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    <body>Strat&#237;s Tsirkas es uno de los mejores narradores griegos de posguerra. Incomprensiblemente sus seis libros de cuentos siguen sin traducirse al castellano. Aqu&#237; os presento una peque&#241;a obra maestra, un cuento perfecto, uno de los mejores que escribi&#243;, en mi opini&#243;n mejor incluso que el que Natividad G&#225;lvez tradujo en su estupenda &lt;EM&gt;Antolog&#237;a del cuento griego &lt;/EM&gt;(Alfaguara, 2005). La traducci&#243;n, in&#233;dita, es de Vasilik&#237; Kanelliadou. Final de "Calles dif&#237;ciles":

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&lt;STRONG&gt;&lt;FONT size=3&gt;&lt;FONT color=#3366ff&gt;&lt;STRONG&gt;&lt;STRONG&gt;&lt;FONT size=3&gt;&lt;FONT color=#3366ff&gt;STRAT&#205;S TSIRKAS - &lt;EM&gt;CALLES DIF&#205;CILES &lt;/EM&gt;(y III)&lt;/FONT&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/STRONG&gt;

&lt;/STRONG&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/STRONG&gt; &lt;BLOCKQUOTE&gt;Era la nuera, la cotorra. &#161;Ay, c&#243;mo me cay&#243; aquello! Pens&#233; detenerme y abrir la boca. Decir zorras, &#191;mendiga yo o vosotras, que lo ped&#237;s todo de un hombre? Y les hablar&#237;a de las cien liras que &#233;l me hab&#237;a sacado. Si tu suegra lleva pa&#241;uelo nuevo, y t&#250; zapatos nuevos, y Evangel&#237;a zapatillas nuevas y Giorgos, el in&#250;til, corbata de seda, me lo deb&#233;is todo a m&#237;, que en Nochevieja lleg&#243; y me lo pidi&#243;. 

Pens&#233; decirlo pero me contuve y segu&#237; caminando, porque si abr&#237;a la boca las pondr&#237;a a todas en mi contra. Y me hab&#237;a cansado mucho con las idas y venidas. Llegar a mi casita, mi casita, para descansar. Pero si segu&#237;a todo recto me topar&#237;a otra vez con Dimitris. Necesitaba sentarme, tomar un vaso de agua.

Fui donde Kula. Sab&#237;a que no le iba a gustar mi visita. Hab&#237;a logrado casarse con un ch&#243;fer chipriota, ten&#237;a un ni&#241;o y esperaba el segundo, la pobre intentaba como fuera olvidar su antigua vida. Pero yo &#191;qu&#233; otra cosa pod&#237;a hacer? S&#243;lo le pedir&#237;a un vaso de agua, me sentar&#237;a un momento para descansar y me ir&#237;a.

Eran cuatro los pisos, con el &#225;tico, cinco. La escalera oscura y estrecha, los escalones inc&#243;modos, muy altos. Pens&#233; que no iba a aguantar, pero cuando sub&#237; me esperaba otra desgracia. No hab&#237;a nadie.

Me apoy&#233; en la terraza y llor&#233; un poco. Me alivi&#243;. Alc&#233; la cabeza, vi el sol y el mar. Despu&#233;s mir&#233; abajo, al descampado donde se o&#237;an voces. Unos ni&#241;os del barrio jugaban con una pelota. Estaba con ellos uno delgadito, pelirrojo, con una pierna malita y con muleta, no le hab&#237;an metido en el juego, s&#243;lo le dejaban correr para recoger la pelota cuando ca&#237;a lejos. El pobrecillo corr&#237;a y levantaba su mano libre y su pierna mala, y alcanzaba la pelota y le daba con su pierna buena y con la muleta, y re&#237;a y les miraba. Si se daba cuenta que tardaba, se agachaba y cog&#237;a la pelota con la mano y la tiraba. Le daba tanta alegr&#237;a una cosa tan peque&#241;a. 

Aquel ni&#241;o me dio fuerzas. Volver&#233; a pasarme otra vez, me dije. La &#250;ltima vez. Si est&#225;, est&#225;; si no, ir&#233; directamente a la puertecilla de la iglesa del Profeta El&#237;as y de all&#237; a casa.

Baj&#233; con otro aire. Incluso pensaba que tampoco era para tanto, pasarme tres veces delante de su casa. Si la primera vez la vieja no me hab&#237;a reconocido, entonces eran solo dos veces. &#191;Acaso son muchas? &#191;No le sucede a nadie pasar por una calle dos y tres veces? S&#237;, tres son muchas, pero esta ser&#237;a la &#250;ltima. Me marchar&#237;a, y luego podr&#237;an decir lo que quisieran. Entonces me puse a rebuscar aquella palabra de su cu&#241;ada, lo de la mendiga. Me acord&#233; que no dijo la mendiga que pasa o que rodea. Dijo: que est&#225; sentada. Yo no estaba sentada, yo estaba pasando. A lo mejor tienen otra puerta por detr&#225;s e igual estaba sentada all&#237; alguna mendiga, vete t&#250; a saber.

