<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<posts>
  <post>
    <IP type="integer">0.0.0.0</IP>
    <author-id type="integer">31908</author-id>
    <blog-id type="integer">18246</blog-id>
    <body>&lt;p style="text-align: justify;"&gt;Aquel verano fue intenso. Hab&#237;a comenzado con d&#237;as apacibles, agradablemente soleados; pero poco a poco se fueron transformando en ma&#241;anas y tardes de irritante sofocaci&#243;n, suelo ardiente y un halo entrecortado de brisa quemante. Para aquel mi&#233;rcoles la condensaci&#243;n del ambiente hab&#237;a llegado a su punto culminante: el r&#237;o comenz&#243; a filtrarse entre las fisuras de su lecho agrietado y reseco, hasta absorber los &#250;ltimos residuos. Entonces la gente comenz&#243; a mirar hacia el centro de aquel cielo, defendi&#233;ndose con una mano de los hostiles rayos del sol, molestos por la presencia irritante de esa bola de fuego que no parec&#237;a querer moverse de aquel lugar, pregunt&#225;ndose cu&#225;ndo la ver&#237;an desaparecer, cuando se ocultar&#237;a, cu&#225;ndo ser&#237;a cubierta por el milagro de una nube pasajera, dos nubes, un nubarr&#243;n, o la maravilla imposible en aquellos parajes: una llovizna. Pero para entonces hasta el viento hab&#237;a dejado de batir su esencia ardiente, y el cielo continuaba a&#250;n m&#225;s azul y l&#237;mpido. Nadie hab&#237;a sospechado que aquel verano ser&#237;a tan intenso; ni siquiera el viejo Gumercindo, que de vez en cuando se sentaba en su banca chata junto al marco de la puerta de su casucha y observaba desfilar figuras cansinas que arrastraban los pies, levantaban polvo blanco que, apenas revoloteaba a unos cent&#237;metros del suelo, ca&#237;a silenciosamente, con una pesadez exasperante. Ni siquiera &#233;l, que apenas ol&#237;a el aire, vaticinaba: va a llover, va a temblar, va a calentar; y as&#237; era.
 

&lt;p style="text-align: justify;"&gt;Al mediod&#237;a de aquel mi&#233;rcoles, don Gumercindo a&#250;n ten&#237;a la vaga esperanza de que hubiera un cambio brusco en el clima; pero pasadas las cuatro las hab&#237;a perdido todas. El sol continuaba ah&#237;, implacable, sin moverse, en el centro. A&#250;n a las cinco de la tarde. Todav&#237;a a las seis. Tambi&#233;n a las siete y a las ocho. Y toda la noche y el d&#237;a siguiente: ah&#237;, sin moverse. Entonces la gente ya no sal&#237;a a la calle, se quedaban en sus casas, llorando sin l&#225;grimas, gimiendo: va a temblar, se va a acabar el mundo, Dios se olvid&#243; de nosotros. Y se tend&#237;an en las camas jadeando, tratando de absorber a bocanadas el poco aire que a&#250;n quedaba en el pueblo. Los hombres ya no iban a las faenas, las Plantas de Salitre ya no produc&#237;an. Las mujeres ya no lavaban, ya no tend&#237;an porque las telas de la ropa terminaban resquemadas de calor y se rasgaban al solo tacto. Los ni&#241;os ya no jugaban ni corr&#237;an por las calles. Ya nadie sonre&#237;a con somnolencia, gru&#241;endo entre dientes: &#8220;est&#225;n cayendo los jotes asados&#8221;, desde que el primer gallinazo, como presagio de malamuerte, se hab&#237;a estrellado contra el techo blanquecino de la Iglesia: una bola de plumas y cuero chamuscados, boqueando por la insolaci&#243;n y el delirio de la muerte, ante la mirada espantada de todos, que vieron caer al siguiente horas despu&#233;s con el mismo desconcierto, y al tercero a&#250;n con asombro, y con cansancio al cuarto, hasta que los colm&#243; la indiferencia y desistieron de retirarlos de las calles y de arrojarlos a la pampa cuando comenzaron a caer en una lluvia intermitente y molesta. Y las calles fueron un reguero de jotes, palomas dom&#233;sticas, t&#243;rtolas, perdices que aleteaban en un &#250;ltimo boqueo y se paralizaban sobre el suelo bajo un sol incandescente, eternamente pegado al centro del cielo, que iba convirtiendo en cenizas sus plumas y sus fr&#225;giles huesos.


