17 Mar 2008

FINAL DE UN ATLETA

Escrito por: Sibylla Orsini Monmorency el 17 Mar 2008 - URL Permanente

POR DRYA

Milón de Crotona era capaz de sostener en su puño una granada madura con tal firmeza que nadie podía separarle los dedos para arrebatársela y, sin embargo, lo hacía con tal cuidado que la granada permanecía intacta.

Era capaz de mantenerse en pie sobre un disco cubierto de grasa y conservar un equilibrio tan perfecto, que nadie conseguía derribarlo. Era capaz de atarse una cuerda alrededor de la cabeza, aguantar la respiración y hacer que las venas de la frente se le hincharan hasta romper la cuerda.

Pero Milón de Crotona no tuvo siempre éxito. Una vez en los juegos de Olimpia, cuando iba a recoger la corona de laureles por haber ganado en lucha, se resbaló y cayó de espaldas. Mientras trataba de levantarse con gran esfuerzo, algunos bromistas del público empezaron a decir que no deberían concederle la corona después de dar muestras de semejante torpeza. Milón replicó: “¡No ha sido la tercera caída! Sólo he caído una vez. ¡Habría que ver si alguno de vosotros consigue tirarme dos veces más!”. Se les cerró el pico en el acto.

Ganó doce coronas, seis en Olimpia y seis en Delfos. Cuando Crotona (su tierra natal) fue a combatir a los sibaritas, Milón llevaba como casco todas sus coronas de laurel al mismo tiempo (suficientes para amortiguar cualquier golpe), vestía una piel de león como su héroe Hércules y llevaba un garrote en la mano. Condujo al pueblo de Crotona a la victoria y cuando, en señal de gratitud, decidieron erigirle una estatua, el mismo Milón atravesó la plaza con la estatua a cuestas y la colocó en el pedestal.

Cuando Pitágoras el filósofo vivía en Crotona, él y Milón se hicieron grandes amigos. Los opuestos se atraen: el pensador y el atleta. Por suerte para Pitágoras, ya que Milón le salvó la vida. Hubo un terremoto y en el comedor de la escuela del filósofo cedió un pilar. Milón sujetaba el techo partido mientras Pitágoras y sus estudiantes desalojaban la sala; luego se retiró suavemente de debajo del techo y logró salvarse él también.

Ahora bien dice el proverbio: “ Poseer una fuerza descomunal no sirve para nada a menos que el hombre sepa utilizarla”. Ésa fue la perdición de Milón de Crotona. Salió de viaje un día, a pie, y se perdió en la densidad de un bosque. Lejos de la carretera llegó a un claro en donde habían estado trabajando unos leñadores, que se habían ido porque se les había hecho tarde. Vio un tronco gigantesco. Al parecer, los leñadores habían intentado partir el tronco en dos, pero el esfuerzo fue demasiado para ellos y lo habían dejado para otro día. Milón pensó: “lo partiré en dos yo solo. ¡Imagínate lo sorprendidos que se quedarán todos al ver que un hombre ha hecho el trabajo por ellos empleando únicamente sus propias manos! ¡Me tendrán por muy listo! ¡Qué agradecidos quedarán conmigo! ¡Otra famosa prueba de fuerza para Milón de Crotona!”. Así que metió los dedos en la estrecha hendidura hasta que las palmas de sus manos estuvieron totalmente presionadas a ambos lados del tronco. Estiró con todas sus fuerzas. Las cuñas de hierro se soltaron y cayeron al suelo; la grieta se cerró de golpe. Las manos de Milón quedaron atrapadas. Los brazos se le doblaron. El tronco era demasiado pesado para que él pudiera cambiarlo de sitio. No podía moverse.

Se hizo de noche. Se oían aullidos en el bosque. Las bestias salvajes salieron sigilosamente al claro. Podían oler su miedo, sentir su impotencia. Sólo lo mordisquearon al principio, pero cuando vieron que no podía defenderse, se abalanzaron sobre él con los colmillos centelleantes. Lo descuartizaron y lo devoraron vivo.

23 Feb 2008

Escrito por: Sibylla Orsini Monmorency el 23 Feb 2008 - URL Permanente

POR VERDATU

Ya he llegado a Madrid, para votar a Z, les pido NO OLVIDAR

LO QUE LA DERECHA PRETENDE OCULTAR

Escrito por: Sibylla Orsini Monmorency el 23 Feb 2008 - URL Permanente

POR DRYA

04 Dic 2007

LOS GOLIARDOS

Escrito por: Sibylla Orsini Monmorency el 04 Dic 2007 - URL Permanente

POR DRYA

Por estas cosas que pasan, nadie sabe muy bien por qué, ha resucitado últimamente el interés por la Poesía Goliardesca. Y ya es resucitar, porque fuera de círculos muy especializados era difícil, hasta hace poco, encontrar a alguien que tuviera idea de por donde iban los tiros. Aunque sin saberlo la inmensa mayoría, generaciones de universitarios, han homenajeado, año tras año, a los Goliardos.
Debemos situarnos en plena Edad Media. Siglos XII y XIII. Una época tan apasionante como mal conocida. En Europa se estaba produciendo un cambio en las estructuras sociales que, a la larga, desembocará en el Renacimiento y después en el Mundo Moderno. Los Reyes intentaban recuperar el poder político y económico, en manos de la nobleza feudal, otorgando privilegios y cartas de libertad a las ciudades y promocionándolas en lo social. Y aliados con ellos, los obispos, que lo eran de dichas ciudades, disputaban el mismo poder, más el espiritual, a las ordenes religiosas ( léase benedictinos y sus ramas: cluniacenses, cistercienses, etc.) que ostentaban desde la caída del Imperio Romano la exclusiva de lo religioso y, más importante aún, de lo intelectual.

