20 May 2008

¿Por qué creemos?

Escrito por: arco el 20 May 2008 - URL Permanente

Me disponía a escribir sobre el por qué del sentimiento religioso, estimulado por el revuelo que ha levantado la última carta publicada de Einstein sobre el particular, cuando leo en El País de hoy un reportaje de Mónica Salomé titulado ¿Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios? Con el subtítulo Científicos de Oxford investigan la estructura cerebral que aloja la creencia religiosa. Naturalmente, si no de otra cosa, me ha convencido de la actualidad del tema. Así que voy allá.

Probablemente no existe una manifestación de la cultura humana más universal que la expresión del sentimiento religioso. Se encuentra en todas las épocas, en todas las latitudes y en todas las civilizaciones; es tan omnipresente que ha sido utilizado por algunos como una prueba de la existencia de Dios; el ateismo es un fenómeno de culturas muy avanzadas y avezadas en el pensamiento racional, pero ni existía ni es siquiera imaginable en la mayor parte de la historia de la humanidad.

Los que nos esforzamos en buscar una explicación racional al fenómeno hemos pensado siempre, que las insuficiencias del conocimiento humano para explicar los fenómenos naturales, los cuales han condicionado duramente la vida humana, han llevado al hombre a buscar una contestación rápida y simple a la vez que a intentar protegerse ante ellos e incluso a controlarlos, lo que ha desembocado en la práctica religiosa. Pero este argumento no explica por qué la religión no retrocede en la medida que avanza la ciencia, ni por qué hay científicos que siguen creyendo pese a estar acostumbrados al análisis racional y a contrastar empíricamente cualquier aserto.

Sin duda hay algo en la mente que propicia el pensamiento religioso; pero todo cuanto existe en el hombre ha sido depurado y seleccionado por el proceso de la evolución natural, y, al contrario de lo que se deduce del citado artículo, yo creo que la religión no aporta mejores condiciones para la supervivencia –único argumento al que atiende el proceso de evolución darwinista–, antes bien, es un lastre considerable, por lo que debería haber sido desechada. El ritual y el culto en cualquier religión suponen un despilfarro de energías, tiempo y recursos sin ninguna rentabilidad práctica, que colocaría a unos posibles no creyentes en mejores condiciones de subsistencia –si sacrifico a una cabra para propiciar la lluvia, no habré aumentado las probabilidades de que llueva y habré perdido una cabra–. Tampoco me vale el argumento de que la religión es un consuelo ante la muerte lo que aliviaría la ansiedad ante tan inevitable final y crearía unas mejores condiciones de vida. La mayoría de las religiones plantean la vida tras la muerte con interrogantes sumamente inquietantes, ya que podemos precipitarnos en la condenación eterna, reencarnar en un ser inferior, etc. El sentimiento de culpa y la inseguridad de la salvación aumentan el stress existencial. Para colmo la intolerancia entre religiones ha sido un factor de hostilidad que ha producido, persecuciones, guerras y masacres. No creo que el gen que propicia la religión, si es que existe, haya sido seleccionado por la evolución natural como un elemento positivo, porque parece que más bien ha sido una rémora y un lastre considerable.

Habría que pensar que la universalidad y supervivencia del pensamiento religioso se debe más bien a que se trata de un subproducto de una o de varias cualidades psicológicas adquiridas en el proceso de hominización. Richard Dawkins, conocido biologo, explica en “El espejismo de Dios” cómo las mariposas nocturnas parecen tener una irrefrenable tendencia al suicidio precipitándose sobre la llama de una vela; la cuestión es que su vista está diseñada para orientarse por el ángulo en que inciden en sus ojos los rayos de luz procedentes de un foco luminoso, la Luna; la aparición de un foco artificial, la vela, hace que vuelen en espiral, respetando el dichoso ángulo, hasta que la llama las engulle. De la misma manera instrumentos importantes para la supervivencia del hombre han permitido y propiciado, como efecto colateral, la aparición del pensamiento religioso. Veamos algunos siguiendo otra vez a Dawkins.

