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    <body>Despues de estar descansando en Manali algunos dias, conociendo a la gente del lugar y haciendo rutillas por los alrededores, por viejo Manali, nuevo Manali, Vashi, Manu Temple (aqui hay un templo dedicado al Dios Manu, la gente flipa cuando le preguntan el nombre a Manu y le veneran...je! je! les resulta un poco extrano), nos vamos ahora a conocer Spiti Valley!! Salimos a las 5 de la manana en un bus local para nuestro primer destino, con la idea de acercarnos mas a las montanas y monasterios budistas, a ver si nos podemos alojar en alguno...



&lt;IMG class=imgcen id=img_1 src="http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/sidarta-108/foto01.JPG"&gt;Aqui sentados delante de un templo mientras comemos queso de yak.

&lt;IMG class=imgcen id=img_3 src="http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/sidarta-108/foto02.JPG"&gt;Unas mujeres que nos encontramos por el camino, estaban limpiando los granos de arroz, aunque se dedicaban mas al cotilleo que al trabajo....

&lt;IMG class=imgcen id=img_5 src="http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/sidarta-108/foto03.JPG"&gt;Cataratas de Vashi.



Estaremos unos dias en las montanas sin comunicacion, besos!!



Pdta: Manu: cecina y jamon, os echo de menos!!!
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    <title>Viaje a Spiti Valley</title>
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    <body>Despues de un parto largo en bus (desde las 18:30 hasta las 10:30 del dia siguiente) llegamos a Manali, el lugar perfecto para los neo hippyes de postal!! Y tambien lugar de retiro para los hindues adinerados. Aqui la marihuana crece salvaje como el toxo en galicia, en todas partes!! y para muestra foto de los setos que rodean los parques y dan a la carretera.



&lt;IMG class=imgcen id=img_1 style="WIDTH: 279px; HEIGHT: 216px" height=212 src="http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/sweet/286124_002.JPG" width=209&gt;Es un poblado en la zona del Himachal Pradesh, y hoy visitamos un templo tibetano, ay!!! que bien volver a estar con nuestros amigos budis!!


&lt;IMG class=imgcen id=img_1 style="WIDTH: 242px; HEIGHT: 336px" height=129 src="http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/sweet/286125_003.JPG" width=104&gt;

Estoy apuntando un telefono de una escuela y un campamento tibetano, para hacerles una visitilla!! 


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    <title>Llegada a Manali</title>
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    <body>&lt;img class="imgcen" id="img_1" src="http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/viajealasantipodas/paso-manali.jpg"&gt;  &lt;meta content="OpenOffice.org 2.0  (Linux)" name="GENERATOR"&gt; &lt;meta content="20080415;10550100" name="CREATED"&gt; &lt;meta content="20080503;16482900" name="CHANGED"&gt; &lt;style type="text/css"&gt; &lt;!-- @page { size: 8.5in 11in; margin: 0.79in } P { margin-bottom: 0.08in } --&gt; &lt;/style&gt; &lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;p style="margin-bottom: 0in;" lang="en-US"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;
&lt;small&gt; &lt;/small&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;

&lt;p style="margin-bottom: 0in;" lang="en-US"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;small&gt;15 de octubre, Delhi, India

 &lt;/small&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;

&lt;p style="margin-bottom: 0in;" lang="en-US"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;small&gt;El &#250;ltimo lugar en el que amanece en la India es Cachemira. El sol ya luce en toda la vastedad del resto del subcontinente cuando a esta remota regi&#243;n del noroeste llegan los primeros rayos de luz. Como si les tuviese miedo, o tal vez un profundo y vertical respeto, el astro rey deja a las monta&#241;as del Gran Rango Himalaya como &#250;ltimo balc&#243;n al que asomarse para lucirse ante esta tierra. 