Nace una nueva institución cultural de carácter secular: la Universidad, réplica de las ciudades a los monasterios, sus monjes y sus bibliotecas. Y, naturalmente, se enfrenta, desde ya, a los monjes y a los monasterios. Y, naturalmente también, se enfrenta no sólo discutiéndole la exclusiva de la enseñanza, sino de la misma doctrina. En el concilio de Sens (1140) uno de los nombres míticos de las universidades, Abelardo, topa con San Bernardo, Abad de Claraval y éste, que de tonto no tenía un pelo y se dio cuenta de por donde soplaban los vientos, acusó al maestro Abelardo de ser un " Goliat", que para los tiempos era la personificación de Satanás. Cierto es que a efectos canónicos Abelardo salió mal parado del Concilio-anatematizaron varias de sus propuestas- pero a efectos de prestigio intelectual muy reforzado.

Y por aquella misma época, en la que las estructuras sociales se resquebrajaban pero, al tiempo, subsistían los antiguos y rígidos esquemas, pululaban por los caminos de Europa una serie de personajes, estudiantes muchos de ellos que iban de ciudad en ciudad para oír las lecciones que dictaba éste o aquel maestro, cuyo principal objetivo era la libertad. La mayoría de ellos ingresaban en la Iglesia pero no por motivos vocacionales, sino como pasaporte a la libertad. El solo hecho de recibir las ordenes menores, libraba al aspirante a cura, de las dependencias señoriales, abaciales o de los consejos municipales. Así que recibían la tonsura y quedaban libres. Libres de impuestos seculares, obligaciones con señores seculares y eclesiásticos, libres del servicio militar de la época, libres de tribunales civiles, etc.

Buscando a los maestros, recorrían los países de taberna en taberna. Bebían, amaban, robaban, jugaban, ociaban, gozaban de la vida y dinamitaban todo el orden intelectual establecido: obispos, primados, monjes, canónigos, y el mismo Papa fueron objeto de sus chanzas y burlas y su vehículo la poesía. Una nueva poesía, un tipo de poesía que se apartaba radicalmente de la, hasta el momento, compuesta en los monasterios. Una poesía viva, popular, que cantaban, como los juglares, acompañándose de música y, eso sí, en latín; claro que no en el latín de los monasterios, sino en un latín muy influenciado por las nuevas lenguas que, poco tiempo antes, se implantaron en las diversas regiones de una Europa que aún formaba un todo.
No está muy claro el porqué de la denominación de Goliardos. Puede ser porque los consideraban demonios por su forma de vida y su esencial irrespetuosidad ( Goliat); o porque se les consideraba unos comilones, que se pasaban la vida en tabernas bebiendo y comiendo: en francés " geule" significa esto: aficionado y buen comedor, de buenas tragaderas. De ahí guliarts que se latiniza en goliardos. Que, encima, es por fonética parecida a Goliat. Así que todo quedaba redondo. También se cita a un imaginario Obispo Golías, que los propios goliardos presentaban como su antepasado más remoto. Aunque tampoco es necesario llegar tan lejos, porque siguiendo con la fama de buenos tragones, "goliardus", en latín, significa glotón.
Lo cierto es que los goliardos propusieron un nuevo tipo de poesía. Abandonaron los metros clásicos- griegos y romanos- que se practicaban en los monasterios y, especialmente, pasaron de la métrica de cantidad clásica a la de intensidad de las modernas lenguas. O sea abandonaron la acentuación de cantidad: sílabas largas y cortas, para usar la acentuación de intensidad: agudas, graves y esdrújulas. Y rimaron sus versos, mayormente en consonante. Fue un paso trascendental que permitió el nacimiento de un nuevo modo de componer poesía. Eso sí, siguieron empleando el latín, aún faltaban unos años para llegar al " quiero fer una prosa en román paladino/ en qual suele el pueblo fablar a su vecino/ ca non so tan letrado por fer otro latino: / bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino", con lo que Berceo de alguna manera homenajeaba a los goliardos.
En todo caso hay que tener en cuenta que no fue un invento goliardo la nueva métrica, sino que la recogieron de los cantares populares, las canciones de amigo, lay, baladas, albas etc., en las versiones de los distintos países, que utilizaban la estrofa corta, los versos con mucho ritmo, las melodías cantables que ellos conocían muy bien porque ellos pertenecían a dicho grupo social. Fue, de hecho, la revolución de la poesía popular que comenzó a desplazar a la culta de los monasterios. Y la aparición de los rudimentos de la nueva métrica que se avecinaba.
Y no sólo en métrica, también en los temas despreciaron los contenidos propios de la poesía de los monasterios y cantaron a sus mujeres, de carne y hueso y de amores carnales; al juego, practicado en mesones camineros; al vino, a la comida, a los placeres de la vida, a la brevedad de ésta, a la necesidad de aprovechar el tiempo y dejarse de zarandajas; en fin que si bien despreciaron la poesía de Horacio y Virgilio como patrones métricos, se apuntaron al tan horaciano Carpe Diem con verdadero furor. Y, por descontado, fueron anti todo lo que significara poder: civil, eclesiástico, intelectual y autoritario. Ni respetaron la religión: ya puestos utilizaron las expresiones tradicionales de la liturgia como exaltación de la Virgen, por ejemplo, para dedicárselas a sus mancebas. Y transformaron himnos religiosos, " Pange lingua" en festivas canciones amorosas. No dejaron títere con cabeza. Y si respetaron algo fue la Universidad, recién nacida y todavía en pañales y sus maestros; y la Universidad, como veremos, les devolvió el favor.

