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    <body>Reproducimos de Somos Ecuador este art&#237;culo, publicado por ABC, de Francis Wolff.

  

 &lt;H3 class="post-title entry-title"&gt;&lt;A href="http://somosecuador.blogspot.com/2008/08/el-arte-de-jugarse-la-vida-francis.html"&gt;&lt;FONT color=#006600&gt;El arte de jugarse la vida/ Francis Wolff&lt;/FONT&gt;&lt;/A&gt; &lt;/H3&gt; &lt;DIV class=post-header-line-1&gt;&lt;/DIV&gt; &lt;DIV class="post-body entry-content"&gt;&lt;A href="http://4.bp.blogspot.com/_AyNNFczotpU/SLtwHXjJNrI/AAAAAAAAAHo/SWpMftCbyxs/s1600-h/arte,+lo+que+se+llama.jpg"&gt;&lt;IMG id=BLOGGER_PHOTO_ID_5240905863258519218 style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_AyNNFczotpU/SLtwHXjJNrI/AAAAAAAAAHo/SWpMftCbyxs/s320/arte,+lo+que+se+llama.jpg" border=0&gt;&lt;/A&gt;
 &lt;DIV&gt;Por Francis Wolff&lt;/DIV&gt;
 &lt;DIV&gt;Catedr&#225;tico de Filosof&#237;a de la Universidad de Par&#237;a &lt;/DIV&gt;
 &lt;DIV&gt;ABC, 28-08-08&lt;/DIV&gt;
 &lt;DIV&gt;&lt;/DIV&gt;
 &lt;DIV&gt;SE escucha de vez en cuando a escritores, universitarios y pensadores espa&#241;oles evocar su infancia vagamente acunada de recuerdos taurinos y expresar su rechazo, a veces violento, de la fiesta de los toros. No comprenden c&#243;mo puede hoy (a&#250;n y siempre) emocionar, conmover, exaltar las muchedumbres, en las que seguro no ve nada m&#225;s que una masa de reaccionarios incultos alentada por intelectuales esnobs. En esta revuelta antitaurina, a veces &#237;ntima, a veces sonoramente militante, se encuentran a menudo, en amalgama con la memoria de sus propias historias familiares, algunos t&#243;picos datados en los sesenta (toros = turismo, exotismo de espa&#241;olada, tremendismo del torero descamisado) o m&#225;s antiguos a&#250;n (toros = Espa&#241;a negra, vergonzante cara del pasado). S&#237;, ya s&#233;: s&#233; que para muchos espa&#241;oles los toros despiertan espont&#225;neamente ese mismo sentimiento confuso, un poco nost&#225;lgico, vagamente vergonzoso, de tener que v&#233;rselas con algo que sobrevive de manera inconveniente pero a punto de caducar definitivamente gracias a la ascensi&#243;n social, la educaci&#243;n del pueblo, la evoluci&#243;n de las costumbres, el sano desarrollo de las sensibilidades, Europa, la democracia, etc. S&#237;, ya s&#233;: s&#233; que para muchos j&#243;venes espa&#241;oles la palabra &#171;tauromaquia&#187; evoca carteles de otra &#233;poca, un rito anticuado, una especie de juego arcaico o incluso un espect&#225;culo cruel del que deben defenderse cuando, gracias a un programa Erasmus, se dan cuenta que, para el resto del mundo, se mantiene asociado al nombre de Espa&#241;a, es decir, a una de las naciones m&#225;s avanzadas de Europa de la que por lo dem&#225;s uno puede sentirse orgulloso. A todos esos espa&#241;oles, j&#243;venes o menos j&#243;venes, les quiero decir lo que sigue: los toros no son ya s&#243;lo la Fiesta Nacional de Espa&#241;a. Con eso han perdido un poco y ganado mucho. Se han convertido en parte integrante de la cultura de la Europa meridional e incluso del patrimonio mundial.&#191;Se imaginan ustedes que hace apenas algunas semana (el 2 de junio exactamente), en un teatro del centro de Par&#237;s atestado, cientos de personas de las que la mayor&#237;a no hab&#237;an puesto nunca sus pies en Espa&#241;a, e ignoraban absolutamente todo de la &#171;fama negra&#187; de los toros, hab&#237;an pagado cara su entrada por el &#250;nico placer de homenajear la heroica carrera de un torero... colombiano (C&#233;sar Rinc&#243;n)? Claro que para todos esos turistas que visitan Espa&#241;a a toque de pito, entre la torre de Pisa y el Big Ben, y que creen que Francia es Pigalle, los toros son el &#171;exotismo&#187; espa&#241;ol barato, y el torero es algo as&#237; como &#171;Manolete-ElCordob&#233;s-del brazo de su bailaora con casta&#241;uelas&#187;, o (para los m&#225;s cultivados &#161;ay!) es la imagen odiosa y desgastada del maletilla hambriento que, para salir de su miserable condici&#243;n, no tiene otro remedio que tentar al diablo y arrojarse