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19 May 2009

HABLEMOS DE LA NUEVA GRIPE.

Escrito por: seryipsico el 19 May 2009 - URL Permanente

HABLEMOS DE LA NUEVA GRIPE.

-Cuando yo uso una palabra -insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

-La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

-La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda…, eso es todo.

Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas.

Conocida en un primer momento como “gripe porcina”, la Organización Mundial de la Salud (OMS) varía su nomenclatura para no hacer daño a la industria cárnica. No obstante, las medidas fueron tardías puesto que en nuestro “imaginario” tenemos el primer nombre.

La gripe A-H1N1 es una variante de la gripe conocida como Influenza A, una enfermedad vírica de carácter respiratorio que, en su origen, afecta a los cerdos, con una duración de entre 7 y 10 días.

El virus parece ser un híbrido. Los componentes porcino y humano le hacen fácilmente transmisible; el componente aviar, le haría patógeno. A esto se le suma que todos los virus influenza tienen facilidad de cambio.

En contra de lo que quieren que parezca, debemos estar tranquilos, este virus en la actualidad es menos patógeno que la gripe aviar porque el ser humano ha estado más acostumbrado al contacto con cerdos por lo que tiene una mejor capacidad de respuesta. A ello contribuye asimismo el hecho de que el virus tiene un componente humano.

Entre personas se transmite como la gripe común: toses, estornudos y, en algunos casos al tocarse la boca o la nariz tras haber tocado algo infectado con el virus. -No, el virus no se contagia comiendo carne de cerdo porque no resisten las temperaturas de más de 70º-

Se previene con las medidas higiénicas que todos conocemos, lavándose las manos con jabón, limpiando la casa con los productos habituales, tapándose la boca con la mano al estornudar, ventilar el ambiente…

De esta nueva gripe se dispone de cuatro antivirales que parecen haber tenido éxito con esta nueva cepa y se están ensayando vacunas a un ritmo excelente.

-¿En qué se diferencia la pandemia y la epidemia, Sergio?- me preguntaba ayer una alumna.

- En la epidemia se detectan casos con síntomas similares, superiores a la media esperada en una región determinada. El cólera o el dengue, son ejemplos de epidemias actuales. Sin embargo, en la pandemia, además de lo anterior, se le añade que se extiende por diferentes países y continentes y persiste en el tiempo. La viruela o el sida serían ejemplos de pandemia.

Tenemos que saber que los medios de comunicación nos han inducido a que nos hagamos estas preguntas y tengamos miedo; con la gripe común en España fallecen entre 2000 a 3000 personas cada año. Este dato nos permite poder relativizar los muertos sobre la mesa que pone la nueva gripe. ¿Quién gana con el miedo y el sensacionalismo? Si hacemos un análisis riguroso de las fuentes de información podemos conjeturar que para exponer que existía la nueva gripe y para decir que no es tan grave lo han hecho de forma sensacionalista. ¿Cui bono o quién se beneficia? En un momento de crisis a quien no le gusta vender más periódicos o tener más audiencia. El periodismo de investigación ha sido sustituido por un periodismo más superfluo de bustos parlantes que anuncian supercherías científicas o noticias pagadas por las multinacionales. Por otro lado, los poderes estatales –diferente al gobierno de turno- prefieren individuos que se dejen manipular, asustar. El individuo tiende a seguir caminos ya trazados. Ahora es común escuchar: “Cuidar el trabajo, la situación es penosa en el mercado laboral”.

Un ejemplo de manipulación es la vacuna para el cáncer de cuello de útero la cuál no ha cumplido los requisitos científicos suficientemente comprobados. La gran beneficiada es la industria farmacéutica, que aunque ha favorecido a la humanidad en parte, tenemos que saber que existe un marketing farmacéutico especializado en difundir información de tipo patológica, así sucedió con el ántrax, con la gripe aviar… y nos censuran más debates que no están en la sociedad: ¿Quién es el responsable de intervenir sobre las condiciones de las macrogranjas de explotación masiva donde los animales están hacinados sin los suficientes controles sanitarios?

-La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién son los lobbis…, eso es todo.

Sergio García Soriano

Psicólogo. El Escorial

06 Abr 2009

"Discurso Premio Nobel de Literatura 1977"

Escrito por: seryipsico el 06 Abr 2009 - URL Permanente


"Discurso Premio Nobel de Literatura 1977"
por Vicente Aleixandre.