El sol se estaba poniendo. Pensaba que si &#233;l hubiera ido a las carreras tendr&#237;a que haber vuelto. Ay, las carreras, qu&#233; pasi&#243;n. Pero yo sabr&#237;a, yo encontrar&#237;a la manera de quitarle ese vicio. 

Estas cosas pensaba cuando llegu&#233; a la esquina de su casa. Las ventanas estaban abiertas pero no se ve&#237;a a nadie. De repente o&#237; una voz de hombre y mi coraz&#243;n dio un vuelco. Me acerqu&#233; sin darme cuenta y agarr&#233; la reja con las manos. Pero no era St&#233;fanos, era Giorgos, el in&#250;til. Otra vez alubias en domingo, dec&#237;a, e insultaba. Eh, ni&#241;o, sal para comprar ouzo. R&#225;pido, ha dicho, con la bicicleta.

Entonces gir&#233; para irme, pero por desgracia &#191;qu&#233; es lo que veo? Todos juntos, su madre, Evangel&#237;a, la cu&#241;ada y el peque&#241;o hab&#237;an salido de repente, unos en las ventanas, otros en el balc&#243;n, y me miraban. Parece que el peque&#241;o me hab&#237;a visto desde dentro.

No sab&#237;a qu&#233; hacer. Di la vuelta para irme, pero me confund&#237; y en vez de tirar por la callejuela del Profeta El&#237;as cog&#237; por otro callej&#243;n que no sab&#237;a ad&#243;nde llevaba. Y disimulaba, como una cualquiera que camina. La tierra estaba blanda, no se hab&#237;a pisado mucho. Tropec&#233; un par de veces. Y el mareo era tan grande que no sabr&#237;a decir si o&#237;a carcajadas o me pitaban los o&#237;dos.

De pronto oigo un ruido detr&#225;s. No miro, pero me doy cuenta de c&#243;mo una sombra me cae encima, encojo los hombros, siento el polvo levantado llenar mi nariz y veo al peque&#241;o St&#233;fanos montado en su bicicleta justo delante de m&#237; dentro de una nube. Suelta los frenos y me rodea dando c&#237;rculos, como hacen en el circo. Detr&#225;s se oyen risas y aplausos. 

Me volv&#237;a loca. Ten&#237;a ganas de matarle, al gamberro. Apret&#233; los dientes y aliger&#233; mis pasos. Pero el ni&#241;o no se iba, segu&#237;a con el mismo jueguecito. Y cuanto m&#225;s avanzaba m&#225;s se o&#237;an las risas.

Me llen&#233; de polvo, los dientes me hac&#237;an ruido de tanta tierra que estaba tragando, el carm&#237;n de los labios me lo hab&#237;a dejado todo en la mano. Sudaba, los ojos me quemaban, la pierna se arrastraba, ay, ay, basta, quer&#237;a gritar. Hasta llegu&#233; a correr.

&#191;C&#243;mo iba a saber que el gran rid&#237;culo estaba por llegar? Cuando levant&#233; la cabeza por un momento vi una tapia delante, tapia a la derecha, tapia a la izquierda. &#161;Aquello era un callej&#243;n sin salida y yo sin saberlo! Busco alrededor por si hay alguna puerta donde llamar. Nada. Estaba como enterrada viva. Entonces las risas y los gritos subieron hasta el cielo.

Quer&#237;a caerme en aquella misma esquina y dejar mi llanto salir, quer&#237;a decirles: iros, dejadme, no quiero nada de vosotros, no pedir&#233; nada. Quer&#237;a haberme muerto.

Pero agach&#233; una vez m&#225;s la cabeza y ech&#233; a andar de vuelta, desesperada, coja, y el peque&#241;o iba y ven&#237;a y me cortaba el camino y se pavoneaba sobre la bicicleta, y las voces y las carcajadas y los aplausos no pararon en toda la calle y hab&#237;an salido los vecinos y los transe&#250;ntes miraban y re&#237;an y no hubo nadie que les dijera qu&#233; verg&#252;enza, qu&#233; est&#225;is haciendo, y yo pas&#233; y no les dije nada. S&#243;lo tropezaba y caminaba.

Me llev&#233; un disgusto aquella tarde, una amargura...

