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    <body>&lt;big&gt;	M&#225;s, la vida marca un precio por vivirla que no es negociable. Que solo cabe aceptar y resignarse o como el caballero luchar con u&#241;as y dientes para cambiar los aconteceres, si estos est&#225;n de su mano, porque aceptar no entra en sus t&#233;rminos contratados, m&#225;s que aquello donde la muerte intervino o donde no encuentra sentimientos. Pues rendirse no es palabra usada en su vocabulario y por el amor lucha con amor. As&#237; enunciado este episodio saltar&#233; la parte feliz del relato que todos pueden imaginar a su libre albedr&#237;o, entre el caballero y la Dama Blanca, y entro a narrar la parte oscura, la siniestra, que hace que la vida tome otros rumbos y nos lleve a la sinraz&#243;n y a la tristeza.

	Pues, no hubo pasado una semana cuando Minea comenz&#243; a sentirse mal, en una enfermedad del cuerpo y en parte de su alma, que la maldici&#243;n de Belceb&#250; estaba dando sus frutos. Y cada d&#237;a que pasaba, m&#225;s envejec&#237;a, pues hab&#237;a dejado de ser inmortal y la maldici&#243;n consist&#237;a en acelerar la vida para la dama, que cada d&#237;a se sent&#237;a m&#225;s d&#233;bil y cansada. Y se lleg&#243; al punto en que su vida comenz&#243; a marchitarse como una flor arrancada de su tallo. Y el caballero comenz&#243; a sufrir en la impotencia de quien no puede hacer absolutamente nada por el ser amado, no aceptando en su locura que tales hechos se estuvieran produciendo y por ello desvariaba, que incluso quer&#237;a volver al Infierno para entregar su alma a Lucifer a cambio de la vida de su amada.

	Y fue la reina Mala quien con sus constantes razonamientos consigui&#243; quitar al caballero tales pensamientos de su cabeza y hacer ver que no estaba todo dado por perdido, pues pudo hablar con tiempo con Minea y de este modo poder encontrar una formula para un ant&#237;doto, un bebedizo, que hiciera volver a vivir en su edad justa a la dama regresada del Infierno. Pero, era necesaria para la p&#243;cima un ingrediente poco usual y que se encontraba donde jam&#225;s hombre alguno hab&#237;a llegado y que solo conoc&#237;a la antigua diablesa, dado que ella, por su antiguo ser y estar, pod&#237;a moverse a su antojo. Y asignado el lugar se reunieron los tres, dama, reina y caballero, para poner la idea en pr&#225;ctica.

 	- Caballero &#8211;habl&#243; la reina Mala-, solo vos pod&#233;is regresar si es que lleg&#225;is a tan rec&#243;ndito lugar. Un lugar donde no hay oscuridad, donde no hay luz. Un lugar donde no ha pisado hombre alguno y crece un hongo necesario para volver a Minea a su verdadero estado.

	- Decidme y partir&#233; &#8211;contest&#243; escueto el caballero, lleno de tristeza y de dolor por la vida que se iba apagando, impaciente-.

	- Mi amor &#8211;habl&#243; Minea-, la vida se me va y no podr&#233; esperar tanto. Os espera un largo viaje a un lugar rec&#243;ndito donde no existe vida alguna m&#225;s que la del ingrediente que deb&#233;is traer. Pero mil peligros deber&#233;is de pasar y mucho tiempo emplear en todo ello. Por ello la reina Mala me dormir&#225; hasta vuestra vuelta y que ni el tiempo ni el maleficio trascurran por mis venas. En ello pongo la condici&#243;n de que solo vuestra boca podr&#225; despertarme cuando regres&#233;is, pues si as&#237; no fuera, no quiero despertar nunca.

	- Mi amada &#8211;continu&#243; el caballero entre l&#225;grimas incontenidas-, regresar&#233; y la vida se har&#225; de nuevo vida. Recordad que ambos tenemos un solo coraz&#243;n dividido. Recordadlo.

	- Y vos, mi amor &#8211;concluy&#243; Minea-, recordad que solo en el amor triunfareis.

	Y bebi&#233;ndose el bebedizo que la reina Mala hab&#237;a preparado, la Dama Blanca entr&#243; en un profundo sue&#241;o donde su coraz&#243;n se par&#243;. Y el caballero inclin&#225;ndose mientras se dorm&#237;a, con una sonrisa de ella en su boca, beso su boca y se despidi&#243; de ella, que a buen recaudo se quedaba en la protecci&#243;n de la reina de las brujas y hechiceras. Y l&#225;grimas de perdida se desbordaron en aquel lecho, donde dejaba la esperanza dormida.
&lt;/big&gt;

Juan Calleja.
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    <title>&#8220;EL CABALLERO Y LA FELICIDAD IDA&#8221; (20)</title>
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    <body>&lt;big&gt;	Y ya donde la luz de la noche les iluminaba, donde las estrellas fueron testigos, aquella boca al averno termin&#243; de cerrarse y aquel murmullo atroz, aquel griter&#237;o infecto e infernal, dio paso al silencio adornado por el suspiro de una leve brisa y el de la yerba que bajo sus pies cruj&#237;a en verde renacido con aquella Luna llena que iluminaba de plata toda la escena. Y el caballero mirando a Minea vio como sus ojos centelleaban en prodigioso brillo y ella bes&#243; su boca y de sus ojos surgieron l&#225;grimas de amor, que lo conseguido, por lo rendido y lo ganado, era superior incluso a cualquier fuerza de la Naturaleza. Y boca con boca sellaron definitivamente la entrega absoluta, mientras aquellas l&#225;grimas calientes se transformaban en diminutas hadas cuyo canto ascendi&#243;, al igual que ellas, al mism&#237;simo cielo.

	Y si la fe en el amor tuviera nombre ser&#237;a el de aquellos ojos que se miraban. Y si la voluntad en la fe ciega tuviera nombre ser&#237;a el de aquellas bocas que se besaban. Y la reina Mala los envolvi&#243; en una burbuja rosa de cristal evanescente y los elev&#243; del caballo y de la tierra misma y se abrazaron cuerpo con cuerpo y fluidos de amor surgieron de sus almas reencontradas. Y en el fluir del momento, cuando la noche ca&#237;a y la primera luz de la ma&#241;ana cruz&#243; aquella burbuja, un trepidar y un rayo tal, hicieron vibrar y reverberar la c&#250;pula celeste. Y en el abrazo y en la luz giraron ambos cuerpos, que parec&#237;a se estaban desmaterializando en la zozobra de una noche que no acababa de terminar y en la vitalidad de un d&#237;a que no acababa de llegar.