En una hora como esta, tan importante en la vida de un cultivador de las letras, quisiera expresar, con las palabras más bellas, la emoción que un hombre siente y la gratitud que experimenta en unos actos como los que ahora se desarrollan. Yo nací de una familia burguesa, pero tuve la suerte de su vocación, ampliamente abierta y liberal. Mi espíritu inquieto me llevó a ejercer contradictorias profesiones. Fuí profesor de Derecho Mercantil, empleado en una empresa ferroviaria, periodista financiero. Desde joven esta inquietud de que hablo me exaltaba a un placer: la lectura, y, en seguida, la escritura. A los 18 años empezó el aprendiz de poeta a escribir sus primeros versos, que furtivamente yo trazaba, en medio del fragor de una vida, que por no haberse aún centrado en su verdadero eje, yo podría llamar aventurera. El destino de mi vida, el enderezamiento de ésta lo trajo un fallo de mi cuerpo. Caí enfermo de gravedad, de una enfermedad crónica. Hube de abandonar todos mis otros quehaceres que denominaría corporales y escapar al campo, lejos de mis actividades anteriores. El vacío que esto rne dejó lo llenó rápidamente otro quehacer que no necesitaba la colaboración corporal y era compatible con el reposo que los médicos me habían recomendado. Esta invasión inolvidable, desalojadora, fue el ejercicio de las letras; la poesía ocupó plenamente la actividad vacante. Empecé a escribir con dedicación completa, y entonces, realmente, entonces, se adueñó de mí la pasión que no me había de abandonar nunca.
Horas de soledad, horas de creación, horas de meditación. La soledad y la meditación me trajeron un sentimiento nuevo, una perspectiva que no he perdido jamás: la de la solidaridad con los hombres. Desde entonces he proclamado siempre que la poesía es comunicación, empleando la palabra en ese preciso sentido.
La poesía es una sucesión de preguntas que el poeta va haciendo. Cada poema, cada libro es una demanda, una solicitación, una interrogación, y la respuesta es tácita, pero también sucesiva, y se la da el lector con su lectura, a través del tiempo. Hermoso diálogo en que el poeta interroga y el lector calladamente da su plena respuesta.
Con bellas palabras quisiera decir ahora lo que es el Premio Nobel para el poeta. No puede ser; solo me cabe expresar que estoy entre vosotros en cuerpo y alma, y que el Premio Nobel es como la respuesta, no sucesiva, no callada, sino agrupada y coincidente, súbita, de una voz general que generosamente y milagrosamente se hace única y responde a la interrogación sin tregua que ha venido dirigiendo a los hombres. Así, mi gratitud al símbolo de la voz agrupada y simultánea que la Academia Sueca me ha hecho escuchar con los sentidos del alma, y por la cual aquí públicamente le doy mis rendidas gracias.
Por otra parte, estimo que un premio como el que hoy recibo es, en toda circunstancia, y creo que sin excepciones, un premio a la tradición literaria en la que el autor de que se trate, en este caso, mi persona, se ha formado. Pues, sin duda, poesía, arte, es siempre y ante todo, tradición, de la que cada autor no representa otra cosa que la de ser, como máximo, un modesto eslabón de tránsito hacia una expresión estética diferente; alguien cuya fundamental misión es, usando otro símil, transmitir una antorcha viva a la generación más joven, que ha de continuar en la ardua tarea. Puede darse un poeta que haya nacido con las más altas prendas para llevar a término un destino. Nada o muy poco podrá hacer si no tiene la suerte de hallarse situado en una corriente artística de suficiente fuerza o entidad. Creo que, en cambio, acaso un poeta menos dotado haría mejor papel si tuviere la suerte de producirse en medio de un movimiento literario verdaderamente creador y vivo. Yo vine al mundo, en ese sentido, con buena estrella, pues desde un tiempo suficientemente extenso, anterior a mi nacimiento, la cultura española había venido sufriendo un importantísimo proceso de acelerada reviviscencia que hoy, creo, no es un secreto para nadie. Novelistas como Galdós; poetas como Machado, Unamuno, Juan Ramón Jiménez, y, antes, Becquer; filósofos como Ortega y Gasset; prosistas como Azorín y Baroja; hombres de teatro como Valle-Inclán; pintores como Picasso o Miró; músicos como Falla no se improvisan ni son frutos del azar. Mi generación se vio así asistida y enriquecida por ese cálido entorno, por ese manantial, por ese fecundísimo caldo de cultivo, sin el cual acaso nada seríamos ninguno de nosotros.
