El crimen del estribo de picar.
El 60 por ciento de los toros sufre fracturas de cráneo
Como nos movemos en un mundo de ignorantes; como la mayoría de los responsables de velar por la decencia de la fiesta y sobre todo de la integridad del toro no cumplen, sigue impune la mayor bestialidad de la lidia, donde cada tarde se inutilizan muchos toros que llegan a la muleta con graves lesiones que hacen casi imposible un juego normal en la muleta. Resulta que hace más de treinta años denuncié en los periódicos de mayor difusión nacional el crimen que se estaba cometiendo en la suerte de varas. Que había algo mucho más grave que los puyazos en el pico de la paletilla, que la carioca y que barrenar con la salida tapada para dejar al animal semiinválido con la única finalidad de buscar la comodidad del triunfo del torero a cambio de quitarle toda la pujanza al toro. Que nadie se quería dar cuenta del funesto papel del estribo de picar. Una quilla de acero contra la que se estrella el toro. Y como habrán podido observar, el piquero retira su pierna protegida por la armadura de hierro para dejar suelto ese bloque de más de treinta kilos de peso contra el que el toro derrota, causándose lesiones graves y a veces mortales porque no es la primera vez que hay que apuntillar a alguno al salir de la suerte de varas, y lo que la gente achaca a la invalidez no es más que una muerte provocada contra la masa del estribo.
Resulta que en el campo no existe ni un solo ganadero que tiente los machos o las vacas con ese modelo criminal de las plazas. En todas las ganaderías se coloca un forro de goma de neumáticos para aminorar los efectos del choque. Hace treinta años propuse que en las plazas se siguiera esa costumbre. Pero como los encargados de elaborar el reglamento y de hacerlo cumplir no saben lo que es un toro, nadie ha querido tomar medidas contra esta crueldad de la que es víctima el toro todas las tardes. Eso sin contar la cantidad de veces que se dañan los ojos y llegan a la muleta acusando efectos que no tenían a la hora del reconocimiento.
En mi reaparición al cabo de siete años en la feria de San Isidro, una noche coincidí en una tertulia con el famoso taxidermista Justo, que diseca la mayoría de cabezas de toros importantes, bien por encargo del torero para conmemorar un triunfo en Madrid, o del ganadero que quiere perpetuar en su salón el juego de alguno excepcional. Justo recibe en su taller las cabezas de estos toros sobresalientes y para realizar su trabajo lo primero que hace es descarnarlas y quitarles la piel para luego moldear la escayola ajustándose a la anatomía del toro y reproducirlo con la mayor fidelidad posible. Al quitar la piel del testud, lo primero que encuentra Justo son las huellas fatídicas del estribo de picar. Me lo confesó al final de una tertulia en 'Puerta Grande', que dirige mi fraternal compañero José Antonio Donaire, uno de los pocos cronistas que no se avergüenza de confesar en público que aprendió muchas cosas cuando trabajábamos juntos en 'Informaciones'. Pero además, esto que voy a deciros lo ha dicho Justo días antes en público: El sesenta por ciento de los toros que llegan a su taller sufren fractura de cráneo o fisuras graves en el frontal del testud como consecuencia del choque con el nefasto estribo de picar. Parece mentira que se hayan hecho tantas reformas del Reglamento (por los incompetentes políticos de turno) y nadie haya reparado que el estribo de hierro, con sus treinta kilos de hierro en forma de quilla, es mucho más peligroso que todos los males que le atribuyen a la desdichada suerte de varas, a la puya criminal que se usa ahora o al peso desmesurado del peto y los caballos percherones. Si el sesenta por ciento de los toros excepcionales que llegan al taller del taxidermista, después de sobrevivir a los estragos de los picadores, tiene la frente partida, ya no hace falta preguntar cual es el porcentaje de toros que llegan a la muleta sin las mínimas condiciones físicas para poder embestir.
