10 Jun 2008

Reflexiones sobre la democracia (2). Laicismo.

Escrito por: arco el 10 Jun 2008 - URL Permanente

He aquí a María Auxiliadora, tal y como la imaginara Don Bosco. Ésta, y no otra, de la multitud de vírgenes que pueblan los municipios de este país, es la que se ha hecho con la alcaldía (no sé si perpetua u honoraria) de Morón de la Frontera. Un suceso entre freaky y casposo del tenor a que nos está acostumbrando la jerarquía y la feligresía católica en estos tiempos que empezábamos a imaginar modernos.

Hay ideas difíciles para algunas cabezas; nada más complicado que hacer comprender la necesidad democrática de la laicidad a muchos católicos y, sin embargo, el laicismo no es una opción institucional entre otras: es tan inseparable de la democracia como el sufragio universal [1].

En efecto, relaciono y resumo las tesis que definen un Estado democrático y, por ende, laico, extraídas de otro excelente ensayo de Savater[2]:1) los dogmas se transforman en creencias particulares, que han perdido su obligatoriedad pero ganado en seguridad, ya que la neutralidad del Estado protege a unas frente a otras; 2) las creencias religiosas son un derecho asumido libremente por los ciudadanos, no un deber que pueda imponerse a nadie; 3) las religiones pueden decretar qué actitudes o comportamientos son pecado, pero sobre los delitos y las penas sólo puede entender el Estado, y al revés, si un comportamiento es delito, lo será aunque la religión correspondiente no lo penalice, es la sociedad laica la que marca los límites de lo legal; 4) sólo lo verificable –aquello que sostiene la comunidad científica como tal– y lo civilmente establecido como válido para todos es lo que debe ser impartido en la escuela pública.

Vivir en un Estado laico significa que a nadie se le puede imponer una religión, pero también que a nadie se le puede impedir practicar la suya. Es en las sociedades que no reconocen el principio de laicidad donde no están garantizados los derechos de todos los creyentes, salvo de los que son mayoría o detentan el poder.

A los grandes principios expuestos unas líneas más arriba se opone una realidad con mil y una pequeñas, o no tan pequeñas, violaciones de esas máximas: acciones como la de la corporación de Morón, los símbolos religiosos en actos oficiales y centros institucionales del Estado, las ceremonias religiosas como actos solemnes de las instituciones, la exhibición de la fe religiosa del Jefe del Estado y su familia en actos oficiales, la enseñanza de la religión en la escuela pública o concertada, el trato fiscal preferente de la Iglesia Católica, la existencia del Concordato, la mención que en la Constitución se hace del catolicismo. Todo ello constituyen anomalías –por ser generoso con las palabras– en un Estado democrático.

Muchas de estas situaciones pueden parecernos, sobre todo si las contemplamos aisladamente, intrascendentes; pero su número y su contumacia, desafiando años de discurrir democrático deberían ponernos en guardia sobre la intención de quienes las sostienen, que parecen querer poner a prueba la tolerancia de los demás, justamente de los que, en otros tiempos, sufrieron su absoluta intolerancia




[1] F.Savater. Diccionario del ciudadano sin miedo a saber. Ariel 2007.

[2] La vida eterna. Ariel. 2007.


20 May 2008

¿Por qué creemos?

Escrito por: arco el 20 May 2008 - URL Permanente

Me disponía a escribir sobre el por qué del sentimiento religioso, estimulado por el revuelo que ha levantado la última carta publicada de Einstein sobre el particular, cuando leo en El País de hoy un reportaje de Mónica Salomé titulado ¿Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios? Con el subtítulo Científicos de Oxford investigan la estructura cerebral que aloja la creencia religiosa. Naturalmente, si no de otra cosa, me ha convencido de la actualidad del tema. Así que voy allá.

Probablemente no existe una manifestación de la cultura humana más universal que la expresión del sentimiento religioso. Se encuentra en todas las épocas, en todas las latitudes y en todas las civilizaciones; es tan omnipresente que ha sido utilizado por algunos como una prueba de la existencia de Dios; el ateismo es un fenómeno de culturas muy avanzadas y avezadas en el pensamiento racional, pero ni existía ni es siquiera imaginable en la mayor parte de la historia de la humanidad.

Los que nos esforzamos en buscar una explicación racional al fenómeno hemos pensado siempre, que las insuficiencias del conocimiento humano para explicar los fenómenos naturales, los cuales han condicionado duramente la vida humana, han llevado al hombre a buscar una contestación rápida y simple a la vez que a intentar protegerse ante ellos e incluso a controlarlos, lo que ha desembocado en la práctica religiosa. Pero este argumento no explica por qué la religión no retrocede en la medida que avanza la ciencia, ni por qué hay científicos que siguen creyendo pese a estar acostumbrados al análisis racional y a contrastar empíricamente cualquier aserto.

