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19
Jun
2013
REFLEJOS

Fotografía de Karyn Húberman
REFLEJOS.
Progresión creciente, intensidad.
Sentido latido al verte emerger
en oportuna sensación.
Tu rostro escrito con líneas
substraídas al relámpago
en un afortunado descuido
de la realidad, es caligrafía mágica
en la hora pertinaz; tu rostro,
aflorando lentamente al contraluz
de la mañana, es tersura suave,
es fineza sutil de evidente luminaria.
Verte, tocarte aún soñada;
luego, si es posible, amor,
hablarte…
Elevados sueños me asisten
cuando te haces evidente
intensificación, en claro acto
de entrega.
Si cierro los ojos, te veo;
si los abro, como viajera nube,
te borras al instante.
Contrastes que en ti me reinventan.
Efectos sin control aparente,
fielmente reflejados
en la cámara oportuna del espejo,
me invaden...
Reflejos, sí. Respiraderos
de fe entre hábiles subterfugios
de permanentes destellos
que se pierden con el alba.
Apareces, desapareces.
Fogonazos de optimismo,
objeto huidizo, variaciones…
Vaga inquietud, reposo reflexivo,
realidad o sueño, espejismo
siempre emergente.
Componer el poema de los afectos
regulando igniciones, signos
sorprendentes e impulsos certeros,
en la constelación de asombrosos
mecanismos estelares, confluyentes
en el paisaje reflectado en el espejo
tramposo de una volatinera emoción…
© Teo Revilla Bravo.-2006
16
Jun
2013
EL HECHO ARTÍSTICO.

EL HECHO ARTÍSTICO.
El hecho artístico –formas expresivas, sueños, naturaleza, poesía- intensifica la vida, le ofrece emoción, razón de ser, nos acerca a la esperanza, es el otro camino, la otra dimensión de la vida que al ir recorriéndola nos abre a conocimientos sin límites. En cuanto que el arte se hace necesario y somos conscientes de ello, se crea una adición ineludible en el ser humano; se convierte en una extensión de uno mismo, con visos de fuerte sentimiento; crea un acercamiento vital a las cosas que nos emocionan, las rescata del lado oscuro, nos las muestra, nos las deletrea, nos las hace perceptibles, genera eso que llamamos gnosis. El arte incorpora rápidamente a las emociones personales, esencias éticas de la vida: las anímicas o espirituales, pero también las seculares y sensoriales. No hay sabiduría ni emoción, que no se encuentren en él de una forma u otra reflejadas. El mundo nunca había experimentado como hasta ahora el drama o la trama vital, con tanta intensidad: la radio, el cine, la televisión, el vídeo, los museos, las exposiciones, la prensa escrita, internet…, nos lo acercan hasta niveles antes desconocidos; nos rozan, nos sorprenden, nos invaden, nos lo deforman, nos confunden… Pero nada de todo esto puede ni debe alterar el hecho artístico como esencia en sí misma con capacidad para impresionar, pese a ser elementos (esos medios difusores) de posible manipulación, de alteración significativa de contenidos y hasta de conciencias.
A través de su vacuidad primaria, la obra artística se convierte en algo importante, incorporándose al drama más humano y personal. Entra a formar parte del laberinto de emociones en el que nos perdemos con frecuencia, y lo hace con un cúmulo de movimientos y energías que pueden llegar a ser inquietantes y hasta depresivos por su coste de osadías, por las dudas e inseguridades que genera, por el esfuerzo sobresaliente en querer que todo salga debidamente bien o se acerque a ese sentido de perfección que siempre intuimos, que no nos abandona, y al que no logramos dar pleno alcance, martirizándonos muy posiblemente al comprobar o percibir que nunca, por más que nos lo propongamos, alcanzaremos los objetivos deseados. El hecho artístico, si partimos que nace desde y con la sensibilidad de cada uno, puede suponer para el artista una subida inequívoca a los cielos o un descenso precipitado a los infiernos. Y todo ello, en el trascurso de una misma obra, en breves instantes y sin saber cómo ha sucedido, tan vulnerable a la emoción –decepción- es el artista ante la obra. En muchos momentos y en constante acción, el arte es una forma de atrapar el mundo para permanecer en él e intentar advertirlo -sentirlo- con fuerza. El arte exorciza al universo que nos rodea a través de la fijación de quien lo crea o representa, en ese “jugar” con la realidad desde las inquietudes que alberga su interior por los motivos que estos fueran. El arte acaba por ser de esta forma, no una representación en sí, sino una ficción privativa descubierta a través de las consternaciones y de las necesidades de desahogos, inherentes en todo ser humano, de eso que nos ofrece la realidad inmediata día a día.