Los ganaderos
Creo que en la última asamblea de la 'Unión nacional de Afeitadores de Toros de Lidia' se ha elevado un escrito a la Autoridad Incompetente para que se reforme la suerte de varas. Al cabo de tantos años bajándose los pantalones ante las vergonzantes exigencias de las figuras (Si no afeitas, no lidias), se han dado cuenta que además de esa puya criminal (que piden ahora que sea giratoria para evitar las carnicerías que vemos todas las tardes) aparte de pedir la limitación de peso del peto y los caballos se han atrevido a exigir que se forre con goma el estribo de picar. ¡Ya era hora que se bajaran del burro! Parece mentira que algo tan grave haya pasado desapercibido para los aficionados exigentes que claman por el respeto a la integridad del toro, centrando sus protestas en el afeitado y en la forma de picar, no hayan reparado en los estragos del estribo de hierro. Pero los aficionados tienen una disculpa, porque conocen la lidia desde el tendido. Lo imperdonable es que los propios ganaderos y los veterinarios encargados de hacer el examen post mortem en los desolladeros no denuncien las graves lesiones que sufre el toro en el testuz y en la vista. Lo lógico sería que los cronistas taurinos hubieran denunciado ya esta calamidad de la lidia. Pero no vayamos a pedirle peras al olmo. La mayoría de estos cronistas escriben de los toreros y saben muy poco de toros. Van con mucha más frecuencia a las mariscadas con que los sobornan los apoderados que a la verdad de las dehesas donde se puede aprender el secreto de la vida del toro.
Cuando un cronista va al campo sólo acude como espectador adulador de un tentadero para felicitar al ganadero por el "excelente juego de las vacas aprobadas" en pago a la merienda y los halagos que recibe. O acompañando a la figura de turno. Los cronistas de toreros todavía no se han fijado que en los tentaderos el estribo de picar va forrado de goma. Ahora ha tenido que ser un taxidermista quien explique sus experiencias profesionales sobre el resultado de chocar con esa masa de hierro.
Las televisiones
Pero me figuro que pasarán muchos años hasta que desaparezca de los ruedos esta armatroste mortífero. Porque ahora los públicos y los críticos están más pendientes en proclamar que la esencia del toreo es la forma que tiene José Tomás de dejarse enchanchar la muleta en casi todos los pases y la emoción circense de las manoletinas. Aquí todos tragan y callan. Si esos mamarrachos lameculos que dirigen las retransmisiones televisadas dijeran una sola tarde los estragos del estribo y sacaran primeros planos del encontronazo de los toros, no seguiríamos padeciendo este abuso.
Pero los primeros planos y las repeticiones de imagen sólo sirven para repetir las cogidas de los toreros para impresionar al público o los muletazos con el pico y la pierna retrasada como si eso fuera la verdad suprema del toreo. Engañan a los públicos y humillan al toro. Como siempre los políticos no se enteran de nada y tarde tras tarde gorronean el burladero privilegiado de los callejones para dejar impunes estos atropellos: porque los políticos todavía son más ignorantes que los críticos aduladores.
A propósito de políticos, ¿qué hace todas las tardes en todas las ferias Enrique Múgica fumándose un puro? No creo que la responsabilidad del Defensor del Pueblo sea estar asiduamente en los callejones. Como tampoco lo era la de Ignacio Aguirre Borrel que en cuanto empezaba la temporada abandonaba el despacho para ir de feria en feria a costa del presupuesto nacional. Os pongo el ejemplo de dos políticos representativos de la falsa izquierda y de la derecha chupona que pasan por ser buenos aficionados y delante de sus narices se consuman tarde tras tarde los grandes fraudes del toreo sin que hayan hecho nada por evitarlo. A esta pareja de ganapanes ¿qué puede importarles el estribo de hierro
Escrito por Alfonso Navalón

El Vito ha sido uno de los grandes descubrimientos de estos días en las Azores. Aficionado a los toros hasta la médula ha vivido anclado a este mundo de manera férrea.