Concebirnos como seres duales, compuestos de cuerpo y una entidad espiritual, no corpórea, no es una actitud aprendida porque está presente con fuerza en la infancia; pero nos permite pensar en diferentes destinos para un cuerpo material, llamado a un fin biológico y un espíritu o alma que por se inmaterial estaría llamada a la supervivencia. También nos autoriza a imaginar un ser dotado sólo de sustancia espíritual. Más clara, como condición favorecida por la selección, es la tendencia a adjudicar intencionalidad a todo cuanto existe, las nubes están para llover o el felino intenta comernos; de este modo simple puede que hayamos tenido más oportunidades de sobrevivir y esa tendencia se ha conservado. Tanto el dualismo como la predisposición teleológica parecen conducir fácilmente a Dios.

La capacidad de enamorarnos la anclan los biólogos en el instinto reproductor. Se trataría de un mecanismo psicológico que propiciaría que la pareja permaneciera unida al menos hasta el destete de las crías, dada la indefensión de la criatura humana en su infancia. En muchos aspectos el sentimiento religioso se vive en ocasiones como una experiencia amorosa. Podemos encontrar multitud de ejemplos, pero baste recordar, en un extremo, el misticismo –la poesía de San Juan de la Cruz es comparable con la más exaltada poesía erótica; el éxtasis místico, que expresó Berninini tan magistralmente, produjo las equívocas figuras de Sta. Teresa o la Beata Ludovica, utilizada en la cabecera de este post–. Sin recurrir a esos extremos, en el lenguaje corriente usamos expresiones similares para referirnos al amor debido Dios o al que profesamos a la pareja objeto de nuestro deseo. Hay una frontera que parece difuminarse entre uno y otro.

En todos estos casos, y en otros más, la religión podría haberse visto favorecida en su aparición y en su supervivencia como un subproducto accidental, un fallo de algo útil.

14 May 2008

El Cristianismo ¿es monoteista?

Escrito por: arco el 14 May 2008 - URL Permanente

El hombre no se concibe solo porque la naturaleza en su tarea creadora durante millones de años lo ha configurado como un ser social. Por eso cuando los humanos imaginamos a los dioses tampoco los pensamos como seres solitarios. Las religiones son siempre politeístas, incluso aquellas que hacen gala de monoteísmo: judaísmo, cristianismo e islamismo. Por supuesto que además de sociales los dioses son siempre antropomorfos –aunque a veces se prohíba su representación– o zoomorfos, ya que si no tienen una figura humana o animal su carácter sí que lo es. Al fin y a la postre la imaginación tiene sus límites.

Siempre me pareció un error considerar al cristianismo como una religión monoteísta pese a las declaraciones expresas de sus iglesias en ese sentido y a la idea, pienso que gratuita, de que el monoteísmo es una forma superior de creencia religiosa. De hecho desde fuera no se la considera así, fijaos en este texto: Los islamistas, luchando contra los politeístas y forzándoles a emigrar…” Se trata de la crónica de Al-Maqqari relatando la batalla de Covadonga, subrayo el calificativo que usa para designar a los cristianos. Nada más lógico si consideramos que el concilio de Nicea, con el de Constantinopla más tarde, había establecido el dogma de la Trinidad hacía tres siglos. La polémica surgió desde que Pablo empezó a considerar a Cristo como hijo de Dios, haciendo que la bíblica divinidad judía perdiera su soledad y obligando a buscar argumentos que mantuvieran, pese a todo, la antigua unicidad. La utilización de una jerga seudofilosófica para explicar el contrasentido de un Dios y tres personas no evita que la propia Iglesia lo considere un misterio para cuya asimilación se requiere de la revelación. En la ciencia hay conceptos nada intuitivos pero que podemos alcanzar por un razonamiento lógico, por ejemplo matemático. En este caso, fuera de la fe, no es asumible por nuestro conocimiento, así que aceptar que se habla de varios dioses está justificado.