	Y la reina Mala montando en Sayid y llamando a Rasput&#237;n, con Nana a la par, partieron hac&#237;a el castillo del Principado de Muria, pues mucho hab&#237;a que avisar y preparar y hab&#237;a decidido dejar a los enamorados en aquel eterno amanecer. En el valle de suave y caldeada yerba donde los cuerpos liberados dejaron paso a aquellas almas en la acci&#243;n del amor retomado. Infinita fue la ternura, infinitas las caricias, infinitas las miradas y las l&#225;grimas de felicidad desprendidas. Y eterna la canci&#243;n que las hadas dejaron flotando en el aire en ese valle que ya por siempre se llamar&#237;a de las Hadas. Y no hubo palabras, sino m&#225;s que ellas. Y en el beso inagotable y en el tomar constante se amaron y descansaron como nunca.

	Y ya iniciado el d&#237;a, cuando el sol marcaba desde la mayor altura, caminando, sin dejar de mirarse y sonre&#237;rse, sostenidos el uno del otro de las manos, caminaron hac&#237;a el castillo, que despuntaba en medio de aquel lago lleno de ilusiones. Y parando la dama nuevamente al caballero le tom&#243; y le bes&#243;, y mir&#243; de nuevo sus ojos que no hab&#237;a dejado de mirar. Y separadas las bocas, se hablaron, y las palabras m&#225;s que ser palabras, fueron caricias. Y no hubo reproches, solo amor, que el miedo se hab&#237;a diluido en la entrega, en la ofrenda que tomaron el uno del otro. E invitando al caballero a arrodillarse, ambos lo hicieron y as&#237; le dijo:

	-Hubo un d&#237;a, caballero de mis sue&#241;os, que os ofrec&#237; el coraz&#243;n y hoy de nuevo os lo ofrezco. Dejad que en esta ocasi&#243;n sea vuestro pecho el portador de tal ofrenda, que mucho hemos aprendido y mucho tenemos que poner en pr&#225;ctica.

	- Si as&#237; dese&#225;is, que as&#237; sea, pero tomad el m&#237;o en id&#233;ntica entrega, pues solo en ello encuentro ya sentido al acto, que coraz&#243;n y coraz&#243;n ya solo desean ser uno en dos &#8211;dijo el caballero-.

	Y apart&#225;ndose el caballero, ella tom&#243; de su pecho su coraz&#243;n e introduciendo sus manos con la latiente v&#237;scera lo dej&#243; junto al de &#233;l y se fundieron y al instante volvieron a separarse, y lo volvi&#243; a coger y coloc&#243; en su pecho, y ambos pechos se volvieron a unir en un abrazo de chispeantes luces de rojo sangre. Y en el nuevo latir encontraron el v&#233;rtigo de lo nuevamente hallado y de lo que a ning&#250;n precio estaban dispuestos a perder, pues duro hab&#237;a sido llegar a tal punto del camino y el resto estaban dispuestos a recorrerlo juntos en la magia del amor.
&lt;/big&gt;

Juan Calleja.
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    <title>&#8220;EL CABALLERO Y EL AMOR RETOMADO&#8221; (19)</title>
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    <body>&lt;big&gt;	Y no hab&#237;an andado diez metros, cuando el caballero de pronto par&#243; su paso. Y algo muy profundo se removi&#243; en su interior que hizo que mudara el rostro y una pesadumbre y una rabia brotaron en sus facciones como flores de espino. Y baj&#225;ndose de Sayid tom&#243; la armadura, ahora blanca, y pus&#243;sela. Y al instante ambos tambi&#233;n, caballo y perro, vistieron sus irisadas y acristaladas protecciones. Y montando de nuevo giro la cabeza del jaco con la brida e inici&#243; nuevamente el descenso tras pronunciar solo una palabra que hel&#243; la sangre de Nana:

	- Minea.

	- &#191;Caballero? &#8211;le pregunt&#243; el diablo-mujer- &#191;A d&#243;nde cre&#233;is que vais? &#161;Confund&#237;s el camino!

	Y mirandole el caballero a la presente y ahora escudera, &#233;sta comprendi&#243; y comenz&#243; a gritar:

	- &#161;Loco de los cojones! &#191;No entend&#233;is que &#233;l no os la dar&#225;? &#161;Bajareis solo, que en &#233;sta locura no os acompa&#241;o! &#161;No aprend&#233;is! &#161;Nunca aprender&#233;is!

	- Hoy he aprendido, mujer demonio, que no debo de desaprender lo ya aprendido. Que cosas hay que no se han de olvidar nunca. &#161;Esperadme arriba si esa es vuestra voluntad!

	Y espoleando a Sayid comenz&#243; a descender de nuevo al averno en infernal y majestuoso galope, que Sayid se creci&#243; en el arranque y Rasput&#237;n en suma fiereza se adelant&#243; incluso en el galope enloquecido. Y lo que tardaron en subir dos d&#237;as, aquellos tres embravecidos, tardaron en bajarlo medio, y con tal &#237;mpetu, que seg&#250;n bajaban y aumentaba el calor, la respiraci&#243;n se fue convirtiendo en vaho y esta en fuego, que la decisi&#243;n tomada trascend&#237;a toda l&#243;gica, y que solo en el amor encontraba su significaci&#243;n m&#225;s profunda, m&#225;s all&#225; de la vida y de la muerte y m&#225;s all&#225; incluso de las palabras que en esta acci&#243;n no ten&#237;an nada que expresar. Solo silencio. Que esta superaba a la fuerza de un cicl&#243;n y montaba en gigantesca belleza. Cordura enloquecida.

	Y ya en el submundo, donde las cenizas eran cenizas de otras cenizas, donde el fuego era fuego sobre fuego, el caballero se dirigi&#243; a donde a&#250;n permanec&#237;an las risas, como esperando su vuelta, y una carcajada reverbero en todo el cielo l&#250;gubre, sin que por ello, el caballero, el caballo y el perro aminoraran su marcha, que ni en un solo instante enflaquecieron sus fuerzas y llegados a la explanada donde diablos y s&#250;cubos y dem&#225;s raleas a&#250;n se encontraban, el caballero tomando la Destripadora de su espalda y marchando sobre ellos, salt&#243; aplastando todo lo que se encontraba a su paso, mientras que con su lanza iba segando el camino. Y Rasput&#237;n en fieras dentelladas remataba a aquel que consegu&#237;a librarse de la iracund&#237;a del caballero.

	Y as&#237; avanz&#243; hasta llegar a los mism&#237;simos pies del altar sobre el que embisti&#243; Sayid con su pecho al macho cabrio, que no sal&#237;a de su asombro y rod&#243; por el suelo, y tomando a la diablesa Minea por la cintura la subi&#243; delante suya en el caballo y retom&#243; el camino de vuelta de igual manera que hab&#237;a entrado, mientras los gritos de los cercenados diablos se reabsorb&#237;an y volv&#237;an a brotar una y otra vez.

	- &#161;Matadlos, matadlos! &#161;Cien almas dar&#233; a quien me traiga sus cabezas! &#8211;gritaba Belceb&#250;-.

