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    <body>&lt;H3 style="MARGIN: auto 0cm"&gt;&lt;SPAN style="COLOR: #3366ff"&gt;&lt;SPAN style="COLOR: #3366ff"&gt;&lt;FONT face="Times New Roman"&gt;Cl&#237;o, la que ofrece la gloria&lt;/FONT&gt;&lt;/SPAN&gt;&lt;FONT face="Times New Roman"&gt; &lt;IMG class=imgdcha id=img_0 src="http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/merhum/Clio.jpg"&gt;&lt;?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/SPAN&gt;&lt;/H3&gt; &lt;P class=MsoNormal style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt"&gt;&lt;B style="mso-bidi-font-weight: normal"&gt;&lt;SPAN style="COLOR: #3366ff; FONT-FAMILY: Arial"&gt;&lt;FONT size=3&gt;1&lt;/FONT&gt;&lt;/SPAN&gt;&lt;/B&gt;&lt;SPAN style="COLOR: #3366ff; FONT-FAMILY: Arial"&gt;&lt;FONT size=3&gt;. &lt;B style="mso-bidi-font-weight: normal"&gt;Las Musas&lt;/B&gt; son ninfas que se relacionan con r&#237;os y fuentes. Las Musas son las cantoras divinas que con sus coros e himnos deleitan a Zeus y a los dem&#225;s dioses en el Olimpo, su morada, bajo la direcci&#243;n de Apolo. A veces descienden a la Tierra, actuando de mediadoras entre lo divino y los seres humanos inspirando a los poetas y proporcion&#225;ndoles el conocimiento de lo Eterno.
Hoy vamos a escribir sobre una de ellas, &lt;B style="mso-bidi-font-weight: normal"&gt;Cl&#237;o&lt;/B&gt;. En la mitolog&#237;a griega, &lt;B style="mso-bidi-font-weight: normal"&gt;Cl&#237;o&lt;/B&gt; (en griego &#922;&#955;&#949;&#953;&#974; Klei&#244;, de la ra&#237;z &#954;&#955;&#941;&#969; kle&#244;, &#8216;alabar&#8217; o &#8216;cantar&#8217;), es la que ofrece gloria. Es la musa de la historia y de la poes&#237;a heroica. Como todas las musas, es hija de Zeus y Mnem&#243;sine, aunque hay otras versiones, prefiero &#233;sta. Es la musa de la Historia, por ocuparse de mantener vivo el recuerdo de los actos generosos y los grandes triunfos. Lleva consigo una corona de laurel, &#225;rbol de hoja perenne que permanece vivo al igual que la Historia. Sus atributos son una trompeta, en la mano derecha, para proclamar los hombres y haza&#241;as m&#225;s memorables, y un libro abierto o pergamino, en la izquierda, en el que est&#225; escrito Tuc&#237;dides o Her&#243;doto (los padres de la Historia). Acostumbra a llevar una caja para guardar libros y una clepsidra, que marca el paso del tiempo, o un globo terr&#225;queo. Tambi&#233;n puede aparecer con una tablilla, un estilete y un cisne.
&lt;B style="mso-bidi-font-weight: normal"&gt;Cl&#237;o&lt;/B&gt; tuvo un hijo con P&#237;ero, rey de Macedonia, llamado Jacinto. Algunas fuentes afirman que tambi&#233;n fue madre de Himeneo.
&lt;B style="mso-bidi-font-weight: normal"&gt;2.&lt;/B&gt; &lt;B style="mso-bidi-font-weight: normal"&gt;Cl&#237;o&lt;/B&gt; es mi musa porque me dedico a la Historia.
&lt;B style="mso-bidi-font-weight: normal"&gt;3&lt;/B&gt;. &lt;B style="mso-bidi-font-weight: normal"&gt;Cl&#237;o &lt;/B&gt;es un modelo de coche, de una marca francesa. Ese fue el que tuve cuando empec&#233; con mi musa a viajar para ense&#241;ar Historia. Con el que estuve a punto de matarme y del que sal&#237; pr&#225;ctica y sorprendetemente ilesa.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/SPAN&gt;

