En el 2001 llegó un novillero que impactó en Madrid. Debut en plena feria, con la de La Quinta -la más temida del escalafón inferior- y se llevó una Puerta Grande de ley.
Una oreja de "Abejorro" y otra de "Conducido" en el esportón valieron para que Javier Valverde, charro lígrimo, se diese una vuelta a España.
Con su traje grana y oro se dejó rozar los muslos, arrancar la chaquetilla y zarandear entrando a matar. Daba igual todo. El instinto de protección quedaba en casa.
La muleta poderosa, una colocación jaleada por ortodoxa, un cite belmontino y un clasicismo castellano le metieron en el corazón de Madrid.
Temporada triunfal, de promesa, de torero poderoso capaz de emocionar por el temple y la estética.
Tras varias temporadas de matador, Madrid sigue esperando, no se sabe ya por cuanto tiempo. Se vista como se vista, debe entender que el "grana y oro", en su carrera, más que un terno, es una actitud.