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    <body>No recuerdo todo lo peque&#241;a que pod&#237;a ser entonces, pero s&#237; que hab&#237;a que irse a la cama temprano y que ver televisi&#243;n por la noche estaba simplemente prohibido sin objeci&#243;n posible, casi ni de pensamiento. Raras y escasas veces, tal vez un viernes de cara al fin de semana, la norma se relajaba por una noche, una noche de magia transgresora y atrevida que retaba a los fantasmas de la medianoche para, sin duda rodeada de mis hermanos, contemplar alg&#250;n buen programa o excelente pel&#237;cula y, aunque casi no recuerdo a ciencia a cierta, probablemente sin anuncios, o al menos no con la confusi&#243;n actual, en la que se empe&#241;an en enterrar los escasos minutos de una pel&#237;cula entre toneladas de ellos de forma que llega un momento en que resulta casi imposible recordar que estabamos viendo. En aquel otro tiempo, quiz&#225; magnificado por mi recuerdo infantil, la programaci&#243;n, pese a existir censura y una sola cadena y casi media llamada UHF, era cuidada y nuestra propia imaginaci&#243;n al poder nos bastaba para hacernos volar lejos, incluso para poner colores donde el blanco y negro lo llenaba todo. Valoramos y amamos m&#225;s la libertad cuando nos falta y s&#243;lo entonces nuestra necesidad de ella es mayor y se convierte en nuestro anhelo para escapar de la mediocridad, la imposici&#243;n, el miedo y la limitaci&#243;n.

La cabecera del programa me asustaba e intrigaba a la vez y de repente me encontr&#233; inmersa en una historia que abri&#243; mis ojos de ni&#241;a al horror que el mundo nos muestra a diario, a la limitaci&#243;n de las relaciones, el ego&#237;smo, la falta de solidaridad, que a&#241;os m&#225;s tarde volv&#237; a contemplar en otra obra muy similar llama "La Cabina". Pero "El Asfalto", sin duda, fue la precursora, el original, el origen y la historia de Carlos Buiza, desarrollada en aquel "Historias Para No Dormir": Un hombre, interpretado por Narciso Iba&#241;ez Menta, con una pierna enyesada camina por la gran ciudad durante un caluroso d&#237;a de verano. El sol derrite el pavimento, y el buen hombre se queda adherido a una mancha, sin ser capaz de salir solo. Pide ayuda a un ni&#241;o, a eventuales transeuntes, a la polic&#237;a, pero nadie se la brinda. Algunos lo ignoran porque piensan que es un deforme y otros simplemente se niegan a ayudarlo. Este hombre se va hundiendo lentamente en el pavimento, v&#237;ctima en realidad de su propia sociedad, burocr&#225;tica y absurda, sin que ninguno de sus elementos (las autoridades, los ni&#241;os, los adolescentes, los viejos) den el m&#237;nimo gesto de solidaridad. 

&#191;Y qui&#233;n fue Carlos Buiza? Carlos &#193;lvarez Buiza de Diego. Apenas he podido encontrar algunos datos m&#225;s: estudiante de Filosof&#237;a y Letras, a los 23 a&#241;os escribi&#243; "Un Mundo Sin Luz", su obra est&#225; principalmente compuesta por relatos cortos y resulta tan extraordinaria como escasamente conocida, quedando enmarcada dentro del g&#233;nero Ciencia Ficci&#243;n, incluso como editor de un fanzine: "Cuenta Atr&#225;s" y con diversas colaboraciones en c&#243;mics dentro del mismo g&#233;nero.

"Un Mundo Sin Luz" Ed. Edhasa, Colecci&#243;n: "Nebulae" (1967), que contiene los relatos:

- "Un Mundo Sin Luz" (Premiado en el Festival de Berl&#237;n)

- "Asfalto" (Premiado en el Festival de Montecarlo)

- "Limpiacielos"

- "Viaje de Estudios"


Public&#243; en "Anticipaci&#243;n" N&#186; 2 (1967)

"F&#225;bula del Ni&#241;o Marciano" 

y en "Anticipaci&#243;n" N&#186; 3 (1967)

"Sin T&#237;tulo" 

En la revista/fanzine "Nueva Dimensi&#243;n", en donde curiosamente tambi&#233;n publicaron, entre otros, Jos&#233; Luis Garc&#237;, y Luis Eduardo Aute. En el N&#186; 1 public&#243;(1968)

Art&#237;culo: "Miniconvenci&#243;n, Madrid 9 de diciembre de 1967"

y en el N&#186; 60 (1974)

"La Desgracia de Qwerty"



Adem&#225;s de otros relatos:

"La Ca&#237;da"

"Confesi&#243;n de un 'Grats'"

"El Pescador de Sirenas"

"Lapislazuli" 

"El tigre bueno"

"Flores de cristal" 


Colaborador en:

"Antolog&#237;a Social de Ciencia Ficci&#243;n" (1972) en el que aparece su relato "Historia del Pastor y Sus Ovejas"

"Lo Mejor de la Ciencia Ficci&#243;n Espa&#241;ola" (1982) en el que aparece precisamente su relato "Asfalto".


Colaboraciones como guionista en diversos c&#243;mics del dibujante Alfonso Azpiri:


"Historia de Amor" (basado en un cuento del escritor)


"Madre Tierra"

"Ad Maiorem Gloria"














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    <title>Carlos Buiza "El Asfalto" en Historias Para No Dormir</title>
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    <body>Al subir las escaleras, y cuando se encontraba ya en el vest&#237;bulo, oy&#243; un gran estr&#233;pito que parec&#237;a venir del estudio de Spalanzani. Pasos, crujidos, golpes contra la puerta, mezclados con maldiciones y juramentos: -&#161;Suelta! &#161;Suelta de una vez! 

-&#161;Infame! 

-&#161;Miserable! 

-&#191;Para esto he sacrificado mi vida? &#161;&#201;ste no era el trato! 

-&#161;Yo hice los ojos! 

-&#161;Y yo los engranajes! 

-&#161;Maldito perro relojero! 

-&#161;Largo de aqu&#237;, Satan&#225;s! 

-&#161;Fuera de aqu&#237;, bestia infernal! 

Eran las voces de Spalanzani y del horrible Coppelius que se mezclaban y retumbaban juntas. Nataniel, sobrecogido de espanto, se precipit&#243; en la habitaci&#243;n. El profesor sujetaba un cuerpo de mujer por los hombros, y el italiano Coppola tiraba de los pies, luchando con furia para apoderarse de &#233;l. Nataniel retrocedi&#243; horrorizado al reconocer el rostro de Olimpia; lleno de c&#243;lera, quiso arrancar a su amada de aquellos salvajes. Pero al instante Coppola, con la fuerza de un gigante, consigui&#243; hacerse con ella descargando al mismo tiempo un tremendo golpe sobre el profesor, que fue a caer sobre una mesa llena de frascos, cilindros y alambiques, que se rompieron en mil pedazos. Coppola se ech&#243; el cuerpo a la espalda y baj&#243; r&#225;pidamente las escaleras profiriendo una horrible carcajada; los pies de Olimpia golpeaban con un sonido de madera en los escalones. 

Nataniel permaneci&#243; inm&#243;vil. Hab&#237;a visto que el p&#225;lido rostro de cera de Olimpia no ten&#237;a ojos, y que en su lugar hab&#237;a unas negras cavidades: era una mu&#241;eca sin vida. 

Spalanzani yac&#237;a en el suelo en medio de cristales rotos que lo hab&#237;an herido en la cabeza, en el pecho y en un brazo, y sangraba abundantemente. Reuniendo fuerzas dijo: 

-&#161;Corre tras &#233;l! &#161;Corre! &#191;A qu&#233; esperas? &#161;Coppelius me ha robado mi mejor aut&#243;mata! &#161;Veinte a&#241;os de trabajo! &#161;He sacrificado mi vida! Los engranajes, la voz, el paso, eran m&#237;os; los ojos, te he robado los ojos, maldito, &#161;corre tras &#233;l! &#161;Devu&#233;lveme a mi Olimpia! &#161;Aqu&#237; tienes los ojos! 

Entonces vio Nataniel en el suelo un par de ojos sangrientos que lo miraban fijamente. Spalanzani los recogi&#243; y se los lanz&#243; al pecho. El delirio se apoder&#243; de &#233;l y, confundidos sus sentidos y su pensamiento, dec&#237;a: 

-&#161;Huy... Huy...! &#161;C&#237;rculo de fuego! &#161;C&#237;rculo de fuego! &#161;Gira, c&#237;rculo de fuego! &#161;Linda mu&#241;equita de madera, gira! &#161;Qu&#233; divertido...! 

Y precipit&#225;ndose sobre el profesor lo agarr&#243; del cuello. Lo hubiera estrangulado, pero el ruido atrajo a algunas personas que derribaron y luego ataron al col&#233;rico Nataniel, salvando as&#237; al profesor. Segismundo, aunque era muy fuerte, apenas pod&#237;a sujetar a su amigo, que segu&#237;a gritando con voz terrible: 

-Gira, mu&#241;equita de madera -pegando pu&#241;etazos a su alrededor. Finalmente consiguieron dominarlo entre varios. Sus palabras segu&#237;an oy&#233;ndose como un rugido salvaje, y as&#237;, en su delirio, fue conducido al manicomio. 

Antes de continuar, &#161;oh amable lector!, con la historia del desdichado Nataniel, puedo decirte, ya que te interesar&#225;s por el mec&#225;nico y fabricante de aut&#243;matas Spalanzani, que se restableci&#243; completamente de sus heridas. Se vio obligado a abandonar la universidad porque la historia de Nataniel hab&#237;a producido una gran sensaci&#243;n y en todas partes se consider&#243; intolerable el hecho de haber presentado en los c&#237;rculos de t&#233; -donde hab&#237;a tenido cierto &#233;xito- a una mu&#241;eca de madera. Los juristas encontraban el enga&#241;o tanto m&#225;s punible cuanto que se hab&#237;a dirigido contra el p&#250;blico y con tanta astucia que nadie (salvo algunos estudiantes muy inteligentes) hab&#237;a sospechado nada, aunque ahora todos dec&#237;an haber concebido sospechas al respecto. Para algunos, entre ellos un elegante asiduo a las tertulias de t&#233;, resultaba sospechoso el que Olimpia estornudase con m&#225;s frecuencia que bostezaba, lo cual iba contra todas las reglas. Aquello era debido, seg&#250;n el elegante, al mecanismo interior que cruj&#237;a de una manera distinta, etc&#233;tera. El profesor de poes&#237;a y elocuencia tom&#243; un poco de rap&#233; y dijo alegremente: 

-Honorables damas y caballeros, no se dan cuenta de cu&#225;l es el quid del asunto. Todo ha sido una alegor&#237;a, una met&#225;fora continuada. &#191;Comprenden? &#161;Sapienti sat!

Pero muchas personas honorables no se contentaron con aquella explicaci&#243;n; la historia del aut&#243;mata los hab&#237;a impresionado profundamente y se extendi&#243; entre ellos una terrible desconfianza hacia las figuras humanas. Muchos enamorados, para convencerse de que su amada no era una mu&#241;eca de madera, obligaban a &#233;sta a bailar y a cantar sin seguir los compases, a tricotar o a coser mientras les escuchaban en la lectura, a jugar con el perrito... etc., y, sobre todo, a no limitarse a escuchar, sino que tambi&#233;n deb&#237;a hablar, de modo que se apreciase su sensibilidad y su pensamiento. En algunos casos, los lazos amorosos se estrecharon m&#225;s; en otros, esto fue causa de numerosas rupturas. 

-As&#237; no podemos seguir, dec&#237;an todos. 

Ahora en los tes se bostezaba de forma incre&#237;ble y no se estornudaba nunca para evitar sospechas. 

Como ya hemos dicho, Spalanzani tuvo que huir para evitar una investigaci&#243;n criminal por haber enga&#241;ado a la sociedad con un aut&#243;mata. Coppola tambi&#233;n desapareci&#243;. 

Nataniel se despert&#243; un d&#237;a como de un sue&#241;o penoso y profundo, abri&#243; los ojos, y un sentimiento de infinito bienestar y de calor celestial lo invadi&#243;. Se hallaba acostado en su habitaci&#243;n, en la casa paterna. Clara estaba inclinada sobre &#233;l y, a su lado, su madre y Lotario. 

-&#161;Por fin, por fin, querido Nataniel! &#161;Te has curado de una grave enfermedad! &#161;Otra vez eres m&#237;o! 

As&#237; hablaba Clara, llena de ternura, abrazando a Nataniel que murmur&#243; entre l&#225;grimas: 

-&#161;Clara, mi Clara! 

Segismundo, que no hab&#237;a abandonado a su amigo, entr&#243; en la habitaci&#243;n. Nataniel le estrech&#243; la mano: 

-Hermano, no me has abandonado. 

Todo rastro de locura hab&#237;a desaparecido, y muy pronto los cuidados de su madre, de su amada y de los amigos le devolvieron las fuerzas. La felicidad volvi&#243; a aquella casa, pues un viejo t&#237;o, de quien nadie se acordaba, acababa de morir y hab&#237;a dejado a la madre en herencia una extensa propiedad cerca de la ciudad. Toda la familia se propon&#237;a ir all&#237;, la madre, Lotario, y Nataniel y Clara, quienes iban a contraer matrimonio.

Nataniel estaba m&#225;s amable que nunca. Hab&#237;a recobrado la ingenuidad de su ni&#241;ez y apreciaba el alma pura y celestial de Clara. Nadie le recordaba el pasado ni en el m&#225;s m&#237;nimo detalle. S&#243;lo cuando Segismundo fue a despedirse de &#233;l le dijo: 

-Bien sabe Dios, hermano, que estaba en el mal camino, pero un &#225;ngel me ha conducido a tiempo al sendero de la luz. Ese &#225;ngel ha sido Clara. 

Segismundo no le permiti&#243; seguir hablando, temiendo que se hundiera en dolorosos pensamientos. 

Lleg&#243; el momento en que los cuatro, felices, iban a dirigirse hacia su casa de campo. Durante el d&#237;a hicieron compras en el centro de la ciudad. La alta torre del ayuntamiento proyectaba su sombra gigantesca sobre el mercado. 

-&#161;Vamos a subir a la torre para contemplar las monta&#241;as! -dijo Clara. 

Dicho y hecho; Nataniel y Clara subieron a la torre, la madre volvi&#243; a casa con la criada, y Lotario, que no ten&#237;a ganas de subir tantos escalones, prefiri&#243; esperar abajo. Enseguida se encontraron los dos enamorados, cogidos del brazo, en la m&#225;s alta galer&#237;a de la torre contemplando la espesura de los bosques, detr&#225;s de los cuales se elevaba la cordillera azul, como una ciudad de gigantes. 

-&#191;Ves aquellos arbustos que parecen venir hacia nosotros? -pregunt&#243; Clara. Nataniel busc&#243; instintivamente en su bolsillo y sac&#243; los prism&#225;ticos de Coppola. Al llev&#225;rselos a los ojos vio la imagen de Clara ante &#233;l. Su pulso empez&#243; a latir con violencia en sus venas; p&#225;lido como la muerte, mir&#243; fijamente a Clara. Sus ojos lanzaban chispas y empez&#243; a rugir como un animal salvaje; luego empez&#243; a dar saltos mientras dec&#237;a ri&#233;ndose a carcajadas: 

-&#161;Gira mu&#241;equita de madera, gira! -y, cogiendo a Clara, quiso precipitarla desde la galer&#237;a; pero, en su desesperaci&#243;n, Clara se agarr&#243; a la barandilla. Lotario oy&#243; la risa furiosa del loco y los gritos de espanto de Clara; un terrible presentimiento se apoder&#243; de &#233;l y corri&#243; escaleras arriba. La puerta de la segunda escalera estaba cerrada. Los gritos de Clara aumentaban y, ciego de rabia y de terror, empuj&#243; la puerta hasta que cedi&#243;. La voz de Clara se iba debilitando: 

-&#161;Socorro, s&#225;lvenme, s&#225;lvenme! -su voz mor&#237;a en el aire. 

-&#161;Ese loco va a matarla! -exclam&#243; Lotario. Tambi&#233;n la puerta de la galer&#237;a estaba cerrada. La desesperaci&#243;n le dio fuerzas y la hizo saltar de sus goznes. &#161;Dios del cielo! Nataniel sosten&#237;a en el aire a Clara, que a&#250;n se agarraba con una mano a la barandilla. Lotario se apoder&#243; de su hermana con la rapidez de un rayo. Golpe&#243; en el rostro a Nataniel, oblig&#225;ndolo a soltar la presa. Luego baj&#243; la escalera con su hermana desmayada en los brazos. Estaba salvada. 