Desde la tribuna en la que ahora me dirijo a vosotros quiero, pues, asociar mi palabra a la de todo ese plantel generoso de compatriotas míos que desde otra edad y en las más diversas vías nos formaron y nos permitieron, a mi y a mis compañeros de generación, alcanzar un sitio desde el que pudiésemos hablar con una voz tal vez genuina o propia.
Y no me refiero solo a esas figuras que constituyen la tradición inmediata, siempre la más visible y decisiva. Aludo también a la otra tradición, la mediata, si más remota en el tiempo, capaz de enlazar cálidamente con nosotros, la tradición formada por nuestros clásicos del Siglo de Oro, Garcilaso, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Góngora, Quevedo, Lope de Vega, con la que también nos hemos sentido vinculados, y de la que hemos recibido no pocas esencias. España pudo renacer y renovarse gracias a que, a través de la generación de Galdós y luego a través de la generación del 98, se desobturó, digámoslo así, y se hizo accesible y fluyó abundantemente hacia nosotros toda la savia nutricia que nos llegaba del más remoto pasado. La generación del 27 no quiso desdeñar nada de lo mucho que seguía vivo en ese largo pretérito, abierto de pronto ante nuestra mirada como un largo relámpago de ininterrumpida belleza. No fuimos negadores, sino de la mediocridad; nuestra generación tendía a la afirmación y al entusiasmo, no al escepticismo ni a la taciturna reticencia. Nos interesó vivamente todo cuanto tenía valor, sin importarnos donde éste se hallase. Y si fuimos revolucionarios, si lo pudimos ser, fue porque antes habíamos amado y absorbido incluso aquellos valores contra los que ahora íbamos a reaccionar. Nos apoyábamos fuertemente en ellos para poder así tomar impulso y lanzarnos hacia adelante en brinco temeroso al asalto de nuestro destino. No os asombre, pues, que un poeta que empezó siendo superrealista haga hoy la apología de la tradición. Tradición y revolución. He ahí dos palabras idénticas.
Y luego la tradición, no vertical sino horizontal, la que nos acorría como aliciente y fraternal emulación desde nuestros costados, al lado mismo de nuestro camino. Me refiero a aquel otro grupo de jóvenes (cuando yo lo era también) que corría con nosotros en la misma carrera. Qué suerte la mía poder vivir y tener que hacerme junto a poetas tan admirables como los que yo hube de conocer y asumir en calidad de coetáneos míos! A todos los amé, uno a uno. Y los amé, justamente porque yo buscaba otra cosa; otra cosa que solo era posible hallar por diferenciación y contraste respecto de aquellos poetas, mis compañeros. Nuestro ser solo alcanza, su verdadera individualidad junto a los demás, frente al prójimo. Cuanta mayor calidad tenga ese contorno humano en el que nuestra personalidad se hace, tanto mejor para nosotros. Puedo decir que también aquí yo he tenido la fortuna de haber realizado mi destino desde una de las mejores compañías posibles. Hora es de nombrarla en toda su multiplicidad: Federico García Lorca, Rafael Alberti, Jorge Guillen, Pedro Salinas, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda.
Hablo, pues, de solidaridad, de comunión, y también de contraste. Tal ha sido, por otra parte, el sentimiento que se halla más profundamente inserto en mi alma, y el que late, de un modo u otro, con más fuerza, detrás de la mayoría de mis versos. Es natural entonces que tenga mucho que ver con esto el modo mismo con que entreveo al hombre y a la poesía. El poeta, el decisivo poeta, es siempre un revelador; es, esencialmente, vate, profeta. Pero su "vaticinio" no es, claro está, vaticinio de futuro: porque puede serlo de pretérito: es profecía sin tiempo. Iluminador, asestador de luz, golpeador de los hombres, poseedor de un sésamo que es, en cierto modo, misteriosamente, palabra de su destino.