Sin duda hay algo en la mente que propicia el pensamiento religioso; pero todo cuanto existe en el hombre ha sido depurado y seleccionado por el proceso de la evolución natural, y, al contrario de lo que se deduce del citado artículo, yo creo que la religión no aporta mejores condiciones para la supervivencia –único argumento al que atiende el proceso de evolución darwinista–, antes bien, es un lastre considerable, por lo que debería haber sido desechada. El ritual y el culto en cualquier religión suponen un despilfarro de energías, tiempo y recursos sin ninguna rentabilidad práctica, que colocaría a unos posibles no creyentes en mejores condiciones de subsistencia –si sacrifico a una cabra para propiciar la lluvia, no habré aumentado las probabilidades de que llueva y habré perdido una cabra–. Tampoco me vale el argumento de que la religión es un consuelo ante la muerte lo que aliviaría la ansiedad ante tan inevitable final y crearía unas mejores condiciones de vida. La mayoría de las religiones plantean la vida tras la muerte con interrogantes sumamente inquietantes, ya que podemos precipitarnos en la condenación eterna, reencarnar en un ser inferior, etc. El sentimiento de culpa y la inseguridad de la salvación aumentan el stress existencial. Para colmo la intolerancia entre religiones ha sido un factor de hostilidad que ha producido, persecuciones, guerras y masacres. No creo que el gen que propicia la religión, si es que existe, haya sido seleccionado por la evolución natural como un elemento positivo, porque parece que más bien ha sido una rémora y un lastre considerable.

Habría que pensar que la universalidad y supervivencia del pensamiento religioso se debe más bien a que se trata de un subproducto de una o de varias cualidades psicológicas adquiridas en el proceso de hominización. Richard Dawkins, conocido biologo, explica en “El espejismo de Dios” cómo las mariposas nocturnas parecen tener una irrefrenable tendencia al suicidio precipitándose sobre la llama de una vela; la cuestión es que su vista está diseñada para orientarse por el ángulo en que inciden en sus ojos los rayos de luz procedentes de un foco luminoso, la Luna; la aparición de un foco artificial, la vela, hace que vuelen en espiral, respetando el dichoso ángulo, hasta que la llama las engulle. De la misma manera instrumentos importantes para la supervivencia del hombre han permitido y propiciado, como efecto colateral, la aparición del pensamiento religioso. Veamos algunos siguiendo otra vez a Dawkins.

Concebirnos como seres duales, compuestos de cuerpo y una entidad espiritual, no corpórea, no es una actitud aprendida porque está presente con fuerza en la infancia; pero nos permite pensar en diferentes destinos para un cuerpo material, llamado a un fin biológico y un espíritu o alma que por se inmaterial estaría llamada a la supervivencia. También nos autoriza a imaginar un ser dotado sólo de sustancia espíritual. Más clara, como condición favorecida por la selección, es la tendencia a adjudicar intencionalidad a todo cuanto existe, las nubes están para llover o el felino intenta comernos; de este modo simple puede que hayamos tenido más oportunidades de sobrevivir y esa tendencia se ha conservado. Tanto el dualismo como la predisposición teleológica parecen conducir fácilmente a Dios.

La capacidad de enamorarnos la anclan los biólogos en el instinto reproductor. Se trataría de un mecanismo psicológico que propiciaría que la pareja permaneciera unida al menos hasta el destete de las crías, dada la indefensión de la criatura humana en su infancia. En muchos aspectos el sentimiento religioso se vive en ocasiones como una experiencia amorosa. Podemos encontrar multitud de ejemplos, pero baste recordar, en un extremo, el misticismo –la poesía de San Juan de la Cruz es comparable con la más exaltada poesía erótica; el éxtasis místico, que expresó Berninini tan magistralmente, produjo las equívocas figuras de Sta. Teresa o la Beata Ludovica, utilizada en la cabecera de este post–. Sin recurrir a esos extremos, en el lenguaje corriente usamos expresiones similares para referirnos al amor debido Dios o al que profesamos a la pareja objeto de nuestro deseo. Hay una frontera que parece difuminarse entre uno y otro.

En todos estos casos, y en otros más, la religión podría haberse visto favorecida en su aparición y en su supervivencia como un subproducto accidental, un fallo de algo útil.

14 May 2008

El Cristianismo ¿es monoteista?

Escrito por: arco el 14 May 2008 - URL Permanente

El hombre no se concibe solo porque la naturaleza en su tarea creadora durante millones de años lo ha configurado como un ser social. Por eso cuando los humanos imaginamos a los dioses tampoco los pensamos como seres solitarios. Las religiones son siempre politeístas, incluso aquellas que hacen gala de monoteísmo: judaísmo, cristianismo e islamismo. Por supuesto que además de sociales los dioses son siempre antropomorfos –aunque a veces se prohíba su representación– o zoomorfos, ya que si no tienen una figura humana o animal su carácter sí que lo es. Al fin y a la postre la imaginación tiene sus límites.

Siempre me pareció un error considerar al cristianismo como una religión monoteísta pese a las declaraciones expresas de sus iglesias en ese sentido y a la idea, pienso que gratuita, de que el monoteísmo es una forma superior de creencia religiosa. De hecho desde fuera no se la considera así, fijaos en este texto: Los islamistas, luchando contra los politeístas y forzándoles a emigrar…” Se trata de la crónica de Al-Maqqari relatando la batalla de Covadonga, subrayo el calificativo que usa para designar a los cristianos. Nada más lógico si consideramos que el concilio de Nicea, con el de Constantinopla más tarde, había establecido el dogma de la Trinidad hacía tres siglos. La polémica surgió desde que Pablo empezó a considerar a Cristo como hijo de Dios, haciendo que la bíblica divinidad judía perdiera su soledad y obligando a buscar argumentos que mantuvieran, pese a todo, la antigua unicidad. La utilización de una jerga seudofilosófica para explicar el contrasentido de un Dios y tres personas no evita que la propia Iglesia lo considere un misterio para cuya asimilación se requiere de la revelación. En la ciencia hay conceptos nada intuitivos pero que podemos alcanzar por un razonamiento lógico, por ejemplo matemático. En este caso, fuera de la fe, no es asumible por nuestro conocimiento, así que aceptar que se habla de varios dioses está justificado.