Nataniel corr&#237;a y saltaba alrededor de la galer&#237;a gritando: 

-&#161;C&#237;rculo de fuego, gira, c&#237;rculo de fuego! 

La multitud acudi&#243; al o&#237;r los salvajes gritos y entre ellos destacaba por su altura el abogado Coppelius, que acababa de llegar a la ciudad y se encontraba en el mercado. Cuando alguien propuso subir a la torre para dominar al insensato, Coppelius dijo riendo: 

-S&#243;lo hay que esperar, ya bajar&#225; solo -y sigui&#243; mirando hacia arriba como los dem&#225;s. Nataniel se detuvo de pronto y mir&#243; fijamente hacia abajo, y distinguiendo a Coppelius grit&#243; con voz estridente: 

-&#161;Ah, hermosos ojos, hermosos ojos! -y se lanz&#243; al vac&#237;o. 

Cuando Nataniel qued&#243; tendido y con la cabeza rota sobre las losas de la calle, Coppelius desapareci&#243;. 

Alguien asegura haber visto a&#241;os despu&#233;s a Clara, en una regi&#243;n apartada, sentada junto a su dichoso marido ante una linda casa de campo. Junto a ellos jugaban dos ni&#241;os encantadores. Se podr&#237;a concluir diciendo que Clara encontr&#243; por fin la felicidad tranquila y dom&#233;stica que correspond&#237;a a su dulce y alegre car&#225;cter y que nunca habr&#237;a disfrutado junto al fogoso y exaltado Nataniel.

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    <title>Coppelius (II) de Ernest Theodor Amadeus Hoffmann</title>
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    <body>&lt;TABLE width="100%" align=left cols=1&gt; &lt;TBODY&gt; &lt;TR&gt; &lt;TD align=justify&gt;&lt;STRONG&gt;Nataniel a Lotario 
&lt;/STRONG&gt;
Sin duda estar&#225;n inquietos porque hace tanto tiempo que no les escribo. Mam&#225; estar&#225; enfadada y Clara pensar&#225; que vivo en tal torbellino de alegr&#237;a que he olvidado por completo la dulce imagen angelical tan profundamente grabada en mi coraz&#243;n y en mi alma. Pero no es as&#237;; cada d&#237;a, cada hora, pienso en ustedes y el rostro encantador de Clara vuelve una y otra vez en mis sue&#241;os; sus ojos transparentes me miran con dulzura, y su boca me sonr&#237;e como anta&#241;o, cuando volv&#237;a junto a ustedes. &#161;Ay de m&#237;! &#191;C&#243;mo podr&#237;a haberles escrito con la violencia que anidaba en mi esp&#237;ritu y que hasta ahora ha turbado todos mis pensamientos? &#161;Algo espantoso se ha introducido en mi vida! Sombr&#237;os presentimientos de un destino cruel y amenazador se ciernen sobre m&#237;, como nubes negras, impenetrables a los alegres rayos del sol. Debo decirte lo que me ha sucedido. Debo hacerlo, es preciso, pero s&#243;lo con pensarlo oigo a mi alrededor risas burlonas. &#161;Ay, querido Lotario, c&#243;mo hacer para intentar solamente que comprendas que lo que me sucedi&#243; hace unos d&#237;as ha podido turbar mi vida de una forma terrible! Si estuvieras aqu&#237; podr&#237;as ver con tus propios ojos; pero ciertamente piensas ahora en m&#237; como en un visionario absurdo. En pocas palabras, la horrible visi&#243;n que tuve, y cuya mortal influencia intento evitar, consiste simplemente en que, hace unos d&#237;as, concretamente el 30 de octubre a mediod&#237;a, un vendedor de bar&#243;metros entr&#243; en mi casa y me ofreci&#243; su mercanc&#237;a. No compr&#233; nada y lo amenac&#233; con precipitarlo escaleras abajo, pero se march&#243; al instante. 

Sospechas sin duda que circunstancias concretas que han marcado profundamente mi vida conceden relevancia a este insignificante acontecimiento, y as&#237; es en efecto. Re&#250;no todas mis fuerzas para contarte con tranquilidad y paciencia algunas cosas de mi infancia que aportar&#225;n luz y claridad a tu esp&#237;ritu. En el momento de comenzar te veo re&#237;r y oigo a Clara que dice: &#171;&#161;son aut&#233;nticas chiquilladas!&#187; &#161;R&#237;anse! &#161;R&#237;anse de todo coraz&#243;n, se los suplico! Pero &#161;Dios del cielo!, mis cabellos se erizan, y me parece que los conjuro a burlarse de m&#237; en el delirio de la desesperaci&#243;n, como Franz Moor conjuraba a Daniel. Vamos al hecho en cuesti&#243;n. 

Salvo en las horas de las comidas, mis hermanos y yo ve&#237;amos a mi padre bastante poco. Estaba muy ocupado en su trabajo. Despu&#233;s de la cena, que, conforme a las antiguas costumbres, se serv&#237;a a las siete, &#237;bamos todos, nuestra madre con nosotros, al despacho de nuestro padre, y nos sent&#225;bamos a una mesa redonda. Mi padre fumaba su pipa y beb&#237;a un gran vaso de cerveza. Con frecuencia nos contaba historias maravillosas, y sus relatos lo apasionaban tanto que dejaba que su pipa se apagase; yo estaba encargado de encend&#233;rsela de nuevo con una astilla prendida, lo cual me produc&#237;a un indescriptible placer. Tambi&#233;n a menudo nos daba libros con l&#225;minas; y permanec&#237;a silencioso e inm&#243;vil en su sill&#243;n apartando espesas nubes de humo que nos envolv&#237;an a todos como la niebla. En este tipo de veladas, mi madre estaba muy triste, y apenas o&#237;a sonar las nueve, exclamaba: &#171;Vamos ni&#241;os, a la cama... &#161;el Hombre de Arena est&#225; al llegar...! &#161;ya lo oigo!&#187; Y, en efecto, se o&#237;a entonces retumbar en la escalera graves pasos; deb&#237;a ser el Hombre de Arena. En cierta ocasi&#243;n, aquel ruido me produjo m&#225;s escalofr&#237;os que de costumbre y pregunt&#233; a mi madre mientras nos acompa&#241;aba: 

-&#161;Oye mam&#225;! &#191;Qui&#233;n es ese malvado Hombre de Arena que nos aleja siempre del lado de pap&#225;? &#191;Qu&#233; aspecto tiene? 

-No existe tal Hombre de Arena, cari&#241;o -me respondi&#243; mi madre-. Cuando digo "viene el Hombre de Arena" quiero decir que tienen que ir a la cama y que sus p&#225;rpados se cierran involuntariamente como si alguien les hubiera tirado arena a los ojos.

La respuesta de mi madre no me satisfizo y mi infantil imaginaci&#243;n adivinaba que mi madre hab&#237;a negado la existencia del Hombre de Arena para no asustarnos. Pero yo lo o&#237;a siempre subir las escaleras.

Lleno de curiosidad, impaciente por asegurarme de la existencia de este hombre, pregunt&#233; a una vieja criada que cuidaba de la m&#225;s peque&#241;a de mis hermanas, qui&#233;n era aquel personaje.

-&#161;Ah mi peque&#241;o Nataniel! -me contest&#243;-, &#191;no lo sabes? Es un hombre malo que viene a buscar a los ni&#241;os cuando no quieren irse a la cama y les arroja un pu&#241;ado de arena a los ojos haci&#233;ndolos llorar sangre. Luego los mete en un saco y se los lleva a la luna creciente para divertir a sus hijos, que esperan en el nido y tienen picos encorvados como las lechuzas para comerles los ojos a picotazos. 

Desde entonces, la imagen del Hombre de Arena se grab&#243; en mi esp&#237;ritu de forma terrible; y, por la noche, en el instante en que las escaleras retumbaban con el ruido de sus pasos, temblaba de ansiedad y de horror; mi madre s&#243;lo pod&#237;a entonces arrancarme estas palabras ahogadas por mis l&#225;grimas: &#171;&#161;El Hombre de Arena! &#161;El Hombre de Arena!&#187; Corr&#237;a al dormitorio y aquella terrible aparici&#243;n me atormentaba durante toda la noche. 

Yo ten&#237;a ya la edad suficiente como para pensar que la historia del Hombre de Arena y sus hijos en el nido de la luna creciente, seg&#250;n la contaba la vieja criada, no era del todo exacta; sin embargo, el Hombre de Arena sigui&#243; siendo para m&#237; un espectro amenazador. El terror se apoderaba de m&#237; cuando lo o&#237;a subir al despacho de mi padre. Algunas veces duraba su ausencia largo tiempo; luego, sus visitas volv&#237;an a ser frecuentes; aquello dur&#243; varios a&#241;os. No pod&#237;a acostumbrarme a tan extra&#241;a aparici&#243;n, y la sombr&#237;a figura de aquel desconocido no palidec&#237;a en mi pensamiento. Su relaci&#243;n con mi padre ocupaba cada vez m&#225;s mi imaginaci&#243;n, la idea de preguntarle a &#233;l me sum&#237;a en un insuperable temor, y el deseo de indagar el misterio, de ver al legendario Hombre de Arena, aumentaba en m&#237; con los a&#241;os. El Hombre de Arena me hab&#237;a deslizado en el mundo de lo fant&#225;stico, donde el esp&#237;ritu infantil se introduce tan f&#225;cilmente. Nada me complac&#237;a tanto como leer o escuchar horribles historias de genios, brujas y duendes; pero, por encima de todas las escalofriantes apariciones, prefer&#237;a la del Hombre de Arena que dibujaba con tiza y carb&#243;n en las mesas, en los armarios y en las paredes bajo las formas m&#225;s espantosas. Cuando cumpl&#237; diez a&#241;os, mi madre me asign&#243; una habitaci&#243;n para m&#237; solo, en el corredor, no lejos de la de mi padre. Como siempre, al sonar las nueve el desconocido se hac&#237;a o&#237;r, y hab&#237;a que retirarse. Desde mi habitaci&#243;n lo o&#237;a entrar en el despacho de mi padre, y poco despu&#233;s me parec&#237;a que un imperceptible vapor se extend&#237;a por toda la casa. La curiosidad por ver al Hombre de Arena de la forma que fuese crec&#237;a en m&#237; cada vez m&#225;s. Alguna vez abr&#237; mi puerta, cuando mi padre ya se hab&#237;a ido, y me deslic&#233; en el corredor; pero no pude o&#237;r nada, pues siempre hab&#237;an cerrado ya la puerta cuando alcanzaba la posici&#243;n adecuada para poder verle. Finalmente, empujado por un deseo irresistible, decid&#237; esconderme en el gabinete de mi padre, y esperar all&#237; mismo al Hombre de Arena. 

Por el semblante taciturno de mi padre y por la tristeza de mi madre supe una noche que vendr&#237;a el Hombre de Arena. Pretext&#233; un enorme cansancio y abandonando la sala antes de las nueve fui a esconderme detr&#225;s de la puerta. La puerta de la calle cruji&#243; en sus goznes y lentos pasos, tardos y amenazadores, retumbaron desde el vest&#237;bulo hasta las escaleras. Mi madre y los ni&#241;os pasaron apresuradamente ante m&#237;. Abr&#237; despacio, muy despacio, la puerta del gabinete de mi padre. Estaba sentado como de costumbre, en silencio y de espaldas a la puerta. No me vio, y corr&#237; a esconderme detr&#225;s de una cortina que tapaba un armario en el que estaban colgados sus trajes. Despu&#233;s los pasos se oyeron cada vez m&#225;s cerca, alguien tos&#237;a, resoplaba y murmuraba de forma singular. El coraz&#243;n me lat&#237;a de miedo y expectaci&#243;n. Muy cerca de la puerta, un paso sonoro, un golpe violento en el picaporte, los goznes giran ruidosamente. Adelanto a mi pesar la cabeza con precauci&#243;n, el Hombre de Arena est&#225; en medio de la habitaci&#243;n &#161;el resplandor de las velas ilumina su rostro! &#161;El Hombre de Arena, el terrible Hombre de Arena, es el viejo abogado Coppelius que a veces se sienta a nuestra mesa! Pero el m&#225;s horrible de los rostros no me hubiera causado m&#225;s espanto que el de aquel Coppelius. Imag&#237;nate un hombre de anchos hombros con una enorme cabeza deforme, una tez mate, cejas grises y espesas bajo las que brillan dos ojos verdes como los de los gatos y una nariz gigantesca que desciende bruscamente sobre sus gruesos labios. Su boca torcida se encorva a&#250;n m&#225;s con su burlona sonrisa; en sus mejillas dos manchas rojas y unos acentos a la vez sordos y silbantes se escapan de entre sus dientes irregulares. Coppelius aparec&#237;a siempre con un traje color ceniza, de una hechura pasada de moda, chaqueta y pantalones del mismo color, medias negras y zapatos con hebillas de estr&#225;s. Su corta peluca, que apenas cubr&#237;a su cuello, terminaba en dos bucles pegados que soportaban sus grandes orejas, de un rojo vivo, e iba a perderse en un amplio tafet&#225;n negro que se desplegaba aqu&#237; y all&#225; en su espalda y dejaba ver el broche de plata que sujetaba su lazo. Aquella cara ofrec&#237;a un aspecto horrible y repugnante, pero lo que m&#225;s nos chocaba a nosotros, ni&#241;os, eran aquellas grandes manos velludas y huesudas; cuando &#233;l las dirig&#237;a hacia alg&#250;n objeto, nos guard&#225;bamos de tocarlo. &#201;l se hab&#237;a dado cuenta de esto y se complac&#237;a en tocar los pasteles o las frutas confitadas que nuestra madre hab&#237;a puesto sigilosamente en nuestros platos; entonces &#233;l gozaba viendo nuestros ojos llenos de l&#225;grimas al no poder ya saborear por asco y repulsi&#243;n las golosinas que &#233;l hab&#237;a rozado. Lo mismo hac&#237;a los d&#237;as de fiesta, cuando nuestro padre nos serv&#237;a un vasito de vino dulce. Entonces se apresuraba a coger el vaso y lo acercaba a sus labios azulados, y re&#237;a diab&#243;licamente viendo c&#243;mo s&#243;lo pod&#237;amos exteriorizar nuestra rabia con leves sollozos. Acostumbraba a llamarnos los animalitos; en presencia suya no nos estaba permitido decir una sola palabra y maldec&#237;amos con toda nuestra alma a aquel personaje odioso, a aquel enemigo que envenenaba deliberadamente nuestra m&#225;s peque&#241;a alegr&#237;a. Mi madre parec&#237;a odiar tanto como nosotros al repugnante Coppelius, pues, desde el instante en que aparec&#237;a, su dulce alegr&#237;a y su despreocupada forma de ser se tornaban en una triste y sombr&#237;a gravedad. Nuestro padre se comportaba con Coppelius como si &#233;ste perteneciera a un rango superior y hubiera que soportar sus desaires con buen &#225;nimo. Nunca dejaba de ofrecerle sus platos favoritos y descorchaba en su honor vinos de reserva.

Al ver entonces a Coppelius me di cuenta de que ning&#250;n otro pod&#237;a haber sido el Hombre de Arena; pero el Hombre de Arena ya no era para m&#237; aquel ogro del cuento de la ni&#241;era que se lleva a los ni&#241;os a la luna, al nido de sus hijos con pico de lechuza. No. Era una odiosa y fantasmag&#243;rica criatura que dondequiera que se presentase tra&#237;a tormento y necesidad, causando un mal durable, eterno. 

Yo estaba como embrujado, con la cabeza entre las cortinas, a riesgo de ser descubierto y cruelmente castigado. Mi padre recibi&#243; alegremente a Coppelius. 

-&#161;Vamos! &#161;al trabajo! -exclam&#243; el otro con voz sorda quit&#225;ndose la levita. 

Mi padre, con aire sombr&#237;o, se quit&#243; la bata y los dos se pusieron unas t&#250;nicas negras. Mi padre abri&#243; la puerta de un armario empotrado que ocultaba un profundo nicho donde hab&#237;a un horno. Coppelius se acerc&#243;, y del hogar se elev&#243; una llama azul. Una gran cantidad de extra&#241;as herramientas se iluminaron con aquella claridad. Pero, &#161;Dios m&#237;o, qu&#233; extra&#241;a metamorfosis se hab&#237;a operado en los rasgos de mi anciano padre! Un dolor violento y terrible parec&#237;a haber cambiado la expresi&#243;n honesta y leal de su fisonom&#237;a, que se hab&#237;a contra&#237;do de forma sat&#225;nica. &#161;Se parec&#237;a a Coppelius! &#201;ste manejaba unas pinzas incandescentes y atizaba los carbones ardientes del hogar. Cre&#237; ver a su alrededor figuras humanas, pero sin ojos. En su lugar hab&#237;a cavidades negras, profundas, horribles. 

