06 Nov 2009

Finis gloriae libri

Escrito por: arco el 06 Nov 2009 - URL Permanente

La revolución digital está acabando con infinidad de objetos y modos de hacer y, como consecuencia, amenaza incluso con cambiar nuestras estructuras mentales; al tiempo, nos inunda con nuevos artefactos y nos apremia con novísimas técnicas que cambian a más velocidad de lo que podemos asumir los que estructuramos nuestros recursos neuronales durante décadas para algo más simple y estable. Entre otros efectos: la presencia física del dinero se sustituye por una tarjeta electrónica; de las máquinas de escribir que inundaron con su presencia y su estruendo las oficinas, los despachos y las redacciones del S.XX, ya no queda más que el absurdo sistema QUERTY, heredado por los teclados de los PC; los cálculos, de los más pesados a los más complejos, están al alcance de una tecla; la carta con su sobre y franqueo, escrita a máquina o a mano, ha desaparecido, barrida por el correo electrónico que permite la instantaneidad o enviar multitud de copias a otros tantos destinatarios con el mínimo esfuerzo y coste. ¿Y los libros? La enciclopedia, el atlas y hasta la guía de carreteras o los callejeros capitulan ante los recursos que ofrece la red. Son las primeras víctimas.

La historia del libro es milenaria. Tal y como lo conocemos hoy, encuadernado, con hojas escritas por ambas caras y con tapas de un material más consistente, procede de finales de la antigüedad o comienzos del Medievo. Antes los textos se conservaron en rollos o volúmenes, para los que se utilizaron fibras vegetales (papiro), que luego sería sustituido por la piel (pergamino) para los códices o libros. Cada uno de estos libros, cada ejemplar, era una obra artesanal muy costosa y apreciada, que dio lugar a especializaciones: calígrafos, ilustradores, encuadernadores… Con la imprenta se industrializó la producción; antes se había producido la revolución del papel. En realidad fue un anticipo y un ensayo de la industria fabril, unos siglos antes de que eclosionara la revolución industrial, con sus características de producción masiva y barata y tuvo como principal consecuencia la democratización de la cultura, la familiaridad con los libros, que acabaron entrando en los hogares. Ya en el siglo XX los inundaron literalmente, con las ediciones baratas, de bolsillo (tan baratas que una buena parte de los fondos de las bibliotecas están hoy en peligro de desaparición por la mala calidad del papel que se utilizó desde mediado el siglo), hasta crear problemas de espacio doméstico para los aficionados a la lectura, que suelen respetar al libro como un fetiche cultural, con más valor sentimental que físico.

Ahora nace el e-book o libro electrónico. Sólo está en sus comienzos pero ya es posible descargarse millones de ellos. En poco tiempo la biblioteca total que soñara Borges podrá ser una realidad, convirtiendo en liliputienses a la antigua de Alejandría o a las gigantes de hoy, como la Biblioteca Nacional, por poner un ejemplo. Y sin embargo los libroadictos se resisten a leer en las pantallas alegando incomodidades reales o inventadas. Digo inventadas porque leer un periódico, especialmente uno de esos tabloides como sábanas, es infinitamente más incómodo que abrir un portátil, como también sostener a pulso en las manos un volumen de 700 páginas, o tratar de descifrar un tipo de letra minúsculo que encontramos en tantas ediciones. Las reales, como la luminosidad de las pantallas, están en trance de ser superadas con los nuevos sistemas, que incluso eliminan los reflejos que dificultan leer al aire libre. Las ventajas son de tal calibre y aportan tanta novedad que amenazan con cambiar el sentido de la lectura y de la escritura, al permitir el audio, los hipervínculos y la interactividad. La industria electrónica trata de salvar las resistencias con más innovaciones y ha creado el EPD (Electronic Paper Display), papel electrónico, al que algunos le auguran extraordinario porvenir y que sería una solución intermedia entre la pantalla y la conservación del papel. No sé, para mí que esto es como las lámparas que seguimos teniendo todavía colgadas del techo, con velas de pega, porque añoramos la antigua estética heredada de los tatarabuelos, pero absolutamente disfuncionales.

Sea como sea, me temo que el libro ha comenzado su desaparición. Probablemente en un futuro no muy lejano se convierta en un objeto de lujo, otra vez, digno de la atención de anticuarios y coleccionistas, pero fuera del uso cotidiano y habitual; sólo que ahora por haber sido sustituido por otro medio de conservación y difusión del saber y el arte literario mucho más eficiente. Las resistencias, se me entoja, tienen más que ver con nuestro inevitable consrvadurismo que con lo realmente necesario. Conviene no olvidar que cuando apuntaba el mercado del libro (del rollo habría que decir) en Atenas, a Aristótele le pareció una desgracia que amenazaba a la conversación, que él y muchos contemporáneos consideraban superior; que cuando la imprenta llevaba ya tiempo funcionando muchos exquisitos lectores compraban libros y luego se los hacían caligrafiar porque no estaban dispuestos a renunciar a los placeres del texto escrito a mano. ¿Se repite la historia?

