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    <body>Mirar el mundo desde un rinc&#243;n de timidez o desde un alma dolorida o desde una est&#233;tica ajena a las modas puede ofrecer a cambio la oportunidad de dejar una obra art&#237;stica relevante. A los t&#237;midos, los inseguros, los delicados, los timoratos, los escrupulosos, los heterodoxos, los rebeldes, los m&#237;sticos, los perfeccionistas e insatisfechos de toda laya la fortuna los compensa a veces con una rara lucidez de la que carecen quienes que van pisando fuerte. La energ&#237;a del oportunista se malgasta en astucias, todo ese arduo trabajo del medro que embota la sensibilidad. Luego llega la posteridad con sus compensaciones, y los que en vida triunfaron son borrados de la memoria colectiva, mientras que algunas obras t&#237;midas de artistas t&#237;midos (Joseph Joubert, por ejemplo) obtienen inesperados reconocimientos p&#243;stumos, como si hubiesen sido escritas para los lectores de doscientos a&#241;os despu&#233;s.

Digo a veces, algunos, tal vez. No basta con haber vivido una vida oscura y escrito una obra en los m&#225;rgenes para que la posteridad autom&#225;ticamente otorgue su compensaci&#243;n. Ese es un falso mito que circula como consuelo entre los escritores secretos. Querido escritor secreto: si sue&#241;as con la esquiva gloria, tal vez no seas t&#250; de los elegidos. Sospecho que los de verdad buenos son los que se quedan a solas con su arte, siempre, sin rencor, pase lo que pase. Aunque qui&#233;n sabe. 

Las obras completas de Joseph Joubert son sus cartas y los cuadernos de notas que escribi&#243; durante cincuenta a&#241;os. No public&#243; nada, nunca. No ense&#241;&#243; a casi nadie lo que escrib&#237;a. Aunque en su juventud hizo alg&#250;n amago de escribir "libros bonitos", acordes con las modas de la &#233;poca, muy pronto desisti&#243; de la vulgar tarea de terminar (o comenzar) un libro. "Su pasi&#243;n fue el fragmento, lo conciso, la frase rodeada de silencio" (Juan Malpartida).

No es que a Joubert lo rechazaran los cr&#237;ticos o editores de la &#233;poca. Es que nunca le dio la gana de publicar. Autor sin libro, escritor sin escritos, como dice Maurice Blanchot en &lt;EM&gt;El libro que vendr&#225; &lt;/EM&gt;(y despu&#233;s parafrasear&#225; Vila-Matas en &lt;EM&gt;Bartleby y compa&#241;&#237;a&lt;/EM&gt;). "Fue uno de los primeros escritores totalmente modernos: nunca escribi&#243; un libro. S&#243;lo se prepar&#243; a escribir uno..." 

Joubert se sab&#237;a perezoso, escrupuloso, postergador. No le interes&#243; el &#233;xito social. Fue incapaz de "trabajos largos", estuvo negado para el "discurso continuo". Tuvo una vocaci&#243;n irresistible por el silencio (Thibaudet). Si busc&#243; la verdad fue para poseerla, no para difundirla (Beaunier). A lo sumo para compartirla con unos pocos amigos en paseos y conversaciones. Para ejercer de encantador p&#250;blico hubiera tenido que salir de su vida interior, correr riesgos (Billy), y arriesgarse le daba una pereza invencible.

Adem&#225;s de Chateubriand, su mejor amigo fue un tal Louis de Fontanes, diputado, ministro, senador e incluso poeta, ejemplo eximio de triunfador en vida. Carlos Pujol, en su edici&#243;n de los &lt;EM&gt;Pensamientos&lt;/EM&gt; de Joubert, lo define as&#237;: "Y Fontanes (a quien la posteridad ha olvidado con toda justicia, veng&#225;ndose as&#237; de sus &#233;xitos) resume otros aspectos que Joubert aborrece: el esp&#237;ritu servil, el arribismo, la oportunidad siempre aprovechada para medrar, la mano izquierda, ese habil&#237;simo don para fingir que uno es alguien y, adem&#225;s, necesario. Fontanes, el triunfador, el figur&#243;n del primer Imperio". "A su sombra Joubert se hace a&#250;n m&#225;s retra&#237;do, m&#225;s independiente, m&#225;s vergonzoso y modesto". Se gustaron, quiz&#225; porque los contrarios se atraen y porque era imposible que se hicieran da&#241;o: Fontanes ten&#237;a cosas que, a su manera, Joubert envidiaba, y Joubert era el amigo perfecto para alguien como Fontanes, pues jam&#225;s podr&#237;a ser su competidor en la arena p&#250;blica. Pero quien brill&#243; y estuvo atento a la moda ha sido olvidado, como esa vajilla de los aparadores que cr&#237;a polvo y nunca se usa, y quien escribi&#243; para s&#237; mismo al margen de su tiempo ha encontrado tiempo despu&#233;s sus lectores.  