Es, a través del arte, que el mundo, nuestro personal mundo, inicia un acto supremo de catarsis, imponiendo ese elemento necesario de ficción o entelequia que libera o ha de liberar energías retenidas, a través de lo que expone e impone una obra. Es como si se respirara de otra manera, como si se latiera bajo efectos diferentes. El objeto artístico acaba siendo así un material indispensable de complicidad entre nosotros y el mundo; un enlace espiritual decisivo; un puente que actúa aunando, nunca competiendo (otro de los grandes riesgos o lastres que suelen aparecer con harta frecuencia y que lo contaminan), siendo un continuo movimiento, preciso e imprescindible, para que se complemente el destino humano por su lado más bienhechor y necesario. Por tanto, el arte aparece como una forma dramática y connatural de la propia existencia; una forma de llamar la atención, un grito desgarrado, un gozo o un lloro; aparece como un acto de exteriorización con anhelos redentores que han de gestionar e impulsar el proceso vital, influyendo concluyentemente en él.
Hay muy pocas obras que puedan escapar al deseo de su significación; muy pocas obras que no sean forzadas para provocar un alcance vinculado a intereses convenientes; o muy pocas, en tal caso –perdóneseme-, que no hayan llegado a través del filtro de una idea específica interesada, cualquiera que esta pudiera ser y que aparezcan real y completamente libres, novedosas, mágicas, originales, invitando a desentrañar sus misterios, marcando nuevos horizontes sin la ayuda de muletas oportunas y conjeturadas. Estas son las imprescindibles. “El mejor juicio, es el que dicta el tiempo”, diría el escritor Ernst Jünger.
Una verdad antropomórfica ha sido ya intervenida en cuanto entra en un circuito, sea del tipo que sea. Es inevitable. Aparece, ante previa incubación o combinación inconsciente, el conocimiento. Un discernimiento que se desborda a través de nuevos símbolos que van surgiendo y que han de ser procesados en la mente del creador debidamente estimulados, generando una especie de embarazo –proceso de creación- que al cabo nos dejará la brillante transformación como componente mágicamente individualizado ante lo otro, los otros. La razón prima (pasajes, enseres, conveniencias y esencias diversas) fue depositada siempre atendiendo a un estricto orden compositivo, como si de una necesidad ineludible y vital se tratara. El objeto creado, se convertirá en objeto encontrado. Algo que se ha modificado o se sigue modificando –como sucede en la escritura, en la poesía, en la partitura, etc. La obra siempre está abierta -o debería estarlo- a esos necesarios desarrollos, avances que han de adaptarse a las necesidades comunicativas del autor y de la sociedad que le asiste, esas que surgen en cada momento con cada circunstancia. A veces es el propio azar quien actúa o dejamos que actúe sobre nuestra conciencia, al menos aparentemente, ya que no sabemos cómo finalizará o finalizaría con todo detalle eso en lo que nos hemos metido, sin saber con frecuencia cómo ni por qué, y que llamamos arte porque sentimos que nos produce emociones, reacciones, desahogos, magnetismo, encantamientos. Posiblemente nunca finalice la obra: el artífice -o la misma obra- decide cuándo ha de ser temporizada. Y, desplegando alas, dejada a su valiosa suerte, a su vital autonomía.
Septiembre.-2012.
©Teo Revilla Bravo.
12
Jun
2013
ERES.
ERES…
Buscar entre emociones desalentadas tu sonrisa
espontánea musical y peregrina, tu sombra
al viento atravesada por una profunda nostalgia
en este cruel invierno donde permanece el alma
sosegada. Sentir susurrar mensajes sublimes, voces,
melodías armoniosas galopantes por tu cuerpo
transcendido, mediador entre el cielo y la tierra
como reclamo esplendente bellamente encendido.