 &lt;P class=MsoNormal style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;FONT face="Times New Roman" size=3&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/o:p&gt;
Imagen obtenida de wikipedia:  &lt;DIV class=thumbcaption&gt;&lt;I&gt;&lt;STRONG&gt;&lt;I&gt;&lt;FONT color=#3333ff&gt;Cl&#237;o&lt;/FONT&gt;&lt;/I&gt;&lt;/STRONG&gt;&lt;/I&gt; (detalle) por &lt;A id=link_0 title=http://es.wikipedia.org/wiki/Johannes_Vermeer href="http://es.wikipedia.org/wiki/Johannes_Vermeer"&gt;&lt;A title="Johannes Vermeer" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Johannes_Vermeer"&gt;Johannes Vermeer&lt;/A&gt;.&lt;/A&gt;&lt;/DIV&gt; &lt;P class=MsoNormal style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt"&gt;












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    <body>Entre 1986 y 1991 le&#237; con obsesi&#243;n de disc&#237;pulo cada nueva obra de Antonio Mu&#241;oz Molina, sus cuentos, sus art&#237;culos, sus entrevistas en prensa y, por supuesto, todas sus novelas, desde &lt;EM&gt;Beatus Ille &lt;/EM&gt;hasta &lt;EM&gt;El jinete polaco&lt;/EM&gt;. A partir de entonces empec&#233; a tomar distancia -algo me incomodaba- hasta dejar de leerlo y limitarme a seguir su trayectoria de reojo, mientras me iba haciendo mayor y mi vida se conformaba seg&#250;n un gui&#243;n muy distinto al imaginado. 

En febrero de 1997 yo estaba en Nueva York, olvidado por completo de Mu&#241;oz Molina, cuando Luc&#237;a Heredia me hizo el regalo impagable de la Frick Collection. Era una ma&#241;ana neblinosa y muy fr&#237;a. "Quiero llevarte a uno de mis lugares preferidos de Manhattan, dijo, &#191;lo conoc&#233;s?" Yo no hab&#237;a o&#237;do hablar de aquel muse&#237;to o lo hab&#237;a borrado de mi memoria, y adem&#225;s me hab&#237;a negado a leer gu&#237;a tur&#237;stica alguna antes de mi primer viaje, de modo que entr&#233; virgen y lustral, sin referencias ni expectativas -m&#225;s all&#225; del hecho maravilloso de hallarme en Nueva York, y esa maravilla lo llenaba todo de intensidad y anhelo-, que es como se descubren las cosas que de verdad importan. 

Eran las diez y no hab&#237;a nadie. Cada cual fuimos por nuestro lado, en silencio, pisando las alfombras que tapizaban las salas, perdidos en el ensimismamiento de la contemplaci&#243;n de cuadros, esculturas, muebles, como si hici&#233;ramos tiempo mientras el due&#241;o la casa se vest&#237;a para recibirnos. Luc&#237;a s&#243;lo se me acerc&#243; dos veces, una para explicarme la diferencia entre el paisajismo de Constable y el de Turner (memorable lecci&#243;n) y otra para preguntarme por qu&#233; lloraba. A m&#237; me dol&#237;a algo en el pecho, me di cuenta de que el prodigio de la pintura pod&#237;a llegar a doler. Vermeer, Georges de la Tour, Bronzino, Ingres, Holbein, Tiziano, Whistler, los viejos maestros se me iban desvelando con una familiaridad extra&#241;a, con una intimidad que no ten&#237;a nada que ver con el bovino apacentamiento de los grandes museos. Entonces descubr&#237; "El jinete polaco" de Rembrandt (o de quien lo pintara), esa obra que, seg&#250;n John Berger, es el comienzo de una historia contada por un anciano que ha visto muchas cosas y que trata sobre el adi&#243;s al hogar, sobre la entrada adulta en el mundo, sobre el enfrentamiento con el propio destino. El instante fue inolvidable, precisamente porque yo hab&#237;a olvidado que aquella pintura estaba all&#237;, en la Frick Collection, y que Mu&#241;oz Molina se refer&#237;a a ella en su novela o en su explicaci&#243;n del origen de la novela. 

A m&#237;, la verdad, me impresion&#243; mucho m&#225;s el autorretrato con bast&#243;n de Rembrandt (este s&#237; el viejo y verdadero Rembrandt) que hay al lado del famoso jinete. Pero ese es otro tema. A partir de aquella dolorosa epifan&#237;a de la pintura he vuelto siempre a la Frick en mis viajes a Nueva York, he procurado repetir con mis seres queridos la transmisi&#243;n del regalo que me hizo para siempre Luc&#237;a Heredia aquella ma&#241;ana de 1997, y cada nuevo paseo por sus mullidas salas ha ido pautando de alguna manera mi vida. 