El problema afecta al catolicismo romano, al ortodoxo y a las iglesias protestantes, es decir al cristianismo trinitario –hubo y hay otros credos cristianos no trinitarios, de hecho el Islam en su origen se puede considerar uno de ellos–; pero todos, incluyendo al Islam y al judaísmo tienen elementos que contradicen la soledad de Dios. Todos ellos admiten la existencia de criaturas de carácter sobrenatural que, aunque no reciban el calificativo de divinos, tienen poderes y características no humanas; son entes celestiales o infernales cuyo número y variedad es enorme. Los ángeles y los demonios están presentes en todas ellas; su poder es tan grande que algunos se han rebelado contra Dios mismo; el Diablo, además, se atrevió a tentar al mismísimo Jesús, sabiendo quien era –¿hubo alguna posibilidad de que sucumbiera a la tentación?–. Los católicos aceptan también la presencia en el Cielo de la Virgen, ¡en cuerpo y alma! Y, por supuesto, una legión de santos. El Olimpo griego no estaba más poblado; en realidad los santos del cielo cristiano han venido a sustituir a los dioses del Panteón grecorromano asumiendo, por ejemplo, sus tareas de patronazgo. La diferencia reside únicamente en que el cristiano se configura como una sociedad muy jerarquizada y con un poder absoluto en la cúspide, cosa con la que Zeus o Júpiter no podían soñar. ¿No será un reflejo fiel del poder despótico del emperador en el siglo IV y siguientes, cuando se gestan estas creencias?

No conozco ninguna religión que pueda considerarse monoteísta. La católica, desde luego, está muy lejos de serlo porque, aunque no se denominen dioses a las criaturas que pueblan sus “espacios” ultraterrenos, lo cierto es que no son humanas, ni tienen una condición natural, así que si no son de este mundo serán del “otro”. Todas las argucias seudofilosóficas para encubrir esta realidad no son más que eso, artimañas, pura y simple charlatanería. Analizado desde fuera este asunto se presenta como infantil e ingenuo, pero ¿qué no lo es en una religión? A veces se quiere quitar hierro alegando que son producto de la religiosidad popular, pero no es así. De los ángeles y del Demonio se habla en los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento; de la Virgen en el Nuevo, y Roma ha creado los dogmas de la Inmaculada Concepción (Pío IX) y de la Asunción de la Virgen (Pío XII), ya en los siglos XIX y XX respectivamente. Por supuesto las discusiones teológicas a que han dado lugar estos temas han sido innumerables a lo largo de siglos y en muchos casos con consecuencias dramáticas.

Sinceramente encuentro muy inapropiado el calificativo de monoteísta para una religión, o familia de religiones, como el Cristianismo.

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ILUSTRACIÓN. “La Trinidad” de El Greco.

12 May 2008

El hombre y el Universo

Escrito por: arco el 12 May 2008 - URL Permanente

Escuché el fragmento de una conversación en la que un hombre joven contaba que de pequeño siempre que había un día de fiesta pensaba que era su día, su cumpleaños o su onomástica; se creía, decía, el centro del Mundo. La humanidad ha tenido también su infancia y durante milenios se ha creído el centro del Universo: las plantas y los animales estaban ahí para alimentarle y servirle; las estrellas, la Luna y el Sol para iluminar sus días y sus noches, darle calor y orientación. El mito judeocristiano de la creación es revelador. Pero, poco a poco, como el niño, con desilusiones y frustraciones, va tomando conciencia cierta de su verdadero papel: ya en el XVI era evidente que la Tierra no era el centro de un Universo que hubiera permanecido inmutable desde el principio de los tiempos, sino un planeta más del sistema solar; poco después, que nuestro Sol era tan sólo una de los millones de estrellas que componen la Vía Láctea, que a su vez no es más que una de las incontables galaxias que pueblan el firmamento.

Hoy la ciencia sabe esto y además que el hombre no es el final de ningún proceso, ni pieza clave en ningún proyecto. Hace unos 15.000 millones de años todo lo existente se concentraba en un punto de volumen ínfimo y extrema densidad, momento en el cual se produjo el Big Bang, la explosión con la que comenzó la expansión y enfriamiento del universo, proceso que aún perdura. Instantes después de la explosión las altísimas temperaturas produjeron la aniquilación recíproca de materia y antimateria generando inmensas cantidades de radiación; pero quedó una pequeñísima parte de materia –una diezmilmillonésima parte de la materia inicial– de la cual deriva todo lo existente. Los átomos de H, el elemento más simple, se forman entonces y todos los que existen en el universo son los mismos que se originaron en ese momento. La posibilidad de que en el futuro algunos de esos átomos llegaran a formar parte del hombre era ínfima y podía considerarse despreciable.

El resultado de la mutua interacción de las cuatro fuerzas básicas del universo –gravitatoria, electromagnética y nuclear fuerte y debil– fue la formación de todos los objetos celestes. Las estrellas son enormes acumulaciones de gas y polvo, en cuyo núcleo se consume H y después He hasta agotarlos, produciendo radiación que sale a la superficie y se emite en su entorno. Cuando se agota el combustible la estrella muere siguiendo diferentes procesos según su masa. Miles de millones de estrellas han nacido, evolucionado y muerto hasta este momento. En torno a las estrellas, atrapados por su fuerza gravitatoria, se van formando por agregación de polvo y rocas nuevos cuerpos que acaban constituyendo los planetas. Los más cercanos a la estrella serán desiertos rocosos abrasados por su intensa radiación, los más lejanos, de hielo y gas, gigantes gaseosos; sólo a la distancia justa puede existir un planeta con agua líquida como la Tierra.