Los primeros textos goliardos son del siglo XII-XIII y los más conocidos e importantes los " Carmina Burana" ( la mayor parte del contenido es del Siglo XII), textos encontrados en la abadía benedictina de Beuren, Baviera, escritos la mayoría en latín, aunque algunos hay en alemán, especialmente versos y estribillos intercalados, unos pocos incluso con notaciones musicales que han permitido reconstruir la melodía de unos cuarenta. En total aproximadamente doscientos cincuenta. En ellos basó una Cantata de título homónimo el compositor alemán Carl Orff ( 1895-1982): Carmina Burana.

17 Nov 2007

LA NORTEAMERICANA QUE DESTRONÓ A UN REY

Escrito por: Sibylla Orsini Monmorency el 17 Nov 2007 - URL Permanente

POR DRYA

Aunque nacida en una familia patricia de Maryland, Wallis no pertenecía a esa poderosa clase americana que buscaba entre los vástagos de los grandes linajes británicos maridos para sus atildadas hijas. No era como ellos pero se comportaba como tal. Wallis Simpson era una mujer de ojos azules y figura extremadamente delgada.

Su aspecto, según palabras del famoso fotógrafo Cecil Beaton que la conoció muy de cerca, era inquietante: impresionaba más que nada su figura esquelética. A ella pertenece la frase “nunca se es demasiado delgada ni demasiado rica”. Sus compañeras de estudio la recuerdan siempre rodeada de hombres, buscando ser invitada a las fiestas más encopetadas. Sus amistades masculinas parecían gozar con la compañía de aquella muchachita con aires de gran dama, picante y descarada que les reía sus chistes obscenos.

Los informes que la familia real encargó a Scotland Yard sobre el pasado de Wallis, la describen como voraz y buscona, con una conducta parecida a la de una prostituta. El oficial Joe Longton, en una carta de 1934 dirigida a la reina Mary que ha sido desvelada hace días, llegaba a decir que «Mrs. Simpson se comportaba en Baltimore con la misma promiscuidad que un homosexual vicioso» y que no entendía cómo el heredero al trono «podía casarse con una prostituta mientras le estaba vedado hacerlo con alguien de religión diferente». «¿Es acaso preferible para la realeza una puta que una católica?», concluía el indignado informador. Era la época en que el vendedor de coches Guy Trundle y Wallis se conocieron en Londres, y ella ya salía asiduamente con el príncipe de Gales, que pronto se convertiría en rey. Guy, por su parte, había abandonado la Fuerza Aérea en 1927, en la que obtuvo algunos éxitos y un par de condecoraciones en la I Guerra Mundial con sólo 20 años. Como otros pilotos de la RAF, buscó trabajo como pudo y lo encontró de mecánico en una fábrica Ford, mientras trataba de aumentar sus ingresos vendiendo coches por su cuenta.

Sin embargo, Guy no era el tosco mecánico que los tabloides británicos han querido mostrar interesadamente para rebajar la figura de Wallis. Era muy educado y atractivo, con aspecto de lord, y consumado bailarín. Siempre alardeaba de sus conquistas. Aunque se casó en 1932 con la hija de un general retirado, en los años 1935 y 1936 seguía siendo figura conocida en los ambientes galantes del sofisticado Londres. El príncipe de Gales mantenía por entonces relaciones con varias damas, entre las que destacaba Gloria Vanderbilt, la hija del multimillonario americano que, al igual que sus hermanas, alternaba entre la alta nobleza británica. En un alarde de solidaridad femenina, Gloria pidió a su amiga Wallis Simpson que cuidara de POW (Prince of Wales), mientras ella se ausentaba unas semanas para visitar a su familia en Nueva York.

