08 Oct 2008

El papel

Escrito por: arco el 08 Oct 2008 - URL Permanente

En el proceso histórico en el que nacen y desaparecen civilizaciones y culturas, pensamos que el azar o quizás fuerzas que nos cuesta identificar, impulsan o frenan a unas sobre otras, generando una secuencia que, en apariencia, no parece tener otro motor que la fuerza física o espiritual de sus actores o protagonistas. En los años más oscuros del periodo de la historia que hemos llamado Edad Media –despojándola injustamente de otra personalidad que no sea la de servir de nexo o frontera entre el mundo clásico y el Renacimiento­– floreció y alcanzo un esplendor inusitado la cultura árabe. Su éxito fue tan espectacular que en poco tiempo cubrió un espacio que iba del Indo o el Xin Jian, en el Este, al Atlántico africano o los Pirineos, en el Oeste. Una hazaña explicada tradicionalmente por la fuerza imparable del pueblo árabe convertido, de pastor y caravanero, en ejército incontenible de la nueva fe; pero, descontando ingenuidades, la explicación es a un tiempo más compleja, por la multiplicidad de factores, y más sencilla, porque son menos grandilocuentes y heroicos. Me referiré a uno de ellos tan sólo, en apariencia modestísimo, si nos atenemos a lo que la historiografía al uso nos tiene acostumbrados, pero, de hecho, decisivo: me refiero al invento y la difusión de las técnicas de fabricación del papel.

En la antigüedad el papiro –entramado y prensado de tiras de las hojas de esta planta– y después el pergamino –preparado de pieles finas– habían sido los soportes de la escritura durante siglos en la cuenca mediterránea. El primero frágil y escaso, el segundo excesivamente caro. En el siglo octavo el Islam había entrado en contacto con la civilización china en la ruta de la seda. Antes de que acabara el siglo, en Samarcanda, se fabricaba papel usando técnicas desarrolladas siglos antes en China –T’sai-Lun en el 105 a. de C. inventó un procedimiento que consistía en macerar y prensar una mezcla de cortezas vegetales y trapos–. En el transcurso de un siglo tenemos constancia de que había talleres en Bagdad, Egipto y Córdoba. La lengua árabe, el Corán y la civilización que sustentaron habían encontrado un instrumento de difusión de increíble eficacia. Ni los 400.000 volúmenes que se dice que tenía la biblioteca de Al-Hakan en Córdoba, ni la inigualable brillantez de la cultura, ni la vastísima y fulminante difusión del islam pueden explicarse sin el papel, vehiculo de impensable capacidad para su propagación, casi universal[*].

Una vez más una innovación tecnológica, en apariencia modesta, revolucionó la historia. El mundo cristiano se benefició en la medida de su proximidad al Islam: en España se escribe ya sobre papel un misal mozárabe del Monasterio de Silos, sin duda antes de 1036, fecha en que el rito mozárabe fue sustituido por el gregoriano; en Inglaterra, en cambio, no aparece hasta el s.XIV. Se había superado el cuello de botella que estaba entonces en la dificultad y la escasez de un soporte adecuado para la escritura; a partir de ahora éste abundaba y el freno se trasladó a la lentitud con que podían hacerse las copias, ya que no existía otro procedimiento que el de escribirlas a mano. No se superaría este nuevo reto hasta la invención de la imprenta.

Precisamente la imprenta fue el otro gran salto en la democratización de la cultura y el saber, pero ya los musulmanes no se beneficiaron de ella –llegó a Egipto tres siglos después de que los occidentales la redescubrieran, y por iniciativa de éstos–. Era el tiempo de occidente y la imprenta hizo con ellos lo que el papel con los musulmanes.




[*] J. von KARABACEK: Papel árabe. Ed Trea. Gijón, 2006


07 Oct 2008

Los míos y los otros.

Escrito por: arco el 07 Oct 2008 - URL Permanente

¿Cuántos factores determinan o condicionan de algún modo nuestra conducta, nuestro pensamiento, nuestras decisiones? ¿Hasta qué punto somos libres a la hora de decidir, sin que agentes biológicos, genéticos o psicológicos nos priven del protagonismo que como individuos autónomos creemos tener? Éstas son preguntas antiguas, pero la cuestión está ahora más viva que nunca a causa del auge que han alcanzado las ciencias biológicas y la psicología en los últimos tiempos. El debate se produce hoy en el seno de la investigación científica positiva y ha abandonado el terreno de la simple especulación, lo que no garantiza, al menos no lo ha hecho aún, la solución del problema.

