Antoñete, un apasionado de la vida
- ¿Tú has probado a mojar una galleta en licor de café?
- No.
- Pues vamos a desayunar.
Así empezó uno de los días más locos que recuerdo, el del herradero fallido. Las vacas no subían y nos fuimos al bar, al plan B. El bar no estaba fuera, sino al lado de la placita de tientas. Decidió que así la casa quedaba como casa y el bar como bar. Con fotos de torero, con la barra... con todo lo que se espera de un bar. Incluida la tragaperras.
Chenel podía tirarse horas sin hablar, hasta que arrancaba. Esa mañana, mientras Marco Antonio pinchaba solo los globos amarillos, ahí, heredando las manías del padre, y daba lances con un trapo de cocina empezamos con las galletas Chiquilín y se acabó el género. Y el crío ahí, pidiendo palmas si remataba por bajo o pitos si echaba las
Después, dando tumbos hasta el pueblo a comer chuletas. Rematamos el día de charla a la sombra de un árbol, durmiendo la mona. Como él diría: "con un melocotón".
Solo hubo una queja, la abuela de Marco Antonio se había venido de Francia para cuidarlo durante el herradero.
Las Laderas era ciudad sin ley. Era la casa del toreo, de la pasión, de la entrega, de la tranquilidad y de la sinceridad.









