21 Ago 2007
Las Vidas Sucesivas
La doctrina de las vidas sucesivas o reencarnación, también es llamada palingenesia: dos palabras griegas, palin, de nuevo, y génesis, nacimiento. Desde la más remota antigüedad, los pueblos de Asia y Grecia han creído en la inmortalidad del alma, y más aún, algunos se preocuparon de saber si el alma era creada en el momento del nacimiento o si existía anteriormente.
Hacer una pequeña aproximación al tema es ya mucho para este espacio de encuentro o intercambio, por lo que esbozaré, grosso modo, las opiniones de algunos autores que han estudiado este tema.
En la India se afirma en la doctrina védica (los Vedas y el Bhagavad Gita) la eternidad del alma y su evolución progresiva por las reencarnaciones múltiples; en Persia con el Mazdeísmo se encuentra una elevada concepción: la de la redención final concedida a todas las criaturas después de haber sufrido (idea en germen); Pitágoras fue el primero que introdujo en Grecia la doctrina de los renacimientos del alma (la trajo de Egipto y Persia). En los griegos es realmente notable que Herodoto, hablando de la doctrina de los egipcios, haya presentido la necesidad del paso del alma a través de la escala animal, pero atribuyéndole un carácter de penalidad que ha confirmado el error de la metempsicosis.
Había en la antigua Grecia dos enseñanzas: una para la muchedumbre, y otra para los sabios, a los que se revelaba la verdad después de recibir la iniciación de lo que se llama los Misterios. Aristófanes y Sófocles llamaban a los Misterios las esperanzas de la muerte. Porfirio decía:
"Nuestra alma debe estar en el momento de la muerte como estaba durante los Misterios, es decir, exenta de pasión, de envidia, de rencor y de cólera".
Grande era la importancia moral y civilizadora de los Misterios, en los que se enseñaban secretamente:
1) La unidad de Dios
2) La pluralidad de los mundos y la rotación de la Tierra, como afirmaron más tarde Copérnico y Galileo, y
3) La multiplicidad de las existencias sucesivas del alma.
Platón adopta la idea pitagórica de la palingenesia, que basa sobre dos razones principales. La primera es que si en la Naturaleza la muerte sucede a la vida, lógico es admitir que la vida sucede a la muerte, dado que, no pudiendo nacer nada de nada, si los seres que vemos morir no han de volver jamás a la vida, la muerte acabaría por absorberlo todo. Se basa, en segundo lugar, el gran filósofo, en la reminiscencia, ya que -según él-, aprender es recordar. Y dice: "Si nuestra alma recuerda haber vivido antes de descender al cuerpo, ¿por qué no creeríamos que al dejarlo podrá animar a otros muchos?"
Elevándose aún más, Platón afirma que el alma, desembarazada de sus imperfecciones, ligada a la divina virtud, llega a ser en algún modo santa y no vuelve más a la Tierra. Y, para que decir de su gran Maestro, que dió una enseñanza magistral antes de su muerte.
Pero antes de alcanzar este grado de elevación, las almas vuelven durante mil años a los lugares infernales, y cuando han de volver a la Tierra, beben las aguas del Leteo, que les arrebata el recuerdo de sus pasadas existencias.
La escuela neoplatónica
La escuela neoplatónica de Alejandría enseña la reencarnación, concretando de antemano las condiciones de esta evolución progresiva. Plotino, primero que nadie, habla de ella muchas veces en el curso de Las Enéadas.
Jámblico sintetiza de manera sublime la doctrina de las vidas sucesivas:
"La justicia de Dios no es la justicia de los hombres. El hombre definió la justicia con relación a su vida actual y su estado presente. Dios la definió con relación a nuestras existencias sucesivas y a la universalidad de nuestras vidas. Así, las penas que nos afligen son, a menudo, el castigo de un pecado del que el alma fue culpable en una vida anterior. Alguna vez Dios nos oculta la razón, pero no por eso debemos de dejar de atribuirlo a su justicia"
Por consiguiente, según él, -¿verdad?- ni azar, ni casualidad, sino una inflexible justicia regula la existencia de todos los seres, y si algunos están abrumados por la aflicción, no es por una arbitraria decisión de la divinidad, sino por una consecuencia ineludible de las faltas que anteriormente se ha cometido.