Ígneas imágenes. Hilos conductores de un recorrido
poemario febril y emocional manifiesto en ti y en mí
como nudo de amor inextricable, nos conducen...
Eres, entre los matices atmosféricos imaginables
en que me afano y te busco, memoria y testimonio;
eres viento asolanado inscrito en una bella nota
de nostalgias musicales y románticas, que mira
al infinito del poniente amorosamente…
Formas los bellos colores de la tarde, la esencia plástica
del universo, la hermosa acuarela alentada
en el espacio de todo cuanto hoy en ti respiro.
En ese enjambre de confusas sensaciones -milagro
de amor en ausencia que es permanencia en ti-
de melancolías que me invaden agitan y deprimen
entre las luces declinantes de la tarde, te escribo
-máscara sollozante- versos a veces incongruentes
e irrelevantes, acelerados y a contracorriente, ajeno
al dolor insolente que produce este mar de melodías
insistentes que nacen casi imperceptibles
en el imaginario permanente nostálgico sinfónico
abrazo declamado en mitad del rumoroso océano
de los silencios adyacentes.
Eres el sueño gratificante, amor, la balada donde
pueden materializarse rítmicamente todos los deseos.
O simplemente eres, en esta tarde que se altera
al socaire del encuentro, un destello evanescente…
"Lo fugaz retenido"
Teo Revilla Bravo.-2006
05
Jun
2013
EL COMPONENTE EMOCIONAL EN EL ARTE.

Obra del escultor Román Hernández. Tenerife 1963.
EL COMPONENTE EMOCIONAL
El hombre ante sus propios misterios. El hombre situado ante un espejo que le restablezca la propia efigie emocional más humana y en lo posible más desnuda; el hombre interrogándose, buscando eternales explicaciones y respuestas; gravitando sobre una suerte de anexo o reflejo fiel que le ayude a comprender la magnitud o significancia del existir, mediante expresiones más o menos gratificantes. Cuando estos enunciados se convierten en obras de arte, nos permiten anhelar la perfección latente a través de la misma mirada, en un acto afortunado proveniente de lo que sentimos como inspiración o transfiguración estética, filtrada desde esa identidad emocional interior donde nace y se hace necesaria. La mirada ha de ser fotográfica, no tanto en la forma de captación vehemente como en la de la misma esencia; ha de recoger, como lo hace la lente de la máquina, esa especie de serenidad que capte la aparición de la idea, del objeto o la obra idealizada a crear, sin artilugios ni engaños, lo más fiel a nosotros mismos. El arte, aún inconscientemente, nace como una búsqueda necesaria, un poner a prueba o analizar la realidad que nos pueda ayudar a canalizar la propia vida y situarnos ante ella. Su función es llegar, es transformar, es ser reflejo de continuado avance, y sobre todo es desahogar y es conmover. Cuando nos impresionamos o emocionamos, todo se revoluciona dentro de uno. Así nace o cobra valor el arte -que está en las obras del hombre, pero sobre todo en la naturaleza de donde recogemos sus fuentes esenciales-. Para ello, ha de tocar las fibras más sensibles del artista al realizar su obra y por ende las del potencial receptor cuando la contempla. Como si uno y otro lo hicieran a través de una trascendente respiración comunicativa, producida milagrosamente en las entrañas vitales del hermoso pulmonar del alma, ese propulsor que junto al corazón nos mantiene vivos.