En el medio acuático que cubría la Tierra los elementos que son responsables de la vida –hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno– formaron, ayudados por la radiación solar, diversas combinaciones cada vez más complejas que interactuaban con el entorno del que obtenían algunos elementos y al que cedían otros: ha surgido la vida; por fin aparecen las plantas, más tarde los animales y hace unos cuatro millones de años la especie homo de la que somos parte. Si los quince mil millones de años de existencia del Universo los concentráramos en uno sólo resultaría que los primeros ancestros del hombre llegaron tan sólo dos horas antes de que se acabara el año.

La insignificancia del hombre frente a la inmensidad del Universo es manifiesta en el tiempo y en el espacio. Su habitat, la Tierra, no es mas que un pequeño planeta, que bien pudo no existir, en el sistema de una estrella de tamaño medio perdida en el extremo de una galaxia, en un Universo que las cuenta por millones; su tiempo, fracción ínfima del lapso total, terminará probablemente mucho antes de que el Sol haya llegado a su fin, mientras miles de millones de estrellas nacen y mueren en el transcurso de un periodo para nosotros inabarcable; su génesis como ser vivo, resultado de un proceso evolutivo de gran complejidad y fragilidad, que pudo haber cambiado de dirección y resultados en infinidad de ocasiones según las cambiantes situaciones del entorno, y que tan sólo un día antes de que acabara el año, si seguimos nuestra anterior simulación, era impensable su aparición.

Podemos concluir que su existencia es trivial, su destino indiferente, su trascendencia insignificante, su finalidad quimérica.

03 May 2008

Agnósticos y ateos

Escrito por: arco el 03 May 2008 - URL Permanente

En Opiniones de un payaso el nobel católico Heinrich Böll hace decir a Schnier, su protagonista, a propósito de los ateos: “Me aburren porque siempre están hablando de Dios”. Bueno, cada uno tenemos nuestras propias fijaciones y la de los ateos es Dios, nadie podrá decir que no es una santa obsesión. A mí personalmente me atrae el asunto sobremanera, no tanto como para dedicarle un blog, hay muchos por ahí, pero sí para un post.

Existen dos palabras para designar a los que no creen en Dios: ateo y agnóstico. La primera es más antigua y se compone de la partícula negativa a y del término teos, dios. El segundo es de uso más reciente y etimológicamente implica la negación del conocimiento, expresa la imposibilidad de conocer. En un sentido estricto el ateo niega la existencia de Dios y el agnóstico la posibilidad de su conocimiento, con independencia de que exista o no, cuestión que deviene irrelevante si el conocimiento no lo puede alcanzar.

A mi siempre me pareció que agnóstico es un eufemismo. Con su uso hacemos más políticamente correcto el concepto, que, es una evidencia, produce un rechazo frontal y escandalizado por parte de mucha gente, para la que negar a Dios es, más que una opción, una blasfemia. Todos los esfuerzos que se hacen por distinguir una palabra de la otra intentando convencer de que designan conceptos diferentes, me parecen poco consistentes y a mi juicio sólo encierran un deseo de no herir o de hacer más aceptable el hecho incontrovertible de la negación de Dios, a la vez que se presenta una imagen propia con perfiles de moderación, pese a lo radical de la cuestión. Sin embargo, nada tengo en contra de quienes lo hacen, cada cual es muy dueño de definirse como mejor le plazca.

Lo que quisiera dejar claro es que el ateo no es un exaltado radical que lucha denodadamente por imponer sus ideas como con frecuencia se nos presenta, estableciendo incluso un paralelismo con los fundamentalismos religiosos de cualquier signo; como si el ateismo fuera a su vez una religión. Nada mas incierto.

La hipótesis de la existencia de Dios es, a la luz de la razón humana y del conocimiento científico contrastado hasta la fecha, sumamente improbable. Una posibilidad tan mínima –pocas teorías científicas pueden aportar el 100% de verosimilitud confirmada– permite su negación sin amenazar en absoluto lo razonable. Se puede alegar que mi primera afirmación es gratuita: evidentemente demostrar la inexistencia de un ser que se define como inmaterial es de todo punto imposible, pero sí se puede demostrar la falsedad de lo que los creyentes consideran sus manifestaciones, su obra. Sin entrar en detalle, es un hecho que, a lo largo de la historia, el conocimiento científico ha ido sustituyendo progresivamente explicaciones religiosas a la realidad entorno por teorías científicas –la evolución y el mecanismo del Universo, la formación de la vida, la evolución de las especies…– hasta dejar casi sin campo a las creencias religiosas, y el proceso está lejos de haber terminado; se puede colegir de ello que la explicación religiosa sólo ocupaba el espacio en donde faltaba una explicación científica, pero cuando esta surge, por el inevitable progreso cultural, desaparece aquella. No es pues una acción extremista la negación de Dios, sino una posición razonable.

