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    <body>&lt;IMG class=imgizqda id=img_0 height=411 src="http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/viajesdelrio/dozza.jpg" width=279&gt;Entre Bolonia e &#205;mola, se encuentra el pueblecito de Dozza. En principio no tiene nada de especial comparado a los otros pueblos de la regi&#243;n: aspecto medieval, una rica historia durante el Renacimiento, pero a priori nada que puediera destacarlo del resto. Hasta que un cierto Tommaso Seragnoli tuvo la idea genial de, apoyado por un grupo de habitantes del pueblo, crear la Bienal Art&#237;stica de los Muros Pintados (&lt;I&gt;Biennale d&#8217;arte del Muro Dipinto&lt;/I&gt;) en 1960. Una bienal de arte diferente de las otras. En lugar de traer las obras y exponerlas, se invita a los artistas a venir al pueblo durante el mes de septiembre y a pintar sus obras ante del p&#250;blico. Pero no sobre un lienzo, sino&#8230; &#161;sobre las casas !. Desde entonces, m&#225;s de 200 artistas han participado a esta manifestaci&#243;n, contribuyendo a dar un aspecto muy, muy especial a este pueblo. Se trata de un paseo extraordinario para los amantes de arte contempor&#225;neo. Sus casas medievales tienen los muros decorados por frescos de todos los tama&#241;os, estilos, colores y tendencias, algunos recientes, otros ya da&#241;ados por el paso del tiempo. Proponer un espacio p&#250;blico para expresar el arte no es una idea original, pero ha logrado revitalizar Dozza y convertirlo en un lugar &#250;nico. Como afirma Simona Lembi, consejera de cultura de la provincia de Bolonia, " el resultado de esta iniciativa es haber creado un bell&#237;simo museo a cielo abierto, que antecede a la idea de &#8216;public art&#8217;, gracias a la relaci&#243;n intr&#237;nseca que se desarrolla entre el artista, el p&#250;blico y el lugar. En pocas palabras, un ejemplo de sentido c&#237;vico ". El viajero que pueda permitirse vagabundear un poco por all&#237; apreciar&#225; la est&#233;tica sorprendente de este pueblo, lejos de la idea que tenemos de la Italia rural tradicional.

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    <title>Los muros pintados</title>
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    <body>&lt;STRONG&gt;&lt;FONT color=#ff0000&gt;&lt;DIV style="TEXT-ALIGN: center"&gt;&lt;STRONG&gt;&lt;FONT color=#ff0000&gt;'Los personajes siempre llegan a la hora exacta al lugar en que se les espera'

[Paulo Coelho: 'El peregrino de Compostela. Diario de un mago']
&lt;/FONT&gt;&lt;/STRONG&gt;&lt;/DIV&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/STRONG&gt;
&lt;STRONG&gt;&lt;DIV style="TEXT-ALIGN: center"&gt;&lt;STRONG&gt;*******&lt;/STRONG&gt;&lt;/DIV&gt;&lt;/STRONG&gt;
San Baudelio, un nombre que -indisolublemente unido al indicativo 'de Berlanga'- produce en el que suscribe un c&#250;mulo de sensaciones tan variadas, que el &#250;nico adjetivo que se me ocurre para intentar hallar el 'm&#237;nimo com&#250;n m&#250;ltiplo' y agruparlas en una sola palabra clave, es: electrizante.

Esa sensaci&#243;n fue la que me eriz&#243; el vello del cuerpo el pasado s&#225;bado, cuando, de madrugada -los primeros bostezos del sol dejaban nubecillas doradas en la retina, que hac&#237;an que &#233;sta a duras penas consiguiera fijar las lindes de la carretera- me encaminaba hacia El Burgo de Osma, donde Marina -otra amiga entra&#241;able, cuya amistad me honra y enriquece- ten&#237;a que contarme un sin fin de experiencias acaecidas en un lugar no menos electrizante que el anterior: la ermita de San Bartolom&#233; de Ucero y el entorno del Ca&#241;&#243;n del R&#237;o Lobos.

Hac&#237;a fresco a hora tan temprana, aunque la ausencia de nubes y ese sol, como digo, que comenzaba a bostezar perezoso por la direcci&#243;n en la sol&#237;an orientarse multitud de enterramientos medievales, auguraba otro d&#237;a espl&#233;ndido, impropio de ese clima mortecino y fr&#237;o, caracter&#237;stico de un mes como noviembre.