La herramienta del arte pictórico, la produce esencialmente la luz (capítulo anterior). La luz sirve como medio para la omisión de significados en su revelación experimental, formando el lenguaje universal que permite conocer los aspectos más positivos del alma humana. En las obras teóricas, es la expresión lo que funciona como filtro simbólico del pensamiento y es el acto de fe –poesía- lo que permite rendir culto a los más altos valores. En arte, los personajes, sus rostros, los paisajes, las formas abstractas, el barro, la palabra, la nota musical, etc., son proyectados hacia una luminiscencia que les es inherente; son violentamente iluminados en el exterior –acto creativo proveniente de lo interno-, bañados por una luz que anuncia el evento inesperado, aquello sutilmente recogido que de otra forma inevitablemente se perdería –esto se da muy bien en fotografía, pero también en toda obra artística, musical o literaria-. Todo ello queda aislado en una especie de aura, que es al mismo tiempo un hálito extremadamente fluido y sensible. Sin arte, la humanidad, espiritualmente, se asfixiaría. O como diría el genio de Nietzsche: “sin el arte –música- la vida sería un error”. El hombre ha de experimentar –crear- para intentar comprenderse y entender el entorno en que vive, a través de la callada tortura o goce que es obrar y es existir. Nada, nadie responde claramente a esa llamada de auxilio vital que lanzamos desde bien temprano. Lo creado debe de sobrevivir y establecer una situación poética de transferencia, pócima, elixir, cura, que nos ayude a situarnos ante la savia emocional de la vida, y comprenderla. En esa correspondencia, uno podría encontrar, quizás, el principio a la solución del problema que se genera con la ansiedad que el hombre tiene de avanzar: las obras han de tender a no significar más allá que el propio momento que vive el artista en su creación y luego del mismo momento que siente el espectador cuando las contempla, sin tener que crearse esa sensación de ansiedad que generalmente trata de conjurarse forzando significados –crítica-, que debieran permanecer libres y sin condicionantes hasta del propio creador. Quizás todo sea más simple y nos compliquemos más de lo necesario perdiéndonos en valoraciones. La ansiedad es mala compañera, genera siempre exigencia, rápidas expectativas y posiblemente malos resultados y por ende malas referencias y peores explicaciones.
Es a través de las obras de arte que se puede uno avenir con la existencia, atravesando órbitas, abriendo caminos, confinando pesadumbres, aliviando ansiedades, liberándonos en lo posible mientras sondeamos ese viaje interminable. EL anhelo del artista es crear ámbitos atemporales que sean integradores; es lograr la comunión con los otros; producir la armonía en la personalidad; es el placer de reflejar la vida y la realidad estructurando –a su modo- la moral de cada época; expresar conflictos internos y externos, denunciar; es ayudar a satisfacer y mejorar la subsistencia, desplegando las imágenes o las sensaciones, dejando sus silencios guardados en esos universos, yendo tras lo mitológico donde el presente transformado se convierta en un todo o absoluto integrador, eternidad habitable real y soñada. Y todo, a través de una obra bruñida con esa luz dirigida directamente al corazón, a los procesos comunicativos, a fortalecer los valores de la humanidad y sus necesidades estéticas y de conocimientos, estableciendo una visión novedosa de la realidad y optimizando en lo posible sus procesos de comunicación y de integración en lo social transformable.
El componente afectivo en el arte, ha de estar explícito e implícito, coronando la obra con una poderosa carga emotiva de la índole que sea; ha de convertirse en un sonoro grito de libertad, rabia, gozo o expectativa. Sin corazón, no hay obra. En tal caso, es una necesidad esencial para la propia marcha de la existencia; es un grito libertario, desgarrador, emocional, turbador, que nace de las fibras más sublimes de la conciencia transgresora y sensible. Si esto no se produce, la obra es obra muerta, obra ya realizada o simplemente no es. El arte y el hombre son indisociables. No hay arte sin hombre pero tampoco habría hombre sin arte. Es así de sencillo desde que la humanidad comenzó a utilizar las manos y generar un complejo lenguaje. Todos sabemos que el mundo se hace más inteligible a través de las distintas facetas artísticas desarrolladas a lo largo de los tiempos. Aún la labor provocadora en arte, ha de tener un lirismo innato, un latigazo esclarecedor, una alerta o emoción poética que impulse sensaciones, aunque éstas sean encontradas. La obra de arte, cualquier obra (englobándolo todo: pintura, escultura, música, literatura, etc., etc., ha de convencer, ha de hacernos descubrir el soplo de la creación, el Aleph, el deseo de partir desde el mismo origen tras la exploración de los ricos enigmas que atesora el universo que encierra la grandeza del propio ser. La obra de arte (verdadero lujo de la existencia), es el logro, es la bondad de sentir lo asequible necesario desafiado y desafiando, investigándose, deteniéndose a escuchar el murmullo de los pensamientos, el rumor de los pasos y el susurro del aire, el latir de la sangre, el hálito vital enriquecedor, la vida, la muerte, los ritmos cardíacos y circulares...
Agosto del 2012.
