25 May 2013

Sexismo y violencia de género

Escrito por: arco el 25 May 2013 - URL Permanente

Cultura es un término con varias acepciones. Una de ellas nos permite entenderla como el conjunto de creencias, modos de vida y valores de un pueblo, de una época, en fin, de un grupo humano. A veces ese acervo puede ser percibido desde afuera como incultura, en el sentido de falta de conocimientos y estrechez de miras que dificultan un pensamiento crítico, racional, libre.

Lo insoportable que hoy nos parece la violencia de género constituye el caso típico de una práctica nacida de una cultura que agoniza a la que observamos desde nuevos valores y creencias. Como ambos fenómenos, la violencia y el escándalo que produce, se generan en la misma sociedad, entre contemporáneos, cabe deducir que conviven valores y creencias contrapuestos, que los nuevos no acaban de sustituir a los antiguos y por eso el conflicto se manifiesta entre individuos o en el seno de la conciencia de cada uno.

En la semana que termina cuatro mujeres han muerto a manos de sus parejas. Es una lluvia fina que no cesa. En cada nuevo caso los ojos se vuelven hacia la justicia ¿Había denuncia previa? ¿Había tomado el juez alguna medida preventiva? Todo eso está bien, pero a estas alturas debería ser evidente que la justicia no acabará con el problema por mucha diligencia que muestre, por duras que sean las penas. Entre otras razones porque los responsables pueden mostrar un comportamiento ejemplar en otros ámbitos sociales. Es la sociedad en la transmisión de valores a través de la familia, del entorno, o en la escuela la que inocula el virus. Hay que ir a la raíz, y la raíz está adherida a las más queridas y valoradas instituciones sociales.

Mal que nos pese, o por mucho que cerremos los ojos, nuestra sociedad es, sigue siendo, patriarcal. La liberación femenina se ha producido sólo en la superficie. La mujer ha ganado cotas de libertad inimaginables hace tan sólo unas décadas, pero en la mayoría de los casos acabará formando una familia, que, invariablemente, adoptará una forma patriarcal, más o menos definida. El patriarcado implica un predominio masculino. Se apoya en una ideología, en apariencia inocua, asumida sin muchos problemas por hombres y mujeres, el sexismo, que convierte las diferencias sexuales en diferencias sociales. En la tribu esto estaba bien, era funcional. Hoy es un atavismo, quizás el más peligroso de cuantos conservamos.

En este terreno, como en cualquier otro en el que lo que está en juego es un cambio de valores, los pasos adelante son con frecuencia neutralizados a no mucho tardar por otros hacia atrás. En los años sesenta las luchadoras feministas que se esforzaban por la liberación femenina quemaban públicamente los sujetadores convertidos en símbolos de la opresión; sus nietas hoy aumentan el tamaño de sus pechos, usan tacones vertiginosos y visten tan “femenino” como sea posible. Por las mismas fechas la educación mixta se imponía hasta el punto de convertirse en ilegal la separación por sexos en la escuela; el ministro Wert ha preparado estos días una ley que vuelve a consagrar la educación separada a la que afluirán sin problemas las subvenciones públicas; esperemos que no se conviertan esos centros en imán para familias que buscan un colegio de “buen tono” para sus hijos, y el engendro se ponga de moda.

Las fuerzas conservadoras (retrógradas, en realidad), como la iglesia, se recrean en el sexismo (recomendando el recato en las mujeres, faltaría más) que, inevitablemente conduce al patriarcalismo (todavía se llaman patriarcas sus dirigentes), que es la institucionalización del machismo y su denominación más amable. Es necesario que aprendamos a asociar esta ideología tan familiar, nunca mejor dicho, con los resultados catastróficos de eso que hemos dado en llamar machismo, cargándolo de tonos peyorativos quizás para que nos parezca desvinculado de su progenitor (el patriarcalismo), que aún conserva resonancias de respetabilidad en nuestra conciencia.

