11 Abr 2008
Getafe: la contracrónica del desencanto

Cuentan en mi familia que de pequeño yo solía actuar como ese enano de la foto consolado por su madre: si mi equipo perdía, era capaz de sentir verdadera tristeza, de llorar y hasta de irme a la cama sin cenar. Por lo tanto, que nadie me acuse de insensible: estuve en Getafe, presencié en el Coliseum la injusta victoria del Bayern de Múnich y reconozco que, si hubiera sido todavía un niño, habrían podido fotografiarme de esa guisa.
Pero ya no soy un niño. Ahora vivo el fútbol como un entendido desapasionado, como un crítico soberbio y desalmado. Es cierto: la profesión que elegí me ha elevado a una pequeña atalaya de pseudosabiduría deportiva. Desde este asiento privilegiado, me declaro legitimado para afirmar, hoy más que nunca, que el fútbol, entendido a la española, es una de las mayores desgracias de éste nuestro tan amado país.
El Coliseum
El nudo sur siempre fue la zona humilde de la Comunidad de Madrid: obreros, votantes de izquierdas, gente llana, sencilla, directa. En el Coliseum, por supuesto, había de todo, que Getafe ya no es lo que era y no todo tiene que seguir igual para siempre. Sólo resalto aquello de la humildad para que se me entienda bien: para mí, la gente humilde es la gente buena. Y, desde luego, me siento mil veces más seguro paseando por Lavapiés, rodeado de moros y terroristas, que por el barrio de Salamanca, donde los ladrones llevan chaqueta y corbata. Insisto: si hay un estadio de primera división en el que pueda sentirme a gusto, ése es el Coliseum.
¿Cuánta gente cabe en ese campo? ¿Diecisiete mil? ¿Dieciocho mil? ¿Veinte mil, quizá? Antes de desarrollar un mínimo de razón adulta ya me impresionaba que el deporte, el fútbol en concreto, pudiera aunar las voluntades de masas ingentes de aficionados. Creía que, si todas esas personas, tan diferentes entre sí, eran capaces de viajar tan lejos, de acudir cada domingo al estadio, de vivir sus vidas en buena medida por y para su equipo, de reír o llorar, de generar admiraciones y odios, de vacilarse a diario, de ser fieles a unos colores hasta la muerte..., creía que si todas esas cosas sucedían era porque aquello debía ser realmente importante.
El fútbol es la guerra
En un campo de fútbol, si no es por la diferente cuantía del valor de las entradas, no hay personas de izquierdas ni de derechas, jefes ni empleados, ricos ni pobres. En un campo de fútbol, los educados se quedan callados y los lenguaraces atropellan el diccionario, insultan por doquier y se dejan notar. Todos, sin excepción, son amigos, pelean en el mismo bando. Por supuesto, tienden a ver la realidad distorsionada según les conviene: si uno de los nuestros cae, es penalti; el delantero centro de ellos, aunque sea una bellísima persona, es un hijo de la gran puta; el árbitro, sin excepción, es muy malo y va con el rival. Los nuestros son los buenos; los otros, aunque no les conozcamos, los malos. La alegría reside en la victoria de mi equipo, aunque el rival haya sido mejor, aunque los del otro lado lo necesiten más o reúnan mayores méritos.
¿Qué es mi equipo? Una sociedad anónima. ¿Qué representa? Aparte del capital privado en ella invertido, quién sabe, dicen que sentimientos. ¡Sentimientos! Una vez más, ahora como adulto un poco menos ignorante y algo más consciente del estado del mundo en que vive, me sorprende semejante derroche de energías: ¡cuántas lágrimas vertidas por el resultado de un espectáculo deportivo! ¿Quién carajo inventó eso de que el fútbol es pasión? ¡El fútbol es ignorancia, es un negocio, pero no es pasión! ¡Nadie puede ser del Getafe porque el Getafe no existía hace muy poco!