	Y al mismo galope y por la misma brecha que hab&#237;a hecho entre aquella carne inmortal y ahora mortal para su espada y su lanza, el caballero tom&#243; el camino del ascenso y en un instante, lleno de gloria, mir&#243; a los ojos de su amada y vio en ellos el sumun de la satisfacci&#243;n, de la tristeza, de la locura, del si y del no y del amor que les tom&#243; en volandas y los subi&#243; a la superficie en menos que se santigua un cura loco. Y ella a &#233;l se abraz&#243;. M&#225;s algo ocurri&#243; que les cerr&#243; el paso; un maleficio, un hechizo, y los mil diablos y sayones que se interpusieron en medio cuando a penas restaban para la salida cinco tiros de piedra. Y aquella boca se fue cerrando, con ellos dentro, que la salida a la superficie iba desapareciendo a la misma velocidad que la Luna, cuya luz se adivinaba en la boca cada vez m&#225;s menguada.

	Y mientras Sayid coceaba y relinchaba y Rasput&#237;n mord&#237;a y gru&#241;&#237;a, el caballero invoc&#243; a la reina Mala rememorando su tatuaje y amuleto, y una luz hizo d&#237;a de la oscuridad y en bola luminosa descendi&#243; abriendo paso al caballero, abriendo la estrechez de la entrada y haciendo retroceder a aquella jaur&#237;a. Y de este modo consiguieron salir a la superficie sin antes dejar de o&#237;r la maldici&#243;n que sobre ambos, diabla y caballero, echaba el mismo Lucifer.
&lt;/big&gt;

Juan Calleja.
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    <title>&#8220;EL CABALLERO Y LA LLAMADA DEL AMOR&#8221; (18)</title>
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    <body>&lt;big&gt;	Y el diablo escudero guard&#243; silencio al igual que el caballero y reiniciaron la ascensi&#243;n y vieron luz al final de la grieta y noche y de nuevo d&#237;a. Y en los pensamientos y en la cara del diablillo se perfilaba un rictus de satisfacci&#243;n, pues de alguna manera hab&#237;a inducido al de la triste figura a adentrarse al conocimiento de si mismo, aunque desconociera las consecuencias y ahora tuviera de nuevo que conocer al hombre renacido de esa destrucci&#243;n. 

	Lenta subida donde seg&#250;n avanzaban se les iba despertando los sentidos a la realidad exterior y el hambre y la sed pidieron su puesto. Y as&#237; el caballero abri&#243; su zurr&#243;n y saco un trozo de mojama y ambos comieron.

	- Pens&#233; que los diablos no com&#237;ais &#8211;dijo el sin nombre-.
	
	- All&#225; abajo nadie lo hace, pero arriba si y no me pregunt&#233;is por qu&#233;. En cualquier caso esta mojama esta asquerosa, que debe de llevar en vuestro zurr&#243;n un siglo y para ser el primer bocado, se me est&#225;n quitando hasta las ganas de masticar.

	- &#191;Ten&#233;is muelas? &#8211;pregunt&#243; el caballero-.

	Y sin decir palabra le dio a Rasput&#237;n el bocado que trag&#243; sin respirar si quiera. 

	- Bien hac&#233;is y paremos a dar de beber a los animales y a nosotros mismos &#8211;sin advertir que la pelleja de agua iba vac&#237;a, evaporada por el calor que hab&#237;an sufrido-.

	- Creo m&#225;s bien que debemos de aligerar el paso, pues no hay agua, caballero resucitado, y pronto llegaremos a la superficie.

	Y tocando la pelleja comprob&#243; lo que le dec&#237;a el anacoreta y arre&#243; a Sayid con el prop&#243;sito de subir m&#225;s ligeros e iniciada la tarde, cuando el sol se tamizaba en la boca de la grieta como un tragaluz, el caballero mir&#243; al diablillo, ya pardo como una rana, y le dijo:

	- &#191;Pens&#225;is ser mi escudero de esa guisa?

	- Tomar&#233; la forma que dese&#233;is, m&#225;s os advierto que no pienso ser ni bajo ni gordo.

	Y mir&#225;ndole sarc&#225;stico el caballero le dijo:

	- Cierto, pero si ser&#233;is alta y hermosa.

	- &#161;&#191;Mujer?!

	- Vos lo hab&#233;is dicho, que yo no. 

	- No pensareis en&#8230;

	Y el caballero ri&#243; con ganas.

	- No os confund&#225;is, viejo sapo. Que en mi ha nacido un voto y es el de la castidad, que sin prop&#243;sito de amor no entregar&#233; mis esencias a cualquiera. Piel y amor, amigo escudero. Piel y amor. Que todo tiene que fluir en perfecta armon&#237;a. Y es m&#225;s, que sabiendo lo que puede haber debajo de una piel hermosa, perder&#237;a el apetito solo al pensarlo.

	- &#161;Cada vez m&#225;s loco, sin duda! Ser&#225; como dese&#225;is, porque incluso veo que siendo escudera la diversi&#243;n esta asegurada. M&#225;s permitirme elegir mi montura para esos caminos, que no quiero burro ni burra, sino mulo.

	- Pues que as&#237; sea &#8211;concluy&#243; el andante-.

	Y baj&#225;ndose ambos de sus monturas a un tiro de piedra de la boca de salida, el renacuajo anacoreta formul&#243; unas palabras trazando con sus manos c&#237;rculos en el aire y tal cual lo hizo transformose en una bella y robusta mujer de pelo negro y corto y ojos azul cobalto y buenas formas, vestida de hombre en piel y cueros, con un sombrero a juego y un mulo pertrechado para el camino, negro como el mismo Rasput&#237;n. Y quit&#225;ndose el caballero la armadura, perro y caballo tambi&#233;n las perdieron y terminaron de subir en una alegr&#237;a constante y que iba aumentando la emoci&#243;n a cada paso que daban.

	Y una voz de mujer con acento baturro en pausada armon&#237;a, habl&#243; al caballero.

	- Mi amo, mi nombre ser&#225; el de Nana, que sabr&#233; dormiros en las noches de insomnio y os dar&#233; el descanso de mi pecho.

	Y el caballero sonri&#243; y carcaje&#243; porque todo aquello le llenaba de regocijo.&lt;/big&gt;

Juan Calleja.
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    <title>&#8220;EL CABALLERO ABANDONA EL INFIERNO&#8221; (17)</title>
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    <body>&lt;big&gt;	Y cuando toda aquella escena quedose alejada de ambos, el diablillo anacoreta baj&#243; de un salto de Rasput&#237;n y de pie delante de las patas de Sayid, que oblig&#243; a pararse, comenz&#243; a saltar y a chillar como un poseso.
	