17 Oct 2009

Newton, cara y cruz

Escrito por: arco el 17 Oct 2009 - URL Permanente

En 1936 la casa Sotheby’s subastó un conjunto de manuscritos cuyo autor había sido Isaac Newton, pero que habían permanecido fuera del alcance del público desde su redacción. El lote mayor fue adquirido por John Maynard Keynes que los cedió después al King’s College de Cambridge. Contenían algunos millones de palabras sobre alquimia una de las obsesiones del científico; en escritos posteriores Keynes afirmaría que aquel ingente montón de páginas estaban «totalmente desprovistas de valor científico», incluso, contra los que opinaban que Newton era el «primero y más grande de los científicos de la era moderna» opuso su idea de que «no fue el primero de la era de la razón; fue el último de los magos…» Todo ello desde el respeto y la admiración que le producían los trascendentales descubrimientos del físico, que, curiosamente, había dedicado mucho más tiempo e interés en tratar de transformar en oro otros metales por medios esotéricos que en desentrañar las leyes que rigen los movimientos de los planetas.

El otro gran pujador en aquella subasta fue Abraham Shalon Ezekiel Yahuda, orientalista que cedió al poco tiempo los documentos que consiguiera al recién creado Estado de Israel. En 2003 la Universidad Hebrea de Jerusalén, a donde habían ido a parar, los dio a conocer al gran público. Este segundo lote contenía más de un millón de palabras dedicas a analizar y desentrañar los misterios del libro de Daniel y del Apocalipsis, textos que Newton se tomó muy en serio y a los que creyó interpretar de modo definitivo. Entre otros hallazgos había llegado a la conclusión de que el momento de la Creación no fue el 23 de Octubre de 4.004 a de C. como afirmara el obispo Ussher, sino 500 años después. También descubrió analizando las profecías de Daniel que el fin del Mundo tendría lugar 1260 años después de la coronación de Carlomagno, es decir en 2060 (después de haber desechado la fecha de 1867 que había creído descubrir en su juventud).

La alquimia y la especulación religiosa, desde unas posiciones que hoy calificaríamos de fundamentalistas, fueron las dos mayores preocupaciones de Newton a juzgar por el tiempo que les dedicó y el volumen de lo escrito. Sus descubrimientos científicos –cálculo infinitesimal, naturaleza de la luz, gravitación universal…– de una magnitud inconmensurable, se produjeron en unos pocos años de su juventud, aunque luego dedicara otros muchos a fundamentarlos científicamente y desarrollarlos; la mayor parte del tiempo lo ocupó en otras investigaciones, carentes de valor científico, y otros menesteres profesionales que nada tenían que ver con la ciencia. Incluso él mismo minusvaloró su tarea científica como revela un famoso párrafo en que se compara con «un niño que juega en la playa y se distrae encontrando de vez en cuando un canto más pulido o una concha más bonita de lo normal, mientras el gran océano de la verdad se extiende ante mí sin ser descubierto».

El alma humana es compleja.

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La ilustración es uno de los folios manuscritos de la colección de la Universidad Hebrea de Jerusalén.

21 Sep 2009

Religión y psicoanálisis

Escrito por: arco el 21 Sep 2009 - URL Permanente

Para los que la fe religiosa no nos dice nada, para los que ni siquiera decimos aquello tan vacuo y tan manido, “hombre, algo tiene que haber”, la persistencia del fenómeno religioso en el tiempo, su capacidad para perdurar por encima de cualquier circunstancia, su universalidad, tiene algo de misterioso. Por supuesto que no basta para convertirlo en una prueba de la existencia divina, como hacen muchos creyentes, pero sí que es un problema que reclama solución y que, al menos, frena con frecuencia la dialéctica de ateos y agnósticos.

Durante el siglo XX han proliferado los Estados laicos al ritmo que crecía el número de las democracias; incluso desde 1917 ha existido un grupo, que se definían como estados ateos, en los que la práctica religiosa sólo era tolerada; en ellos la religión desapareció de las escuelas y se ejercieron acciones positivas para erradicarla de las mentes de los ciudadanos y de los hábitos sociales. Por otra parte el progreso de la ciencia ha ido dejando sin sentido las cosmogonías religiosas y los mitos sobre el origen del hombre y su singularidad en la naturaleza. Además las condiciones de la vida moderna han trastocado en muy poco tiempo una buena parte del aparato ético de casi todos los credos convirtiéndolo en anacrónico. Cabría esperar ante esta acumulación de obstáculos un drástico retroceso de las creencias religiosas; pero eso no ha ocurrido. En los países que se proclamaron ateos las iglesias han recuperado en un santiamén (nunca mejor dicho) su antigua pujanza, demostrando que dos generaciones de bombardeo racionalista servía para lo mismo que aquellas bombas con las que las gaditanas se hacían tirabuzones. El más sensato laicismo y el progreso y difusión de la ciencia apenas si han logrado una cierta templanza y leve retroceso de las creencias. El trastorno de las costumbres ha tenido mayor efecto, pero, sobre todo, en el terreno de la militancia en las iglesias, que han perdido prestigio y capacidad de liderazgo, pero nada más. De África, del Oriente Próximo y del Asia islamizada mejor no hablar: allí la religión, convertida en bandera antioccidental, está en auge. ¿Por qué la racionalidad tiene tan poco efecto sobre las conciencias?