La confiada neoyorquina debía de estar al corriente de las hazañas sexuales de su compatriota, pero, probablemente, supuso que no era peligrosa una mujer de mediana extracción, casada en segundas nupcias y que, aunque tenía mucho encanto, era demasiado rara, incluso fea, para alguien tan delicado y exquisito como David. Quizás esto define algunos rasgos de su personalidad: Wallis, era dura, competitiva, egocéntrica, anoréxica y, con el tiempo, a fuerza de estirarse tanto el cuello, cuando los médicos –ya anciana- necesitaron intervenirla quirúrgicamente tuvieron dificultades para entubarla debido a la cantidad de cirugías estéticas que se había hecho. Wallis conoció al príncipe en 1932, cuando ella tenía 37 años y él 38. Por entonces, Eduardo era uno de los solteros mas codiciados de Europa: rubio, atractivo, delgado, elegante, era un maestro a la hora de combinar camisas con trajes a rayas y corbatas de los más diversos colores. El también era un hombre con muchas manías a la hora de comer: se alimentaba muy poco. Wallis Simpson, una aventurera a quien su primer marido había hecho educar sexualmente en un prostíbulo de China. Wallis descubrió a primera vista que el príncipe era un masoquista al que le iba la marcha, lo maltrató y lo convirtió en su marioneta. Todo esto era ignorado por el público. Cuando un sirviente palaciego descubrió a Eduardo de hinojos, pintándole las uñas de los pies a Wallis como si fuera su doncella, no fue a vender la exclusiva a la prensa rosa, como haría hoy día, sino que pidió la baja, porque no podía soportar ver a su soberano haciendo de esclavo sexual. El rey Jorge V, sin embargo, estaba al tanto de lo que pasaba, pues el servicio secreto había recibido órdenes de vigilar a Wallis. En el momento en que se conocieron ella estaba casada con un empresario norteamericano, pero eso no fue ningún impedimento ya que Eduardo sentía especial interés por las mujeres casadas. El primer encuentro se produjo en la casa de Thelma Vanderbilt, en Londres, (amiga de Wallis y de Eduardo).

El príncipe quedó fascinado por la manera de hablar y de actuar de la futura duquesa de Windsor. Según el relato que Rosa Montero hace en su libro “Pasiones”, Eduardo tenia algunos problemas sexuales y Wallis, que aparentemente contaba con mucha más experiencia, supo cómo ayudarlo a superarlos. Mas allá de lo cierta o no que resulte esta anécdota, la verdad es que Eduardo llegó a amarla de un modo casi patológico y por eso – a medida que la relación crecía a escondidas del marido engañado- el príncipe insistía para que ella se divorciara de Ernest Simpson, un empresario que terminó arruinado por las locuras y extravagancias de su mujer.Ella era un raro "caso de masculinidad con fuertes características femeninas", cara de "personaje de juegos de cartas medieval", por quien el entonces rey "sentía una atracción más física que sexual" según la propia descripción de Winston Churchill, un muy buen amigo del monarca.Wallis Simpson había sido amante de Joachim Von Ribbentrop cuando éste era embajador en Londres y esos vínculos nunca se quebraron completamente. Al separarse de ella, Von Ribbentrop, quien luego sería Ministro de Exteriores de Hitler, le envió una jarra con 17 rosas, el número de veces que se habían acostado juntos, según aparece consignado en informes del FBI de aquella época. Los que más odian a Wallis Simpson no dudan en calificarla como agente encubierto de los nazis. Parece exagerado pero tiene su porqué. Una de las visitas más escandalosas que los duques realizaron en 1937, ya casados y virtualmente exiliados, fue a Adolf Hitler en la cancillería del Reich. Eduardo no había ocultado sus simpatías por la ideología nazi y, al parecer, tuvo contactos con los fascistas de Oswald Mosley siendo príncipe. Wallis, por su parte, había tratado de asegurarse el apoyo del régimen hitleriano para su matrimonio desigual. Si las cosas se pusieran feas para Inglaterra, ella y Eduardo podrían formar una nueva dinastía «popular», al estilo de la Italia fascista.

En enero de 1936, después de la muerte del rey Jorge V, Eduardo VIII, el hijo primogénito (y tío de la actual reina) subió al trono. Inmediatamente se enfrenta con su familia y con el gobierno al anunciar su intención de casarse con Wallis.

Firme en su decisión, abdica y se casa con la mujer que amaba, reservándose el título de Duque de Windsor. Se casaron el 3 de junio de 1937.El lado oscuro de la historia es que además de la crítica social feroz, debió enfrentarse a las acusaciones de simpatizar con el nazismo y de desmentir, tal vez sin éxito, que su casamiento era sólo una pantalla para su homosexualidad.

Todos cuantos conocieron a Wallis Simpson han dicho de ella que era una mujer extraña. Alta y angulosa, tenía los pies y las manos grandes, la mandíbula cuadrada y un aire indudablemente masculino. Lógico, según su última biografía: la norteamericana por la que Eduardo VIII renunció al trono británico en 1936 era en realidad un hombre.

Quien sugiere esta extraordinaria y desconcertante posibilidad es Michael Bloch, un británico que trabajó en París editando la correspondencia de los duques de Windsor y que ya había rentabilizado antes su privilegiada experiencia publicando varias obras sobre la pareja.

