09 Jul 2011
Desde Lusia con Amor (Tesis viajera #1)
Convencido de la importancia de la internacionalización de mi tesis doctoral, y previendo su utilidad futura, me embarqué en un descabellado pero divertido, frustrante, achicharrante y laaargo viaje a Oporto, desde Málaga, donde resido.
Enrolando a un amigo y compañero de clase que pretendía ir igualmente a dicha ciudad lusa, nos pusimos de acuerdo. Él ponía el coche, además. Y concertamos la cita con el profesor portugués en dicha ciudad para el lunes día 11.
Así, la mañana del sábado 9 cargamos los pertrechos en el maletero del coche (un deportivo de dos asientos, así que iba la cosa un poco apretada), y comenzamos la andadura por las carreteras andaluzas, en manos de un desaprensivo GPS que se negaba a funcionar durante casi 300 kilómetros, hasta que Víctor, mi compañero de viaje le dijo dos palabras, le amenazó, y cuando el aparato maldito escuchó lo de “hacerle saltar las conexiones a patadas” decidió empezar a funcionar. Merced, también sea dicho, a que mi compañero de viaje le desconectó los infrarrojos, con lo que se le bajaron mucho los humos y se portó estupendamente el resto del viaje.
Porque sí, amigos, siendo las 19:20 de la tarde, hace veinte minutos que hemos llegado (hora española, recuerden, recuerden los que no lo sepan que en nuestro país vecino hay una hora menos de diferencia, pese a estar en la misma península).
La primera parte del viaje fue una sucesión de acelerones y frenadas gracias al patrocinio de los gepeeses (primero un móvil y luego la díscola y posteriormente sometida PDA) que nos alertaban de la presencia de infaustos radares sedientos de dineros y homicidas infringidores del código de circulación vial. Y así, a trancas y barrancas, pitidos y berreos de los cacharros electrónicos, llegamos a Córdoba, primera parada, a repostar los estómagos.
Pues del maletero saqué la hogaza de pan, la longaniza embutida, la navaja y procedí a recrear el desayuno andaluz de rigor.
Y, ya prestos, volvimos a la carretera. Conversaciones chorras, divertidas, anécdotas, música de los Red Hot Chilli Peppers y luego grandes éxitos de los 80 por medio, llegamos a la siguiente parada, la primera zona de descanso ya en Portugal, pasada Badajoz. ¿Y qué trovamos, oh aguerridos nosotros? Pues que yo había traído en el maletero un festín de hamburguesas semi caseras que regamos con salsa kétchup y agüita relativamente fresca.
El cansancio hacía mella en nosotros una vez traspuesta la frontera y aún quedaban 480 kilómetros largos ante nos. Armados de paciencia, más música de los 80 (mi cedé guay con música rara no funcionaba) afrontamos las vacías, solitarias, vacuas, y desoladas carreteras. Por un momento nos creímos inmersos en un capítulo de Walking Dead, que casi confirma un señor mayor conduciendo un polvoriento Peugeot con dos juegos de gafas colocadas en su añosa napia. Cosa que nos dio un susto descomunal.
Resulta, comenta Victor, que las carreteras lusas son tan despejadas y amplias que es difícil no sucumbir la tentación de pisar a fondo el acelerador, entre la desolación patente y la práctica ausencia de radares. Además, los pocos vehículos que encontramos mostraban una calma bíblica y respeto por las conductas viales.
En fin. Que llegamos a Porto tras un montón de kilómetros, brutales precios de la gasolina, un peaje de 36,30 € desde Badajoz, prácticamente hasta la entrada de la ciudad (es un peaje que se paga al final y sin vaselina) y con el achicharramiento del conductor por el sol (yo me embadurné de crema protectora, furtivamente, jiji, en los lavabos de la gasolinera cordobesa, y llevaba, además una gorra, mwahahaha…). Y ahora, en el hotel, me propongo publicar esto y posteriormente hacer gritar de pavor a mis arterias en busca de una ansiada especialidad culinaria: la francesinha… ya mostraré las fotos.
Desde Lusia con amor,
Yo.
PD: Colgaré las fotos cuando me deje este dichoso ordenador de libre acceso de la recepción...
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