 &lt;/small&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;

&lt;p style="margin-bottom: 0in;" lang="en-US"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;small&gt;El amanecer era, con seguridad, el momento m&#225;s placentero de cada uno de los cinco d&#237;as que pas&#233; en Srinagar, ciudad m&#225;s importante de Cachemira. En medio de un apacible silencio que contrastaba con el jaleo habitual de las tardes y noches, la claridad de la ma&#241;ana iluminaba la petrea superficie del lago Dal, duplicando un cielo esponjoso y repartiendo luz de forma homogenea, sin sombras contaminantes. Tan solo el colorido y contrastado reflejo del barco en el que me alojaba, y algunos frescos p&#233;talos de loto que flotaban discretamente, delataban la imitaci&#243;n celeste en el agua. No hab&#237;a que otear mucho alrededor para divisar audaces martines pescadores que daban tijeretazos al lago con sus picos para desayunar despistados pececillos. Y al levantar un poco la vista, enseguida aparec&#237;an en el horizonte una sucesi&#243;n de macizas monta&#241;as negras que despegaban su silueta de la noche conforme el sol hac&#237;a su trabajo.

 &lt;/small&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;

&lt;p style="margin-bottom: 0in;" lang="en-US"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;small&gt;Llegu&#233; a Srinagar procedente de Amritsar, tras hacer una corta y sombr&#237;a escala en la militarizada ciudad de Jammu, a medio camino entre ambas. Mi &#250;ltimo medio de transporte hasta llegar all&#237; fue un &lt;em&gt;jeep &lt;/em&gt;que hac&#237;a las veces de minib&#250;s y que pr&#225;cticamente hab&#237;a saltado de una monta&#241;a a otra para finalmente descender en el amplio valle de Kashmir, que da nombre a toda la regi&#243;n y que acoge a la mayor parte de la poblaci&#243;n de Cachemira.

Al entrar en la ciudad el sol resplandec&#237;a en lo alto de un cielo lechoso. El aire era fresco y las calles aparec&#237;an bien pobladas de gente, sobre todo de hombres. Fui sorprendido, no obstante, por la ordenada presencia de una interminable retahila de soldados apostados a lo largo de toda la carretera principal, espaciados entre ellos por no m&#225;s de veinte metros. Al principio pens&#233; que tan solo me los encontrar&#237;a en el umbral de la ciudad, en torno a los t&#237;picos puestos de control que uno se encuentra en lugares donde la estabilidad es precaria. Sin embargo, la formaci&#243;n se manten&#237;a hasta el mismo centro urbano, donde me ape&#233; del minib&#250;s, y de all&#237; continuaba hasta las afueras de la poblaci&#243;n por el lado opuesto. Fui consciente de cierta desaceleraci&#243;n de mi entusiasmo al comenzar a caminar por Srinagar, pues enseguida percib&#237; algo en el aire que ni el sol, el color o la frescura a mi alrededor, eran capaces de disimular. Se respiraba acritud y desasosiego. Me hallaba en otro de esos lugares malditos donde los hombres y mujeres parecen destinados -y resignados- a que las religiones que profesan les supongan un total impedimento para convivir en paz con sus vecinos.

Ped&#237; al conductor de un &lt;em&gt;rickshaw &lt;/em&gt;que me llevase hasta un hotel en medio del imponente lago Dal, en torno al cual se extiende la ciudad. Durante el recorrido me complac&#237; contemplando las pintorescas casas de madera que abundan en Srinagar, amontonadas unas sobre otras en una fr&#225;gil estampa que evocaba en mi mente escenas de legendarios cuentos de lugares buc&#243;licos a orillas de fr&#237;os mares. No obstante, lejos, muy lejos del mar me encontraba, aunque en cuanto llegu&#233; a orillas del lago, descubr&#237; que el espacio se abr&#237;a ante m&#237;, como si un peque&#241;o oc&#233;ano se hubiera instalado en medio del valle. A unos doscientos metros de la orilla se api&#241;aban gran cantidad de embarcaciones, tan inm&#243;viles que parec&#237;an crecer del fondo del lago, en lugar de flotar en &#233;l. As&#237; de mansas son sus aguas. Las primeras l&#237;neas de barcos eran alargados hoteles flotantes, entre ellos el &lt;em&gt;New Life&lt;/em&gt;, el cual me hab&#237;a sido recomendado por Ben, un reportero gr&#225;fico australiano que conoc&#237; en Lahore y a quien di algo de informaci&#243;n acerca de Afganist&#225;n, pa&#237;s al que se encaminaba tras haber sido invitado por el ej&#233;rcito americano para realizar un documental en una de sus bases de Kabul.