	- &#161;Loco, loco, loco de los cojones! &#161;Est&#225;is loco, m&#225;s loco de lo que nadie sepa imaginar! &#161;M&#225;s loco que mil locos! &#8211;y comenz&#243; a re&#237;r y comenz&#243; a llorar- &#161;Pero nos hab&#233;is salvado la vida! &#8211;y el llanto corri&#243; por sus mejillas, que seg&#250;n sub&#237;an por aquella rampa hac&#237;a la superficie, se iban enfriando.

	Y llorando se tendi&#243; en el suelo.

	- &#161;Puto loco! &#161;Est&#225;is bendecido! &#161;No lo puedo entender! &#161;Puto loco!

	- &#161;Loco os hab&#233;is vuelto vos, que no dej&#225;is de patalear como un ni&#241;o mal criado! &#161;Parad, os lo ruego y comportaos!

	- &#191;Qu&#233; me calle y me comporte? &#191;No os dais cuenta de que os hab&#233;is enfrentado a Lucifer y hab&#233;is salido victorioso?

	- No os confund&#225;is. Solo hemos salido vivos.

	- &#161;Oh, &#233;l os seguir&#225; ahora, nos seguir&#225;! &#8211;dijo Chindasvinto subi&#233;ndose sobre Rasput&#237;n-.

	- Libre es como vos o como yo. Y siempre hay que pensar que hagamos lo que hagamos es lo correcto tras meditarlo adecuadamente.

	- Y la diabla. &#191;Ya no os importa? &#191;Baj&#225;is al Infierno en su b&#250;squeda y cuando la veis os march&#225;is sin luchar? &#191;Qu&#233; os pasa, caballero?

	- &#191;Y vos me pregunt&#225;is, el pensador de todo lo impensable?

	- Solo s&#233; que est&#225;is iluminado. No puedo entender que el mism&#237;simo Sat&#225;n os haya dejado marchar. &#191;Qu&#233; llev&#225;is en vuestra alma ahora que tanto impone?

	- &#161;Pensad, pensad!

	- &#191;Tal vez la ausencia de miedo? Por eso os digo que est&#225;is m&#225;s loco que nunca.

	Y el caballero resucitado parando el paso se quedo mirando al diablo anacoreta, que seg&#250;n iban subiendo a la superficie iba tomando un color parduzco. Y hablole as&#237;.

	- Solo os dir&#233; que su voluntad no es la m&#237;a. Ella decidi&#243; quedarse o bien por amor o bien por miedo o bien por estar encadenado a esa criatura caprina o por todo a la vez. Ni siquiera me pedi&#243; ayuda &#191;Qui&#233;n lo sabe? Pero es su voluntad que no la m&#237;a.

	- &#191;Pero es vuestra Dama blanca?

	- Mal pensado, diablo ennegrecido, que es de ella misma. Ha decidido su camino sin m&#237; y yo tengo que continuar el m&#237;o sin ella, aunque me pese. Porque el camino, feo enano, aunque os pueda parecer extra&#241;o es una cadena por la que nos atamos a las tripas. Y observar que cuando un hombre pierde su propia esencia y deja de ser, ya no le importa el camino a seguir que este carece de importancia.

	- &#191;Perdisteis la esencia y os dejasteis en nada?

	Y ri&#243; el caballero.

	- Nada se pierde y nada se gana, porque no hay nada, que desnudos venimos. Solo me descargue de todo peso de mi zurr&#243;n. Es solo entonces, cuando te encuentras desnudo de ti mismo, porque el &#250;nico manipulador que existe es uno mismo sobre si mismo. Dejarse arrastrar por las emociones y los sentimientos hace que nos apartemos de la verdadera v&#237;a, porque si dejamos que sean ellos los que manden no seremos nosotros, sino una proyecci&#243;n y tiene que ser uno el que proyecte y no al rev&#233;s. Desc&#225;rgate rey endiablado de todo lo que te han a&#241;adido y de todo lo que os hab&#233;is a&#241;adido vos y os quedareis desnudo. Manejar entonces vuestros pensamientos y ser&#233;is el amo de vos mismo. Que nada viene de fuera y todo viene de dentro.

	- Siglos reencarnado en un demonio llevo y jam&#225;s hab&#237;a llegado a esa conclusi&#243;n. &#161;Oh, caballero, quiero dejar de ser preso de mi mismo!

	- Pues hacedlo si sois capaces. Y proyectaros all&#225; donde quer&#225;is.

	- Entonces, &#191;al manejar las emociones y los sentimientos uno hace lo que quiere y puede ser como quiere?

	- Exacto, porque todo el sentido de la vida cambia. Ya no es ella la que nos construye, sino nosotros mismos la que la construimos a ella. Pero, ve m&#225;s all&#225;, mucho m&#225;s all&#225;, y encontraras que en el fluir esta la soluci&#243;n a todos tus males. No te agarres y no tendr&#225;s que soltarte.

	- Entonces, &#191;incluso se pueden dejar de tener emociones y sentimientos?

	- Somos almas canalizadas en un cuerpo y hay que mantener el equilibrio. Si no sois capaz de alimentar a ambos, &#191;en qu&#233; os qued&#225;is? Uno cree, en su ignorancia, que las emociones vienen y van como un oleaje y que nosotros somos un palo flotando en medio de &#233;l. No diablo, no somos el palo, somos el mismo oleaje y en &#233;l fluimos. Cambia la ra&#237;z a tu &#225;rbol y crecer&#225;s como quieres hacerlo. Te proyectaras como quieres y crecer&#225;s a donde quieres. D&#233;jate fluir entre tu cuerpo y tu alma y veras que nada es tuyo y que todo a su vez te pertenece. Mata al deseo que manda en ti y cr&#233;ate el deseo mandando sobre &#233;l y si en tu acci&#243;n, en tu voluntad, no lo consigues, b&#250;scate otro que te enriquezca y te haga crecer hasta el fin de tus d&#237;as.

	- Pero, caballero, &#161;eso es un continuo peregrinar! 

	- T&#250; lo has dicho y no has dicho nada, porque nada hay.

	- &#191;Entonces no existe la tristeza, ni el amor, ni el odio, ni nada de nada&#8230;?

	- Solo en la medida en que tu quieras que existan. Y si decides expandirte como una pelleja de vino mira bien de que te llenas. Porque hasta ahora ambiguo diablo, solo te llenaste de maldad y olvidaste los buenos sentimientos. 

	- Entonces, &#191;Ya hab&#233;is matado al amor por la diabla?