Hab&#237;a tr&#225;fico en la carretera, para ser s&#225;bado y parte de un largo puente, y aunque ninguna retenci&#243;n, por fortuna, intent&#243; poner a prueba mis nervios -curtidos en mil y una idas y venidas al trabajo- la densidad del tr&#225;fico ero lo suficientemente destacable como para seguir al pie de la letra dos normas b&#225;sicas de la Direcci&#243;n General de Tr&#225;fico, que todo conductor debe de tener en cuenta cada vez que se pone al volante de su veh&#237;culo: respetar los l&#237;mites de velocidad y mantener una prudencial distancia con el veh&#237;culo precedente.

De cualquier manera, sin excesos ni demostraciones inconsecuentes de motor -que no tienen ning&#250;n sentido fuera de un circuito de carreras- apenas faltaban unos minutos para las diez de la ma&#241;ana, cuando enfil&#233; ese figurado camino al cielo -que nada tiene que ver con la autopista de aqu&#233;l legendario grupo de rock, llamado Led Zeppelin- situado entre las poblaciones de Calt&#243;jar y Casillas de Berlanga y que, en mi opini&#243;n, se mantiene completo ajeno a ambas, salvaguardando ese misterio de origen moz&#225;rabe que se ampara, al menos, en dos cualidades dignas de tener en cuenta: belleza y soledad.

Llegu&#233; a la cima, como dec&#237;a, poco antes de las diez -parad&#243;jicamente, en ese momento no record&#233; la entra&#241;able canci&#243;n de Joan Manuel Serrat- cuando apenas el guarda abandonaba somnoliento su veh&#237;culo, mientras yo aparcaba el m&#237;o en la explanada de gravilla que hay a tal efecto, justo enfrente de la ermita.

Alejando las sombras de la noche, los rayos del sol comenzaban a iluminar las s&#243;lidas paredes de piedra y mortero, cuya tosca apariencia apenas dejaba entrever, al visitante primerizo, el tesoro oculto en su interior. &#201;ste, elev&#225;ndose por encima del tejado como un glorioso orbe de color blanquecino intenso, semejaba una aparici&#243;n mariana en mitad de un desierto de montes y quebradas, que parec&#237;an extenderse, en sempiterna sucesi&#243;n, hasta los confines del infinito.

El silencio, apenas roto por el susurro del viento acariciando las ramas quebradas de los arbustos, en ning&#250;n momento se me antoj&#243; espeso y hostil como en otros lugares solitarios de la provincia, como el castillo en ruinas de Ucero.

Al contrario, resultaba, en mi sincera opini&#243;n, un silencio que embriagaba de paz; sensaci&#243;n &#233;sta, por otra parte, que se hizo a&#250;n mucho m&#225;s intensa cuando atraves&#233; el hermoso p&#243;rtico con forma de cerradura y penetr&#233; en el interior, siguiendo al guarda, que portaba, por si acaso, algunas gu&#237;as en su mano.

Reconozco, que a pesar de encontrarme en un lugar sagrado, maldec&#237; para mis adentros -tambi&#233;n por en&#233;sima vez, una por cada visito que realizo- pensando, con una enorme tristeza, en la vergonzosa indecencia que consigui&#243;, all&#225; por los a&#241;os veinte, elevar el nivel cultural de algunos museos de los Estados Unidos, a costa de la profanaci&#243;n de una joya hist&#243;rico-art&#237;stica de nuestro patrimonio, como son los incre&#237;bles frescos de San Baudelio. A&#250;n as&#237;, desprovista de una parte importante de su inconmensurable gloria, el coraz&#243;n moz&#225;rabe de aqu&#233;l canal de comunidaci&#243;n directa con Dios, lat&#237;a en mi imaginaci&#243;n con fuerza suficiente como para mostrarme -aunque s&#243;lo fuera de una manera exot&#233;rica- la profunda m&#237;stica que anim&#243; los corazones de aquellos seres que un d&#237;a, tal vez animados por los sue&#241;os del Grial que acompa&#241;an a su leyenda, decidieron legar para el futuro la huella, as&#237; como el testimonio de su fe.

En mitad del recinto, el &#225;rbol m&#225;s antiguo del mundo, la palmera, elevaba incomensurable sus ramas hacia lo alto, como un tit&#225;nico Sans&#243;n sujetando el techo, mientras la claridad solar que comenzaba a filtrarse por la puerta abierta descubr&#237;a poco a poco una peque&#241;a mezquita, sobre la cual se elevaba un atrio de rincones oscuros y misteriosos, a los que a duras penas llegaba la luz del sol.