&lt;p style="text-align: justify;"&gt;Entonces fue cuando los hombres enloquecieron, cuando los ni&#241;os se quedaron dormidos sobre sus camas y, repentinamente, dejaron de respirar. Porque ya no hab&#237;a aire. El silencio lo inund&#243; todo. Los ojos de todos se abrieron como platos, fijos en la nada. Nadie se asomaba a la calle a mirar si la bola de fuego segu&#237;a all&#237;. S&#243;lo un perro cruzaba de vez en cuando la calle con su esqueleto forrado en una piel seca y sin pelos que se adher&#237;a a sus huesos, se acercaba a alg&#250;n ave muerta para olerla apenas, y luego ca&#237;a de bruces con un gemido inaudible, mitigado por la sequedad del d&#237;a interminable, y mor&#237;a en silencio.
 

&lt;p style="text-align: justify;"&gt;Aquel domingo a&#250;n se pod&#237;a esperar que en el pecho est&#225;tico y r&#237;gido de los hombres, en su mirada perdida y vidriosa, quedara un h&#225;lito de vida titilando, latiendo en alg&#250;n lugar muy dentro de sus cuerpos. Sin embargo, para ese lunes no hab&#237;a un s&#243;lo murmullo, ni un s&#243;lo mecanismo vivo removi&#233;ndose o luchando en ning&#250;n cuerpo, con excepci&#243;n del de don Gumercindo. S&#243;lo &#233;l continu&#243; con la mirada fija en ese astro encendido e inexorable que lo devoraba y pulverizaba todo con sus rayos. S&#243;lo &#233;l, sentado en su banca, los ojos sali&#233;ndose de sus &#243;rbitas, la boca entreabierta, los labios agrietados y p&#225;lidos, esper&#243; inm&#243;vil con las pupilas en blanco, laceradas por la luz act&#237;nica del sol. Hasta que al fin logr&#243; ver c&#243;mo un estremecimiento acompasado y lento bat&#237;a los matorrales de las afueras de la Salitrera, los remec&#237;a con un ulular suave que se fue expandiendo hacia el poblado, hasta transformarse en un viento que barri&#243; con el polvo blanco de las calles, deshizo los cuerpos amontonados y repartidos sobre ellas, convirtiendo plumas, huesos y pellejos en mont&#237;culos informes de arena. Se filtr&#243; entre las rendijas de las caba&#241;as, se escurri&#243; dentro de las casas, a trav&#233;s de los vidrios rotos y hurg&#243; sobre los cuerpos est&#225;ticos, que ya no eran humanos, sino formas disecadas, y los devolvi&#243; a la tierra&#8230; Levant&#243; los min&#250;sculos granos que cubr&#237;an los techos de las caba&#241;as y los elev&#243; hacia el cielo&#8230; Entonces el sol comenz&#243; a moverse lentamente, como si despertara de un pesado sue&#241;o invernal. Y don Gumercindo sinti&#243;, desde el fondo de su alma, la caricia del viento que azotaba la puerta de su casa, chocaba contra ella, contra sus facciones, contra sus ojos y su cuerpo. Sinti&#243; el latido de su coraz&#243;n: una imperceptible vibraci&#243;n que lo llamaba a la vida. Quiso despertar, ponerse de pie, mover la cabeza, los p&#225;rpados, pero no pudo. El insistente e invisible temblor de su vida comenz&#243; a apagarse. El viento azot&#243; su figura con furia, carcomi&#243; sus facciones silenciosas, su cuerpo viejo, barrio con sus &#243;rganos disecados y los tritur&#243; lentamente, como a los de una esfinge el tiempo, grano a grano, part&#237;cula a part&#237;cula, hasta que lo redujo a un polvo blanco como el del pueblo y lo llev&#243; a trav&#233;s de las calles, por entre las casas vac&#237;as, llenas de polvo blanco y soledad&#8230;





&lt;p style="text-align: right;"&gt; &lt;strong&gt;&lt;em&gt;(1988)&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;






</body>
    <closed-comments type="boolean"></closed-comments>
    <closed-trackbacks type="boolean"></closed-trackbacks>
    <comments-count type="integer">1</comments-count>
    <created-at type="datetime">2009-02-21T00:05:15Z</created-at>
    <date type="datetime">2009-03-04T00:01:00Z</date>
    <id type="integer">283336</id>
    <last-comment-date type="datetime">2009-08-03T23:48:33Z</last-comment-date>
    <myfile-id type="integer"></myfile-id>
    <nicetitle>la-salitrera</nicetitle>
    <published-at type="datetime">2009-03-04T00:01:06Z</published-at>
    <site-id type="integer">1</site-id>
    <status type="integer">1</status>
    <title>LA SALITRERA</title>
    <updated-at type="datetime">2009-08-03T23:48:33Z</updated-at>
  </post>
</posts>
