Valor y precio
En las vacaciones de agosto estuve en NYC. Fui por primera vez a un musical. Las Vegas es un sitio decadente. Broadway todo lo contrario. Es el sitio donde todo el mundo quiere actuar. Los musicales que se estrenan ahí y triunfan dan la vuelta al mundo después.
La exigencia es alta. El precio de las entradas también. Compensa.
Por ver HAIR pagué 60 dólares y eso que las entradas tenían un descuento del 30%. No me lo hicieron a mi por ser especial. Está todo pensando . El sindicato de los teatros lo que quiere es llenarlo a toda costa, que no queden entradas. Si uno compra la entrada con mucha antelación pagará el precio impuesto por la compañía. Si, como es mi caso, quería ver un musical por puro entretenimiento de turista, puede ir a unas taquillas en Times Square, hacer cola y comprar las que más le convengan unas horas antes del espectáculo con un sensible descuento.
El espectáculo me pareció único, espectacular, profesional. Imagino que será así todos los días, pero no me lo esperaba.
¿A qué viene todo esto?
En Colmenar -me invitó una amiga- la entrada que tuve costaba 66 euros. En Alcalá me la pagué yo, fueron 36 euros.
Las comparaciones son odiosas, siempre. Más cuando se comparan los toros con cualquier otro espectáculo. En primer lugar por lo caro de los seguros, sueldos de los toreros, picadores y banderilleros, así como apertura de plaza y materia prima; el toro, vamos.
Sucede que aún poniendo todo esto en la balanza, los toros me parece un espectáculo que decepcionarían al que quiera que vaya por casualidad, una vez, como fui yo al musical. Dudo que vuelva pronto, pero me quedé con un buen sabor de boca. Es decir, tengo un buen concepto de este tipo de shows.
Con los toros, lo normal es que suceda lo contrario. No se cuida el ganado, tampoco los carteles, ni el entorno. En muchas ocasiones, mis amigos extranjeros tienen dificultades para llegar a las plazas. Hay nula información y pocas facilidades de transporte.
El precio de las entradas casi siempre es abusivo y lo que sucede en la plaza no da una satisfacción proporcional a lo que se ha pagado en taquilla.
¿Así como quieren que vaya la gente a los toros?
Hace tiempo que lo tengo claro: no quieren que vaya la gente.
La idea es diferente. Los nefastos empresarios de toros podrían hacer mucho para tener las plazas llenas. No sólo bajar los precios o tomar medidas como la del sindicato de teatros en Broadway. Lo que sucede es que ni interesa que se llene para ver algo que es aburrido, ni tampoco bajar el precio y que vayan los cuatro gatos que vamos siempre.
Es decir, se sube el precio y el aficionado, ese sufrido "profesional de pasar por taquilla" que decía el llorado José Tomás Albero, paga religiosamente. Una y otra vez. Podría irse a otra cosa, podría escoger otro espectáculo pero tiene esa maldita enfermedad que le hace volver como los toros bravos van al peto. Una y otra vez.
Los empresarios que padecemos son tan nefastos que hacen corridas "para no perder" pero no "para ganar", tan siquiera han pensado en que ganar algo menos podría ser una buena opción para fomentar la afición.