No me resultaba dif&#237;cil, en ese momento de quietud -momento que no dur&#243; mucho, todo hay que decirlo, pues las visitas comenzaban a llegar, a juzgar por el ruido de neum&#225;ticos que se escuchaba en el exterior- imaginarme un coro de voces cristalinas y ang&#233;licas elev&#225;ndose sobre las cabezas de los fieles que, mirada al frente, hacia el altar, segu&#237;an atentamente la liturgia, observados por la bondadosa mirada de San Baudelio, representado de cuerpo entero detr&#225;s del altar, a ambos lados de un estrecho ventanal sobre el que descend&#237;a, gloriosa, una sagrada paloma que simbolizaba al Esp&#237;ritu Santo.

Este detalle, me record&#243;, entonces, la variada fauna de San Baudelio:

El oso, caminando a cuatro patas por la pared situada debajo del coro, dirigiendo su mirada hacia el exterior, en direcci&#243;n a la libertad de esos valles desolados donde hace muchos siglos lo capt&#243; la mirada inquisitiva del artista medieval.

El dromedario, digno representante de ese Oriente lejano y misterioso -supuesto lugar de residencia de un no menos misterioso y enigm&#225;tico Preste Juan- dirigi&#233;ndose siempre hacia la sombra bienhechora de la palmera, &#225;rbol que, entre otros, cobij&#243; a Jos&#233; y a Mar&#237;a cuando salieron de Egipto.

No muy lejos de &#233;ste -y sin hacer un alarde prodigioso de imaginaci&#243;n- poco me costaba escuchar mentalmente los ladridos de los galgos en plena carrera, siguiendo imperturbables el rastro de la presa -posiblemente un ciero de mirada resignada, representado, tambi&#233;n, no muy lejos de estos- por delante de unos cazadores que posiblemente terminaran exhaustos mucho antes que ellos.

En la pared de la mezquitilla, armado de escudo y lanza, un guerrero observa imperturbable el horizonte que se extiende a trav&#233;s de la puerta de la ermita, mientras su mirada, avizora, juega con la perspectiva del visitante, seg&#250;n se mueva &#233;ste hacia un lado o hacia otro.

En un lateral -no por citarlos en &#250;ltimo lugar, los considero menos importantes y dignos de tener en cuenta, pues, en mi opini&#243;n, representan otra de las lecciones de San Baudelio, la humildad- una pareja de bueyes humillan la frente hacia el suelo, empujando con fuerza un arado rudimentario que ara&#241;a un suelo en el que m&#225;s tarde se depositar&#225; la semilla que fructificar&#225; en vida y alimento, otra de las 'lecciones esot&#233;ricas' de San Baudelio.

La sencillez, pues, no es una cualidad ajena a San Baudelio, aunque no resulta sencillo -valga la redundancia- hacerse una idea, siquiera aproximada, de las sensaciones experimentadas por los ermita&#241;os que en tiempos buscaran la Luz de Dios en lo m&#225;s oscuro e inaccesible de las cuevas que se extienden por debajo de la ermita.

Hay una entrada a &#233;stas -debajo de los escalones que conducen al atrio- cuya boca -negra, a semejanza de esos agujeros que se extienden por el Unvierso, sobre los que se han realizado multitud de teor&#237;as, mientras los astr&#243;nomos no terminan de ponerse de acuerdo- apenas deja entrever -desde luego, con la ayuda de una linterna- dos estrechas aberturas que se pierden en la noche subterr&#225;nea a derecha e izquierda, y que en un momento determinado, recuerdan la ambivalencia de todo lo creado: arriba, abajo; blanco, negro; luz, oscuridad...

Aunque est&#233; mal decirlo, mi curiosidad por seguir adelante y penetrar en el coraz&#243;n de San Baudelio, qued&#243; irremisiblemente frustrada cuando los primeros visitantes comenzaron a entrar por la puerta, recitando -como una letan&#237;a- el nombre de la Comunidad Aut&#243;noma a la que pertenec&#237;an, cumpliendo as&#237; los requerimientos del guarda.

Algunos minutos despu&#233;s, camino ya de esa hermosa e interesante ciudad catedralicia que es El Burgo de Osma, no dejaba de pensar en que, cuantas m&#225;s veces me alejo de un lugar como San Baudelio, m&#225;s deseos siento de volver.