&lt;/small&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;

&lt;p style="margin-bottom: 0in;" lang="en-US"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;&lt;font size="3"&gt;



 &lt;img class="imgcen" id="img_3" src="http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/viajealasantipodas/lago-dal.jpg"&gt;&lt;small&gt;En el New Life fui recibido por Abdul, su due&#241;o, quien vino apresuradamente hasta m&#237; tras ser llamado a gritos por otro vecino hostelero de animoso car&#225;cter que me vi&#243; llegar. Abdul sali&#243; de una casucha cimentada en el propio lago, situada tras el barco-hotel, y conforme se acercaba a m&#237; caminando por la pasarela de madera y frot&#225;ndose la boca con el antebrazo, su vecino gritaba y re&#237;a al mismo tiempo, "ja, ja, miralo, estaba comiendo, sin respetar el ramad&#225;n. No te f&#237;es de &#233;l, no es un buen musulm&#225;n!". El propio Abdul se ri&#243; ante la espont&#225;nea y, m&#225;s bien, amigable afrenta. Despu&#233;s me mostr&#243; el intrigante hotel, que consist&#237;a en una barcaza de forma rectangular de unos quince metros de longitud por cinco de anchura. Dispon&#237;a de dos habitaciones dobles y una sala de estar, todo ello fornido con mobiliario barato de madera cuya &#250;ltima remodelaci&#243;n deb&#237;a pertenecer a la d&#233;cada de los a&#241;os cuarenta. Las estancias eran bastante recogidas, aunque sin apreturas. En cualquier caso, era el &#250;nico cliente, por lo que dispondr&#237;a de toda la embarcaci&#243;n para m&#237; (por tan solo unos tres euros por d&#237;a). No son buenos estos tiempos para el turismo en Srinagar; nada que ver con aquella &#233;poca en la que la ciudad era uno de los destinos favoritos de los funcionarios y expatriados brit&#225;nicos durante la &#233;poca colonial, para escapar as&#237; del sofocante calor y la humedad propia de latitudes m&#225;s meridionales de la India que tanto atosigaban a estos &lt;em&gt;cuelliblancos &lt;/em&gt;llegados de las islas atl&#225;nticas.

Contemplando los alrededores de Srinagar, desde el apacible porche sombreado en el que hab&#237;a sido reconvertida la popa de barco-hotel, era f&#225;cil comprender el magnetismo que desde siempre ha tenido esta ciudad, y la regi&#243;n en que se haya, entre los gobernantes de la India. No solo los brit&#225;nicos se regocijaban en esta zona. Mucho antes, sultanes y maharajas de una larga sucesi&#243;n de imperios eligieron Srinagar como lugar preferente de residencia, en detrimento de las capitales donde se hallaban las respectivas cortes reales y centros administrativos, ya fuera en Delhi, Calcuta o Agra. El m&#225;s ferviente enamorado de Cachemira, entre todos los gobernantes que tuvo la India en tiempos pasados, fue el emperador del floreciente imperio Mugal (o Mogol) a principios del siglo XVII, Jehangir, quien a la belleza natural de Srinagar a&#241;adi&#243; bellos jardines de estilo persa, como los famosos Shaliman Gardens, que a&#250;n hoy hacen estremecer la sensibilidad de los pocos visitantes que reciben.