Joubert no escribi&#243; f&#225;ciles y pulidas m&#225;ximas para hacer brillar su ingenio. No fue un aforista profesional. En su obsesiva b&#250;squeda de la perfecci&#243;n, fue dejando en sus cuadernos retazos, fragmentos, reflexiones fin&#237;simas sobre el arte y la vida que empezaron a ser publicadas (en edici&#243;n reducida y no venal) catorce a&#241;os despu&#233;s de su muerte. Dejando aparte su platonismo (que no entiendo), me gustan su delicadeza, su ligereza, su sensibilidad, su ausencia de sermones, su capacidad de escucha, su exquisita profundidad en todo lo relativo a los libros, la lectura, la cr&#237;tica, la escritura. 

A la solitaria traducci&#243;n de Carlos Pujol se han sumado &#250;ltimamente las de Jos&#233; Antonio Mill&#225;n Alba, Salustiano Mas&#243;, Luis Eduardo Rivera y Manuel Serrat Crespo. Ahora Joubert es algo menos secreto entre nosotros. Cada traducci&#243;n de sus aforismos contiene matices y aromas propios. Empezamos ma&#241;ana. 

.

&lt;STRONG&gt;&lt;FONT color=#cc0000&gt;MAURICE BLANCHOT, "Joubert y el espacio", &lt;EM&gt;El libro que vendr&#225;&lt;/EM&gt;. Caracas, Monte &#193;vila Editores, 1992. Traducci&#243;n de Pierre de Place.&lt;/FONT&gt;

&lt;FONT color=#cc0000&gt;ENRIQUE VILA-MATAS, &lt;EM&gt;Bartleby y compa&#241;&#237;a&lt;/EM&gt;. Barcelona, Anagrama, 2000.&lt;/FONT&gt;

&lt;/STRONG&gt;.







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    <title>El delicado bartleby Joseph Joubert</title>
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    <body>&lt;em&gt; E. Taylor Cheever escrib&#237;a libros en su mag&#237;n, jam&#225;s sobre papel. A su muerte, a los sesenta a&#241;os, hab&#237;a completado catorce novelas y creado ciento veintisiete personajes que recordaba con todo detalle.

 &lt;/em&gt;As&#237; comienza "El hombre que escrib&#237;a libros en su mag&#237;n", un extra&#241;o e hilarante cuento de Patricia Highsmith que narra un curioso caso de bartleby, es decir, de escritor que no escribe. Contin&#250;a as&#237; el cuento:

&lt;em&gt; &lt;em&gt;A los veintitr&#233;s a&#241;os Cheever escribi&#243; una novela, &lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/em&gt;&lt;strong&gt;El eterno desaf&#237;o&lt;/strong&gt;&lt;em&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;, que fue rechazada por cuatro editoriales de Londres. Cheever, que por aquella &#233;poca trabajaba de subdirector en un peri&#243;dico de Brighton, mostr&#243; el original a tres o cuatro amigos, periodistas y cr&#237;ticos, todos los cuales, sin excepci&#243;n, le dijeron con una brusquedad que a Cheever le record&#243; las cartas de los editores londinenses: "Los personajes no est&#225;n vivos... Di&#225;logos artificiosos... No se entiende de qu&#233; va... Ya que me pides que te sea franco, te dir&#233; que, en mi opini&#243;n, no lograr&#225;s que se publique aunque la revisaras cien veces... Olv&#237;date de esta y comienza otra..."&lt;/em&gt;

 &lt;/em&gt;Como hacen muchos escritores, Cheever se cas&#243; con una chica modosita cuya renta y cuya rendida admiraci&#243;n hacia su talento le permitieran a &#233;l vivir sin trabajar. Hab&#237;a imaginado que tras la publicaci&#243;n de la primera novela podr&#237;a dejar el peri&#243;dico y dedicarse a escribir narrativa y cr&#237;tica literaria hasta terminar convirti&#233;ndose en una pluma importante del &lt;em&gt;Times&lt;/em&gt; o el &lt;em&gt;Guardian&lt;/em&gt;, de modo que se  puso fervorosamente a pensar en su segunda novela, resuelto a enmendar pasados errores y a no escribir una sola palabra antes de tener el plan perfectamente concebido. Pasaba diez horas diarias encerrado en su estudio, imaginando hasta el &#250;ltimo detalle de &lt;em&gt;El desbaratador de la partida&lt;/em&gt;, t&#237;tulo que nadie m&#225;s que &#233;l conoc&#237;a. Se sab&#237;a de memoria cap&#237;tulos enteros, pero escribir, lo que se dice escribir, s&#243;lo hab&#237;a escrito cosas del tipo "1877-1953", las fechas de nacimiento de los personajes. Naci&#243; su hijo. Pasaron doce meses. Si el libro ya estaba terminado y corregido, &#191;para qu&#233; escribirlo? &#191;No ser&#237;a mejor empezar el siguiente?