El problema afecta al catolicismo romano, al ortodoxo y a las iglesias protestantes, es decir al cristianismo trinitario –hubo y hay otros credos cristianos no trinitarios, de hecho el Islam en su origen se puede considerar uno de ellos–; pero todos, incluyendo al Islam y al judaísmo tienen elementos que contradicen la soledad de Dios. Todos ellos admiten la existencia de criaturas de carácter sobrenatural que, aunque no reciban el calificativo de divinos, tienen poderes y características no humanas; son entes celestiales o infernales cuyo número y variedad es enorme. Los ángeles y los demonios están presentes en todas ellas; su poder es tan grande que algunos se han rebelado contra Dios mismo; el Diablo, además, se atrevió a tentar al mismísimo Jesús, sabiendo quien era –¿hubo alguna posibilidad de que sucumbiera a la tentación?–. Los católicos aceptan también la presencia en el Cielo de la Virgen, ¡en cuerpo y alma! Y, por supuesto, una legión de santos. El Olimpo griego no estaba más poblado; en realidad los santos del cielo cristiano han venido a sustituir a los dioses del Panteón grecorromano asumiendo, por ejemplo, sus tareas de patronazgo. La diferencia reside únicamente en que el cristiano se configura como una sociedad muy jerarquizada y con un poder absoluto en la cúspide, cosa con la que Zeus o Júpiter no podían soñar. ¿No será un reflejo fiel del poder despótico del emperador en el siglo IV y siguientes, cuando se gestan estas creencias?

No conozco ninguna religión que pueda considerarse monoteísta. La católica, desde luego, está muy lejos de serlo porque, aunque no se denominen dioses a las criaturas que pueblan sus “espacios” ultraterrenos, lo cierto es que no son humanas, ni tienen una condición natural, así que si no son de este mundo serán del “otro”. Todas las argucias seudofilosóficas para encubrir esta realidad no son más que eso, artimañas, pura y simple charlatanería. Analizado desde fuera este asunto se presenta como infantil e ingenuo, pero ¿qué no lo es en una religión? A veces se quiere quitar hierro alegando que son producto de la religiosidad popular, pero no es así. De los ángeles y del Demonio se habla en los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento; de la Virgen en el Nuevo, y Roma ha creado los dogmas de la Inmaculada Concepción (Pío IX) y de la Asunción de la Virgen (Pío XII), ya en los siglos XIX y XX respectivamente. Por supuesto las discusiones teológicas a que han dado lugar estos temas han sido innumerables a lo largo de siglos y en muchos casos con consecuencias dramáticas.

Sinceramente encuentro muy inapropiado el calificativo de monoteísta para una religión, o familia de religiones, como el Cristianismo.

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ILUSTRACIÓN. “La Trinidad” de El Greco.

12 May 2008

El hombre y el Universo

Escrito por: arco el 12 May 2008 - URL Permanente

Escuché el fragmento de una conversación en la que un hombre joven contaba que de pequeño siempre que había un día de fiesta pensaba que era su día, su cumpleaños o su onomástica; se creía, decía, el centro del Mundo. La humanidad ha tenido también su infancia y durante milenios se ha creído el centro del Universo: las plantas y los animales estaban ahí para alimentarle y servirle; las estrellas, la Luna y el Sol para iluminar sus días y sus noches, darle calor y orientación. El mito judeocristiano de la creación es revelador. Pero, poco a poco, como el niño, con desilusiones y frustraciones, va tomando conciencia cierta de su verdadero papel: ya en el XVI era evidente que la Tierra no era el centro de un Universo que hubiera permanecido inmutable desde el principio de los tiempos, sino un planeta más del sistema solar; poco después, que nuestro Sol era tan sólo una de los millones de estrellas que componen la Vía Láctea, que a su vez no es más que una de las incontables galaxias que pueblan el firmamento.

Hoy la ciencia sabe esto y además que el hombre no es el final de ningún proceso, ni pieza clave en ningún proyecto. Hace unos 15.000 millones de años todo lo existente se concentraba en un punto de volumen ínfimo y extrema densidad, momento en el cual se produjo el Big Bang, la explosión con la que comenzó la expansión y enfriamiento del universo, proceso que aún perdura. Instantes después de la explosión las altísimas temperaturas produjeron la aniquilación recíproca de materia y antimateria generando inmensas cantidades de radiación; pero quedó una pequeñísima parte de materia –una diezmilmillonésima parte de la materia inicial– de la cual deriva todo lo existente. Los átomos de H, el elemento más simple, se forman entonces y todos los que existen en el universo son los mismos que se originaron en ese momento. La posibilidad de que en el futuro algunos de esos átomos llegaran a formar parte del hombre era ínfima y podía considerarse despreciable.