©Teo Revilla Bravo.
01
Jun
2013
BREVES PARAISOS

Auguste Rodin, Le baiser (1890, detalle)
BREVES PARAÍSOS.
( A K. Húberman)
Entrelazar los brazos, proyectarlos hacia lo azul
del cielo infinito, afanarse por el aire captando
insomnios como evanescentes antesalas del ensueño,
ahí donde amanecemos suavemente velados
sobre el mar aquietado que platea amplios horizontes
de inmensidad y calma, es un día más, amor, amarte...
Bracear, extender los cuerpos. Agitar los brazos
y las piernas hasta hallarte enredada entre sutiles
temblores –agua, vela, surco, remo, aluvión de sal
y espumas mágicas- de aires, de mar o poesía
entre lluviosas altitudes de olas que se van
desvaneciendo a capricho rumoroso
como en una reabsorción cósmica y marina,
lentas, estremecidas en la emoción del paisaje,
entre las manos alocadas de un dios indeciso,
a veces irresponsable e irrefrenable, a veces bueno.
Este sentir de verdad que te toco y tocarte;
este sentir que te beso y besarte ahí donde
las palabras se hacen imágenes veraces envueltos
en el misterio protector de un goce sin medida
ni tiempo, es, amor, ámbito atemporal; es mítico
atisbo de infinito, es éxtasis recuperado,
eternidad habitable, palafrén ideal de los alados
bipolares soles que hoy, como perpetuos amaneceres,
nos forman, nos alientan y nos pueblan…
(Recitado en el VI festival de poesía. Catrillón Asturias)
Del poemario "Lo fugaz retenido. -2006."
Lo fugaz retenido.-2006
©Teo Revilla Bravo.
26
May
2013
LA LUZ. ALGO MÁS SOBRE LA OBRA ARTÍSTICO-LITERARIA
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ALGO MÁS SOBRE LA OBRA ARTÍSTICO-LITERARIA:
LA LUZ
La luz es signo de trascendencia y atavismo, el universo vital hacia el que todo artista se orienta, o mejor aún, a través del que es orientado. La luz es una energía totalizadora que no necesita más apoyaturas ni sostenes especiales porque es y circula libre, ajena a toda cábala o intento de manejarla. La luz es la inconcreción misma que se transforma en presencia propagada, destello y ejemplo de la incondicional unidad de todo lo abarcable, la representación y presencia misma de la vida. Hacia ese estado luminario y ubicuo se encamina el artista aún sin ser consciente de ello, en una atomización de todo su ser en ese deseo de hallar la esencia de lo que quiere en todo momento expresar. El tiempo en el artista, no es; el tiempo en el artista actúa simplemente y está convertido en esa sensación de éxtasis o vacío que se experimenta cuando creamos, cuando intentamos lo imposible olvidados de todo elemento distorsionador exterior, envueltos en un trance o punto mágico, magma vertiginoso que nos conduce, irremediablemente obsesivos, hacia la obra considerada intuitivamente perfecta, esa obra inalcanzable e inabarcable que siempre se nos escapa aún teniéndola casi entre los dedos y rozarla.
La luz amplifica el concepto de la ilusión que se crea y el de las formas visuales que nos llegan con confianza, formando una complicidad real entre el sujeto y el mundo que se grafía o se crea, ese que vamos considerando en lo posible como forma artística a tratar. La luz es el poder de lo realizable y se muestra a través de las técnicas objetivas que convergen sobre el artista y lo experimentado. El acto artístico consiste en entrar en ese espacio de luminaria complicidad y atemporalidad -comunión innata e íntima-, no para dominarlo, que es algo imposible como apuntábamos y todo artista sabe bien, pero sí para utilizarlo desde el esfuerzo y visión de cada cual en querer demostrar que nada ha sido decidido todavía en cuanto a logros, que la verdadera obra está siempre en un posible alcance latente y por llegar, que es un objetivo posible (aunque sea inabarcable en su totalidad ya que siempre se nos acaba escapando en algo fundamental que no sabemos bien qué es, y que lo que queda, admirable o no, son pequeñas secuelas de bondad o estelas llegadas a través del trabajo constante y a las que llamamos obras artísticas). La idea es resistir a todo tipo de inconvenientes, al ruido que se forma a nuestro alrededor, al discurso supuestamente pedagógico o crítico de los otros, a los rumores de dentro y de fuera alterando el silencio privilegiado y obligado de quien intenta un acto único de creación, que no deja de ser tiempo místico y necesario para el artista, catarsis, desahogo o sana obsesión. Hay que resistir a los movimientos exteriores a la contra, al imperativo moral que lastra condiciona o coacciona, y entrar en esa luminiscencia creativa libres de pesos contaminantes. Las imágenes representadas, han de ser debidamente transformadas en el papel, en el lienzo, en la madera, en la piedra o en lo que sea; han de conmover, destellar, transformar esa realidad de la que salen, mediante el prodigio asombroso de la emisión mágica de la luz, esa emisión que nos convierte en pequeños hijos de las estrellas.