Y hete aqu&#237; que Luc&#237;a me acaba de regalar &lt;EM&gt;Ventanas de Manhattan &lt;/EM&gt;de Mu&#241;oz Molina. Por alguna raz&#243;n supersticiosa yo nunca hab&#237;a querido leer este libro, temeroso de que me hiciera da&#241;o o me llenara de melancol&#237;a, pero ahora Luc&#237;a me lo pone delante -por algo ser&#225;- y abro al azar una p&#225;gina y leo unas frases que resultan estar muy cerca de mi propia experiencia:

 &lt;BLOCKQUOTE&gt;"Hay lugares de la ciudad que uno descubre por s&#237; mismo en sus caminatas solitarias y otros que le son revelados como un regalo generoso de la amistad. Ese regalo se vuelve un tesoro enaltecido por el agradecimiento para el que lo recibe, en un recuerdo y tambi&#233;n en la posibilidad de otro regalo. En el lugar estar&#225; siempre quien nos lo descubri&#243; y el momento de nuestra vida en el que gracias a su mediaci&#243;n lo conocimos. Jos&#233; Mar&#237;a Guelbenzu me hab&#237;a dicho que ese museo del que yo no hab&#237;a o&#237;do hablar nunca era el que m&#225;s le gustaba en Nueva York. Ahora yo la guiaba a ella, igual que Guelbenzu me hab&#237;a guiado a m&#237;..." 

&lt;/BLOCKQUOTE&gt;





















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    <title>El regalo de la Frick Collection</title>
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    <body>&lt;img class="imgcen" title="http://www.wga.hu/art/h/hoogstra/corridos.jpg" href="http://www.wga.hu/art/h/hoogstra/corridos.jpg" src="http://www.wga.hu/art/h/hoogstra/corridos.jpg" id="img_0" height="807" width="551"&gt;

Abiertas, las puertas ofician de bisagra entre la dom&#233;stica intimidad que se ofrece al ojo del espectador del cuadro y la mirada del indiscreto visitante que se apresta a ingresar en una casa respetable del Siglo XVII. La inevitable sorpresa se la lleva el espectador, pues al asomarse a la realidad del cuadro, que por artificio &lt;em&gt;trompe l&#8217;oil&lt;/em&gt; se revela tras la representaci&#243;n de la puerta, descubre un recinto familiar misterioso, signado por la ausencia de sus habitantes.

Los cambiantes dise&#241;os en el embaldosado delimitan los diferentes &#225;mbitos sociales: el p&#250;blico, con un recibo decoroso mas no ostentoso, un espacio intermedio que podr&#237;a ser la salida a un patio interior, tenida cuenta la luz que lo distingue y el espacio privado con un embaldosado en blanco y negro, resabio de un viaje a Sevilla del due&#241;o de la morada o del pintor. La representaci&#243;n de los mismos ha sido dividida en una serie de planos h&#225;bilmente separados por un juego de luz y perspectiva. As&#237;, el ojo del espectador pasa del claroscuro del recibidor, al intenso fulgor del espacio de distribuci&#243;n, a una luz mitigada que ilumina la habitaci&#243;n que se adivina la central. En la pared del sal&#243;n, cuelgan dos pinturas, pero s&#243;lo una capta la atenci&#243;n del espectador otorg&#225;ndole profundidad a la representaci&#243;n y creando una perspectiva vertiginosa en el espectador, pues el cuadro visible sobre la pared a su vez representa una habitaci&#243;n: un aposento en el que se desarrolla una escena domestica, quiz&#225; entre una madre y un ni&#241;o. Lo que deja adivinar al espectador que tras la oportuna pared o en alguna parte de este lar abierto la verdadera intimidad resta protegida.

Como ante todo ambiente que encontramos inesperadamente vacio, el espectador, el visitante &#8212;y usted tambi&#233;n, casual o asiduo lector, si se ha interesado en desentra&#241;ar este aparente misterio&#8212; no podemos evitar poblar, completar, animar este espacio pulcro y ordenado pero que enigm&#225;tica y hasta inveros&#237;milmente se muestra abandonado.

Y esta vez el espectador, con la mirada atenta, acompa&#241;a al indiscreto visitante que se devuelve sobre sus pasos y reinicia una inspecci&#243;n con mirada escrutadora y se contiene para no exclamar con voz queda y en el vac&#237;o un &lt;em&gt;Hola &lt;/em&gt;solitario.