-&#161;Ojos, ojos! -gritaba Coppelius con voz sorda, amenazadora. 

Grit&#233; y ca&#237; al suelo, violentamente abatido por el miedo. Entonces Coppelius me cogi&#243;. 

-&#161;Peque&#241;a bestia! &#161;Peque&#241;a bestia! -dijo haciendo crujir los dientes de un modo espantoso. Diciendo esto me arroj&#243; al horno, cuya llama prend&#237;a ya mis cabellos. 

-Ahora -exclam&#243;- ya tenemos ojos, &#161;ojos! &#161;un hermoso par de ojos de ni&#241;o! -Y con sus manos cogi&#243; del hogar un pu&#241;ado de carbones ardientes que se dispon&#237;a a arrojar a mis ojos, cuando mi padre, con las manos juntas, le implor&#243;: 

-&#161;Maestro! &#161;Maestro! &#161;Deja los ojos a mi Nataniel! &#161;D&#233;jaselos! 

Coppelius se ech&#243; a re&#237;r de forma estrepitosa. 

-Que el ni&#241;o conserve sus ojos para que &#233;stos realicen su trabajo en el mundo; pero, puesto que est&#225; aqu&#237;, observemos atentamente el mecanismo de sus pies y de sus manos. 

Sus dedos apretaron todas las articulaciones de mis miembros, que crujieron, y me retorci&#243; las manos y los pies de una forma y de otra. 

-&#161;Esto no est&#225; del todo bien! &#161;Tan bien como estaba! &#161;El viejo lo ha entendido perfectamente!

Coppelius murmuraba esto mientras me retorc&#237;a; pero pronto todo se volvi&#243; oscuro y confuso a mi alrededor; un dolor nervioso agit&#243; todo mi ser; no sent&#237; nada m&#225;s. Un vapor dulce y c&#225;lido se derram&#243; sobre mi rostro; despert&#233; como del sue&#241;o de la muerte. Mi madre estaba inclinada sobre m&#237;. 

-&#191;Est&#225; aqu&#237; el Hombre de Arena? -balbuc&#237;. 

-No, mi ni&#241;o, est&#225; muy lejos; se fue hace mucho, no te har&#225; da&#241;o. 

As&#237; dec&#237;a mi madre, y me besaba estrechando contra su coraz&#243;n al ni&#241;o querido que le era devuelto. 

&#191;Para qu&#233; cansarte por m&#225;s tiempo con estas historias, querido Lotario? Fui descubierto y cruelmente maltratado por Coppelius. La ansiedad y el miedo me causaron una ardiente fiebre que padec&#237; durante algunas semanas; &#171;&#191;Est&#225; a&#250;n aqu&#237; el Hombre de Arena?&#187; &#201;stas fueron las primeras palabras de mi salvaci&#243;n y el primer signo de mi curaci&#243;n. S&#243;lo me queda contarte el instante m&#225;s horrible de mi infancia; despu&#233;s te habr&#225;s convencido de que no hay que acusar a mis ojos de que todo me parezca sin color en la vida; pues un sombr&#237;o destino ha levantado una densa nube ante todos los objetos, y s&#243;lo mi muerte podr&#225; disiparla. 

Coppelius no volvi&#243; a aparecer, se dijo que hab&#237;a abandonado la ciudad. 

Hab&#237;a transcurrido un a&#241;o, y cierta noche, seg&#250;n la antigua e invariable costumbre, est&#225;bamos sentados en la mesa redonda. Nuestro padre estaba muy alegre y nos contaba historias divertidas que le hab&#237;an sucedido en los viajes de su juventud. En el momento en que el reloj daba las nueve o&#237;mos sonar los goznes de la puerta de la casa, y unos graves pasos retumbaron desde el vest&#237;bulo hasta las escaleras. 

-&#161;Es Coppelius! -dijo mi madre palideciendo. 

-S&#237;, es Coppelius -repiti&#243; mi padre con voz entrecortada. 

Las l&#225;grimas asomaron a los ojos de mi madre: 

-&#161;Padre! &#191;es preciso? 

-Por &#250;ltima vez -respondi&#243;-. Viene por &#250;ltima vez, te lo juro. Ve con los ni&#241;os. Buenas noches. 

Yo estaba petrificado, me faltaba el aire. Mi madre, vi&#233;ndome inm&#243;vil, me cogi&#243; del brazo. 

-Ven, Nataniel -me dijo-. Me dej&#233; llevar a mi habitaci&#243;n-. Estate tranquilo y acu&#233;state. &#161;Duerme! -me dijo al irse. Pero un terror invencible me agitaba y no pude cerrar los ojos. El horrible, el odioso Coppelius estaba ante m&#237;, con sus ojos destellantes, sonri&#233;ndome hip&#243;crita, e intentaba alejar su imagen. Era cerca de media noche cuando se oy&#243; un golpe violento, como la detonaci&#243;n de un arma de fuego. La casa entera se tambale&#243;, alguien pas&#243; corriendo por delante de mi cuarto y la puerta de la calle se cerr&#243; estrepitosamente de un porrazo. 

-&#161;Es Coppelius! -grit&#233; fuera de m&#237;, y salt&#233; de la cama. O&#237; gemidos; corr&#237; a la habitaci&#243;n de mi padre, la puerta estaba abierta, se respiraba un humo asfixiante, y una criada gritaba: 

-&#161;El se&#241;or! El se&#241;or! 

Delante del horno encendido, en el suelo, yac&#237;a mi padre muerto, con la cara destrozada. Mis hermanas, de rodillas a su alrededor, clamaban y gem&#237;an. Mi madre hab&#237;a ca&#237;do inm&#243;vil junto a su marido. 

-&#161;Coppelius, monstruo infame! &#161;Has asesinado a mi padre! -grit&#233;. Y ca&#237; sin sentido. Dos d&#237;as m&#225;s tarde, cuando colocaron su cuerpo en el ata&#250;d, sus rasgos hab&#237;an vuelto a ser serenos y dulces como lo fueron durante toda su vida. Aquella imagen mitig&#243; mi dolor, pens&#233; que su alianza con el infernal Coppelius no lo hab&#237;a llevado a la condenaci&#243;n eterna. 

La explosi&#243;n hab&#237;a despertado a los vecinos, el suceso caus&#243; sensaci&#243;n, y las autoridades, que tuvieron conocimiento del mismo, requirieron la presencia de Coppelius. Pero hab&#237;a desaparecido de la ciudad sin dejar rastro. 

Si te dijera, querido amigo, que el vendedor de bar&#243;metros no era otro sino el miserable Coppelius, comprender&#237;as el horror que me produjo tan desgraciada y enemiga aparici&#243;n. Llevaba otro traje, pero los rasgos de Coppelius est&#225;n demasiado profundamente marcados en mi alma como para poder equivocarme. Adem&#225;s, Coppelius ni siquiera ha cambiado de nombre. Se hace pasar aqu&#237; -seg&#250;n tengo o&#237;do-, por un mec&#225;nico piamont&#233;s llamado Giuseppe Coppola. 

Estoy decidido a vengar la muerte de mi padre, pase lo que pase. No digas nada a mi madre de este encuentro cruel. Saluda a la encantadora Clara; le escribir&#233; con una mayor presencia de &#225;nimo. 

Queda con Dios, etc&#233;tera. 



&lt;STRONG&gt;Clara a Nataniel &lt;/STRONG&gt;

Es cierto que hace mucho que no me has escrito pero creo, sin embargo, que me llevas en tu alma y en tus pensamientos; pues pensabas vivamente en m&#237; cuando, queriendo enviar tu &#250;ltima carta a mi hermano Lotario, la suscribiste a mi nombre. La abr&#237; con alegr&#237;a y s&#243;lo me di cuenta de mi error al ver estas palabras: &#171;&#161;Ay, mi querido Lotario!&#187; Sin duda no deber&#237;a haber seguido leyendo y deb&#237; entregar la carta a mi hermano. Alguna vez me has reprochado entre risas el que yo tuviera un esp&#237;ritu tan apacible y tranquilo que si la casa se derrumbara, antes que huir, colocar&#237;a en su sitio una cortina mal puesta; pero apenas pod&#237;a respirar y todo daba vueltas ante mis ojos, mi querido Nataniel, al saber la infortunada causa que ha turbado tu vida. Separaci&#243;n eterna, no verte nunca m&#225;s, este presentimiento me atravesaba como un pu&#241;al ardiente. Le&#237; y volv&#237; a leer. Tu descripci&#243;n del repugnante Coppelius es horrible. As&#237; he sabido la forma cruel en que muri&#243; tu anciano y venerable padre. Mi hermano, a quien remit&#237; lo que le pertenec&#237;a, intent&#243; tranquilizarme, sin conseguirlo. El fatal vendedor de bar&#243;metros Giuseppe Coppola me persegu&#237;a, y casi me averg&#252;enza confesar que ha turbado, con terribles im&#225;genes, mi sue&#241;o siempre profundo y tranquilo. Pero de pronto, desde la ma&#241;ana siguiente, todo me parece distinto. No est&#233;s enfadado conmigo, amor m&#237;o, si Lotario te dice que a pesar de tus funestos presentimientos sobre Coppelius no se altera mi serenidad en absoluto. Te dir&#233; sinceramente lo que pienso. Las cosas terribles de que hablas tienen su origen dentro de ti mismo, el mundo exterior y real tiene poco que ver. El viejo Coppelius sin duda era repelente, pero, como odiaba a los ni&#241;os, esto produc&#237;a en ustedes, ni&#241;os, verdadero horror hacia &#233;l. 

El Hombre de Arena de la ni&#241;era se asoci&#243; en tu imaginaci&#243;n infantil al viejo Coppelius quien, sin que te dieras cuenta, permaneci&#243; en ti como un fantasma de tus primeros a&#241;os. Sus entrevistas nocturnas con tu padre no ten&#237;an otro objeto que realizar experimentos de alquimia, cosa que aflig&#237;a a tu madre pues posiblemente costaba mucho dinero; y aquella ocupaci&#243;n, adem&#225;s de llenar a su esposo de una enga&#241;osa esperanza de sabidur&#237;a, lo apartaba del cuidado de su familia. Tu padre sin duda caus&#243; su muerte por imprudencia suya, y Coppelius no es culpable. &#191;Creer&#237;as que ayer pregunt&#233; a un viejo vecino boticario si los experimentos qu&#237;micos pod&#237;an causar explosiones mortales? Asinti&#243; describi&#233;ndome largamente a su manera c&#243;mo se hac&#237;an tales cosas, cit&#225;ndome gran n&#250;mero de palabras extra&#241;as que no he podido retener en mi memoria. Ahora vas a enfadarte con tu Clara; dices: &#171;en su fr&#237;o esp&#237;ritu no entra ni un solo rayo misterioso de los que tantas veces abrazan al hombre con sus alas invisibles; ella percibe tan s&#243;lo la superficie coloreada del mundo y se alegra como un ni&#241;o a la vista de frutas cuya dorada c&#225;scara esconde un mortal veneno.&#187; 

&#161;Ah, mi bienamado Nataniel! &#191;Acaso no piensas que el sentimiento de un poder enemigo que se agita de manera funesta sobre nuestro ser, no puede penetrar en las almas sonrientes y serenas? Perd&#243;name si yo, una simple jovencita, intento expresar lo que siento ante la idea de una lucha semejante. Quiz&#225; no encuentro las palabras adecuadas y t&#250; te r&#237;es, no de mis pensamientos, sino de mi torpeza para expresarlos. Si realmente existe un poder oculto que tan traidoramente hunde sus garras en nuestro interior para cogernos y arrastrarnos a un camino peligroso que habr&#237;amos evitado, si tal fuerza existe, debe doblegarse ante nosotros mismos, pues s&#243;lo as&#237; ganar&#225; nuestra confianza y un lugar en nuestro coraz&#243;n, lugar que necesita para realizar su obra. Si tenemos la suficiente firmeza, el valor necesario para reconocer el camino hacia el que deben conducirnos nuestra vocaci&#243;n y nuestras inclinaciones, para caminar con paso tranquilo, nuestro enemigo interior perecer&#225; en los vanos esfuerzos que haga por ilusionarnos. Tambi&#233;n es cierto, a&#241;ade Lotario, que la tenebrosa presencia a la que nos entregamos crea con frecuencia en nosotros im&#225;genes tan atrayentes que nosotros mismos producimos el enga&#241;o que nos consume. Es el fantasma de nuestro propio Yo cuya influencia mueve nuestra alma y nos sumerge en el infierno o nos conduce al cielo. &#161;Te das cuenta, querido Nataniel! Mi hermano y yo hemos hablado de oscuras fuerzas y poderes que a m&#237;, despu&#233;s de haber escrito, no sin esfuerzo, lo m&#225;s importante, se me aparecen sosegadas, profundas. Las &#250;ltimas palabras de Lotario no las entiendo del todo bien, s&#243;lo intuyo lo que piensa; sin embargo, me parece rigurosamente cierto. Te lo suplico, aparta de tu pensamiento al odioso abogado Coppelius y al vendedor de bar&#243;metros Coppola. Conv&#233;ncete de que esas extra&#241;as figuras no tienen influencia sobre ti. S&#243;lo la creencia en su poder enemigo las vuelve enemigas. Si cada l&#237;nea de tu carta no expresara la profunda exaltaci&#243;n de tu esp&#237;ritu, si el estado de tu alma no afligiera mi coraz&#243;n, podr&#237;a bromear sobre tu Hombre de Arena y tu abogado alquimista. &#161;Al&#233;grate! Me he prometido estar a tu lado como un &#225;ngel guardi&#225;n y arrojar al odioso Coppola de una loca carcajada si viniera a turbar tu sue&#241;o. No le temo en absoluto, ni a &#233;l ni a sus horribles manos que no podr&#237;an estropearme las golosinas ni arrojarme arena a los ojos. 

Hasta siempre, mi bienamado Nataniel, etc&#233;tera. 



&lt;STRONG&gt;Nataniel a Lotario 
&lt;/STRONG&gt;
Me resulta muy penoso el que Clara, por un error que caus&#243; mi negligencia, haya roto el sello de mi carta y la haya le&#237;do. Me ha escrito una ep&#237;stola llena de una profunda filosof&#237;a, seg&#250;n la cual me demuestra expl&#237;citamente que Coppelius y Coppola s&#243;lo existen en mi interior y que se trata de fantasmas de mi Yo que se ver&#225;n reducidos a polvo en cuanto los reconozca como tales. Uno jam&#225;s podr&#237;a imaginar que el esp&#237;ritu que brilla en sus claros y estremecedores ojos, como un delicioso sue&#241;o, sea tan inteligente y pueda razonar de una forma tan met&#243;dica. Se apoya en tu autoridad. &#161;Han hablado de m&#237; los dos juntos! Le has dado un curso de l&#243;gica para que pueda ver las cosas con claridad y razonadamente. &#161;D&#233;jalo! Adem&#225;s, es cierto que el vendedor de bar&#243;metros Coppola no es el viejo abogado Coppelius. Asisto a las clases de un profesor de f&#237;sica de origen italiano que acaba de llegar a la ciudad, un c&#233;lebre naturalista llamado Spalanzani. Conoce a Coppola desde hace muchos a&#241;os y, por otra parte, es f&#225;cil observar su acento piamont&#233;s. Coppelius era alem&#225;n, pero no un alem&#225;n honesto. Aun as&#237;, no estoy del todo tranquilo. T&#250; y Clara pueden seguir consider&#225;ndome un sombr&#237;o so&#241;ador, pero no puedo apartar de m&#237; la impresi&#243;n que Coppola y su espantoso rostro causaron en m&#237;. Estoy contento de que haya abandonado la ciudad, seg&#250;n dice Spalanzani. Este profesor es un personaje singular, un hombre rechoncho, de p&#243;mulos salientes, nariz puntiaguda y ojos peque&#241;os y penetrantes. Te lo podr&#237;as imaginar mejor que con mi descripci&#243;n mirando el retrato de Cagliostro realizado por Chodowiecki y que aparece en cualquier calendario berlin&#233;s; as&#237; es Spalanzani. Hace unos d&#237;as, subiendo a su apartamento, observ&#233; que una cortina que habitualmente cubre una puerta de cristal estaba un poco separada. Ignoro yo mismo c&#243;mo me encontr&#233; mirando a trav&#233;s del cristal. Una mujer alta, muy delgada, de armoniosa silueta, magn&#237;ficamente vestida, estaba sentada con sus manos apoyadas en una mesa peque&#241;a. Estaba situada frente a la puerta, y de este modo pude contemplar su rostro arrebatador. Pareci&#243; no darse cuenta de que la miraba, y sus ojos estaban fijos, parec&#237;an no ver; era como si durmiera con los ojos abiertos. Me sent&#237; tan mal que corr&#237; a meterme en el sal&#243;n de actos que est&#225; justo al lado. M&#225;s tarde supe que la persona que hab&#237;a visto era la hija de Spalanzani, llamada Olimpia, a la que &#233;ste guarda con celo, de forma que nadie puede acercarse a ella. Esta medida debe ocultar alg&#250;n misterio, y Olimpia tiene sin duda alguna tara. Pero, &#191;por qu&#233; te escribo estas cosas? Podr&#237;a cont&#225;rtelas personalmente. Debes saber que dentro de dos semanas estar&#233; con ustedes. Tengo que ver a mi &#225;ngel, a mi Clara. Entonces podr&#225; borrarse la impresi&#243;n que se apoder&#243; de m&#237; (lo confieso) al leer su carta tan fatal y razonable. Por eso no le escribo hoy. 

