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    <body>Mirar el mundo desde un rinc&#243;n de timidez o desde un alma dolorida o desde una est&#233;tica ajena a las modas puede ofrecer a cambio la oportunidad de dejar una obra art&#237;stica relevante. A los t&#237;midos, los inseguros, los delicados, los timoratos, los escrupulosos, los heterodoxos, los rebeldes, los m&#237;sticos, los perfeccionistas e insatisfechos de toda laya la fortuna los compensa a veces con una rara lucidez de la que carecen quienes que van pisando fuerte. La energ&#237;a del oportunista se malgasta en astucias, todo ese arduo trabajo del medro que embota la sensibilidad. Luego llega la posteridad con sus compensaciones, y los que en vida triunfaron son borrados de la memoria colectiva, mientras que algunas obras t&#237;midas de artistas t&#237;midos (Joseph Joubert, por ejemplo) obtienen inesperados reconocimientos p&#243;stumos, como si hubiesen sido escritas para los lectores de doscientos a&#241;os despu&#233;s.

Digo a veces, algunos, tal vez. No basta con haber vivido una vida oscura y escrito una obra en los m&#225;rgenes para que la posteridad autom&#225;ticamente otorgue su compensaci&#243;n. Ese es un falso mito que circula como consuelo entre los escritores secretos. Querido escritor secreto: si sue&#241;as con la esquiva gloria, tal vez no seas t&#250; de los elegidos. Sospecho que los de verdad buenos son los que se quedan a solas con su arte, siempre, sin rencor, pase lo que pase. Aunque qui&#233;n sabe. 

Las obras completas de Joseph Joubert son sus cartas y los cuadernos de notas que escribi&#243; durante cincuenta a&#241;os. No public&#243; nada, nunca. No ense&#241;&#243; a casi nadie lo que escrib&#237;a. Aunque en su juventud hizo alg&#250;n amago de escribir "libros bonitos", acordes con las modas de la &#233;poca, muy pronto desisti&#243; de la vulgar tarea de terminar (o comenzar) un libro. "Su pasi&#243;n fue el fragmento, lo conciso, la frase rodeada de silencio" (Juan Malpartida).

No es que a Joubert lo rechazaran los cr&#237;ticos o editores de la &#233;poca. Es que nunca le dio la gana de publicar. Autor sin libro, escritor sin escritos, como dice Maurice Blanchot en &lt;EM&gt;El libro que vendr&#225; &lt;/EM&gt;(y despu&#233;s parafrasear&#225; Vila-Matas en &lt;EM&gt;Bartleby y compa&#241;&#237;a&lt;/EM&gt;). "Fue uno de los primeros escritores totalmente modernos: nunca escribi&#243; un libro. S&#243;lo se prepar&#243; a escribir uno..." 

Joubert se sab&#237;a perezoso, escrupuloso, postergador. No le interes&#243; el &#233;xito social. Fue incapaz de "trabajos largos", estuvo negado para el "discurso continuo". Tuvo una vocaci&#243;n irresistible por el silencio (Thibaudet). Si busc&#243; la verdad fue para poseerla, no para difundirla (Beaunier). A lo sumo para compartirla con unos pocos amigos en paseos y conversaciones. Para ejercer de encantador p&#250;blico hubiera tenido que salir de su vida interior, correr riesgos (Billy), y arriesgarse le daba una pereza invencible.

Adem&#225;s de Chateubriand, su mejor amigo fue un tal Louis de Fontanes, diputado, ministro, senador e incluso poeta, ejemplo eximio de triunfador en vida. Carlos Pujol, en su edici&#243;n de los &lt;EM&gt;Pensamientos&lt;/EM&gt; de Joubert, lo define as&#237;: "Y Fontanes (a quien la posteridad ha olvidado con toda justicia, veng&#225;ndose as&#237; de sus &#233;xitos) resume otros aspectos que Joubert aborrece: el esp&#237;ritu servil, el arribismo, la oportunidad siempre aprovechada para medrar, la mano izquierda, ese habil&#237;simo don para fingir que uno es alguien y, adem&#225;s, necesario. Fontanes, el triunfador, el figur&#243;n del primer Imperio". "A su sombra Joubert se hace a&#250;n m&#225;s retra&#237;do, m&#225;s independiente, m&#225;s vergonzoso y modesto". Se gustaron, quiz&#225; porque los contrarios se atraen y porque era imposible que se hicieran da&#241;o: Fontanes ten&#237;a cosas que, a su manera, Joubert envidiaba, y Joubert era el amigo perfecto para alguien como Fontanes, pues jam&#225;s podr&#237;a ser su competidor en la arena p&#250;blica. Pero quien brill&#243; y estuvo atento a la moda ha sido olvidado, como esa vajilla de los aparadores que cr&#237;a polvo y nunca se usa, y quien escribi&#243; para s&#237; mismo al margen de su tiempo ha encontrado tiempo despu&#233;s sus lectores.  