La efusión visual sólo conoce la permuta en el arte, sólo atiende a su transformación. La imagen o contenido que se nos proyecta, bien desde fuera, bien desde dentro, es luz captando realidad. Y esa luz no depende ni requiere del tiempo para crearse a sí misma, sino de la visión del hombre transformándola como imagen. Para crear a través de una imagen, debe de haber un momento de intrusión, que solo puede suceder cuando los procedimientos habituales del mundo reconocible son interrumpidos y ordenados (o desordenados) para bien de aclarar o concebir un mosaico de luces vehementes, esa quintaesencia a la que denominamos destreza transformadora o ausencia de lo existente, algo tan obvio y tan fácilmente aceptable cuando adquirimos el sentimiento -como en Borges-, de que nada a nuestro alrededor es ya real. Esa es la acción subversiva y maravillosa del arte: una operación mágica que se da en muy pocos quizás por falta clara de preparación y fortaleza de la sensibilidad, la desaparición de la propia realidad y la aparición de otro universo paralelo que nos permite cierta salvación, cierta entrada en la gloria: la fenomenología de la ausencia de la realidad, algo imposible de lograr, pero a lo que nos acercamos a través del acto creativo, quizás encandilados u obnubilados por los objetos de luz excesivamente cegadores que lo distorsionan y nos lo atraen como imanes.
Las iconografías, los escritos, las obras, todo arte posible, nos hablan, nos cuentan historias, nos substraen de la inercia y del acomodo rutinario. Ese sonido que producen las obras al hablar, una vez captado, ya no puede ser sofocado ni censurado como no sea por nosotros mismos. Hemos de deshacernos de todo lo que interfiera y cubra la manifestación de la evidencia silenciosa que filtra el impacto del sujeto, facilitando la exposición de la magia, que no es otra cosa que aquello sustancial que toda obra ha de tener y mantener para serlo. Y no importa qué técnica o estilo o formas empleemos, porque siempre hay una idea que persiste: la de la luz. La escritura con luz, los sonidos de la luz, el dibujo con luz, la escultura y su luz, la persistencia de la luz, la armonía de la luz, la imaginación en esencia, el propio pensamiento imaginado, elaborado, hermoseado... La luz subordina al hombre fisiológicamente y psicológicamente, es el fundamento principal de la obra que se realiza, es el sentimiento y es la sensación; es el componente que otorga volumen y definición al acto creativo llenándonos de realidad, es la vida. Platón dijo: “La imagen se mantiene en la intersección entre la luz –la cual viene del objeto o sentimiento a expresar o tratar- y lo otro que viene de la mirada –sea ocular, sea del alma-. Ahí el arte.
Del tratamiento que el artista haga de la luz depende el logro de la obra, de cómo ha moldeado los espacios y las formas con más o menos aciertos. La luz, como diría el poeta Gabriel Celaya, “Es como un pulso que golpea las tinieblas”. La creación tiene siempre un componente nostálgico, algo que araña al artista por dentro y hasta por fuera; algo que quiere salir como sea traducido en belleza o en concepto artístico: todo arte es un desahogo, es un torrente de luz captado –la gran obsesión de los grandes artistas-, ojalá que felizmente conquistado, para hacer de la humanidad algo más bueno y avanzado...
(Estos ensayos -con mucha humildad y respeto- son siempre y ante todo, una modesta opinión o visión sobre el tema. No pretenden nada más. Saludos amigos)
Agosto. -2012
.