Los japoneses van al fútbol para apoyar a un futbolista, a su jugador favorito, y se van contentos a casa si éste lo ha hecho bien, aunque su equipo haya caído. Los estadounidenses, por falta de costumbre, acuden al estadio como a la cancha de baloncesto: quieren ver acciones sin par, retener en la memoria tal o cual detalle, pasar un par de horas de ocio gracias a las habilidades de unos tipos de cualidades superiores. Para los ingleses, el fútbol es cultura, algo tan arraigado en su estilo de vida y en sus tradiciones que resulta imposible desengancharlo, por ejemplo, de las fiestas navideñas. ¿Qué coño es el fútbol para los españoles? El opio que nos dio la dictadura. Una forma de hacer la guerra contra el enemigo, sea quien sea.
¿No podríamos emplear todas esas energías en algo más productivo?
Ese niño que lloraba desconsolado pese a los esfuerzos de su madre, ¿qué lección habrá aprendido? ¿La próxima vez se van a enterar?, ¿el mundo es injusto porque nosotros lo merecíamos más? o, quizá, ¿dejadme que me vaya a la cama sin cenar porque la tristeza puede conmigo? Alguien debería decirle que el fútbol es un simple espectáculo. Que está ahí para que nos divirtamos. Y que es indigno desde todo punto de vista tomárselo tan en serio.
Un sabio dijo una vez: "los seres humanos son inteligentes; las masas, estúpidas y peligrosas".
Sobre este blog
Los ojos de Blimunda
Sergio Manuel GutiérrezLos ojos de Blimunda ven cosas que a los demás se ocultan o que, sin más, éstos no quieren observar pese a tenerlas frente a sí.
Según Mario Benedetti, un optimista es un "pesimista lúcido"; un pesimista, "un optimista bien informado". Nadie hubiera podido describir mejor no mi personalidad, sino mis aspiraciones. Aspiraciones de lucidez, ni más ni menos. En el tiempo en que vivimos, quién sabe cuán cercano del apocalipsis medioambiental que todo lo cambiará, no es posible permanecer en la inopia colectiva: la dignidad reside en la acción, en el compromiso cotidiano con los desfavorecidos y con los que sufren y en la permanente lucha por la transformación de un mundo injusto que, para colmo, se irá a pique más bien pronto que tarde.
Machado dedicó estas palabras a los jóvenes: "O la política la hacéis vosotros, o se hará contra vosotros". Extendamos la frase del poeta a la gran mayoría de los ciudadanos y asumamos la siguiente sentencia de Goethe, en la seguridad de la nimia, y a la vez transcendental, importancia de nuestros actos: "Los hombres que piensan seria y profundamente no son bien vistos por el público".
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3 comentarios · Escribe aquí tu comentario
fernando Gomez dijo
Ese niño soy yo hace 34 años. El Bayern también hizo llorar a mi Atleti y el fútbol todavía no nos ha devuelto lo que nos quitó aquel día en el últimos suspiro
Anónimo dijo
Espera...bueno, como no encuentro la tecla de "Letras Gigantescas" en mi portatil me tendré que conformar con pulasar la de "Bloqueo de Mayúsculas".
¡¡¡GRANDE ARTÍCULO!!!
Si en la cuna de nuestra civilización (vease Roma), el Circo era la herramienta utilizada por emperadores y senado para narcotizar a la plebe, hoy, parece que dicho papel ha sido adquirido por su variante moderna: el futbol. Cierto es que en este último no se derrama sangre (al menos, no con tanta frecuencia), ni es un espectáculo violento (al menos, no de forma explícita), ni los animales salvajes forman parte del mismo (sin tener en cuenta a los que frecuentemente campan por las tribunas), pero su finalidad moderna, sigue siendo similar (que la gente se olvide por un rato de la presión de las hipotecas, el precio de la leche, los contratos basura, etc.)
Ironías de la vida: anoche, el espectáculo se hizo patente en el "Coliseum" Alfonso Pérez.
Manuel J. Romero dijo
Lo pongo anónimo porque está mal que eso lo diga un Hincha del Atleti
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