Al margen de polémicas por la presentación de la corrida de Palha o la Puerta Grande de César Jiménez, en ambos casos, dos cuestiones estrictamente acontecidas en el ruedo, el mundo del toro ha sufrido esta semana una cornada más.
El bochornoso espectáculo del coche de la Policía entrando en el ruedo, no hace más que deterior la imagen que tienen los toros.
La cuestión no es dónde están las llaves, sino ¿dónde está la seriedad?
¿Cómo nos vamos a fiarnos de los taurinos cuando hablan de autogestión? Hasta ahora no han movido un dedo para evitar que esta injustificada suspensión se repita.
Si el paso al Ministerio de Cultura sirve para limpiar el toreo será mejor que mejor. Ojalá sirva esta medida para discernir, para diferenciar, para poner coto a tanto desmán. Para que no se pierdan más las muestras de pitones, para que los defectos de forma y los envíos fallidos no hagan que desaparezcan las pruebas del cáncer que mina el toreo.
Falta por saber qué pasará con los palcos. Sinceramente, en Madrid me gustaría seguir contando con los presidentes que tenemos. Sobre todo por independencia y tranquilidad. No son perfectos, desde luego, pero han de contar con un margen de crédito. ¿Un "aficionado de contrastado prestigio (¿cómo se mide eso?) sabría aguantar los desplantes de los apoderados en los reconocimientos? Camiones y camiones con toros cada vez más chicos hasta colar seis...
El reglamento es presidencialista, pero también convierte al presidente en responsable máximo y garante del espectáculo. Habrá que mantener cierto rigor para que no se vaya de las manos la plaza.
El cambio de ministerio tendría que evitar que esto se convierta en un melonar sin guarda. No se puede poner a la zorra a guardar las gallinas.
Si, después de tanto tiempo deseándolo, se llega a la autogestión que sea para proclamar que en el toreo aún queda grandeza.
De lo contrario, las plazas seguirán vacías. La solución y el problema están dentro.
Desde las siete de la tarde del viernes hasta las doce y media del sábado para no tener entradas de los días 15, 18, 21 y 25. Cuando llegamos a la taquilla ya estaban agotadas.
Ha sido una noche intensa, que se ha pasado relativamente rápida. He descubierto que son muchos los chavales que tienen afición como para hacer estos esfuerzos. También aficionados mayores. Entristece ver cómo la reventa sigue siendo un negocio que mina la fiesta de los toros desde dentro.
Si de verdad se considera un Bien de Interés Cultural, dado que la plaza se llena en San Isidro y cobran no sólo el abono, sino casi el arofo íntegro por adelantado, se tendría que promover el resto de la temporada. Dar facilidades a los jóvenes y dejar atrás los métodos del siglo XIX.
Esto acaba con la afición de cualquiera.
Ahora toca ducha y siesta.
Después, escribir para el periódico. Con un poco más de calma, historias menores para el blog.
¿Sirve de algo llegar a las nueve de la noche? No lo sé. Contadas hay 73 personas delante. Sin embargo, tengo el número 254 de la lista que han hecho.
Hay mucho lío, ánimos alterados. Llaman a la policía pero dicen que no pueden hacer nada.
En principio la lista se respetaba. Llevan desde las 10 intentando pasar lista, sin éxito. Tenía legitimidad hasta que al empezar y en lugar de tachar a los que faltan ponen un puntito delante del nombre y meten ahí otros nombres.
Al principio había un sólo coche de policía, ya son tres, pero se mantienen a distancia.
Ah, me han querido entrevistar con una camarita para Mi TauroRed .
Nada más empezar la cola, llamé a José María Baviano, responsable de prensa de la plaza. Me indicó que la responsabilidad de la empresa es de la plaza hacia dentro pero no de esto. En principio abrirán las cuatro taquillas y no habrá seguridad privada.
Me dijo que para los 7 carteles buenos se darán dos entradas por persona. Me pregunto cuáles serán los carteles "buenos". En las taquillas lo descubriré.
Aún así hay mucho disgusto. Gente cuenta que otros años tenían números bajos y no pudieron comprar entradas. Echaremos cuentas entre aforo y personas en la lista.
Robert Weldon, de NYC, me cuenta lo que le pasó en 2000:
Intenté hacer cola por la mañana de la confirmación de Juli. Llegué a Las Ventas para hacer cola a las 4:30 con unas 8 personas en frente. A las 9 de la mañana, una hora antes de que abrieran la taquilla, había cientos de personas y por lo menos 80 gillipollas en frente empujando y gritando no sé qué. La policía intentó hacer orden pero fue imposible. A las 12 cerraron la ventana y no consegui nada.