 Cuando termin&#243; la tercera novela, su hijo Everett Junior ya ten&#237;a cinco a&#241;os. A los doce a&#241;os el ni&#241;o era consciente de que su padre hab&#237;a escrito seis libros invisibles. A los quince se mor&#237;a de verg&#252;enza cada vez que ten&#237;a que decirle a alg&#250;n amigo que su padre era escritor, pues no hab&#237;a libros que mostrar ni rese&#241;as de las que presumir. No hab&#237;a nada de nada, aunque no por ello su padre no dejaba de tener una actividad fren&#233;tica: terminaba una novela en su mag&#237;n y enseguida se pon&#237;a a concebir la siguiente. Cuando Everett Junior entr&#243; en Oxford, su padre enseguida fue objeto de pitorreo cruel y protagoniz&#243; unas graciosas coplillas que iban de mano en mano por el campus. Pero la familia fue acostumbr&#225;ndose a estas formas de rechazo social, nunca muy expl&#237;citas ni expresivas (al fin y al cabo viv&#237;an en Inglaterra), y asumieron con naturalidad que la vida de los escritores no siempre es un camino de rosas. 

 Cuando su padre agonizaba en el hospital por la dolencia cardiaca que pondr&#237;a fin a su vida, Everett ten&#237;a treinta y ocho a&#241;os y dos hijos adolescentes. Toda la familia, desde la madre hasta su mujer y sus hijos, hab&#237;a terminado por aceptar la extra&#241;a manera de escribir del autor de &lt;em&gt;El hu&#233;rfano &lt;/em&gt;y &lt;em&gt;Vendr&#225;n los a&#241;os peligrosos&lt;/em&gt;. Reunidos con l&#225;grimas en los ojos junto al moribundo, lo recordaban entra&#241;ablemente en su escena caracter&#237;stica, sentado ante la mesa de trabajo, canturreando, la mirada fija en los folios en blanco, sin parar de juguetear con la goma del l&#225;piz. Creando. 

 En su lecho de muerte E. Taylor Cheever imaginaba su epitafio. Los dem&#225;s tuvieron tambi&#233;n que imaginarlo, pues el escritor no solt&#243; prenda. A&#241;os m&#225;s tarde toda la familia, viuda, hijo y nietos, todav&#237;a segu&#237;an lament&#225;ndose de que ni siquiera despu&#233;s de su muerte la obra del novelista hubiera disfrutado de la fama y el respeto que merec&#237;a.

 .

 Fin del cuento.

 .

 El origen de este pintoresco bartleby est&#225; en su fracaso inicial como escritor. Debe de ser por eso que E. Taylor Cheever no figura con todos los honores en &lt;em&gt;Bartleby y compa&#241;&#237;a&lt;/em&gt;, pues para Enrique Vila-Matas "no hay ning&#250;n m&#233;rito en ser un escritor del No porque has fracasado. El fracaso arroja excesiva luz y demasiada poca sombra de misterio a los casos de quienes renuncian a escribir por un motivo tan vulgar". 

 Al fracasar con su primer manuscrito, E. Taylor Cheever se convirti&#243; en un bartleby plat&#243;nico, es decir, en un escritor que cree que lo importante son las ideas. No escribirlas ni plasmarlas, sino crearlas, concebirlas, imaginarlas.  

 .

&lt;strong&gt; (Patricia Highsmith, "El hombre que escrib&#237;a libros en su mag&#237;n", en &lt;em&gt;A merced del viento&lt;/em&gt;, Barcelona, Planeta, 1979. Traducci&#243;n de Helena Valent&#237;)

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    <title>El hombre que escrib&#237;a libros en su mag&#237;n</title>
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    <body>Hay escritores que, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quiz&#225; precisamente por eso), no llegan a escribir nunca, o escriben uno o dos libros y luego renuncian a la escritura, o tras poner en marcha una obra en progreso quedan un d&#237;a paralizados para siempre. Son los escritores que "preferir&#237;an no hacerlo", es decir, que hacen suyo el lema de Bartleby, el silencioso y renuente personaje de Melville. Los bartlebys. Los escritores que no escriben; descubiertos, explicados e inventariados por Enrique Vila-Matas en su imprescindible &lt;EM&gt;Bartleby y compa&#241;&#237;a&lt;/EM&gt;.