	- No, porque ese no es mi deseo. Hay fuerzas que claman su advenimiento, fuerzas superiores que tras analizarlas te dictan determinadas atracciones y a ellas hay que escuchar y entender. Todo fluye y nada permanece. &#191;Qui&#233;n soy yo para dictar normas a un alma libre? En nuestros deseos queremos poseer y al final son ellos los que nos poseen a nosotros. Rel&#225;jate, amigo diablo y caminemos, que la subida es larga. Y guarda silencio y preg&#250;ntate a ti mismo. Que no tengo verdad alguna sobre vuestros pensamientos. Solo vos.&lt;/big&gt;


Juan Calleja.
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    <title>&#8220;EL CABALLERO Y LA REFLEXI&#211;N ULTERIOR&#8221; (16)</title>
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    <body>&lt;big&gt;	Y de este modo, sin prisas y sin pausas, caballero y escudero continuaron camino, el que le iban abriendo, hasta llegar al punto de partida. All&#237; donde una gran boca se abr&#237;a hac&#237;a la superficie y donde se ve&#237;an aquellas tres luces titilantes que le indicaban que le estaban esperando quienes bien le quer&#237;an. Pero, de pronto, un rugir, un grito, una carcajada se oy&#243; en la inmensidad de la grieta. Un sucumbir, un renacer, un morir y un vivir, que le hel&#243; la sangre al caballero e hizo que hasta las bestias se amedrentaran y que aquellos diablos que le hab&#237;an abierto paso, ahora se lo cerraran.

	La escena se mostraba como en un anfiteatro. Sobre el escenario un gran cabr&#243;n del tama&#241;o de un caballo, que exhalaba pestes por su boca. A su lado, al izquierdo, cuatro figuras de negro. Y a su derecha, la diablesa Minea, exuberante, clamando al mismo Infierno lleno de deseo, con su cuerpo extendido, majestuoso, sus pezones enhiestos al aire, sus nalgas prietas, su vientre contra&#237;do&#8230; Y aquel macho cabrio lami&#243; de su vulva agitado. Y una voz, que todo lo llenaba y que de todos lados sal&#237;a habl&#243;:

	- &#161;Es m&#237;a, caballero, m&#237;a!

	Y el caballero, sin inmutarse, sin mortificarse, mir&#243; a los ojos de la diabla y as&#237; hablaron a sus mentes:

	- &#161;Mi dulce caballero resucitado! No form&#233;is vanas esperanzas ni pens&#233;is que ser&#233; vuestra. Id en paz y recordad que un d&#237;a os am&#233; con toda mi alma.

	- Hoy os amo, al igual que siempre os am&#233; y tambi&#233;n os entiendo. La esperanza muri&#243; y los deseos. Ya solo resta retomar mi vida y desear que la vuestra se resuelva. La vida me ofrece sus caminos y a ellos me dirijo. Quedad en paz.

	Y tirando de la rienda a Sayid intent&#243; retomar el paso hac&#237;a la pendiente que sub&#237;a a la superficie, pero aquella voz, nuevamente reverbero por los cuatro costados de la gigantesca cueva.

	- &#191;D&#243;nde cre&#233;is que vais? &#161;Ella es m&#237;a y vos ser&#233;is m&#237;o! &#161;Muchas almas hab&#233;is robado de mis arcas y tienen un precio!

	Y el caballero tomando La Destripadora de su espalda la alz&#243; y dijo:

	- &#191;C&#243;mo dese&#225;is cobrarlo?

	Y una carcajada se oy&#243; m&#225;s all&#225; de los mism&#237;simos o&#237;dos. Y unas palabras en otra voz, en otro tono, en otro timbre.

	- &#161;Pagareis, pagareis, pagareis&#8230;! &#8211;y la voz quedo interpret&#225;ndose a si misma, mientras los diablos y los sayones daban paso al caballero y a su escudero.

	Y ya cuando iban a tomar la rampa, &#250;ltimo tramo de vista al anfiteatro, el caballero resucitado volvi&#243; la vista atr&#225;s y mirando a la diabla a los ojos, dijoles:

	- Es mi deseo, amada, que en cien vidas que pasen, siempre os amar&#233;. Siempre ser&#233;is mi Dama Blanca.

	Y el silencio se hizo cruz mientras el caballero dejo de ver el escenario por la tierra que se iba poniendo de por medio. Y nada oy&#243; y nada vio y mirando al cielo, viendo las luces, el caballero fue a la luz.
&lt;/big&gt;

Juan Calleja.
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    <title>&#8220;EL CABALLERO Y EL ENCUENTRO CON SAT&#193;N&#8221; (15)</title>
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    <body>&lt;big&gt;	Y de pronto, como el que sale de un sue&#241;o, el caballero se vio en volandas llevado por aquella ingente masa humana, que en su momento le abri&#243; camino, fuera de aquel laberinto que le hab&#237;a dado las mil respuestas que quer&#237;a. Manos que en caricia le devolv&#237;an de su Infierno interior, ya enterrado, al Infierno de otros, al com&#250;n, al que el caballero sent&#237;a no pertenec&#237;a. Y se hizo luz en su desnudez. Y la luz llen&#243; todo el recinto trag&#225;ndose las tinieblas que todo lo asolaban. Y el diablo anacoreta que se hab&#237;a mantenido a la espera le pregunt&#243;:

	- &#191;Y?

	- Que partimos, querido escudero. Salgamos del Infierno com&#250;n de todos los mortales y busquemos la luz.

	- &#191;Qu&#233; visteis? &#191;Qu&#233; os dijeron? &#191;Por d&#243;nde saldremos? No olvid&#233;is que las hordas infernales est&#225;n cada vez m&#225;s cerca.

	- Mucho pregunt&#225;is a quien no quiere ya dar respuesta alguna. Y el camino de vuelta es el mismo por donde hemos venido, que esas hordas nos lo muestran y por all&#237; iremos.

	- &#161;Volv&#233;is m&#225;s loco de lo que os fuiste! &#161;Nos har&#225;n presos!

	- Seguidme o escondeos. Si ven&#237;s conmigo ir&#233;is por donde os indique, que el camino es largo y grande es el ansia por llegar a la luz y besar los cielos.

	- Loco estoy, pero os veo tan templado que no me cabe duda de que llev&#225;is la raz&#243;n. Me invade la confianza y a vos me entrego en ella, que ya nada tengo que perder y si mucho que ganar.

	- C&#243;mete el miedo &#8211;le dijo el caballero al verdoso diablillo-. Traga o esc&#250;pelo. O m&#237;ralo como lo que es, luz que ilumina el camino y nos indica por donde debemos de marchar. Tras &#233;l, una vez superado no hay nada, m&#225;s que regocijo y luz plena.

	Y visti&#233;ndose el caballero la armadura y saludando a sus animales, subi&#243; sobre Sayid, el diablillo sobre Rasput&#237;n, y emprendieron la marcha donde un griter&#237;o fren&#233;tico se o&#237;a y se adivinaba el encuentro con la oscuridad. Y la armadura, negra como boca de lobo, se hizo reluciente y blanca al contacto con su piel.

	- &#191;Caballero Blanco? Sois una caja de sorpresas sin duda, que esa coraza bien sabe de vuestro estado de animo y de esp&#237;ritu &#8211;hablo el diablo Chindasvinto-.