Mil abrazos, etc&#233;tera. 



Nadie podr&#237;a imaginar algo tan extra&#241;o y maravilloso como lo que le sucedi&#243; a mi pobre amigo, el joven estudiante Nataniel, y que voy a referirte, lector. &#191;Acaso no has sentido alguna vez tu interior lleno de extra&#241;os pensamientos? &#191;Qui&#233;n no ha sentido latir su sangre en las venas y un rojo ardiente en las mejillas? Las miradas parecen buscar entonces im&#225;genes fant&#225;sticas e invisibles en el espacio y las palabras se exhalan entrecortadas. En vano los amigos te rodean y te preguntan qu&#233; te sucede. Y t&#250; querr&#237;as pintar con sus brillantes colores, sus sombras y sus luces destellantes, las vaporosas figuras que percibes, y te esfuerzas in&#250;tilmente en encontrar palabras para expresar tu pensamiento. Querr&#237;as reproducir con una sola palabra todo cuanto estas apariciones tienen de maravilloso, de magn&#237;fico, de sombr&#237;o horror y de alegr&#237;a inaudita, para sacudir a los amigos como con una descarga el&#233;ctrica, pero toda palabra, cada frase, te parece descolorida, glacial, sin vida. Buscas y rebuscas, y balbuces y murmuras, y las t&#237;midas preguntas de tus amigos vienen a golpear, como el soplo del viento, tu ardiente imaginaci&#243;n hasta acabar apag&#225;ndola. Pero si t&#250;, como un h&#225;bil pintor, trazas un r&#225;pido esbozo de tales im&#225;genes interiores, del mismo modo puedes tambi&#233;n animar con poco esfuerzo los colores y hacerlos cada vez m&#225;s brillantes, y las diversas figuras fascinan a los amigos que te ven en medio del mundo que tu alma ha creado. Debo confesar que, a m&#237;, querido lector, nadie me ha preguntado por la historia del joven Nataniel; pero t&#250; sabes que yo pertenezco a esa clase de autores que cuando se encuentra en el estado de &#225;nimo que acabo de describir se imagina que cuantos lo rodean, e incluso el mundo entero, le preguntan, &#171;&#191;qu&#233; te pasa? &#161;cu&#233;ntanos!&#187; As&#237;, una fuerza poderosa me obliga a hablarte del fatal destino de Nataniel. Su vida singular me impresionaba, y por esta raz&#243;n me atormentaba la idea de comenzar su historia de una manera significativa, original. &#171;&#201;rase una vez...&#187; bonito principio, para aburrir a todo el mundo. &#171;En la peque&#241;a ciudad de S...., viv&#237;a...&#187; algo mejor, si se tiene en cuenta que prepara ya el desenlace. O bien entrar in medias res: &#171;-&#161;V&#225;yase al diablo! -exclam&#243; col&#233;rico con los ojos llenos de furia y de espanto el estudiante Nataniel cuando el vendedor de bar&#243;metros Giuseppe Coppola... &#187; As&#237; hab&#237;a empezado ya a escribir cuando cre&#237; ver algo de burla en la enfurecida mirada de Nataniel, aunque la historia no es en absoluto divertida. No me vino a la mente ninguna frase que reflejara el estallido de colores de la imagen que brillaba en mi interior. Decid&#237; entonces no empezar. Toma, querido lector, las tres cartas que mi amigo Lotario me invit&#243; a compartir como el esbozo del cuadro que me esforzar&#233;, en el curso de la narraci&#243;n, en animar cada vez con m&#225;s colorido, lo mejor que pueda. Quiz&#225; consiga, como un buen retratista, dar a alg&#250;n personaje un toque expresivo de manera que al verlo lo encuentres parecido al original, aun sin conocerlo, y te parecer&#225; verlo en persona. Quiz&#225; creer&#225;s, lector, que no hay nada tan maravilloso y fant&#225;stico como la vida real, y que el poeta se limita a recoger un p&#225;lido brillo, como en un espejo sin pulir. 

Para que desde el principio quede claro lo que es necesario saber, hay que a&#241;adir como aclaraci&#243;n a las cartas que, inmediatamente despu&#233;s de la muerte del padre de Nataniel, Clara y Lotario, hijos de un pariente lejano tambi&#233;n recientemente fallecido, fueron recogidos por la madre de aqu&#233;l. Clara y Nataniel sintieron una fuerte inclinaci&#243;n mutua, contra la que nadie tuvo nada que oponer. Estaban, pues, prometidos cuando Nataniel abandon&#243; la ciudad para proseguir sus estudios en G. Aqu&#237; se encuentra mientras escribe su &#250;ltima carta y asiste al curso del c&#233;lebre profesor de f&#237;sica Spalanzani. 

Ahora podr&#237;a continuar mi relato tranquilamente, pero la imagen de Clara se presenta ante mis ojos tan llena de vida que no puedo apartarla de m&#237;, como me pasaba siempre que me miraba dulcemente. 

No pod&#237;a decirse que Clara fuese bella, esto pensaban al menos los entendidos en belleza. Sin embargo, los arquitectos elogiaban la pureza de las l&#237;neas de su talle; los pintores dec&#237;an que su nuca, sus hombros y su seno eran tal vez demasiado castos, pero todos amaban su maravillosa cabellera que recordaba a la de la Magdalena y coincid&#237;an en el color de su tez, digno de un Battoni. Uno de ellos, un aut&#233;ntico extravagante, comparaba sus ojos a un lago de Ruisdael, donde se reflejan el azul del cielo, el colorido del bosque y las flores del campo, la vida apacible. Poetas y virtuosos iban m&#225;s lejos y dec&#237;an: 

-&#161;C&#243;mo hablan de lagos y de espejos! No podemos contemplar a esta muchacha sin que su mirada haga brotar de nuestra alma cantos y armon&#237;as celestes que nos sobrecogen y nos animan. &#191;Acaso no cantamos nosotros tambi&#233;n, y alguna vez hasta creemos leer en la tenue sonrisa de Clara que es como un c&#225;ntico, no obstante algunos tonos disonantes? 

As&#237; era. Clara pose&#237;a la imaginaci&#243;n alegre y vivaz de un ni&#241;o inocente, un alma de mujer tierna y delicada, y una inteligencia penetrante y l&#250;cida. Los esp&#237;ritus ligeros y presuntuosos no ten&#237;an nada que hacer a su lado, pues ella, sin muchas palabras, conforme a su temperamento silencioso, parec&#237;a decirles con su mirada transparente y su sonrisa ir&#243;nica: &#171;Queridos amigos, &#191;pretenden que mire sus tristes sombras como aut&#233;nticas figuras animadas y con vida?&#187; Por esta raz&#243;n Clara fue acusada por muchos de ser fr&#237;a, prosaica e insensible. Pero otros, que ve&#237;an la vida con m&#225;s claridad, amaban fervorosamente a esta joven y encantadora muchacha; pero nadie tanto como Nataniel, quien se dedicaba a las ciencias y a las artes con pasi&#243;n. Clara le correspond&#237;a con toda su alma. Las primeras nubes de tristeza pasaron por su vida cuando se separ&#243; de ella. &#161;Con cu&#225;nta alegr&#237;a se arroj&#243; en sus brazos cuando &#233;l, al volver a su ciudad natal, entr&#243; en casa de su madre, como hab&#237;a anunciado en su &#250;ltima carta a Lotario! Sucedi&#243; entonces lo que Nataniel hab&#237;a imaginado; en el momento en que volvi&#243; a ver a Clara desapareci&#243; la imagen del abogado Coppelius y la fatal y razonable carta de Clara, que tanto lo hab&#237;a contrariado. 

Sin embargo, Nataniel ten&#237;a raz&#243;n cuando escrib&#237;a a su amigo Lotario que su encuentro con el repugnante vendedor de bar&#243;metros hab&#237;a ejercido una funesta influencia en su vida. Todos sintieron desde los primeros d&#237;as de su estancia que Nataniel hab&#237;a cambiado su forma de ser. Se hund&#237;a en sombr&#237;as enso&#241;aciones y se comportaba de un modo extra&#241;o, no habitual en &#233;l. La vida era s&#243;lo sue&#241;os y presentimientos; hablaba siempre de c&#243;mo los hombres, crey&#233;ndose libres, son s&#243;lo juguete de oscuros poderes, y humildemente deben conformarse con lo que el destino les depara. A&#250;n iba m&#225;s lejos, y afirmaba que era una locura creer que el arte y las ciencias pueden ser creados a nuestro antojo, puesto que la exaltaci&#243;n necesaria para crear no proviene de nuestro interior sino de una fuerza exterior de la que no somos due&#241;os. 

Clara no estaba de acuerdo con esos delirios m&#237;sticos pero era in&#250;til refutarlos. S&#243;lo cuando Nataniel afirmaba que Coppelius era el principio maligno que se hab&#237;a apoderado de &#233;l en el momento en que se escondi&#243; tras la cortina para observarlo, y que aquel demonio enemigo turbar&#237;a su dichoso amor, Clara dec&#237;a seriamente: 

-S&#237;, Nataniel, tienes raz&#243;n, Coppelius es un principio maligno y enemigo, puede actuar de forma espantosa, como una fuerza diab&#243;lica que se introduce visiblemente en tu vida, pero s&#243;lo si no lo destierras de tu pensamiento y de tu alma. Mientras t&#250; creas en &#233;l, existir&#225;; su poder est&#225; en tu credulidad.

Nataniel, irritado al ver que Clara s&#243;lo admit&#237;a la existencia del demonio en su interior, quiso prob&#225;rsela por medio de doctrinas m&#237;sticas de demonios y fuerzas oscuras, pero Clara interrumpi&#243; la discusi&#243;n con una frase indiferente, con gran disgusto de Nataniel. Pens&#243; entonces que las almas fr&#237;as encerraban estos profundos misterios sin saberlo, y que Clara pertenec&#237;a a esta naturaleza secundaria, por lo cual decidi&#243; hacer todo lo posible para iniciarla en tales secretos. Al d&#237;a siguiente, mientras Clara preparaba el desayuno, fue a su lado y empez&#243; a leer diversos pasajes de libros m&#237;sticos, hasta que Clara dijo: 

-Pero, mi querido Nataniel, &#191;y si yo te considerase a ti como el principio diab&#243;lico que act&#250;a contra mi caf&#233;? Porque, si me pasara el d&#237;a escuch&#225;ndote mientras lees y mir&#225;ndote a los ojos como t&#250; quieres, el caf&#233; hervir&#237;a en el fuego y no desayunar&#237;ais ninguno. 

Nataniel cerr&#243; el libro de golpe y se dirigi&#243; malhumorado a su habitaci&#243;n. En otro tiempo hab&#237;a escrito cuentos agradables y animados que Clara escuchaba con indescriptible placer, pero ahora sus composiciones eran sombr&#237;as, incomprensibles, vagas, y pod&#237;a sentir en el indulgente silencio de Clara que no eran de su gusto. Nada era peor para Clara que el aburrimiento; su mirada y sus palabras dejaban ver que el sue&#241;o se apoderaba de ella. Las obras de Nataniel eran de hecho muy aburridas. Su disgusto por el fr&#237;o y prosaico car&#225;cter de Clara fue en aumento, y Clara no pod&#237;a vencer el mal humor que le produc&#237;a el sombr&#237;o y aburrido misticismo de Nataniel; y as&#237;, sus almas se fueron alejando una de otra, sin que se dieran cuenta. 

La imagen del odioso Coppelius, como el mismo Nataniel pod&#237;a reconocer, cada vez era m&#225;s p&#225;lida en su fantas&#237;a, y hasta le costaba a menudo un esfuerzo darle vida y color en sus poemas, donde aparec&#237;a como un horrible espantajo del destino. Finalmente, el atormentado presentimiento de que Coppelius destruir&#237;a su amor le inspir&#243; el tema de una de sus composiciones. Se describ&#237;a a &#233;l mismo y a Clara unidos por un amor fiel, pero de vez en cuando una mano amenazadora aparec&#237;a en su vida y les arrebataba la alegr&#237;a. Cuando por fin se encontraban ante el altar aparec&#237;a el horrible Coppelius que tocaba los maravillosos ojos de Clara; &#233;stos saltaban al pecho de Nataniel como chispas sangrientas encendidas y ardientes, luego Coppelius se apoderaba de &#233;l, lo arrojaba a un c&#237;rculo de fuego que giraba con la velocidad de la tormenta y lo arrastraba en medio de sordos bramidos, de un rugido como cuando el hurac&#225;n azota la espuma de las olas en el mar, que se alzan, como negros gigantes de cabeza blanca, en furiosa lucha. En medio de aquel salvaje bramido oy&#243; la voz de Clara:

-&#191;No puedes mirarme? Coppelius te ha enga&#241;ado, no eran mis ojos los que ard&#237;an en tu pecho, eran ardientes gotas de sangre de tu propio coraz&#243;n... yo tengo mis ojos, &#161;m&#237;rame!

Nataniel piensa: "Es Clara, y yo soy eternamente suyo". Es como si dominase el c&#237;rculo de fuego donde se encuentra, y el sordo estruendo desaparece en un negro abismo. Nataniel mira los ojos de Clara, pero es la muerte la que lo contempla amigablemente con los ojos de Clara. 

Mientras Nataniel escrib&#237;a este poema estaba muy tranquilo y reflexivo, limaba y perfeccionaba cada l&#237;nea, y volcado por completo en la rima, no descansaba hasta conseguir que todo fuera puro y armonioso. Cuando termin&#243; y ley&#243; el poema en voz alta, el horror se apoder&#243; de &#233;l y exclam&#243; espantado: 

-&#191;De qui&#233;n es esa horrible voz? 

Enseguida le pareci&#243;, sin embargo, que hab&#237;a escrito un poema excelente, y que podr&#237;a inflamar el fr&#237;o &#225;nimo de Clara, sin darse cuenta de que as&#237; conseguir&#237;a sobresaltarla con terribles im&#225;genes que presagiaban un destino fatal que destruir&#237;a su amor. 

Nataniel y Clara se hallaban sentados en el peque&#241;o jard&#237;n de su madre. Clara estaba muy alegre porque Nataniel, desde hac&#237;a tres d&#237;as durante los cuales hab&#237;a trabajado en el poema, no la hab&#237;a atormentado con sus sue&#241;os y presentimientos. Tambi&#233;n Nataniel hablaba con entusiasmo y alegr&#237;a de cosas divertidas, de modo que Clara dijo: 

-Ahora vuelvo a tenerte, &#191;ves c&#243;mo hemos desterrado al odioso Coppelius? 

Nataniel entonces se acord&#243; de que llevaba el poema en el bolsillo y de que deseaba le&#233;rselo. Sac&#243; las hojas y comenz&#243; su lectura. 

Clara, esperando algo aburrido como de costumbre, y resign&#225;ndose, empez&#243; a hacer punto. Pero, del mismo modo que se van levantando los negros y cada vez m&#225;s sombr&#237;os nubarrones, dej&#243; caer su labor y mir&#243; fijamente a Nataniel a los ojos. &#201;ste segu&#237;a su lectura fascinado, con las mejillas encendidas y los ojos llenos de l&#225;grimas. Cuando termin&#243; suspir&#243; profundamente abatido, cogi&#243; la mano de Clara y sollozando exclam&#243; desconsolado:

-&#161;Ah, Clara, Clara! -Clara lo estrech&#243; contra su pecho y le dijo dulcemente pero seria: 

-Nataniel, querido Nataniel, &#161;arroja al fuego esa loca y absurda historia! 