En definitiva, el poeta es así un hombre que fuese más que un hombre: porque es además poeta. El poeta está lleno de "sabiduría", pero no puede envanecerse, porque quizá no es suya: una fuerza incognoscible, un espíritu habla por su boca: el de su raza, el de su peculiar tradición. Con los dos pies hincados en la tierra, una corriente prodigiosa se condensa, se agolpa bajo sus plantas para correr por su cuerpo y alzarse por su lengua. Es entonces la tierra misma, la tierra profunda, la que llamea por ese cuerpo arrebatado. Pero otras veces el poeta ha crecido, ahora hacia lo alto, y con su frente incrustada en un cielo habla con voz estelar, con cósmica resonancia, mientras está sintiendo en su pecho el soplo mismo de los astros. Todo se hace fraterno y comunicante. La diminuta hormiga, la brizna de hierba dulce sobre la que su mejilla otras veces descansa, no son distintas de él mismo. Y él puede entenderlas y espiar su secreto sonido, que delicadamente es perceptible entre el rumor del trueno.
No creo que el poeta sea definido primordialmente por su labor de orfebre. La perfección de su obra es gradual aspiración de su factura, y nada valdrá su mensaje si ofrece una tosca o inadecuada superficie a los hombres. Pero la vaciedad no quedará salvada por el tenaz empeño del abrillantador del metal triste.
Unos poetas - otro problema es éste, y no de expresión sino de punto de arranque - son poetas de "minorías". Son artistas (no importa el tamaño) que se dirigen al hombre atendiendo, cuando se caracterizan, a exquisitos temas estrictos, a refinadas parcialidades (¡ qué delicados y profundos poemas hizo Mallarmé a los abanicos!); a decantadas esencias, del individuo expresivo de nuestra minuciosa civilización.
Otros poetas (tampoco importa el tamaño) se dirigen a lo permanente del hombre. No a lo que refinadamente diferencia, sino a lo que esencialmente une. Y si le ven en medio de su coetánea civilización, sienten su puro desnudo irradiar inmutable bajo sus vestidos cansados. El amor, la tristeza, el odio o la muerte son invariables. Estos poetas son poetas radicales y hablan a lo primario, a lo elemental humano. No pueden sentirse poetas de "minorías". Entre ellos me cuento.
Por eso, el poeta que yo soy tiene, como digo vocación comunicativa. Quisiera hacerse oir desde cada pecho humano, puesto que, de alguna manera, su voz es la voz de la colectividad, a la que el poeta presta, por un instante, su boca arrebatada. De ahí la necesidad de ser entendido en otras lenguas, distintas a la suya de origen. La poesía sólo en parte puede ser traducida. Pero desde esa zona de auténtico traslado, el poeta hace la experiencia, realmente extraordinaria, de hablar de otro modo a otros hombres y de ser comprendido por ellos. Y entonces ocurre un hecho inesperado. El lector se instala, como por milagro, en una cultura que en buena parte no es la suya, pero desde la que siente palpitar con naturalidad su propio corazón, que de este modo se comunica y vive en dos dimensiones de la realidad: la suya propia y la que le concede el nuevo asilo que le acoge. Lo cual sigue siendo cierto, me parece, vuelto del revés, y referido, no al lector, sino al poeta vertido a otro idioma. También el poeta se siente como esos personajes de los sueños que tienen, perfectamente identificadas, dos personalidades distintas: Así el autor traducido que siente en sí dos personas: la que le confiere la nueva vestidura verbal que ahora le cubre y la suya genuina, que, por debajo de la otra, aún insiste y es.
Termino así recabando para el poeta una representación simbólica: la de cifrar en su persona el anhelo de solidaridad con los hombres, para cuyo logro fue instituido, precisamente, el Premio Nobel.