La actitud militante que se percibe en el ateo, no en todos, y que para algunos es irritante o descalificadora, se debe al convencimiento, que aquellos tienen, de que la creencia en Dios no es benéfica, ni siquiera neutra, para la sociedad, sino que tiene efectos perniciosos. Al aceptarla minusvaloramos el pensamiento racional y el método científico, abriendo brechas a la superstición y a cualquier irracionalismo; admitimos una de las fuentes de confrontación social más activa y brutal de las que han existido, como se demuestra con un mínimo estudio de la historia, o análisis de la actualidad; permitimos la supervivencia de unas herramientas –la religión y las iglesias– de enorme capacidad de reacción que han constituido siempre un poderoso freno para cualquier forma de progreso.

Soy consciente de que no he hecho más que apuntar unas ideas, no pretendía otra cosa. Tampoco es posible extenderse demasiado en este formato, pero no descarto desarrollar alguna de ellas en el futuro.

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NOTA. El libro más agudo y completo que he leído al respecto, aunque su traducción deja que desear, es El espejismo de Dios de Richard DAWKINS, científico muy conocido por su obra El gen egoísta, auténtico best seller científico, y por la interesante teoría de los memes, que pretende explicar la evolución cultural, en la que los memes harían la función que ejercen los genes en la evolución natural.

03 Abr 2008

Violencia y religión

Escrito por: arco el 03 Abr 2008 - URL Permanente

Las noticias sobre el Tibet y los monjes budistas a propósito de su revuelta contra el régimen chino me llenan de curiosidad y me plantean una multitud de interrogantes que no sé como contestar a causa de mi ignorancia sobre el budismo y la historia y la realidad actual de esa zona. Sin embargo, me sugieren una reflexión sobre religión y violencia, que hace tiempo quería hacer.

Todas las religiones que conozco propugnan la paz y el amor entre los hombres; pero ninguna está libre de acciones violentas, masacres y genocidios. Es una contradicción tan flagrante que no se puede permanecer indiferente ante ella. Demostrar el anterior aserto es innecesario, pero citaré algún ejemplo: el terrorismo islámico que padecemos actualmente se fundamenta en los principios coránicos; las actitudes más violentamente radicales de Israel son promovidas por los grupos religiosos más ortodoxos; en el pasado las cruzadas fueron un claro ejemplo de “guerra santa”, predicada y promovida por los papas; las guerras de religión asolaron a Europa en los siglos XVI y XVII, por la confrontación entre católicos y reformados. Se podría hacer una larguísima lista, pero supongo que bastan estos ejemplos. Cabría incluso preguntarse, ante la omnipresencia del fenómeno, si acaso no es la religión una de las causas de confrontación y violencia más importantes entre la humanidad.

No hay que ser un experto en judaísmo para darse cuenta de que las raíces de la violencia en esta religión proceden del concepto de “pueblo elegido”, fundamental en ella. La Biblia está llena de ejemplos de brutalidad y crueldad e incluso de mandatos divinos –"No dejarás con vida a nada de cuanto respira", libro 20 del Deuteronomio– que incitan al genocidio. Ser el pueblo elegido quita valor a los demás, que no tienen derecho a ser un obstáculo para que alcance lo que Dios le tiene reservado, y, si lo fueran, la violencia, por extrema que sea, queda legitimada.

El Islam es heredero del judaísmo porque en él la violencia forma parte también del núcleo de la creencia religiosa, hasta el punto de que la sistematiza en la yihad (guerra santa). El propio Profeta, en su etapa de Medina, pone en práctica la violencia extrema en la lucha contra sus oponentes y no se detiene ante el genocidio como en el caso del asalto al oasis judío de Khaibar, suceso invocado por los palestinos de hoy en su lucha contra Israel. El actual terrorismo islámico, como he dicho antes, encuentra su inspiración y su justificación en la doctrina ortodoxa que se basa en los dichos y ejemplo de Mahoma.

Por contra, en el cristianismo, si excluimos los libros del Antiguo Testamento, no encontramos nada parecido. Es más, la muerte en la cruz de Jesús, como sacrificio expiatorio por los pecados de la humanidad, parece un acto de superación de la violencia. Y sin embargo, la historia de la Iglesia está manchada de sangre, en todas las épocas, y no en menor medida que judíos o musulmanes.

Probablemente el hecho de que la violencia se acepte, se promueva o se rechace en el cuerpo doctrinal de los diferentes credos no sea lo más importante. Los tres sistemas anteriores son religiones de salvación, prometen para los justos una vida ultraterrena, despojados ya de las ataduras de la materialidad. Conciben al hombre como un ser dual, compuesto de cuerpo y alma. La muerte afecta al cuerpo, que es material y corrupto; el espíritu liberado del cuerpo alcanza su plenitud después de la muerte. Este mensaje conduce al desprecio por la vida física –la única que en realidad conocemos–, la propia y la de los demás. A partir de aquí cualquier violencia se puede justificar porque el cuerpo no es mas que un contenedor, a veces inmundo, del verdadero ser, que es espiritual y que no se ve afectado por acción material alguna, por brutal que sea.

Las religiones son sistemas antihumanistas porque conciben al hombre fragmentado, escindido en dos realidades, como un ser que sólo alcanzará su plena realización con su propia destrucción. La violencia religiosa nace de esta concepción del hombre, del desprecio por su humanidad. Por pacífico que sea el mensaje que las religiones expresen en palabras y sistematicen en preceptos y mandamientos, en su esencia son portadoras de elementos letales para la seguridad y dignidad humanas, una fuente de violencia y agresividad.

En el caso de los monjes budistas, a la espera de que se aclare lo que realmente ocurre, sorprende el activismo político a que se han entregado partiendo de una práctica religiosa que promueve el alejamiento de los deseos, intereses y emociones humanas como ruta y como finalidad para el hombre. Como en los casos anteriores la contradicción parece evidente.