Y todo el tiempo que yo me torturaba en su barrio, &#233;l estaba sentado con Vula en la salita y me esperaban. Hab&#237;a venido, me dijo, para pedirme prestadas cinco liras que deb&#237;a en las cartas.
&lt;/BLOCKQUOTE&gt;
(1946)

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Strat&#237;s Tsirkas (El Cairo, 1911-Atenas, 1980) era hijo de emigrantes pobres en Oriente Medio. Trabaj&#243; de contable. En 1930 conoci&#243; a Kavafis, sobre el que escribir&#237;a una influyente biograf&#237;a. Fue poeta, ensayista, novelista, cuentista, traductor de Heine, Schiller, Lowry, Stendhal, Pavese. Desde muy joven fue miembro del Partido Comunista de Grecia. Su obra m&#225;s conocida es la trilog&#237;a novel&#237;stica &lt;EM&gt;Ciudades a la deriva &lt;/EM&gt;(&lt;EM&gt;Akib&#233;rnites polit&#237;es&lt;/EM&gt;), sobre la vida de las comunidades griegas en Oriente Medio, traducidas al espa&#241;ol en Buenos Aires, Emec&#233;: &lt;EM&gt;El c&#237;rculo en Jerusal&#233;n &lt;/EM&gt;(1975), &lt;EM&gt;Ariadna en El Cairo &lt;/EM&gt;(1976) y &lt;EM&gt;El murci&#233;lago en Alejandr&#237;a&lt;/EM&gt; (1977). El Partido Comunista lo expuls&#243; famosamente ante su negativa a renegar de la trilog&#237;a. Durante la dictadura de los coroneles (1967-1973) dej&#243; de publicar en protesta contra la censura y s&#243;lo public&#243; traducciones. Uno de sus libros de poemas se llama &lt;EM&gt;Oratorio espa&#241;ol&lt;/EM&gt;, y contiene homenajes a Federico Garc&#237;a Lorca.

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&lt;SPAN lang=EL style="FONT-SIZE: 12pt; FONT-FAMILY: 'Constantia','serif'; mso-fareast-font-family: Calibri; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: EL; mso-fareast-language: EN-US; mso-bidi-language: AR-SA"&gt;&lt;STRONG&gt;&lt;SPAN lang=EL style="FONT-SIZE: 12pt; FONT-FAMILY: 'Constantia','serif'; mso-fareast-font-family: Calibri; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: EL; mso-fareast-language: EN-US; mso-bidi-language: AR-SA"&gt;&lt;FONT color=#990000&gt;[&#931;&#964;&#961;&#945;&#964;&#942;&#962; &#932;&#963;&#943;&#961;&#954;&#945;&#962;, &lt;I style="mso-bidi-font-style: normal"&gt;&#932;&#945; &#948;&#953;&#951;&#947;&#942;&#956;&#945;&#964;&#945;&lt;/I&gt;. Ed. &#922;&#941;&#948;&#961;&#959;&#962;, Atenas, 2001. Traducci&#243;n de Vasilik&#237; Kanelliadou]&lt;/FONT&gt;&lt;/SPAN&gt;&lt;/STRONG&gt;&lt;/SPAN&gt;

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    <title>Un cuento perfecto de Strat&#237;s Tsirkas (y III)</title>
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    <body>Hab&#237;a una vez una madre que ten&#237;a nueve hijos varones y una muy querida hija llamada Aret&#237;. La madre la quer&#237;a tanto que la resguard&#243; cuanto pudo de las miradas ajenas, para retenerla a su lado, y a los doce a&#241;os ni el mism&#237;simo sol hab&#237;a podido verla, pues en la oscuridad se ba&#241;aba, en la penumbra se peinaba y bajo las estrellas se trenzaba el pelo. Pese a todas estas precauciones, no pas&#243; mucho tiempo sin que la fama de su belleza y su bondad se extendiera, y un buen d&#237;a se presentaron unos embajadores de Babilonia con la encomienda de llev&#225;rsela muy lejos para casarla con un rico extranjero. 

Los ocho hermanos no quer&#237;an que Aret&#237; se marchara. Pero Constantino, el noveno, s&#237; quer&#237;a. 

"Madre -dijo-, demos a Aret&#237; al extranjero. Su felicidad puede que un d&#237;a sea nuestra riqueza, y si alguna vez viajamos lejos no nos sentiremos extra&#241;os, pues ella estar&#225; con nosotros. 

Respondi&#243; la madre:

"Juicioso eres, Constantino, pero me hace da&#241;o lo que dices. &#191;Y si vienen la muerte o la enfermedad? &#191;Y si nos toca la amarga tierra, qui&#233;n va a traerme a mi hija?

Entonces Constantino respondi&#243;:

"Si viene la muerte y si viene la enfermedad y si nos toca la amarga tierra, pongo al cielo como juez y a los santos como testigos que yo te la traer&#233;".