De las explicaciones múltiples que se han dado del fenómeno religioso a lo largo de la historia existe una que, me parece a mí, pone el dedo en la llaga y de ella se puede extraer una argumentación que desmonta el misterio.

Freud utiliza el psicoanálisis para dar una explicación coherente de la experiencia religiosa: en Totem y tabú y en Moisés y la religión monoteísta, desgrana una argumentación lúcida y atrayente en la que reduce el sentimiento religioso a la condición de una neurosis colectiva: “los fenómenos religiosos sólo pueden ser concebidos de acuerdo con la pauta que nos ofrecen los ya conocidos síntomas neuróticos individuales; que son reproducciones de trascendentes, pero hace tiempo olvidados sucesos prehistóricos de la familia humana; que su carácter obsesivo obedece precisamente a ese origen; que, por consiguiente, actúan sobre los seres humanos gracias a la verdad histórica que contienen”. En una muy conocida y genial fórmula: la neurosis obsesiva debe ser considerada como una religión individual y la religión como una neurosis obsesiva universal resume con maestría la conclusión de esta argumentación en la que obviamente no puedo entrar, pero si os remito a las obras citadas que se pueden leer o descargar en WWW.librodot.com (228K y 624K respectivamente).

Si realmente se trata de una neurosis obsesiva de carácter universal o colectivo anclada en la experiencia histórica de la especie humana, tenemos la clave para comprender su universalidad y su resistencia a los progresos de la razón y de la ciencia y la explicación de que incluso algunos científicos estén subyugados por ella; de la misma manera, una neurosis obsesiva individual no se erradica con argumentos ni están exentos de padecerla las personas más inteligentes o con mayor formación, que seguirán revisando las puerta del coche tres veces consecutivas o caminando sin pisar las juntas de las losetas por muchos que sean sus conocimientos y su inteligencia.

12 Jun 2009

La risa

Escrito por: arco el 12 Jun 2009 - URL Permanente

A la izquierda una imagen del bebé orangután Naru sometido a una sesión de cosquillas por la doctora Marina Dávila Ross, que lleva diez años haciendo cosquillas a los monos (gorilas, orangutanes, bonobos y chimpancés) en un intento de verificar la hipótesis de que la risa no es exclusiva de nuestra especie. Los resultados han sido publicados recientemente en una revista especializada. Hemos sabido que nuestros parientes efectivamente se ríen y que también debieron hacerlo algunos antepasados comunes; es muy posible que las primeras carcajadas, o algo que se le parecía, se oyeron por primera vez hace unos diez millones de años, no está nada mal. Pero algunas diferencias son importantes: en los animales (me refiero a los monos) estudiados la risa es una respuesta automática a determinados estímulos, pero no la controlan; les resulta imposible producirla a voluntad o fingirla, como ocurre entre los humanos que, por eso, la hemos convertido en un instrumento social de enorme valor. Tanto que se ha hecho vulnerable a los avatares ideológicos, y por consiguiente también tiene historia.

Umberto Eco creó un escenario en El Nombre de la Rosa, donde el intento de ocultar unos manuscritos del II libro de la Poética de Aristóteles, que se daban por desaparecidos y en los que se trataba a la risa como instrumento liberador, genera toda la cadena de misteriosos crímenes que resuelve el franciscano Guillermo. El oscurantismo monacal del Medievo veía en la risa un instrumento demoniaco. En efecto, en el cristianismo no hay lugar para la risa: el núcleo fundamental del misterio cristiano es el sacrificio brutal de un inocente para expiar las culpas de la humanidad, pecadora en su totalidad; todo se articula en torno a una tragedia inhumana. En consecuencia los personajes celestiales, los santos, no ríen; quizá algunas vírgenes en el gótico y en el barroco esbocen una leve sonrisa. Es todo. El único que ríe, a carcajadas, es el diablo. Eco, que no da puntada sin hilo, hace que sea un franciscano el que resuelve el misterio, porque, precisamente el movimiento franciscano introdujo, con escándalo en su época, el concepto de alegría y disfrute de la vida en el mensaje de la Iglesia, que aún no ha sabido integrarlo adecuadamente.

Tengo entendido que en algunos cultos orientales se incluye la risa en los rituales sagrados, al parecer con la misma finalidad que la meditación trascendental, meros ejercicios de relajación y control espiritual. Curiosamente esta concepción instrumental y casi terapéutica de la risa enlaza con la modernidad, en la que la dictadura de la medicina ha capturado también a la risa, incluyéndola en los tratamientos psicológicos que buscan la salud y el equilibrio mentales o que coadyuvan en otros procesos.

En cualquier caso investigar sobre la risa es cosa seria y me congratulo por ello.