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La primera ilustración es un grabado de Jacques CALLOT, "El ahorcamiento" de 1633, en plena guerra de los 30 años, el gran conflicto con el que se cierran las "guerras de religión" en Europa.

La segunda, las Torres gemelas el 11 S. en el atentado que promovió y ejecutó Al-Qaeda.

02 Abr 2008

El mito de Cristo

Escrito por: arco el 02 Abr 2008 - URL Permanente

Con frecuencia oímos, o nosotros mismos aducimos, argumentos a favor del Jesús del Evangelio, contraponiéndolo a la realidad del cristianismo o de la Iglesia actuales; damos con eso por sentado, no ya la existencia real del Nazareno, sino que el relato evangélico expresa con fidelidad sus enseñanzas y su historia. Hemos de considerar, en primer lugar, que ninguno de los textos del Nuevo Testamento tiene carácter de documento histórico, la finalidad con la que se escribieron no fue histórica sino proselitista y apologética, sin renunciar siquiera a relatos fantasiosos (milagros) o a la alteración de sucesos cuando convenía para los fines del escritor. La ciencia histórica no puede aceptar sin más su contenido.

La cuestión más llamativa, la existencia de Jesús, no ha podido ser comprobada hasta la fecha, porque no existe testimonio histórico alguno que no proceda de los textos sagrados del cristianismo, pero estos no son ninguno contemporáneo, y, además, solo los conocemos por copias mucho más tardías, que contienen alteraciones e interpolaciones numerosas. Silencio que resulta sorprendente ya que podemos aceptar que no nos quedara nada, ni documentos ni relatos que procedan de Roma, porque Palestina era sólo una lejana provincia sin gran importancia para el Imperio; pero un historiador judío de aquella época, Flavio Josefo, que escribió una historia de su pueblo (Antigüedades judías) con gran detalle, en la que cita incluso a Juan el Bautista, no habla para nada de Jesús, salvo en dos párrafos que son burdas interpolaciones posteriores. La arqueología tampoco arroja ningún testimonio que no esté falseado o contaminado por las creencias religiosas. Con todo, dado el eco y la trascendencia de su herencia, la mayoría de los historiadores suelen aceptar la existencia del personaje, con todas las reservas a que haya lugar.

Aceptada su existencia ¿cuál es su mensaje? Existen censados hasta 70 textos con carácter evangélico de los cuales los cuatro canónicos –aceptados por la Iglesia como inspirados– son sólo una mínima parte. Tres de ellos llamados sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) se asemejan bastante porque se inspiran unos en otros, pero aún así contienen contradicciones entre sí y con el de Juan. Sus diferencias se explican porque sus autores tenían distintos objetivos para escribirlos –el de Marcos se dirigía a comunidades cristianas de Siria, Lucas escribió con finalidad proselitista dirigiéndose a los romanos, Mateo lo hacía para comunidades judías…–. Un grupo de biblistas anglosajones que escribieron en los años 90 bajo la denominación común de The Jesús seminar llegaron a la conclusión de que tan sólo el 18% de los dichos que se atribuyen a Jesús en los cuatro evangelios más el llamado de Tomás, se pueden considerar auténticos; la expurgación que hacen de la narración es igualmente drástica, puede que demasiado radical, pero no deben andar muy lejos de la verdad. Limpia la figura del Nazareno de elementos míticos ¿qué nos queda?

Desde la racionalidad de la historia podemos entrever un judío, fiel observador de la Ley, que reniega de la burocracia política y sacerdotal a la que considera un obstáculo para la relación directa con Dios, su objetivo básico; que predica el amor a Dios y al prójimo, con una actitud emparentada con los cínicos[1] antiguos; quizás, un visionario, imbuido de una idea mesiánica que las autoridades judías y romanas perciben como peligroso. En cualquier caso un judío que no pretende ser portador de un mensaje para la humanidad, sino para el pueblo judío y que se sentiría absolutamente ajeno a lo que representaban sus seguidores de tan sólo un siglo después.

Las aportaciones y los intereses de sus prosélitos, sobre todo Pablo, que con el mito de la resurrección convierten a su persona en divina; el contacto con la filosofía griega, especialmente el platonismo, que aporta elementos valiosísimos para las complejidades dogmáticas de que se dota; los préstamos de otros cultos de salvación o iniciáticos (Mitra, Isis-Horus-Osiris, Zoroastro) de los que recoge mitos, prácticas, ritos, e iconografía, transforman el movimiento en una nueva y diferenciada religión, que poco tiene que ver con los hechos originales de la Palestina del siglo I.

Como suele ocurrir, de un hecho histórico oscuro y dudoso, por agregación de elementos diversos e interpretaciones forzadas por muchos y distintos intereses, ha surgido un mito, que encontró un caldo de cultivo favorable en la descomposición del mundo antiguo, adquiriendo tanta fuerza, tanta solidez, que ha marcado durante dos mil años la historia de una buena parte de la humanidad: el mito de Cristo.




[1] Escuela filosófica que considera que la felicidad viene dada por una forma de vida simple y acorde con la naturaleza.

ILUSTRACIÓN: fragmento del códice llamado “Evangelio de Judas”, descubierto en Egipto en 1978.