Joubert no escribi&#243; f&#225;ciles y pulidas m&#225;ximas para hacer brillar su ingenio. No fue un aforista profesional. En su obsesiva b&#250;squeda de la perfecci&#243;n, fue dejando en sus cuadernos retazos, fragmentos, reflexiones fin&#237;simas sobre el arte y la vida que empezaron a ser publicadas (en edici&#243;n reducida y no venal) catorce a&#241;os despu&#233;s de su muerte. Dejando aparte su platonismo (que no entiendo), me gustan su delicadeza, su ligereza, su sensibilidad, su ausencia de sermones, su capacidad de escucha, su exquisita profundidad en todo lo relativo a los libros, la lectura, la cr&#237;tica, la escritura. 

A la solitaria traducci&#243;n de Carlos Pujol se han sumado &#250;ltimamente las de Jos&#233; Antonio Mill&#225;n Alba, Salustiano Mas&#243;, Luis Eduardo Rivera y Manuel Serrat Crespo. Ahora Joubert es algo menos secreto entre nosotros. Cada traducci&#243;n de sus aforismos contiene matices y aromas propios. Empezamos ma&#241;ana. 

.

&lt;STRONG&gt;&lt;FONT color=#cc0000&gt;MAURICE BLANCHOT, "Joubert y el espacio", &lt;EM&gt;El libro que vendr&#225;&lt;/EM&gt;. Caracas, Monte &#193;vila Editores, 1992. Traducci&#243;n de Pierre de Place.&lt;/FONT&gt;

&lt;FONT color=#cc0000&gt;ENRIQUE VILA-MATAS, &lt;EM&gt;Bartleby y compa&#241;&#237;a&lt;/EM&gt;. Barcelona, Anagrama, 2000.&lt;/FONT&gt;

&lt;/STRONG&gt;.







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    <title>El delicado bartleby Joseph Joubert</title>
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    <body>&lt;IMG id=img_0 height=111 src="http://www.lacoctelera.com/myfiles/warmwords/MisManos.jpg" width=249&gt;

Una frase no subrayada a l&#225;piz. De &lt;STRONG&gt;Enrique Vila Matas &lt;/STRONG&gt;en dietario voluble. 


"Ning&#250;n escritor es bueno hasta que aprende a corregir. Pero atenci&#243;n: tampoco corregir es tan f&#225;cil como a primera vista pueda pensarse. Recuerdo que el pintor Delacroix sol&#237;a decir que hay dos cosas que la experiencia debe aprender: la primera es que hay que corregir mucho; la segunda es que no hay que corregir demasiado.



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    <title>Curso pr&#225;ctico de escritura (I). Corrige, corrige</title>
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    <body>&lt;IMG id=img_0 height=232 src="http://img404.imageshack.us/img404/4726/librowa4.jpg" width=335&gt;

Empecemos con una frase de 'Dietario voluble', el goloso libro de &lt;STRONG&gt;Enrique Vila Matas&lt;/STRONG&gt;. Si tienes el libro a mano, c&#243;gelo y vete a la p&#225;gina 72. Si no, lee. 

"A veces tener que regalar algo nos pone al borde del abismo, nos complica la vida hasta extremos que jam&#225;s hab&#237;amos sospechado. Es peligroso regalar. (...) Cuando no es peligroso, el arte de regalar libros es complicado. Es complicado regalarlos cuando quien los recibe, como me sucedi&#243; en cierta ocasi&#243;n, pregunta si merece la pena leerlos. (...) Tambi&#233;n es complicado regalar libros a gente muy exigente que los mira con extra&#241;a atenci&#243;n y acaba pregunt&#225;ndose si les acabas de regalar medio kilo de papel y tinta o bien una nueva vida" p. 72-74.