Tal asunto requiere una reflexión en cada cual y la voluntad de erradicar de su pensamiento, de su comportamiento, de sus decisiones cualquier elemento sexista que al transmitirse a las nuevas generaciones sea susceptible de perpetuar esta penosa lacra de la violencia de género. Está ahí, camuflado en los valores de toda la vida, esperando el contacto con cualesquiera otros factores criminógenos para producir la tragedia.

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En varias ocasiones y desde diversos puntos de vista he tratado este tema. Para ver los artículos cliquear en la etiqueta género

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17 May 2013

A mí me vale

Escrito por: arco el 17 May 2013 - URL Permanente

A mí me vale la Constitución.

Parece que debiéramos olvidarnos de la Transición, de la monarquía, de las autonomías, del Senado, de las provincias, etc. Hay a quien se le ocurre prescindir de algunas pero otros prefieren hacer tabla rasa. En España lo que mola es la tabla rasa. Precisamente el desprestigio actual de la Transición le viene de que por primera vez en nuestra historia no sólo no hizo tabla rasa sino que incluso presumió de ello.

En realidad todas las anteriores tablas rasas no fueron tales, pero al menos durante cierto tiempo simularon serlo. Lo de menos es ser, lo importante es parecer. Así todos contentos: los ingenuos creyendo que inventan el mundo; los astutos dejando que lo crean mientras ellos medran.

(Entre paréntesis me gustaría decir que envidio a los norteamericanos tan orgullosos de su sistema político, pero que, visto desde fuera, es el más obsoleto de Occidente, con anacronismos flagrantes y con una constitución de dos páginas, enmendada (parcheada) veintidós veces pero jamás abolida. También a los británicos, a los que ni siquiera les hace falta una constitución escrita para deslumbrarnos con una estabilidad política secular que les permite pasar de la socialdemocracia más avanzada al neoliberalismo radical, o plantear la separación de una parte de su territorio sin mover un músculo).

A mí me vale la Constitución. Soy republicano convencido, pero estoy dispuesto a aguantar a un rey siempre que se le ate corto, para eso está la ley. Mi fe en la razón me inclina por un sistema federal de elementos que interactúan en igualdad estricta, pero soportaría una disimetría fundada en supuestos derechos históricos si eso garantiza la estabilidad. Por lo mismo, creo en la proporcionalidad radical del voto, pero tolero las correcciones (de D’Hondt o de quien sea) si eso nos pone de acuerdo. Como buen izquierdista los nacionalismos me importan un pepino, pero soporto que los textos constitucionales o estatutarios se fundamenten en míticas nacionalidades que nadie sabe qué son.

La política es el arte de pactar y no hay pacto sin concesiones. Dejemos de ponernos divinos y busquemos entre la maraña de problemas que nos agobian qué es lo fundamental. Si encontráramos que no es otra cosa que la convivencia en paz, no hay más que hablar, lo anterior podría servir de folleto de instrucciones.

Yo aquí, aunque me quede solo, declaro que a mí la Constitución me vale.

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13 May 2013

Agitprop y márquetin

Escrito por: arco el 13 May 2013 - URL Permanente

Los partidos que hoy utilizamos, o nos utilizan, según opiniones, poco tienen que ver con sus antepasados decimonónicos, época en la que se consolidaron y difundieron como útiles instrumentos de los nuevos regímenes parlamentarios de linaje burgués. Eran entonces apenas lugares de encuentro entre sensibilidades ideológicas afines y/o intereses coincidentes. Muchas veces nacidos de tertulias y mantenidos y difundidos en torno a un periódico, pero sin más disciplina interna que la imprescindible para mantener los intereses comunes y la obligada lealtad. Ninguna otra estructura partidaria.

Cuando, por efecto del marxismo, las masas obreras decidieron entrar en los templos parlamentarios, lo hicieron como elefante en cacharrería poniendo patas arriba los usos de las clases bienpensantes que hasta entonces monopolizaban la lucha política a la que habían dotado de reglas, como a cualquier confrontación entre caballeros. Algunos de los efectos fueron un cambio drástico en la fisonomía y funcionalidad de los partidos y de las cámaras.