Cuando alguien se alarma por el creciente número de inmigrantes que amenazan con restar puestos de trabajo a los compatriotas, saturar los servicios sanitarios o poner en peligro la propia idiosincrasia al introducir hábitos, creencias y comportamientos ajenos; cuándo adornamos a nuestra comunidad nacional de las mejores virtudes e intenciones y las oponemos a la maldad o la actuación interesada de las vecinas ¿estamos expresando hechos verificables o quizás temores infundados nacidos en oscuros vericuetos de nuestra mente, sin ninguna relación con la realidad objetiva?. A otra escala: nuestro equipo siempre es maltratado por los árbitros y la mala suerte; en nuestra familia sólo hay buena gente; las creencias de los demás son absurdas; los jóvenes son unos irresponsables sin fundamento; los viejos son unos pelmazos y unos aprovechados…

En la historia de nuestra especie la capacidad de cooperar ha sido un instrumento decisivo para la supervivencia, ya que, como individuos, no contamos con demasiados recursos o armas naturales con las que hacer frente a los peligros externos. Tal capacidad ha creado a su vez los resortes adecuados para que sintamos la necesidad de formar parte de un grupo. Nuestra condición de seres sociales pasa por la de estar incluidos en unidades operativas, grupos donde sentirnos seguros y en cuyo seno desarrollamos sentimientos de solidaridad interna y de defensa o rechazo de los demás. Interesantes experimentos desarrollados en los años 70 y 80 por Tajfel y otros investigadores demuestran que para que se dé solidaridad en el interior del grupo y rechazo frente a otros no es necesario que haya comunidad o conflicto de intereses, si no sólo la clasificación en grupos. Entre dos agrupaciones diferenciadas únicamente por el hecho de que los individuos de la primera preferían la pintura de P. Klee sobre la de V. Kandinsky y los de la segunda al revés –sin que hubiera nada más en común entre ellos, ni siquiera se conocieran– se obligó a cada componente a adjudicar dinero a los demás individuos, según unas opciones concretas; el resultado fue que mayoritariamente elegían la opción que marcaba una mayor diferencia entre lo que recibían los de su grupo y lo que percibían los del otro, despreciando las soluciones igualitarias, las que beneficiaban al grupo contrario e incluso la que más beneficiaba al suyo propio pero no lo separaba tanto del otro. El experimento se ha repetido después con grupos formados por el expeditivo procedimiento de echar una moneda al aire, los resultados fueron similares.

Basta con que nos sintamos inmersos en un grupo, por heterogéneo que sea y poco fundamentado que esté, para que comiencen a surgir sentimientos de identificación y solidaridad entre sus miembros y de rechazo frente a los que han quedado adscritos a otro. Después vendrán los argumentos, más o menos complejos y refinados, que justifiquen nuestras posiciones, alegando intereses irrenunciables, derechos de todo tipo, lazos históricos, etc.; también nacerá un ritual –fiestas, costumbres, ceremonias– que sacralice la unión entre los componentes y marque fronteras culturales, y otros recursos que no harán sino enmascarar la atávica necesidad de sentirnos arropados en el grupo.

La cuestión es que creemos actuar como individuos con plena autonomía social e intelectual, cuando casi siempre lo hacemos con poco más criterio que la oveja en el rebaño.

_______________________________

La imagen es de Cyron (flyckr)

13 Sep 2008

¡No me fío de los físicos!

Escrito por: arco el 13 Sep 2008 - URL Permanente

La primera entrada que escribí para este blog, hará muy pronto un año, la titulé “Física y química”, en ella mostraba mis simpatías por la última; la física siempre me pareció dura y arriscada. Hoy tengo que volver a confirmarme en lo dicho entonces, después de las dos noticias que en días sucesivos nos ha proporcionado la actualidad. Ayer todos los medios se hacían eco de la puesta en marcha del famoso acelerador de partículas LHC en Suiza, con el que se espera hallar una partícula con el horrendo nombre de bosón de Higgs; hoy se nos anuncia que científicos de Harvard han “fabricado” una casi célula y anuncian más para el próximo futuro, casi, casi creando la vida.

Mi ignorancia en estos temas es abisal pero según he entendido se trata de lanzar dos haces de partículas en sentido contrario para que colisionen; con ello esperan los físicos recrear la situación justo en el instante del Big Bang. De momento han lanzado partículas en un sentido y luego en otro: probando, probando. Afortunadamente van a dejar lo de la colisión para dentro de un mes; afortunadamente porque me entero que otros científicos, al parecer minoritarios, los pobres, afirman que podría formarse un agujero negro que se tragara la Tierra, o algo así. Para tranquilizar, la otra parte –los optimistas– nos dice que si acaso se formarían mini agujeros negros. ¿Cómo de minis? digo yo, porque no es lo mismo que se traguen un par de vacas, que el Mont Blanc, o hagan de las suyas sólo dentro del dichoso acelerador ¡Nunca me fié de la física! Todo parece muy serio y como muy previsto, pero a la hora de la verdad…

Los suizos no se cómo se lo han tomado, pero de momento ni se les oye protestar. La verdad es que están acostumbrados a sacar provecho de otros agujeros y quizás piensen que si se sume el Mont Blanc en las profundidades siempre podrían cambiar el alpinismo por la espeleología. A mí desde luego me han dado el mes, preferiría que no me tocaran las partículas.

En las antípodas están los bioquímicos de Harvard que han creado en laboratorio lo que llaman una protocélula y anuncian la creación de otra con ADN y todo, fabricando cada uno de los genes, para que luego pueda replicarse solita. Parece como muy artesanal, pero también lo fue la creación del hombre con aquel puñado de polvo, y mira... Esto es constructivo y se le ve buena intención, lo otro es malsana curiosidad y ganas de ponernos a todos en un brete. ¡No me fío de los físicos!

11 Sep 2008

La ciencia, eterna aguafiestas.

