22 Abr 2008
AMANECER
El anciano agarró un terrón de arena y lo pulverizó dejando que la tierra amarillenta escapara entre los dedos. Quemaba de puro reseca. Sacudió su mano morena, pellejuda, acartonada y volvió la vista al campo que la había moldeado así. El trigo estaba recogido y solo quedaban las hileras de rastrojo que se extendían paralelas hasta el infinito. Desde allí no se podía ver otra cosa. Aquella tierra no era para árboles ni para hombres, pero él era como el olivo en que se apoyaba, duro, nudoso, sobrio. Los dos se agarran al suelo profundamente y resisten sequías, heladas, plagas, hambre y sed y al final arrancan a la tierra lo bastante para sobrevivir un día más. La aceituna empezaba a formarse, pero el no estaría allí para recogerla. “Mejor para los bichos”, pensó y lentamente volvió hacia su casa. Había aprendido a administrar la pobreza, a cobrar dos veces al año y a pedir créditos el resto del tiempo, a mirar al cielo para que lloviera, para que no lloviera, para que no helara, para que hiciese sol, a temer a las plagas y a privarse de todo, a doblar el lomo de sol a sol y a desesperarse porque no podía trabajar. La vieja casa de tapia encalada estaba en medio de aquel inmenso páramo. Comenzó a recoger cada habitación maquinalmente, cubrió cada mueble con sábanas viejas, para que el polvo no lo dañase, y cerró los postigos. Miró hacia la oscuridad antes de cerrar la puerta, mientras se frotaba los ojos con el antebrazo. No cayó ni una lágrima, estaba seco como la tierra. Dejó la maleta junto a la puerta y se sentó en el poyo a esperar. No tenía prisa, estaba cansado. “Hoy se acabó y ya no hay remedio, lo cual es un consuelo”, dijo en voz alta. Un coche se detuvo y abrió la puerta. Desde el interior salió una voz: - Vamos padre, venga usted. Estará bien en la ciudad, le va a gustar. Para un niño un cambio es una aventura emocionante, pero un viejo siente pánico. Sin embargo, para él sería un amanecer porque él es duro, nudoso, sobrio y se agarra al suelo profundamente. C.L.

No podía dormir, así que salió de casa, caminó media hora y se sentó contra el tronco de un olivo, rodeado por el sonido de las chicharras. La noche era clara, las estrellas brillaban y la luna, de retirada, llenaba todo de una luz cada vez más anaranjada. De pronto se hizo el silencio. Por el este el cielo empezó a enrojecer y las sombras se retiraron rápidamente, refugiándose tras los pocos obstáculos que la luz encontraba en la planicie. El cielo se volvía azul cada vez más claro y el canto de los pájaros, que empezaron a revolotear en busca del desayuno, rompió el silencio.
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TARADURÍAS
TaraduriasTaradurías es un espacio creado por y para personas a las que les gusta leer y ser leídos; sin mayor pretensión que la de pasar un buen
momento, aprender, compartir e impedir la atrofia inducida a la que se ven sometidas nuestras escasas neuronas.
Periódicamente realizamos convocatorias
de relatos - a modo de ejercicios creativos - abiertas a la libre participación de quienes
estén interesados; la única premisa exigible
es el respeto hacia los demás y hacia lo que
se escribe, tanto en los relatos como en los comentarios.
Los textos que aparecen en nuestra portada, corresponderán siempre a la última convocatoria. Los anteriores quedarán almacenados en su sección correspondiente.
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6 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Io dijo
Que bonito! Que dura es Castilla y que profunda. Me ha gustado mucho. Me da la sensacion de que es un avance mas en el estilo de CL. Un giro diferente, muy conseguido. Insisto, me ha gustado mucho.
Lectora dijo
Precioso. No sobra una palabra. Triste, eso sí. O al menos con un poso de amargura que transmite la idea de que nunca va a ser igual y que lo que le queda a partir de ahora es esperar hasta que le llegue la muerte. Bien por las descripciones que ubican en el contexto sin que sean demasiado barrocas. "Aquella tierra ni para árboles ni para hombres...". Muy bonito.
R. dijo
Una pasada. Se me han puesto los pelos de punta. Todo muy medido y a la vez muy cargado de sentimiento. Bien!
Tarxis dijo
!!!Dios¡¡¡ Hasta ahora mismo no concebía un relato tan corto y que me haya removido tanto. Magistralmente logrado. Has sabido retratar, en pocas líneas, la dura vida del hombre de campo, una vida que le ha dado más disgustos que alegrías, pero una vida que va extrañar de forma increíblemente dolorosa.
Una anécdota: me dijo un profesor de literatura que nunca se debía empezar un escritor con la descripción del tiempo, amaneceres, atardeceres etc… Tenía que haber leído el comienzo de tu relato: “La noche era clara, las estrellas brillaban y la luna, de retirada, llenaba todo de una luz cada vez más anaranjada. De pronto se hizo el silencio…” No puedes parar de leerlo una y otra vez.
Gracias por escribir así
C.L. dijo
Oye, que no me acuerdo de cuanto os había prometido por los comentarios. Muchas gracias a todos.
Zahir dijo
Espléndido. Me he recordado una película japonesa en que, tras esa frase de "estará bien e la ciudad, le va a gustar", se encontraron muchas mentiras y yo creo que los viejos eso lo saben, aunque ni los propios hijos se den cuenta.
Esta historia cala. Todos tenemos la marca del final grabada de alguna manera y, para todos, siempre hay una última vez en que cerramos la puerta y a partir de ese momento ya la vida será distinta.
Si jugaras al golf como escribes serías Tiger... (es broma, eh)
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