El resultado de la mutua interacción de las cuatro fuerzas básicas del universo –gravitatoria, electromagnética y nuclear fuerte y debil– fue la formación de todos los objetos celestes. Las estrellas son enormes acumulaciones de gas y polvo, en cuyo núcleo se consume H y después He hasta agotarlos, produciendo radiación que sale a la superficie y se emite en su entorno. Cuando se agota el combustible la estrella muere siguiendo diferentes procesos según su masa. Miles de millones de estrellas han nacido, evolucionado y muerto hasta este momento. En torno a las estrellas, atrapados por su fuerza gravitatoria, se van formando por agregación de polvo y rocas nuevos cuerpos que acaban constituyendo los planetas. Los más cercanos a la estrella serán desiertos rocosos abrasados por su intensa radiación, los más lejanos, de hielo y gas, gigantes gaseosos; sólo a la distancia justa puede existir un planeta con agua líquida como la Tierra.

En el medio acuático que cubría la Tierra los elementos que son responsables de la vida –hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno– formaron, ayudados por la radiación solar, diversas combinaciones cada vez más complejas que interactuaban con el entorno del que obtenían algunos elementos y al que cedían otros: ha surgido la vida; por fin aparecen las plantas, más tarde los animales y hace unos cuatro millones de años la especie homo de la que somos parte. Si los quince mil millones de años de existencia del Universo los concentráramos en uno sólo resultaría que los primeros ancestros del hombre llegaron tan sólo dos horas antes de que se acabara el año.

La insignificancia del hombre frente a la inmensidad del Universo es manifiesta en el tiempo y en el espacio. Su habitat, la Tierra, no es mas que un pequeño planeta, que bien pudo no existir, en el sistema de una estrella de tamaño medio perdida en el extremo de una galaxia, en un Universo que las cuenta por millones; su tiempo, fracción ínfima del lapso total, terminará probablemente mucho antes de que el Sol haya llegado a su fin, mientras miles de millones de estrellas nacen y mueren en el transcurso de un periodo para nosotros inabarcable; su génesis como ser vivo, resultado de un proceso evolutivo de gran complejidad y fragilidad, que pudo haber cambiado de dirección y resultados en infinidad de ocasiones según las cambiantes situaciones del entorno, y que tan sólo un día antes de que acabara el año, si seguimos nuestra anterior simulación, era impensable su aparición.

Podemos concluir que su existencia es trivial, su destino indiferente, su trascendencia insignificante, su finalidad quimérica.

03 May 2008

Agnósticos y ateos

Escrito por: arco el 03 May 2008 - URL Permanente

En Opiniones de un payaso el nobel católico Heinrich Böll hace decir a Schnier, su protagonista, a propósito de los ateos: “Me aburren porque siempre están hablando de Dios”. Bueno, cada uno tenemos nuestras propias fijaciones y la de los ateos es Dios, nadie podrá decir que no es una santa obsesión. A mí personalmente me atrae el asunto sobremanera, no tanto como para dedicarle un blog, hay muchos por ahí, pero sí para un post.

Existen dos palabras para designar a los que no creen en Dios: ateo y agnóstico. La primera es más antigua y se compone de la partícula negativa a y del término teos, dios. El segundo es de uso más reciente y etimológicamente implica la negación del conocimiento, expresa la imposibilidad de conocer. En un sentido estricto el ateo niega la existencia de Dios y el agnóstico la posibilidad de su conocimiento, con independencia de que exista o no, cuestión que deviene irrelevante si el conocimiento no lo puede alcanzar.

A mi siempre me pareció que agnóstico es un eufemismo. Con su uso hacemos más políticamente correcto el concepto, que, es una evidencia, produce un rechazo frontal y escandalizado por parte de mucha gente, para la que negar a Dios es, más que una opción, una blasfemia. Todos los esfuerzos que se hacen por distinguir una palabra de la otra intentando convencer de que designan conceptos diferentes, me parecen poco consistentes y a mi juicio sólo encierran un deseo de no herir o de hacer más aceptable el hecho incontrovertible de la negación de Dios, a la vez que se presenta una imagen propia con perfiles de moderación, pese a lo radical de la cuestión. Sin embargo, nada tengo en contra de quienes lo hacen, cada cual es muy dueño de definirse como mejor le plazca.

Lo que quisiera dejar claro es que el ateo no es un exaltado radical que lucha denodadamente por imponer sus ideas como con frecuencia se nos presenta, estableciendo incluso un paralelismo con los fundamentalismos religiosos de cualquier signo; como si el ateismo fuera a su vez una religión. Nada mas incierto.

