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    <body>&lt;big&gt;Soy una se&#241;ora. Tan s&#243;lo tengo 38 a&#241;os pero visto desde afuera, en este Par&#237;s glacial, lo tengo todo de una gran dama. Llevo un abrigo beige de piel vuelta con cuello de zorro y un gorro de lana rojo con una flor en el centro que me da un aire algo m&#225;s desenfadado. Me paseo por el boulevard Arago a la una de la tarde; no tengo ganas de irme a comer algo caliente, me muero por volver a mi casa y meterme en el fondo de la cama, he debido coger fr&#237;o. Hace mucho fr&#237;o en la calle.  

Paso delante de una cabina de urinarios p&#250;blicos donde me fijo en una se&#241;ora que habla con un hombre. Hay algo que me hace mirarlos m&#225;s de un segundo de cortes&#237;a. El se&#241;or no es como todos nosotros. No est&#225; suficientemente abrigado para el tiempo que hace. Es un &#8220;sin techo&#8221;; con una muleta en una mano. Me transmite un cierto desasosiego: normalmente no suelo quedarme as&#237; mirando la desdicha ajena pero, no s&#233;, este hombre podr&#237;a ser de mi familia. Sigo observando hasta que acabo escuchando de qu&#233; est&#225;n hablando. Me acerco a ellos. &#201;l quiere volver a Montparnasse, a la estaci&#243;n de trenes, ella quiere ir a su casa a buscarle algo de abrigo. Enseguida me incluye en el equipo para encontrar una soluci&#243;n. A ella tambi&#233;n le han dado ganas de ayudarle. Y tambi&#233;n lleva un gorro curioso como yo. 

El 83 no lleva a Montparnasse. La parada de autob&#250;s est&#225; lejos de todas formas. El metro todav&#237;a m&#225;s. El hombre camina muy lentamente y tiene mucho fr&#237;o. Adem&#225;s ha perdido su cintur&#243;n y se le cae el pantal&#243;n a cada uno de los pasos de tortuga que da. Ha tenido suerte de que le dejaran dormir en Cochin esta noche heladora, en una esquina, sobre un banco y sin molestar. La ha tenido gracias a haberse roto la cadera de una ca&#237;da, le llevaron los bomberos. Por eso estaba en el hospital. No s&#233; desde hace cu&#225;nto tiempo que est&#225; as&#237;. Propongo a la otra se&#241;ora que le acompa&#241;emos hasta un caf&#233; cercano para que entre en calor y despu&#233;s llevarle hasta la estaci&#243;n Montparnasse. No tiene que tomar ning&#250;n tren. Vive ah&#237;. Pasa el d&#237;a al calor de las salas de espera. La cabeza le funciona perfectamente, es por eso que enseguida inspira compasi&#243;n y es lo que le acerca a los dem&#225;s. Estamos tan acostumbrados a creer en una subespecie que ser&#237;a diferente de la humana: la de los pobres tirados en la calle, borrachos y locos&#8230;. Pensamos que no se dan cuenta de su desgracia y as&#237; podemos irnos en paz a nuestras confortable casas. 

Jean-Pierre es de origen franc&#233;s. Es de ojos azules, muy dulce, ex inspector de los Impuestos; no s&#233; si ser&#225; , me da igual. Yo pensaba que los funcionarios no acababan en la calle. Tiene dos hijos que se averg&#252;enzan de &#233;l. Los ve de vez en cuando. Es un hombre como cualquiera de nosotros que ha atravesado la l&#237;nea y est&#225; del otro lado.  Llegamos al caf&#233;, est&#225; muy contento de que le lleve ah&#237;. Le pido un caf&#233; largo, me digo que hay m&#225;s calor que en un expreso. Yo me tomo un expreso. Pregunto qu&#233; se puede comer, hay tortilla de jam&#243;n y queso. Quiere eso. Un se&#241;or bien vestido, con cara de cura o de padre de familia, nos mira con un aire un poco incr&#233;dulo, como si se dijera: &#8220;la pobre se&#241;ora, queriendo arreglar el mundo, como si sirviera para algo&#8221;. Afortunadamente no abre la boca. Me hubiera gustado encontrar un poco m&#225;s de solidaridad hacia &#233;l. Intenta hablarme mientras come. Me inspira ternura lo bien educado que es ese se&#241;or. Es realmente enternecedor. Sobre todo cuando me dice: &#8220;da gusto que una mujer como usted est&#233; ah&#237; sentada escuch&#225;ndome&#8230;&#8221;. Me deja sin habla. Yo pensaba que se alegrar&#237;a de estar en un lugar caliente comiendo caliente pero a &#233;l lo que le gusta es mi compa&#241;&#237;a.

 La otra se&#241;ora acaba apareciendo con un abrigo y una bufanda rosa. &#201;l parece contento. 

Hace una hora que estoy con ese se&#241;or en un caf&#233; y no siento estar haciendo nada extraordinario. Estoy exactamente en mi lugar, no tengo ganas de irme. No me hubiera marchado por nada en el mundo sin intentar hacer algo. La otra se&#241;ora nos dice que ha intentado llamar al n&#250;mero que el Ayuntamiento proporciona para estas cosas pero por lo visto no siempre hacen caso. El mismo se&#241;or nos dijo que el d&#237;a anterior hab&#237;a llamado al 115 pero nadie se present&#243;. Decido llamar a un taxi y llevarle a Montparnasse. Por suerte el taxista es majo y mi vagabundo limpio. Confieso que si he podido quedarme con &#233;l tanto tiempo es porque no ol&#237;a mal, estaba aseado. Es eso lo que le sit&#250;a m&#225;s cerca de este lado, el nuestro. En el taxi le anoto mi tel&#233;fono en un papelito, por si acaso. Le digo que podr&#237;a traerle ropa de mi marido. O que si tuviera alg&#250;n problema&#8230;.  Me siento responsable de su suerte. 

Le ayudo a bajar del taxi y parece un poco perdido, desconcertado. Trato de hacerle entrar en la estaci&#243;n porque hace un fr&#237;o de muerte pero parece resistirse: se dir&#237;a que no quiere volver a su vida. Se quiere despedir de m&#237;; le doy dos besos. Saco 50 euros y se preocupa por m&#237;. No, no me van a faltar, no se preocupe. 

Y es entonces cuando empiezo a hacerme mil preguntas. C&#243;mo podr&#237;a ayudar a este se&#241;or. &#191;Tendr&#237;a que llev&#225;rmelo a mi casa? Creo que a&#250;n no hay respuesta para estos casos. Un se&#241;or de 55 a&#241;os que aparenta 70 &#191;depende de la buena voluntad de mujeres como yo que no tienen nada mejor que hacer y necesitan calmar su mala conciencia burguesa? &#191;Quiero yo hacerme cargo de este se&#241;or? &#191;Cu&#225;nto cuesta una residencia de ancianos o de enfermos? &#191;Podr&#233; yo dormir tranquila sabiendo que Jean-Pierre duerme sentado en alguna parte esperando a que un vigilante le eche a la calle&#8230; a &#233;l que est&#225; enfermo y tiene problemas para caminar? &#191;Podemos quedarnos tan anchos ante la desgracia ajena?.  Y vosotros, hombres y mujeres que os dedic&#225;is a la pol&#237;tica, &#191;qu&#233; pens&#225;is hacer? Porque las promesas ya no son suficientes.

Clotilde, Paris 25 de enero de 2007&lt;/big&gt;
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    <title>La dama y el vagabundo ( traducido de La dame et le SDF, by Clotilde)</title>
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