Escrito por: arco el 11 Sep 2008 - URL Permanente

Vaya lío con los huesos del Príncipe de Viana, D. Carlos, el hijo de Juan II de Aragón y Blanca de Navarra, que vivió allá por el S.XV y fue el primero que ostentó ese título –el último, como todo el mundo sabe, es el príncipe D. Felipe, cuyos huesos parecen estar en orden, a Dios gracias. Es el caso que los científicos encargados de determinar si los restos que se conservaban y se tenían por tales, eran o no los suyos, han dictaminado que pertenecen a tres personas distintas una de las cuales es una mujer y ninguno de los otros dos es él.

Para el común de los mortales con la muerte se termina la historia; pero para estos personajes no es igual, a veces la historia de su muerte es tan compleja o más que la de su vida –ahí está el Cid, que, según cuentan, ganó una batalla después de muerto.

D. Carlos, el príncipe, que había combatido contra su padre –o su padre contra él– por el trono de Navarra y que fue apartado de la sucesión a la Corona de Aragón a favor de su hermanastro, más joven, Fernando, al que más tarde llamaríamos el Católico, fue enterrado en el monasterio de Poblet, después de morir en circunstancias sospechosas –su madrastra, Juana Enríquez, fue acusada por algunos de haberle envenenado. Allí gozó de la paz que merecen los difuntos hasta que en 1834 un ministro liberal, Mendizábal, buscando cómo sacar al tesoro público del marasmo en que se encontraba y, de paso, avanzar en la construcción de una sociedad más racional, expropió los bienes de la Iglesia y disolvió algunas órdenes religiosas. El Monasterio quedó abandonado y los lugareños no perdieron el tiempo para saquearlo, incluyendo las numerosas tumbas de nobles y miembros de la casa real de Aragón, en busca de tesoros. Los reales huesos del Príncipe y otros muchos quedaron esparcidos y mezclados por las dependencias vacías del monasterio, hasta que un par de años después un sacerdote piadoso y respetuoso los reunió a todos en su iglesia.

A principios del XX el nacionalismo catalán había convertido al Príncipe de Viana en un icono de su causa –no en balde su malvada madrastra y posible asesina era castellana y Fernando, que le usurpara la corona de Aragón y, por tanto, de Cataluña, se casó con la reina de Castilla, suceso que está en el origen de la pérdida de la identidad estatal de Cataluña. La recuperación de sus restos se convirtió en objetivo político, encomendándose a un antropólogo y egiptólogo de prestigio entonces, Eduard Toda i Güell, que, según parece y sin pensárselo dos veces, armó una momia con lo que, a ojo de buen cubero, le pareció acertado y de ahí que algunas partes sean de mujer y que la columna vertebral tenga ¡ocho vértebras lumbares!; pero el objetivo se había cumplido y el catalanismo tenía su símbolo. ¿Quién iba a reparar en tales nimiedades?

Y aquí llegó la ciencia –no la ciencia histórica, que la pobre es tan fácil de manipular, sino la ciencia dura, esa que se cuece en los laboratorios– derribando mitos, símbolos y zarandajas para decir estos no son los huesos, cómo antes había dicho esta no es la Sábana Santa, y tantas otras.

La ciencia, eterna aguafiestas.


_________________

ILUSTRACIÓN: El príncipe de Viana, Museo del Prado. Del pintor malagueño Moreno Carbonero, es un bellísimo ejemplo de la pintura romántica de contenido histórico y corte académico, propia de la segunda mitad del XIX. La composición respira soledad y melancolía. En la ejecución se puede apreciar la influencia de Fortuny.

31 May 2008

Transgénicos

Escrito por: arco el 31 May 2008 - URL Permanente

Las innovaciones siempre motivan desconfianza, salvo en aquellas personas que, por una especial configuración de su personalidad cuya causa desconozco, adoran todo aquello que puede calificarse de novedoso. Son dos formas contrapuestas de encarar los cambios, pero yo creo que la primera expresa un reflejo natural de nuestra especie, quizá de todas, porque la costumbre, lo conocido, genera seguridad en nuestro espíritu y al revés. Aún así ha habido épocas más proclives que otras a aceptar las novedades. En las últimas décadas del XIX la fe en las ciencias y en el progreso tecnológico alcanzó su punto álgido, se entreveía una utopía en la que la humanidad se libraba de las lacras que la habían esclavizado durante milenios, gracias a su concurso. Pero, nada más pasar el siglo, en la primera guerra mundial, se aplicaron para la destrucción los grandes avances de la investigación y los progresos técnicos, como nunca antes ocurriera; en la segunda y, sobre todo, en la posguerra –Guerra fría–, ciencia y tecnología se pusieron plenamente al servicio de la política de confrontación: el sueño se transformó en pesadilla, los avances científicos parecían estar destinados a la destrucción global. Y… aquellos polvos trajeron estos lodos: ahora los avances de la investigación generan siempre un movimiento reflejo de desconfianza. El pensamiento y los movimientos conservacionistas se han enfrentado con frecuencia a los científicos, y estos encuentran dificultades para hacer llegar a la opinión pública la bondad y la necesidad de su trabajo.