La Judea
La idea de las vidas anteriores era admitida generalmente por los hebreos. Esta creencia en los renacimientos del alma se halla indicada veladamente en la Biblia (ver Isaías y Job) y mucho más explícitamente en los Evangelios.
Por otra parte, la transmigración de las almas, si creemos a San Jerónimo, fue durante largo tiempo enseñada como una verdad esotérica y tradicional que no debía ser confiada más que a un pequeño número de elegidos. Orígenes admitía como una necesidad lógica la preexistencia del alma para explicar ciertos pasajes de la Biblia. Estas ideas, aunque rechazadas por los concilios, fueron conservadas, incluso en el clero, por los espíritus independientes como el cardenal Nicolas de Cusa, y entre los filósofos, por los adeptos de las ciencias ocultas, que se tranmitían secretamente estas tradiciones.
Entre los romanos Virgilio y Ovidio; entre los galos que practicaban la religión de los druidas, creían en las vidas sucesivas. Dice Julio César (Comentarios de la Guerra de las Galias, libro VI): "Una de sus creencias es que las almas no perecen nunca, y que después de la muerte, pasan de un cuerpo a otro"
Durante la Edad Media, la doctrina palingenésica permaneció en la oscuridad, proscripta por la Iglesia, entonces todopoderosa; esta enseñanza se refugió en las sociedades secretas que se ocupaban de las ciencias ocultas.
En la Época Moderna Leibniz, estudiando el problema del origen del alma, admite que el principio inteligente, bajo la forma de mónada, ha podido desarrollarse en la escala animal. El filósofo Lessing, Ballanche, Shlegel Y Saint-Martin expresan también, cada uno a su manera, ideas a propósito de la palingenesia.
El doctor Maxwell, autor del libro Le Phénomène psychique, expresa:
"La hipótesis de la reencarnación me parece muy aceptable... Ella explica la evolución y la herencia. Es moralizadora. Es fuente de energía y ayuda al desarrollo de la sociedad, porque impone el sentimiento de una jerarquía necesaria".
A partir de ese entonces, surge una variedad de científicos eminentes y eruditos admirables que se dedicaran a demostrar científicamente tal hipótesis: Albert de Rochas, Gustave Geley, G. Delanne, Richet, Lombroso, Lodge, Flammarion y un sinfín de sabios hasta nuestros días. La gran eclosión se produjo a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Pero también ha inspirado a novelistas del fuste de Balzac, Gautier G. Sand, así como, al gran poetas Victor Hugo, o a Gautier, Gérard de Nerval, Jean Lahore, del que reproducimos una poesía:
"Como en la casta fuente y en el fondo del bosque/ tiembla pálido un rayo de luna sumergido,/ en mi corazón tiembla el recuerdo confuso/ de existencias lejanas, bajo el mar del olvido.
Yo siento un mundo en mí de oscuros pensamientos,/ yo siento vagamente que por siempre he vivido,/ errando en la penumbra de las selvas gigantes;/ y que en mi pecho alienta el bruto primitivo.
.../...
Demasiado ha dormido en la noche mi alma;/ por remontarme al cielo, ¡qué duros sacrificios!/ Yo quisiera ser puro, pero aún corre en mis venas la barbarie ancestral del brujo primitivo."