A m&#237; me encanta que me regalen libros. Me gusta mucho, sobre todo si responden a alguna de las indirectas que voy lanzando por ah&#237; para que futuros regaladores sepan con qu&#233; complacerme. "No he le&#237;do lo &#250;ltimo de no s&#233; qui&#233;n y me encantar&#237;a" "Pues dicen que este libro est&#225; muy bien y yo todav&#237;a no lo he le&#237;do". En fin, esas frases tan sutiles que todos lanzamos (unos m&#225;s que otros) de vez en cuando. Tambi&#233;n es verdad que a veces te llevas verdaderos chascos, libros tremendos que no habr&#237;as comprado ni en tus peores pesadillas y que, cuando empiezas a leerlo, descubres que, efectivamente, son tremendamente raros. S&#243;lo sirven para hacer hueco en la estanter&#237;a. En fin. 

Pero, as&#237; omo me gusta mcuho que me regalen libros, yo hace bastante tiempo que no doy ninguno. Tengo que estar muy muy muy seguro de que va a gustar un libro para regal&#225;rselo a otra persona. Recomendar s&#237;, pero regalar... Hubo un tiempo en el que s&#237;q ue regalaba libros. Muchos libros. Cada vez que le&#237;a algo que me entusiasmaba hasta l&#237;mites insospechados (y que me empujaba a las librer&#237;as para comprar m&#225;s sobre ese autor) no dudaba en regal&#225;rselos a alguien en su pr&#243;ximo cumplea&#241;os. Lo llegu&#233; a hacer. Creo ahora que era un acto ego&#237;sta. Como si con el libro quisiera que la otra persona supiera lo mucho que disfrut&#233; yo con esa lectura. Seguro que en el fondo estaba la intenci&#243;n de que ese sentimiento de gozo tambi&#233;n lo sintiera la otra persona. Seguro que s&#237;, pero no me puedo quitar de la cabeza la idea de que a lo mejor eran regalos que hac&#237;a para m&#237; mismo (pero a trav&#233;s de otra persona). Mmm. No s&#233; si me explico. 

Como dice Vila-Matas, regalar libros es complicado. &#191;T&#250; sueles hacerlo?

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    <title>El arte de regalar libros</title>
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    <body>&lt;IMG id=img_0 style="WIDTH: 285px; HEIGHT: 228px" height=208 src="http://www.diariodelibros.com/wp-content/uploads/2008/08/dietario_voluble_enrique_vila_matas.jpg" width=294&gt;

Dice &lt;STRONG&gt;&lt;A id=link_0 title=http://www.sincolumna.com/con_columna/vila_matas/index.html href="http://www.sincolumna.com/con_columna/vila_matas/index.html"&gt;&lt;STRONG&gt;Enrique Vila Matas &lt;/STRONG&gt;&lt;/A&gt;&lt;/STRONG&gt;en su &#250;ltimo libro, Dietario Voluble, que le encanta leer las impresiones que otros escritores tienen sobre libros qu&#233; &#233;l ya ha le&#237;do. A m&#237; me ocurre lo mismo. Por eso, me relamo de gusto cuando unas p&#225;ginas m&#225;s adelante me encuentro con los comentarios que hace de &lt;A id=link_1 title=http://lacomunidad.elpais.com/masmedia/2008/10/28/dientes-leche-finales-valen-libro href="http://lacomunidad.elpais.com/masmedia/2008/10/28/dientes-leche-finales-valen-libro"&gt;Dientes de leche&lt;/A&gt;, el libro que se asomaba a esta esquinica de la red ayer mismo. 

 Vila Matas mola. Sobre todo cuando habla de literatura, que es casi siempre. Ya sabes que no em gusta subrayar en los libros, peor s&#237; que suelo poner unos trocitos de papel peque&#241;os, casi invisibles, que marcan un hito, esa p&#225;gina que me sorprendi&#243; o que no dudar&#237;a en volver a leer pasado un tiempo. 

 Entre lo rescatado del blanco y negro, las miguitas de Pulgarcito me llevan a un par de pasajes en el que Vila Matas le rinde homenaje a la vida. Hace un par de a&#241;os, el escritor lo pas&#243; mal. Muy mal. Tanto que vio la sombra de cerca y casi le estrecha la mano. Por eso, hay frases de su libro que hay que leer como muestras de una experiencia sabia y masticada.