Uno de los dominios de las ciencias protagonistas de los avances más espectaculares de nuestro tiempo es la biología. La ingeniería genética va a revolucionar, si la dejan, la agricultura, y puede en no mucho tiempo erradicar plagas, multiplicar rendimientos, extender los cultivos a zonas ahora incultas, por citar sólo algunas de sus posibilidades. Algo se ha conseguido ya, pero en medio de una lucha titánica con la desconfianza y el recelo. Los cultivos modificados genéticamente, los transgénicos, están teniendo entre muchos de los grupos conservacionistas el mismo rechazo que las iglesias oponen, con argumentos morales o teológicos, a los avances biológicos en la reproducción humana o para la lucha y prevención de algunas enfermedades.

No importa que minuciosos y repetidos estudios traten de convencer de la inocuidad para la salud de tales cultivos; hay, parece, algo más que la necesidad de argumentos racionales. Además permanentemente se agregan nuevos motivos para el rechazo: empobrecimiento de la biodiversidad, como si en los milenios de agricultura no hubiéramos alterado, eliminado, seleccionado miles de especies; entrega a las multinacionales del control de la agricultura por el domino sobre las patentes, como si el sector no estuviera ya en manos de multinacionales – sin el permiso de Cargill, Bunge y Archer Daniel Midland Company no se mueve ya un grano de cereal en el mundo–. Los problemas de biodiversidad habrá que atajarlos con otros planes y, por supuesto, la concentración de capital y sus nefastos efectos nada tienen que ver con la biología.

Estoy convencido que el tiempo hará triunfar a la sensatez y, sin que desaparezca la oposición ecologista que será un acicate para un mejor control de posibles excesos, los cultivos modificados genéticamente proliferarán y espero contribuyan decisivamente a erradicar la subalimentación y el hambre en tantas áreas. En estos momentos la crisis de precios de los productos alimentarios ha actualizado el debate en los dos frentes, el del comercio –ronda de Doha de la OMC– y el de la viabilidad de los transgénicos, ¿sacaremos algo en claro? Estemos atentos.

________________________

Ilustración: cartel de propaganda de Los Verdes.

20 May 2008

¿Por qué creemos?

Escrito por: arco el 20 May 2008 - URL Permanente

Me disponía a escribir sobre el por qué del sentimiento religioso, estimulado por el revuelo que ha levantado la última carta publicada de Einstein sobre el particular, cuando leo en El País de hoy un reportaje de Mónica Salomé titulado ¿Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios? Con el subtítulo Científicos de Oxford investigan la estructura cerebral que aloja la creencia religiosa. Naturalmente, si no de otra cosa, me ha convencido de la actualidad del tema. Así que voy allá.

Probablemente no existe una manifestación de la cultura humana más universal que la expresión del sentimiento religioso. Se encuentra en todas las épocas, en todas las latitudes y en todas las civilizaciones; es tan omnipresente que ha sido utilizado por algunos como una prueba de la existencia de Dios; el ateismo es un fenómeno de culturas muy avanzadas y avezadas en el pensamiento racional, pero ni existía ni es siquiera imaginable en la mayor parte de la historia de la humanidad.

Los que nos esforzamos en buscar una explicación racional al fenómeno hemos pensado siempre, que las insuficiencias del conocimiento humano para explicar los fenómenos naturales, los cuales han condicionado duramente la vida humana, han llevado al hombre a buscar una contestación rápida y simple a la vez que a intentar protegerse ante ellos e incluso a controlarlos, lo que ha desembocado en la práctica religiosa. Pero este argumento no explica por qué la religión no retrocede en la medida que avanza la ciencia, ni por qué hay científicos que siguen creyendo pese a estar acostumbrados al análisis racional y a contrastar empíricamente cualquier aserto.

Sin duda hay algo en la mente que propicia el pensamiento religioso; pero todo cuanto existe en el hombre ha sido depurado y seleccionado por el proceso de la evolución natural, y, al contrario de lo que se deduce del citado artículo, yo creo que la religión no aporta mejores condiciones para la supervivencia –único argumento al que atiende el proceso de evolución darwinista–, antes bien, es un lastre considerable, por lo que debería haber sido desechada. El ritual y el culto en cualquier religión suponen un despilfarro de energías, tiempo y recursos sin ninguna rentabilidad práctica, que colocaría a unos posibles no creyentes en mejores condiciones de subsistencia –si sacrifico a una cabra para propiciar la lluvia, no habré aumentado las probabilidades de que llueva y habré perdido una cabra–. Tampoco me vale el argumento de que la religión es un consuelo ante la muerte lo que aliviaría la ansiedad ante tan inevitable final y crearía unas mejores condiciones de vida. La mayoría de las religiones plantean la vida tras la muerte con interrogantes sumamente inquietantes, ya que podemos precipitarnos en la condenación eterna, reencarnar en un ser inferior, etc. El sentimiento de culpa y la inseguridad de la salvación aumentan el stress existencial. Para colmo la intolerancia entre religiones ha sido un factor de hostilidad que ha producido, persecuciones, guerras y masacres. No creo que el gen que propicia la religión, si es que existe, haya sido seleccionado por la evolución natural como un elemento positivo, porque parece que más bien ha sido una rémora y un lastre considerable.