Y casaron a Aret&#237; con el extranjero. Pero la felicidad les dur&#243; poco, porque vino un a&#241;o bisiesto y con &#233;l unos meses furiosos que trajeron la desgracia. Los nueve hermanos enfermaron y murieron uno detr&#225;s del otro hasta que la madre se qued&#243; sola como un junco. Pasaba los d&#237;as en el cementerio, junto a la iglesia, enloquecida de dolor, y mes&#225;ndose los cabellos no hac&#237;a otra cosa que llorar, rezar y canturrear palabras incomprensibles junto a las tumbas de sus nueve hijos. Un d&#237;a se detuvo ante la tumba de Constantino.

"Maldito seas, maldito y mil veces maldito -dijo-, porque me exiliaste a Aret&#237; al extranjero. La promesa que me diste, &#191;cu&#225;ndo la cumplir&#225;s? Pusiste al cielo como juez y a los santos como testigos que si nos tocaba la tierra amarga ir&#237;as a tra&#233;rmela".

Y de las maldiciones tan fuertes que profiri&#243; la tierra retembl&#243; y se removi&#243; y Constantino sali&#243; de su tumba. De una nube hizo un caballo, y con las estrellas como brida cabalg&#243; toda la noche al extranjero para traer a su hermana. La encontr&#243; pein&#225;ndose en el alf&#233;izar de una ventana bajo la peque&#241;a luna menguante. Desde lejos la salud&#243; levantando una mano, y al acercarse le dijo:

"Hermana, vay&#225;monos a ver a nuestra madre."

"Por Dios, hermano, me has asustado. &#191;De qu&#233; se trata? Si es para una alegr&#237;a me visto y me pongo guapa, y si es para una desgracia d&#237;melo ahora mismo para vestirme de negro."

"Ven de inmediato a nuestra casa, Aret&#237;, est&#233;s como est&#233;s", dijo Constantino. Y arrodill&#243; el caballo y puso encima a su hermana.

Por el camino de regreso los p&#225;jaros cantaban. Pero no cantaban como cantan las alondras o las golondrinas, sino con palabras humanas. Dec&#237;an:

"&#191;Qui&#233;n ha visto a una mujer tan hermosa llevada por un muerto?"

Aret&#237; le dijo a su hermano:

"&#191;Has o&#237;do, Constantino, lo que dicen los p&#225;jaros?"

"P&#225;jaros son, y cantan."

M&#225;s adelante se acercaron otros y dijeron:

"&#191;No es una rareza extremada, no es una pena y una injusticia enormes que los vivos tengan que ir con los muertos?"

Aret&#237; sinti&#243; un escalofr&#237;o.

"&#191;Oyes, Constantino, lo que dicen los p&#225;jaros? &#161;Que los vivos caminan con los muertos!"

"Son p&#225;jaros. En abril cantan y en mayo se aparean".

"Tengo miedo, hermano, porque hueles a incienso".

"Es porque anoche estuvimos en la iglesia de San Juan y el cura nos hume&#243; demasiado con el incensario".

Pero un poco m&#225;s all&#225; otros p&#225;jaros se acercaron y dijeron:

"&#161;Milagro y antimilagro, una mujer tan bella con un muerto!"

Lo oy&#243; Aret&#237; y se le parti&#243; el coraz&#243;n.

"&#191;Has o&#237;do, Constantinillo, lo que dicen los p&#225;jaros?"

"Deja los p&#225;jaros, Aret&#237;, que digan lo que quieran".

"Dime, hermano por qu&#233; est&#225;s lleno de barro, d&#243;nde quedaron tu belleza y tu juventud, y qu&#233; fue de tu piel suave y de tus cabellos de oro".

"Hace tiempo que estoy malo y se me cay&#243; el pelo".

Y as&#237; siguieron el camino, hasta llegar al pueblo y detenerse en el cementerio, junto a la iglesia. Constantino hizo arrodillarse el caballo, y cuando Aret&#237; se baj&#243;, caballo y hermano se esfumaron. Aret&#237; oy&#243; entonces la tierra trepidar y las l&#225;pidas del cementerio caerse con estr&#233;pito. Y se fue caminando a su casa, y al acercarse pudo ver el jard&#237;n abandonado, los &#225;rboles marchitos, los jazmines secos, las rosas negras, la hierba crecida delante de la entrada. Encontr&#243; la puerta cerrada y sin llaves y las ventanas condenadas. Toc&#243; con fuerza y las maderas de las ventanas temblaron.

"Si eres amigo entra, y si eres enemigo vete", dijo una voz desde el interior. "Y si eres la muerte amarga, otros hijos no me quedan para que te los lleves, pues mi pobre Aret&#237; est&#225; lejos en el extranjero.

"Abre, dulce madre m&#237;a", dijo Aret&#237;.

"&#191;Qui&#233;n es esta que me llama madre?"

"Abre, abre, soy yo, tu Aret&#237;".

La madre abri&#243; y se abrazaron llorando, y no les dio tiempo a mucho m&#225;s, porque all&#237; mismo se murieron. 











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    <title>La canci&#243;n del hermano muerto</title>
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