Mis d&#237;as en Srinagar fueron particularmente contemplativos. Apenas hice otra cosa que leer, escribir y pasear (adem&#225;s de desarrollar una compleja t&#233;cnica culinaria consistente en cocinar todo tipo de guisos, dentro de la sala de estar, con la &#250;nica ayuda de mi resistencia el&#233;ctrica, pues el ramad&#225;n todav&#237;a me persegu&#237;a). Conciliar el sue&#241;o era bastante dif&#237;cil, ya que cada noche deb&#237;a soportar el infantil &lt;em&gt;duelo de fe &lt;/em&gt;entre las comunidades hind&#250; y musulmana (esta &#250;ltima desbordantemente mayor), representado en forma de guerra de oraciones que sonaban a todo volumen por los altavoces de los distintos templos hind&#250;s y mezquitas. Si bien es cierto que escuchar los cantos del muec&#237;n o del bram&#225;n de turno de manera independiente puede ser una delicia para los oidos, en el caso de Srinagar, al tratarse de una contienda por ver quien -o qu&#233; fe- es m&#225;s importante en la ciudad, el aire se mezcla de ambos cantos a la vez, escuchandose en todo el radio de la poblaci&#243;n en forma de un desagradable y brujesco pastiche sonoro que dura hasta bien entrada la noche y que cae sobre el lago Dal como una maldici&#243;n.

Por lo dem&#225;s, llegu&#233; a sentirme c&#243;modo en el barco, con todo el espacio para m&#237; y con libertad para pasear por sus inmediaciones en la peque&#241;a barca de remos -o &lt;em&gt;shikara&lt;/em&gt;- de Abdul, a quien llegu&#233; a tomar cari&#241;o y a rebautizar en mi mente como &lt;em&gt;Abdulo&lt;/em&gt;. Este hombre, que me confes&#243; que se encontraba en sus ochenta a&#241;os -a pesar de aparentar unos sesenta bien llevados-, se alimentaba &#250;nicamente de pescado proveniente de las poco profundas aguas del lago. Adem&#225;s, sin negar su fe musulmana, se tomaba la licencia de renunciar al ramad&#225;n (al menos a la parte que concierne al alimento), pues &#233;l mismo me reconoci&#243; que no lo consideraba un ejercicio sano. Las &#250;nicas ocasiones en las que la presencia de Abdul no me resultaba tan entra&#241;able era cuando, de repente, y sin previo aviso, acced&#237;a a la sala de estar, o incluso a mi habitaci&#243;n, de manera extremadamente sigilosa y casi fantasmal. M&#225;s de una vez me sobresalt&#233; alarmado, incluso espetando un ordinario vocablo en mi legua castiza, cuando la espigada y flexible figura de este hombre de frente alta y enormes ojos grises se materializaba ante m&#237; mientras me encontraba en el hotel, d&#225;ndome un susto de muerte. Ten&#237;a la costumbre de acceder al interior escurriendose por las ventanas laterales -en lugar de usar la puerta principal de la popa- alineadas junto a la pasarela de madera que un&#237;a la barcaza con su casa. La mayor&#237;a de las veces ven&#237;a para informarme de c&#243;mo deb&#237;a usar las desvencijadas utilidades de que dispon&#237;a su adorado hotel, aunque a veces tambi&#233;n aparec&#237;a para ver si necesitaba alguna cosa, como el desayuno o, sencillamente, un transporte en su shikara hasta la orilla, para que pudiera visitar la ciudad.

Lo cierto es que mi estancia en Srinagar forma en mi mente un emotivo y a la vez desordenado recuerdo de unos d&#237;as en los que mi viaje atravesaba una etapa de aceleracion y, hasta cierto punto, apresuramiento. Llevaba varias semanas planteandome la conveniencia de recorrer Cachemira, en especial si deseaba llegar hasta la remota ciudad de Leh (la ciudad m&#225;s septentrional de la India), pues el mes de octubre tra&#237;a a estas latitudes un oto&#241;o fr&#237;o y corto, al cual seguir&#237;a un invierno largo y a&#250;n m&#225;s fr&#237;o. "Tal vez -pensaba yo esos d&#237;as (todo ello fortalecido por las opiniones de la gente a la que preguntaba), si llego a Leh en autob&#250;s, tenga despu&#233;s dificultades en salir de all&#237; en direcci&#243;n al sur" pues, no en vano, por entonces los autobuses p&#250;blicos que part&#237;an de Leh empezaban a interrumpir el servicio debido a la presencia de nieve y hielo en los altos pasos monta&#241;osos.