Habría que pensar que la universalidad y supervivencia del pensamiento religioso se debe más bien a que se trata de un subproducto de una o de varias cualidades psicológicas adquiridas en el proceso de hominización. Richard Dawkins, conocido biologo, explica en “El espejismo de Dios” cómo las mariposas nocturnas parecen tener una irrefrenable tendencia al suicidio precipitándose sobre la llama de una vela; la cuestión es que su vista está diseñada para orientarse por el ángulo en que inciden en sus ojos los rayos de luz procedentes de un foco luminoso, la Luna; la aparición de un foco artificial, la vela, hace que vuelen en espiral, respetando el dichoso ángulo, hasta que la llama las engulle. De la misma manera instrumentos importantes para la supervivencia del hombre han permitido y propiciado, como efecto colateral, la aparición del pensamiento religioso. Veamos algunos siguiendo otra vez a Dawkins.

Concebirnos como seres duales, compuestos de cuerpo y una entidad espiritual, no corpórea, no es una actitud aprendida porque está presente con fuerza en la infancia; pero nos permite pensar en diferentes destinos para un cuerpo material, llamado a un fin biológico y un espíritu o alma que por se inmaterial estaría llamada a la supervivencia. También nos autoriza a imaginar un ser dotado sólo de sustancia espíritual. Más clara, como condición favorecida por la selección, es la tendencia a adjudicar intencionalidad a todo cuanto existe, las nubes están para llover o el felino intenta comernos; de este modo simple puede que hayamos tenido más oportunidades de sobrevivir y esa tendencia se ha conservado. Tanto el dualismo como la predisposición teleológica parecen conducir fácilmente a Dios.

La capacidad de enamorarnos la anclan los biólogos en el instinto reproductor. Se trataría de un mecanismo psicológico que propiciaría que la pareja permaneciera unida al menos hasta el destete de las crías, dada la indefensión de la criatura humana en su infancia. En muchos aspectos el sentimiento religioso se vive en ocasiones como una experiencia amorosa. Podemos encontrar multitud de ejemplos, pero baste recordar, en un extremo, el misticismo –la poesía de San Juan de la Cruz es comparable con la más exaltada poesía erótica; el éxtasis místico, que expresó Berninini tan magistralmente, produjo las equívocas figuras de Sta. Teresa o la Beata Ludovica, utilizada en la cabecera de este post–. Sin recurrir a esos extremos, en el lenguaje corriente usamos expresiones similares para referirnos al amor debido Dios o al que profesamos a la pareja objeto de nuestro deseo. Hay una frontera que parece difuminarse entre uno y otro.

En todos estos casos, y en otros más, la religión podría haberse visto favorecida en su aparición y en su supervivencia como un subproducto accidental, un fallo de algo útil.

19 May 2008

La hipótesis Gaia

Escrito por: arco el 19 May 2008 - URL Permanente

… eso significa que Gaia es una especie de conciencia colectiva -dijo Pelorat.

Trevize asintió.

- Ya lo había deducido... En ese caso, Bliss, ¿quién gobierna este mundo?

- Se gobierna a sí mismo. Esos árboles crecen espontáneamente. Sólo se multiplican hasta el punto necesario para sustituir a aquellos que han muerto. Los seres humanos recogen las manzanas que necesitan; otros animales, incluidos los insectos, comen su parte... y sólo su parte. [...] Llueve cuando es necesario y a veces llueve copiosamente cuando es necesario, y a veces hay un largo período de sequía, cuando es necesario. [...]

En su propio cuerpo, ¿no saben las distintas células lo que deben hacer?

[…]

- ¡Pero esto es fantástico! Está diciendo que el planeta es un superorganismo y que usted es una célula de ese superorganismo.

.

ISAAC ASIMOV: "Los límites de la Fundación"

En 1965 la NASA encargó al científico James Lovelock un estudio sobre las posibilidades de vida en Marte. De la observación del planeta vecino y de la Tierra, hogar de la vida, nació en la mente de Lovelock[*] una idea que desarrollaría después en forma de una teoría científica que vio la luz en 1969 con el nombre de teoría o hipótesis Gaia, por la diosa griega Gea o Gaia, y que, como vemos, Asimov utilizó en el último volumen de su tetralogía La Fundación.

La hipótesis plantea que la atmósfera y la capa superficial de la Tierra, la biosfera, se comporta como un organismo capaz de crear y mantener en el Planeta las condiciones adecuadas para su existencia; así que, frente al pensamiento tradicional de que la vida necesitó unas condiciones medioambientales muy estrictas para su nacimiento y proliferación, asegura que ésta fomenta por sí misma las condiciones que le son favorables, su propio habitat. y es capaz de mantenerlas incluso en circunstancias muy adversas. No concibe la naturaleza como algo estático a lo que las criaturas se van adaptando por un proceso de evolución (Darwin), sino algo dinámico que la vida va creando y cambiando en su beneficio; aunque eso no significa que rechace el darwinismo.

Lovelock se detiene en tres elementos en los que basa su hipótesis: la temperatura de la Tierra, la composición química de la atmósfera y la salinidad de los mares. Asegura que la radiación solar era mucho más débil que ahora en los comienzos de la vida (un 30% menos) lo que hubiera mantenido a la tierra en estado de congelación, sin embargo la temperatura se ha sostenido en un rango de valores bastante estrecho que ha permitido la vida, para ello seguramente se valió de una capa de dióxido de carbono y amoniaco que arroparon a la Tierra justo lo que necesitaba. Cuando fue aumentando la radiación la proliferación de organismos “devoradores” de amoniaco y dióxido de carbono permitieron mantener las temperaturas en valores aceptables.