Nataniel se levant&#243; indignado y exclam&#243; apart&#225;ndose de Clara: 

-Eres un aut&#243;mata inanimado y maldito -y se alej&#243; corriendo. 

Clara se ech&#243; a llorar amargamente, y dec&#237;a entre sollozos: 

-Nunca me ha amado, pues no me comprende. 

Lotario apareci&#243; en el cenador y Clara tuvo que contarle lo que hab&#237;a sucedido; como amaba a su hermana con toda su alma, cada una de sus quejas ca&#237;a como una chispa en su interior de tal modo que el disgusto que llevaba en su coraz&#243;n desde hac&#237;a tiempo contra el visionario Nataniel se transform&#243; en una c&#243;lera terrible. Corri&#243; tras &#233;l y le reproch&#243; con tan duras palabras su loca conducta para con su querida hermana, que el fogoso Nataniel contest&#243; de igual manera. Los insultos de fatuo, insensato y loco, fueron contestados por los de desgraciado y vulgar. El duelo era inevitable. Decidieron batirse a la ma&#241;ana siguiente detr&#225;s del jard&#237;n y conforme a las reglas acad&#233;micas, con afilados floretes. Se separaron sombr&#237;os y silenciosos. Clara hab&#237;a o&#237;do la violenta discusi&#243;n, y al ver que el padrino tra&#237;a los floretes al atardecer, presinti&#243; lo que iba a ocurrir.

Llegados al lugar del desaf&#237;o se quitaron las levitas en medio de un hondo silencio, e iban a abalanzarse uno sobre otro con los ojos relampagueantes de ardor sangriento cuando apareci&#243; Clara en la puerta del jard&#237;n. Separ&#225;ndolos, exclam&#243; entre sollozos: 

-&#161;Locos, salvajes, tendr&#225;n que matarme a m&#237; antes que uno de ustedes caiga! &#191;C&#243;mo podr&#237;a seguir viviendo en este mundo si mi amado matara a mi hermano o mi hermano a mi amado?

Lotario dej&#243; caer el arma y baj&#243; los ojos en silencio; pero Nataniel sinti&#243; renacer dentro de s&#237; toda la fuerza de su amor hacia Clara de la misma manera que lo hab&#237;a sentido en los hermosos d&#237;as de la juventud. El arma homicida cay&#243; de sus manos y se arroj&#243; a los pies de Clara diciendo: 

-&#191;Podr&#225;s perdonarme alguna vez t&#250;, mi querida Clara, mi &#250;nico amor? &#191;Podr&#225;s perdonarme, querido hermano Lotario?

Lotario se conmovi&#243; al ver el profundo dolor de su amigo. Derramando abundantes l&#225;grimas se abrazaron los tres y se juraron permanecer unidos por el amor y la fidelidad. 

A Nataniel le pareci&#243; haberse librado de una pesada carga que lo oprim&#237;a, como si se hubiera liberado de un oscuro poder que amenazaba todo su ser. Permaneci&#243; a&#250;n durante tres felices d&#237;as junto a sus bienamados hasta que regres&#243; a G., donde deb&#237;a permanecer un a&#241;o m&#225;s antes de volver para siempre a su ciudad natal. 

A la madre de Nataniel se le ocult&#243; todo lo referente a Coppelius, pues sab&#237;an que no pod&#237;a pensar sin horror en aquel hombre a quien, al igual que Nataniel, culpaba de la muerte de su esposo. 

&#161;Cu&#225;l no ser&#237;a la sorpresa de Nataniel cuando, al llegar a su casa en G., vio que &#233;sta hab&#237;a ardido entera, y que s&#243;lo quedaban de ella los muros y un mont&#243;n de escombros! El fuego hab&#237;a comenzado en el laboratorio del qu&#237;mico, situado en el piso bajo. Varios amigos que viv&#237;an cerca de la casa incendiada hab&#237;an conseguido entrar valientemente en la habitaci&#243;n de Nataniel, situada en el &#250;ltimo piso, y salvar sus libros, manuscritos e instrumentos, que trasladaron a otra casa donde alquilaron una habitaci&#243;n en la que Nataniel se instal&#243;. No se dio cuenta al principio de que el profesor Spalanzani viv&#237;a enfrente, y no llam&#243; especialmente su atenci&#243;n observar que desde su ventana pod&#237;a ver el interior de la habitaci&#243;n donde Olimpia estaba sentada a solas. Pod&#237;a reconocer su silueta claramente, aunque los rasgos de su cara continuaban borrosos. Pero acab&#243; por extra&#241;arse de que Olimpia permaneciera en la misma posici&#243;n, igual que la hab&#237;a descubierto la primera vez a trav&#233;s de la puerta de cristal, sin ninguna ocupaci&#243;n, sentada junto a la mesita, con la mirada fija, invariablemente dirigida hacia &#233;l; tuvo que confesarse que no hab&#237;a visto nunca una belleza como la suya, pero la imagen de Clara segu&#237;a instalada en su coraz&#243;n, y la inm&#243;vil Olimpia le fue indiferente, y s&#243;lo de vez en cuando dirig&#237;a una mirada furtiva por encima de su libro hacia la hermosa estatua, eso era todo. Un d&#237;a estaba escribiendo a Clara cuando llamaron suavemente a la puerta. Al abrirla, vio el repugnante rostro de Coppola. Nataniel se estremeci&#243;; pero recordando lo que Spalanzani le hab&#237;a dicho de su compatriota Coppola y lo que le hab&#237;a prometido a su amada en relaci&#243;n con el Hombre de Arena, se avergonz&#243; de su miedo infantil y reuni&#243; todas sus fuerzas para decir con la mayor tranquilidad posible: 

-No compro bar&#243;metros, amigo, as&#237; que &#161;v&#225;yase! 

Pero Coppola, entrando en la habitaci&#243;n, le dijo con voz ronca, mientras su boca se contra&#237;a en una odiosa sonrisa y sus peque&#241;os ojos brillaban bajo unas largas pesta&#241;as grises: 

-&#161;Eh, no bar&#243;metros, no bar&#243;metros! &#161;Tambi&#233;n tengo bellos ojos..., bellos ojos! 

Nataniel, espantado, exclam&#243;: 

-&#161;Maldito loco! &#161;C&#243;mo puedes t&#250; tener ojos! &#161;Ojos!... &#161;Ojos!... 

Al instante puso Coppola a un lado los bar&#243;metros y empez&#243; a sacar del inmenso bolsillo de su levita lentes y gafas que iba dejando sobre la mesa. 

-Gafas para poner sobre la nariz. &#201;sos son mis ojos, &#161;bellos ojos! -y, mientras hablaba, segu&#237;a sacando m&#225;s y m&#225;s gafas, tantas que empezaron a brillar y a lanzar destellos sobre la mesa. 

Miles de ojos centelleaban y miraban fijamente a Nataniel, pero &#233;l no pod&#237;a apartar su mirada de la mesa, y Coppola continuaba sacando cada vez m&#225;s gafas y cada vez eran m&#225;s terribles las encendidas miradas que disparaban sus rayos sangrientos en el pecho de Nataniel. 

&#201;ste, sobrecogido de terror, grit&#243;: 

-&#161;Detente, hombre maldito! -cogi&#233;ndolo del brazo en el momento en que Coppola hund&#237;a de nuevo su mano en el bolsillo para sacar m&#225;s lentes, por m&#225;s que la mesa estuviera ya cubierta de ellas. 

Coppola se separ&#243; de &#233;l suavemente con una sonrisa forzada, diciendo: 

-&#161;Ah, no son para usted, pero aqu&#237; tengo bellos prism&#225;ticos! -y recogiendo los lentes empez&#243; a sacar del inmenso bolsillo prism&#225;ticos de todos los tama&#241;os. 

En cuanto todas las gafas estuvieron guardadas Nataniel se tranquiliz&#243;, y acord&#225;ndose de Clara se dio cuenta de que el horrible fantasma s&#243;lo estaba en su interior, ya que Coppola era un gran mec&#225;nico y &#243;ptico, y en modo alguno el doble del maldito Coppelius. Por otra parte, las lentes que Coppola hab&#237;a extendido sobre la mesa no ten&#237;an nada de particular, y menos de fantasmag&#243;rico, por lo que Nataniel decidi&#243;, para reparar su extra&#241;o comportamiento, comprarle alguna cosa. Escogi&#243; unos peque&#241;os prism&#225;ticos muy bien trabajados, y, para probarlos, mir&#243; a trav&#233;s de la ventana. Nunca en su vida hab&#237;a utilizado unos prism&#225;ticos con los que pudieran verse los objetos con tanta claridad y pureza. Involuntariamente mir&#243; hacia la estancia de Spalanzani. Olimpia estaba sentada, como de costumbre, ante la mesita, con los brazos apoyados y las manos cruzadas. Por primera vez pod&#237;a Nataniel contemplar la belleza de su rostro. S&#243;lo los ojos le parecieron algo fijos, muertos. Sin embargo, a medida que miraba m&#225;s y m&#225;s a trav&#233;s de los prism&#225;ticos le parec&#237;a que los ojos de Olimpia irradiaban h&#250;medos rayos de luna. Crey&#243; que ella ve&#237;a por primera vez y que sus miradas eran cada vez m&#225;s vivas y brillantes. Nataniel permanec&#237;a como hechizado junto a la ventana, absorto en la contemplaci&#243;n de la belleza celestial de Olimpia... 

Un ligero carraspeo lo despert&#243; como de un profundo sue&#241;o. Coppola estaba detr&#225;s de &#233;l:

-Tre Zechini. Tres ducados. 

Nataniel, que hab&#237;a olvidado al &#243;ptico por completo, se apresur&#243; a pagarle: 

-&#191;No es verdad? &#161;Buenos prism&#225;ticos, buenos prism&#225;ticos! -dec&#237;a Coppola con su repugnante voz y su odiosa sonrisa. 

-S&#237;, s&#237; -respondi&#243; Nataniel contrariado-. Adi&#243;s, querido amigo. 

Coppola abandon&#243; la habitaci&#243;n, no sin antes lanzar una mirada de reojo sobre Nataniel, que lo oy&#243; re&#237;r a carcajadas al bajar la escalera. 

-Sin duda -pens&#243; Nataniel- se r&#237;e de m&#237; porque he pagado los prism&#225;ticos m&#225;s caros de lo que valen. 

Mientras dec&#237;a estas palabras en voz baja le pareci&#243; o&#237;r en la habitaci&#243;n un profundo suspiro que le hizo contener la respiraci&#243;n sobrecogido de espanto. Se dio cuenta de que era &#233;l mismo quien hab&#237;a suspirado as&#237;. &#171;Clara ten&#237;a raz&#243;n -se dijo a s&#237; mismo- al considerarme un visionario, pero lo absurdo, m&#225;s que absurdo, es que la idea de haber pagado a Coppola los prism&#225;ticos m&#225;s caros de lo que valen me produzca tal terror, y no encuentro cu&#225;l puede ser el motivo.&#187; 

Se sent&#243; de nuevo para terminar la carta a Clara, pero una mirada hacia la ventana le hizo ver que Olimpia a&#250;n estaba all&#237; sentada, y al instante, empujado por una fuerza irresistible, cogi&#243; los prism&#225;ticos de Coppola y ya no pudo apartarse de la seductora mirada de Olimpia hasta que vino a buscarlo su amigo Segismundo para asistir a clase del profesor Spalanzani.

A partir de aquel d&#237;a la cortina de la puerta de cristal estuvo totalmente echada, por lo que no pudo ver a Olimpia, y los dos d&#237;as siguientes tampoco la encontr&#243; en la habitaci&#243;n, si bien apenas se apart&#243; de la ventana mirando a trav&#233;s de los prism&#225;ticos. Al tercer d&#237;a estaba la ventana cerrada. Lleno de desesperaci&#243;n y pose&#237;do de delirio y ardiente deseo, sali&#243; de la ciudad. La imagen de Olimpia flotaba ante &#233;l en el aire, aparec&#237;a en cada arbusto y lo miraba con ojos radiantes desde el claro riachuelo. El recuerdo de Clara se hab&#237;a borrado, s&#243;lo pensaba en Olimpia y gem&#237;a y sollozaba: 

-Estrella de mi amor, &#191;por qu&#233; te has alzado para desaparecer s&#250;bitamente y dejarme en una noche oscura y desesperada? 

Cuando Nataniel volvi&#243; a su casa observ&#243; una gran agitaci&#243;n en la de Spalanzani. Las puertas estaban abiertas, y unos hombres met&#237;an muebles; las ventanas del primer piso estaban abiertas tambi&#233;n, y unas atareadas criadas iban y ven&#237;an mientras carpinteros y tapiceros daban golpes y martilleaban por toda la casa. 

Nataniel, asombrado, se detuvo en mitad de la calle. Segismundo se le acerc&#243; sonriente y le dijo: 

-&#191;Qu&#233; me dices de nuestro viejo amigo Spalanzani? 

Nataniel asegur&#243; que no pod&#237;a decir nada, puesto que nada sab&#237;a de &#233;l, y que le sorprend&#237;a bastante que aquella casa silenciosa y sombr&#237;a se viera envuelta en tan gran tumulto y actividad. Segismundo le dijo entonces que al d&#237;a siguiente daba Spalanzani una gran fiesta con concierto y baile a la que estaba invitada media universidad. Se rumoreaba que Spalanzani iba a presentar por primera vez a su hija Olimpia, que hasta entonces hab&#237;a mantenido oculta, con extremo cuidado, a las miradas de todos. Nataniel encontr&#243; una invitaci&#243;n, y, con el coraz&#243;n palpitante, se encamin&#243; a la hora fijada a casa del profesor, cuando empezaban a llegar los carruajes y resplandec&#237;an las luces de los adornados salones. La reuni&#243;n era numerosa y brillante. Olimpia apareci&#243; ricamente vestida, con un gusto exquisito. Todos admiraron la perfecci&#243;n de su rostro y de su talle. La ligera inclinaci&#243;n de sus hombros parec&#237;a estar causada por la oprimida esbeltez de su cintura de avispa. Su forma de andar ten&#237;a algo de medido y de r&#237;gido. Caus&#243; mala impresi&#243;n a muchos, y fue atribuida a la turbaci&#243;n que le causaba tanta gente. 

El concierto empez&#243;. Olimpia tocaba el piano con una habilidad extrema, e interpret&#243; un aria con voz tan clara y penetrante que parec&#237;a el sonido de una campana de cristal. Nataniel estaba fascinado; se encontraba en una de las &#250;ltimas filas y el resplandor de los candelabros le imped&#237;a apreciar los rasgos de Olimpia. Sin ser visto, sac&#243; los lentes de Coppola y mir&#243; a la hermosa Olimpia. &#161;Ah!... entonces sinti&#243; las miradas anhelantes que ella le dirig&#237;a, y que a cada nota le acompa&#241;aba una mirada de amor que lo atravesaba ardientemente. Las brillantes notas le parec&#237;an a Nataniel el lamento celestial de un coraz&#243;n enamorado, y cuando finalmente la cadencia del largo trino reson&#243; en la sala, le pareci&#243; que un brazo ardiente lo ce&#241;&#237;a; extasiado, no pudo contenerse y exclam&#243; en voz alta: 

-&#161;Olimpia! 

Todos los ojos se volvieron hacia &#233;l. Algunos rieron. El organista de la catedral adopt&#243; un aire sombr&#237;o y dijo simplemente: 

-Bueno, bueno. 

El concierto hab&#237;a terminado y el baile comenz&#243;. &#171;&#161;Bailar con ella..., bailar con ella!&#187;, era ahora su m&#225;ximo deseo, su m&#225;xima aspiraci&#243;n, pero &#191;c&#243;mo tener el valor de invitarla a ella, la reina de la fiesta? 

Sin saber ni &#233;l mismo c&#243;mo, se encontr&#243; junto a Olimpia, a quien nadie hab&#237;a sacado a&#250;n; cuando comenzaba el baile, y despu&#233;s de intentar balbucir algunas palabras, tom&#243; su mano. La mano de Olimpia estaba helada y &#233;l se sinti&#243; atravesado por un fr&#237;o mortal. La mir&#243; fijamente a los ojos, que irradiaban amor y deseo, y al instante le pareci&#243; que el pulso empezaba a latir en su fr&#237;a mano y que una sangre ardiente corr&#237;a por sus venas. Tambi&#233;n Nataniel sent&#237;a en su interior una ardorosa voluptuosidad. Rode&#243; la cintura de la hermosa Olimpia y cruz&#243; con ella la multitud de invitados. 