	Y el griter&#237;o comenz&#243; a hacerse insoportable, ahogando todo silencio, llenando toda ausencia y todo pensamiento. Retumbando, vibrando en la b&#243;veda infernal como cien mil truenos. Y con el abandono de su propia esencia, el caballero entendi&#243; que ya solo era en cada instante continuo que viv&#237;a. Tendr&#237;a el pasado presente, pero no le amargar&#237;a &#233;ste, pues no iba a permitir distracci&#243;n alguna. Y llegados a una gran planicie negra donde se encontraban dos mundos, el de la bondad y el de la malicia, el griter&#237;o ces&#243; al verle y un silencio hel&#243; el espacio.

	Los sayones, los diablos, las almas que clamaban y obedec&#237;an callaron asfixiados por la luz que todo lo cegaba. Y al caminar del caballero y del diablo escudero abrieron paso y entre ellos pasaron en asfixiante silencio, denso, masticable. Que aquella tensi&#243;n se desvaneci&#243; en el aire y qued&#243; en nada. Y en completa naturalidad comenzaron todos aquellos seres demoniacos a seguirlos en procesi&#243;n callada, que ni el ruido de las pisadas se o&#237;a en aquel calcinado suelo.

	Y avanzaron sin ruidos, que ni respiraci&#243;n alguna se o&#237;a. Solo el relincho de Sayid como una orden de mando superior a cualquier fuerza o poder de aquel averno que ya todo se hab&#237;a tragado. Y en su caminar, el caballero sonriente ni pesta&#241;eo, porque solo la seguridad en si mismo y en el deseo, donde la voluntad pod&#237;a por encima de todas las cosas, hablaban por &#233;l, sabedor de que el Infierno hab&#237;a llegado a su fin y solo el deseo de juntarse con la luz, luz con luz, le hablaba en su coraz&#243;n.&lt;/big&gt;


Juan Calleja.
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    <title>&#8220;EL CABALLERO Y LA LUZ&#8221; (14)</title>
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    <body>&lt;big&gt;	La locura le hab&#237;a llevado a las negras profundidades de su alma, all&#237; donde los abismos del dolor solo claman venganza. All&#237; donde las cimas del sufrimiento solo claman caos. All&#237; donde los verdes prados se convierten en desiertos de arena ennegrecida por un sol calcinador. Donde no existe piedad ni compasi&#243;n hac&#237;a uno mismo. All&#237; donde la desesperaci&#243;n toma nombre propio y se eleva en cotas de odio incontenido. Donde la paz y la tranquilidad solo son un nombre, porque el espiritu no quiere entender su significado. Donde la soledad lame con lenguas afiladas y donde la alegr&#237;a no existe. Solo la ausencia de todo lo conocido, de lo perdido, de lo hallado, de lo meramente intangible, se sienta en su trono. Donde el amor es un simple acontecer sin sentido y donde la esperanza es el freno a todo lo venidero. Que quien no quiere vivir, no vive y en ello hab&#237;a estado el caballero, que bajar al Infierno se hab&#237;a tornado en un viaje sin retorno, plegado en si mismo, como un libro cerrado que nadie puede leer y que solo se adivina por sus pastas y su lomo la presencia de la muerte.

	Muerte que trasciende la misma vida, a la que se odia y al final termina am&#225;ndose, porque es la muerte lo que aferra a la vida; el canto de una moneda que rueda por la infinita l&#237;nea de lo si y de lo no acontecido. Muerte a la que se abraza el caballero para encontrar la vida. Vida a la que se abraza el caballero para encontrar la muerte. Y acordose que amaba, mal amando, que la locura le super&#243; en su grandeza y es ese amor olvidado el alimento de los dioses, de las almas y del continuo crecer y acontecer. Y la Dama de sus sue&#241;os le desbord&#243; el pensamiento y pens&#243; en ir a buscarla y liberarla de la locura que todo lo trasmuta y hace tortura de una simple sonrisa. Ya no era &#233;l, el Caballero Resucitado, quien importaba, sino ella, la Dama Blanca y el amor que comenz&#243; a desbordarse por su coraz&#243;n y fue pintando el negro castillo de otros colores.

	Y a cada paso del caballero hac&#237;a las mazmorras, el verde fue verde, el rojo, rojo, el azul, azul, y el negro en un parto de constelaciones fue desapareciendo, qued&#225;ndose en las sombras. Y en su sombra, tras el sol que ya lo iluminaba todo en amarillos y naranjas, observ&#243; la ingravidez de lo vivido, la insensatez, la obstinaci&#243;n, la discordia, el orgullo y la sinraz&#243;n. Sombra que se fue alargando, tomando forma, desmembr&#225;ndose incluso sobre si misma para volver a crearse. Y el alma del caballero comprendi&#243; en un solo trago de angustia lo perdida que hab&#237;a estado a lo largo de una vida. Hab&#237;a encontrado un camino, el camino, pero el miedo todav&#237;a le ten&#237;a paralizado. Miedo a ofrecerse en entrega absoluta siendo el perd&#243;n su gu&#237;a. Ten&#237;a que andar, dar el primer paso, sincerarse consigo mismo y con el mundo y crecer hac&#237;a el Universo que formaba parte de el mismo. Encontrar la armon&#237;a, la m&#250;sica, la sinfon&#237;a vital de la que se hab&#237;a apartado no recordaba cuando y el amor continu&#243; desbord&#225;ndose, inund&#225;ndolo todo, alcanzando incluso el cielo y las estrellas, los planetas y los soles. Y de &#233;l part&#237;a y a &#233;l volv&#237;a centuplicado, como el flujo interminable de una composici&#243;n eterna donde el agotamiento ni el desgaste existen, que el cuerpo tiene forma, pero no el alma y es solo en la materia donde surge el cansancio.

	Y las antorchas a su paso se fueron prendiendo de ilusiones. Y al fondo de la mazmorra una luz tenue todav&#237;a intu&#237;a. La luz de su amada Dama Blanca. Y all&#237; la vio, extingui&#233;ndose, por &#233;l y por si misma, sus ojos apagados, sus mejillas lacias, su mirar cansado. Y abriendo la puerta de la celda de barrotes con espinas, el caballero la sonri&#243;. Y esa sonrisa fue encuentro y desencuentro, hola y adi&#243;s. Y d&#225;ndose la media vuelta sali&#243; de la instancia. Y una voz le retuvo, la de ella, que como un grito de auxilio le hizo parar en seco y volverse a mirarla. Ella enfrente de &#233;l, observando su alma, incr&#233;dula de lo que ve&#237;a, desconfiada, porque tanto dolor no es gratuito y se cobra en si mismo el precio m&#225;s alto.

	- &#161;Tanto sufrimiento ha servido para algo, caballero! Dec&#237;s que me am&#225;is y eso no es amor. Dec&#237;s que me quer&#233;is y en vuestros ojos solo he hallado odio, destrucci&#243;n, muerte, desconfianza y maltrato.