Uno de los bartlebys c&#233;lebres de la literatura hispanoamericana es Juan Rulfo. Escribi&#243; dos obras maestras, una novela y un libro de cuentos, y dej&#243; para siempre de escribir. Se dec&#237;a que el peso de haber escrito &lt;EM&gt;Pedro P&#225;ramo &lt;/EM&gt;result&#243; terriblemente inhibitorio para su escritura, tal vez porque Rulfo pensaba haberlo escrito "por casualidad" o haciendo de "m&#233;dium" de una misteriosa voz externa a &#233;l, y no se sent&#237;a capaz de responder a las expectativas creadas. Rulfo se invent&#243; al t&#237;o Celerino para justificar su silencio. "&#191;Que por qu&#233; no escribo?, sol&#237;a decir. Pues porque se me muri&#243; el t&#237;o Celerino, que era el que me contaba las historias. Siempre andaba platicando conmigo. Pero era muy mentiroso. Todo lo que me contaba eran puras mentiras, y entonces, naturalmente, lo que escrib&#237; eran puras mentiras..."

Hay otro bartleby amigo de Rulfo que Vila-Matas no incluye en su libro. Me refiero a Edmundo Valad&#233;s, cuyo primer libro de cuentos, &lt;EM&gt;La muerte tiene permiso &lt;/EM&gt;(1955) fue mejor que el segundo (&lt;EM&gt;Las dualidades funestas&lt;/EM&gt;, 1967), y el segundo mejor que el tercero, as&#237; hasta dejar finalmente de escribir. Creo que Valad&#233;s es uno de esos casos en los que primero el periodista y luego el editor se comieron al escritor. Es decir, el escritor Valad&#233;s sucumbi&#243; ante los oficios relacionados con la literatura que parecen ser la literatura pero que no lo son. Fundador en 1964 de la m&#237;tica revista "El Cuento", la dirigi&#243; hasta su muerte, con m&#225;s de 110 n&#250;meros y 1300 cuentos publicados. Si la vida literaria precisa de creadores, tambi&#233;n necesita lectores e impulsores generosos. Valad&#233;s sacrific&#243; su propia obra para alentar la de los dem&#225;s, pues acab&#243; empleando menos energ&#237;a en sus propios cuentos que en leer y publicar los cuentos de otros cuyas carreras literarias deben su primer impulso a Valad&#233;s. 

Edmundo Valad&#233;s, bartleby por generosidad.

En &lt;EM&gt;As&#237; se escribe un cuento &lt;/EM&gt;(Suma de Letras, 2003) Mempo Giardinelli incluye una entrevista al "maestro Valad&#233;s" realizada en 1985, es decir, cuando el escritor mexicano ten&#237;a setenta a&#241;os. Valad&#233;s se confiesa:

"Tengo que admitir que desaprovech&#233; mucho el tiempo. Yo soy escritor de un cuento por a&#241;o, f&#237;jese, cosa que ni me halaga ni me gusta. Me embarqu&#233; en proyectos de novelas que jam&#225;s termin&#233;... le confieso que en cierto sentido me siento un escritor in&#233;dito. Pero eso s&#237;: de lo que tengo consciencia plena es de que soy escritor, de que tengo muchas cosas por decir y que tal vez pueda decirlas bien... Tengo algunas notas, ambientes, papeles inconclusos, ladrillos, digamos, pero falta la casa. Y me duele mucho, Mempo. Usted lo sabe. Pero tengo el gran consuelo: mi revista es muy apreciada y yo lo s&#233;."

Como si hiciera suyas las terribles palabras de Rilke en sus &lt;EM&gt;Cartas a un joven poeta&lt;/EM&gt;, Valad&#233;s advierte: "El oficio de escritor exige una disciplina, exige un arrojo, exige una entrega... Una decisi&#243;n total: decirse soy escritor y tengo el uso de la palabra, pues voy a usarla. Puedo hacer una obra importante o no hacerla, pero eso no importa... No permite evasivas, no permite excusas... Hay que atreverse a todo eso. Pero uno tiene muchas resistencias &#237;ntimas. Una flojera mental, una carencia de disciplina... Yo creo que el camino de un escritor es descubrir su voz interior. Es un minero decidido a encontrar la mina de oro, lo que cuesta un esfuerzo enorme. Que es lo que debe hacer un escritor, &#191;verdad? Un escritor debe dejar todo con tal de no perder esa voz. Porque esa voz se va gastando in&#250;tilmente... por flojera, por falta de disciplina, falta de pasi&#243;n, de coraje, lo que sea... de eso yo tengo conciencia. La va usted conteniendo, la va secando, y esa voz pierde caudal..."

"Le aseguro qe me hago esa pregunta muchas veces, por qu&#233; hace quince a&#241;os que no escribo. Porque cada vez adquiero m&#225;s conciencia de que soy un escritor, de que puedo decir cosas por medio de la palabra. Y no hacerlo, pues... Ah, no se imagina cu&#225;nto me duele... Ese es el drama de tantos escritores: cancelan esa voz interior, la clausuran..."













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    <title>El bartleby Edmundo Valad&#233;s</title>
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