08 Mar 2008

La Educación para la Ciudadanía frente al fundamentalismo y la superstición

Escrito por: arco el 08 Mar 2008 - URL Permanente

He leído con santa paciencia la sentencia del TSJA (Tribunal Supremo de Justicia de Andalucía) sin que haya podido encontrar ningún motivo concreto que justifique el aval que el alto tribunal otorga a la objeción de conciencia que reclama una familia de Huelva frente a la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Cabría esperar que argumentara sobre los contenidos que encuentra sectarios o cargados de una ideología inasumible por parte de los querellantes; pues no. Se limita a algunas vaguedades y a establecer paralelismos con la objeción de conciencia para el servicio militar o de los médicos en los casos de aborto. Nada sobre los contenidos de la materia. Sin embargo, en un caso como este, lo único que importa son los contenidos.

Como todo el mundo sabe a estas alturas, la asignatura pretende inculcar en los alumnos los valores democráticos de respeto a creencias e intereses ideológicos ajenos, de igualdad, de respeto a las minorías y a la diferencia…etc., etc. Resulta chocante que alguien denuncie que esos valores van en contra de su conciencia y mucho más que un tribunal de justicia lo avale. Buscando una explicación a este sinsentido me he encontrado con unas declaraciones de los padres con las que se me ha hecho la luz. Lo único que esta pareja encuentra insoportable es que a su hijo (o hija) le hablen de sexo y de la familia en un tono liberal; no que pongan en cuestión sus concepciones, que nadie lo hace, sino que le presenten otras como posibles y aceptables. Si a eso agregamos que los citados padres pertenecen a un grupo religioso fundamentalista (kikos) y el juez que firma la sentencia al Opus, como pone de manifiesto la prensa de estos días, todo resplandece como el Sol, menos la justicia.

Siempre me ha parecido extraordinario el empeño de la Iglesia por mantener el sexo como un tabú. Parecería que es una de las claves de la enseñanza evangélica. Sin embargo, cualquiera que lea los evangelios se encontrará con un vacío absoluto sobre el tema. Cristo se presenta básicamente como un reformador moral, pero no toca en ningún momento la cuestión sexual; tan sólo aparece de modo tangencial en el caso de la mujer que, a punto de ser lapidada, es salvada por su intervención, y aquí denota una actitud más bien liberal. Lo mismo podría decirse de la familia: sólo en una ocasión habla de ella y lo hace proponiendo su abandono para seguirle a él; nada en su defensa, nada sobre su constitución o sobre sus relaciones internas. Fue Pablo el primero que propugnó en sus cartas la continencia para todos y la conveniencia de que los que se dediquen a Dios renuncien al sexo. Hay que tener en cuenta que entre los judíos se aceptaba la poligamia, pero la sociedad grecorromana era monógama. Obligado a pronunciarse sobre la cuestión, ya que él predicaba en comunidades judías establecidas en ciudades del Imperio, optó por esta fórmula que no daba ni quitaba la razón a nadie. Pero hay más, de forma inaudita la Iglesia ha colocado entre los diez mandamientos dos relacionados con el sexo (sexto y noveno) que en El Viejo Testamento no aparecen: en las famosas Tablas de la Ley[1] sólo se prohíbe el adulterio. ¿Por qué entonces esta obsesión?

Pero bueno, allá la Iglesia y los cristianos con sus contradicciones, lo importante es la repercusión que puede tener esta sentencia si prosperara. En primer lugar, al otorgar a los padres la capacidad de determinar si sus hijos deben recibir o no una educación en libertad, se fortalece sin duda a la familia pero se priva a los hijos de la capacidad de elegir en el futuro, se les marca un camino demasiado estrecho dificultando su socialización, se lesionan sus derechos de ciudadanos. No podemos obviar a la familia, porque es una institución que aún la inmensa mayoría de los ciudadanos quieren mantener de una forma u otra, pero no puede convertirse en un obstáculo para el desarrollo de los derechos individuales, que son el fundamento de la democracia. Ya pasaron los tiempos en que el pater familias tenía todos los derechos sobre la mujer y los hijos, y no queremos que vuelvan.

Mi segundo gran temor es a dónde podemos llegar con las objeciones de conciencia ¿Cuánto falta para que alguien alegue que sus creencias no aceptan que su hijo reciba una enseñanza de las ciencias que le inducen a aceptar la evolución, teoría confirmada científicamente, en lugar del creacionismo, superchería basada en los mitos del Génesis? En EE.UU. hay ya varias sentencias sobre ello. Afortunadamente allí siempre, hasta ahora, prevaleció la ciencia sobre la superstición ¿Ocurrirá aquí lo mismo?

Éste es un camino peligroso. En el siglo pasado los fascistas de todos los lugares utilizaron las libertades que otorgaba la democracia para acabar con ella ¿Utilizarán hoy los supersticiosos y fundamentalistas los derechos que garantiza el sistema para acabar con él? Dudar de que lo intentarán no es más que una actitud irresponsable.




[1] Éxodo 20:1-17 y 34:10-28; Deuteronomio 5:6-21


02 Feb 2008

Cuando pienso en los obispos me acuerdo de Franco

Escrito por: arco el 02 Feb 2008 - URL Permanente

Algo no debe funcionar bien en mi cabeza porque cuando sale el tema de los obispos siempre me acuerdo de Franco. Claro, he vivido treinta y tres años de mi vida bajo la férula de El Innombrable y debe haber multitud de traumas que hacen que mis pobres neuronas establezcan extrañas conexiones y me muestren relaciones que deben de ser, sin duda, producto de mi mente enferma.