El Bar El Ruedo está abierto toda la noche. Pedro, su dueño, tiene el número 15 en la lista.
Antes de que llegue la locura de San Isidro con sus prisas y empujones me gusta llegar a la plaza prontito, charlar con la gente y darme una vueltecita.
Como cayó la tormenta a mediodía quise comprar una almohadilla. Donde me siento no suele pasar el 'hombre-bar', así que conviene llevar la botellita de agua comprada en los bares de la plaza.
A las cinco y media no encontré una sola barra abierta.
Tampoco vendedores de almohadillas en los tendidos altos. Sólo había en las inmediaciones del 7 y 8.
La cosa salía de ojo. Varios operarios de la plaza me contaron que cerca de las tres recibieron un SMS diciendo que era voluntario asistir al trabajo. Es lógico, por 45 euros no merece demasiado la pena ir, y a la empresa menos aún.
Fui a la sala de prensa e hice dos preguntas: "¿Por qué están los bares cerrados? ¿Por qué no hay puestos de almohadillas?".
La contestación fue "no lo sé". Mientras vi indicios de una premeditada suspensión.
Ante mi insistencia fueron a llamar al señor Blanco, gerente de la plaza. Diez minutos después y más conversaciones con los operarios, los servicios de prensa me hicieron saber que no me podía atender.
Fui a mi asiento. Era la única del tendido alto del 3. Se contó por megafonía la suspensión.
Una vez en el patio de cuadrillas el presidente, Manuel Muñoz Infante, me atendió durante un largo rato. Indicó que estuvo hablando con los chavales y que no eran las mejores condiciones para torear. "La ilusión no es suficiente, cuando sale el toro, hay que estar al 100% y el piso no lo está. Sería muy triste echar a perder la oportunidad", indicó.
Entonces comenzó mi persecución a Manuel Martínez Erice, enganchado perpetuo del móvil. Desde el patio de cuadrillas, al desolladero. Del desolladero a la garita que protege el acceso a las dependencias de la plaza. Pasadas las seis y media seguía sin tener noticia. José Ignacio de la Serna me indicó si era necesario hablar con él. "Para mí sí lo es. Si queréis que ponga "la empresa rehusó hacer declaraciones o dar su versión, pues entonces me voy ahora mismo"", expuse.
No pude hablar con ninguno de los actuantes. Por los corrillos supe que salvo Pajares, los otros dos querían torear. Tras dialogar con la empresa y el presidente cambiaron de idea.
Un rato después el empresario nos atendió. Prometió una nueva oportunidad para los chavales. En cuanto a la ausencia de bares abiertos, escasez de porteros o falta de vendedores de almohadillas fue tajante: "Acabo de venir de Sevilla sólo para la novillada, no estoy informado. En cualquier caso se tomarán las medidas oportunas contra los que no han acudido a su puesto de trabajo".
Pasadas las siete de la tarde, cuando estaba dándole a la tecla en la redacción, recibí una llamada de los servicios de prensa de la plaza. Insistían en que la novillada se dará el 20 de junio, pero que era "un nuevo cartel", no un aplazamiento. La corrida del domingo 18 de abril se había suspendido y la del 20 de junio era otra diferente. Algo lógico cuando se pretende cobrar un seguro y cumplir el número de festejos programados que exige el pliego.
De mis fuentes popularecheras llegan varios mensajes: que la taquilla no llegaba a 18.000 euros, que cuando alguien iba a sacar una localidad en las taquillas les decían si estaban seguros, "mira que luego si hay que devolver el dinero se hace mucha cola". Y tanto, cuando sólo dejan una abierta para abonar el precio de la entrada.
Sigo con dudas: ¿Se puso la lona? ¿Saben que iba a llover más? Porque lo daban por supuesto.
Moraleja: Lucrarse es lícito. A costa de la inocencia de los demás, no. Al menos disimulen, que no hacía falta ser Colombo para darse cuenta.
No iré esta tarde a Vistalegre , reconozco el valor del cartel pero no me atrae ese espectáculo. Salvo Pablo Hermoso, o quizá un toro por delante no tengo aguante para una corrida de rejones. Considero que el caballista navarro es al toreo a caballo lo que Belmonte al toreo de a pie, pero ni así.
Podría ver los murubes de Capea con Antonio Domecq (para mi gusto lo mejor del cartel), Andy Cartagena y Diego Ventura (tienen un caballo que muerde las orejas a los toros, ¡menudo mérito!).