Pero este viaje a las ant&#237;podas no se hab&#237;a visto hasta entonces enfangado en medio de elucubraciones que se interpusieran entre m&#237; y mis deseos de conocer ciertos lugares con los que mi imaginaci&#243;n tanto se hab&#237;a recreado. As&#237; pues, tras mis d&#237;as en Srinagar (que fueron cinco debido, sobre todo, a la retozona diarrea que me retuvo en la cama los dos &#250;ltimos) tom&#233; un autob&#250;s con destino a Leh, capital del distrito de Ladakh, a orillas del r&#237;o Indo, en medio del Gran Rango Himalaya...
&lt;/small&gt;
&lt;img class="imgcen" id="img_2" src="http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/viajealasantipodas/leh-panorama.jpg"&gt;&lt;small&gt;No fue ni mucho menos un desplazamiento trivial. La duraci&#243;n total fue de un d&#237;a y medio, pernoctando en el pueblo de Kargil, &#250;ltimo basti&#243;n musulm&#225;n en mi periplo. Precisamente, es en este pueblo donde se desarrollaron los acontecimientos que marcaron la &#250;ltima guerra abierta entre la India y Pakist&#225;n, en el a&#241;o 1999 (conocida, de hecho, como la &lt;em&gt;Guerra de Kargil&lt;/em&gt;), cuando se vivieron aut&#233;nticos enfrentamientos (con combates aereos incluidos) entre el ej&#233;rcito indio y una coalici&#243;n formada por milicias &lt;em&gt;yihadistas &lt;/em&gt;y las fuerzas armadas de la rep&#250;blica isl&#225;mica. La guerra dur&#243; tres meses y se concentr&#243; en esta regi&#243;n fronteriza entre ambas naciones. Aunque no fue un enfrentamiento b&#233;lico de larga duraci&#243;n, atrajo enormemente la atenci&#243;n del mundo entero sobre este conflicto territorial, cuya aut&#233;ntica duraci&#243;n es de m&#225;s de sesenta a&#241;os, pues su origen hay que buscarlo en la chapucera partici&#243;n del Indost&#225;n llevada a cabo, apresuradamente, por la corona brit&#225;nica en el a&#241;o en que abandon&#243; su influencia sobre la colonia definitivamente (1948).

En el segundo d&#237;a de viaje, tras abandonar Kargil, el autob&#250;s llegaba al distrito de Ladakh. Hasta ese momento, el trayecto hab&#237;a discurrido entre sinuosos valles verdes y rocosos delimitados por altas monta&#241;as nevadas, pero en Ladakh, de nuevo la orograf&#237;a de este viaje a las ant&#237;podas se reformulaba a s&#237; misma y a mi alrededor el espacio entero parec&#237;a transformarse, como si infinitos telones de un descomunal escenario se desplegasen repentinamente en las cuatro direcciones de la &lt;em&gt;rosa de los vientos&lt;/em&gt;. El aire se hac&#237;a m&#225;s seco, la tierra m&#225;s desnuda, m&#225;s agreste. El verde se recog&#237;a y se agrupaba en torno a lo m&#225;s profundo del valle, por el cual discurr&#237;a, nervudo y compacto, un joven r&#237;o Indo. Acunando a &#233;ste, unas monta&#241;as negras y rocosas -revestidas en grandes &#225;reas por extensos c&#250;mulos arenosos y dunas propias de grandes desiertos- formaban la base de otras, a&#250;n m&#225;s lejanas, en las que el brillo de nieves eternas rivalizaba con el del sol de medio d&#237;a. Esta transformaci&#243;n del paisaje ven&#237;a acompa&#241;ada de un nuevo estilo de vida humana que se escurr&#237;a por las laderas de los montes. Peque&#241;os villorrios de arquitectura tibetana se adher&#237;an al empinado terreno, muchos de ellos en torno a coquetos y altivos monasterios budistas, los cuales tomaban el relevo de las mezquitas que abundaban en los kil&#243;metros anteriores.