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    <title>La Magia de San Baudelio</title>
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    <body>Aproximadamente a 12 kil&#243;metros de Langa de Duero, y haciendo frontera con la provinicia de Segovia, el municipio soriano de Castillejo de Robledo recuerda, a todo aqu&#233;l que pasa por all&#237; y se detiene el tiempo suficiente, uno de los episodios hist&#243;ricos m&#225;s vergonzosos del Cantar de M&#237;o Cid: la 'afrenta de Corpes'.
En efecto, en un robledal situado en las proximidades, do&#241;a Elvira y do&#241;a Sol, las hijas de Rodrigo D&#237;az de Vivar -el Cid Campeador- sufrieron la verg&#252;enza y el escarnio a que las sometieron sus maridos, los condes de Carri&#243;n, en venganza por haberse visto humillados despu&#233;s de demostrar p&#250;blicamente su cobard&#237;a.
Situado, como no pod&#237;a ser menos, en la denominada 'Ruta del Cid', el pueblo de Castillejo de Robledo pervive armoniosamente a la sombra de las ruinas del castillo -hay indicios suficiente para suponer que &#233;ste se erigi&#243; sobre una antigua fortaleza musulmana- desde el que siglos atr&#225;s -cuando en su torres ondeaban con orgullo los pendones blanquinegros del Temple- sus habitantes recib&#237;an cobijo y protecci&#243;n.
Visto, precisamente, desde el elevado pe&#241;asco donde &#233;stas sobreviven a duras penas, resulta poco menos que imposible no mirar hacia el pueblo y sentirse parte de una postal que refleja las caracter&#237;sticas de un lugar que parece -cu&#225;l el Brigadoon de la pel&#237;cula protagonizada por Gene Kelly- haberse detenido en el tiempo.
Rodeado de huertas y f&#233;rtiles campos -no en vano, existen tambi&#233;n cr&#243;nicas que aseguran que fueron precisamente los freires milites del Temple, propietarios y explotadores de bastos terrenos- Castillejo, a&#250;n a pesar de su belleza, hubiera pasado desapercibido -como muchos otros encantadores y poco conocidos pueblos de la regi&#243;n- si la casualidad, la sincron&#237;a o la -digamos, en ocasiones- extra&#241;a forma en que la Diosa tiene a bien imponer justicia, no hubiera querido que hacia 1933 unas obras en el interior de la iglesia rom&#225;nica de Nuestra Se&#241;ora del Castillejo, dejaran al descubierto parte de unos extraordinarios frescos, cuya importancia hace del lugar un sitio de especial carismo hist&#243;rico, cultural y sobre todo, art&#237;stico.
No es de extra&#241;ar, pues, que cualquier visitante que acuda a Castillejo preguntando por la iglesia de Nuestra Se&#241;ora de la Asunci&#243;n -pas&#243; a denominarse as&#237; a partir de 1738- conozca en primer lugar -un poco por encima, desde luego, y variando en algunos detalles seg&#250;n la 'fuente'- la 'historia del cura, las obras y la sorpresa del descubrimiento'.
Tambi&#233;n es un dato a tener en cuenta, que Castillejo -como cualquier otro lugar que en tiempos estuviera relacionado con la presencia del Temple en sus cercan&#237;as- cuenta con una leyenda tenebrosa, cuyo protagonismo es por completo acaparado por los monjes-guerreros: la leyenda del Vallejo Caballero.
Como viene siendo habitual en todas las leyendas relacionadas con la hist&#243;rica y malograda Orden apadrinada por Bernardo de Claraval, su protagonismo viene a ser oscuro, perverso y merecedor de pocas simpat&#237;as, en muchas ocasiones abonado por la falta de objetividad de escritores como, por citar un ejemplo, Sir Walter Scott, quien, en una de sus novelas m&#225;s conocidas -'Ivanhoe'- describe a los templarios poco menos que como acaparadores, pendencieros, bebedores y villanos.
El castillo, as&#237; como las propiedades que los templarios ten&#237;an en la zona, y una vez disuelta la Orden, all&#225; por los a&#241;os 1314-1315, pasaron a manos de la Orden de San Juan que, entre otras cosas, lo utiliz&#243; como hospital.
Desde el escarpe rocoso sobre el que se levanta -semejante a una mand&#237;bula asaltada por las caries- se puede contemplar, aparte de una extraordinaria visi&#243;n panor&#225;mica del pueblo y la zona circundante, una buena perspectiva de la iglesia rom&#225;nica de Nuestra Se&#241;ora de la Asunci&#243;n -principios del siglo XII- que se encuentra a sus pies. La falta de s&#237;mbolos templarios o de cualquier otra &#237;ndole -hay, sin embargo, ciertas referencias acerca de una piedra escrita a ellos atribu&#237;da, aunque su existencia y paradero se pierde en la noche de los tiempos- se ve en &#233;sta iglesia generosamente compensada -&#161;y de qu&#233; manera!- empezando por la observaci&#243;n de los canecillos de su parte m&#225;s antigua: el &#225;bside.