27 May 2009

La enfermedad globalizada

Escrito por: arco el 27 May 2009 - URL Permanente

La globalización universaliza lo bueno y lo malo. Hoy las epidemias se convierten rápidamente en pandemias por efecto del contacto entre poblaciones de todos los rincones del mundo, después de la revolución de los transportes. El SIDA, la gripe aviar, la gripe porcina son ejemplos elocuentes, pero no siempre fue así ni muchísimo menos.

La enfermedad es consecuencia del parasitismo que algunas especies ejercen sobre otras. Los agentes responsables son microorganismos, virus o bacterias, que forman parte de los nichos ecológicos en los que se hallan en equilibrio con las especies que parasitan; el cambio de cualquier factor puede desencadenar el progreso espectacular de uno de esos agentes o el salto a otro nicho donde producirá una catástrofe hasta su acomodación definitiva. La especie humana, distribuida por el mundo desde hace milenios, se organizó en grupos, civilizaciones, aislados a veces por barreras geográficas que eran otros tantos obstáculos para la propagación de las enfermedades. Los contactos comerciales o de cualquier índole entre culturas han sido con frecuencia vías de penetración de las infecciones. Atentos a los acontecimientos políticos, los historiadores han descuidado siempre, salvo casos puntuales, el papel que éstas jugaron.

Sabemos que todo el primer milenio después de Cristo fue un periodo de detenimiento del crecimiento demográfico e incluso de descenso en todo el inmenso espacio eurasiático. Estudios recientes parecen indicar la aparición y repetición de sucesivas epidemias de viruela, sarampión y rubeola en la Roma de los primeros siglos del milenio, enfermedades desconocidas hasta entonces y para las que las poblaciones estaban indefensas porque carecían de los anticuerpos, biológicos y culturales, necesarios para neutralizarlas; en la época de Justiniano (S.VI) apareció la primera epidemia de peste bubónica en Bizancio, que resultó catastrófica. En el otro extremo, en China, se perciben fenómenos similares. El impacto demográfico fue inmenso, de modo que en el año 1000 había menos población en Europa y en China que en los primeros tiempos del Imperio romano (S.I). ¿El desorden y los trastornos producidos por la caída del Imperio Romano (fin de la Antigüedad) y de la dinastía Han en China produjeron estos males, o estos males contribuyeron decisivamente a desmoronar estructuras tan bien construidas? Hay más, en las zonas de contacto, el Oriente Medio, el Asia occidental y norte de la India, las enfermedades tuvieron menor morbilidad, seguramente porque al ser zonas de paso sus poblaciones estaban más inmunizadas. Pero entonces podemos hacer otra pregunta: ¿no se deberá a eso el nacimiento y expansión del Imperio persa Sasánida, el imperio Gupta de la India y, por supuesto, del Islam?.

Es sólo un ejemplo, pero podemos continuar hasta el infinito. En la conquista y colonización de América, los españoles, además de la lengua, el cristianismo y la civilización occidental, aportaron, entre otros, el virus de la viruela, que causó muchísimas más víctimas que la avaricia de los colonizadores, diezmó a la población indígena.

"[la viruela] desempeñó en la expansión del imperialismo blanco un papel tan importante como la polvora (...) porque los indígenas volvieron los mosquetes y luego los fusiles contra los invasores, pero pocas veces ha combatido la viruela en el bando de los indígenas" (Alfred Crosby)

Sin ese fenómeno quizá no hubiera existido población negra en el continente porque el tráfico de esclavos hubiera tenido menos sentido. En contrapartida, se dice, que los europeos contrajeron allí la sífilis, a la que en España se llamó el mal de La Española (primer nombre de la isla de Sto. Domingo y primer asentamiento español). Tampoco hay que hacer mucho caso a esto porque en Europa, sobre todo en Inglaterra, pronto se la conoció como mal francés, cargando el muerto a nuestros vecinos; en Francia, en cambio fue la enfermedad italiana, en Japón la enfermedad portuguesa, en Portugal mal castellano, para los rusos era el mal polaco y para estos el mal alemán, cerrando el círculo los turcos hablaban de mal cristiano o mal español. Definitivamente con la sífilis no vamos a hacer carrera en la investigación sobre el origen de las enfermedades.

Todavía hoy la enfermedad produce mucha zozobra, pero también muchos interrogantes, quizá en ella estén las claves de numerosos e importantes acontecimientos históricos que hasta hoy, con un punto de vista demasiado simplista, hemos achacado a causas políticas o, en el mejor de los casos, económicas.

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En la ilustración indígenas mexicanos afectados de viruela. Nueva España S.XVI.