La hipótesis de la existencia de Dios es, a la luz de la razón humana y del conocimiento científico contrastado hasta la fecha, sumamente improbable. Una posibilidad tan mínima –pocas teorías científicas pueden aportar el 100% de verosimilitud confirmada– permite su negación sin amenazar en absoluto lo razonable. Se puede alegar que mi primera afirmación es gratuita: evidentemente demostrar la inexistencia de un ser que se define como inmaterial es de todo punto imposible, pero sí se puede demostrar la falsedad de lo que los creyentes consideran sus manifestaciones, su obra. Sin entrar en detalle, es un hecho que, a lo largo de la historia, el conocimiento científico ha ido sustituyendo progresivamente explicaciones religiosas a la realidad entorno por teorías científicas –la evolución y el mecanismo del Universo, la formación de la vida, la evolución de las especies…– hasta dejar casi sin campo a las creencias religiosas, y el proceso está lejos de haber terminado; se puede colegir de ello que la explicación religiosa sólo ocupaba el espacio en donde faltaba una explicación científica, pero cuando esta surge, por el inevitable progreso cultural, desaparece aquella. No es pues una acción extremista la negación de Dios, sino una posición razonable.

La actitud militante que se percibe en el ateo, no en todos, y que para algunos es irritante o descalificadora, se debe al convencimiento, que aquellos tienen, de que la creencia en Dios no es benéfica, ni siquiera neutra, para la sociedad, sino que tiene efectos perniciosos. Al aceptarla minusvaloramos el pensamiento racional y el método científico, abriendo brechas a la superstición y a cualquier irracionalismo; admitimos una de las fuentes de confrontación social más activa y brutal de las que han existido, como se demuestra con un mínimo estudio de la historia, o análisis de la actualidad; permitimos la supervivencia de unas herramientas –la religión y las iglesias– de enorme capacidad de reacción que han constituido siempre un poderoso freno para cualquier forma de progreso.

Soy consciente de que no he hecho más que apuntar unas ideas, no pretendía otra cosa. Tampoco es posible extenderse demasiado en este formato, pero no descarto desarrollar alguna de ellas en el futuro.

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NOTA. El libro más agudo y completo que he leído al respecto, aunque su traducción deja que desear, es El espejismo de Dios de Richard DAWKINS, científico muy conocido por su obra El gen egoísta, auténtico best seller científico, y por la interesante teoría de los memes, que pretende explicar la evolución cultural, en la que los memes harían la función que ejercen los genes en la evolución natural.

24 Mar 2008

El orden y el caos.

Escrito por: arco el 24 Mar 2008 - URL Permanente

La conocida frase de Sócrates “sólo sé que no sé nada” tenía una intención didáctica, no era más que la manifestación de un método, la mayeutica o ironía socrática, porque la situación de ignorancia absoluta es impensable e inquietante en extremo. Necesitamos de algunas certezas para vivir, no importa su veracidad, sino que nos sean útiles para ocultar el vacío al que nos enfrenta el desconocimiento y la duda. A veces la verdad a la que podemos acceder no cubre esas expectativas y entonces recurrimos a cualquier fantasía que nos proporcione la seguridad que anhelamos. Con su humor extraordinario decía Jardiel Poncela: “cuando descubrimos la verdad nos damos cuenta de lo deliciosa que era la mentira”.

Pero no quiero hablar de la mentira y la verdad, sino del orden y del caos, aunque viene a ser lo mismo. El Mundo es caótico, en el sentido que dan al caos los físicos y los matemáticos; el orden, en cambio, es tan sólo un producto de nuestra mente, una simplificación de la realidad que nos permite orillar el vértigo de lo inabarcable.

Los logros de la inteligencia humana usando del método científico han sido inmensos y, sin embargo, una de las conclusiones más importantes a que se ha llegado en los últimos tiempos es a la convicción de que la sociedad, el clima, el Universo… son impredecibles en su comportamiento por el ingente número de factores que entran en juego, imposibles de tener en cuenta en su totalidad. Sistemas dinámicos, le llaman los matemáticos y a su estudio, teoría del caos. Según todas las evidencias hemos estado construyéndonos un mundo habitable, ordenando, clasificado, organizado, jerarquizado… sólo porque nuestro intelecto no soporta la ambigüedad, la indeterminación; pero lo que hay ahí afuera es otra cosa.