Una, por no decir la principal, aportación de Lenin a la teoría revolucionaria marxista fue el papel del partido: una estructura fuertemente disciplinada en su organización y en el debate interno (centralismo democrático); concebido como un arma en la lucha revolucionaria; compuesto por camaradas fuertemente concienciados y sólidamente formados que se constituía como una vanguardia que debía orientar y conducir a la masas obreras hacia el triunfo, concebido como la conquista del poder por la clase obrera.

En el ecuador del siglo veinte todos los partidos comunistas del mundo, legales o clandestinos, conservaban aún secretarías llamadas de “agitación y propaganda”, lo que hoy nos suena como parte de esa curiosa e ingenua sinceridad de lo retro y hasta casi nos escandaliza porque, en realidad, hemos perdido su verdadero significado. Hacia los años setenta esos mismos partidos habían abandonado el leninismo explícita o implícitamente, lo que entrañaba la aceptación franca de las reglas de juego de la democracia, que hasta entonces habían llamado burguesa. De hecho la experiencia del PCI en la Italia de la Guerra Fría había sido una larga y forzada deriva en esa dirección.

Al mismo tiempo la derecha emprendía el camino en sentido contrario: sus partidos pasaron de meros clubes de opinión a dotarse cada vez más de estructuras organizativas, programas, estrategias, tácticas y disciplina parlamentaria. El proceso ha sido de tal envergadura que en la actualidad casi se ha producido una inversión. La riqueza ideológica de la izquierda, unida a la desaparición de las tácticas leninistas, ha generado una atomización que ha pulverizado antiguos partidos y hoy para tener opciones de gobierno se ve obligada a presentarse en amplias e ingobernables coaliciones (IU, El Olivo y sus sucesores, etc.).

Sin embargo las organizaciones de la derecha, una vez abandonado el modelo militar (fascismos), primer intento de organización centralizada para combatir a la izquierda, ha encontrado, por fin, el espejo en qué mirarse: el mercado. A simple vista puede verse cómo la jerga mercantil invade y sustituye al léxico político, lo que no es más que el afloramiento de procesos internos de mayor envergadura. Sus militantes han pasado a ser “recursos humanos” y a ser tratados como tales, con las refinadas técnicas psicológicas, de dinámica de grupo y económicas propios de esos departamentos empresariales (los sobresueldos(1) del PP ¿no son los bonus con que se premia la fidelidad y la productividad en las empresas y se marca la estructura jerárquica?). Aquellas antiguas secretarías de “agitprop” (propaganda no significaba otra cosa que “propagación de ideas”) han pasado a los partidos de derechas de hoy como auténticos departamentos de márquetin, con toda una sofisticada maquinaria de técnicas extraídas de las ciencias sociológicas y psicológicas encaminadas a obtener la aceptación de las masas (nunca mejor ocasión para emplear este término) y su pasividad ante las políticas aplicadas. Justo lo contrario de aquellos otros que colocaban en primer lugar la “agitación”, es decir, el compromiso y la participación.


________________

(1)Del “todos son iguales” hay que descontar que es habitual en la izquierda que aquellos que obtienen cargos representativos remunerados no sólo no cobran sobresueldos sino que un porcentaje de su remuneración lo destinen a la financiación del partido.

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06 May 2013

La encuesta

Escrito por: arco el 06 May 2013 - URL Permanente

La última encuesta del CIS nos muestra con crudeza el vía crucis en que se ha convertido nuestro itinerario político a estas alturas de la crisis económica. Todos los datos que muestra son reveladores, pero muchos de ellos también inquietantes.