Resulta que usa Mac y es un entusiasta de las redes sociales. No tenía cable para cargar su MacBook; yo sí. Se lo presté una noche y nos hicimos amigos.
Descubrimos que teníamos amigos en común: Alfonso Navalón y Antoñete .
Víctor José López, su nombre civil, para colmo, me regaló su libro sobre la fiesta de los toros en Venezuela. ¿Qué más se puede pedir? A ver si vuelve por San Isidro y le compenso con una ruta de cañas y tapas. Y de paso que me cuente anécdota de estos dos amigos que tanto admiramos.


Alfonso Navalón , a pesar de haberse pasado la vida escribiendo, sólo publicó un libro, imprescindible, "Viaje a los toros del sol". Su primera parte se llama "Viaje a los toros del frío", tan delicioso como los del Sol, más al Sur.
Con motivo de una visita a la ganadería de Antonio Bañuelos, en Burgos, escribió el artículo que aquí debajo os pego: "Viaje a los toros de la nieve" . Tan delicioso como siempre fueron su pluma e ingenio.
Viaje a los toros de la nieve
La ganadería de bañuelos pasta a más de 1000 metros de altitud
Alfonso Navalón
Cuando el empresario burgalés Antonio Bañuelos decidió llevar más allá su afición a la fiesta y se convirtió en ganadero de bravo, en pleno Páramo de Masa, muy pocos pensaban que a la vuelta de unos años llegaría a ser una de las vacadas que más 'tinta' vertió a su favor, gracias a la bravura y nobleza de la que hace gala en las plazas. Todo empezó a principios de la década, en concreto el 31 de diciembre de 1992, cuando este burgalés, empresario de peletería adquiere la finca La Cabañuela, una magnífica explotación de 600 hectáreas situada al norte de la capital, en el término de Hontemín. Posteriormente decide formar la ganadería y compra a la familia Prado-Eulate el hierro de La Unión que -primero- se denominó Torreblanca y posteriormente pasó a llevar el nombre de la titular, doña Paloma Eulate y Aznar.
Pocos meses más tarde, en julio de 1993, llegaban a La Cabañuela las primeras 95 vacas procedentes de El Toñarejo, la finca andaluza de esta conocida familia sita en el término gaditano de Medina Sidonia, adaptándose perfectamente al nuevo territorio, a pesar de las enormes diferencias climatológicas y, por tanto, de alimentación con respecto a su procedencia. Los sementales utilizados pertenecían a los hierros de Torrestrella y Torrealta, cuyos frutos, a tenor del evidente resultado han dado un juego sensacional. Pero para que todo pudiera ser una realidad, con anterioridad, el dueño bebió de las fuentes de la bravura, conoció el mundo del toro bravo y los entresijos que rodean su mundillo en lecciones aprendidas en el Campo Charro, en concreto en la finca Montalvo, de manos de Juan Mari Pérez-Tabernero, a quien Bañuelos define "como la representación perfecta del caballero español".
Allí escuchó silenciosamente los sabios consejos del criador salmantino, los mismos que ha llevado a la práctica como si fuera una religión. Luego, después de la prematura muerte de Juan Mari, fue su hijo, Juan Ignacio, el que apoyó, asesoró e informó al nuevo criador burgalés de todo lo que hace falta saber de una ganadería, sin olvidar las dificultades que se deben superar en el camino tortuoso que rodea los vericuetos de la fiesta brava. Luego, Antonio Bañuelos le dio su toque personal a esos conocimientos, al poner en marcha una ganadería con una características especiales y personalidad propia, dada su climatología, altitud, alimentación... Altitud Una de las dudas principales era que, anteriormente, ninguna ganadería había pastado en una finca enclavada a más de 1050 metros sobre el nivel del mar, donde las temperaturas son más bien propias del nórdico y durante ocho largos meses, el mercurio baja con frecuencia los límites de cero grados.