	- Perdonadme si en algo estim&#225;is vuestra alma y perdonaros a vos misma.

	- Os perdon&#233;.

	Y en ese momento la mano de la Dama cruz&#243; el aire y estrellose contra el rostro del caballero con el sonido seco de una ruptura y temblaron las paredes y los paneles invisibles de la realidad misma, del plano habitable. Un bofet&#243;n necesario para un hombre adormecido por el dolor de la muerte. Una bofetada necesaria para hacer desaparecer la rabia acumulada, el desprop&#243;sito, la incertidumbre de ella. Y en sus ojos se cruzaron el goce, la felicidad, el dolor, la locura, el amor mismo, la risa, la tristeza infinita&#8230;

	Y el caballero le devolvi&#243; la sonrisa.

	- Todo siempre es necesario &#8211;le dijo el caballero doblemente resucitado-.

	- &#191;Necesario? Ved hasta donde me hab&#233;is llevado. Me averg&#252;enzo de mi misma.

	- Era necesario, que en la verg&#252;enza se encuentra la visi&#243;n de uno mismo. Solo hallad el por qu&#233;. Mi alma y mi coraz&#243;n est&#225;n en ello.

	- El tiempo se acaba, vuestro tiempo, mi tiempo.

	- Os amo &#8211;d&#237;jole el caballero desde lo m&#225;s profundo de su alma-.

	- &#161;Callad! Ya no os ver&#233; nunca m&#225;s. Pasaran los tiempos antes de que os vuelva a ver. No quiero m&#225;s encuentros. y no dig&#225;is que me am&#225;is nunca m&#225;s, que solo es una locura m&#225;s de vuestra mente.

	- Si, la locura de amaros y en mi amor me alejo. Solo os deseo que crezc&#225;is y se&#225;is fuerte. Estar&#233; siempre a vuestro lado, delante de vosotros armado hasta los dientes. Sentirme y apoyaros, sed y creced, que mi alma esta contigo en la necesidad que requir&#225;is. Siempre estar&#233; con vos.

	Y aquel ambiente desapareci&#243; en la nada y el caballero se encontr&#243; en la nada y en la nada comenz&#243; a crecer en parto doloroso, porque crecer duele en cada estir&#243;n, en cada desgarr&#243;n que en si produce. Y en si mismo, aquel infierno, el del caballero, el interno, se fue reabsorbiendo, asimilando e incrust&#225;ndose en las fibras de su alma. Nada hab&#237;a, nada era, porque toda esencia de si mismo hab&#237;a muerto.&lt;/big&gt;


Juan Calleja.
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    <title>&#8220;EL CABALLERO Y EL REENCUENTRO CON LA DAMA BLANCA&#8221; (13)</title>
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    <body>&lt;big&gt;	Y con su muerte, en la muerte, se sinti&#243; el caballero morir en parte. Un gran trozo de muerte, un gran trozo de ausencia. Y jirones de niebla se abrazaron a su alma y al camino y anduvo con la faz desencajada, herido de muerte, que era la muerte la que le acompa&#241;aba. Triste final para la memoria umbr&#237;a, triste cadencia para un hombre. Y en el caminar taciturno de quien se va consumiendo, el caballero encontr&#243; otro camino, este negro, circundado de &#225;rboles de carb&#243;n y astillas calcinadas. Sigui&#243; la senda curioso y fascinado bajo un sol negro, eclipsado. Y esta le llevo a un p&#225;ramo desierto donde predominaba un mont&#237;culo y sobre &#233;l, un castillo negro.

	Desolaci&#243;n, dolor, pesadumbre en un mar de yerba negra que se extend&#237;a hasta el puente levadizo y m&#225;s all&#225;. Y una tristeza, m&#225;s negra a&#250;n que el propio castillo, hac&#237;a de sus torreones albergue de fantasmas. A nadie se ve&#237;a, nada se o&#237;a. Solo un silencio que se desbordaba por las mism&#237;simas piedras y que al tocar el ennegrecido manto tomaba forma de viento sibilante. Y el caballero sinti&#243; fr&#237;o como nunca. Un fr&#237;o que le nac&#237;a del alma y le tom&#243; y le vapule&#243; hasta agotarle.

	Decidi&#243; subir por la pendiente. Ten&#237;a que quitarse aquel fr&#237;o intenso entrando en el castillo, &#250;nico refugio en aquel p&#225;ramo siniestro y lleno de demencia. Y entrando se encontr&#243; a otro caballero, negro como alma de diablo, que a espadazos hac&#237;a crujir cr&#225;neos dispuestos en una l&#237;nea imaginar&#237;a de combate. Huesos que se quebraban, el zumbido de la espada cortando el aire y un crujir de metal de aquella armadura fant&#225;stica acompa&#241;aban la escena. El caballero se quedo petrificado, tiritando de fr&#237;o, m&#225;s fr&#237;o ahora, m&#225;s fr&#237;o que antes.

	Y aquel caballero girando su cabeza mir&#243; al caballero. Y caballero y caballero se quedaron mirando. Uno sac&#243; pecho, el otro se quit&#243; el yelmo. Y ahora el caballero resucitado pudo ver la cara aquel hombre. Su propio rostro, el del labriego, el del adolescente y el del ni&#241;o. Y sinti&#243; un espasmo que le cruzo las tripas y un dolor que le lleno de ira y aproxim&#225;ndose a &#233;l le miro y se miro en sus ojos, llenos de dolor, de soledad, de sufrimiento manido. 

	- &#161;Al fin, caballero desencajado, me encontrasteis! &#191;Y ahora?

	Y el caballero andante ante aquella imagen, reflejo de si mismo, no pudo articular palabra. Solo la rabia, la ira desatada iba creciendo en su coraz&#243;n a pasos agigantados.

	- &#191;La busc&#225;is? Vuestra Dama Blanca esta conmigo, presa de mi celo, de mi dolor, de mis artima&#241;as.

	- &#191;Qui&#233;n sois? &#8211;se atrevi&#243; el caballero a pronunciar-.

	Y una carcajada retumb&#243; en la negrura de los muros, de los torreones y de las almenas.

	- Soy vos, ilustre peregrino. Os andabais buscando y al fin os encontrasteis. &#191;Y ahora?

	- &#191;Y como he podido llegar a esto? Ten fea es mi alma que ni me reconozco, o es tal vez un reflejo de alguien quien fui.

	- Estupido charlat&#225;n. Soy vos y punto. Y en el punto se encuentra la mayor de las verdades. La podredumbre, la miseria, el odio, la certeza, la mentira, la desconfianza, el miedo, la pereza, la cruz de la moneda, el celo, la impaciencia&#8230; Vuestro punto, amargado caballero. El de la obstinaci&#243;n, la ceguera, la impiedad, la venganza&#8230;

	- &#161;Os matar&#233;!