 "Vivir es nuestra tarea. Estemos donde estemos, hemos de vivir como si nunca hubi&#233;semos de morir. Aunque, por ejemplo, nos queden unos minutos de vida hay que seguir riendo con el &#250;ltimo chiste, mirando por la ventana para ver si el tiempo sigue lluvioso, esperando con impaciencia las &#250;ltimas noticias de prensa". p. 40

 "No nos enga&#241;emos. Se enfriar&#225; este mundo, una estrella entre las estrellas y, por otra parte, una de las m&#225;s peque&#241;as del universo, es decir, una gota brillante en el tercipelo azul. Se enfriar&#225; este mundo un d&#237;a y se deslizar&#225; en la ciega tiniebla del infinito -ni como una bola de nieve, ni como una nube muerta-, como una nuez vac&#237;a. Creo que debemos tener en cuenta esto y amar el mundo en todo momento, amarlo tan conscientemente que podamos al final cada uno de nosotros decir: he vivido". p. 40-41

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    <body>&lt;em&gt; E. Taylor Cheever escrib&#237;a libros en su mag&#237;n, jam&#225;s sobre papel. A su muerte, a los sesenta a&#241;os, hab&#237;a completado catorce novelas y creado ciento veintisiete personajes que recordaba con todo detalle.

 &lt;/em&gt;As&#237; comienza "El hombre que escrib&#237;a libros en su mag&#237;n", un extra&#241;o e hilarante cuento de Patricia Highsmith que narra un curioso caso de bartleby, es decir, de escritor que no escribe. Contin&#250;a as&#237; el cuento:

&lt;em&gt; &lt;em&gt;A los veintitr&#233;s a&#241;os Cheever escribi&#243; una novela, &lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/em&gt;&lt;strong&gt;El eterno desaf&#237;o&lt;/strong&gt;&lt;em&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;, que fue rechazada por cuatro editoriales de Londres. Cheever, que por aquella &#233;poca trabajaba de subdirector en un peri&#243;dico de Brighton, mostr&#243; el original a tres o cuatro amigos, periodistas y cr&#237;ticos, todos los cuales, sin excepci&#243;n, le dijeron con una brusquedad que a Cheever le record&#243; las cartas de los editores londinenses: "Los personajes no est&#225;n vivos... Di&#225;logos artificiosos... No se entiende de qu&#233; va... Ya que me pides que te sea franco, te dir&#233; que, en mi opini&#243;n, no lograr&#225;s que se publique aunque la revisaras cien veces... Olv&#237;date de esta y comienza otra..."&lt;/em&gt;

 &lt;/em&gt;Como hacen muchos escritores, Cheever se cas&#243; con una chica modosita cuya renta y cuya rendida admiraci&#243;n hacia su talento le permitieran a &#233;l vivir sin trabajar. Hab&#237;a imaginado que tras la publicaci&#243;n de la primera novela podr&#237;a dejar el peri&#243;dico y dedicarse a escribir narrativa y cr&#237;tica literaria hasta terminar convirti&#233;ndose en una pluma importante del &lt;em&gt;Times&lt;/em&gt; o el &lt;em&gt;Guardian&lt;/em&gt;, de modo que se  puso fervorosamente a pensar en su segunda novela, resuelto a enmendar pasados errores y a no escribir una sola palabra antes de tener el plan perfectamente concebido. Pasaba diez horas diarias encerrado en su estudio, imaginando hasta el &#250;ltimo detalle de &lt;em&gt;El desbaratador de la partida&lt;/em&gt;, t&#237;tulo que nadie m&#225;s que &#233;l conoc&#237;a. Se sab&#237;a de memoria cap&#237;tulos enteros, pero escribir, lo que se dice escribir, s&#243;lo hab&#237;a escrito cosas del tipo "1877-1953", las fechas de nacimiento de los personajes. Naci&#243; su hijo. Pasaron doce meses. Si el libro ya estaba terminado y corregido, &#191;para qu&#233; escribirlo? &#191;No ser&#237;a mejor empezar el siguiente?