Podéis acusarme de falta de afición pero no termino de valorar el arte de Marialva. Me gustan los caballos; hasta estuve federada cuando iba a montar con mis primos en Talavera. Nos encantaba un bayo llamado Caramelo. Tuvo doma para ir de ruedo en ruedo, hasta que una cornada, menor, le hizo tomar miedo.
Como dicen en Portugal, el que brinca, torea. Este caballo, dejó de brincar.
Si me gustan los toros y los caballos, ¿por qué no voy hoy a Vistalegre?
Porque aún sabiendo lo mucho que cuesta domar un caballo me parece que hay más "circo" que toreo casi siempre. Porque el abuso contra el toro con el afeitado tolerado y legal, me resulta abusivo. Porque, aunque el caballo no elija ir, son dos contra uno.
Porque casi siempre la montura va trucada.
Si algún día veis a alguien que cita con el pecho del caballo, clava y hace el embroque en el estribo del caballo y no en la grupa, y además, sale templando la embestida del toro, avisadme, puede que entonces, me apetezca ir.
El público, con sus palmas de ánimo, su petición desmesurada de orejas y carácter excesivamente festivo, no me invitan a enfrentarme con mi visión purista del toreo, sea a pie o a caballo.
En las vacaciones de agosto estuve en NYC. Fui por primera vez a un musical. Las Vegas es un sitio decadente. Broadway todo lo contrario. Es el sitio donde todo el mundo quiere actuar. Los musicales que se estrenan ahí y triunfan dan la vuelta al mundo después.
La exigencia es alta. El precio de las entradas también. Compensa. Por ver HAIR pagué 60 dólares y eso que las entradas tenían un descuento del 30%. No me lo hicieron a mi por ser especial. Está todo pensando . El sindicato de los teatros lo que quiere es llenarlo a toda costa, que no queden entradas. Si uno compra la entrada con mucha antelación pagará el precio impuesto por la compañía. Si, como es mi caso, quería ver un musical por puro entretenimiento de turista, puede ir a unas taquillas en Times Square, hacer cola y comprar las que más le convengan unas horas antes del espectáculo con un sensible descuento.
El espectáculo me pareció único, espectacular, profesional. Imagino que será así todos los días, pero no me lo esperaba.
¿A qué viene todo esto?
En Colmenar -me invitó una amiga- la entrada que tuve costaba 66 euros. En Alcalá me la pagué yo, fueron 36 euros.
Las comparaciones son odiosas, siempre. Más cuando se comparan los toros con cualquier otro espectáculo. En primer lugar por lo caro de los seguros, sueldos de los toreros, picadores y banderilleros, así como apertura de plaza y materia prima; el toro, vamos.
Sucede que aún poniendo todo esto en la balanza, los toros me parece un espectáculo que decepcionarían al que quiera que vaya por casualidad, una vez, como fui yo al musical. Dudo que vuelva pronto, pero me quedé con un buen sabor de boca. Es decir, tengo un buen concepto de este tipo de shows.
Con los toros, lo normal es que suceda lo contrario. No se cuida el ganado, tampoco los carteles, ni el entorno. En muchas ocasiones, mis amigos extranjeros tienen dificultades para llegar a las plazas. Hay nula información y pocas facilidades de transporte.
El precio de las entradas casi siempre es abusivo y lo que sucede en la plaza no da una satisfacción proporcional a lo que se ha pagado en taquilla.
¿Así como quieren que vaya la gente a los toros?
Hace tiempo que lo tengo claro: no quieren que vaya la gente.
La idea es diferente. Los nefastos empresarios de toros podrían hacer mucho para tener las plazas llenas. No sólo bajar los precios o tomar medidas como la del sindicato de teatros en Broadway. Lo que sucede es que ni interesa que se llene para ver algo que es aburrido, ni tampoco bajar el precio y que vayan los cuatro gatos que vamos siempre.
Es decir, se sube el precio y el aficionado, ese sufrido "profesional de pasar por taquilla" que decía el llorado José Tomás Albero, paga religiosamente. Una y otra vez. Podría irse a otra cosa, podría escoger otro espectáculo pero tiene esa maldita enfermedad que le hace volver como los toros bravos van al peto. Una y otra vez.
Los empresarios que padecemos son tan nefastos que hacen corridas "para no perder" pero no "para ganar", tan siquiera han pensado en que ganar algo menos podría ser una buena opción para fomentar la afición.