25 Abr 2008
"Los dioses deben de estar locos"
Como no trabajo –no por vago sino porque se me acabó el tiempo, laboral, claro– dedico buena parte de mi jornada a husmear en Internet; leo muchos blogs y estoy suscrito a bastantes de ellos. Uno que visito con frecuencia se llama Descontexto; como sugiere su nombre publica textos literarios de todo tipo. Ayer mostraba este inicio de la película Los dioses deben de estar locos de Jamie Uys (1980). Es un relato tan encantador que no me resisto a ofrecéroslo y, de paso, a recomendaros que visitéis el blog.
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Los dioses deben de estar locos
Extracto del inicio

(Voz en off) Parece el Edén, pero es el desierto más engañoso del mundo. El Kalahari. Luego del período de lluvias quedan muchas charcas, y hasta ríos. Pero en unas semanas, el agua se sumerge en las arenas. Las charcas y los ríos desaparecen. El pasto adquiere un color dorado ideal para el pastoreo. Pero en los próximos 9 meses no habrá agua. Los animales se marchan, dejando pasto sin comer. Los humanos le huyen al Kalahari, pues necesitan del agua. Por eso en sus bellos paisajes no hay nadie. Excepto por la pequeña gente del Kalahari. Bellos, delicados, pequeños y graciosos, los bosquimanos. Aquí, donde otros morirían de sed ellos viven muy contentos, en el desierto que no parece tal. Saben de raíces, insectos y tubérculos y cuáles frutas y semillas comer. También, cómo conseguir el agua. En la mañana recogen el rocío de las hojas que dejaron la noche anterior. O un poco de pasto puede ser una represa. Si se sabe cómo, una simple rama indica dónde cavar y sacar a la luz un enorme tubérculo. Se raspa con un palo partido y afilado. Se aprieta un puñado de raspaduras, con el pulgar hacia la boca. Debe ser el pueblo más feliz. Sin crímenes, castigos, violencia, ni leyes policías, jueces, gobernantes o jefes. Creen que los dioses pusieron en
A sólo
...
En el Kalahari, siempre es martes, o jueves, o domingo. Ningún reloj o calendario nos dice qué hacer. Últimamente, aparecen cosas raras en el cielo. Pájaros ruidosos que vuelan sin mover las alas. Un día, algo cayó del cielo. (La imagen muestra cómo un piloto había lanzando una botella de Coca-Cola por la ventanilla mientras sobrevolaba el desierto.) Xi no había visto antes algo así. Parecía agua, pero era más dura que cualquier cosa conocida. ¿Por qué los dioses la enviaron a
De repente, la necesitaban siempre. Antes no era necesario y ahora sí. Y surgieron sensaciones nuevas de querer poseer, de no querer compartir. Llegaron otras cosas nuevas. Enojo, celos, odio y violencia. Xi sintió enojo con los dioses. Dijo: “¡No queremos su cosa! Miren lo que causó”. Pero la devolvieron. (Xi lanza la botella al cielo.) Gritó: “¡Deben estar locos! ¡Quédense con eso!” “¡Cuidado! ¡Cuidado!” (Gritaron al ver que la botella caía de regreso.) Pero fue demasiado tarde y la cosa golpeó a su hija Dani. Xi sacó la cosa del refugio y la enterró. Esa noche no hubo risas ni charla alrededor del fuego. La vergüenza se apoderó de todos y estaban muy callados. Xi dijo: “Enterré la cosa. No volverá a hacernos infelices”. Esa noche, una hiena olió la sangre en la cosa y la sacó. Pero un jabalí malhumorado persiguió a la hiena y ésta soltó la cosa. Luego Dani la halló. Su hermano la oyó tocar y dijo: “Déjame ensayar”. (Y al disputarse la botella Dani lo golpeó con ella.) Esa noche la familia estuvo muy triste. Comenzaron a hablar sobre la cosa. No le tenían un nombre. La llamaron “la cosa maligna”. Gaboo dijo: “quizá los dioses no sabían cuando la arrojaron. Siempre enviaron cosas buenas: lluvia, árboles y frutas. Somos sus hijos y nos aman. Y ahora nos envían esta cosa maligna”. Xi dijo: “La cosa no pertenece a
1980