02 Mar 2009

"Las ruinas circulares" de la obra borgeana.

Escrito por: seryipsico el 02 Mar 2009 - URL Permanente

Jorge Luis Borges

Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

01 Mar 2009

Goethe: El auténtico oscurantismo no consiste en impedir la difusión de lo verdadero, claro y útil, sino en poner en circulación lo falso.

Escrito por: seryipsico el 01 Mar 2009 - URL Permanente

AFORISMOS

JOHANN WOLFGANG VON GOETHE
Alemania, 1749


- Por muy retirados que vivamos, antes de darnos cuenta ya somos deudores o acreedores. - Comunicarse es naturaleza; recibir lo comunicado tal como nos lo dan es cultura.

- Nadie hablaría mucho en sociedad si advirtiera con qué frecuencia entiende mal a los demás.

- Si tergiversamos tanto las palabras ajenas al repetirlas es sólo porque no las hemos entendido.

- Toda palabra pronunciada suscita su contrario.

- El hombre inteligente encuentra ridículo casi todo; el hombre racional, casi nada.

- Uno se deja echar en cara sus defectos y está dispuesto a que lo castiguen y a sufrir pacientemente por ellos; pero se impacienta cuando tiene que abandonarlos.

- Las pasiones son defectos o virtudes, sólo que potenciadas.

- En el mundo se toma a cada cual por lo que pretende ser, pero ha de pretender ser algo. Se prefiere soportar a los incómodos que tolerar a los insignificantes.

- La familiaridad en lugar del respeto es siempre algo ridículo. Nadie se quitaría el sombrero inmediatamente después de hacer una reverencia si supiera lo cómico que eso resulta.

- La conducta es un espejo en el que cada cual muestra su imagen.

- Nunca estamos más alejados de nuestros deseos que cuando nos imaginamos poseer lo deseado.

- Basta con que alguien se declare libre para que al punto se sienta condicionado. Pero si se atreve a admitir sus condicionamientos, se sentirá libre.

- Frente a los grandes méritos de otro no hay más medio de salvación que el amor.

- Un gran hombre del que los necios se enorgullecen es algo terrible.

- Dicen que no hay héroe para su ayuda de cámara. Pero esto sólo se debe a que el héroe no puede ser reconocido sino por otro héroe.

Es, sin embargo, probable que el ayuda de cámara sepa apreciar a sus iguales.

- Los locos y los sabios son igualmente inofensivos. Sólo los semilocos y los semisabios son peligrosísimos.

- Sembrar no es tan dificultoso como cosechar.

- Para que el hombre pueda cumplir con todo lo que se le exige, deberá tenerse en más de lo que es.

- El trabajo hace al aprendiz.

- Algunos libros parecen escritos no para que uno aprenda de ellos, sino para que sepa que el autor sabía algo.

- La mayor muestra de respeto que un autor puede darle a su público es no ofrecerle nunca lo que éste espera, sino lo que él mismo, en las diversas etapas de la formación propia y ajena, considere justo y provechoso.

- Si me equivoco, cualquiera puede notarlo; si miento, no.

- No hay pelo, por mínimo que sea, que no arroje su sombra.

- Nos conoceríamos todos mucho mejor si no quisiéramos equipararnos siempre unos con otros.

- Lo importante en el mundo no es conocer a los hombres, sino ser, en el momento adecuado, más hábil que aquél a quien tengamos delante. Todas las ferias y sus pregoneros dan testimonio de ello.

- El error está muy bien mientras somos jóvenes, pero no debemos arrastrarlo hasta la vejez.

- Cuando el hombre reflexiona sobre su estado físico o moral, se encuentra por lo general enfermo.

28 Feb 2009

Los motivos del lobo fue un libro censurado en el franquismo porque subvertía el cuento clásico de caperucita roja.

Escrito por: seryipsico el 28 Feb 2009 - URL Permanente

LOS MOTIVOS
DEL LOBO

El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo
las fauces de furia, los ojos de mal;
el lobo de Gubbia, el terrible lobo,
rabioso ha asolado los alrededores,
cruel ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertes y daños.
Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más breves perros,
como de cabritos y de corderillos.
Francisco salió;
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo: "¡Paz, hermano
lobo!" El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: "¡Está bien, hermano Francisco!"
"¡Cómo! -exclamó el santo-. ¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?"
"La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
¿no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te han infundido, acaso, su rencor eterno
Luzbel o Belial?"
Y el gran lobo, humilde: "¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer; y busqué el ganado,
y a veces comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
Y no era por hambre, que iban a cazar."
Francisco responde: "En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace, viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia, es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gente en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!"
"Está bien, hermano Francisco de Asís."
"Ante el Señor, que todo ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata."
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.
Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero
y, baja la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.
Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: "He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriento.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios." "¡Así sea!",
contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asis al convento.
Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.

Rubén Darío

24 Feb 2009

Hiroshima poema elegido por Sergio García.