Crece el número de los descontentos con el Estado autonómico, muchos optan por su desaparición. Pero al mismo tiempo crece el número de los independentistas (uno de cada tres en Cataluña). El reparto territorial de las opiniones muestra que las primeras triunfan en el centro y las segundas en la periferia. Pienso que el rechazo de lo existente es de por sí penoso (hace escasos años se aceptaba mayoritariamente como un hallazgo histórico); que haya una polarización en la discrepancia, preocupante; que se polarice territorialmente, alarmante. Nada de esto es una novedad, lo que incita la zozobra procede de su incremento, de su marcha imparable, de la frustración de una vía de solución que hace nada parecía real.

Las instituciones del Estado se desploman en la consideración de los españoles, desde la corona a la judicatura, pasando por los partidos, el parlamento o los sindicatos y sin perdonar al defensor del pueblo o a instituciones sociales como la prensa. Pero, atención, aprueban las fuerzas armadas: Guardia Civil, Policía y Ejército. No es posible pasar por este capítulo de la encuesta sin sospechar que lo que se rechaza es el sistema democrático que nos otorgamos hace unas décadas, ya que todas las instituciones sobre las que los ciudadanos tienen algún control (por mejorable que éste sea) se hunden en su consideración, mientras que salvan a aquellas sobre las que no tienen ninguno, ni directo ni casi indirecto y que representan la coacción física del Estado (también el orden y la defensa pero estos no están amenazados hoy en absoluto). A la vez, las características que definen al régimen y que, se pensaba, superaban traumas históricos, monarquía parlamentaria y Estado autonómico, pierden su antigua buena valoración.

Hay otros muchos datos, algunos chocantes, como que descienda más rápidamente en la intención de voto el PSOE que el del gobierno, que lleva más de un año aplicando la política que ha profundizado la crisis, y que lejos de plantearse dudas al respecto anuncia más de lo mismo para los próximos meses. Quizás la clave esté en la “cocina”, que llaman los sociólogos y que se aplica a esta cuestión del voto. Pero si no, lo que muestra es un refugio en las posiciones conservadoras y un abandono del centro izquierda y su derivado, el Estado del bienestar, por mucho que se oigan lamentos por su desaparición ¿Lágrimas de cocodrilo?

De los resultados de la encuesta se pueden hacer muchas lecturas, yo hago la mía. Me temo que revelan en la población una cierta inclinación hacia un autoritarismo aún difuso que podría irse concretando si continúa la penosa situación económica. Esa deriva favorece los nacionalismos que se identifican con centralismo en el centro, mientras que en la periferia lo hace con el separatismo que en Cataluña y País Vasco (Urkullu está avisando de acciones similares a las de Mas para dentro de unos meses) es ya una amenaza real con capacidad de contagio.

Dada la situación, no puedo evitar hacerme algunas preguntas: ¿Se vería hoy con ojos más benevolentes un suceso como el 23F? Algún país de la UE, mitad por la crisis, mitad por su peculiar evolución histórica, ha caído ya en el autoritarismo: Hungría ¿Estamos lejos de ese situación? En el otro tema, ¿realmente nos parece fantasioso y lejos de lo posible un escenario parecido al yugoslavo? Me refiero a la atomización del país, no a la guerra.

Sin duda se trata de una lectura pesimista, pero la cuestión no es el cariz de la misma sino si tiene visos de realidad. Si fuera así convendría, en lugar de buscar culpables entre los demás, ejercicio poco fructífero, tratar de encontrar cuáles de nuestras actitudes favorecen la situación y proceder en consonancia y con racionalidad (con racionalidad quiere decir sin apasionamiento, lo que significa renunciar a emociones manipuladoras e ídolos de purpurina). Casi nada.

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02 May 2013

El sueño de la razón...

Escrito por: arco el 02 May 2013 - URL Permanente

No descubro nada por decir que la libertad de expresión es la columna vertebral de la democracia y que alcanza su verdadera magnitud social al traducirse en libertad de prensa. Pero aquí es donde surgen los principales problemas que tenemos hoy planteados en relación con el autentico ejercicio de este derecho fundamental. La información se realiza a través de empresas que, como todas en nuestro mundo, dependen de la obtención de beneficios para subsistir. Es decir, están sometidas a la competencia y a los procesos que sufre cualquier sector económico; así, en momentos de crisis como los que vivimos (hay un salto tecnológico que está poniendo en cuestión todo el sistema), ha de hacer frente a los procesos de concentración o tendencia a la monopolización, que se manifiesta en absorciones y liquidaciones constantes.