Cre&#237;a haber bailado acompasadamente, pero la r&#237;tmica regularidad con que Olimpia bailaba y que algunas veces lo obligaba a detenerse, le hizo observar enseguida que no segu&#237;a los compases. No quiso bailar con ninguna otra mujer, y hubiera matado a cualquiera que se hubiese acercado a Olimpia para solicitar un baile. Si Nataniel hubiera sido capaz de ver algo m&#225;s que a Olimpia, no habr&#237;a podido evitar alguna pelea, pues murmullos burlones y risas apenas sofocadas se escapaban de entre los grupos de j&#243;venes, cuyas curiosas miradas se dirig&#237;an a Olimpia sin que se pudiera saber por qu&#233;. 

Excitado por la danza y por el vino, hab&#237;a perdido su natural timidez. Sentado junto a Olimpia y con su mano entre las suyas, le hablaba de su amor exaltado e inspirado con palabras que nadie, ni &#233;l ni Olimpia, habr&#237;a podido comprender. O quiz&#225; Olimpia s&#237;, pues lo miraba fijamente a los ojos y de vez en cuando suspiraba: 

-&#161;Ah..., ah..., ah...! 

A lo que Nataniel respond&#237;a: 

-&#161;Oh, mujer celestial, divina criatura, luz que se nos promete en la otra vida, alma profunda donde todo mi ser se mira...! -y cosas parecidas. 

Pero Olimpia suspiraba y contestaba s&#243;lo: 

-&#161;Ah..., ah...! 

El profesor Spalanzani pas&#243; varias veces junto a los felices enamorados y les sonri&#243; con satisfacci&#243;n. 

Aunque Nataniel se encontraba en un mundo distinto, le pareci&#243; como si de pronto oscureciera en casa del profesor Spalanzani. Mir&#243; a su alrededor y observ&#243; espantado que las dos &#250;ltimas velas se consum&#237;an y estaban a punto de apagarse. Hac&#237;a tiempo que el baile y la m&#250;sica hab&#237;an cesado. 

-&#161;Separarnos, separarnos! -exclam&#243; furioso y desesperado Nataniel. Bes&#243; la mano de Olimpia y se inclin&#243; sobre su boca; sus labios ardientes se encontraron con los suyos helados. Se estremeci&#243; como cuando toc&#243; por primera vez la fr&#237;a mano de Olimpia, y la leyenda de la novia muerta le vino de pronto a la memoria; pero al abrazar y besar a Olimpia sus labios parec&#237;an cobrar el calor de la vida. 

El profesor Spalanzani atraves&#243; lentamente la sala vac&#237;a, sus pasos resonaban huecos y su figura, rodeada de sombras vacilantes, ofrec&#237;a un aspecto fantasmag&#243;rico. 

-&#191;Me amas? &#191;Me amas, Olimpia? &#161;S&#243;lo una palabra! -murmuraba Nataniel. 

Pero Olimpia, levant&#225;ndose, suspir&#243; s&#243;lo: 

-&#161;Ah..., ah...,! 

-&#161;S&#237;, amada estrella de mi amor! -dijo Nataniel-, &#161;t&#250; eres la luz que alumbrar&#225; mi alma para siempre! 

-&#161;Ah..., ah...! -replic&#243; Olimpia alej&#225;ndose. 

Nataniel la sigui&#243;, y se detuvieron delante del profesor. 

-Ya veo que lo ha pasado muy bien con mi hija -dijo &#233;ste sonriendo-: as&#237; que, si le complace conversar con esta t&#237;mida muchacha, su visita ser&#225; bien recibida. 

Nataniel se march&#243; llevando el cielo en su coraz&#243;n. 

Al d&#237;a siguiente la fiesta de Spalanzani fue el centro de las conversaciones. A pesar de que el profesor hab&#237;a hecho todo lo posible para que la reuni&#243;n resultara espl&#233;ndida, hubo numerosas cr&#237;ticas y se dirigieron especialmente contra la muda y r&#237;gida Olimpia, a la que, a pesar de su belleza, consideraron completamente est&#250;pida; se pens&#243; que &#233;sta era la causa por la que Spalanzani la hab&#237;a mantenido tanto tiempo oculta. Nataniel escuchaba estas cosas con rabia, pero callaba; pues pensaba que aquellos miserables no merec&#237;an que se les demostrara que era su propia estupidez la que les imped&#237;a conocer la belleza del alma de Olimpia. 

-Dime, por favor, amigo -le dijo un d&#237;a Segismundo-, dime, &#191;c&#243;mo es posible que una persona sensata como t&#250; se haya enamorado del rostro de cera de una mu&#241;eca? 

Nataniel iba a responder encolerizado, pero se tranquiliz&#243; y contest&#243;: 

-Dime, Segismundo, &#191;c&#243;mo es posible que los encantos celestiales de Olimpia hayan pasado inadvertidos a tus clarividentes ojos? Pero agradezco al destino el no tenerte como rival, pues uno de los dos habr&#237;a tenido que morir a manos del otro. 

Segismundo se dio cuenta del estado de su amigo y desvi&#243; la conversaci&#243;n diciendo que en amor era muy dif&#237;cil juzgar, para luego a&#241;adir: 

-Es muy extra&#241;o que la mayor&#237;a de nosotros haya juzgado a Olimpia del mismo modo. Nos ha parecido -no te enfades, amigo- algo r&#237;gida y sin alma. Su talle es proporcionado, al igual que su rostro, es cierto. Podr&#237;a parecer bella si su mirada no careciera de rayos de vida, quiero decir, de visi&#243;n. Su paso es extra&#241;amente r&#237;tmico, y cada uno de sus movimientos parece provocado por un mecanismo. Su canto, su interpretaci&#243;n musical tiene ese ritmo regular e inc&#243;modo que recuerda el funcionamiento de una m&#225;quina, y pasa lo mismo cuando baila. Olimpia nos resulta muy inquietante, no queremos tener nada que ver con ella, porque nos parece que se comporta como un ser viviente pero que pertenece a una naturaleza distinta. 

Nataniel no quiso abandonarse a la amargura que provocaron en &#233;l las palabras de Segismundo. Hizo un esfuerzo para contenerse y respondi&#243; simplemente muy serio: 

-Para ustedes, almas prosaicas y fr&#237;as, Olimpia resulta inquietante. S&#243;lo al esp&#237;ritu de un poeta se le revela una personalidad que le es semejante. S&#243;lo a m&#237; se han dirigido su mirada de amor y sus pensamientos, s&#243;lo en el amor de Olimpia he vuelto a encontrarme a m&#237; mismo. A ustedes no les parece bien que Olimpia no participe en conversaciones vulgares, como hacen las gentes superficiales. Habla poco, es verdad, pero esas pocas palabras son para m&#237; como jerogl&#237;ficos de un mundo interior lleno de amor y de conocimientos de la vida espiritual en la contemplaci&#243;n de la eternidad. Ya s&#233; que esto para ustedes no tiene ning&#250;n sentido, y es en vano hablar de ello. 

-&#161;Que Dios te proteja, hermano! -dijo Segismundo dulcemente, de un modo casi doloroso-, pero pienso que vas por mal camino. Puedes contar conmigo si todo... no, no quiero decir nada m&#225;s. 

Nataniel comprendi&#243; de pronto que el fr&#237;o y prosaico Segismundo acababa de demostrarle su lealtad y estrech&#243; de coraz&#243;n la mano que le tend&#237;a. 

Hab&#237;a olvidado por completo que exist&#237;a una Clara en el mundo a la que &#233;l hab&#237;a amado; su madre, Lotario, todos hab&#237;an desaparecido de su memoria. Viv&#237;a solamente para Olimpia, junto a quien permanec&#237;a cada d&#237;a largas horas habl&#225;ndole de su amor, de la simpat&#237;a de las almas y de las afinidades ps&#237;quicas, todo lo cual Olimpia escuchaba con gran atenci&#243;n. 

Nataniel sac&#243; de los lugares m&#225;s rec&#243;nditos de su escritorio todo lo que hab&#237;a escrito, poes&#237;as, fantas&#237;as, visiones, novelas, cuentos, y todo esto se vio aumentado con toda clase de disparatados sonetos, estrofas, canciones que le&#237;a a Olimpia durante horas sin cansarse. Jam&#225;s hab&#237;a tenido una oyente tan admirable. No cos&#237;a ni tricotaba, no miraba por la ventana, no daba de comer a ning&#250;n p&#225;jaro ni jugaba con ning&#250;n perrito, ni con su gato favorito, ni recortaba papeles o cosas parecidas, ni ten&#237;a que ocultar un bostezo con una tos forzada; en una palabra, permanec&#237;a horas enteras con los ojos fijos en &#233;l, inm&#243;vil, y su mirada era cada vez m&#225;s brillante y animada. S&#243;lo cuando Nataniel, al terminar, cog&#237;a su mano para besarla, dec&#237;a: 

-&#161;Ah! &#161;ah! -y luego- buenas noches, mi amor. 

-&#161;Alma sensible y profunda! -exclamaba Nataniel en su habitaci&#243;n-: &#161;S&#243;lo t&#250; me comprendes!

Se estremec&#237;a de felicidad al pensar en las afinidades intelectuales que exist&#237;an entre ellos y que aumentaban cada d&#237;a; le parec&#237;a o&#237;r la voz de Olimpia en su interior, que ella hablaba en sus obras. Deb&#237;a ser as&#237;, pues Olimpia nunca pronunci&#243; otras palabras que las ya citadas. Pero cuando Nataniel se acordaba en los momentos de lucidez, de la pasividad y del mutismo de Olimpia (por ejemplo, cuando se levantaba por las ma&#241;anas y en ayunas) se dec&#237;a: 

-&#191;Qu&#233; son las palabras? &#161;Palabras! La mirada celestial de sus ojos dice m&#225;s que todas las lenguas. &#191;Puede acaso una criatura del Cielo encerrarse en el c&#237;rculo estrecho de nuestra forma de expresarnos? 

El profesor Spalanzani parec&#237;a mirar con mucho agrado las relaciones de su hija con Nataniel, prodig&#225;ndole a &#233;ste todo tipo de atenciones, de modo que cuando se atrevi&#243; a insinuar un matrimonio con Olimpia, el profesor, con gran sonrisa, dijo que dejar&#237;a a su hija elegir libremente. 

Animado por estas palabras y con el coraz&#243;n ardiente de deseos, Nataniel decidi&#243; pedirle a Olimpia al d&#237;a siguiente que le dijera con palabras lo que sus miradas le daban a entender desde hac&#237;a tiempo: que ser&#237;a suya para siempre. Busc&#243; el anillo que su madre le diera al despedirse, para ofrec&#233;rselo a Olimpia como s&#237;mbolo de uni&#243;n eterna. Las cartas de Clara y de Lotario cayeron en sus manos; las apart&#243; con indiferencia. Encontr&#243; el anillo y, poni&#233;ndoselo en el dedo, corri&#243; de nuevo junto a Olimpia. &lt;/TD&gt;&lt;/TR&gt;&lt;/TBODY&gt;&lt;/TABLE&gt;</body>
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Certaldo, como tal vez hab&#233;is podido o&#237;r, es un burgo de Valdelsa, en el Estado de la Toscana y situado en nuestros campos el cual, aunque sea peque&#241;o, estuvo antiguamente habitado por hombres nobles y acaudalados; al cual, porque se encontraban buenos pastos, acostumbraba a ir durante mucho tiempo, todos los a&#241;os una vez, a recoger las limosnas que le daban los tontos, un fraile de San Antonio cuyo nombre era fray Cebolla, tal vez no menos por el nombre que por otra devoci&#243;n bien visto all&#237;, como sea que aquel terreno produce cebollas famosas en toda Toscana. Era este fray Cebolla peque&#241;o de persona, de pelo rojo y alegre gesto, y lo m&#225;s campechano del mundo; y adem&#225;s de esto, no teniendo ninguna ciencia, tan &#243;ptimo hablador y r&#225;pido que quien no lo hubiera conocido no solamente lo habr&#237;a estimado por gran ret&#243;rico sino que habr&#237;a dicho que era el mismo Tulio o tal vez Quintiliano; y casi de todos los de la comarca era compadre o amigo o bienquisto.

El cual, seg&#250;n su costumbre, en el mes de agosto all&#237; se fue una vez entre otras y un domingo por la ma&#241;ana, habiendo todos los buenos hombres y las mujeres de las aldeas de alrededor venido a misa a la parroquia, cuando le pareci&#243; oportuno, avanzando hacia ellos, dijo: -Se&#241;ores y se&#241;oras, como sab&#233;is, vuestra costumbre es mandar todos los a&#241;os a los pobres del bar&#243;n se&#241;or San Antonio algo de vuestro grano y de vuestras mieses, qui&#233;n poco y qui&#233;n mucho, seg&#250;n sus posibilidades y su devoci&#243;n, para que el beato San Antonio os guarde vuestros bueyes y los burros y las ovejas; Y adem&#225;s de esto, sol&#233;is pagar, y especialmente quienes a nuestra cofrad&#237;a est&#225;n apuntados, esa peque&#241;a cuota que se paga una vez al a&#241;o. Para recoger las cuales cosas he sido mandado por mi superior, es decir, por el se&#241;or abad; y por ello con la bendici&#243;n de Dios, despu&#233;s de nona, cuando oig&#225;is tocar las campanillas, venid aqu&#237; fuera de la iglesia, donde yo os echar&#233; el serm&#243;n al modo usado y besar&#233;is la cruz; y adem&#225;s de esto, porque s&#233; que todos sois devot&#237;simos del bar&#243;n San Antonio, como gracia especial os mostrar&#233; una sant&#237;sima y bella reliquia, que yo mismo he tra&#237;do de tierras de ultramar , y es una de las plumas del &#225;ngel Gabriel, que en la alcoba de la Virgen Mar&#237;a se qued&#243; cuando vino a visitarla a Nazaret.

Y dicho esto se call&#243; y volvi&#243; a su misa. Hab&#237;a, cuando fray Cebolla dec&#237;a estas cosas, entre otros muchos j&#243;venes en la iglesia, dos muy astutos, llamado el uno Giovanni del Bragoniera y el otro Biagio Pizzini , los cuales, luego de que alg&#250;n tanto se hubieron re&#237;do entre s&#237; de la reliquia de fray Cebolla, aunque eran muy amigos suyos y de su compa&#241;&#237;a, se propusieron hacerle alguna burla con esta pluma. Y habiendo sabido que fray Cebolla por la ma&#241;ana almorzaba en el castillo con un amigo suyo, al sentirlo sentado a la mesa se bajaron a la calle y al albergue donde estaba hospedado el fraile se fueron, con el prop&#243;sito de que Biagio deb&#237;a dar conversaci&#243;n al criado de fray Cebolla y Giovanni deb&#237;a entre las cosas del fraile buscar aquella pluma, fuese la que fuese, y quit&#225;rsela, para ver qu&#233; dec&#237;a &#233;l al pueblo de este asunto.

Ten&#237;a fray Cebolla un criado a quien algunos llamaban Guccio Balena y otros Guccio Imbratta, y quien le dec&#237;a Guccio Porco , el cual era tan feo que no es verdad que Lippo Topo pintase a alguien semejante. Del que muchas veces fray Cebolla acostumbraba a re&#237;rse con su compa&#241;&#237;a y a decir: -Mi criado tiene nueve cosas tales que si una cualquiera de ellas se encontrase en Salom&#243;n, en Arist&#243;teles o en S&#233;neca tendr&#237;a la fuerza de estropear todo su entendimiento, toda su virtud, toda su santidad. &#161;Pensad qu&#233; hombre debe ser &#233;ste en quien ni virtud, ni entendimiento ni santidad alguna hay, habiendo nueve cosas!