Escrito por: seryipsico el 24 Feb 2009 - URL Permanente

HÉCTOR YÁNOVER
Argentina, 1929

HIROSHIMA

Doscientos ochenta mil muertos, compañeros.
Y una muñeca de arcilla los recuerda.
Una semana de años los recubren
a los doscientos ochenta mil muertos,
y otra vendrá, y vendrán otras,
pero nunca jamás olvidaremos.
Eran las ocho y treinta en la mañana,
un seis de agosto y fría era la muerte.
La guerra despedía sus veleros
con doscientos ochenta mil muertos
sorprendidos en la luz de su última mañana.
Sesenta millones precedían esta súbita muerte,
y eran pobres, mendigos, claudicantes,
señores, obreros y poetas;
resortes de ciudad en la mañana,
palanca de las horas venideras,
centrífugas del mal, del bien, del hambre,
del sol de fiesta, de la noche y luna.

Rociados de tormentos, de alegrías,
de días, días, días
segados en la luz de un fogonazo,
tronchados por los bárbaros del aire,
cortados por los monstruos de occidente
donde vive Walt Whitman perseguido,
donde escapa la vida de Sandino,
donde Aguirre convoca a sus hermanos
porque le van a matar su puño en alto.

Oh, América;
de ti partió esta muerte.
Aquel pobre muchacho dirigía
el rumbo de su avión hacia el oriente.
Aquel pobre muchacho pensó en su traje a cuadros,
en su corbata a rombos tricolores,
en su heladera a plazos,
y dejó sus recuerdos para mirar el cielo
que se cubrió de sangre
con la sangre de doscientos ochenta mil muertos.
Compañeros, doscientos ochenta mil murieron
y el muchacho sonrió,
¡pobre muchacho!

Antes recordaban sus muertos con más muertos
y ahora ponen en sus tumbas una muñeca de arcilla;
pero este seis de agosto
doscientas ochenta mil muñecas desataron sus vidas,
y sin amarras
poblaron todo el cielo con sus alas.
Una gigantesca muñeca de arcilla
donde nació esta muerte aterrando a los vientos,
y un llanto, un rezo, una plegaria,
por los que vieron cabalgando a la muerte
en el aire y de mañana.

Mientras tanto,
catorce signos dicen:
"dormid tranquilos,
el error no volverá a repetirse".
Doscientos ochenta mil muertos, compañeros,
y dicen: fue un error,
piden disculpas,
no volveran a hacerlo.
Pero estos doscientos ochenta mil muertos
andan por las calles
y golpean las puertas de los pueblos,
y gritan, y lloran, y claman: defendednos,
defended nuestros hijos, nuestras casas,
defended el cielo que veíamos,
el aire a que aspirábamos,
la paz,
esa paz a la que ya llegábamos.

Fue el seis de agosto en la mañana
y doscientos ochenta mil muertos
rebasaron la esclusa de los cielos,
doscientos ochenta mil muertos
componen doscientos ochenta mil lamentos,
doscientos ochenta mil muertos,
¡doscientos ochenta mil muertos!

El Japón,
aquel lejano archipiélago,
despertó a nuestros ojos
como un huracanado piélago de muertos.
El Japón,
aquella angustia vieja por nadie conocida,
nos descubrió su vida
con sus muertos.

El Japón,
sólo un grupo de Tojos, fetiches y asesinos,
nos descubrió su pueblo
con sus muertos.
Y ahora dicen: fue un error,
piden disculpas,
no volverán a hacerlo.

Que recuerden los pueblos de la tierra.
Que recuerde París,
que sus calles transitadas por mis sueños
no vean la muerte.
Recuerda Roma,
que tus siglos tuteándose en la gloria
no vean la muerte.
Recuerden Pakistán, Malasia y Bombay,
que vuestros nombres aún cubiertos en mis ojos por leyendas
no vean la muerte.
Recuerda Londres,
que tus plazas cuidadas por leones salvados por la guerra
no vean la muerte.
Recuerda Stalingrado,
que el amor por ti salvado
no vea la muerte.
Recuerden Oslo, Sofía, México y Río,
que vuestros niños tomados en las rondas
no vean la muerte.
Recuerden Madagascar, Santiago, Pekín, Buenos Aires,
que vuestros ojos mezclados en la espera
no vean la muerte.
Recuerda Madrid,
recuerda porque todos te recuerdan.
Y tú, mi Córdoba recuerda,
que no quiero que veas la muerte.
Recuerden todos:
tú, madre mía que crees en tu hijo,
y tú, mi hermano enamorado,
y tú, amigo de mis venas,
y tú, compañero que nunca he traicionado.
Recuerden, recuerden, recuerden...