Como colof&#243;n a esta sucesi&#243;n de atractivos pueblitos, por la tarde el autob&#250;s se adentraba en Leh, remontando los &#250;ltimos tramos de carretera en plena ascensi&#243;n hasta situarse a una altitud de 3.500 metros. A esta altitud, el organismo es recibido con una s&#250;bita escasez de ox&#237;geno en el aire, as&#237; que es necesario tomarse las cosas con mucha calma y aclimatarse poco a poco. A pesar del d&#237;a y medio de trayecto en autob&#250;s sin realizar esfuerzo alguno, el solo hecho de descender los escalones de &#233;ste y dar los primeros pasos por las calles de Leh ya me produjeron un agudo cansancio, el cual se increment&#243; en progresi&#243;n geom&#233;trica conforme buscaba un albergue en el que hospedarme.

El ambiente en Leh era ciertamente apacible y particularmente agradable pues, aunque bastantes comercios hab&#237;an comenzado a cerrar debido al fin de la temporada, todav&#237;a exist&#237;a una gran actividad en sus calles, pobladas principalmente por hombres y mujeres ladakhis. Estas gentes de rasgos ligeramente mongoloides est&#225;n emparentados con los tibetanos, etnol&#243;gica y culturalmente. En muchas referencias, a Ladakh se la suele llamar el "Peque&#241;o T&#237;bet" y, en cierto modo, utilizando la religi&#243;n budista de tradici&#243;n tibetana como veh&#237;culo, Ladakh se ha convertido, tras la invasi&#243;n China del T&#237;bet, en una especie de peque&#241;a c&#225;psula cultural donde, a diferencia de lo que ha ocurrido con su vecino trans-himalayo, el budismo lama&#237;sta ha prosperado. A parte de los budistas ladakhis, tan solo una peque&#241;a -aunque notoria- comunidad musulmana convive recelosamente en la ciudad, mientras que los hind&#250;es o cristianos constituyen min&#250;sculas y casi invisibles minor&#237;as.

Otra de las minor&#237;as -cada vez m&#225;s importante en la regi&#243;n- es la de los propios tibetanos, casi todos ellos refugiados pol&#237;ticos o descendientes de &#233;stos. Desde que el Tibet fue invadido definitivamente por China en 1950, un flujo constante de refugiados de este pa&#237;s se ha ido instalando en Ladakh, principalmente Leh, donde han prosperado en el sector comercial y hostelero.
&lt;/small&gt;
&lt;img class="imgcen" id="img_4" src="http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/viajealasantipodas/leh-mercado.jpg"&gt;&lt;small&gt;A su melanc&#243;lico estatus de refugiados, los tibetanos de Ladakh buscan consuelo en la libertad que tienen para hacer reivindicaciones pol&#237;ticas. Una de las m&#225;s importantes es la de la liberaci&#243;n del que es conocido aqu&#237; como el &lt;em&gt;prisionero pol&#237;tico m&#225;s joven de mundo&lt;/em&gt;. Se trata de Gedhun Choky Nyma, quien en 1995, cuando tan solo ten&#237;a cinco a&#241;os, fue designado por el Dalai Lama como und&#233;cima reencarnaci&#243;n del Panchen Lama, el cual es una instituci&#243;n espiritual casi tan importante como el propio Dalai Lama para los budistas tibetanos. Tras esa confirmaci&#243;n, el Gobierno Chino se encarg&#243; de desacreditar la investidura instaurando a otro ni&#241;o, Erdini Qoigyijabu, como Panchen Lama oficial y, a la vez, confinando a Gedhun y a su familia a un paradero que, a d&#237;a de hoy, sigue siendo un misterio. De esto uno aprende f&#225;cilmente visitando alguno de los restaurantes tibetanos que abundan en Leh, en muchos de los cuales, recortes de peri&#243;dicos, fotos del ni&#241;o destronado y slogans reivindicativos comparten la superficie de las paredes con la lista de precios de platos t&#237;picos tibetanos.