Teo Revilla Bravo
18
May
2013
COMPLICACIÓN

COMPLICACIÓN
(Del poemario "Lo fugaz retenido")
Núcleo amplio latiendo sin cesar,
vida propiciada en la intensa
marea que nutre nuestros ánimos,
pálpito de memoria, testimonio,
retentiva. Un sentido continuado
que dar, un lamento alargado
que escuchar. Aguas de arroyos
que gritan mares en el esquife
de un pescador. Tras el abrazo,
claustros fecundos a punto
de estallar. Sendas bipolares.
Gran patria abierta donde aguarda
un futuro multicolor en un todo
engarzado, en una nada,
en la entereza pétrea de ese todo
por el todo que es la nada por la nada
que se convierte en ese todo
que por nada de nada forma un todo
en el todo de la nada, ¡ay, señor,
qué confusión u obsesión
para acabar todo esto en nada!
Cabezonería: tú y yo, aeda
displicentes en navegación
estática –viento, tempestad,
ciclón o céfiro apacible-,
acoplados a un firme principio
de amor latente –y eterno-,
en la vedada llama del sol
entre olas bulliciosas
que nos recogen, nos llevan
insistentes, nos traen, nos dañan
y machacan, nos marean.
Tú y yo, de todo a nada…
Una renta atenuada
de efectos somos;
una errata de la creación
mal calculada creando luz,
derritiendo melancolías
en el fuego de la quiebra
particular de cada uno,
o en riqueza de dimensión
existencial adquirida dentro
de este armazón o cascote
coloreado, a menudo
desentonado y yermo,
que es el mundo reflejado
hoy como ayer en ese todo,
en esa nada por el todo
de la nada, alboreado
-deja de complicarte ya,
Teo, la existencia,
¡qué extravagante eres!-,
como un sutil temblor
de aires navegantes
que estremecen -magma
imparable que avanza-
el cielo impecable, bello
y asombroso de la media
tarde, ahí donde ruge
sorprendente a nuestro
alrededor, todo ese estruendo
que produce la totalidad
de la nada...
Lo fugaz retenido.-2006
©Teo Revilla Bravo.
12
May
2013
IRIDISCENCIA O LOCURA
Salvador Dali. "El Corazón de la Locura"
IRIDISCENCIA O LOCURA
El mar, ayer, hoy, emanación cósmica,
misterio entre penumbras, dulzor de paz
enmascarando turbulentos bramidos,
plomo de recónditos corales donde ayer ponías
tus ojos y todos tus sentidos.
Viejas tapas de coral envejecido, cuaderno
que da idea de los versos que leímos…
Lisa piel de agua, regia altivez de reflejos
encrestándose a impulsos de las fuertes
mareas que hubimos. Mar azul, verde o gris,
te describe como imagen luminosa hoy.
Líquidos filtrando cauces, mástiles de puro
humo, fantasmales barcos bravíos.
Bajel a la deriva envuelto en brumas
entre atormentadas algas, definitivamente
volteado, desecho, perdido, desagregado
de la armonía universal que irradió –feliz
acoplamiento- nuestros sentidos.
Iridiscencia de las ondas acuáticas cuando
las aves se buscan al sol declinante de la tarde…
Hoy es ayer, ayer es hoy, y hoy, amor,
no te he visto; mañana, entrañas dolientes
de un niño -nauta de plata y oro-, para la ocasión
revestido. No hay ninguna razón para estar
triste ni alegre ni resentido; pero hoy
ni te advierto ni te noto, ni te adivino.
El problema es no encontrarte. Hipnosis
de la fe y de la luz reticular, abarcando
travesías del lento alocado sino sin destino...
Retina lírica. Azul o añil. Albura. Negro o gris.
Infante que mece su muerte dormido.
Estado sucesivo. Espacioso mar sin límites.
Faro oportuno en la noche, hermosa
observancia de lo irreal fugitivo…
Me haré roca en el infinito de esa luz que asoma.
Quería verte pronto. Quería encontrarte,
poseerte, retenerte… Aunque fuera
con la última luz de la tarde, letargo
en tus ojos hoy adivinados e idealizados,
hoy seguramente bellísimos, mas solamente
presentidos. Es menester que vengas,
que estés, que liberes y lideres el rumbo.
