17 Feb 2008
Los rastros que deja el amor...(Ejercicio)
Mi pelo en tu nariz,
tu baba en mi escote,
mi carmín alrededor de tu camisa,
tu mancha de café en mi encimera,
mis medias en la guantera de tu coche,
tus slips perdidos junto a mis pastas de té,
mi orquilla y sus cabellos entre tus apuntes,
tu mordisco en mi cuello,
mi arañazo en tu espalda,
tu carta cursi en mi escritorio burlón,
mi corazón roto envuelto por tu cinta adhesiva.
04 Feb 2008
La increible historia de la mujer que quiso ser idea (Ejercicio)
Inició su camino en busca de lo impensable, lo indescriptible, quizás lo inverosimil aunque nunca exento de humildad, lo irreal e irracional y tan difil le resultó creer que perdió la fe y el rumbo, llegando al principio del comienzo.
Entonces, sus reflexiones empezaron a sangrarle a botones y tanta sangre perdió que a punto estuvo de morir su espíritu.
¿Dónde estoy? ¿Dónde estás? ¿Por qué tú? No me encuentro. No te veo. ¿En qué momento me perdí?
Mi historia, la que escribe mi vida gesto a gesto, se perdió hace mucho, el día que le encontré.
Yo era una joven tranquila y sencilla, sin demasiadas preocupaciones. El cielo es azul y la tierra firme.
Pero empezaste a susurrarme, a hablarme, a gritarme con tanta vehemencia que me ponía a llorar y me decías: “libertad”, esa era tu palabra favorita, “búsqueda”, “evasión”, “espíritu”, “viaje”...
Disparabas contra mi cuerpo, casi inerte, toda tu rabia y la necesidad de huir, de buscar lo que tú ni siquiera entendías.
Caminábamos sobre el vacío colgados de un tela frágil y desgastada.
Poco a poco, me fuí transformando. Primero mis manos se alargaron. Mis preciosos dedos musicales podían acariciarlo todo, alcanzarlo todo, tocar y sentir con la gracia de una flor temprana que no teme a nada y retiene los rayos del sol para sí. Ese mismo crecimiento envenenó el resto del cuerpo que se volvió delgado y azul. Cada vez más delgado, cada vez más azul hasta convertirse en un rayo, en una ráfaga de ideas inconexas que surcan tu mente con agilidad. Y ahora, soy uno más de tus pensamientos, una idea copiada, repetida, pegada a ti.
03 Nov 2007
No sé utilizar paraguas...(Ejercicio del taller)
No sé utilizar paraguas, son como los malos amigos, necesitan manual de instrucciones y siempre te dejan tirada en la peor situación. Por eso, desde aquel día, siempre llevo la sección de deportes en el bolso, nada como el papel de periódico, cómodo y calentito, para hacerse un buen sombrero de lluvia.
Fue hace mucho tiempo, más del que pueda recordar, es decir, unas dos semanas.
Iba paseando tranquilamente por una calle comercial, con sus rótulos luminosos y sus maravillosas tiendas llenas de artículos imprescindibles para la vida moderna cuando noté como unas gotitas de lluvia golpeaban mi hombro invitándome a sacar el paraguas.
Yo, ciudadana precavida y preparada, sin perder un instante, saqué del bolso mi paraguas All Star rojo, último modelo y me dispuse a abrirlo con toda naturalidad.
Clic, clic, se atasca, vaya, será que hoy no he desayunado mis tostadas de foie y estoy más débil de lo habitual,
ras, ras, pues nada, no puedo abrirlo, si, ya cede, parece que ahora si,
crock, disculpe señora, no quería clavar la punta en su ojo, si ya sé que solo tiene dos pero entienda que ha sido sin querer y yo no puedo permitir que se moje mi traje nuevo por culpa de esta incomoda lluvia, que va a llamar a la policía, pues inténtalo bonita, aquí no hay cobertura.
Sin saber ni cómo ni por qué desperté de mi atontamiento acuoso en el calabozo municipal, con las uñas destrozadas y cabellos rubios entre las mismas, un par de moratones y a mi lado sí, el paraguas. Como sólo podía hacer una llamada telefoneé a mi masajista, presintiendo que no iba a llegar a tiempo a la cita. Tras pagar la fianza con los últimos ahorros que tenía destinados a mi depilación láser, salí a la calle con esas ansias de libertad olvidada propias de un preso. Había pasado la noche a la sombra. Comprobar. Bolso, chaqueta y el paraguas.
Día marrón claro, estábamos en noviembre. Noté con cierto rencor como de nuevo empezaba a llover tímidamente primero, con más fuerza según iban pasando las gotas. En un arranque de valentía, propia de mi condición, miré al paraguas, me aseguré de que no había nadie a mi alrededor y poco a poco, con suavidad y cariño, como si fuese un gatito perdido, comencé a abrirlo. Nada podía pasar, lo había planeado bien. Si, ya no queda nada, casi, casi, deslicé la varilla final hasta el seguro, digna cima de la victoria. Un momento, no...no puedo respirar. En un descuido mezquino, el bellaco instrumento se había cerrado sobre mi y me engullía cruel cual planta carnívora. Grité, luché, chillé, hubo lagrimas, insultos, súplicas, todo fue en vano, el fatal elemento me estaba devorando y no podía hacer nada para impedirlo. Forcejeé pero un instante después mi cuerpo dejó de moverse.
Cuando uno sabe que es el fin, olvida la lucha y vuela con la imaginación a esos recuerdos de la infancia donde no existe el dolor. Ya está, se acabó.
Señora, levántese del suelo. Está entorpeciendo el paso en la calzada. Destrozada, humillada, con un tacón roto y el rimel corrido volví a casa. Habían sido los dos peores días de mi vida, después del cumpleaños de Piluca, claro.
Tras esto, quemé el paraguas, tiré al contenedor sus cenizas, no me convenía dejar pistas y me juré que nunca más volvería a comprar uno aunque hiciese juego con mi cartera. Definitivamente, no sé utilizar paraguas.
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