El recibidor que invita con modestia pero muy atento a las pr&#225;cticas bien burguesas de la limpieza, muestra a un lado una oronda escoba de retama casi como anfitriona del hogar. A su lado cuelga un delantal, curiosamente suspendido en lo que se podr&#237;a imaginar un colgador para el capote del due&#241;o de la casa, o la capa de la se&#241;ora.

El sal&#243;n o quiz&#225; comedor &#8212;aunque no es redundante informar al observador que esos habit&#225;culos no se independizaron hasta bien entrado el siglo XVIII&#8212;, est&#225; amoblado con enseres dom&#233;sticos de una cierta suntuosidad: una mesa cubierta con un mantel labrado y que termina con una ostentosa cenefa de raso. Si el indiscreto visitador se decidiera por el osado gesto; al tiento, probablemente la silla forrada en cuero revelar&#237;a una cierta temperatura, pues es licito intuir que el libro abierto que yace abandonado boca abajo &#8212;si cabe el s&#237;mil&#8212; y cuya lectura ha sido interrumpida con una brusquedad voluntaria estaba siendo le&#237;do por su ahora ausente lector o lectora. La vela apagada al desgaire y a medio consumir sobre el candelero de plata da cuenta del tiempo transcurrido.

Y el observador se pregunta: Por qu&#233; el manojo de llaves ha quedado abandonado, colgando de la cerradura de la puerta. Qu&#233; urgencia tan acuciante, tan pertinaz ha hecho que el ama de llaves o el patr&#243;n de la casa (o, ambos) abandonen la seguridad del hogar y &#8212;como si dij&#233;ramos al escape y a la carrera&#8212; desaparezcan de la l&#237;nea de fuga y provoquen este enigm&#225;tico vac&#237;o. Y por qu&#233; esas pantuflas, &#8212;o trat&#225;ndose de los pa&#237;ses bajos, m&#225;s bien, galochas&#8212; yacen ah&#237; en medio de todo, al garete y qui&#233;n es su due&#241;o.

Ralf me cuenta que en el Siglo XIX, al cuadro se le a&#241;adieron un gato, una ni&#241;a sentada, una fecha y la firma &#8212;falsa&#8212; de Pieter de Hooch, otro gran pintor del c&#237;rculo de Vermeer. Pero que luego en sucesivas restauraciones han sido cuidadosamente borrados. Poco despu&#233;s me pregunta &#8212;con una sonrisa socarrona&#8212; &#191;Qu&#233; crees que est&#225;n haciendo los personajes que no se ven? Retrocedo ante la reproducci&#243;n de Van Hoogstraten que Ralf ha colgado en su habitaci&#243;n y sonr&#237;o pensativo. &#191;Y usted?

&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;a title="free web stats" href="http://www.statcounter.com/" target="_blank"&gt;&lt;img style="width: 37px; height: 13px;" src="http://c.statcounter.com/4127158/0/1de2cca2/0/" alt="free web stats" border="0"&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;</body>
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    <title>El misterio de la pintura vac&#237;a</title>
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    <body>&lt;FONT size=3&gt;&lt;FONT face="Times New Roman"&gt; &lt;P class=MsoNormal style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto"&gt;&lt;STRONG&gt;&lt;/STRONG&gt;

 &lt;P class=MsoNormal style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto"&gt;&lt;STRONG&gt;&lt;IMG id=img_0 src="http://farm3.static.flickr.com/2111/2082862037_cae097ab78_m.jpg"&gt;&lt;/STRONG&gt;

 &lt;P class=MsoNormal style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto"&gt;&lt;STRONG&gt;Antonio L&#243;pez&lt;/STRONG&gt; podr&#237;a haber proseguido la labriega labor familiar de no cruzarse en el camino su t&#237;o, quien detect&#243; en &#233;l condiciones m&#225;s que &#243;ptimas para la pintura. El primer quinquenio de la d&#233;cada de los 50 lo emple&#243; el artista de Tomelloso, con suficiencia probada, en formarse en la Escuela de Bellas Artes madrile&#241;a. Al finalizar sus estudios viaj&#243; becado a Italia donde acrecent&#243; su devoci&#243;n por el barroquismo de &lt;STRONG&gt;Vel&#225;zquez &lt;/STRONG&gt;en detrimento de la pintura renacentista. &lt;STRONG&gt;Vermeer&lt;/STRONG&gt; ser&#237;a su otro referente.&lt;?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;