Desde el principio de los tiempos el hombre se ha defendido del caos, que es un habitat hostil, formulando respuestas contundentes a las preguntas más turbadoras. Así han nacido las religiones, afirmando responder a las dudas sobre nuestro origen y finalidad en el Mundo; así se han generado teorías sobre el Estado y el poder, justificando la arbitrariedad de la dominación de unos sobre otros… Más que sabiduría lo que nos han aportado es paz a nuestro espíritu, porque no buscábamos la verdad, sino seguridad, orden; a costa, naturalmente, de la verdad, a la que, hasta el momento, no se le ha encontrado utilidad alguna.

15 Mar 2008

Kepler

Escrito por: arco el 15 Mar 2008 - URL Permanente

La lucha por el conocimiento, el desarrollo de la ciencia, es un caminar épico que emociona. Cuenta con sus héroes, a veces ensalzados, otras sacrificados, pero siempre debatiéndose en las contradicciones propias de su tiempo y de su cultura, como ocurre con todos los seres humanos. Los enemigos son siempre los prejuicios heredados, las opiniones dominantes en el momento, las teorías establecidas que se consideran definitivas, la superstición. Enemigos que están fuera, en el mundo que rodea al pensador, pero también dentro de él, convirtiendo a veces la lucha en un debatirse con la propia conciencia.

Uno de los episodios que llaman mi atención con mayor intensidad en la historia del pensamiento científico es la formulación de las leyes que rigen el movimiento de los astros por Kepler[1]. Puede parecer a primera vista importante para la astronomía, pero no un hito de la ciencia; sin embargo no es así, marca uno de los momentos decisivos en que la observación empírica se despega y se impone sobre la simple especulación racional heredera de Platón –que, dicho sea entre paréntesis, ha sido uno de los más serios obstáculos para el avance científico y un gran retroceso sobre la filosofía de la naturaleza que se había iniciado en la Grecia antigua– y, por supuesto, de las conclusiones derivadas de las Sagradas Escrituras, es decir, la superstición y el mito.

Contemporáneo de Galileo, Kepler pudo trabajar con mayor libertad en territorio de la Reforma sin verse, como aquel, compelido a renunciar a sus experimentos y observaciones o a renegar de sus descubrimientos. Asumió la teoría heliocéntrica que había formulado Copérnico[2] un siglo antes y trabajó con denuedo intentando encontrar las leyes que rigen el movimiento de los planetas en torno al Sol.

Trabajando como matemático en Graz e imbuido de las ideas platónicas y de sus creencias religiosas trató de conciliarlas con sus observaciones directas a fin de completar el sistema copernicano. Por una parte compartía la idea mística de la perfección de los poliedros regulares (sólidos platónicos o pitagóricos)[3]; por otra, la fe en que la presencia y perfección de Dios habría de manifestarse en la armonía geométrica del Universo. En su primera obra, Misterium Cosmographicum (1597) expuso la idea, de inspiración platónica, según la cual las órbitas de los planetas encajaban en las formas de los poliedros regulares, lo cual no podía ser obra del azar, sino manifestación de la perfección divina, la obra de un Dios geómetra. Llegó a construir una caja china con los sólidos perfectos que contenían las órbitas planetarias (2ª imagen): una esfera que contiene a la órbita de Mercurio encajaba dentro de un octaedro, éste dentro de la superficie esférica que contiene a la órbita de Venus, ésta dentro de un icosaedro y así hasta el cubo dentro de la superficie esférica que contiene a la órbita de Saturno; en el centro, el Sol, metáfora de Dios.

Simultáneamente dedicaba todo su tiempo a los cálculos mediante la observación; sin embargo sus datos, obtenidos del cuidadoso examen del movimiento aparente de los planetas no encajaban con las esferas, que debían ser sus órbitas, y los sólidos perfectos. Es entonces cuando marcha a Praga llamado por Tycho Brahe, que cuenta con datos mejores que los suyos. Cuando por fin pudo contar con toda la información necesaria (a la muerte de T. Brahe), después de muchos años de haber comenzado su trabajo, llegó a la conclusión de que las órbitas planetarias no eran circulares. Su idea primitiva se derrumbó; pero aceptó la realidad que le dictaba la observación directa y acabó describiendo las órbitas elípticas, la situación del Sol en uno de los focos de la elipse y formulando las tres leyes que le valieron un puesto en la ciencia astronómica.