 Cuando termin&#243; la tercera novela, su hijo Everett Junior ya ten&#237;a cinco a&#241;os. A los doce a&#241;os el ni&#241;o era consciente de que su padre hab&#237;a escrito seis libros invisibles. A los quince se mor&#237;a de verg&#252;enza cada vez que ten&#237;a que decirle a alg&#250;n amigo que su padre era escritor, pues no hab&#237;a libros que mostrar ni rese&#241;as de las que presumir. No hab&#237;a nada de nada, aunque no por ello su padre no dejaba de tener una actividad fren&#233;tica: terminaba una novela en su mag&#237;n y enseguida se pon&#237;a a concebir la siguiente. Cuando Everett Junior entr&#243; en Oxford, su padre enseguida fue objeto de pitorreo cruel y protagoniz&#243; unas graciosas coplillas que iban de mano en mano por el campus. Pero la familia fue acostumbr&#225;ndose a estas formas de rechazo social, nunca muy expl&#237;citas ni expresivas (al fin y al cabo viv&#237;an en Inglaterra), y asumieron con naturalidad que la vida de los escritores no siempre es un camino de rosas. 

 Cuando su padre agonizaba en el hospital por la dolencia cardiaca que pondr&#237;a fin a su vida, Everett ten&#237;a treinta y ocho a&#241;os y dos hijos adolescentes. Toda la familia, desde la madre hasta su mujer y sus hijos, hab&#237;a terminado por aceptar la extra&#241;a manera de escribir del autor de &lt;em&gt;El hu&#233;rfano &lt;/em&gt;y &lt;em&gt;Vendr&#225;n los a&#241;os peligrosos&lt;/em&gt;. Reunidos con l&#225;grimas en los ojos junto al moribundo, lo recordaban entra&#241;ablemente en su escena caracter&#237;stica, sentado ante la mesa de trabajo, canturreando, la mirada fija en los folios en blanco, sin parar de juguetear con la goma del l&#225;piz. Creando. 

 En su lecho de muerte E. Taylor Cheever imaginaba su epitafio. Los dem&#225;s tuvieron tambi&#233;n que imaginarlo, pues el escritor no solt&#243; prenda. A&#241;os m&#225;s tarde toda la familia, viuda, hijo y nietos, todav&#237;a segu&#237;an lament&#225;ndose de que ni siquiera despu&#233;s de su muerte la obra del novelista hubiera disfrutado de la fama y el respeto que merec&#237;a.

 .

 Fin del cuento.

 .

 El origen de este pintoresco bartleby est&#225; en su fracaso inicial como escritor. Debe de ser por eso que E. Taylor Cheever no figura con todos los honores en &lt;em&gt;Bartleby y compa&#241;&#237;a&lt;/em&gt;, pues para Enrique Vila-Matas "no hay ning&#250;n m&#233;rito en ser un escritor del No porque has fracasado. El fracaso arroja excesiva luz y demasiada poca sombra de misterio a los casos de quienes renuncian a escribir por un motivo tan vulgar". 

 Al fracasar con su primer manuscrito, E. Taylor Cheever se convirti&#243; en un bartleby plat&#243;nico, es decir, en un escritor que cree que lo importante son las ideas. No escribirlas ni plasmarlas, sino crearlas, concebirlas, imaginarlas.  

 .

&lt;strong&gt; (Patricia Highsmith, "El hombre que escrib&#237;a libros en su mag&#237;n", en &lt;em&gt;A merced del viento&lt;/em&gt;, Barcelona, Planeta, 1979. Traducci&#243;n de Helena Valent&#237;)

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    <body>Hay escritores que, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quiz&#225; precisamente por eso), no llegan a escribir nunca, o escriben uno o dos libros y luego renuncian a la escritura, o tras poner en marcha una obra en progreso quedan un d&#237;a paralizados para siempre. Son los escritores que "preferir&#237;an no hacerlo", es decir, que hacen suyo el lema de Bartleby, el silencioso y renuente personaje de Melville. Los bartlebys. Los escritores que no escriben; descubiertos, explicados e inventariados por Enrique Vila-Matas en su imprescindible &lt;EM&gt;Bartleby y compa&#241;&#237;a&lt;/EM&gt;.