En su último libro, el biógrafo explica que fue un conocido médico de Londres quien le puso sobre aviso. «Quiero contarte algo sobre ella para que lo tengas en cuenta», le dijo antes de que estrenara su empleo en Francia. «Wallis Simpson era un hombre. No hay duda alguna, un colega que la examinó me reveló todos los detalles».

Sorprendentemente, Bloch no pidió más explicaciones ante semejante revelación y el médico londinense se llevó el secreto a la tumba. Pero aunque reconoce que no tiene pruebas definitivas, el escritor sugiere ahora que la duquesa era víctima de una extraña malformación genética denominada síndrome de insensibilidad andrógina.

Wallis Simpson no podía tener hijos pero esa es la única evidencia científica. Bloch cimenta su tesis en los testimonios de varias personas cercanas a la pareja que aseguran que su relación era puramente platónica.

El biógrafo cita por ejemplo a Herman Rogers, el mejor amigo de ella, según el cual Wallis seguía siendo virgen pese a sus dos matrimonios anteriores cuando se casó con el duque de Windsor.

Al parecer, la duquesa le confesó entre bromas que nadie la había tocado por debajo de la «línea Mason-Dixon», como se bautizó la frontera entre el Norte y el Sur de los Estados Unidos. Una manera muy especial de afirmar que jamás había mantenido relaciones sexuales.

Algo parecido sugirieron otros observadores de excepción como Winston Churchill, quien escribió que la relación entre el duque y la duquesa era «psíquica más que sexual, y sensual sólo ocasionalmente».

Georges, el fiel mayordomo que les sirvió hasta su muerte, también afirmaba que nunca mantuvieron relaciones sexuales aunque compartían la misma cama.

Bloch apunta también como argumento la afinidad de la duquesa con artistas y escritores homosexuales como Somerset Maugham, Cecil Beaton o Noel Coward y refiere un comentario de otro de sus amigos «gays», Jimmy Donahue, el atractivo e ingenioso heredero del imperio Woolworth.

Donahue llegó a decir que dormir con Wallis era como hacerlo con «un viejo marinero», es decir, con alguien carente ya de energía sexual.

Pero de todos ellos, el más astuto fue tal vez James Pope Hennessy, quien solía visitar a los duques en su casa de campo a finales de los años cincuenta, mientras preparaba una biografía de la reina María.

Después de una de sus entrevistas, el escritor anotó en su diario: «La duquesa es una de las mujeres más extrañas que he conocido. Cedería a la tentación de clasificarla como la mujer americana por excelencia si no tuviera la sospecha de que no es una mujer en absoluto».

La duquesa de Windsor nunca tuvo buena prensa en el Reino Unido. En diciembre de 1936, se decía de ella que había cautivado a Eduardo VIII con malas artes aprendidas de las prostitutas chinas. Más de setenta años después de la traumática abdicación del monarca, el personaje de la divorciada norteamericana, como el de su marido, siguiò estando rodeado de extraños mitos.

Al duque de Windsor se le ha llegado a bautizar como «el rey traidor» como consecuencia de sus supuestos devaneos con la Alemania nazi. Según un documental emitido el año pasado, Eduardo estaba fascinado por Hitler antes de la Segunda Guerra Mundial y llegó a considerar la posibilidad de traicionar a su país movido por el rencor hacia su familia y por el deseo de recuperar el trono.

Todos los secretos de su vida en común se los llevaron a la tumba, él murio en 1972 y ella en 1986.

EL REY QUE PRESUNTAMENTE ABDICÓ POR AMOR, ERA UN SER MÁS COMPLEJO E INCAPAZ DE LO QUE LOS ROMÁNTICOS QUIEREN NARRAR, WALLIS SEGURAMENTE GUARDÓ PARA SÍ LOS SECRETOS QUE SU SUSTITUTA (MÁS AFORTUNADA) MANTIENE CON EL ACTUAL PRINCIPE DE GALES. CAMILA, HA LOGRADO CASARSE, Y SOÑAR CON UN TRONO QUE WALLIS SÓLO PODÍA CONSEGUIR SI HITLER HUBIESE VENCIDO...O QUIZÁ NO..

21 Oct 2007

ASESINOS EN SERIE: PSICOPATÍA SEXUAL

Escrito por: Sibylla Orsini Monmorency el 21 Oct 2007 - URL Permanente

POR SIBYLLA

Gilles de Rais

Gilles de Rais nació en el gélido otoño de 1404, en la Torre Negra del castillo de Champtocé, en Anjou (Francia). Sus padres fueron el noble Guy II de Laval y la dama Marie de Croan. Ambos provenían de los más rancios linajes franceses, poseyendo cada uno una gran fortuna que se incrementó tras su unión. En sus primeros años, él y su único hermano, René, apenas tuvieron contacto con sus padres. A decir verdad, debemos atribuir su crianza y educación a tutores e institutrices.