Catalogar al ni&#241;o de prisionero pol&#237;tico es tal vez una exageraci&#243;n, pues probablemente en la actualidad vive bajo un monitorizado anonimato que le permite llevar una vida relativamente normal, pero no cabe duda de que, en el momento de su retenci&#243;n, las autoridades chinas estaban llevando a cabo un importante movimiento de ficha en la larga batalla por adjudicarse la autoridad indiscutible y definitiva sobre la regi&#243;n del T&#237;bet. No en vano, el tener control pol&#237;tico sobre el Panchen Lama oficial confiere una posici&#243;n privilegiada sobre la elecci&#243;n del pr&#243;ximo Dalai Lama (principal l&#237;der pol&#237;tico y espiritual para los tibetanos) ya que, desde hace m&#225;s de doscientos a&#241;os, ambos lamas se identifican mutuamente, es decir, el Dalai Lama es el encargado de identificar e investir al nuevo Panchen Lama y viceversa. Esto es visto hoy por muchos tibetanos como la gran amenaza contra su cultura e ideolog&#237;a, por encima incluso de la forzada renuncia a sus aspiraciones territoriales, pues a la muerte de Tenzin Gyatso, actual Dalai Lama, ser&#225; el Panchen Lama de turno el encargado de encontrarle sucesor. Debido a que &#233;ste &#250;ltimo en la actualidad no es m&#225;s que una marioneta del Partido Comunista Chino, el pr&#243;ximo Dalai Lama designado por &#233;l ser&#225;, con mucha probabilidad, una persona af&#237;n a los intereses del gobierno chino.

Toda ciudad que acoge a un gran n&#250;mero de refugiados pol&#237;ticos tiene una atm&#243;sfera particular, dif&#237;cilmente catalogable como atractiva. Sin embargo, no me pareci&#243; que Leh fuera v&#237;ctima de ese tipo de negativismo o depresi&#243;n colectiva. Despu&#233;s de todo, las oportunidades para prosperar en Leh son mucho mayores que en el T&#237;bet. Por otra parte, el hecho de que la cultura de Ladakh sea tan similar a la tibetana, ayuda a los refugiados a desprenderse de la sombr&#237;a morri&#241;a que acompa&#241;a a todo desplazado.

Mis apacibles d&#237;as en Leh se completaron con inolvidables momentos recorriendo relajadamente sus calles empinadas, conversando con sus divertidas gentes y visitando bellos enclaves y monasterios budistas, de los que existe gran n&#250;mero a lo largo del valle del Indo. El m&#225;s impresionante de todos ellos es el monasterio de Tiksey, donde una enorme y colorida estatua de Maitreya -el Buda del Futuro- es adorada diariamente por un peque&#241;o ej&#233;rcito de devotos monjes.

Pero finalmente, algo en el fino aire de Leh me present&#243; la evidencia de que mi visita no pod&#237;a prolongarse mucho m&#225;s. Una ma&#241;ana de principios de octubre, t&#237;midos copos de nieve comenzaron a recorrer la corta distancia que separa a esta ciudad del cielo. Tra&#237;an el mensaje de que pronto ser&#237;a demasiado tarde para dejar el lugar por carretera y me aconsejaban que comenzase a estudiar las v&#237;as de escape hacia el sur. La Naturaleza era mi gu&#237;a, pens&#233;. Nada de pesados libros o de largas horas de investigaci&#243;n en internet; ni siquiera los sabios consejos de la gente son mejores. La propia Tierra hablandome, el viento susurr&#225;ndome y el cielo abierto lleno de unas letras que solo el instinto puede descifrar. Hab&#237;a llegado el momento de partir.

Tal y como esperaba, comprob&#233; que el servicio de autobuses ya estaba interrumpido hasta la primavera, as&#237; que mi &#250;nica opci&#243;n consisti&#243; en encontrar hueco en uno de los todo terrenos que hac&#237;an la ruta Leh &#8211; Manali, esta &#250;ltima ciudad situada todav&#237;a a los pies del Himalaya, pero a considerablemente menor altura que Leh, y muy cerca -relativamente- de las planicies que albergan las ciudades cl&#225;sicas de la India.