Por ejemplo, nadie duda de que el comunicado episcopal orientando a los creyentes en el ejercicio responsable del voto no tiene la más mínima intención política; faltaría más, tratándose de pastores de almas cuya única intención es señalarnos desinteresadamente el camino mas corto y expedito para alcanzar la salvación. Pues bien, cuando esta mañana he oído al obispo de Sigüenza (que Dios lo acoja en su seno) protestando de la malvada acusación de que la Iglesia hace política, mira por donde, se me ha venido a la memoria aquella frase que El Innombrable lanzó a un interlocutor (creo que ministro suyo): “Haga lo que yo, no se meta en política”. ¿Tendrán ambos, la Iglesia y Franco, el mismo concepto de la política?

Protestan también los pobres clérigos (de espíritu, naturalmente, que es para los que Dios reserva su Gloria) de las injerencias del gobierno (nuevo Lucifer) en los asuntos de la Iglesia. No he podido por menos que recordar el calvario que debieron sufrir durante los larguísimos años en que Franco nombraba a los obispos por el procedimiento de mandar seis candidatos al Papa que reducía la lista a tres de los que el Caudillo (por la Gracia de Dios) nombraba a uno. Y todo eso sin poder decir esta boca es mía, recordar la censura; no me extraña que, ahora que pueden, protesten y, como el gobierno democrático ha renunciado al derecho de nombrar obispos… Me estoy liando. Pero, bueno, la idea queda clara ¿no?

Otro asunto es el de los sambenitos. Aquí hay que leer entre líneas, la Iglesia habla para gente iluminada por la fe, no necesita lanzar groseramente las verdades a la cara ¿dónde quedaría, si no, la caridad cristiana? El caso es que, como todo el mundo sabe, el diseño y el uso de los sambenitos fue invento suyo. Es normal que se indignen de que otros los usen, mucho más si es contra ellos, y además sin pagar los royaltis que correspondan. Sólo la modestia y la humildad, virtudes cristianas donde las haya, les impiden reclamar su autoría; pero yo lo proclamo aquí por justicia y porque nadie como ellos ha sabido colgárselos al prójimo pecador, al que, sometido a escarnio público o pasado por la hoguera, si se terciaba, le perdonaban después sus pecados. ¡Qué bendita compasión¡

Un intelectual franquista dijo: “Morir por la democracia es como morir por el Sistema Métrico Decimal”. La democracia le parecía una simple cuestión de números; para organizar la sociedad: jerarquía y autoridad. La Iglesia lo sabe bien: un Papa, vicario de Dios; los clérigos, pastores de Cristo; el pueblo cristiano, un rebaño.

No se por qué siempre que pienso en los obispos me acuerdo de Franco.

10 Ene 2008

Hacia la sociedad laica

Escrito por: arco el 10 Ene 2008 - URL Permanente

La Iglesia ha controlado, y aún lo sigue haciendo de alguna manera, toda nuestra vida social. Ha estado siempre presente con rituales sacramentales o no en todos los hitos importantes de nuestro desarrollo como personas: en el nacimiento con el bautismo, ritual de acogida en la colectividad; en el paso a la edad adulta con la comunión, rito de iniciación; en la creación de una familia con el sacramento del matrimonio; y por fin en la muerte.

En la España que hemos vivido los que ya nos acercamos al último de esos rituales, el rito religioso y el social en todos los casos eran inseparables y se confundían: la práctica totalidad de los niños eran bautizados, igual ocurría con la comunión; en el templo donde se celebra la boda religiosa se firma el contrato civil, y los matrimonios exclusivamente civiles eran una rareza porque estigmatizaban a la pareja que tenía el valor de realizarlo; en la muerte, los suicidas o librepensadores eran excluidos del derecho a ser enterrados en “terreno sagrado”.

Afortunadamente las cosas están cambiando. La construcción de un Estado aconfesional ha sido el punto de partida; la sociedad, sin embargo, ha sido renuente y sólo en los últimos tiempos se observa una aceleración del cambio esperanzadora para los que aspiramos a una sociedad laica. Uno de los problemas que retrasan la transformación es que no contamos con rituales civiles que puedan sustituir a los religiosos, aunque ya empiezan a ponerse a punto.

Hoy me he desayunado con un artículo en El País que analiza el proceso de secularización basándose en los datos que proporciona una encuesta del INE sobre matrimonios civiles y religiosos en 2006 en España. Los datos son, a un tiempo, reveladores y esperanzadores: cerca del 50% son civiles; si se contabilizaran las parejas de hecho superarían sin duda la mitad.

La encuesta revela además diferencias importantes a nivel territorial: las provincias con mayor porcentaje de matrimonios civiles son las de el País Vasco, Cataluña y Madrid; las que menos las de Andalucía, Extremadura, Castilla La Mancha. Sorprende el caso del País Vasco, al que todos teníamos por especialmente religioso. Si nos vamos a otro estudio del INE, el PIB per cápita, también del 2006, observamos una situación de las comunidades prácticamente idéntica que en el caso de los matrimonios civiles. Mis conocimientos de estadística son sumamente rudimentarios pero sería interesante cotejar una serie con la otra elaborando un gráfico que nos revelaría, sin lugar a dudas, la relación existente entre ambos fenómenos.

Es más que evidente que el PIB está en relación directa con el grado de instrucción –no tengo en este momento la prueba estadística–, así que las conclusiones a obtener son tan claras como el agua. Os ahorro cualquier otro comentario.