Fue en Hiroshima,
un seis de agosto de hace siete años;
y doscientos ochenta mil muertos
por el aire de su última mañana,
rebasaron la esclusa de los cielos con sus alas.

17 Feb 2009

OSCAR WILDE. AFORISMOS

Escrito por: seryipsico el 17 Feb 2009 - URL Permanente

OSCAR WILDE
irlanda, 1856


-Todos vivimos en el cieno, pero algunos levantamos los ojos
hacia las estrellas.

–El camino de la paradoja es el camino de la verdad. Para probar la verdad de las cosas hay que verlas en la cuerda floja. Cuando las verdades se hacen acróbatas, entonces podemos juzgarlas.

–Son los escogidos aquellos para quienes las cosas bellas sólo significan belleza.

–No hay libros morales ni inmorales. Los libros están bien escritos o mal escritos. Simplemente.

–Nada tan peligroso como ser demasiado moderno. Corre uno el riesgo de quedarse súbitamente anticuado.

–El hombre es menos él mismo cuando habla en su propia persona. Dadle una máscara, y os dirá la verdad.

–Sólo deberían cantar la muerte aquellos cuyo canto es más fuerte que la muerte.

–La más alta como la más baja forma de crítica, es siempre una especie de autobiografía.

–Parecer discreto vale tanto como entender una cosa, y es mucho más fácil.

–Si no se habla de una cosa, es como si no hubiera ocurrido. Sólo la expresión da realidad a las cosas.

–Es mucho más difícil hablar de una cosa que hacerla. Todo el mundo puede hacer historia: sólo un gran hombre puede escribirla.

–La realidad no debe ser más que un telón de fondo.

–El fin del arte no es la verdad simple, sino la belleza compleja.

–Vicio y virtud son para el artista materiales de un arte.

–Tener una norma estricta y severa respecto a lo que debe y no debe leerse, es absurdo. Más de la mitad de la cultura moderna depende de lo que no debería leerse.

–Los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su propia vergüenza.

–El hecho de que un hombre sea un envenenador no dice nada contra su prosa. Las virtudes domésticas no son los verdaderos cimientos del arte.

–Mentir bellamente es un arte; decir la verdad es obrar según la naturaleza.

–Es mejor ser hemoso que ser bueno; pero es mejor ser bueno que ser feo.

–Un hombre que no piensa en sí mismo, no piensa en nada.

–Al Estado cumple hacer lo que es útil. Al individuo, hacer lo que es bello.

–El descontento es el primer paso en el progreso de un hombre o una nación.

–El verdadero inconveniente del matrimonio es que lo hace a uno menos egoísta.

–Nunca debe uno fiarse de una mujer que le dice a uno su verdadera edad. Una mujer capaz de decir eso, es capaz de decirlo todo.

–Las lágrimas son el refugio de las mujeres feas, pero la ruina de las bonitas.

–Me gustan los hombres que tienen un futuro y las mujeres que tienen un pasado.

–Los hombres casados son horriblemente aburridos cuando son buenos maridos, y abominablemente presumidos cuando no lo son.

–Cuando se está enamorado, comienza uno por engañarse a sí mismo y acaba por engañar a los demás. Esto es lo que el mundo llama una novela.

–Los que aman sólo una vez en su vida son realmente los superficiales. Lo que llaman constancia y fidelidad, podría llamarse letargia de la costumbre o falta de imaginación.

–Los hombres siempre se empeñan en ser el primer amor de una mujer. Tal es su tosca vanidad. Las mujeres tienen un instinto más sutil de las cosas. Prefieren ser la última novela de un hombre.

–Todo el mundo es capaz de simpatizar con las desgracias de un amigo, pero para simpatizar con los éxitos de un amigo se requiere una delicadísima naturaleza.

–Lo que le consuela a uno hoy en día no es el arrepentimiento, sino el placer. El arrepentimiento está completamente anticuado.

–En este mundo sólo hay dos tragedias. Una, el no conseguir lo que se desea; la otra, el conseguirlo. Esta segunda es, con mucho, la peor; ésta es una verdadera tragedia.