A nivel mundial el dominio de unas pocas agencias, muy escasas, es alarmante. Como cabe esperar, sus consejos de administración no son más sensibles a los principios éticos y profesionales del sector que a los puros y crudos intereses del capital, lo que se traduce invariablemente en comportamientos conservadores. La opacidad que sufren determinados procesos, la tergiversación informativa, la selección de los acontecimientos que alcanzan el privilegio de ser llevados al gran público, el énfasis con que se magnifican unos o se minimiza a otros y el cariz positivo o negativo con que se trasmiten son el resultado de la ideología que emana de los gestores de los grandes emporios informativos, casi siempre del mismo tenor.

En este momento el conflicto sirio es en el que se manifiesta de modo más dramático esta perversión informativa. Como este tema me preocupa sobremanera no es la primera vez que trato. Pero esa preocupación ha sido reactivada recientemente con las noticias sobre una posible utilización de armas químicas por parte del régimen de Bashar Al-Assad, lo que legitimaría, como se han apresurado a anunciar desde multitud de púlpitos, una intervención militar al estilo de la de Irak o Libia. Desde el mismo momento de su aparición la noticia me pareció muy sospechosa, pero la unanimidad informativa parecía invatible. Ayer, por fin, me encontré con que alguien, parece que bien informado, y con la moral del francotirador la ponía en cuestión en Huffington Post, de modo que, según los datos y los argumentos que aporta, los responsables del suceso, si es que se ha producido, podrían ser los rebeldes y no el ejército gubernamental. Tal y como sospechaba con menos información pero usando el sentido común.

El muro que levantan las agencias, u otros intereses puntuales, resulta casi impenetrable y nuestra voluntad de superarlo bastante escasa. Sin embargo cuando alguien, aprovechando algún hueco desprotegido por la trama de intereses en juego, penetra en el corazón de algún hecho y nos lo muestra en toda su desnudez, quedamos en el acto deslumbrados por la eficacia y la necesidad de una buena información. Es lo que hemos sentido con el programa Salvados en el que Jordi Évole nos mostró la trama de silencios tejida en torno al oscuro suceso del accidente del metro de Valencia, sumido ya en el olvido.

Son las dos caras, contradictorias, de la prensa: la vergonzante, silenciadora y tergiversadora de los medios internacionales en el caso de Siria; la reveladora, valiente y justa del joven periodista J. Évole. Desgraciadamente esta última se ha convertido en los tiempos que corren en un auténtico mirlo blanco.

La responsabilidad de los gestores de las empresas informativas es enorme, la de los periodistas que se venden o se acomodan lamentable, la nuestra, cediendo al chantaje ideológico o rindiéndonos a las primeras de cambio ante las dificultades de penetrar la verdad, fundamental.

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27 Abr 2013

La iglesia, la caridad y la justicia

Escrito por: arco el 27 Abr 2013 - URL Permanente

Una cosa es amar a los pobres y otra detestar la pobreza. Se puede practicar la caridad tratando de mitigar el sufrimiento que la pobreza genera en las personas: amor a los pobres; y se pueden crear, apoyar, exigir las medidas estructurales de cambio social que permitan erradicar la desigualdad, el dominio económico de unos sobre otros: repudio de la pobreza. Nadie duda que la iglesia practique y promueva el amor a los pobres. Los ejemplos son múltiples en la historia y en el presente. No seré yo quien le quite ese mérito. También es cierto que la bendita práctica ha sido utilizada más veces de las deseables con fines espurios: bien para el proselitismo, o bien para desarmar actitudes de rebeldía potencialmente peligrosas para la conservación del statu quo social. Pero ese es otro debate. Lo que suscita dudas, por decirlo con suavidad, es que la prédica del amor a los pobres se complemente con la condena de la pobreza, y mucho menos con la acción positiva por su erradicación definitiva.