Y siendo alguna vez preguntado que cu&#225;les eran estas nueve cosas, y habi&#233;ndolas puesto en verso, respond&#237;a:

-Os las dir&#233;: es calmoso, pringoso y mentiroso; negligente, desobediente y malediciente; descuidado, desmemoriado y maleducado, sin contar con que tiene algunos defectillos, adem&#225;s de &#233;stos que mejor es callarlos. Y lo que es sumamente risible de sus asuntos es que en todos los sitios quiere tomar mujer y arrendar una casa, y teniendo la barba larga y negra y grasienta le parece que es tan hermoso y placentero que cree que cuantas mujeres le ven se enamoran de &#233;l y si se le dejase andar&#237;a detr&#225;s de todas perdiendo las calzas. Y es verdad que me es de gran ayuda porque nunca hay nadie que me quiera hablar tan en secreto que &#233;l no quiera o&#237;r su parte, y si sucede que me pregunten alguna cosa siente tanto miedo de que yo no sepa responder que prestamente responde &#233;l s&#237; o no, seg&#250;n juzga que conviene. A &#233;ste, al dejarlo en el albergue, fray Cebolla le hab&#237;a mandado que mirase bien que nadie tocase sus cosas, y especialmente sus alforjas que es donde estaban las cosas sagradas; pero Guccio Imbratta, que m&#225;s gustaba de estar en la cocina que el ruise&#241;or sobre las verdes ramas, y m&#225;ximamente si a alguna sirvienta ol&#237;a por all&#237;, habiendo visto a una del hospedero, grasienta y gruesa y peque&#241;a y mal hecha, con un par de tetas que parec&#237;an dos canastas de abono y con una cara que parec&#237;a de los Baronci, toda sudada, mugrienta y ahumada, no de otro modo que el buitre se arroja sobre la carro&#241;a, abandonando la c&#225;mara de fray Cebolla y todas sus cosas, all&#225; se dej&#243; caer.

Y aunque fuese agosto, sent&#225;ndose junto al fuego comenz&#243; con &#233;sta, que Nuta ten&#237;a por nombre, a entrar en conversaci&#243;n y a decirle que &#233;l era hombre noble por delegaci&#243;n y que ten&#237;a m&#225;s de milientainueve florines, sin contar con los que ten&#237;a que dar a otro que eran m&#225;s o menos los mismos, y que sab&#237;a hacer y decir tantas m&#225;s cosas que ni el d&#243;mine unquanque. Y sin mirar un capuz suyo que ten&#237;a tanta grasa que habr&#237;a servido para condimentar la caldera de Altopascio , y a su jubonzuelo roto y remendado, y alrededor del cuello y bajo los sobacos esmaltado de mugre con m&#225;s manchas y m&#225;s colores que nunca tuvieron los pa&#241;os t&#225;rtaros o indios y a sus zapatillas todas rotas y a las calzas descosidas, le dijo, como si hubiera sido el se&#241;or de Chatili&#243;n , que quer&#237;a darle vestidos y pulirla y sacarla de aquella esclavitud de estar en casa ajena, y sin tener grandes posesiones, ponerla en estado de esperar mejor fortuna; y muchas otras cosas, las cuales, por muy afectuosamente que las dijese, convertidas en aire como ocurr&#237;a con la mayor&#237;a de sus empresas, se quedaron en nada. Encontraron, as&#237;, los dos j&#243;venes a Guccio Porco ocupado con Nuta; de la cual cosa contentos, porque la mitad del trabajo se ahorraban, no impidi&#233;ndoselo nadie, en la c&#225;mara de fray Cebolla, que encontraron abierta, entrados, la primera cosa que cogieron para buscar en ella fue la alforja donde estaba la pluma; y abierta la cual, encontraron en un gran paquete de cendales envuelta una peque&#241;a arqueta donde, abierta, encontraron una pluma de aqu&#233;llas de la cola de un papagayo, que pensaron que deb&#237;a ser la que hab&#237;a prometido mostrar a los certalde&#241;os. Y ciertamente pod&#237;a en aquellos tiempos f&#225;cilmente hac&#233;rselo creer, porque todav&#237;a los lujos de Egipto no hab&#237;an llegado a Toscana sino en peque&#241;a cantidad y no como despu&#233;s en grand&#237;sima abundancia, con ruina de toda Italia han llegado; y si eran poco conocidos en aquella comarca, no eran nada conocidos por los habitantes; sino que, conserv&#225;ndose todav&#237;a la ruda honestidad de los antiguos no s&#243;lo no hab&#237;an visto papagayos, sino que ni de lejos la mayor parte nunca hab&#237;an o&#237;do hablar de ellos.

Contentos, pues, los j&#243;venes de haber encontrado la pluma, la cogieron, y para no dejar la arqueta vac&#237;a, viendo carbones en un rinc&#243;n de la c&#225;mara, llenaron con ellos la arqueta; y cerr&#225;ndola y cerrando todas las cosas como las hab&#237;an encontrado, sin haber sido vistos, se fueron contentos con la pluma y se pusieron a esperar lo que fray Cebolla, al encontrar carbones en lugar de la pluma, iba a decir. Los hombres y las mujeres sencillos que estaban en la iglesia, al o&#237;r que iban a ver la pluma del arc&#225;ngel Gabriel despu&#233;s de nona, terminada la misa se volvieron a casa; y dici&#233;ndoselo de un vecino a otro y de una comadre a otra, al terminar todos de almorzar, tantos hombres y tantas mujeres acudieron al castillo que apenas cab&#237;an all&#237;, esperando con deseo de ver aquella pluma.

Fray Cebolla, habiendo almorzado bien y luego dormido un rato, se levant&#243; un poco despu&#233;s de nona y sintiendo que una multitud grande de campesinos hab&#237;a venido para ver la pluma, mand&#243; a decir a Guccio Imbratta que all&#237; con las campanillas subiera y trajese sus alforjas. El cual, luego que con trabajo de la cocina y de la Nuta se arranc&#243;, con las cosas pedidas, con lento paso, all&#225; se fue, y llegando all&#237; sin aliento porque el beber agua le hab&#237;a hecho hincharse mucho el cuero, por mandato de fray Cebolla, bajo la puerta de la iglesia se fue y comenz&#243; a tocar fuertemente las campanillas. Despu&#233;s de que todo el pueblo se reuni&#243;, fray Cebolla, sin haberse apercibido de que nada le hubieran tocado, comenz&#243; su serm&#243;n y a favor de sus intenciones dijo muchas palabras; y teniendo que llegar a mostrar la pluma del &#225;ngel Gabriel, diciendo primero con gran solemnidad el Confiteor, hizo encender dos antorchas, y desenrollando delicadamente los cendales, habi&#233;ndose quitado primero la capucha, fuera sac&#243; la arqueta; y diciendo primeramente unas palabritas en alabanza y loa del arc&#225;ngel Gabriel y de su reliquia, abri&#243; la arqueta. Y cuando llena de carbones la vio, no sospech&#243; que aquello Guccio Balena lo hubiera hecho porque sab&#237;a que no alcanzaba a tanto, ni lo maldijo por no haber cuidado de que otro no lo hiciera; sino que se insult&#243; t&#225;citamente por haberle encomendado la guarda de sus cosas sabi&#233;ndolo como lo sab&#237;a negligente, desobediente, descuidado y desmemoriado; pero sin embargo, sin cambiar de color, alzando el rostro y las manos al cielo dijo de manera que fue o&#237;do por todos:

-&#161;Oh, Dios, alabado sea siempre tu poder!

Luego, volviendo a cerrar la arqueta y volvi&#233;ndose al pueblo, dijo: -Se&#241;ores y se&#241;oras, deb&#233;is saber que siendo yo todav&#237;a muy joven fui enviado por un superior m&#237;o a aquella parte por donde aparece el sol, y me fue ordenado con mandamiento expreso que buscase los privilegios de Porcellana , los cuales, aunque como indulgencias no costasen nada, mucho m&#225;s &#250;tiles les son a otros que a nosotros; por la cual cosa, poni&#233;ndome en camino, partiendo de Vinegia y yendo por el Burgo de Griegos y de all&#237; adelante cabalgando por el reino del Garbo y por Baldacca, llegu&#233; al Pari&#243;n de donde, no sin sed, luego de un tanto llegu&#233; a Cerde&#241;a. &#191;Pero por qu&#233; voy dici&#233;ndoos todos los pa&#237;ses por donde fui buscando? Llegu&#233;, pasado el estrecho de San Giorgio, a Estafia y a Befia, pa&#237;ses muy habitados y con muchas gentes, y de all&#237; llegu&#233; a la Tierra de la Mentira, donde a muchos de nuestros frailes y de otras religiones encontr&#233;, los cuales todos andaban evitando los disgustos por amor de Dios, poco cuid&#225;ndose de otros trabajos cuando ve&#237;an que persegu&#237;an su utilidad, no gastando m&#225;s moneda que la que no estaba acu&#241;ada por aquellos pa&#237;ses; y pasando de all&#237; a la tierra de los Abruzzos, donde los hombres y las mujeres van sin zuecos por los montes, vistiendo a los puercos con sus mismas tripas , y poco m&#225;s all&#225; me encontr&#233; a gentes que llevan el pan en los bastones y el vino en los morrales, desde donde llegu&#233; a las monta&#241;as de los vascos, donde todas las aguas corren hacia abajo. &#187;Y en resumen, tanto anduve que llegu&#233; hasta la India Pastinaca , en donde os juro, por el h&#225;bito que llevo, que vi volar a los plum&#237;feros, cosa incre&#237;ble para quien no los haya visto; pero no me deje mentir Maso del Saggio a quien encontr&#233; all&#237; hecho un gran mercader que cascaba nueces y vend&#237;a las c&#225;scaras al por menor. Pero no pudiendo lo que estaba buscando encontrar, porque de all&#237; en adelante se va por el mar, volvi&#233;ndome atr&#225;s, llegu&#233; a esas santas tierras donde en el verano os cuesta el pan fr&#237;o cuatro dineros y el caldo nada os cuesta ; y all&#237; encontr&#233; al venerable padre se&#241;or Non-me-blasm&#233;is-si-os-place , dign&#237;simo patriarca de Jerusal&#233;n, el cual, por reverencia al h&#225;bito que siempre he llevado del bar&#243;n se&#241;or San Antonio, quiso que viese ya todas las santas reliquias que ten&#237;a junto a s&#237;, y fueron tantas que, si quisiese describiros todas no vendr&#237;an a t&#233;rmino en tal milla; pero por no dejaros desilusionados os dir&#233;, sin embargo, algunas. Primeramente me mostr&#243; el dedo del Esp&#237;ritu Santo tan entero y sano como nunca lo estuvo, y el tup&#233; del seraf&#237;n que se apareci&#243; a San Francisco, y una de las u&#241;as de los querubines, y una de las costillas del Verbum-caripuesto-alajimez , y de los vestidos de la santa fe cat&#243;lica y algunos de los rayos de la estrella que se apareci&#243; a los tres Magos de Oriente, y una ampolla con el sudor de San Miguel cuando combati&#243; con el diablo, y la mand&#237;bula de la muerte de San L&#225;zaro y otras . Y porque yo libremente le entregu&#233; las laderas de Montemoreno en vulgar y algunos cap&#237;tulos del Caprezio que largamente hab&#237;a estado buscando, &#233;l me hizo part&#237;cipe de sus santas reliquias y me don&#243; uno de los dientes de la santa cruz y en una ampolleta algo del sonido de las campanas del templo de Salom&#243;n y la pluma del arc&#225;ngel Gabriel, de la cual ya os he hablado, y uno de los zuecos de San Gherardo de Villamagna , el cual yo, no hace mucho, en Florencia di a Gherardo de los Bonsi , que tiene en &#233;l grand&#237;sima devoci&#243;n; y me dio los carbones con los que fue asado el bienaventurado m&#225;rtir San Lorenzo; las cuales cosas todas aqu&#237; conmigo traje devotamente, y todas las tengo.

&#187;Y es la verdad que mi superior nunca ha permitido que las mostrase hasta tanto que no se ha certificado si son ciertas o no, pero ahora que por algunos milagros hechos por ellas y por cartas recibidas del patriarca se ha asegurado, me ha concedido la licencia para que os las muestre; pero yo, temiendo confi&#225;rselas a nadie, siempre las llevo conmigo. Cierto que llevo la pluma del arc&#225;ngel Gabriel, para que no se estropee, en una arqueta, y los carbones con los cuales fue asado San Lorenzo en otra, las cuales son tan semejantes la una a la otra que muchas veces he cogido la una por la otra, y ahora me ha ocurrido; y creyendo que hab&#237;a tra&#237;do la arqueta donde estaba la pluma, he tra&#237;do aquella en donde est&#225;n los carbones. Lo que no reputo como error sino que me parece que sea cierto que haya sido la voluntad de Dios y que &#201;l mismo haya puesto la arqueta de los carbones en mis manos, acord&#225;ndome yo hace poco que la fiesta de San Lorenzo es de aqu&#237; a dos d&#237;as; y por ello, queriendo Dios que yo, al mostraros los carbones con los que fue asado, encienda en vuestras almas la devoci&#243;n que en &#233;l deb&#233;is tener, no la pluma que quer&#237;a sino los benditos carbones rociados con el humor de aquel sant&#237;simo cuerpo me hizo coger. Y por ello, hijos benditos, quitaos las capuchas y acercaos aqu&#237; devotamente a verlos. Pero primero quiero que sep&#225;is que cualquiera que por estos carbones es tocado con la se&#241;al de la cruz puede vivir seguro todo el a&#241;o de que no le quemar&#225; fuego que no sienta.

Y luego que hubo dicho as&#237;, cantando un laude de San Lorenzo, abri&#243; la arqueta y mostr&#243; los carbones, los cuales luego de que un rato la est&#250;pida multitud hubo mirado con reverente admiraci&#243;n, con grand&#237;simo ruido de pies todos se acercaron a fray Cebolla, y dando mayores limosnas de lo que acostumbraban, que les tocase con ellos le rogaban todos. Por la cual cosa, fray Cebolla, cogiendo aquellos carbones en la mano, sobre sus camisolas blancas y sobre los jubones y sobre los velos de las mujeres comenz&#243; a hacer las cruces mayores que le cab&#237;an, afirmando que cuanto se gastaban al hacer aquellas cruces lo crec&#237;an despu&#233;s en la arqueta, como &#233;l hab&#237;a experimentado muchas veces. Y de tal guisa, no sin grand&#237;sima utilidad suya, habiendo cruzado a todos los certalde&#241;os, por su r&#225;pida invenci&#243;n se burl&#243; de aquellos que, quit&#225;ndole la pluma, hab&#237;an querido burlarse de &#233;l. Los cuales, estando en su serm&#243;n y habiendo o&#237;do el extraordinario remedio encontrado por &#233;l, y c&#243;mo se las hab&#237;a arreglado y con qu&#233; palabras, se hab&#237;an re&#237;do tanto que hab&#237;an cre&#237;do que se les desencajaban las mand&#237;bulas; y luego de que se hubo ido el vulgo, yendo a &#233;l, con la mayor fiesta del mundo lo que hab&#237;an hecho le descubrieron y luego le devolvieron su pluma, la cual al a&#241;o siguiente le vali&#243; no menos que aquel d&#237;a le hab&#237;an valido los carbones.

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    <title>Giovanni Boccaccio, El Decamer&#243;n: El Hermano Limosnero o El Charlatanismo de los Frailes</title>
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    <body>&lt;TABLE border=0 cellSpacing=4 cellPadding=0 width="100%"&gt;Aquiles hab&#237;a alcanzado a la tortuga y se hab&#237;a sentado c&#243;modamente sobre su caparaz&#243;n. 

"&#191;De modo que ha llegado usted al final de nuestra carrera?" dijo la Tortuga. "&#191;A&#250;n cuando consist&#237;a en una serie infinita de distancias? &#191;Pens&#243; que alg&#250;n sabihondo hab&#237;a probado que la cuesti&#243;n no pod&#237;a ser realizada?"

"S&#237; puede ser realizada", dijo Aquiles. "&#161;Ella ha sido realizada! Solivitur ambulando. Usted ve, las distancias fueron disminuyendo constantemente y asi..."

"&#191;Pero si hubieran ido aumentando," interrumpi&#243; la tortuga, "entonces qu&#233;?"

"Entonces yo no deber&#237;a estar aqu&#237;", replic&#243; modestamente Aquiles; "y a estas alturas usted hubiera dado ya varias vueltas al mundo."

"Me aclama - aplana, quiero decir", dijo la Tortuga; "pues usted s&#237; que es un peso pesado, &#161;sin duda! Ahora bien, &#191;le gustar&#237;a oir acerca de una carrera en la que la mayor&#237;a de la gente cree poder llegar con dos o tres pasos al final y que realmente consiste en un n&#250;mero infinito de distancias, cada una m&#225;s larga que la distancia anterior?".