22 May 2009

Un equilibrio frágil

Escrito por: arco el 22 May 2009 - URL Permanente

Vivimos en un planeta al que una portentosa serie de casualidades ha convertido en un solar apto para la vida e incluso para que nuestra especie se sienta cómoda, pero esa situación es inestable y parece frágil. En el sistema solar sólo una estrecha franja, en la que se halla la Tierra (ecósfera) reúne condiciones. Permanecer en esa zona es una condición primaria, pero no la única: hace tiempo que sabemos que el clima ha oscilado en la tierra de tal modo que se ha situado en varias ocasiones al límite de lo tolerable para la vida de modo que se han producido varias extinciones masivas de especies, en algún caso hasta del 95% ( en el Pérmico, cuando se formó un solo continente, Pangea, mucho antes de extinguirse los dinosaurios en el Cretácico quizá por el efecto invernadero que produjo la caída de un meteorito); las oscilaciones térmicas se han hecho más frecuentes en los últimos tiempos (último millón de años), produciendo una alternancia de períodos fríos (c.10ºC) y cálidos (c.15ºC). A la especie humana le ha tocado vivir este tiempo precisamente, entre periodos glaciares e interglaciares; los últimos 10.000 años, los de la civilización, se corresponden con un periodo cálido interglaciar. Dentro de la tendencia general del planeta al enfriamiento desde hace cientos de millones de años, el fin próximo de la interglaciación que vivimos anuncia un nuevo enfriamiento y, sin embargo estamos preocupados por el calentamiento global.

Las causas de tanta inconstancia en el mantenimiento de las temperaturas parecen estar en algunas irregularidades en la inclinación del eje y en la órbita terrestre, razones astronómicas. Pero además la geología es fundamental en el clima: la distribución de los continentes y que la circulación de las aguas oceánicas tengan abierto o no el acceso a los polos determina altas o bajas temperaturas respectivamente; ya hemos visto lo ocurrido cuando todas las tierras se reunieron en un continente en el Pérmico. Sin embargo el tiempo geológico y el nuestro tienen ritmos muy dispares, por eso no podemos verlo como una amenaza.

La biota (conjunto de la flora y fauna) también es capaz de alterar las condiciones químicas y climáticas. Sabemos que el abundante oxígeno que contiene nuestra atmósfera es un producto de desecho de determinadas bacterias que lo produjeron en cantidades ingentes, pero gracias a ellas estamos aquí contando o leyendo esto. Muchas algas producen dimetilsulfuro, un gas que al reaccionar con el oxígeno permite que se condense vapor de agua haciendo el efecto de sembrador de nubes, las cuales al hacerse abundantes impiden que llegue la radiación solar al suelo, produciendo un enfriamiento y, a su vez, una reducción de las algas; pero al disminuir éstas, disminuirán también las nubes y subirán las temperaturas permitiendo que empiece un nuevo ciclo. En este caso, el bucle tiene la virtud de funcionar como un termostato que mantiene las temperaturas constantes. Este fenómeno lo utilizó Lovelock para explicar su teoría llamada Hipótesis Gaia (Gea en castellano), que pretende que los organismos vivos, sin saberlo, crean las condiciones necesarias para su permanencia neutralizando las alteraciones climáticas o químicas que les serían desfavorables.

Hay una especie, la nuestra, que ha proliferado tanto y tiene tal capacidad de adaptación que ha invadido casi todos los nichos del planeta, con la excepción de la Antártida, algunos desiertos, los restos de selvas ecuatoriales que subsisten y la alta montaña; las zonas templadas las ocupa con densidades altísimas; ha modificado de tal forma el medio que salvo en las zonas indicadas ha creado por todas partes un nuevo paisaje; ha manipulado la flora y la fauna seleccionando y modificando las especies que le son útiles y eliminando las que le estorban convirtiéndose en el principal destructor de la biodiversidad; aprendió a utilizar la energía de otras especies y recientemente a obtenerla de los recursos fósiles almacenados durante miles de millones de años de la historia terrestre, liberando a la atmosfera cantidades inmensas de CO2. La modificación del paisaje, la proliferación de los desechos y la alteración de la composición de la atmósfera son herramientas tan poderosas que están generando un cambio climático hacia un calentamiento de consecuencias imprevisibles.

La desaparición de algunas culturas o civilizaciones se produjo por una catástrofe ecológica, inducida o no por su propio desarrollo ¿Nos espera el mismo futuro pero a escala global, como orresponde a la nuestra? Desde luego el impacto de la humanidad sobre la biosfera carece de precedentes.

30 Abr 2009

Una cuestión ideológica

Escrito por: arco el 30 Abr 2009 - URL Permanente

Decir que la postura ante la ley despenalizadora del aborto es una cuestión ideológica es una perogrullada, y sin embargo, nada más necesario en este momento en que de nuevo renace la polémica ante la decisión del gobierno de hacer, por fin, la ley que debieron redactar en el primer momento. Pero no hablaré de la ley, sino de cómo y por qué las posturas son irreconciliables, y el debate, ya tan recurrente y manoseado, ocioso. No hay nadie a quien convencer, nadie se va a convertir, ni en una dirección ni en otra; por eso la discusión carece de sentido, a no ser que unos y otros lo que pretendan de verdad sea encontrar argumentos sólidos que justifiquen su postura ante sí mismos, que no es poco.

