojos de todo el mundo. Sin embargo, suele ocurrir que el buen cotilla inspira confianza al principio, pues establece el apropiado ambiente para la confesión; eso lo consigue a expensas de abrir las tripas de alguien que no está presente. Ahí tiene la prueba más evidente: si de un tercero habla mal sin darle opción a defenderse, sepa que otro día le tocará a usted. No confíe nunca en un cotilla.


El cotilla es disolvente, pues rara vez cohesiona un grupo. Casi siempre lo fragmenta, dividiéndolo en camarillas, corros o pandillas. No hace falta un espía ni un delator, el cotilla, inconscientemente, cumple ese papel. Por eso, si quiere formar un grupo que trabaje con eficacia, evite la presencia, o al menos el protagonismo, de los cotillas: acabarán destrozando el grupo, impregnándolo de malos entendidos, envidias insospechadas y a veces odios cruzados. El cotilleo es una enfermedad, sencillamente un defecto de la comunicación, pero hace estragos cuando el cuerpo, o el alma, donde se asienta son débiles porque carecen de convicciones y de fuerza. El cotilleo lo creamos nosotros mismos con nuestras palabras vacías, las hemos dejado huecas y ese humo entró en nosotros convirtiéndonos en nubes al socaire del viento.



Sebastián Martín Recio

31 Jul 2007

Cuando el ladrillo no basta

Escrito por: Sebastían Martin Recio el 31 Jul 2007 - URL Permanente




Cuando el ladrillo no basta


A veces centramos nuestra vida en los objetos materiales, tangibles y concretos. Por su realidad los constatamos como ciertos y, en consecuencia, son para nosotros las fuentes de placer y de felicidad. Un coche nuevo, por ejemplo; una vivienda, un electrodoméstico… Hablamos del mundo que nos rodea y evaluamos sus avances por los edificios, por las infraestructuras, las carreteras, los ordenadores… Y eso resulta ser el referente estadístico por excelencia.


La vida, cuantitativamente hablando, son los años de nuestra existencia, y cualitativamente la formación, la cultura y la experiencia. La salud y la educación; los centros sanitarios y los académicos, ambulatorios y colegios, hospitales e institutos… Ahí están las paredes puestas, el hormigón reivindicado, la realidad cierta del edificio soñado, los ladrillos en silencio acogiendo los proyectos de fondo… Pero ¿y por dentro? ¿Y los contenidos? ¿Dónde está la perspectiva, el horizonte, el bosquejo del futuro a conquistar?


Yo puedo tener el mejor instituto, con las mejores aulas y los ordenadores de última generación, pero si, mirando por la ventana, veo en mi ciudad y en las demás ciudades un empleo precario, una incertidumbre para mi realización como persona, un despotismo permanente e inmutable del poderoso… yo, dentro de ese instituto, veré la pizarra ensombrecida, los números como un lenguaje extraño y la literatura como historias de un día. Puedo, igualmente, tener un profesor aún no quemado, o una profesora que provoque el entusiasmo por el trabajo, pero si adivino que más allá de esos ladrillos que me rodean, el mundo real, no va a valorar esa cultura, sino que premiará a los que mientan y machaquen al prójimo, dará espacios de comodidad y de disfrute a quienes mejor sepan aprovecharse de los demás… entonces, miraré a mis profesores como las mejores personas para los mejores momentos, sabiendo que cuando llegue ese momento real lo que me encontraré será otra cosa muy distinta.


Puedo tener el mejor ambulatorio, con más médicos y enfermeros, con más consultas, mostradores y folletos. Puedo incluso creerme que me van a ver más pronto sin tener que esperar seis meses para que neurólogo explore mis sentidos alterados. Y es posible que ya no tenga miedo a la tos ni a la fiebre… pero si me despachan en tres minutos con unas recetas en la mano, sabiendo como sabemos que seis recetas es un abuso y entonces hasta me siento culpable del gasto ocasionado… Si, al oír que pase el siguiente, me he quedado con palabras por decir, asumiendo como debo asumir que no cabemos a más tiempo porque los demás están esperando, bajaré por las nuevas escaleras recién construidas sin percatarme de su mármol y de las cristaleras estrenadas.


Poco valoraré esa inmersión en el centro sanitario, esa mini estancia en el edificio de las enfermedades flotantes, si una parte de mí, el centro de mi ser, mi persona, mi inquietud, fue sólo registrada como un dato para una estadística que además justificará que vamos demasiado al médico y, entre todos, somos responsables de un gasto desmesurado; y ese poco tiempo de tres o cuatro minutos me quedará como un parche, quizás generoso y humano, pero insuficiente, casi de prestado, algo miserable, recortado y con premuras, precipitado, superficial, indirecto… será como un adiós desconocido en una calle multitudinaria de masificadas demandas.


Puedo tener ambulatorios, colegios, calles, centros de ocio, plazas, carreteras, automóviles, cámaras digitales y comida de sobra… Y me sentiré orgulloso de vivir donde vivo y como vivo y no querré cambiar de lugar ni de tiempo, seré conformista y, cada vez más, satisfecho y egoísta, temiendo empeorar por si acaso… puedo ser tan miserable que todo eso me importe más que las guerras que han montado, miraré para otro lado y votaré a los cómplices de tanta destrucción… y mi conciencia estará tranquila… Hasta que un día, desde un edificio cualquiera, alguien me pregunte ¿Hacia dónde vamos? Y yo, sinceramente, no sepa contestarle porque ni siquiera sé a dónde voy ni a dónde me llevan.