La iglesia es una institución compleja. Históricamente ha tenido un largo periodo de muchos siglos en el que constituía el corpus social completo. Fuera de ella no existía más que la muerte, renegados, o la marginación y la persecución, minorías de otras creencias. Lógicamente en su seno han surgido corrientes y movimientos que han tratado de ir más allá de la caridad al uso, planteándose el cambio social, bien por una exaltación de la pobreza (monaquismo y sus reformas medievales, mendicantes, etc.) o por la denuncia de la explotación (movimientos históricos, como los husitas, basados en los textos proféticos más que en los evangélicos, y, recientemente, la llamada teología de la liberación, deudora del marxismo). Pero hay que decir que todos los movimientos de carácter igualitario, aquellos que planteaban cambios en las estructuras sociales (políticos) han sido reprimidos duramente por la propia iglesia, que nunca se contentó con desautorizarlos, denunciándolos como heréticos, sino que cuando pudo los aplastó de modo inmisericorde. Sólo han persistido aquellos que se limitaban a exaltar la pobreza, sin duda porque acababan reducidos al entorno de algunas ordenes religiosas, restringiendo su impacto a la iglesia institucional pero dejando inalterada la sociedad. Concluyamos pues que no hay que sorprenderse de que la desigualdad, que posibilita y genera la pobreza, no haya desaparecido en los cerca de dos mil años que la iglesia ejerció un dominio ideológico (en gran medida también político) casi absoluto en Occidente, pese a su cacareado amor a los pobres, o quizás por eso mismo.

Llegados a este punto alguien podría alegar que en otros ámbitos culturales donde dominan otras creencias y otras iglesias tampoco se ha producido una nivelación social. Es cierto. Pero eso sólo confirma que ninguna religión es instrumento para la justicia social y que todas ellas a lo que contribuyen con eficacia es a la consolidación de las estructuras existentes. Son sin excepción instrumentos conservadores.

En el caso del cristianismo, especialmente el católico, existe además un enaltecimiento del sufrimiento y del dolor, derivado del “sacrificio” de Jesús, que favorece la aceptación de las desgracias con alegría, lo que, según se predica, los sitúan en el camino de la imitación de Cristo (es sabido que Teresa de Calcuta, que entregó su vida por los enfermos, se resistía a aplicarles tratamientos paliativos por esa razón). La pobreza, por tanto, puede ser vista como una bendición, una prueba más que envía la providencia. La iglesia viene a decirnos: amemos a los pobres pero también a la pobreza, que hace posible su existencia y que prueben la fortaleza de su fe, así como la práctica de la caridad, expresión máxima de amor al prójimo. ¿Para qué cambiar nada?

Dice un adagio muy recurrido que mejor que dar pescado a un hambriento conviene enseñarle a pescar; pero, el cuento se quedó a medias porque a continuación habría que ayudarle a que arranque al capitalista local los derechos que tiene (usurpados) sobre el río. Si lo primero era una obra de caridad para lo que sólo se precisa de voluntarismo, lo segundo es una acción política para lo que hace falta mucho más: una percepción clara de la injusticia y de la necesidad del cambio, un programa, una estrategia, instrumentos sociales y políticos para la acción…

El discurso de la iglesia se queda sólo en el primer paso e incluso condena a los suyos que desde dentro tratan de dar el segundo. Lamentable pero, con todo, soportable si la masa de los ciudadanos no estuviera empapada de la moral que durante siglos ha permitido la injusticia con la coartada de la caridad; es nuestra responsabilidad sacudírnosla.

Dicen que el papa Francisco es el amigo de los pobres. Tendrá que demostrarlo con acciones positivas contra la pobreza, no con prédicas dirigidas al “corazón” de los poderosos y al estímulo de la caridad. Lamentablemente su pasado no alimenta esa esperanza.