Una buena parte de los antiabortistas han adoptado el activismo, lo que no es entendido desde la otra parte que considera que bastaría con que no se acogieran a la ley y no abortaran, si es que no lo aceptan. La cosa no es tan simple, puesto que si se considera al aborto un crimen, la postura correcta sería la de tratar de impedirlo, cualesquiera que fueran sus protagonistas y las circunstancias. La cuestión está en determinar en qué momento de la gestación podemos situar el comienzo de la vida. ¿Podrá aclararlo la ciencia? Pues ocurre que, cuando los científicos se manifiestan, sus posturas son un calco de lo que ocurre en el resto de la sociedad y la unanimidad es inexistente.

Scott F. Gilbert, biólogo autor de Developmental biology, aporta las claves para entender la falta de consenso: depende de los aspectos de la vida que se consideren más importantes, y ahí la ideología es determinante. Si consideramos que lo más importante son los genes, la vida comenzará con la fecundación, momento en que se forma el material genético del futuro individuo; si damos mayor importancia a la capacidad de pensar y de sentir emociones situaremos el comienzo cuando el desarrollo del cerebro haya adquirido la capacidad de desplegar esas funciones, cuando un encefalograma muestre actividad cerebral, en torno a la semana 27 –en el polo opuesto, la falta de actividad cerebral es la señal que nos permite afirmar la muerte–. Gilbert muestra una tipología de hasta siete posiciones diferentes desde la primera que considera vivos a los espermatozoides y los óvulos como cualquier organismo, hasta la séptima que considera que la vida comienza cuando se alcanza la autonomía en el sistema respiratorio, circulatorio y alimentario, es decir en el momento del nacimiento cuando se corta el cordón umbilical. Son posiciones intermedias las expuestas en primer lugar y algunas otras. Todos ellos son puntos de vista igualmente científicos y optar por uno o por otro es sólo cuestión de preferencias que, en todo caso, estarán marcadas por la ideología.

En este, como en tantos casos, la solución no puede venir más que por el escrupuloso respeto a la mayoría democrática; la ciencia aporta datos pero no la solución al problema. Dar a conocer la opinión que expresen en un momento dado algún colectivo de científicos, sea en el sentido que sea, y presentarlo como la opinión de la ciencia, como ha ocurrido recientemente, no pasa de ser un engaño.

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El enlace conduce a una página en inglés donde se puede leer el texto integro de la obra de Scott Gilbert.

27 Abr 2009

La confusión de los transgénicos

Escrito por: arco el 27 Abr 2009 - URL Permanente

En los años 80 se consiguió la producción y comercialización de insulina humana a base de aislar y cortar el gen responsable, que se insertó en la bacteria Eschericia coli, cultivándola después para obtener muchas de ellas y extraerles la insulina producida. El avance consistió en que ya no es necesario utilizar la de las vacas y cerdos, evitando los problemas de incompatibilidad que acarreaba y, lo que no es menor ventaja, se ha producido un abaratamiento drástico del producto. Nadie en su sano juicio rechazaría hoy este avance vital para millones de diabéticos, y, sin embargo, es un producto transgénico, logrado mediante la manipulación que permite la ingeniería genética, de forma idéntica a como se opera en los cultivos modificados.

Los transgénicos están presentes en otras ramas de la medicina: vacuna de la hepatitis B, hormona del crecimiento, eritoproyetina, anticuerpos monoclonales, anticoagulantes, factores de la coagulación, etc.; por no hablar de los ratones y ratas de laboratorio transgénicos para lograr una mayor semejanza con los humanos, en la lucha contra muchas enfermedades, como el cáncer[i]. No sé de nadie que esté en contra de estos procesos y logros extraordinarios por muy transgénicos que sean los productos y las cobayas.

Hace unos 10.000 años aprendió el hombre a controlar el ciclo vital de plantas y animales, es decir inventó o descubrió la agricultura y la ganadería. Desde entonces la casi totalidad de las tierras habitables han sido drásticamente modificadas, miles y miles de especies de plantas y animales han desaparecido y otras han sido modificadas hasta resultar irreconocibles. Todo ello por la mano del hombre, sin siquiera conocer los mecanismos que ponía en marcha con su acción, sólo por la necesidad de asegurarse la subsistencia. Desde los años 80 sabemos hacer lo mismo que hemos hecho a lo largo de siglos, pero con conocimiento de causa, en una sola acción y con mucha mayor eficacia y alcance, mediante las técnicas de ingeniería genética. Significa incrementar la productividad y la eficiencia de modo hasta ahora impensable. Es cierto que puede afectar a la biodiversidad, como lo hizo la agricultura y la ganadería desde siempre, pero no parece tener fundamento el temor a la ingestión de organismos modificados, que ni en la teoría ni en la práctica tiene justificación. No se ha documentado ni un solo caso de trastornos, malformación o enfermedad por causa de transgénicos, sin embargo conocemos de sobra la masacre del hambre y lo pernicioso de los pesticidas, terrenos ambos en los que aquellos pueden ayudar sustancialmente.

¿Por qué entonces el temor y la animadversión desatada contra los transgénicos? ¿Por qué las campañas y movilizaciones? ¿Por qué las prohibiciones de algunos Estados?