Sirva el ejemplo que las heladas son continuas durante ese tiempo, con lo cual la primavera se retrasa en comparación a otros puntos del país; por ejemplo, la aparición de la hoja en los robles no se produce hasta bien entrado el mes de mayo. Por otro lado, la humedad hace que la hierba se mantenga verde hasta mediado el otoño, gracias al rocío de la mañana y a varios manantiales, todos ellos muy generosos en calidad y cantidad. Las especiales condiciones de La Cabañuela han hecho posible que los ciclos productivos -las parideras- se tengan que adaptar a las producciones de pasto y estaciones. Así, los lotes se separan en torno a la segunda semana de mayo, con el fin de que las crías nazcan a partir de febrero, tiempo en el que las horas de luz solar aumentan notablemente y los fríos comienzan a remitir, con lo cual las posibilidades de supervivencia son seguras. Estandarte de Burgos La ganadería de Bañuelos se ha convertido en el principal estandarte que aporta Burgos a la fiesta. A falta de figuras del toreo, sus éxitos y triunfos son un poco los de todos, que los viven y jalean como algo propio.
Para ello ha contribuido a que su dueño siente mucho el terruño castellano, en definitiva todo lo que sea burgalés o relacionado con la tierra tiene en él a su mayor defensor. Sirvan los siguientes detalles: la divisa de la ganadería (rojo carmesí y pardo) está formada por los colores de la bandera burgalesa. Por otro lado, el macho de cada camada herrado con el número 1 recibe el heroico nombre de Campeador, en recuerdo de don Rodrigo Díaz 'El Cid Campeador', el burgalés más importante de siempre, quien vio la luz en Vivar, villa situada al lado mismo de La Cabañuela. Grandes titulares Durante las semanas previas a la pasada Feria de San Pedro y San Pablo, Antonio Bañuelos vivía con la intranquilidad propia de quien acaparaba máximo protagonismo en el ciclo ferial de su ciudad. Había debutado el año anterior, en jornada histórica, tanto para la feria, que veía por primera vez una ganadería 'paisana' en los carteles, como para él, en tarde que significaba un duro examen ante el más exigente tribunal. Por si fuera poco, en el coso de El Plantío se encontraba la elite de la prensa taurina nacional, con lo cual la responsabilidad era mucho mayor, si cabe, por lo que, a la mañana siguiente, toda España estaría al tanto del juego que desarrollaran 'Los toros de la nieve', famosos desde el momento en que llegaron a una zona tan septentrional, donde pocos creían que se podrían adaptar. Caballero, Liria y Víctor Puerto formaban parte de la terna anunciada en aquel debut, terna que cortó un total de seis orejas, mientras que el sexto toro era premiado con los honores de la vuelta al ruedo, con salida triunfal a hombros de toreros y ganadero. Aquel día empezaba la leyenda de una ganadería que, en el inmediato futuro, escribiría muchas de las páginas más bellas de la temporada de 1999, donde se produjo un hecho del que se ha vertido mucha tinta: el indulto de Gamarro.
La triunfal corrida de 1998 fue el mejor salvoconducto para lidiar al siguiente año con las dos máximas atracciones del momento. La fecha fue el dos de julio, en un mano a mano formado por Ponce y El Juli que acabó con el taquillaje desde días antes e hizo que se desplazasen hasta las orillas del Arlanzón cientos de aficionados de toda España. Antes del paseíllo, antonio Bañuelos, sabedor de la responsabilidad que acaparaba, se mostraba tranquilo ante sus amigos, pero la procesión iba por dentro, pues era consciente de que varios toros romperían a bravos.