Leo en una entrevista que en 2003 le hizo &lt;STRONG&gt;Enrique Boix &lt;/STRONG&gt;en Las Provincias: &lt;EM&gt;&#8220;Yo empec&#233; a los 13 a&#241;os, cuando sent&#237; dentro una llama abrasadora, como un incendio. Sent&#237; que la pintura era lo que m&#225;s pod&#237;a gustarme del mundo. No he perdido pasi&#243;n en el trabajo, aunque a veces te canses. Esa llama contiene la emoci&#243;n que la vida te produce y la necesidad de contar eso&#8221;&lt;/EM&gt;. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;

La &lt;I style="mso-bidi-font-style: normal"&gt;Gran V&#237;a&lt;/I&gt; (1974-1981) es uno de mis cuadros favoritos, no s&#243;lo de Antonio L&#243;pez, sino de mis preferencias pict&#243;ricas en general. Su hiperrealismo siempre me result&#243; impactante. No es extra&#241;o que se apele a la lentitud con la que pinta pues siete a&#241;os emple&#243; en concretarla. Es la arteria que yo recuerdo de mis viajes a la capital de Espa&#241;a en el utilitario paterno. Es la gran avenida que recorro en solitario en mis contados viajes hasta all&#237;, sumergi&#233;ndome entre una multitud variopinta y alocada que vive el d&#237;a a d&#237;a en el coraz&#243;n de una ciudad con millones de almas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;

 &lt;P class=MsoNormal style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;

 &lt;P class=MsoNormal style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto"&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/FONT&gt;





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    <title>La Gran V&#237;a</title>
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    <body>&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;em&gt;&#8220;La pintura holandesa de nuestra memoria&#8221;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/em&gt;

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/em&gt;

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&#171;Tenemos algunos recuerdos que son como la pintura holandesa de nuestra memoria, cuadros de estilo en que los personajes son a menudo de condici&#243;n mediocre, sorprendidos en un momento muy sencillo de su existencia, sin acontecimientos solemnes, a veces sin acontecimientos en absoluto, en un cuadro de ninguna manera extraordinario y desprovisto de grandeza. La naturalidad de los caracteres y la inocencia de la escena, constituyen su encanto, la distancia pone entre ella y nosotros una luz dulce que la ba&#241;a en belleza.&#187; (Proust, &lt;em&gt;Los placeres y los d&#237;as&lt;/em&gt;, &#8220;Cuadros del estilo del recuerdo&#8221;).&lt;span style="font-size: 10pt;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;

&lt;h1&gt;Vermeer&lt;/h1&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Hay un cuadro de Vermeer que se llama &lt;em&gt;La carta de amor&lt;/em&gt;. En &#233;l se puede ver en primer plano una habitaci&#243;n en penumbra, cuya puerta, franqueada por una silla vac&#237;a sobre la que descansan unas partituras, se abre a una segunda estancia iluminada, m&#225;s al fondo. All&#237; se ve a dos mujeres, una dama y su sirvienta. &#201;sta ha interrumpido un instante el trabajo del hogar para entregar a la due&#241;a una carta que acaba de llegar. La cesta de la colada est&#225; en el suelo y tambi&#233;n una escoba. La dama, sentada, tocaba el la&#250;d cerca de la chimenea. De la pared del fondo,detr&#225;s de las mujeres, cuelga un cuadro que representa un paisaje marino con un barco. El punto de vista se sit&#250;a en la zona de sombra, de forma tal que la mirada del espectador avanza de la oscuridad hacia la luz, pero el espectador mismo se queda inmerso en la penumbra. Aunque la cortina est&#225; descorrida, la sombra vela nuestra presencia. No hay duda de que contemplamos sin ser contemplados.