Uno de los bartlebys c&#233;lebres de la literatura hispanoamericana es Juan Rulfo. Escribi&#243; dos obras maestras, una novela y un libro de cuentos, y dej&#243; para siempre de escribir. Se dec&#237;a que el peso de haber escrito &lt;EM&gt;Pedro P&#225;ramo &lt;/EM&gt;result&#243; terriblemente inhibitorio para su escritura, tal vez porque Rulfo pensaba haberlo escrito "por casualidad" o haciendo de "m&#233;dium" de una misteriosa voz externa a &#233;l, y no se sent&#237;a capaz de responder a las expectativas creadas. Rulfo se invent&#243; al t&#237;o Celerino para justificar su silencio. "&#191;Que por qu&#233; no escribo?, sol&#237;a decir. Pues porque se me muri&#243; el t&#237;o Celerino, que era el que me contaba las historias. Siempre andaba platicando conmigo. Pero era muy mentiroso. Todo lo que me contaba eran puras mentiras, y entonces, naturalmente, lo que escrib&#237; eran puras mentiras..."

Hay otro bartleby amigo de Rulfo que Vila-Matas no incluye en su libro. Me refiero a Edmundo Valad&#233;s, cuyo primer libro de cuentos, &lt;EM&gt;La muerte tiene permiso &lt;/EM&gt;(1955) fue mejor que el segundo (&lt;EM&gt;Las dualidades funestas&lt;/EM&gt;, 1967), y el segundo mejor que el tercero, as&#237; hasta dejar finalmente de escribir. Creo que Valad&#233;s es uno de esos casos en los que primero el periodista y luego el editor se comieron al escritor. Es decir, el escritor Valad&#233;s sucumbi&#243; ante los oficios relacionados con la literatura que parecen ser la literatura pero que no lo son. Fundador en 1964 de la m&#237;tica revista "El Cuento", la dirigi&#243; hasta su muerte, con m&#225;s de 110 n&#250;meros y 1300 cuentos publicados. Si la vida literaria precisa de creadores, tambi&#233;n necesita lectores e impulsores generosos. Valad&#233;s sacrific&#243; su propia obra para alentar la de los dem&#225;s, pues acab&#243; empleando menos energ&#237;a en sus propios cuentos que en leer y publicar los cuentos de otros cuyas carreras literarias deben su primer impulso a Valad&#233;s. 

Edmundo Valad&#233;s, bartleby por generosidad.

En &lt;EM&gt;As&#237; se escribe un cuento &lt;/EM&gt;(Suma de Letras, 2003) Mempo Giardinelli incluye una entrevista al "maestro Valad&#233;s" realizada en 1985, es decir, cuando el escritor mexicano ten&#237;a setenta a&#241;os. Valad&#233;s se confiesa:

"Tengo que admitir que desaprovech&#233; mucho el tiempo. Yo soy escritor de un cuento por a&#241;o, f&#237;jese, cosa que ni me halaga ni me gusta. Me embarqu&#233; en proyectos de novelas que jam&#225;s termin&#233;... le confieso que en cierto sentido me siento un escritor in&#233;dito. Pero eso s&#237;: de lo que tengo consciencia plena es de que soy escritor, de que tengo muchas cosas por decir y que tal vez pueda decirlas bien... Tengo algunas notas, ambientes, papeles inconclusos, ladrillos, digamos, pero falta la casa. Y me duele mucho, Mempo. Usted lo sabe. Pero tengo el gran consuelo: mi revista es muy apreciada y yo lo s&#233;."

Como si hiciera suyas las terribles palabras de Rilke en sus &lt;EM&gt;Cartas a un joven poeta&lt;/EM&gt;, Valad&#233;s advierte: "El oficio de escritor exige una disciplina, exige un arrojo, exige una entrega... Una decisi&#243;n total: decirse soy escritor y tengo el uso de la palabra, pues voy a usarla. Puedo hacer una obra importante o no hacerla, pero eso no importa... No permite evasivas, no permite excusas... Hay que atreverse a todo eso. Pero uno tiene muchas resistencias &#237;ntimas. Una flojera mental, una carencia de disciplina... Yo creo que el camino de un escritor es descubrir su voz interior. Es un minero decidido a encontrar la mina de oro, lo que cuesta un esfuerzo enorme. Que es lo que debe hacer un escritor, &#191;verdad? Un escritor debe dejar todo con tal de no perder esa voz. Porque esa voz se va gastando in&#250;tilmente... por flojera, por falta de disciplina, falta de pasi&#243;n, de coraje, lo que sea... de eso yo tengo conciencia. La va usted conteniendo, la va secando, y esa voz pierde caudal..."