Intentando se lo m&#225;s objetivo posible, ser&#237;a imperdonable no rese&#241;ar que -independientemente del valor simb&#243;lico de muchos de ellos: el barril, el rollo de pergamino, el lobo, la cabeza, el s&#237;mbolo parecido a la Tau griega, e incluso le cenefa ajedrezada que se puede apreciar por encima de ellos- hay dos elementos que atraen inmediatamente la atenci&#243;n de todo el mundo, por el morbo que provocan.
Se trata de dos curiosos canecillos que representan a sendas parejas de amantes realizando el acto sexual.
Tal atrevimiento -de hecho, es una tem&#225;tica ampliamente conocida y observada en muchas iglesias similares, situadas, sobre todo, en el norte de la Pen&#237;nsula- que para unos puede parecer curiosamente anecd&#243;tico, para otros -a lo mejor m&#225;s preocupados por desentra&#241;ar el posible 'mensaje oculto' que puedan conllevar tales figuras- representa -como si ya de por si hubiera poco 'morbo' en relaci&#243;n con ellos- elementos de naturaleza t&#225;ntrica tra&#237;dos de Oriente por los caballeros templarios. Al menos, esto es lo que opinan algunos investigadores.
Pero si estos pueden constituir un excelente motivo de estudio y debate, existen otros elementos -situados en la pared de la portada sur, muy cerca del p&#243;rtico de entrada- que no le van a la zaga.
Por supuesto, me refiero a los denominados 'relojes solares', as&#237; como tambi&#233;n a un 'galimat&#237;as lineal', id&#233;ntico a los que se pueden apreciar en uno de los muros de la capilla de la Virgen, en la ermita de San Bartolom&#233; de Ucero. Por si esto fuera poco -y para a&#241;adir un grano m&#225;s de pimienta al 'misterio'- son tambi&#233;n id&#233;nticos a losque se pueden contemplar en el castillo de Chinon, grabados en las paredes de las celdas por los templarios prisioneros, antes de ser ejecutados.
Como an&#233;cdota -tal vez alguien quiera iniciar una investigaci&#243;n encaminada en esa direcci&#243;n- a&#241;adir que hay quien opina, que dicho 'galimat&#237;as lineal' -por definirlo de alguna manera- representa, en realidad, una especie de plano o mapa, cuya resoluci&#243;n llevar&#237;a hasta el lugar donde supuestamente los freires escondieron el Arca de la Alianza que, seg&#250;n algunas opiniones, descubrieron mientras escarbaban en las caballerizas del antiguo Templo de Salom&#243;n, en Jerusal&#233;n, lugar en el que actualmente se levanta la mezquita de Al-Aksa.
No obstante, apart&#225;ndonos de leyendas y conjeturas dif&#237;ciles de sostener, los otros elementos que hacen imprescindible, para todo amante del Arte, una visita a la iglesia de Nuestra Se&#241;ora de la Asunci&#243;n, son, sin duda, los extraordinarios frescos descubiertos por casulidad -como se advert&#237;a anteriormente- en los a&#241;os treinta.
Ocultos durante siglos por varias capas de yeso -el guarda no tuvo ning&#250;n reparo en comentar, durante nuestra visita, que fueron 'ocultados' a consecuencia de la peste- ofrecen una perspectiva bastante m&#225;s que notable, del alto grado de religiosidad y superstici&#243;n, caracter&#237;sticos de la Alta Edad Media.
'Aterroriza' la figura of&#237;dica de dos cabezas -en esto los investigadores no parecen ponerse de acuerdo, pues algunos ven serpientes; otros, dragones, y el que esto suscribe, una posible referencia a la temible asfisbena, ese animal m&#237;tico de multitud de significados- que puede contemplarse guardando el p&#243;rtico de acceso al altar. En &#233;ste, aparte de una curiosa talla de la Virgen, que posiblemente merezca un art&#237;culo aparte, se puede apreciar el entramado romboidal y blanquinegro -colores espec&#237;ficamente templarios- que decora su estructura abovedada. Dividiendo en dos el mosaico ajedrezado, y coincidiendo en el centro con lo que parece ser un escudo blanco con una franja negra en medio, una cenefa blanca muestra extra&#241;as formas, posiblemente vegetales, ribeteados por numerosos puntos rojos.
Es posible ver tambi&#233;n, en uno de los laterales de la pared, la figura de un caballero templario, cuya mirada parece dirigirse hacia la puerta de acceso al templo, como un cancerbero siempre en guardia frente a la intromisi&#243;n de extra&#241;os.
En definitiva, si con los elementos brevemente descritos, el lector no se siente lo suficientemente atra&#237;do, tal vez le anima a realizar una visita a este curioso pueblo soriano, la seguridad de que el vino que le sirvan constituir&#225; toda una garant&#237;a para su exigente paladar.





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