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;       &lt;/span&gt;El t&#237;tulo del cuadro no hace m&#225;s que enunciar una hip&#243;tesis. Nadie sabe, ni puede saber, si esa carta es realmente de amor. La tela tiene una historia mercantil larga y agitada, cambi&#243; de manos en un buen n&#250;mero de ocasiones hasta quedar depositada en su lugar de reposo actual en el Rijksmuseum de &#193;msterdam. Alguien desconocido lo anot&#243; con el nombre con el que se lo conoce popularmente al ser catalogado para una de sus m&#250;ltiples ventas. Fuese su propietario o no, deb&#237;a tratarse de una persona que hab&#237;a vivido cercana al lienzo y que hab&#237;a dedicado muchas horas a reflexionar sobre &#233;l; semejante t&#237;tulo ya condensa en s&#237; mismo toda una compleja interpretaci&#243;n y no puede&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;ser sino fruto de un riguroso y continuado esfuerzo de dedicaci&#243;n a la pintura de Vermeer de Delft. Nunca hubiese pensado el autor en titularlo as&#237; y no hubiese osado siquiera titularlo. No sabemos si en su &#233;poca era costumbre colocar un nombre a las telas, pero aunque as&#237; fuese, sospechamos que ninguno le pod&#237;a venir mejor que el &lt;em&gt;Sin t&#237;tulo &lt;/em&gt;que ha proliferado a partir de la vanguardia. S&#243;lo esa apuesta ir&#243;nica por el anonimato de la pintura pod&#237;a hacer justicia a su b&#250;squeda y su revoluci&#243;n, logros que hubiese dejado en suspenso una inoportuna voluntad de nombrar (aqu&#237;, sin&#243;nimo de juzgar). Lo que sigue es un argumento en favor de esta conjetura.

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;Ni un s&#243;lo indicio se nos ofrece en el cuadro que indique aciencia cierta que lo que recibe la dama de manos de su sirvienta sea una cartade amor; como tampoco podemos saber a partir de los elementos que integran la composici&#243;n a qu&#233; tipo de historia remite la escena que contemplamos. Vamos, enprincipio, a dar por bueno el t&#237;tulo del catalogador apasionado y, dando un giro perverso a la escena de amor, a imaginar que somos testigos de un m&#237;nimo fragmento de una intriga amorosa y que, en consecuencia, lo que la dama sostiene entre sus manos es, efectivamente, una carta de amor. Sobre esta clave se pueden interpretar los signos desperdigados por la tela en una determinada direcci&#243;n: la carta, el la&#250;d, el cuadro a espaldas de las mujeres... Sin olvidar una presencia capital: la del contemplador oculto; es &#233;l el tercer personaje del cuadro. Su presencia larvada y silenciosa es tambi&#233;n una forma de ausencia, pero sabemos que est&#225; ah&#237; y que tambi&#233;n es el pintor y que somos nosotros mismos, contemplando la escena desde el mismo lugar y tambi&#233;n, con toda seguridad, en silencio.

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;       &lt;/span&gt;La recepci&#243;n de un mensaje interrumpe la m&#250;sica. La se&#241;ora deja de ta&#241;er para tomar la carta. No sabemos qu&#233; duraci&#243;n tendr&#225; la interrupci&#243;n (sospechamos que depende del contenido de la misiva). Conjeturamos que el mensaje lo env&#237;a un amante de la mujer, que tal vez est&#225; casada o comprometida. Algunos cr&#237;ticos interpretan la marina que est&#225; en el fondo de la sala, representando un barco que surca el mar, como un s&#237;mbolo de la partida del amante. Tenemos entonces a una mujer que recibe una carta del hombre al que ama, que se encuentra lejos, muy lejos tal vez. Ella es presa de la melancol&#237;a que le produce la ausencia e intenta dar salida a su pena tocando y cantando melod&#237;as que recuerdan esa ausencia.&lt;a style="" href="#_ftn1" name="_ftnref1" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[1]&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; El contenido de la carta es un misterio para nosotros, pudiera ser una despedida, tal vez el anuncio de un reencuentro. S&#243;lo podemos atenernos al peque&#241;o fragmento que revela el cuadro y, precisamente por su condici&#243;n de &#8220;instant&#225;nea&#8221;, su revelar es un no-revelar. De forma an&#225;loga a lo que nos ocurre con un mosaico del que s&#243;lo poseemos una pieza, la historia en la que se proyecta el instante que estamos mirando queda fuera de nuestra experiencia, fuera de nuestra mirada. 

