La Beneficencia de Ávila
El arquitecto Guillermo Cannon ha pasado la última semana en Las Ventas. Nunca le estaré suficientemente agradecida. Hace cuatro años se fijó en mi. Me invitó a Chicago y consiguió que expusiese mis fotos en el John Hancock (uno de los rascacielos más conocidos de la ciudad) en el Instituto Cervantes de su ciudad. Aquello me parecía, casi una broma. Nunca le terminaré de estar agradecida.
La única condición que pusieron para exponer allí mis fotos era que no saliese sangre. Me dolió, porque me parece una hipocresía por parte del Cervantes, pero tragué porque quería ir.
De aquel viaje traje un montón de amigos, experiencias y conocimientos.
Este año le encargué a Guillermo, aprovechando la debilidad del dólar un objetivo nuevo para mi Olympus. Insistió en regalármelo.
Aproveché la corrida de ayer en Ávila para tomarle el pulso a la nueva lente. Una auténtica gozada. No se escapa nada, aunque se tire desde el tendido alto. Nacho Matilla, el empresario, se tiró el rollo con un pase de callejón pero no era cuestión de andar ahí taurineando.
Los toros fueron impresentables. El Cid anduvo tirando líneas.
Lo poco positivo de la corrida fue la feliz recuperación de Javier Valverde tras el cornalón de Benalmádena Estepona y la capacidad de darle la vuelta a la tortilla de Talavante.
En algunos aspectos, Alejandro Talavante puede desesperar, tiene que encontrarse, pero tiene fortaleza mental, capacidad para abstraerse cuando la tarde va mal. Pasó con Madrid el día que Perera salió a hombros; él cortó la primera oreja. Ayer también.