El recorrido que separa a Leh de Manali debe de ser uno de los m&#225;s elevados -y tambi&#233;n m&#225;s bellos- de la tierra, pues hay que ascender varios pasos de cerca de cinco mil metros de altura, entre ellos el de Taglang, de 5.300 metros. A esta altitud, en combinaci&#243;n con un fr&#237;o atroz y un viento inmisericorde, el solo hecho de abandonar el jeep para realizar un necesario ejercicio de evacuaci&#243;n de orina supuso toda una aventura para m&#237; y un duro golpe a mi anatom&#237;a, pues he de reconocer que tras remontar ese paso entr&#233; en un largo periodo de letargo y embotamiento que hicieron de m&#237; un ser bastante sufriente e insociable. Tampoco ayud&#243; a mejorar mi &#225;nimo el aut&#233;ntico terror por el que pasamos todos los pasajeros al descender el tambi&#233;n elevado paso de Baralacha (4.830 m.), pues la nieve y el hielo aqu&#237; hac&#237;an de la carretera una aut&#233;ntica pista de patinaje en la que los desgastados neum&#225;ticos del jeep de manufactura india en el que viaj&#225;bamos hac&#237;an ladearse a &#233;ste de un lado a otro de la estrecha carretera. M&#225;s de una vez, el conductor tuvo que detener el veh&#237;culo apresuradamente para arrojar gravilla con una pala bajo las ruedas y ganar as&#237; algo de tracci&#243;n, todo ello a solo unos palmos de distancia de un amenazante abismo. He de admitir que adem&#225;s de ser el m&#225;s bello de los trayectos por carretera que hab&#237;a realizado hasta entonces, tambi&#233;n fue el que m&#225;s pavor me ha causado en toda mi vida.
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&lt;img class="imgcen" id="img_5" src="http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/viajealasantipodas/carretera-manali.jpg"&gt;&lt;small&gt;Todo el grupo de pasajeros del jeep -compuesto por una familia hind&#250; de cuatro miembros, una anciana alemana, una joven ladakhi y el que esto escribe- volvimos a respirar tranquilamente y a recrearnos con el paisaje cuando, treinta y cinco horas despu&#233;s de haber partido de Leh, el veh&#237;culo comenz&#243; a surcar de nuevo carreteras bien asfaltadas y cuando el hielo y la nieve comenzaron a quedar cada vez m&#225;s lejos en el horizonte.

A media tarde del segundo d&#237;a de marcha lleg&#225;bamos a Manali, peque&#241;a y tur&#237;stica poblaci&#243;n de la regi&#243;n de Himachal Pradesh. Poblados y verdes bosques alpinos, con picos nevados en la cumbre hasta donde alcanzaba la vista, constitu&#237;an el nuevo entorno. La &#250;nica diferencia que se pod&#237;a encontrar para no confundir este paisaje con cualquier valle del centro de Suiza era la abundancia de bandas de monos que nos daban la bienvenida cruzando alborotadamente la calzada.
&lt;/small&gt;
&lt;small&gt;La preciosa regi&#243;n de Cachemira, con todo su color, todos sus contrastes, su intrigante Historia y sus entra&#241;ables gentes, hab&#237;a quedado definitivamente atr&#225;s. Recuerdo satisfacci&#243;n por ello cuando llegu&#233; a Manali, pero sobre todo, recuerdo entusiasmo, pues ante m&#237; se desplegaba, por fin, la India tradicional, la India milenaria.&lt;/small&gt;&lt;/span&gt;&lt;small&gt;&lt;/small&gt;&lt;/span&gt;&lt;small&gt;&lt;/small&gt;&lt;/span&gt;&lt;small&gt;&lt;/small&gt;&lt;/span&gt;&lt;small&gt;&lt;/small&gt;&lt;/span&gt;&lt;small&gt;
&lt;/small&gt;
&lt;span style="color:#ffffff"&gt;.&lt;/span&gt;

 
&lt;em&gt;Foto &lt;/em&gt;&lt;em&gt;1: Paso de Taglang (5.300 m.). Trayecto Leh - Manali
Foto 2: Lago Dal, Srinagar, Cachemira
Foto 3: Panor&#225;mica de Leh. Destaca antiguo Palacio Real, Ladakh
Foto 4: Mercadillo en Leh, Ladakh
Foto 5: Tramo carretera previo a paso de Taglang, Ladakh&lt;/em&gt;






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