En primer lugar, existe hoy una desconfianza profunda hacia la ciencia, producto, sin duda, de la ignorancia: recientemente se ha hecho pública una encuesta que muestra que sólo el 53.4% de los españoles cree que la ciencia trae más beneficios que perjuicios. Los movimientos conservacionistas, que realizan una tarea insustituible, no están exentos de sectarismo, demagogia y fundamentalismo y, hoy, sustituyen a la antigua izquierda, desprestigiada y desmovilizada, en la lucha contra el sistema, movilizando a las masas, pero mezclando argumentos de la izquierda tradicional con el conservacionismo, que les es propio, creando una confusión, según parece, buscada. Las ONGs conservacionistas tienen en el espacio público y en la movilización la garantía de su subsistencia, pero los científicos sólo hablan a través de las revistas especializadas, fuera del alcance del gran público, siempre serán aquellas las que obtengan el favor popular. Para colmo, muchos gobiernos están hoy fuertemente marcados por la ola de populismo y parecen gobernar a golpe de encuesta, aceptando cualquier sugerencia que haya alcanzado suficiente popularidad, lo que, dicho sea de paso, no es más democracia sino más demagogia.

Entre la ignorancia y la confusión de objetivos nos encontramos rechazando a los transgénicos cuando en realidad lo que queremos es impedir el poder de las transnacionales gigantes (Monsanto). Pero la lucha pura y cruda contra el capitalismo (multinacionales explotadoras con fines sólo economicistas) y sus instrumentos jurídicos (derechos de propiedad) no moviliza, es mejor añadirle un toque de conservacionismo, que está de moda y queda muy bien. Sin embargo, utilizar la ignorancia y generar confusión no es revolucionario, más bien todo lo contrario. También hay ingenuidad: en los comienzos de la revolución industrial los obreros confundieron la querencia explotadora del capitalismo con los efectos de las nuevas tecnologías y emprendieron una lucha feroz contra las máquinas (ludismo)

¿No estamos en una reedición del mismo problema, ampliado por la omnipresencia de los medios?




[i] La información sobre este párrafo, y alguna otra la obtuve de Transgénicos que salvan vidas de Esther Samper.


22 Abr 2009

La misión Kepler

Escrito por: arco el 22 Abr 2009 - URL Permanente

Estas sí que son buenas vistas: nuestra galaxia observada desde afuera, una perspectiva alienígena. Alguien ha tenido el acierto de señalar en ella la posición del Sol, en el brazo estelar de la galaxia denominado Espuela de Orión (Orión Spur) y entre los brazos de Sagitario y de Perseo –la Vía Láctea, como cualquier espiral galáctica que se precie, dispone de varios brazos que convergen en el centro y se difuminan, alejándose entre sí, en el exterior–. Al NO de nuestra posición una zona de 1000 años luz, región próxima a las constelaciones de El Cisne y de La Lira, otro de los suburbios de la galaxia, que será persistentemente observada por el satélite Kepler, último artefacto lanzado por la Nasa, con un encarguito especialmente interesante.

La actualidad consiste en que hace sólo unos días nos mandó las primeras fotos del tour, antes de quedar quieto en su órbita solar (es un satélite solar) mirando fijamente sin pestañear a su zona de observación durante tres años y medio. La foto enviada contiene, según las crónicas, 14 millones de estrellas ¡Una friolera!

Ha salido de la órbita de la Tierra para evitar la contaminación lumínica que produce el reflejo del planeta y las molestias de su campo gravitatorio y observará esa zona porque queda por encima del plano de la eclíptica y evita así interferencias solares. La misión consiste en detectar planetas en órbita de otras estrellas, para lo que observará no menos de 100.000 de más de un millón que hay en los andurriales. ¿Cómo lo hará? Aunque no pestañeará ni una sola vez en todo el tiempo de observación, espera descubrirlos por los guiños que le prodiguen las estrellas que los tengan orbitando en su entorno. Medirá su luminosidad y como cada vez que pase un cuerpo celeste, un planeta, por delante en su viaje de circunvalación su intensidad disminuirá mínimamente, Kepler (el satélite) se dará cuenta, aunque la diferencia sea sólo del 0’002%. Si consigue fijar el ritmo con que eso se produce, es decir, el tiempo que dura una traslación, también, por las leyes que descubriera Kepler (Johannes), se podrá determinar la distancia a su estrella, cuestión vital para saber si existe alguna posibilidad de que haya vida: como es sabido eso ocurrirá sólo en una estrecha franja en la que por la distancia a la estrella se pueda mantener el agua en estado líquido de forma estable; esa es precisamente la zona que ocupa la órbita terrestre en el sistema solar. Los astrónomos denominan ecósfera o zona de habitabilidad a esa franja esférica, que se sitúa más o menos lejos de la estrella en función de su temperatura y tamaño. El análisis estadístico de los hallazgos positivos nos indicará si las condiciones de las que disfruta nuestro planeta son excepcionales o relativamente comunes y si la esperanza de hallar vida en otras latitudes siderales está fundamentada.

La distancia entre la placa enviada en la sonda espacial Pioner 10 en 1973, ideada por el añorado Carl Sagan, y el actual intento, no es sólo de tiempo: hemos pasado del romanticismo de la botella lanzada al mar a la exploración sistemática y serena, como es propio de la ciencia.