entre sus cuernos. Ignoran evidentemente, como quiz&#225;s muchos espa&#241;oles, que uno de los m&#225;s grandes toreros de la historia est&#225; vivo y toreando y en modo alguno debe su valor extraordinario a esa deprimente leyenda, o que uno de los mejores toreros de la primera d&#233;cada del siglo XXI es franc&#233;s, o que fue pr&#225;cticamente imposible conseguir entradas (siendo tan caras como las de la &#243;pera) para las diez corridas que conformaron la reciente feria de N&#238;mes (95.980 espectadores).Un poco de pudor y muchos escr&#250;pulos me impiden evocar mi infancia que est&#225; en las ant&#237;podas de las de los intelectuales espa&#241;oles antitaurinos. Bastar&#225; decir que esa infancia en el cintur&#243;n de Par&#237;s, con mis padres jud&#237;os alemanes que escaparon por milagro de los campos de la muerte, en modo alguno me preparaba para recibir el choque que fue el descubrimiento accidental de los toros, a la edad de 18 a&#241;os, al azar de una escapada estudiantil en la regi&#243;n de Provence. Para muchos espa&#241;oles de mi generaci&#243;n, los toros son familiares, formaron parte de la vida cotidiana de su infancia, se los viv&#237;a con indiferencia, aceptaci&#243;n o rechazo de una &#171;cultura&#187; vagamente patrimonial que es como una segunda naturaleza de la que hay a veces que desprenderse para poder existir por s&#237; mismo. Para m&#237; la corrida de toros es una amiga que he elegido tan pr&#243;xima como la m&#250;sica y sin la cual podr&#237;a dif&#237;cilmente vivir. Digo que la he elegido pero tengo m&#225;s bien la impresi&#243;n que ella me ha elegido a m&#237;; el encuentro fue fortuito pero, como dice Flaubert de la primera cita amorosa: &#171;Fue como una revelaci&#243;n&#187;. No, los toros ya no son s&#243;lo la Fiesta Nacional. Han perdido un poco de sus particularidades (algunas fiestas votivas, capeas salvajes, un p&#250;blico cautivo, un pueblo entero movilizado tras un torero muerto), han ganado mucho en universalidad -geogr&#225;fica y sobre todo cultural-. Ahora, en el presente, los que torean y los que van a los toros lo han elegido, y si no saben del todo, ni unos ni otros, lo que van a buscar &#171;all&#237;&#187; (&#191;sabemos bien lo que es el amor?), saben que hoy se va a la plaza en lugar de ir al estadio, al concierto o al teatro.Sin duda, la corrida de toros no es moderna, pero no porque no sea de nuestro tiempo, es -al contrario- porque nuestro tiempo no est&#225; ya en la &#171;modernidad&#187;. La modernidad en el sentido estricto se acab&#243; hacia el final de los a&#241;os ochenta del siglo pasado, con el derrumbamiento de las ideolog&#237;as, el fin del sue&#241;o en el progreso y el agotamiento de los discursos dogm&#225;ticos de las vanguardias art&#237;sticas (formalmente revolucionarias, pol&#237;ticamente redentoras). Lo que algunos han dado en llamar la &#171;posmodernidad&#187; o lo contempor&#225;neo se opone punto por punto a la modernidad. Puede ser que la corrida de toros no sea ni haya sido nunca &#171;moderna&#187;, pero es seguro que se acuerda perfectamente a lo &#171;contempor&#225;neo&#187;. Lo moderno est&#225; ligado al progreso, a la &#171;velocidad&#187;, a la industrializaci&#243;n sistem&#225;tica (comprendida la de la ganader&#237;a de carne); lo contempor&#225;neo y la corrida est&#225;n ligados a la biodiversidad, a la ganader&#237;a extensiva de bravo, a los equilibrios de los ecosistemas. La modernidad s&#243;lo ve&#237;a la salvaci&#243;n a trav&#233;s de la comunidad y la sociedad, en el &#171;todo es pol&#237;tica&#187;, lo contempor&#225;neo y la corrida renuevan con los valores del h&#233;roe solitario (pensemos en el culto contempor&#225;neo hacia los &#233;xitos singulares y aventureros de cualquier tipo), con una &#233;tica de las virtudes individuales, el valor, la lealtad, el don de s&#237; mismo. La modernidad quer&#237;a esconder la muerte (simple &#171;no vida&#187; igual que se dice invidencia en vez de ceguera), reducirla al silencio del fr&#237;o vac&#237;o de las salas mortuorias o a la mec&#225;nica funcional