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23 Abr 2013

¿Calentamiento global?

Escrito por: arco el 23 Abr 2013 - URL Permanente

En la segunda mitad de los 50 era un adolescente. Por entonces me había aficionado a la lectura y devoraba cualquier cosa que cayera en mis manos, por supuesto también la prensa. Ciertos titulares leídos en aquel tiempo los he conservado en la memoria como se conservan olores, imágenes lejanas sin que sepamos muy bien por qué. Recuerdo con nitidez algunos que anunciaban la proximidad de un periodo glacial, dado que el clima se había recrudecido en la mitad del siglo y, según los cálculos de los paleoclimatólogos, ya tocaba una nueva glaciación, suponiendo que el ritmo temporal de las anteriores continuara. Hoy no sólo se ha alejado tal perspectiva sino que se habla de calentamiento global.

Me consta que la amenaza actual de calentamiento se basa en observaciones científicas contrastadas; sin embargo, también fue resultado del estudio científico el hallazgo de los agujeros de ozono en ambos polos y su crecimiento paulatino, lo que se vivió durante años como una amenaza apocalíptica, pero hoy ya nadie habla de ello. Nos acostumbramos a sus pulsaciones invernales y estivales, mientras que sus variaciones interanuales resultaron ser, según parece, un espejismo causado por la falta de perspectiva temporal. Lo cierto es que en lo referido al clima, si bien se avanzó mucho en la comprensión de sus mecanismos y en la predicción del tiempo a corto plazo, su evolución a lo largo de siglos o milenios sigue siendo un misterio insondable, terreno de teorías a veces contradictorias. Ignorando las causas de lo que aconteció en el pasado ¿cómo vamos a proyectarlas en el futuro?

Sabemos que hace algunos millones de años los hipopótamos y otros ejemplares de fauna tropical pululaban en el espacio que hoy ocupa Hyde Park; en cambio, tiempo después, hace sólo unos decenas de milenios, los glaciares se asomaban al Mediterráneo; por último, escasamente unos siglos atrás, los normandos aprovecharon una excepcional bonanza que les permitió desembarcar en Groenlandia, entonces cubierta de pastos, utilizando una ruta más septentrional que la que hundió al Titanic y con unos barcos tan frágiles que hoy franquearían Gibraltar con problemas. De todo ello podemos deducir la seguridad de que el clima no permanecerá mucho tiempo en su estado actual haga lo que haga el hombre, aunque no sabemos por qué.

Hace 500 años que el español Ponce de León descubría Florida y, en seguida, un fenómeno geográfico de especial trascendencia: la corriente del Golfo (20 de abril de 1513). También fueron españoles los primeros en utilizarla incluyéndola en el camino de vuelta en la ruta de los galeones, lo que ahorró tiempo considerable y proporcionó seguridad. Hoy comprendemos que gracias a sus aguas cálidas el clima de Europa occidental es especialmente benigno para su situación en latitud: Lisboa, a la misma altura de Nueva York, posee un clima incomparablemente más dulce; Oslo, con la misma latitud que el extremo sur de Groenlandia, es, en cambio, perfectamente habitable; las costas de Noruega abiertas al Atlántico, no se hielan y sí, en cambio, las de Suecia de cara al Báltico.

La corriente del Golfo no sólo es más cálida que las aguas que transita sino que es más salina por lo que al adentrarse en el norte y perder temperatura se sumerge a causa de su mayor densidad, reiniciándose el ciclo. Según parece el calentamiento global puede arrojar al mar cantidades ingentes de agua dulce por el deshielo ártico y antártico y cambiar la salinidad de los mares con lo que el mecanismo podría paralizarse, según algunos estudios. Eso sin contar con la alteración en la circulación atmosférica que en la actualidad contribuye con fuerza a la corriente (vientos del O.) El resultado sería que la fachada O. de Europa quedaría expuesta a las temperaturas que le corresponden por su latitud, con lo que el calentamiento tendría para nosotros el efecto sorprendente y contradictorio de un recrudecimiento excepcional de las temperaturas. Una nueva edad del hielo para Europa.

