07 Mar 2008
La senda del perdedor 2
Yo nací en una época de pobreza en un pueblo muy pobre. Las cosas nunca habían ido mal para mi abuelo, que era taxista y había sabido sacar a delante a su hijos y a sus hermanos, pero cuando yo nací mi madre era muy joven y mi abuelo se enfadó mucho con ella obligándola a casarse con mi padre. Al irse a vivir juntos mi madre se tuvo que poner a coser en un taller ilegal que había en un garaje cerca de casa de mi abuela para poder mantenerme. Antes de ir a trabajar, mi madre me envolvía en una suave manta de pelo con un dibujo de una pastora deformada por la somnolencia. Me llevaba medio dormido a casa de mi abuela, después la madre de mi madre me despertaba y me llevaba a clase caminando juntos de la mano.
Las mañanas en mi pueblo eran un como la procesión de la Virgen de Lepanto pero en vez de las hermandades eran las madres, primas, tías y abuelas las que procesaban con los niños cogidos de la mano. Todos los niños se juntaban en la puerta para despedirse de sus madres entre lagrimas, voces y un gran griterío que acompañaba cada vez que sonaba la campana del colegio. A mi me gustaba empezar así las clases, fundido en un griterío de una masa de niños que corría directamente a clase, era como si exprimiésemos hasta el último segundo de libertad antes de ponernos los babis de caracol amarillo. Pero como siempre íbamos con el tiempo pegado yo nunca llegaba a ese momento y toda la emoción se perdía sin despedirme de mi madre. Yo besaba contento a mi abuela y llamaba al telefonillo del conserje para que me abriera la puerta.
La escuela de EGB de mi pueblo era por definición vieja y cualquier cosa nueva que ponían al cabo de poco tiempo terminaba por encajar en aquel ambiente. Era un edificio de dos plantas con dos pistas deportivas y rodeado por alambradas rotas. La pista delantera era un pequeño campo de fútbol sala con las porterías oxidadas y las lineas difuminadas. La parte trasera era un campo de baloncesto con unas canastas metálicas, pintadas de color oxido con cascarillas de pintura verde, aguantadas por dos bordillos gruesos de acera. Al otro lado estaba un pequeño cobertizo cerca de un rectángulo hecho con ladrillos grises y lleno de arena donde la gente practicaba salto de longitud, justo en frente del patio de atrás de la casa del conserje. En un lateral del colegio estaba un árbol y un pequeño hueco donde mirábamos a las arañas y al otro estaba el modulo de párvulos.
Cuando pase la verja que separaba párvulos de EGB sentí con toda la fuerza del mundo mi primer impulso, ya era un mayor, por fin pasaba la verja y ahora lo recuerdo como un judío pasando del campo de concentración a la incineradora. Seguía conservando a mis amigos de siempre, a Raúl, a David, a Carlos Pico con los que siempre jugábamos al fútbol. La verdad es que no podría recordar a todos los que iban conmigo pero si recuerdo a la bella Maria y la bella Isabel, muchas veces David y yo nos peleábamos por ser sus novios, también recuerdo a Francisco Cocifras, a Emilio, a Moises el hijo del pastor, que era el que nos ganaba casi siempre las peleas, y a Almudena, que nunca se cambiaba aquel peto tejano.
Yo siempre calzaba con unas zapatillas viejas y uno de mis sueños era tener las zapatillas de baloncesto nuevas que mi tío estrenaba muy de vez en cuando. También llevaba unos zapatos horribles de charol con un broche metálico, que mi madre me compraba por una deformación en la forma de cargar el peso de mis piernas y por tener los pies planos. A parte mis extremidades durante toda mi vida han respondido a una voz interior que habla por encima de mi pensamiento, negándome toda capacidad de coordinación, hace poco un medio acreditado me ha confirmado que desde los seis años mantengo el record de tirar vasos de agua en el mantel. Y con esas capacidades en un mundo plenamente balompédico solo me quedó la resignación de la marginación hasta tercero de EGB, entonces ingrese en el internado.
Una vez mi madre vino a recogerme y por alguna extraña razón yo me quedé jugando en el patio interior de unos pisos que Cuétara tenía para sus trabajadores justo en frente de mi escuela. Mi madre se acercó y me dijo -Hijo, ¿qué haces?- la mire y la dije contento de verla - Hey mama, nada mama aquí jugando al fútbol.
-Pero hijo muevete, vamos, vete a por la pelota, haz algo.
-Si a mi no me gusta el fútbol mama que hay que correr, yo quiero ser suplente.
Mi madre me miro y se empezó a reir, nunca olvidaré su sonrisa, yo se cuando mi madre se ríe de verdad porque observo hasta que punto su cuello se inclina hacia atrás, le cogí el punto a los 35º. Ahora que vivo lejos de su casa es más difícil calcularlo.-hijo es que eres un tope.-
Creo que toda mi vida estaré orgulloso de ser un suplente solo por ese momento.
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THE SMOKED ONE
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3 comentarios · Escribe aquí tu comentario
errorcaotico dijo
Ham on rye plz mum! Digo Ham on Rye para los picaruelos, que no es lo mismo sandwiches de centeno con jamon de york que la senda del perdedor. Por cierto no creeis que Bukowsky es un apellido sobrevalorado, quiero decir, ahora cualquiera que parafrasee y termine con la coletilla, es de Bukowsky pues automáticamente le salen dos gafas de pasta inmensas que le hunden el tabique nasal, pero imaginaros ser pequeño en los Angeles de la Gran depresión debería ser una tortura infantil para cualquier niño apellidarse Bukowsky.
errorcaotico dijo
Ahora que me doy cuenta llamarse Heinrich Karl en plena segunda guerra mundial no tiene que ser un plato de buen gusto para ningún estadounidense. No me extraña que su nombre artístico fuera Charles.
Escocés dijo
Que sepas, Hank Chinasky, o como quieras llamar a tu álter ego, que sigo con interés esta prometedora saga... Aunque te pones el listón alto (y echo en falta algo de la escatología del original, ejem).
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