Eran 'los toros de la nieve', los que esperaban en el chiquero para protagonizar un festejo memorable, de esos en los que el personal sale toreando de salón por las calles, recordando todos y cada uno de los instantes vividos, sobre todo en la lidia del quinto, el famoso Gamarro que dio un recital de bravura, en una perfecta simbiosis que tuvo a Enrique Ponce como 'director de orquesta'. Gamarro fue magnífico, de gran clase, de los que sueñan con lidiar los ganaderos, los que dictan clases de bravura sobre las arenas y, ante todo, defienden su casta y sangre brava, la misma que ha servido para crear el espectáculo más bello de cuantos existen, donde el arte y el riesgo crean las estampas más bonitas que se puedan soñar y han inspirado a los más grandes protagonistas de las letras, los pinceles... Todo aquello valió para que Gamarro fuera indultado; es decir, que recibió los máximos honores a que pueda aspirar un toro en la plaza.
Se había ganado el derecho a vivir, a disfrutar para siempre de los placeres de la vida en el medio natural donde cuatro años antes vio la luz, en el Páramo burgalés que de esta forma abría una página en su historia. Cuando se concedió el indulto, la plaza entera irrumpió en una ovación de gala, de las que hacen época, mientras que Bañuelos no pudo evitar las lágrimas, en unos momentos plenos de emoción, incapaces de interrumpir los numerosos abrazos y parabienes de amigos y conocidos que recibía en unos instantes alborozados, de los que sirven para darle a la fiesta categoría y realce. Luego, Gamarro fue curado en los corrales de la plaza por el equipo de veterinarios y trasladado posteriormente a La Cabañuela, donde despertó la admiración de cientos de personas que no quisieron perderse el histórico momento.
En poco tiempo, antes de los plazos previstos se recuperó con normalidad, sin sobresaltos y ahora ha empezado sus labores de semental, al empezar a cubrir una punta de vacas, ante la admiración de todos los aficionados y la envidia de sus hermanos que ven como uno de ellos ha puesto tan alto el listón al ser coronado como rey de la bravura. Ahora, todos tratarán de imitarlo y en la plaza derramarán bravura y casta para soñar con volver a La Cabañuela, como Gamarro para continuar aumentando la leyenda de 'los toros de la nieve'. Futuro Ahora, ante el futuro de las reses de La Cabañuela, se abre un magnífico porvenir. Sirva la referencia que para la temporada del 2000, la camada va a ser 'rifada' entre las principales figuras del toreo, que sueñan con que salga por la puerta de toriles otro Gamarro, para deleite y grandeza de la fiesta. Tal es el momento dulce de la ganadería, que allí han estado los veedores de Enrique Ponce, de Julián López 'El Juli', de José Tomás..., para que puedan ser estoqueados por éstos en las ferias más elitistas de la geografía nacional.
Los toros de la nieve se han convertido en una de las bellas realidades de la cabaña brava, gracias a la casta y nobleza de la que hacen gala.
No me lo esperaba. Abrí el sobre y ahí estaba... Alfonso Navalón .
Admiro a Alfonso. Cuando llevo un tiempo sin escribir, vuelvo a leer sus escritos. Es algo así como una superstición. Como si por recordar lo bien que escribía se me fuese a pegar algo. Aprendí mucho de él. También me abrió los ojos y me desengañó de los toros, pero me dejó grandes amigos como herencia.
Ahora que llega la Navidad y se me esponja un poco (más) el corazoncito, agradezco el detalle de enviarme esta felicitación a los amigos del Círculo Taurino Alfonso Navalón .
Cada día que pasa se le echa un poquito más de menos. Hacía mucha falta a una fiesta cada vez más decandente.
Convertir una afición en profesión no deja de ser un servilismo doloroso, porque cuando el arte que llena el espíritu acaba siendo un medio de vida, necesariamente tiene que perder sinceridad.
Siempre me ha parecido más bonito lo que hace un aficionado que la perfección de un profesional. Porque el aficionado, despojado de egoísmos materiales, busca el placer estético donde los otros encuentran una solución de sus necesidades humanas.
El aficionado consciente de su condición, jamás hará concesiones a los demás, ni caerá en la monotonía de convertir el arte en oficio. Al revés: Cuando más sólo esté más orgulloso se siente y con más profundidad vive lo que hace.