de los mataderos; lo contempor&#225;neo y la corrida de toros reconocen que la ceremonia de la muerte puede contribuir a dar sentido a la vida mostr&#225;ndola conquistada a cada instante sobre la posibilidad misma de su negaci&#243;n. Era -se dec&#237;a- el fin de los ritos en los que lo &#250;nico que se ve&#237;a eran prejuicios arbitrarios e irracionales, pero lo contempor&#225;neo y la corrida de toros redescubren las virtudes de los ritos, no necesariamente vinculados a capillas y estampitas. Lo moderno declaraba el final de la figuraci&#243;n en pintura, del relato en literatura, del drama en el cine; lo contempor&#225;neo inventa una nueva figuraci&#243;n, el cine de Almod&#243;var, genio de la posmodernidad, reinventa la linealidad del relato y las estructuras complejas del melodrama, como la corrida de toros que mezcla lo festivo y lo tr&#225;gico, los colores chillones y la emoci&#243;n m&#225;s pura. El arte moderno glorificaba la vanguardia social y declaraba el final de la &#171;representaci&#243;n&#187;, el posmoderno mezcla lo popular y lo erudito -como la corrida de toros, la m&#225;s sabia de las artes populares- mezcla la transfiguraci&#243;n de lo real y su presentaci&#243;n en bruto (el happening, el body-art, el ready-made, la instalaci&#243;n, la intervenci&#243;n, el artista mismo) como la corrida de toros, alianza de representaci&#243;n cl&#225;sica de la belleza y de presentaci&#243;n en bruto del cuerpo, de la herida, de la muerte, como el torero, artista contempor&#225;neo, que hace de su gesto una obra estilizando su existencia. La posmodernidad, lejos de oponer el hombre al animal como en los tiempos modernos, presiente que no hay humanidad sin una parte de animalidad, sin un otro al que -a quien- medirse, como si el hombre -hoy m&#225;s a&#250;n que ayer- s&#243;lo pudiera probar su humanidad a condici&#243;n de saber vencer, en &#233;l y fuera de &#233;l, la animalidad en su forma m&#225;s alta, m&#225;s bella, m&#225;s poderosa, por ejemplo la del toro salvaje: vencerla, es decir, repelerla o domarla, pero sobre todo oponer la fuerza de la astucia, la gratuidad del juego, la ligereza de la diversi&#243;n, la gravedad de la entrega de s&#237; mismo, la fuerza de la voluntad, el poder del arte, la conciencia de la muerte -en definitiva todo lo que hace la humanidad del hombre-.Quiz&#225; se podr&#225; afirmar: &#191;pero el espect&#225;culo del sufrimiento animal, dada la evoluci&#243;n de las costumbres, no es ya tolerable, hoy menos que ayer? A esto hay que responder que no es una cuesti&#243;n de historia (moderna o no) ni de geograf&#237;a (Espa&#241;a negra o no). Yo no he sufrido nunca, personalmente, con el espect&#225;culo del pez atrapado en el anzuelo del inocente pescador de r&#237;o -es una cuesti&#243;n de sensibilidad-. &#201;sta permite a algunos ver al toro como v&#237;ctima, la m&#237;a s&#243;lo ve en &#233;l un animal combatiente. Autoriza a algunos a pensar que el torero martiriza una bestia, yo veo en &#233;l un h&#233;roe contempor&#225;neo que tiene la audacia de desafiar y enfrentarse a una fiera jug&#225;ndose la vida -sin m&#225;s, por la belleza del gesto, por pura libertad, para afirmar su propio desapego en relaci&#243;n con las vicisitudes de la existencia y su victoria sobre lo imprevisible-. &#161;Es cierto que el toro no quiere combatir, pero no por porque sea contrario a su naturaleza el combatir sino porque es contrario a su naturaleza el querer! Esto es al menos lo que mi sensibilidad me dicta, comparable en eso a la de cientos de miles de otros hombres en todo el mundo, y no la creo menos movilizada ni sublevada que ninguna otra ante el sufrimiento de los hombres -o incluso de los animales- ni menos consciente de lo que hace falta de poder creador para volver a dar hoy un sentido, en arte, a esa palabra mancillada que es la belleza.&lt;/DIV&gt;&lt;/DIV&gt;</body>
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    <title>EL ARTE DE JUGARSE LA VIDA. Art&#237;culo de Francis Wolff en ABC y Somos Ecuador.</title>
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