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;       &lt;/span&gt;La elecci&#243;n del punto de vista puede proporcionarnos alguna clave para despejar la inc&#243;gnita de si estamos o no ante una intriga amorosa. Sabemos que la escena es contemplada desde una habitaci&#243;n en penumbra, imaginemos la situaci&#243;n de ese tercer personaje del cuadro (que, recu&#233;rdese,tambi&#233;n somos nosotros) que mira sin ser visto (el &lt;em&gt;voyeur&lt;/em&gt;, soberano deluniverso de las celos&#237;as), sin ser notado. Digamos que se trata de alguien cercano a la dama (su marido, pongamos), que ha sorprendido la acci&#243;n y decidido no intervenir y &lt;em&gt;ver &lt;/em&gt;qu&#233; pasa. Digamos que nosotros conocemos la historia como si disfrut&#225;semos del punto de vista de un narrador omnisciente; a diferencia del encubierto, conocemos lo acontecido antes y despu&#233;s. Hemos abierto una clave de lectura (la celos&#237;a), pero &#233;l carece de los datos que nosotros hemos puesto en juego, tan s&#243;lo puede mirar sin comprender. Un c&#233;lebre cr&#237;tico&lt;a style="" href="#_ftn2" name="_ftnref2" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[2]&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;ha estimado oportuno resaltar que la pintura de nuestro autor coloca al mir&#243;n en una situaci&#243;n de perplejidad y extra&#241;amiento: &#171;La mirada es el &#8220;instrumento&#8221;del que nos servimos para entrar en el espacio privado de las mujeres. Al hacerlo somos verdaderos mirones, mirones, sin embargo, fracasados, pues no logramos penetrar su intimidad. Las pinturas con cartas de Vermeer &#8220;ponen almir&#243;n en su sitio&#8221;&#187;. No alcanzar a conocer el significado de la acci&#243;n (pero,&#191;acaso hay acci&#243;n?), este es el destino de todo posible espectador del cuadro/escena. 

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;        &lt;/span&gt;Continuemos con la hip&#243;tesis. Concedamos que el marido de la dama ha sorprendido la entrega de la carta, por puro azar, y ha decidido quedarse a mirar furtivamente. Nunca antes ha sido testigo de un movimiento sospechosode su mujer, es m&#225;s, nunca ha concebido siquiera que un acto suyo pudiera tener un sentido oculto. Pero lo que acaba de ver es revelador; esta acci&#243;n ambigua acaba de poner en marcha su facultad de sospecha. Ya no recela s&#243;lo de lo que acaba de ver, sino de lo que vio en el pasado y de lo que ver&#225; en el futuro. En ese instante, peque&#241;os signos y detalles pret&#233;ritos que no tuvieron relevancia alguna, obtienen una interpretaci&#243;n suspicaz. Desde este momento el marido se transforma en un sufrido cazador de signos; el hombre comenzar&#225; a hilvanar una historia, un significado posible a la escena de acaba de contemplar sir ser contemplado. 

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;        &lt;/span&gt;Sea pertinente o no la presente interpretaci&#243;n de la escena, &#191;difiere la situaci&#243;n del sujeto que mira en el interior del cuadro de la nuestra como meros contempladores exteriores? &#191;Difiere de la del propio artista que lo compuso? En las artes el punto de vista de la composici&#243;n y de la recepci&#243;n coinciden. En nuestro caso, el pintor no es m&#225;s que el primer espectador de la escena; su punto de vista es id&#233;ntico al nuestro, su ojo es el mismo que el nuestro. Tal vez sea esto mismo lo que Vermeer quiera representar: la incapacidad de conocer con certeza lo que est&#225; ocurriendo mientras est&#225; ocurriendo, cuando no se goza de una perspectiva total, omnisciente; y la consecuente necesidad de construir una historia hipot&#233;tica que d&#233; raz&#243;n de lo que acontece. El sujeto se siente coaccionado a buscar un sentido a lo que escapa a sus sentidos y a su campo de visi&#243;n. Y esta situaci&#243;n no es excepcional en nuestra vida cotidiana, al contrario, constituye la regla&lt;a style="" href="#_ftn3" name="_ftnref3" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[3]&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;.