Sebastián Martín Recio

28 Jul 2007

El tiempo en nuestras vidas

Escrito por: Sebastían Martin Recio el 28 Jul 2007 - URL Permanente


El tiempo en nuestras vidas

Puede que les parezcan algo filosófico o “fuera de la realidad” las reflexiones que a veces nos hacemos sobre temas trascendentales, abstractos o metafísicos. Sin embargo, muy al contrario, pasar en la vida de lo concreto que hemos vivido, la experiencia propia, a la conclusión general, al criterio maduro, es un camino para la llamada sabiduría real; esa que muchas veces nos sorprende cuando algún anciano habla en voz alta de lo que piensa después de años observando las cosas cotidianas.


Quizás hayan percibido esto que les voy a decir: el tiempo no se puede tocar, pero evidentemente a nosotros sí nos toca, en el sentido de palpar nuestra propia esencia y forma de ser y de vivir. Es más, el gran debate en el mundo, hoy, está basado en el control del tiempo. El poder lo tiene quien posee el tiempo de los demás, como en la novela “Momo”, de Michael Ende. A lo largo de la historia, el tiempo se ha vivido de formas muy diferentes, según cada civilización, pero no hace falta irse tan lejos para comprender esa versatilidad subjetiva: esperar en la cola del autobús diez minutos puede parecernos una eternidad; estar en la mejor compañía durante varias horas se nos antoja como si fuese sólo un instante.


Pero quiero llevarles a un espacio del pensamiento más amplio, y también más práctico. Hoy, el llamado “sistema”, o sea, el conjunto de poderes económicos, sociales, mediáticos y de toda índole que verdaderamente dominan el mundo, ha conseguido fragmentar el tiempo: De un lado, con la globalización, eliminando costumbres, culturas, ideas y recuerdos, han conseguido “secuestrar” la memoria histórica de las gentes. De otro, generando la incertidumbre, la temporalidad, la precariedad, la inseguridad, han conseguido igualmente eliminar la entidad del futuro. Casi nadie piensa en lo que pasó hace siglos porque cree que eso no le va a reportar satisfacciones o beneficios concretos; tampoco es frecuente que se piense en lo que va a ocurrir en la próxima década, cuando si eres viejo la vida se extingue, y si eres joven apenas si puedes contar con un contrato de unos meses.


¿Qué ocurre entonces? Si no tienes pasado ni tampoco futuro, eres sólo un momento. Ese llamado presente, que a cada segundo pasa escurridizo entre las líneas de la vida como puntos fugaces, se convierte en el auténtico protagonista de nuestras vidas. El presente es vivir al día, es conseguir la satisfacción concreta del instante. Y, además, es en consecuencia no apostar por tiempos y trabajos a largo plazo, ni tampoco por reconstruir la propia historia. En definitiva, el presente es consumir. Y ese “sistema” ha sabido engendrar toda una galaxia efímera de momentos sueltos y atractivos que consiguen subyugarnos cuando al fin hemos decidido “vivir al día”.



Ahora, para concluir, una hipótesis. La mayoría de los jóvenes de hoy son conscientes que difícilmente pueden tener garantías de una seguridad o una estabilidad –un tiempo- en sus proyectos de vida... Eso les lleva al derrotero de vivir cada segundo y no pensar más allá de lo que saben con certeza que van a disfrutar. La movida, las botellonas, son los lugares donde confluyen los miles de momentos sueltos que van buscando, sin encontrarla, una perspectiva y se conforman con al menos desinhibirse y evadirse de esa dura realidad. Puede entonces que la solución de la movida, de las botellonas, del vicio de los grandes almacenes, del egoísmo perentorio, esté simplemente en replantearse otro modo de vida con otro concepto del tiempo. Claro que eso es “otra cultura”, más oriental diríamos, y, por ello, puede ser sólo una utopía. Pero pongamos un caso: usted hoy podría dedicar, por ejemplo, diez minutos a hablar con el joven que más cerca tenga y le podría hacer una sola pregunta: “¿Qué crees que serás, tendrás o harás en los próximos diez años?”. Le agradecería que me dijese las respuestas que encuentra



Sebastián Martín Recio

Sobre este blog

Avatar de Sebastían Martin Recio

AL BORDE DE LA CORNISA Sebastián Martín Recio

Soy médico de cabecera, de familia o de atención primaria.. Es decir, el primero que te ve para lo que quieras, pero que, además, termina conociéndote como persona, sabiendo de tu familia, de tu trabajo y de tu vida. Y todo para intentar aliviar o consolar un poco, porque lo que se dice curar, sólo a veces y parcialmente.

Soy ciudadano del mundo y he vivido en lugares diferentes, Mi infancia y mi adolescencia transcurrieron en pueblos de Andalucía, mineros, de pescadores, vitivinícolas, de campiña, de colonización... Municipios pequeños y ciudades medias. Y estudié en Sevilla... Desde hace veintiseis años vivo en Carmona.

Escribo artículos, ensayos, reflexiones,.. dibujo, pinto y me gusta la comunicación.

ver perfil »

Tags

Fans

  • duende
  • Daniel Reichardt Ros
  • FERNANDO SABIDO SÁNCHEZ
  • mario-

Ídolos

  • FRANCISCO JAVIER NOVA CORREYERO
  • pacorreitor
  • Fernando
  • mdgozalez
  • Carlos Reyes
  • José Antonio Hurtado García
  • Yo Misma
  • lola-gj47
  • mario

Suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):