La composición química de la atmósfera es una rareza en el sistema solar y según Lovelock no es esa circunstancia la que permite la vida sino que es la vida la que la ha creado y la mantiene en su beneficio: elevadas proporciones de nitrógeno y oxígeno y muy escasas de dióxido de carbono. La vida actúa manipulando diariamente la atmósfera para mantenerla en su estado ideal. La acidez, por los procesos de oxidación que se generan, debería ser mucho más elevada de lo que es, sin embargo se mantiene en un Ph neutro (Ph8) porque los seres vivos con sus metabolismos generan enormes cantidades de amoniaco, sustancia muy alcalina, que neutraliza la acidez. Algo parecido ocurre con la salinidad de los mares, que se mantiene en valores que permiten la vida en ellos a pesar de que los ríos arrastran sales de los continentes que depositan diariamente en los mares, lo que debería haber hecho aumentar la salinidad hasta cantidades insoportables.

Otros investigadores han criticado con dureza esta hipótesis por considerarla pseudocientífica, imposible de comprobar empíricamente y teleológica. En realidad contiene un matiz místico, si no se interpreta metafóricamente, que la invalida científicamente; pero sin duda resulta atractiva y podría tener valor si se expresa como una relación dialéctica entre la naturaleza inerte y la vida que explicaría el equilibrio sostenido más allá de lo que parece razonable si se tienen en cuenta a ambos por separado.

Recientemente Lovelock ha profetizado una catastrofe ecológica por el daño que están sufriendo las partes más sensibles de Gaia que son claves, según su construcción teórica, para el mantenimiento del equilibrio necesario: las plataformas continentales, que con sus cálidas aguas permiten la proliferación de algas, y las selvas tropicales, ambas fundamentales para sostener respectivamente la temperatura del Planeta y la adecuada composición de la atmosfera. Como complemento necesario proclama la necesidad de recurrir a la energía nuclear –considera poco realista el recurso a las energías renobables– y el abandono de los combustibles fósiles, lo que ha producido escándalo en medios ecologistas que en otro tiempo lo tuvieron por un apostol.

.

Un artículo interesante sobre la teoría se puede encontrar en la siguiente dirección:

http://www.espinoso.org/biblioteca/HipotesisGaia.htm

Para encontrar argumentos en contra, esta otra dirección:

http://biocab.org/Teoria_Gaia.html




[*] Lovelock trabajó en el diseño de instrumentos para detectar vida en Marte que llevó la nave Viking; ideó un método para identificar los clorofluorocarbonados (CFCs) en la atmósfera, responsables de la destrucción del ozono; inventó el microondas.


12 May 2008

El hombre y el Universo

Escrito por: arco el 12 May 2008 - URL Permanente

Escuché el fragmento de una conversación en la que un hombre joven contaba que de pequeño siempre que había un día de fiesta pensaba que era su día, su cumpleaños o su onomástica; se creía, decía, el centro del Mundo. La humanidad ha tenido también su infancia y durante milenios se ha creído el centro del Universo: las plantas y los animales estaban ahí para alimentarle y servirle; las estrellas, la Luna y el Sol para iluminar sus días y sus noches, darle calor y orientación. El mito judeocristiano de la creación es revelador. Pero, poco a poco, como el niño, con desilusiones y frustraciones, va tomando conciencia cierta de su verdadero papel: ya en el XVI era evidente que la Tierra no era el centro de un Universo que hubiera permanecido inmutable desde el principio de los tiempos, sino un planeta más del sistema solar; poco después, que nuestro Sol era tan sólo una de los millones de estrellas que componen la Vía Láctea, que a su vez no es más que una de las incontables galaxias que pueblan el firmamento.

Hoy la ciencia sabe esto y además que el hombre no es el final de ningún proceso, ni pieza clave en ningún proyecto. Hace unos 15.000 millones de años todo lo existente se concentraba en un punto de volumen ínfimo y extrema densidad, momento en el cual se produjo el Big Bang, la explosión con la que comenzó la expansión y enfriamiento del universo, proceso que aún perdura. Instantes después de la explosión las altísimas temperaturas produjeron la aniquilación recíproca de materia y antimateria generando inmensas cantidades de radiación; pero quedó una pequeñísima parte de materia –una diezmilmillonésima parte de la materia inicial– de la cual deriva todo lo existente. Los átomos de H, el elemento más simple, se forman entonces y todos los que existen en el universo son los mismos que se originaron en ese momento. La posibilidad de que en el futuro algunos de esos átomos llegaran a formar parte del hombre era ínfima y podía considerarse despreciable.

