Ciudad de Sydney en el amanecer.


AMANECIDA

(continuación del poema CIUDAD)



Llora, gime o grita la ciudad envuelta en tristes

exhalaciones y desgarros, en tenues destellos

Grises, deslucidos y esperpénticos, que ni deslumbran.

Llueve sobre nuestras cabezas y sobre mojado.

Lo hace sobre las diminutas luminarias carmesíes

del puerto que invitan a viajes o a sueños imposibles

hoy olvidados. Inmensas atalayas nos cierran

y esconden entre ecos y ruidos. Mañanas de frío

y cemento, aguardan, vientos sin esperanzas

son. Resecas azoteas de ropas tendidas entre

polvos y antenas olvidadas, se mojan. Borrachos

de vanos gestos, en destemplanza, caminando

solitarios por calles sin sentido ni destino ni precisión

ni protección, intentan olvidarse de sí mismos.

Monedas de los pobres, botellas rotas y colillas,

humos de bocas desterrados del puerto que nunca

se apagan. Desiertos de aristas cortantes, hospitales

y sirenas del término, hoteles de mala muerte.

Llorar y morir esta mañana que comienza, sin ton

ni son y como sin esfuerzo, en un rincón cualquiera

nulificados transeúntes de la inercia y de la nada,

que vacilan sedientos, que se rinden y se esconden

a la evidencia de una desidia falaz que los maltrata

y acapara. Repletos buses y repletos metropolitanos

de la congoja y de la inercia, llevan, traen, pasajeros;

los cargan y descargan en la indolencia que marca

el reloj de la rabia tras la última nota de jazz

en la noche apagada. Quejosa ciudad disparatada;

gran gruta de fieras hambrientas y cavernarias.

Abrirte los ojos; tornar al reto de sentir que eres dura

madrastra en barrios sombríos de hormigón

y cemento, donde existen gentes inhibidas

y a destiempo, que esperan, que aguardan ahí donde

se oculta la miseria entre ratas. Una sonrisa mal

tallada, un amor maltrecho o rumor a deshora, el beso

incierto de la mujer araña, entre sueños ilusorios

supuestamente amada, acomodado a la solapa

del innominado miedo a la hiriente soledad

que nos atrapa y malgasta. Madre o madrastra, sí,

como ventana habitual que mira al amanecido día,

entre insistentes machacones golpes de la discordia

y de la rabia. Ventana abierta o firmemente cerrada,

el limbo urbano es un abismo que nos pide constantes

sacrificios y que remueve, en urgencia apremiante,

machacona e intermitente, torvamente las entrañas.


Tras la tormenta, un leve temblor caído en el charco

de los afanes, ahí donde el caos llama sin cesar

a la puerta de la supervivencia o de la nada,

se pone negligente y omiso, un día más a caminar…







ÓRBITA LITERARIA

©Teo Revilla Bravo..-2006.