Tienen vibración sentimental los tres naturales de esos que llamamos "señoritos del toreo" que la faena completísima de cualquier figura. Aunque aquellos lo hagan delante de una becerra y éstos tengan la responsabilidad del toro, del público y de la vida en juego. La gran faena de un gran torero es un eslabón más de la dilatada cadena de aciertos. Y los aplausos son el lógico premio del trabajo bien hecho.
Pero esos tres naturales de la becerra pueden ser el principio y fin de un hermoso sueño. Y aunque el sueño tenga segundas partes, los tres naturales quedarán clavados en el alma del recuerdo con su fondo de gente y de paisaje, con precisión de fecha, de hora y de matices.
Cuando pasen los años y la gente, cuando se muera la becerra, y cuando el protagonista no tenga más horizonte que un despacho o una vida cercada por ataques de reuma, en su alma seguirán teniendo ritmo aquellos tres naturales, aquella tarde y aquella encina que a él le parecía asomada a la placita para verlo torear.
Cuando el toreo deje sus miedos en la naftalina de unos trajes con el oro envejecido, volverá a ser aficionado y se perderá también por los senderos de la evocación, deteniéndose un poco en cada una de aquellas 30 o 40 faenas que tuvieron importancia. El torero, igualado en canas con el señor del despacho y del reuma, tratará de soñar con lo que fue y lo que pudo ser. Pero aquella faena perdida entre otras cuarenta hermanas gemelas, será una sensación imprecisa, traducida al presente. Será el camino grato de 40 pases convertidos junto a otros 6.000 en un cortijo y un batín de seda. O será el remordimiento de verse "sin tabaco" y volver la vista con pena hacia las tardes de gloria que no fue capaz de cuajar en un bienestar por culpa e la "mala administración".
No es lo mismo la obligación que la devoción. No es lo mismo torear por vocación que vivir de torear. Convertir en deber algo que nos gusta es uno de los mayores sacrificios del hombre.
Imaginaos la lucha de algunos toreros cuando llegan las cinco en punto de la tarde y no tienen más remedio que salir a matar dos toros. Y tiene que ser forzosamente a las cinco en punto de esa tarde calurosa. No cabe esperar a la inspiración. No cabe dejar el ensayo para mañana como hacen los cómicos cuando están de mal humor. O escribir el artículo por la noche. Tampoco sirve cambiar de tema o elegir el que más convine: tienen que ser los dos toros de todas las tardes que saldrán como a ellos les dé la gana sin que el hombre tenga más salida que explicar ante ellos una ciencia, al mismo tiempo que a los tendidos debe llegar un conjunto de armonías y emociones.
A esta constante preocupación le faltan todavía esos cientos de kilómetros que separan un plaza de otra, ese dormir sin dormir, mecidos por los baches de la carretera; y por si falta algo, puede un hombre pasar así tres o cuatro años y acabar debiéndole 20.000 duros al apoderado.
No es fácil ser torero. No es tan bonito como piensan algunos tener por oficio algo que antes ha sido sólo un ideal poético.
Si a los que son figuras del toreo los dejaran volver a empezar (sin el fantasma de los millones por medio) se conformarían con ser aficionados. Con torear de tarde en tarde, con muchas vísperas delante de cada faena y muchos días después para recordarlas pase a pase, como se recuerda la primera tarde de amor o el primer día que nos fugamos del colegio para fumar el primer cigarro.
Por eso hay tanta diferencia entre el aficionado y el profesional. Entre el poeta que sueña y recuerda y el hombre sin nervios que ha convertido el arte en oficio. Porque, para muchos, torear no es más que eso: un trabajo que empieza a las cinco en punto.
Alfonso Navalón
Publicado en EL RUEDO el 15 de diciembre de 1965 y recuperado por el blog SOMOS ECUADOR
El mundo de la tauromaquia visto por la blogger Rosa Jiménez Cano, periodista, entusiasta de los toros y la blogosfera.
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