El pequeño Gilles se instruyó como otros infantes de su condición social en las lides de la escritura y la lectura, manejando muy pronto lenguas como latín y griego. La prematura muerte de sus padres dejó la tutela de los niños en manos de su abuelo materno, Jean de Craon, hombre de carácter enérgico y violento que influyó negativamente en el ánimo del primogénito Gilles. Éste llegó a decir años más tarde sobre él: "Me enseñó a beber, inculcándome desde muy niño a extraer placer de pequeñas crueldades. Nada más lejos de lo que otros hombres han pensado, sentido, imaginado o incluso hecho... Bajo su custodia aprendí a despegarme de los poderes terrenos y divinos, con lo que creí que era omnipotente".

El muchacho manifestó ya a una edad temprana una pericia desacostumbrada en todo lo que emprendía, dejando pronto atrás a sus maestros y confiando en su propia sed de conocimientos y en su capacidad para adquirirlos. Jean de Craon era demasiado viejo para llevar a cabo la tarea de disciplinar a su nieto mayor, cuyo temperamento le hacía tan indomable como egocéntrico. Manifestó también muy pronto un carácter rebelde, así como un deseo irresistible de imponer su voluntad sobre todos los que le rodeaban. En sus años de instrucción militar demostró ser un aventajado discípulo en lo concerniente a doctrina castrense y empleo de las armas, cualidades que desarrolló hasta la perfección cuando intervino, tiempo más tarde, en los combates contra los ingleses al servicio del delfín Carlos VII.

A los 14 años recibió, en su primera ceremonia oficial, una espléndida armadura blanca milanesa con la que se le concedía la distinción de caballero. Dos años más tarde, el aspecto físico que presentaba Gilles de Rais no podía ser mejor para un joven aristócrata de alta cuna. Superaba con creces los 1,80 metros, por los que se repartía un cuerpo perfectamente musculado y sano. Por su continuo entrenamiento militar era muy ancho de hombros, ágil de movimientos y poseía una elegancia natural. A todo esto añadía un aspecto agraciado debido a su morfología facial, donde predominaban dos inmensos y claros ojos azules escoltados por altos pómulos, muy típicos de la naturaleza bretona. El conjunto se completaba con un negro y ondulado cabello que acentuaba aún más su lustrosa tez aceitunada y sus rojizos labios carnosos.
Como vemos, el bello muchacho, dada su apariencia y fortuna incalculable, no iba a representar ningún problema a la hora de solicitar la mano de cualquier damisela perteneciente a las grandes casas francesas. Sin embargo, un hecho interfirió gravemente en esta pretendida y, por otra parte, lógica búsqueda; su evidente homosexualidad. A pesar de ello, se desposó con su prima Catherine de Thouars, en 1420, tras un abrupto secuestro de la joven y posterior boda clandestina. Años más tarde, en 1429, nacería Marie, el único fruto carnal del complejo aristócrata.

En 1424 le reconocieron la anhelada mayoría de edad. Estaba a punto de cumplir 20 años y lo primero que solicitó fue el dominio absoluto sobre el inmenso patrimonio que le pertenecía por derecho. Más tarde, entró al servicio militar de Carlos VII —delfín de Francia—, quien veía seriamente comprometida su aspiración al trono por la intervención de los ejércitos ingleses y borgoñeses en la guerra de los Cien Años.

Desde que comenzó a guerrear (tenía sólo 16 años) bajo la bandera de el duque Juan V de Bretaña hasta que entró al servicio personal del delfín Carlos, sus condiciones como combatiente mejoraron de forma sobresaliente. Durante sus primeras acciones de guerra —enmarcadas en los litigios que enfrentaron a las casas de Monfort y de Penthiévre—, Gilles demostró una inusual destreza con las armas, arremetiendo contra el enemigo en una ignorancia, consciente o no, de los peligros que se cernían sobre él.

De Rais luchaba con el valor propio de aquellos héroes que protagonizaron leyendas y romanceros populares. Sus compañeros aseguraban que un espíritu demoníaco le poseía cada vez que la sangre afloraba como consecuencia del combate. Quizá no les faltaba razón, pues la verdad es que el joven disfrutaba con la guerra, era como un juego para él: cabalgar a lomos de su caballo favorito, Noisette, desenvainar su espada y medirse al enemigo en singular duelo, nada mejor para un hombre de armas francés, educado para la guerra y preparado para morir si tal menester fuese necesario.

En 1429 la situación para la Francia leal a Carlos VII era ciertamente desesperada. En aquel tiempo surgió la figura de Juana de Arco, una modesta campesina que aseguraba ser guiada por voces sobrenaturales hacia la defensa y coronación del delfín galo en la catedral de Reims. La necesidad del momento provocó que nobleza y pueblo se aferraran a los vaticinios de la joven aldeana, y pronto el fervor se adueñó de aquellos escenarios cubiertos por la necesidad.