"&#161;Me encantar&#237;a, de veras!" dijo el guerrero griego mientras sacaba de su casco (pocos guerreros griegos pose&#237;an bolsillos en aquellos d&#237;as) una enorme libreta de apuntes y un l&#225;piz. "&#161;Empiece, y hable lentamente, por favor! &#161;La taquigrafia a&#250;n no ha sido inventada!"

"&#161;El hermoso Primer Teorema de Euclides!", murmur&#243; como en sue&#241;os la tortuga. "&#191;Admira usted a Euclides?"

"&#161;Apasionadamente! &#161;Al menos, tanto como uno puede admirar un tratado que no ser&#225; publicado hasta dentro de algunos siglos m&#225;s!"

"Bien, en ese caso tomemos solo una peque&#241;a parte del argumento de ese Primer Teorema: s&#243;lo dos pasos y la conclusi&#243;n extra&#237;da de ellos. Tenga la bondad de registrarlos en su libreta. Y, a fin de referirnos a ellos convenientemente, llam&#233;moslos A, B y Z.



 &lt;DL&gt; &lt;DD&gt;(A) Dos cosas que son iguales a una tercera son iguales entre s&#237;. 

 &lt;DD&gt;(B) Los dos lados de este tri&#225;ngulo son iguales a un tercero. 

 &lt;DD&gt;(Z) Los dos lados de este tri&#225;ngulo son iguales entre s&#237;.

&lt;/DD&gt;&lt;/DL&gt;Los lectores de Euclides admitir&#225;n, supongo, que Z se sigue l&#243;gicamente de A y B, de modo que quien acepte A y B como verdaderas debe aceptar Z como verdadera, &#191;no?"

"&#161;Sin duda! Hasta el m&#225;s joven de los alumnos de una Escuela Superior -tan pronto como se inventen las Escuelas Superiores, cosa que no suceder&#225; hasta dentro de dos mil a&#241;os- admitir&#225;n eso." 

"Y si alg&#250;n lector no ha aceptado A y B como verdaderas, supongo que a&#250;n podr&#237;a aceptar la secuencia como valida."

"Sin duda que podr&#237;a existir un lector as&#237;. El podr&#237;a decir 'Acepto como verdadera la Proposici&#243;n Hipot&#233;tica de que si A y B son verdaderas, Z debe ser verdadera, pero no acepto A y B como verdaderas'. Un lector as&#237; proceder&#237;a sabiamente abandonando a Euclides y dedic&#225;ndose al f&#250;tbol."

"&#191;Y no podr&#237;a haber tambien alg&#250;n lector que pudiera decir 'Acepto A y B como verdaderas, pero no acepto la Hipot&#233;tica'?"

"Ciertamente podr&#237;a haberlo. El, tambi&#233;n, mejor se hubiera dedicado al f&#250;tbol."

"&#191;Y ninguno de estos lectores", continu&#243; la Tortuga, "tiene hasta ahora alguna necesidad l&#243;gica de aceptar Z como verdadera?"

"As&#237; es", asinti&#243; Aquiles.

"Ahora bien, quiero que Ud. me considere a m&#237; como un lector del segundo tipo y que me fuerce, l&#243;gicamente, a aceptar Z como verdadera."

"Una Tortuga jugando al f&#250;tbol ser&#237;a..." comenz&#243; Aquiles.

"... Una anomal&#237;a, por supuesto", interrumpi&#243; airadamente la Tortuga. "&#161;No se desv&#237;e del tema, Primero Z y despu&#233;s el f&#250;tbol!"

"&#191;Debo forzarlo a aceptar Z, o no?" pregunt&#243; Aquiles pensativamente. "Y su posici&#243;n actual es que acepta A y B pero NO acepta la Hipot&#233;tica..."

"Llam&#233;mosla C", dijo la tortuga; "pero no acepta que:

(C) Si A y B son verdaderas, Z debe ser verdadera."

"Esa es mi posici&#243;n actual", dijo la Tortuga.

"Entonces debo pedirle que acepte C."

"Lo har&#225; as&#237;", dijo la Tortuga, "tan pronto como lo haya registrado en su libreta de Apuntes. &#191;Qu&#233; m&#225;s tiene anotado?"

"&#161;S&#243;lo unos pocos apuntes" dijo Aquiles agitando nerviosamente las hojas; "unos pocos apuntes de las batallas en las que me he distinguido!"

"&#161;Veo que hay un mont&#243;n de hojas en blanco!" observ&#243; jovialmente la Tortuga. "&#161;Las necesitaremos todas!" (Aquiles se estremeci&#243;) "Ahora escriba mientras dicto:

(A) Dos cosas que son iguales a una tercera son iguales entre s&#237;.

(B) Los dos lados de este tri&#225;ngulo son iguales a un tercero.

(C) Si A y B son verdaderas, Z debe ser verdadera.

(Z) Los dos lados de este tri&#225;ngulo son iguales entre s&#237;."

"Deber&#237;a llamarla D, no Z", dijo Aquiles. "Viene despu&#233;s de las otras tres. Si acepta A y B y C, debe aceptar Z."

"&#191;Y por qu&#233; debo?"

"Porque se desprende l&#243;gicamente de ellas. Si A y B y C son verdaderas, Z debe ser verdadera. No puede discutir eso, me imagino."

"Si A y B y C son verdaderas, Z debe ser verdadera", repiti&#243; pensativamente la Tortuga. "&#191;Esa es otra Hip&#243;tesis, o no? Y, si no reconociera su veracidad, &#191;podr&#237;a aceptar A y B y C, y todav&#237;a no aceptar Z, o no?"

"Podr&#237;a", admiti&#243; el c&#225;ndido h&#233;roe, "aunque tal obstinaci&#243;n ser&#237;a ciertamente fenomenal. Sin embargo, el evento es posible. De modo que debo pedirle que admita una Hip&#243;tesis m&#225;s."

"Muy bien, estoy ansioso por admitirla, tan pronto como la haya anotado. La llamaremos 'D'. Si A y B y C son verdaderas, Z debe ser verdadera. &#191;Lo ha registrado en su libreta de apuntes?"

"&#161;Lo he hecho!" exclam&#243; gozosamente Aquiles, mientras guardaba el l&#225;piz en su estuche. "&#161;Y por fin hemos llegado al final de esta carrera ideal! Ahora que ha aceptado A y B y C y D, por supuesto acepta Z."

"&#191;La acepto?" dijo la Tortuga inocentemente. "Dej&#233;moslo completamente claro. Acepto A y B y C y D. Suponga que todav&#237;a me niego a aceptar Z."

"&#161;Entonces la L&#243;gica le agarrar&#237;a del cuello y le forzar&#237;a a hacerlo!", replic&#243; triunfalmente Aquiles. "La L&#243;gica le dir&#237;a, '&#161;No se puede librar. Ahora que ha aceptado A y B y C y D, debe aceptar Z!' De modo que no tiene alternativa, Ud. ve."

"Cualquier cosa que la L&#243;gica tenga a bien decirme merece ser anotada", dijo la Tortuga, "de modo que reg&#237;strela en su libro, por favor. La llamaremos
'E' Si A y B y C y D son verdaderas, Z debe ser verdadera. Hasta que haya admitido eso, por supuesto no necesito admitir Z. De modo que es un paso completamente necesario, &#191;ve Ud.?"

"Ya veo", dijo Aquiles; y hab&#237;a un toque de tristeza en su tono de voz.

Aqu&#237; el narrador, que ten&#237;a urgentes negocios en el Banco, se vio obligado a dejar a la simp&#225;tica pareja y no pas&#243; por el lugar nuevamente hasta algunos meses despu&#233;s. Cuando lo hizo, Aquiles estaba a&#250;n sentado sobre el caparaz&#243;n de la muy tolerante Tortuga y segu&#237;a escribiendo en su libreta de apuntes que parec&#237;a estar casi llena. 

La Tortuga estaba diciendo, "&#191;ha anotado el &#250;ltimo paso? Si no he perdido la cuenta, ese es el mil uno. Quedan varios millones m&#225;s todav&#237;a. Y le importar&#237;a, como un favor personal, considerando el rompecabezas que este coloquio nuestro proveer&#237;a los L&#243;gicos del siglo XIX. &#191;le importar&#237;a adoptar un retru&#233;cano que mi prima la Tortugacu&#225;tica Artificial har&#225; entonces y permitirse ser renombrado 'Aquiles el Sutiles'?"

"&#161;Como guste!", replic&#243; el cansado guerrero con un triste tono de desesperanza en su voz, mientras sepultaba la cara entre sus manos. "Siempre que usted, por su parte, adopte un retru&#233;cano que la Tortugacu&#225;tica Artificial nunca hizo y se permita renombrarse 'Tortuga Tortura".





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    <title>Metal&#243;gica: "Lo que la Tortuga le dijo a Aquiles" de Lewis Carroll</title>
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 En la ciudad de Cafsa, en Berber&#237;a, hubo hace tiempo un hombre riqu&#237;simo que, entre otros hijos, ten&#237;a una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad hab&#237;a alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un d&#237;a pregunt&#243; a uno de ellos en qu&#233; materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que serv&#237;an mejor a Dios aquellos que m&#225;s hu&#237;an de las cosas del mundo, como hac&#237;an quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se hab&#237;an retirado. La joven, que simplic&#237;sima era y de edad de unos catorce a&#241;os, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin decir nada a nadie, a la ma&#241;ana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encamin&#243;; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, despu&#233;s de algunos d&#237;as a aquellas soledades lleg&#243;, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo var&#243;n encontr&#243; en la puerta, el cual, maravill&#225;ndose de verla all&#237;, le pregunt&#243; qu&#233; es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y tambi&#233;n qui&#233;n le ense&#241;ara c&#243;mo se le deb&#237;a servir. El honrado var&#243;n, vi&#233;ndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la reten&#237;a, lo enga&#241;ara, le alab&#243; su buena disposici&#243;n y, d&#225;ndole de comer algunas ra&#237;ces de hierbas y frutas silvestres y d&#225;tiles, y agua a beber, le dijo: 

 -Hija m&#237;a, no muy lejos de aqu&#237; hay un santo var&#243;n que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: ir&#225;s a &#233;l.

 Y le ense&#241;&#243; el camino; y ella, llegada a &#233;l y o&#237;das de &#233;ste estas mismas palabras, yendo m&#225;s adelante, lleg&#243; a la celda de un ermita&#241;o joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era R&#250;stico, y la petici&#243;n le hizo que a los otros les hab&#237;a hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los dem&#225;s la mand&#243; irse, o seguir m&#225;s adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de &#233;ste, el cual, encontr&#225;ndose muy enga&#241;ado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvi&#243; las espaldas y se entreg&#243; como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de &#233;sta comenz&#243;, y adem&#225;s de esto, a pensar en qu&#233; v&#237;a y en qu&#233; modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que &#233;l, como hombre disoluto, quer&#237;a llegar a aquello que deseaba de ella.

 Y probando primero con ciertas preguntas que no hab&#237;a nunca conocido a hombre averigu&#243;, y que tan simple era como parec&#237;a, por lo que pens&#243; c&#243;mo, bajo especie de servir a Dios, deb&#237;a traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostr&#243; cu&#225;n enemigo de Nuestro Se&#241;or era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que m&#225;s grato pod&#237;a ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Se&#241;or lo hab&#237;a condenado. La jovencita le pregunt&#243; c&#243;mo se hac&#237;a aquello; R&#250;stico le dijo:

 -Pronto lo sabr&#225;s, y para ello har&#225;s lo que a m&#237; me veas hacer. Y empez&#243; a desnudarse de los pocos vestidos que ten&#237;a, y se qued&#243; completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra &#233;l la hizo ponerse a ella. Y estando as&#237;, sinti&#233;ndose R&#250;stico m&#225;s que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedi&#243; la resurrecci&#243;n de la carne; y mir&#225;ndola Alibech, y maravill&#225;ndose, dijo:

 -R&#250;stico, &#191;qu&#233; es esa cosa que te veo que as&#237; se te sale hacia afuera y yo no la tengo?

 -Oh, hija m&#237;a -dijo R&#250;stico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grand&#237;sima molestia, tanto que apenas puedo soportarlo.

 Entonces dijo la joven:

 -Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que t&#250;, que no tengo yo ese diablo.

 Dijo R&#250;stico:

 -Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.

 Dijo Alibech:

 -&#191;El qu&#233;?

 R&#250;stico le dijo:

 -Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aqu&#237; para la salvaci&#243;n de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si t&#250; quieres tener de m&#237; tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me dar&#225;s a m&#237; grand&#237;simo consuelo y dar&#225;s a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.

 La joven, de buena fe, repuso:

 -Oh, padre m&#237;o, puesto que yo tengo el infierno, sea como quer&#233;is.

 Dijo entonces R&#250;stico:

 -Hija m&#237;a, bendita seas. Vamos y met&#225;moslo, que luego me deje estar tranquilo.

 Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le ense&#241;&#243; c&#243;mo deb&#237;a ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios. La joven, que nunca hab&#237;a puesto en el infierno a ning&#250;n diablo, la primera vez sinti&#243; un poco de dolor, por lo que dijo a R&#250;stico:

 -Por cierto, padre m&#237;o, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.

 Dijo R&#250;stico:

 -Hija, no suceder&#225; siempre as&#237;.

 Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron all&#237;, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se qued&#243; tranquilo. Pero volvi&#233;ndole luego muchas veces en el tiempo que sigui&#243;, y disponi&#233;ndose la joven siempre obediente a quit&#225;rsela, sucedi&#243; que el juego comenz&#243; a gustarle, y comenz&#243; a decir a R&#250;stico:

 -Bien veo que la verdad dec&#237;an aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.

 Por la cual cosa, muchas veces iba a R&#250;stico y le dec&#237;a:

 -Padre m&#237;o, yo he venido aqu&#237; para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.

 Haciendo lo cual, dec&#237;a alguna vez:

 -R&#250;stico, no s&#233; por qu&#233; el diablo se escapa del infierno; que si estuviera all&#237; de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldr&#237;a nunca.

 As&#237;, tan frecuentemente invitando la joven a R&#250;stico y consol&#225;ndolo al servicio de Dios, tanto le hab&#237;a quitado la lana del jub&#243;n que en tales ocasiones sent&#237;a fr&#237;o en que otro hubiera sudado; y por ello comenz&#243; a decir a la joven que al diablo no hab&#237;a que castigarlo y meterlo en el infierno m&#225;s que cuando &#233;l, por soberbia, levantase la cabeza:

 -Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.

 Y as&#237; impuso alg&#250;n silencio a la joven, la cual, despu&#233;s de que vio que R&#250;stico no le ped&#237;a m&#225;s meter el diablo en el infierno, le dijo un d&#237;a:

 -R&#250;stico, si tu diablo est&#225; castigado y ya no te molesta, a m&#237; mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien har&#225;s si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.

 R&#250;stico, que de ra&#237;ces de hierbas y agua viv&#237;a, mal pod&#237;a responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querr&#237;an poder tranquilizar al infierno, pero que &#233;l har&#237;a lo que pudiese; y as&#237; alguna vez la satisfac&#237;a, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un le&#243;n; de lo que la joven, no pareci&#233;ndole servir a Dios cuanto quer&#237;a, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de R&#250;stico y el infierno de Alibech hab&#237;a, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuesti&#243;n, sucedi&#243; que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardi&#243; el padre de Alibech con cuantos hijos y dem&#225;s familia ten&#237;a; por la cual cosa Alibech de todos sus bienes qued&#243; heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que &#233;sta estaba viva, poni&#233;ndose a buscarla y encontr&#225;ndola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que hab&#237;an sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de R&#250;stico y contra la voluntad de ella, la volvi&#243; a llevar a Cafsa y la tom&#243; por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero pregunt&#225;ndole las mujeres que en qu&#233; serv&#237;a a Dios en el desierto, no habi&#233;ndose todav&#237;a Neerbale acostado con ella, repuso que le serv&#237;a metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale hab&#237;a cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio. Las mujeres preguntaron:

 -&#191;C&#243;mo se mete al diablo en el infierno?

 La joven, entre palabras y gestos, se los mostr&#243;; de lo que tanto se rieron que todav&#237;a se r&#237;en, y dijeron:

 -No est&#233;s triste, hija, no, que eso tambi&#233;n se hace bien aqu&#237;, Neerbale bien servir&#225; contigo a Dios Nuestro Se&#241;or en eso.

 Luego, dici&#233;ndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el m&#225;s agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todav&#237;a se oye. Y por ello vosotras, j&#243;venes damas, que necesit&#225;is la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.

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    <title>Giovanni Boccaccio, El Decamer&#243;n: Alibech o La Nueva Conversa</title>
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