2009 ha sido designado año mundial de la astronomía, uno de los sectores de la ciencia que más está haciendo cambiar nuestra idea del Mundo, y que avanza a mayor velocidad, a pesar de que es la rama del conocimiento más antigua: el hombre primitivo ante la gran incógnita de la vida levantó primero la vista hacia el cielo (el astronómico, naturalmente). Hoy seguimos haciéndolo porque ahí parecen estar todavía las auténticas claves del pasado y del futuro.

23 Feb 2009

El experimento de la oración

Escrito por: arco el 23 Feb 2009 - URL Permanente

La oración es un ritual que comparten todas las religiones con variantes escasas de unas a otras. Con ella los fieles pretenden relacionarse con la divinidad y obtener así gracia y favor. Ante la adversidad, para prevenir la desgracia, para agradecer los bienes que se suponen recibidos por la benevolencia de Dios, el recurso a la oración es universal. Sin embargo, pocas veces se ha ocupado nadie de comprobar o medir su eficacia con un método científico; un intento así parece a los creyentes casi blasfemo, pero algunos hubo.

Sir Francis Galton era primo de Darwin y científico de múltiples intereses intelectuales: empezó trabajando en la meteorología a la que aportó, entre otras cosas, el término anticiclón; se interesó por la psicología, terreno en el que se le considera el padre de la psicología diferencial; investigó sobre la inteligencia y su medición y dedicó mucho esfuerzo a la antropometría sugiriendo el análisis de las huellas digitales para la identificación personal; su obsesión por la medida le llevó al estudio de la estadística terreno en el que también aportó innovaciones. Su curiosidad universal le indujo a plantearse si la oración era realmente eficaz: realizó un estudio estadístico que mostraba que los sacerdotes no vivían más ni más sanos que los médicos o abogados, lo que le planteó las primeras dudas; también aplicó los recursos estadísticos para ver si la familia real, que recibía el beneficio de multitud de plegarias cotidianas en todas las iglesias del reino, era más longeva o sana que el resto de los ingleses, pero el resultado fue negativo; incluso comprobó personalmente que las plantas cultivadas en parcelas para las que oró abundantemente no crecían mejor que las de parcelas a las que no dedicó oración alguna. Además de curiosidad y espíritu científico Galton tenía sentido del humor.

Existe en EE.UU. una entidad, Templeton Foundation, que dedica mucho esfuerzo y recursos a compaginar ciencia y religión –su fundador J. Templeton, que hizo una inmensa fortuna con la especulación bursátil y el uso de paraísos fiscales, despreciaba la interpretación literal de la Biblia–. Recientemente la fundación dedicó 2,4 millones de dólares en un experimento que pretendía comprobar, de una vez por todas, el valor de la oración. Se encargó la experiencia al Dr. H. Benson, eminente cardiólogo de Boston que utilizó una muestra de 1802 enfermos cardiológicos, utilizando un procedimiento de doble ciego –ni los médicos encargados de los pacientes ni estos conocían la realización del experimento–; se les dividió en tres grupos: a) por los que no se rezaba ni ellos lo sabían, b) enfermos por los que se rezaba pero ellos no lo conocían y c) por los que se rezaba y sabían que se estaba rezando por ellos. Se contactó con diversas congregaciones e iglesias que se encargarían de las plegarias, proporcionándoles el nombre de pila y la inicial del apellido de cada uno de los sujetos del experimento e incluso una frase estándar que se debía utilizar en la oración. El resultado obtenido –publicado en el número de abril de 2006 de la revista científica American Heart Journal– resultó sorprendente: los enfermos de los grupos a) y b) no mostraron alteración alguna sobre la normalidad; pero los enfermos del grupo c), por los que se rezó y ellos lo sabían, experimentaron un empeoramiento perfectamente detectable. Tan insólito desenlace se interpretó como consecuencia del aumento de la ansiedad que provocaba el saber que había mucha gente rezando por ellos, lo que muchos debieron interpretar como señal inequívoca de la gravedad de su dolencia.

Ni que decir tiene que el experimento fue fuertemente criticado por diversas razones, entre ellas que a las acciones de Dios no se las puede someter a prueba. Que cada cual se quede con lo que le parezca, a mí me divirtió conocer ambas experiencias.

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Ilustración: S. BOTICELLI: La oración en el huerto. 1498. Temple sobre tabla. Museo de la Capilla Real de Granada.

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Tutti frutti

Como presiento que no sabré centrarme en un tema y la mezcolanza de argumentos será la tónica de este blog, he buscado para él el nombre que me pareció más adecuado a esa circunstancia.
He pasado mi vida enseñando historia en algunos institutos y, ahora, ya casi me he convertido en historia yo mismo. Tratando de evitarlo he pensado hacerme notar publicando aquí cuanto se me ocurra, con la esperanza de que le interese a alguien.
Mi nombre es Arcadio y por hacerlo más breve y asequible lo he dejado en Arco, con ese alias firmo mis entradas.

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