Platón, Aristóteles, Pitágoras, despreciaron la observación directa; la experimentación requería de la actividad manual, siempre despreciada en un mundo esclavista; por otra parte, nunca la habrían tenido en cuenta si sus resultados hubieran contradicho las perfectas arquitecturas de su pensamiento, que, según creían, estaba construido con principios más elevados. La Iglesia, por acciones similares a las de Kepler, empujó a Galileo al borde de la hoguera y le obligó a retractarse de sus conclusiones, negándose a aceptar la evidencia que podía contradecir aquello que se deducía del mito sagrado. Kepler había construido su teoría impulsado por las mismas creencias, pero supo dar paso finalmente a los resultados de la experimentación marcando un hito en la construcción de la ciencia y el pensamiento modernos.



[1] Johannes Kepler. 1571- 1630

[2] Nicolás Copérnico 1473- 1543. En realidad quien primeramente formuló la teoría de que la Tierra giraba en torno al sol había sido Aristarco de Samos en el S. III a. de C., obse rvación que cayó en el olvido durante siglos, como otros tantos hallazgos de la ciencia antigua, barridos primero por el idealismo y el racionalismo especulativos y después por la superstición religiosa.

[3] Los sólidos perfectos o platónicos son los únicos cinco poliedros cuyas caras son polígonos regulares: tetraedro, cubo, octaedro, dodecaedro e icosaedro.


13 Ene 2008

Nacionalismo, religión laica.

Escrito por: arco el 13 Ene 2008 - URL Permanente

Hay sueños recurrentes que nos asaltan una y otra vez sin que sepamos por qué. Lo mismo ocurre con algunos pensamientos que parecen ocupar un lugar excesivo o de privilegio en nuestra mente; para mí el tema del nacionalismo es uno de esos asuntos, nunca me abandona por completo y, como en el marco político y social de España es también una constante, reverdece a cada paso.

Siempre he tenido la idea de que el nacionalismo, más que una ideología política, es una fe, una religión laica o política. Seguramente el sentimiento religioso está muy arraigado en nuestro interior. Es un hecho conocido que algún tipo de pensamiento religioso debería haberse desarrollado ya en nuestros ancestros, los primeros sapiens, puesto que enterraban a sus muertos ritualmente. La omnipotencia incontrolable de la naturaleza debió inducirles la idea de fuerzas sobrenaturales con las que convenía congraciarse, como la evidencia e inevitabilidad de la muerte conduciría a la idea de vida eterna. Lo cierto es que intelectualmente parece que alguna idea que nos trascienda, como seres del reino animal, es un notable consuelo y puede llenar vacíos en nuestro conocimiento, que no homologa la razón, sino el sentimiento.

La idea de Dios, o de los dioses, las religiones con sus cosmogonías, dogmas y liturgias han calmado esa ansiedad humana durante milenios. Pero, al fin han chocado con la razón, otra potencia de nuestra mente que pugna por hegemonizar nuestra vida, sin conseguirlo casi nunca. Por no remontarme demasiado en el tiempo, en la Edad Moderna se aceptaba que Dios había organizado nuestra vida política, colocando al frente de nuestra sociedad al monarca, vicario de Dios, ungido por la divinidad para gobernar nuestra vida colectiva y aun personal. Cuando la Ilustración puso en cuestión el principio de legitimidad monárquica y la revolución fue decapitando monarquías, un nuevo concepto, la Nación, sustituyó al soberano como objeto de veneración, de pleitesía y hasta de culto. Se desarrolló una liturgia civil que tenía como objeto sacralizar a la Nación; se enseñó en las escuelas que sus orígenes se perdían en la noche de los tiempos, con igual descaro con el que antes se creaban fantásticas genealogías para legitimar a los monarcas; se inculcó a los ciudadanos, ya no súbditos, la grandeza de morir por la patria. En suma, la Nación, que hasta entonces no pasaba de ser un concepto antropológico, se convirtió en sagrada.