El barón de Laval recibió el encargo de escoltar y proteger a la doncella en su camino a Orleans, último bastión que permanecía fiel a los intereses de Carlos y que en esos meses se encontraba sitiado por tropas inglesas. Gilles supo, desde que la vio por primera vez, que ella sería el principal estímulo para su atormentada vida. Por eso, no dudó ni un instante en aceptar el mandato real poniendo a disposición de la iluminada cuanto material quisiese disponer para la campaña que estaba a punto de emprender. El ardoroso militar cambió su actitud, siempre agresiva, por otra bien distinta en aquellos días de febril actividad en la ciudad de Chinon. En diferentes ocasiones buscó el tiempo necesario para encontrarse con la doncella, dispuesto a sostener largas conversaciones que encendieron aún más su fe en ella y en la santa misión de la que era emisaria.

Años más tarde la recordaría con estas palabras: "Cuando la vi por primera vez parecía una llama blanca. Fue en Chinon, al atardecer, el 23 de febrero de 1429. Desde el principio fui su amigo, su campeón. En el momento en que entró en aquella sala un estigma maligno escapó de mi alma y, ante el escepticismo del delfín y la corte, yo persistí en creer en su misión divina. En presencia de ella y por ese breve lapso de tiempo, yo iba en compañía de Dios y mataba por Dios. Al sentir mi voluntad incorporada a la suya, mi inquietud desapareció", comentó.
Después del éxito en la liberación de Orleans y otras campañas, la doncella pudo cumplir su promesa de coronar a Carlos VII. Por su parte, Gilles recibió los honores de mariscal de Francia cuando ni siquiera había cumplido 25 años. Esta distinción le elevó por encima de sus iguales, convirtiéndole en el hombre más poderoso del momento. No obstante, la captura de la doncella a manos británicas y su ejecución en la hoguera ante la impasibilidad del monarca francés abocaron al flamante héroe a un abismo del que ni pudo ni quiso zafarse.

Tras la desaparición de la inmaculada pureza encarnada en aquella mujer a la que tanto había amado, no le quedaba nada por lo que luchar en esta Tierra, ni compromisos que asumir al servicio de nadie. El día en el que murió la doncella de Orleans también lo hizo el cuerpo carnal de Gilles de Rais, quien se transformó de orgulloso mariscal de Francia en el principal emisario de Satán en la Tierra. Aún le restaban nueve años de vida en los que enarboló la bandera negra del mal en toda suerte de crímenes y depravaciones.

Para divertirse, ordenaba que se organizasen en sus múltiples castillos lujosísimas fiestas y representaciones teatrales que eran conocidas en toda Europa, pero sus excesivos gastos pronto empezaron a menguar su fortuna y se vio obligado a vender varias de sus propiedades.
Preocupado por tales pérdidas, el barón de Rais se fue aficionando a la Alquimia e hizo que se instalase un laboratorio en un ala del castillo, donde trabajaba sin apenas dormir ayudado por alquimistas y magos importados de toda Europa a la búsqueda de la piedra filosofal, capaz, según la tradición esotérica, de transformar los metales en oro.
Al cabo de cierto tiempo, su sueño de oro no acababa de madurar, todo lo contrario, los alquimistas y magos le costaban una fortuna que lo iba arruinando más y más, hasta que desengañado despidió a la gran mayoría. Los pocos que quedaron a su mando no tardaron en persuadirlo que sólo con la ayuda del Diablo podría conseguir el oro que necesitaba.
(Algunas de sus numerosas biografías, cuentan que Gilles de Rais, llamado Barba Azul, habría hecho testamento legando parte de sus bienes a Satanás, pero reservándose su vida y su alma, según la leyenda. En las escrituras del castillo, figura como titular el mismo Diablo).

Los historiadores opinan que su primer crimen fue cometido con el propósito de realizar un pacto con éste para lograr sus favores. Pero tras haberle cortado las muñecas a la víctima, haberle sacado el corazón, los ojos y la sangre, ni se le apareció el Diablo ni logró trasformar el metal en oro. Lo único que habría logrado, sería el haber descubierto su pasión secreta: la tortura, la violación y el asesinato de niños.

Este personaje sentía una predilección malsana por los niños y los adolescentes, hasta el punto de que se atribuyó nada menos que la muerte de 200, tal vez más.
A partir del verano de 1438 comenzaron a desaparecer algunos muchachos de la misma ciudad de Nantes, de los pueblos de los alrededores, y la mayor parte, ocurrían cerca de la mansión del barón de Rais. También hacía entrar en su castillo a algunos de los niños mendigos que pedían limosna frente al puente levadizo, que eran retenidos contra su voluntad por sus servidores, violados y desmembrados posteriormente. La sangre y otros restos se conservaban para propósitos mágicos.

