corchadocarlos AMOR

articulado

Con la última copa que me permitiría dormir dos horas, me sentí enfadado a pesar de sonreir socarronamente. Uno no domina más que lo que puede, siempre que las concomitancias -me jode la reiterada referencia orteguiana- no lo impidan o uno se empeñe en ellas. Nunca escribí bien los dictados. Ni siquiera cuando la señorita Pepi, de la que me enamoré perdidamente a los ocho años, lo verbalizaba con una cadencia, que sólo me permitía perderme en la geografía de sus tobillos, que soportaban co...

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