Visión inerme. Magia o señuelo. Somnolencia
de nauta primerizo. Quimera solemne cual
estupidez o grieta clandestina que por el espacio
se agranda. Poeta o muerto que camina
entre odas fragosas de inciertos desatinos,
transcritos en libros ominosos de versos
omitidos. Y, todo ello, ay, amor, eufónicas
florituras entre diversidad de ejes o reflejos
que la mar dibuja, yendo, como siempre fui,
de tumbo en tumbo -ya sabes, no espabilo-,
en la lenta dualidad de los espacios
hoy yertos, hoy marchitos, hoy retenidos.
Viajando con un mapa sin ruta ni geodesia,
sin sismógrafo ni posible auxilio,
tras el exorbitante descubrimiento alborear,
envuelto o protegido por brumas fantasmales
que hilan fino hilo, abrumado, intransferible,
a continuum...
Lo fugaz retenido.-2006
©Teo Revilla Bravo.
08
May
2013
LO NOVEDOSO (algo más sobre la obra artístico-literaria)
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600 × 399 - Composition No.7 1913 Painting by Wassily Kandinsky | Oil Painting
LO NOVEDOSO.
Lo novedoso, aquello que va rubricado por un marcado carácter y que se nos presenta desde unas coordenadas artísticas distintas a las habituales, atraen poderosamente la atención enseguida: somos seres, por encima de otras consideraciones, curiosos. Investigar, descubrir, topar con la sorpresa e inquirir, es parte de la riqueza y de la conquista de la vida. Cuando es así, cuando nos encontramos ante una obra altamente concentrada, de gran poder de inventiva y bien resuelta a nuestros ojos, sentimos que el hombre y con él la sociedad, avanzan un poquito más por el buen camino, contrarrestando aspectos sombríos. El artista intenta crear, con su obra, acercamiento a su realidad esencial, a sus últimos elementos integradores, a esa alma virtuosa e inquieta en búsqueda permanente de la realización y de la mejora, a través de esa obra que se va generando poco a poco sin mucho ruido, a veces con toques iconoclastas, ojalá que con mucho acierto y valentía.
Barcelona.- Julio.-2012
Teo Revilla Bravo.
04
May
2013
IRREALIDAD

La Tormenta. Obra de Pierre Cot. Pintada en 1880.
IRREALIDAD.
Irrealidad, locura o sueño.
Ciclos irreversibles.
Tiempo diferente e imaginario.
Diminutos astros voraces
en los dormidos ojos,
desperezándose.
Sollozos rosas o azules
Como ritmos candentes
circulando por la noche,
cargan enfebrecidos delirios.
Sombrío, diminuto detalle
natural de tu cuerpo,
sembrado o aletargado
en el mío.
El día -versos-islas,
función transicional-,
asomando va
tras los espejos marinos.
Carencias o desvelos.
Soñar, soñar tus ojos aún
despiertos, aún dormidos.
Anónima, anómala,
envolvente poesía que aviva
las impresiones más irregulares
e inconformistas.
Desiguales versos
fraguados en distancias y olvidos.
Versos que surgen
tenaces e inflamados,
desde lo profundo de un volcán
existencial, como flores
expandiéndose en el nocturnal
silencio diletante
de ardores enardecidos.
Hontanares de existir…
Exploración de los misterios del ser.
En el río de la sangre
donde naufrago entorpecido
por la corriente del extravío,
proyectada sobre mi ánimo,
tu alargada sombra navega.
Me detengo.
Irrealidades, vaguedades,
deslumbramientos,
locuras de amores encontrados
y luego perdidos,
destellos del ser
que quise ser contigo.
Sol, ensueños, bondades
de luces fugaces
que en lontananza aparecen
y desaparecen disipándose.
Océanos abisales, vergeles
escondidos, períodos
irreversibles de radiales
equilibrios.
Sorprendente misterio
eres, alma rota que gira
a contracorriente
entre las sombras
voraces de los paraísos idos.
Extraviados pasantes…
Eres…
humilde violeta oculta,
rendida a la ley de la fragilidad,
en limbos desconocidos…
Lo fugaz retenido.-2006
©Teo Revilla Bravo.
santullan2006
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