El resultado de la mutua interacción de las cuatro fuerzas básicas del universo –gravitatoria, electromagnética y nuclear fuerte y debil– fue la formación de todos los objetos celestes. Las estrellas son enormes acumulaciones de gas y polvo, en cuyo núcleo se consume H y después He hasta agotarlos, produciendo radiación que sale a la superficie y se emite en su entorno. Cuando se agota el combustible la estrella muere siguiendo diferentes procesos según su masa. Miles de millones de estrellas han nacido, evolucionado y muerto hasta este momento. En torno a las estrellas, atrapados por su fuerza gravitatoria, se van formando por agregación de polvo y rocas nuevos cuerpos que acaban constituyendo los planetas. Los más cercanos a la estrella serán desiertos rocosos abrasados por su intensa radiación, los más lejanos, de hielo y gas, gigantes gaseosos; sólo a la distancia justa puede existir un planeta con agua líquida como la Tierra.

En el medio acuático que cubría la Tierra los elementos que son responsables de la vida –hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno– formaron, ayudados por la radiación solar, diversas combinaciones cada vez más complejas que interactuaban con el entorno del que obtenían algunos elementos y al que cedían otros: ha surgido la vida; por fin aparecen las plantas, más tarde los animales y hace unos cuatro millones de años la especie homo de la que somos parte. Si los quince mil millones de años de existencia del Universo los concentráramos en uno sólo resultaría que los primeros ancestros del hombre llegaron tan sólo dos horas antes de que se acabara el año.

La insignificancia del hombre frente a la inmensidad del Universo es manifiesta en el tiempo y en el espacio. Su habitat, la Tierra, no es mas que un pequeño planeta, que bien pudo no existir, en el sistema de una estrella de tamaño medio perdida en el extremo de una galaxia, en un Universo que las cuenta por millones; su tiempo, fracción ínfima del lapso total, terminará probablemente mucho antes de que el Sol haya llegado a su fin, mientras miles de millones de estrellas nacen y mueren en el transcurso de un periodo para nosotros inabarcable; su génesis como ser vivo, resultado de un proceso evolutivo de gran complejidad y fragilidad, que pudo haber cambiado de dirección y resultados en infinidad de ocasiones según las cambiantes situaciones del entorno, y que tan sólo un día antes de que acabara el año, si seguimos nuestra anterior simulación, era impensable su aparición.

Podemos concluir que su existencia es trivial, su destino indiferente, su trascendencia insignificante, su finalidad quimérica.

03 May 2008

Agnósticos y ateos

Escrito por: arco el 03 May 2008 - URL Permanente

En Opiniones de un payaso el nobel católico Heinrich Böll hace decir a Schnier, su protagonista, a propósito de los ateos: “Me aburren porque siempre están hablando de Dios”. Bueno, cada uno tenemos nuestras propias fijaciones y la de los ateos es Dios, nadie podrá decir que no es una santa obsesión. A mí personalmente me atrae el asunto sobremanera, no tanto como para dedicarle un blog, hay muchos por ahí, pero sí para un post.

Existen dos palabras para designar a los que no creen en Dios: ateo y agnóstico. La primera es más antigua y se compone de la partícula negativa a y del término teos, dios. El segundo es de uso más reciente y etimológicamente implica la negación del conocimiento, expresa la imposibilidad de conocer. En un sentido estricto el ateo niega la existencia de Dios y el agnóstico la posibilidad de su conocimiento, con independencia de que exista o no, cuestión que deviene irrelevante si el conocimiento no lo puede alcanzar.

A mi siempre me pareció que agnóstico es un eufemismo. Con su uso hacemos más políticamente correcto el concepto, que, es una evidencia, produce un rechazo frontal y escandalizado por parte de mucha gente, para la que negar a Dios es, más que una opción, una blasfemia. Todos los esfuerzos que se hacen por distinguir una palabra de la otra intentando convencer de que designan conceptos diferentes, me parecen poco consistentes y a mi juicio sólo encierran un deseo de no herir o de hacer más aceptable el hecho incontrovertible de la negación de Dios, a la vez que se presenta una imagen propia con perfiles de moderación, pese a lo radical de la cuestión. Sin embargo, nada tengo en contra de quienes lo hacen, cada cual es muy dueño de definirse como mejor le plazca.

Lo que quisiera dejar claro es que el ateo no es un exaltado radical que lucha denodadamente por imponer sus ideas como con frecuencia se nos presenta, estableciendo incluso un paralelismo con los fundamentalismos religiosos de cualquier signo; como si el ateismo fuera a su vez una religión. Nada mas incierto.

La hipótesis de la existencia de Dios es, a la luz de la razón humana y del conocimiento científico contrastado hasta la fecha, sumamente improbable. Una posibilidad tan mínima –pocas teorías científicas pueden aportar el 100% de verosimilitud confirmada– permite su negación sin amenazar en absoluto lo razonable. Se puede alegar que mi primera afirmación es gratuita: evidentemente demostrar la inexistencia de un ser que se define como inmaterial es de todo punto imposible, pero sí se puede demostrar la falsedad de lo que los creyentes consideran sus manifestaciones, su obra. Sin entrar en detalle, es un hecho que, a lo largo de la historia, el conocimiento científico ha ido sustituyendo progresivamente explicaciones religiosas a la realidad entorno por teorías científicas –la evolución y el mecanismo del Universo, la formación de la vida, la evolución de las especies…– hasta dejar casi sin campo a las creencias religiosas, y el proceso está lejos de haber terminado; se puede colegir de ello que la explicación religiosa sólo ocupaba el espacio en donde faltaba una explicación científica, pero cuando esta surge, por el inevitable progreso cultural, desaparece aquella. No es pues una acción extremista la negación de Dios, sino una posición razonable.