	- &#191;Sin saber de ella?

	- &#161;Callad!

	- Ella sufre por vos en las mazmorras de este castillo que hab&#233;is construido. Afligida, apenada, entristecida por vuestras monstruosidades. &#191;Qu&#233; pensabais?

	- &#161;Callad! &#161;Juro que os matar&#233;!

	Y abalanz&#225;ndose sobre el caballero negro le tom&#243; del cuello y comenz&#243; a estrangularlo con todas sus fuerzas. Y en el esfuerzo se vio de lleno as&#237; mismo y la c&#243;lera se desbordo sobre &#233;l, haciendo que sus manos se aferraran con m&#225;s fuerza. Y continu&#243; apretando hasta que carne con carne y alma con alma de ambos caballeros se fundi&#243; en uno solo. Y termin&#243; el cuadro del caballero resucitado asido a su propio cuello estrangul&#225;ndose.

	Y dos l&#225;grimas negras ba&#241;aron sus mejillas. Alguien hab&#237;a muerto y alguien hab&#237;a nacido. Tal vez un hombre nuevo o tal vez el equilibrio del universo en la misma persona. Y soltose el caballero y llor&#243; de amargura, que cualquier despertar es duro y m&#225;s cuando el sol que amanece es el de la verdad que todo lo ilumina.&lt;/big&gt;

Juan Calleja.
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    <title>&#8220;EL CABALLERO Y EL CASTILLO NEGRO&#8221; (12)</title>
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    <body>&lt;big&gt;	Fr&#237;o, dolor incierto, sufrimiento profundo. Que quien no encuentra el camino de regreso, sufre y calla. Y aterido de ese fr&#237;o, del fr&#237;o de su propia alma, fue muriendo el ni&#241;o y el adolescente de su memoria. Y sin memoria camino y sin memoria trascurrieron los d&#237;as en caminar incierto por caminos conocidos, que le tra&#237;an recuerdos de tiempos inmemoriales, remotos, como sue&#241;os que se anticipasen a su ahora. Y seg&#250;n caminaba iba olvidando, porque iba muriendo a cada paso que daba.

	Y as&#237; lleg&#243; a un campo donde un labriego trabajaba destripando terrones. A lo lejos una casa rica de humeante chimenea y dos ni&#241;os jugando en el patio en alegr&#237;a que el labriego no era capaz de o&#237;r ni de ver, porque no levantaba la cabeza de su labor. Y una mujer cuidaba de los ni&#241;os y se&#241;alaba al labriego en sordas palabras, que no llegaban al caballero por la larga distancia que hab&#237;a.

	Y miro a aquel hombre y vio en &#233;l al joven muchacho entrado en a&#241;os, perdida la juventud y apunto de entrar en la madurez. Trabajaba duro, sin descanso, en completo silencio, sin levantar la vista del suelo donde iba destripando el terru&#241;o con dedicaci&#243;n y amor pleno. Se par&#243;, bebi&#243; su propia sangre en trago atragantado y cogiendo un saco de grano comenz&#243; a sembrar lo que en &#233;l hab&#237;a: pepitas de oro. Y oro saldr&#237;a y oro reluciente.

	Y el caballero extra&#241;ado de que ni siquiera le mirase le habl&#243;:

	- &#191;D&#243;nde dejasteis la isla? &#191;Sois el mismo, verdad? 

	Y el silencio de la respuesta brill&#243; en las pepitas que iban cubriendo el suelo.

	- &#191;No pens&#225;is contestarme? &#191;Es que acaso no me veis?

	Y se pens&#243; fantasma en el terru&#241;o. Y se sinti&#243; nada en la nada. Y vio brotar del oro, espigas de oro, cuajadas de oro. Y aquel campo brillaba en esplendor inusitado. Y los ni&#241;os y la mujer gritaban en la algarab&#237;a. Y el hombre, el labriego silencioso continu&#243; en la recolecci&#243;n dando otro trago de su propia arteria, que en fluir sereno le daba lo que ped&#237;a. Y el caballero mostr&#225;base asombrado por semejante entrega. Y el silencio lo cubr&#237;a todo como manto de ausencias.

	- &#191;Sois rico y no descans&#225;is? &#191;Qu&#233; os mueve? &#8211;volvi&#243; a preguntar el de la triste figura-.

	Y el silencio recobr&#243; m&#225;s fuerza, creciendo como el oro que aquel hombre ya cayendo la tarde sin fin casi hab&#237;a recogido. Y una vez terminada toda labor, el labriego tom&#243; sus aperos, y arrastrando una gigantesca bolsa llena de pepitas de oro retorno a su casa, donde todo dorm&#237;a y donde su familia estaba, pero no le esperaba. Dura labor en sangre construida, sin la alegr&#237;a que produce el trabajo bien hecho.

	Y ya el caballero mudo, observ&#243; la escena y mirando al suelo vio una pepita brillar como un presagio y deshacerse en la tierra y desaparecer. Y mirando a la lejana casa, en la noche vencida, vio como las luces se apagaban y tumb&#225;ndose en el duro suelo de la labranza le venci&#243; un sue&#241;o sin sue&#241;os y cuando ya cre&#237;ase dormido despert&#243;, pues el ruido de la azada del labriego al primer rayo de sol ya estaba clav&#225;ndose en tierra. 

	Y levantose ah&#237;to de fr&#237;o y pesadumbre y observ&#243; al hombre, que al igual que al d&#237;a siguiente, repet&#237;a la escena, en silencio, en ese silencio sepulcral que todo ruido absorb&#237;a y vio pasar el d&#237;a y al hombre y su familia en la repetici&#243;n del d&#237;a anterior. Y vio crecer el oro que daba m&#225;s oro y la misma pepita que la noche anterior se perdi&#243; en la tierra y volvi&#243; a entrarle sue&#241;o y cuando cre&#237;a dormirse el ruido de la azada le volvi&#243; a despertar y la secuencia se repiti&#243; una y otra vez, hasta que el labriego parti&#243; roto por el dolor a no se sab&#237;a donde. Y los ni&#241;os y la mujer lloraban en la angustia de perder a tan estimable hombre.

	- &#161;Labriego! &#8211;le llam&#243; el caballero cuando a&#250;n pod&#237;a verle-.

	Pero, el hombre ni siquiera volvi&#243; la cara ni siquiera se estremeci&#243; en su caminar furibundo, que solo una idea marcaba sus pasos: la de desaparecer lo antes posible. Y el caballero abrumado tom&#243; el camino contrario y anduvo cansado, solo por recordar la labor vista, la sangre bebida, la indiferencia acorralada. Y la muerte, la muerte que todo lo recrea y a todo le da forma, se cruz&#243; en el camino del hombre y del hombre hizo presa.

&lt;/big&gt;
Juan Calleja.
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