Por muy interesantes y demostrativos que sean los razonamientos filosóficos, que aquí no hemos podido siquiera exponer, es preciso darles la consagración científica de la observación y de la experiencia para hacer entrar en los dominios de la ciencia la gran ley de las vidas sucesivas. Pero para ello se hace necesario un monográfico, el cual no tiene cabida. Sin embargo, pueden tener de seguro que hay una inmensidad de hechos (ya probados científicamente en los siglos 19 y 20) que apoyan irrefutablemente la existencia del alma, su verdadera naturaleza, tan diferente de lo que nos habían enseñado las religiones y las filosofías.
A la busca de ellos os insto para que vuestro ímpetu de descubridores, de investigadores de la verdad -por vosotros mismos- en aras del conocimiento os haga ver "lo que es", lo que siempre nos ha guiado, para conquistar las luces del ser humano.
Reencarnar es un acto de justicia y una ampliación del conocimiento del hombre y de la historia.
El acto de nacer es demasiado profundo y psicológico para que sólo se reduzca a un fenómeno sexual. El acto de nacer es un acto metafísico vinculado con el de la muerte. El nacimiento es una llegada y no el efecto de un engendro.
"De Cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista (...) Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir. El que tiene oídos para oír, oiga". (JESÚS, en Mateo).
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topaveHola amigos, una idea de mí no podéis tener porque me es muy difícil incluso tenerla yo de mí mismo. Amo la Naturaleza, la de la tierra y la del cielo. Busco el conocimiento en mi anhelo de mejoramiento. Sonreir es bueno.
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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Carmina Madrid dijo
Estaba todo muy bien...pero al final tuvieron que meter la pata, es decir, tuvieron que moralizar la cosa. Una pena.
topave dijo
¡Ah, cuanto daño han hecho las religiones! Sí, ya sabes, Carmina, el hombre es un ser moral por naturaleza por lo mismo que siente. De ahí que se tenga que culminar en la "moralidad" (Pestalozzi), en la regla para portarse bien. Lo define ya Kant como norma necesaria para la convivencia cívica, pero está sublimada en el ejemplo enseñado por Jesucristo en el Sermón de la Montaña, que se puede resumir en (éste es de la Humanidad, acontecimiento histórico, no equivocarse): "Hacer con los otros lo que quisieramos que a nosotros se nos hiciese". El propio Gandhi la consideró la más sublime de la Humanidad. La cuestión está en el problema que han ocasionado tanto las religiones como otras instituciones. El daño originado por los cuidados de las teocracias, que garantizaba su dominación en virtud de la credulidad reinante. Ellas la convirtieron en un instrumento de dominación egoísta.
Hay que desprenderse de esos abusos y antiguos sofismas que llegaron a engendrar al materialismo. El sentimiento moral es aquello que distingue el bien del mal. Podríamos decir la religión positiva, basada en las leyes naturales, desprovista de pompas misteriosas y de una teología fantasiosa; equivale a la religión dinámica de Bergson. Una religión psíquica que conducirá al perfeccionamiento moral del hombre para encarar los problemas atenientes a las virtudes y a los vicios, las pasiones y el egoísmo. Hay que rescatar el sentimiento natural en el ser humano para que se oriente hacia el ideal de perfección (que le garantiza ese sentimiento) en el cual se identifica el Bien y la Justicia. Si estuviese iluminado por la ciencia, fortificado por la razón, apoyado en la libertad de conciencia, sería el sentimiento más noble que nos llevaría a realizar grandes acciones.
Lo que debe desaparecer no es el principio religioso, inherente al ser, sino los mitos oscuros, los dogmas, las formas exteriores y materiales, los disfraces con que lo han vestido a través de los siglos. Hay que tener cuidado de no confundir cosas tan desemejantes.
Disculpa, me he barruntado mucho. Bueno, lo importante es quizá el debate, ¿verdad?, es decir, la búsqueda de lo que somos, de dónde venimos, qué hacemos aquí, a dónde vamos... Busquemos el sentido de nuestro viaje, ¿no es, acaso, lo que importa al ser humano saber?
Gracias, Carmina, por expresar tu sentimiento.
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