La actitud militante que se percibe en el ateo, no en todos, y que para algunos es irritante o descalificadora, se debe al convencimiento, que aquellos tienen, de que la creencia en Dios no es benéfica, ni siquiera neutra, para la sociedad, sino que tiene efectos perniciosos. Al aceptarla minusvaloramos el pensamiento racional y el método científico, abriendo brechas a la superstición y a cualquier irracionalismo; admitimos una de las fuentes de confrontación social más activa y brutal de las que han existido, como se demuestra con un mínimo estudio de la historia, o análisis de la actualidad; permitimos la supervivencia de unas herramientas –la religión y las iglesias– de enorme capacidad de reacción que han constituido siempre un poderoso freno para cualquier forma de progreso.

Soy consciente de que no he hecho más que apuntar unas ideas, no pretendía otra cosa. Tampoco es posible extenderse demasiado en este formato, pero no descarto desarrollar alguna de ellas en el futuro.

_________________________

NOTA. El libro más agudo y completo que he leído al respecto, aunque su traducción deja que desear, es El espejismo de Dios de Richard DAWKINS, científico muy conocido por su obra El gen egoísta, auténtico best seller científico, y por la interesante teoría de los memes, que pretende explicar la evolución cultural, en la que los memes harían la función que ejercen los genes en la evolución natural.

08 Abr 2008

La revolución informática y la escuela

Escrito por: arco el 08 Abr 2008 - URL Permanente

Ha salido a la luz de manera impactante y dramática el desfase de la administración de justicia respecto de las posibilidades que ofrece la técnica moderna. Los legajos que hasta ayer se encuadernaban a mano, la imposibilidad de conocer rápida y eficazmente el currículo de un delincuente, en fin, mil y una carencias en esta que llamamos la era de la informática. No es el único sector que necesita una revolución en los medios, estoy pensando en la enseñanza. Un aula del año de gracia es sustancialmente idéntica, en lo que a medios técnicos se refiere, a una de principios de siglo, (del XX, claro). El último gran avance que recuerdo es la sustitución de la pluma y el tintero por el bolígrafo. La pizarra y la tiza, el mapa mural…en fin, todo tal cual.

Que la informática es una revolución a la que sólo es posible encontrar paralelo si nos remontamos al invento de la imprenta, no parece ofrecer dudas. Ha invadido, como es lógico, todas las actividades económicas porque multiplica la productividad y se ha introducido en la administración en aquellos sectores que los mandatarios consideran vitales: hacienda; pero se resiste a entrar en los que siempre han sido reacios al cambio: la justicia y la enseñanza. ¿Por qué?

En el caso de la escuela, hoy existen aulas de informática en donde se enseña el manejo de procesadores de texto, quizás elementos de hojas de cálculo o bases de datos, pero el ordenador no ha entrado en las aulas. En los últimos años se está haciendo un tímido esfuerzo, pero tan tímido que lleva camino de eternizarse. La cuestión es que choca con mil y un obstáculos, muchos de los cuales son pintorescos.

Hay por supuesto un primer problema de orden económico, sin dinero no hay nada que hacer en ninguna parte y aquí tampoco. Pero existen otros muchos:

– Los profesores no están preparados. Es lamentable pero abundan los docentes que apenas si han dejado la pluma de ganso. No exagero, muchos profesores ya maduros, no llegaron ni a defenderse con la máquina de escribir y lo peor es que alardean de ello, presumiendo de la incorruptibilidad de la cultura ante los cantos de sirena de la técnica, como si se pudiera escindir la una de la otra. El ordenador les supera y aunque empiezan a constatar la imposibilidad de obviarlo, ya es tarde para ellos.

– Los alumnos están mejor preparados que los profesores en el manejo de la informática, lo que produce enorme desazón entre los docentes, necesitados de mantener una autoridad académica ante ellos. Por supuesto las habilidades que muestran se refieren sólo a una familiaridad con la máquina y al chat o el correo.

– Internet es un espacio libre, hoy por hoy, en el que es difícil poner puertas. La absoluta libertad que reina en el medio produce vértigo en padres, algunos docentes y sectores de la administración, que desde siempre han confundido la educación con el acotamiento de los espacios de libertad.

– La informática, el ordenador, Internet son herramientas de trabajo valiosísimas, pero tienen el mismo valor para el ocio. Otium y negotium fueron siempre actitudes opuestas, una es la negación de la otra; que se presenten confundidas nada menos que en la escuela donde nuestros adolescentes se preparan para ser hombres de provecho puede parecer hasta escandaloso.

Hablamos mucho, a todos los niveles, de la necesidad de invertir en I+D y en cambio andamos reacios para dotar a la escuela, donde se forman los futuros productores, donde fraguamos el capital humano de la siguiente generación, de medios que están fácilmente a nuestro alcance si nos despojamos de prejuicios y encaramos el futuro con mentalidad abierta.

En El País de hoy el reportaje de Abel Grau, Pizarras con tizas en la era de Internet, trata el tema de modo interesante. De él he obtenido la inspiración para este post.