"Le aseguro qe me hago esa pregunta muchas veces, por qu&#233; hace quince a&#241;os que no escribo. Porque cada vez adquiero m&#225;s conciencia de que soy un escritor, de que puedo decir cosas por medio de la palabra. Y no hacerlo, pues... Ah, no se imagina cu&#225;nto me duele... Ese es el drama de tantos escritores: cancelan esa voz interior, la clausuran..."













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    <body>   En febrero de 2008 Ediciones Blur S.L pone en librer&#237;as especializadas un magn&#237;fico trabajo a cuatro manos entre el escritor Enrique Mochales y el ilustrador Oriol Malet.

 &#8220;La improbable vida de Bernard Lafourcade y otros relatos&#8221; siendo la culminaci&#243;n de una idea sencilla y estimulante, es una rara avis en el panorama editorial espa&#241;ol por lo general poco dado a proyectos innovadores.
 Se trata de un libro de &#8220;cuento corto con ilustraci&#243;n&#8221; en el que el vasco Enrique Mochales aporta los textos y el catal&#225;n Oriol Malet las ilustraciones.

 Clasificados en cuatro bloques de improbabilidad (realidad, amor, muerte y vida), Mochales ordena una cincuentena de textos acotables entre el cuento corto (muy corto) y el microrelato. Una destilada selecci&#243;n de situaciones y desenlaces que probablemente sorprenderan al lector por su eclecticismo narrativo: aunque domina el pret&#233;rito imperfecto tradicional, cada relato reniega del patr&#243;n y se erige como &#250;nico y claro aspirante a ser el texto m&#225;s destacadao y dar, por ello, nombre al conjunto.

 El lector que suba &#8220;Bernard Laforucade&#8221; al tren para ir al trabajo, leer&#225; apenas una serie de textos &#225;giles, ingeniosos, frescos y muchas veces sorprendentes.

 Al lector que se lo tome con m&#225;s calma, se le har&#225;n presentes situaciones kafkianas, en algunos momentos pensar&#225; en Borges, en otros recordar&#225; Eduardo Galeano, y en otros le vendr&#225;n ganas de releer Enrique Vila-Matas. Sin duda.

 Valga, como muestra, un bot&#243;n: &#8220;El brazo derecho de  Anselmo&#8221;

 &lt;code&gt;"A veces encuentro a Anselmo en un mugriento caf&#233; de los alrededores apurando el &#250;ltimo trago de una botella de cerveza. Anselmo cuenta de izquierda a derecha los caballos parlantes de un cartel de circo y luego cavila. Nunca le gust&#243; que le llevasen al circo. Prefer&#237;a el zool&#243;gico, o algo parecido. Recuerdo especialmente nuestras apuestas: aquel d&#237;a Anselmo se arriesg&#243; demasiado, no fue lo suficientemente r&#225;pido. Ahora siempre dice que volver&#237;a a meter la mano en la jaula. Y cuando bebe no le hacen falta los dos brazos. Lo que apost&#225;semos no tiene importancia: el ganador fue &#233;l."&lt;/code&gt;

 Pero concebir &#8220;La improbable vida de Bernard Lafourcade y otros relatos&#8221; tan s&#243;lo como un libro de relatos, es concebir tan s&#243;lo la mitad de lo que realmente es. Las ilustraciones de Oriol Malet no s&#243;lo complementan a la perfecci&#243;n los relatos sino que se dir&#237;a que, en muchos casos, son la natural clave interpretativa de los mismos.

 Podr&#237;amos haber encontrado los textos editados en un libro de relatos &#8220;convencional&#8221;: son absolutamente aut&#243;nomos.
 Del mismo modo, las ilustraciones podr&#237;an formar parte de un trabajo independiente.
 Sin embargo, el acierto de
 &#8220;La improbable vida de Bernard Lafourcade y otros relatos&#8221; est&#225; justamente ah&#237;: en la fusi&#243;n de ambos talentos en un solo libro que bien podr&#237;a ser obra de un &#250;nico autor: por supuesto, del franc&#233;s nacionalizado ingl&#233;s Bernard Laforucade.

 B&#250;squenlo. L&#233;anlo. Cont&#233;mplenlo.

 Ramiro Tom&#233;
 info(arroba)arquera.com
&lt;a href="http://arquera.com/slql" title="http://arquera.com/slql" id="link_0"&gt;http://arquera.com/slql&lt;/a&gt; 

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    <title>LA IMPROBABLE VIDA DE BERNARD LAFOURCADE Y OTROS RELATOS</title>
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