El mismo Gilles contó en alguna ocasión como disfrutaba visitando la sala donde los chicos eran a veces colgados de unos ganchos. Al escuchar las súplicas de alguno de ellos y ver sus contorsiones, Gilles fingía horror, le cortaba las cuerdas, le cogía tiernamente en sus brazos y le secaba las lágrimas reconfortándole. Luego, una vez se había ganado la confianza del muchacho, sacaba un cuchillo y le segaba la garganta, tras lo cual violaba el cadáver.
En una ocasión, se acercó a un niño que había elegido previamente y lo llevó al gran lecho que ocupaba el fondo de la sala de "torturas". Después de algunas caricias, tomó una daga que colgaba de su cintura, y riendo a carcajadas cortó la vena del cuello del desdichado. Frente a la sangre que brotaba y al cuerpo que se convulsionaba, el barón se puso como loco. Arrancó las vestimentas al moribundo, tomó su propio miembro y lo frotó en el vientre del niño, que dos de sus cómplices sostenían porque éste estaba sin conocimiento. Cuando por fin salió el esperma, tuvo un nuevo acceso de rabia, tomó una espada y de un golpe cortó la cabeza de la víctima. Gilles, en pleno éxtasis se tumbó sobre el cuerpo decapitado, introdujo su sexo entre las piernas rígidas del cadáver, gritando y llorando hasta un nuevo orgasmo, se derrumbó sobre el cuerpo cubriéndolo de besos y lamiendo la sangre. Luego ordenó que quemasen el cuerpo y que conservasen la cabeza hasta el día siguiente. En ese mismo suelo, desnudo y manchado de sangre se habría quedado dormido.

A la mañana siguiente no quedaba huella ninguna de su desenfreno de la noche anterior, sus sirvientes la habían limpiado. Pidió que le trajeran la cabeza y ante ésta, se arrodilló bañado en lágrimas y prometió reformarse. Acercó sus labios a la cabeza, la besó largamente y se fue a su cama llevándola consigo y diciéndole que muy pronto se reuniría con otras cabezas tan bellas como ella...
Uno de los mayores placeres de Gilles era tener las cabezas decapitadas clavadas ante su vista. Luego llamaba a un artista de su séquito, el cual ondulaba exquisitamente el cabello del niño, le enrojecía los labios y las mejillas hasta darle un aspecto de belleza impresionante.

Cuando tenía bastantes cabezas cortadas, celebraba una especie de concurso de belleza, en el cual sus amigos e invitados votaban sobre cual era la más bella. La cabeza "ganadora" era dedicada a un uso necrofílico.
Tras las numerosas desapariciones de niños, poco a poco las sospechas se fueron tornando hacia la persona del barón, pero nadie se atrevía a acusarle, pues aunque más empobrecido seguía siendo un personaje muy poderoso, y sus víctimas en cambio, solo eran gente muy humilde. Por otro lado, los proveedores no cesaban de amenazar a los padres que reclamaban a sus hijos desaparecidos, y en todas partes se hacía el silencio.
A principios de 1440, llegaron los rumores hasta la corte del duque de Bretaña, quién ordenó abrir una investigación sobre los secuestros y la posible implicación del barón de Rais.

El 13 de septiembre fue detenido en su el pueblo de Machecoul por un grupo de soldados, quienes hallaron en su propiedad los cuerpos despedazados de 50 adolescentes. El duque de Bretaña le hizo compadecer ante la justicia acusado de haber asesinado e inmolado entre 140 y 200 niños en prácticas diabólicas.
Se le infligieron todo tipo de torturas para obligarle a confesar sus crímenes, que se obstinaba a negar pese a las evidencias, pero fue sólo la amenaza de la excomunión lo que le indujo a hacerlo detalladamente.
En octubre, Gilles aceptó voluntariamente todos los cargos que se le imputaban y confesó que había disfrutado mucho con su vicio, a veces cortando él mismo la cabeza de un niño con una daga o un cuchillo, y otras golpeando a los jóvenes hasta la muerte con un palo y besando voluptuosamente los cuerpos muertos, deleitándose sobre aquellos que tenían las cabezas más bellas y los miembros más atractivos. Afirmó ante los magistrados que su mayor placer era sentarse en sus estómagos y ver como agonizaban lentamente, y que en los cargos que se le imputaban no había intervenido nadie más que él, ni había obrado bajo la influencia de otras personas, sino que siguió el dictado de su propia imaginación con el único fin de procurarse placer y deleites carnales
De su tétrica confesión extraemos estas palabras: "Recuerdo que desde mi infancia los más grandes placeres me parecían terribles. Es decir, el Apocalipsis era lo único que me interesaba. Creí en el infierno antes de poder creer en el cielo. Uno se cansa y aburre de lo ordinario. Empecé matando porque estaba aburrido y continué haciéndolo porque me gustaba desahogar mis energías. La muerte se convirtió en mi divinidad, mi sagrada y absoluta belleza. He estado viviendo con la muerte desde que me di cuenta que podía respirar. Mi juego por excelencia es imaginarme muerto y roído por los gusanos".

Al amanecer del 26 de octubre fue llevado a un descampado junto con dos de sus más destacados cómplices para ser ahorcado y quemado en la hoguera. En el patíbulo manifestó públicamente su arrepentimiento, instando a todos los presentes a no seguir su ejemplo y pidiendo humildemente perdón a los padres de las víctimas. Murió aferrándose desesperadamente a su fe cristiana.
Accediendo a las súplicas de algunos de sus parientes, el cuerpo, parcialmente quemado, fue retirado de la hoguera y enterrado en una iglesia de las carmelitas en Nantes. Sus bienes fueron confiscados en beneficio del duque de Bretaña y de la Iglesia.

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