La flor y nata del mundo taurino rindió homenaje al banderillero Adrián Gómez
ALBERTO URRUTIA
Conmovía como nada ver a Adrián Gómez, sentado en una silla de ruedas que ya no le abandonará nunca, recibir, primero en los medios y luego, dando la vuelta al ruedo asistido por su mujer, la cariñosísima ovación del público que llenó el pabellón del Vistalegre. Adrián se quedó parapléjico el pasado mes de junio, cuando, tras poner un par de banderillas, un toro le volteó a placer contra las tablas, durante una corrida celebrada en al localidad madrileña de torrejón de Ardoz. El cartel del festival que supo organizar con gran acierto su jefe de cuadrilla, El Fundi, como homenaje de aprecio infinito a su persona, no era para menos Con él se volcó la crema y nata de la torería allí presente. Se comentaba también entre toro y toro el gesto de José Tomás, que, según se ha sabido en contra de su deseo de mantenerlo oculto, donó enteros los honorarios de la corrida que toreó en la pasada Feria de Santander para contribuir a asegurar, al menos económicamente, el futuro de Adrián y su familia. Así que, sólo por esta causa, volvimos a ver ayer de nuevo a Joselito en el albero, acariciando a su novillo con unas verónicas de muchísimos quilates, ganando terreno y templando la embestida con una cadencia inusual. Había abierto plaza el rejoneador Diego Ventura, quien dejó dignamente representado al gremio ecuestre con su actuación. El Fundi no se quedó a la zaga de Joselito en cuanto al empleo del capote y le enjaretó a su enemigo- como todos, donados generosamente para la ocasión por diversos ganaderos- otras verónicas aquilatadas y armónicas. Pena de fuerza del utrero que se quedó sin gas a media faena… Menos fuerza aun parecía tener el que le tocó en suerte a Enrique Ponce, pero el de Chiva supo hacer de enfermero, en el mejor sentido de la palabra. y le aplicó una particular terapia de muleta a media altura y conocimiento de terrenos que acabó por curarlo. Ver eso fue ya toda una lección de tauromaquia. Luego aplicó sus conocimientos de trigonometría sobre el radio que abarcaba el terreno que el animal sentía como propio, para sacarle todo el partido al novillo, logro por el que ni el mas osado hubiera apostado un real.
Morante volvió loco al gentío, desde el momento en que accedió a clavar banderillas a petición del respetable. Sólo al final de la faena pareció surgir su particular duende, pero la gente le arropó durante toda su actuación como si ello hubiera ocurrido desde el principio. El estocadón que cobró El Juli valió por todo lo hecho anteriormente a su enemigo, como su mejor tributo al homenajeado. Finalmente un chaval llamado Cristian Escribano demostró que la Fiesta puede seguir teniendo continuidad, si es que se muestran las maneras que el mostró, tanto con el capote como con la muleta. Ni que decir tiene que hubo orejas sin cuento para todos, y todos las merecieron. Más que nadie, Adrián Gómez, quien, en compensación de su desgracia, se lleva, al menos y para toda la vida, el imborrable recuerdo de este mediodía madrileño, en el que el mundo taurino le rindió tributo por ver de compensar las consecuencias desgraciadas de su esfuerzo y entrega a la profesión que amó.
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Un festival especial como el de hoy merecía una crónica especial como esta de Alberto Urrutia, que además es amigo. Ya sabeis que en el blog suelo juguetear con todo, pero no hago crónicas. Este texto es una excepción cuya calidad justifica la decisión.