15 Feb 2009

LA ENAMORADA

Escrito por: seryipsico el 15 Feb 2009 - URL Permanente

LA ENAMORADA

esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra alejandra no lo niegues

hoy te miraste en el espejo
y te fue triste estabas sola
la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió

enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado

oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú

te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

PIZARNIK

15 Feb 2009

DIFERENCIA ENTRE PSICOPATÍA Y DELINCUENCIA. LA DESESTRUCTURACIÓN FAMILIAR NO ES LA CAUSA ÚLTIMA

Escrito por: seryipsico el 15 Feb 2009 - URL Permanente

¿De qué es síntoma tanta violencia injustificada?, ¿Cuál es su origen? ¿La desestructuración familiar y social, las drogas, la deficiente integración de la inmigración, el fracaso de la educación en valores? El perfil del joven delincuente es un varón, de entre 14 y 18 años, de clase media, y con problemas familiares. Pero el agresor, ¿nace o se hace? Herencia y ambiente se combinan en las diversas explicaciones que la psicología da a la conducta agresiva. Puede ser una reacción natural a la frustración, o producto del desajuste social, de impulsos instintivos, o de un perfil de personalidad conocido como psicopatía. Se ha investigado la influencia de la imitación de modelos violentos, el refuerzo social de esas conductas, y el efecto despersonalizador y amplificador que ejerce el grupo sobre el individuo.

No se debe confundir un acto de maldad con una patología psiquiátrica. El trastorno de personalidad antisocial se caracteriza por la conducta violenta y agresiva persistente. El sujeto suele ser emocionalmente inestable, rebelde, irritable, impulsivo. Incapaz de controlar su conducta, busca la satisfacción inmediata y no tolera la frustración. La frialdad, la falta de empatía y de sentimientos, le llevan a despreciar los derechos de los demás. Su perfil manipulador, irresponsable, desafiante, temerario y vengativo no entiende de normas ni de remordimientos o sentimientos de culpa, lo que le conduce al delito y a la marginación. ¿Existen tratamientos para un perfil de personalidad tan complejo? Estos casos suelen requerir lógicamente el ingreso en un centro especial. La intervención bio-psico-social es posible pero resulta especialmente ardua, debido a la resistencia y oposición que suele mostrar el paciente.

Conducta violenta en centros educativos

¿Qué está ocurriendo en los centros educativos? ¿Qué grado de violencia, amenazas e indefensión pueden estar soportando en silencio algunos menores?, ¿y los docentes? En un reciente estudio realizado por el sindicato de profesores ANPE entre docentes de la Comunidad de Madrid, desde Infantil a Secundaria, el 85% denunció indisciplina y violencia en el centro educativo. Ocho de cada diez están desmotivados y manifiestan problemas psicológicos derivados del estrés que sufren en el aula, especialmente por las amenazas de daños físicos y los insultos por parte de los alumnos problemáticos. Las agresiones verbales, psicológicas y físicas representan cerca del 40, 30 y 20%, respectivamente.

12 Feb 2009

La proyección. No puedo hacerte responsable. Alejandra Menassa.

Escrito por: seryipsico el 12 Feb 2009 - URL Permanente

POEMA. NO PUEDO HACERTE HOY RESPONSABLE:

No puedo hacerte hoy responsable de mi sueño, ni de nada.

Crucé mares de oxígeno en tu búsqueda, tú no estabas,

quise encontrarte muchas veces, tanto quise, que dibujé fantasmas.

En el marasmo de mis ocupaciones cotidianas,

te perdiste, celoso, irreverente, pequeño camarada del fracaso,

amante de la sangre derramada, adalid de las nubes, viento frío en la cara,

mi centinela acorralado por su propia existencia figurada.

No puedo hacerte hoy responsable del tropiezo ni de la ciega dicha,

Mi amor te transformó en un príncipe, y la corona que puse

sobre el hombro, pesaba demasiado, famélica figura que se escapa,

fui yo que te pintaba, fui yo que te escribía, fui yo que te escondí,

como un retazo de sol que envuelve a la mañana rosas blancas,

tras el ozono azul de mis palabras, mentira que refulge a la luz del desamor,

cuando cae el telón de la ignorancia, y la verdad nos ciega con su luz tan extraña...

No eras hermoso, en mis ojos la belleza descansaba, no eras siquiera bueno,

yo quería tanto que lo fueras...., que dibujé fantasmas.

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