20 Mar 2008

En 2100, todos calvos...

Escrito por: Sergio Manuel Gutiérrez el 20 Mar 2008 - URL Permanente

Hay una especie de máxima periodística que impide publicar futuras catástrofes, por muy evidentes que éstas les parezcan a las personas más autorizadas. Dicha máxima forma parte de la teoría general según la cual un lector sólo atiende a aquello que le produce satisfacción, una recompensa personal e íntima plasmada de manera usual en confirmación de las propias expectativas o ideologías. Quizá por eso, también por pura ignorancia, leo con muchísimo retraso los negros augurios de un eminente químico medioambiental llamado James Lovelock, muy conocido por ser el padre de la "teoría de Gaia".

Entre otras predicciones, Lovelock ha vaticinado la inminente rebeldía del planeta que habitamos: "No se trata del fin del mundo, ni tampoco de nuestro fin, pero sí de un acontecimiento muy desagradable". Cuando se le pide una definición más estricta del "acontecimiento" en cuestión, Lovelock se declara incapaz de concretar: La Tierra, dice, se está calentando y responderá con brusquedad y a traición, quizá en el momento más inesperado. A finales de siglo, el 80 por ciento de la población mundial habrá desaparecido como consecuencia del cambio climático. Sólo unas pocas zonas del planeta serán habitables. Las costas y las tierras de latitudes extremas, cercanas a los polos, serán cultivables. El resto del planeta habrá quedado convertido en un inmenso desierto.

Cuando planteo estas cuestiones a las personas que me rodean, obtengo de forma sistemática respuestas calcadas: "Bueno, para entonces yo ya no andaré por aquí...". Son personas en su mayoría jóvenes y formadas, licenciados universitarios más o menos leídos y, me consta, con cierta comprensión de que el tan manido cambio climático no es invención de locos y plumillas sin tanto conocimiento como el primo de Rajoy. Personas que, efectivamente, ya no estarán por aquí en 2100. Sin embargo, como digo, son jóvenes, y muy probablemente sus hijos sí que lo podrían contar.

Así las cosas, por primera vez en mi vida dispongo de un arma arrojadiza de primer orden contra los escépticos del cambio climático: "Bien, ni tú ni yo estaremos por aquí, pero piénsatelo dos veces antes de tener un hijo, porque hay científicos muy serios que vaticinan una muerte horrenda para el 80% de los habitantes planetarios de la próxima generación". Así de claro: ten un hijo y le estarás condenando a un destino mucho más horrible que la sencilla desazón de la existencia humana.

¿Por qué me entero ahora de estas cosas y no hace tres años, cuando se dieron a conocer? Cierto que en muchas ocasiones tiendo a desconectar de los periódicos y de la triste realidad que nos cuentan, pero esto es demasiado grave como para no provocar, más que alarma, puro espanto, pánico generalizado. ¿Es eso lo que se quiere evitar?

Sergio M.

Recomiendo encarecidamente una conversación digital que mantuvo hace ya un buen año el científico James Lovelock con los lectores de Elpais.com: http://www.elpais.com/edigitales/entrevista.html?encuentro=2623&docPage=5&ordenacion=asc&base=0

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Los ojos de Blimunda

Los ojos de Blimunda ven cosas que a los demás se ocultan o que, sin más, éstos no quieren observar pese a tenerlas frente a sí.

Según Mario Benedetti, un optimista es un "pesimista lúcido"; un pesimista, "un optimista bien informado". Nadie hubiera podido describir mejor no mi personalidad, sino mis aspiraciones. Aspiraciones de lucidez, ni más ni menos. En el tiempo en que vivimos, quién sabe cuán cercano del apocalipsis medioambiental que todo lo cambiará, no es posible permanecer en la inopia colectiva: la dignidad reside en la acción, en el compromiso cotidiano con los desfavorecidos y con los que sufren y en la permanente lucha por la transformación de un mundo injusto que, para colmo, se irá a pique más bien pronto que tarde.

Machado dedicó estas palabras a los jóvenes: "O la política la hacéis vosotros, o se hará contra vosotros". Extendamos la frase del poeta a la gran mayoría de los ciudadanos y asumamos la siguiente sentencia de Goethe, en la seguridad de la nimia, y a la vez transcendental, importancia de nuestros actos: "Los hombres que piensan seria y profundamente no son bien vistos por el público".

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