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;       &lt;/span&gt;Es in&#250;til buscar en el cuadro elementos simb&#243;licos que nos proporcionen los detalles de la historia que &#233;ste nos muestra. Hay una obligaci&#243;n total a la conjetura, a la imaginaci&#243;n, a narrar y narrarnos lo que puede estar ocurriendo. El pintor ha seleccionado expresamente las unidades que integran la composici&#243;n para que el espectador no logre informaci&#243;n suplementaria (una explicaci&#243;n) sobre lo que tiene delante. Ha depurado la tela de todo rastro aleg&#243;rico, apart&#225;ndose definitivamente del resto de los autores de la pintura de g&#233;nero, en la que cada historia quedaba explicitada hasta en sus &#250;ltimos detalles (con un sentido a menudo moralizante sobre escenas cotidianas),&lt;a style="" href="#_ftn4" name="_ftnref4" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[4] &lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;gracias al juego de s&#237;mbolos que la composici&#243;n pon&#237;a en circulaci&#243;n. El propio Vermeer se fue desprendiendo a lo largo de su trayectoria de los restos aleg&#243;ricos que quedaban en su pintura (el an&#225;lisis radiogr&#225;fico de &lt;em&gt;Lectorafrente a la&lt;/em&gt; &lt;em&gt;ventana&lt;/em&gt;, que muestra a otra mujer leyendo una carta, descubri&#243; que originalmente hab&#237;a en la pared del fondo un cuadro quere presentaba a Cupido). No se trata aqu&#237; de poner el refranero en im&#225;genes, nuestro autor busca que cada espectador integre, lo mismo que el &lt;em&gt;voyeur &lt;/em&gt;en la sombra, el m&#237;nimo fragmento que est&#225; contemplando, en la historia general (propia o ajena) que se adivina fuera de los l&#237;mites del marco; para lo cual nos reserva, incluso, un lugar en la penumbra, ah&#237; junto a la cortina descorrida. All&#225; dentro es nuestra propia vida la que se pone en escena y el cuadro comienza a contar una historia de nuestra cotidianeidad. Ante una pintura suya no nos queda otro remedio que transformarnos en artistas, en narradores. Esto es lo que hace de Vermeer un grand&#237;simo artista, ha transformado la hipercodificada pintura de g&#233;nero en algo abierto, m&#250;ltiple, desnudo de significado y, por ello, capaz de albergarlos todos. Es esta desnudez simb&#243;lica la que hace posible la proliferaci&#243;n al infinito de las interpretaciones.

&lt;div style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;br clear="all"&gt;&lt;hr align="left" size="1" width="33%"&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;div style="" id="ftn1"&gt;&lt;p class="MsoFootnoteText" style="text-align: justify;"&gt;&lt;a style="" href="#_ftnref1" name="_ftn1" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[1]&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;En otro cuadro de Vermeer, titulado &lt;em&gt;La lecci&#243;n de m&#250;sica&lt;/em&gt; y que representa a una muchacha de espaldas tocando el virginal junto a un caballero que marca el tiempo con un bast&#243;n, se puede leer sobre la tapa del instrumento la siguiente inscripci&#243;n: &#8220;La m&#250;sica, compa&#241;era para el placer, medicina para el dolor&#8221;.

&lt;/div&gt;&lt;div style="" id="ftn2"&gt;&lt;p class="MsoFootnoteText" style="text-align: justify;"&gt;&lt;a style="" href="#_ftnref2" name="_ftn2" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[2]&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;V. Bozal, &lt;em&gt;Johannes Vermeer de Delft&lt;/em&gt;.

&lt;/div&gt;&lt;div style="" id="ftn3"&gt;&lt;p class="MsoFootnoteText" style="text-align: justify;"&gt;&lt;a style="" href="#_ftnref3" name="_ftn3" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[3]&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&#171;Vermeer supone un observador &lt;em&gt;fugaz&lt;/em&gt;, temporal y, as&#237;, si se quiere, m&#225;s real, pues en el mundo emp&#237;rico somos nosotros esos observadores. Fugaz no porque est&#233; en movimiento, sino porque la fugacidad, la temporalidad, forma parte sustancial de la mirada: no hay mirada sin tiempo ni fuera del tiempo, no hay experiencia visual al margen de la temporalidad&#187;(&#205;dem, p. 235).

&lt;/div&gt;&lt;div style="" id="ftn4"&gt;&lt;p class="MsoFootnoteText" style="text-align: justify;"&gt;&lt;a style="" href="#_ftnref4" name="_ftn4" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[4]&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;Hay, sin embargo, en nuestra tela ecos de aquel costumbrismo moralizante. Est&#225; clara la divisi&#243;n en el empleo del tiempo de las dos mujeres. El tiempo de trabajo de la sirvienta es tiempo de solaz para la dama. En el espacio de la enstancia se mezclan la obligaci&#243;n y el ocio, simbolizados en la escoba y la cesta de ropa por un lado, y el instrumento musical, por otro. El amor (sifuese esta la clave de interpretaci&#243;n que, en todo caso, es algo puesto por nosotros, espectadores) se muestra aqu&#237; como una perturbaci&#243;n del orden; la moraleja apuntar&#237;a a lo inadecuado de descuidar la propia hacienda para entregarse a enso&#241;aciones est&#233;riles. Claro que, la sensibilidad moderna nos recuerda el car&#225;cter subversivo del amor, algo perfectamente coherente si se quiere mantener la hip&#243;tesis de la intriga.

&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;</body>
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