Pero ¿cuáles son los límites de la Nación? Los antiguos reinos eran los territorios que constituían el patrimonio del monarca y, sus habitantes, vasallos o súbditos; pero los súbditos se habían convertido en ciudadanos, ahora dueños de sus personas y su porvenir. En ocasiones las nuevas naciones coincidieron con el antiguo patrimonio real, otras veces la lengua o alguna característica étnica, más o menos ilusoria, acabaron definiendo el territorio. En todas las ocasiones se justificó con un pasado mítico construido de retazos de historia real y pura fantasía, tal y como se han fabricado los dioses en todas partes.

A la vez que se entronizaban las naciones, surgían sus detractores. El materialismo marxista descubría al mundo que la historia no es de las naciones sino de las clases. Pero la idea de nación apela, como en cualquier religión, a sentimientos profundos no a la racionalidad del análisis científico –en la I Guerra Mundial se materializó el primer fracaso del internacionalismo de raíz marxista– y acabó por imponerse.

Por un proceso que los antropólogos modernos llaman “transferencia de sacralidad” los dioses han traspasado su sagrada condición a este nuevo ente metafísico que se ha dotado de textos y símbolos sagrados, legiones de sacerdotes y fieles fervorosos que esperan la redención en la independencia nacional. Una nueva religión, laica, se ha adueñado del mundo, justificando luchas, crímenes y masacres porque se hacen en nombre del bien supremo, la Nación.

La era de la razón está aún por llegar.

03 Dic 2007

Sobre la felicidad

Escrito por: arco el 03 Dic 2007 - URL Permanente

A Carmen

Una de las cosas que distingue a los humanos de cualquier otro ser viviente es que nosotros buscamos la felicidad, ellos sólo la satisfacción de sus necesidades. No sabemos en qué momento del proceso de hominización se produjo el cambio, pero es una constante desde que tenemos memoria histórica. Sin embargo, el concepto de felicidad y los posibles medios para alcanzarla así como la fe en lograrlo no siempre, ni en todas las culturas, han sido los mismos.

Durante siglos ha imperado en Occidente la idea cristiana de que la felicidad no se encuentra en este mundo, sino en una vida futura. Nuestro mundo material, el que vivimos, no es sino un “valle de lágrimas”, tránsito necesario para alcanzar la felicidad en la contemplación de Dios, en la otra vida. Incluso se ha exaltado el sufrimiento, o la resignación ante él, como mérito para conseguir el premio final. Una idea que por cierto venía muy bien a las clases dominantes para mantener tranquilas a las masas explotadas (¡lo que son las casualidades!). Todavía hoy, aunque sea a modo de chiste, nos preguntamos si no será pecado cuando lo pasamos bien.

La Ilustración, digna heredera del Humanismo renacentista, rompió con esta tradición: colocó al hombre en el centro de su universo ideológico, desplazando a Dios, y proclamó que la consecución de la felicidad era el objetivo básico del ser humano; los gobiernos (monarcas ilustrados) tenían el deber de poner los medios para que se consiguiera, como es propio del paternalismo de una revolución desde arriba; el conocimiento en general y el cultivo y difusión de las “ciencias útiles” para el pueblo serían los instrumentos a usar. Pero el conocimiento y el uso de la razón sólo ha aumentado nuestro bienestar material, la felicidad nos sigue pareciendo un estado tan inalcanzable como siempre.

Aunque no soy experto en la materia, tengo entendido que en algunas culturas orientales la felicidad se identifica con el estado que se conseguiría renunciando a algunos de los aspectos que mejor nos definen como seres humanos: al nirvana se llega mediante el abandono de los deseos y la extinción de la conciencia de individuo. En otras palabras, el precio que habría que pagar sería nada menos que nuestra propia condición de humanos. No es muy distinto de lo que ofrece el cristianismo: en ambos casos se trata de una solución mística que implica la extinción del individuo antes o después de la muerte física.

Somos en la actualidad herederos directos de la Ilustración y podemos sentirnos satisfechos de haber reducido la felicidad a una escala humana, por mucho que no nos satisfaga la “materialización” del proyecto y nos inquiete la pérdida de sus aspectos románticos.

¿No será que La Felicidad (con mayúsculas) es una fantasía, un espejismo? Se dice que el amor no es más que la sublimación del instinto reproductor ¿No será la felicidad otra de estas jugarretas que nos gasta la mente? Quizás debiéramos contentarnos con disfrutar del bienestar y de los momentos afortunados sin mayores complicaciones y no esperar del conocimiento racional o de la religión la realización de un sueño imposible.

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