Todo lo cual nos conduce a esta reflexión poco esclarecedora: si no va a hacer más calor es que va a hacer más frío. Y no es una conclusión tramposa sino más bien la prueba de nuestra incapacidad para predecir el futuro, ni siquiera en sus líneas generales.

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09 Abr 2013

Reflexiones sobre la democracia (8)

Escrito por: arco el 09 Abr 2013 - URL Permanente

Las democracias realmente existentes pueden presentarse con multitud de formas y colores: monarquías constitucionales, como las que pertenecen a la UE; sistemas parlamentarios, en los que el legislativo es hegemónico; regímenes presidencialistas con fuerte separación de poderes, caso de EE.UU.… En todas ellas la organización territorial (del centralismo francés a la confederación helvética, pasando por toda suerte de federalismos) y los métodos electorales (mayoritarios, proporcionales, mixtos…) son igualmente variopintos. La presencia de los partidos es universal pero en unas son meras plataformas electorales mientras que en otras están fuertemente disciplinados y su poder desborda las instituciones políticas inundando secciones de la maquinaria social.

Es una constante que en tiempos de bonanza los pueblos que las viven alardeen de sus ventajas pero se lamenten de graves disfunciones cuando las cosas vienen mal dadas (la crisis económica cuando se profundiza y prolonga se convierte en crisis política). A la vista de la coyuntura y del polimorfismo comentado arriba, en lo que todos podemos estar de acuerdo es en que los derechos humanos y las libertades individuales constituyen el núcleo duro de toda democracia.

Quizás pudiéramos completar el asunto con unas pinceladas históricas, como el análisis etimológico de la palabra: democracia del griego demos pueblo y cratos poder; o sea, gobierno del pueblo. Claro que traducir “demos” por “pueblo” no deja de ser un atrevimiento. “Pueblo” es hoy el conjunto de los ciudadanos, es decir la totalidad de la población de un país. En cambio, los antiguos atenienses entendían por “demos” la población una vez restadas las mujeres, los menores, los esclavos y los de origen extranjero (metecos) que podían llevar residiendo en Atenas desde varias generaciones atrás. Un escaso 10%. Los miembros de ninguno de esos grupos gozaban por sí solos de derechos de ciudadanía. La famosa isegoría igualdad política de todos los atenienses, se refería a esa minúscula fracción.

Respecto a los derechos humanos lo único que puede decirse es que los griegos los desconocían. Nunca se habló en la Tierra de derechos humanos hasta las revoluciones burguesas de finales del XVIII.

La radicalización del concepto de isegoría les llevó a preferir el sorteo como sistema de selección para ejercer responsabilidades ciudadanas, sobre cualquier otro. Al tiempo, una similar radicalización del concepto de poder popular condujo a situar la asamblea (en la que podían participar todos los componentes del demos) por encima del derecho, estableciendo una auténtica dictadura de la asamblea.

En resumen: el sistema político ateniense, sin derechos humanos, con las libertades restringidas a unos pocos, la exclusión de las mujeres, la esclavización de los trabajadores, la selección por sorteo y la dictadura asamblearia, no pasaría hoy el examen más tolerante de homologación democrática; y, sin embargo, los rechazaríamos usando la palabra democracia, la misma que ellos crearon precisamente para designar su régimen. Curiosa paradoja que nos alerta del peligro de convertir a la historia en mito.

Mal que nos pese la democracia realmente existente hoy es hija del capitalismo, como la griega lo fue del sistema esclavista y, entre ambas, no hay relación alguna, de hecho están separadas por milenios en los que el concepto democracia parecía detestable. Pero no nos engañemos, el capitalismo no genera necesariamente una democracia. Es más, la democracia es resultado de sus contradicciones internas; por eso en las crisis se generan fuerzas poderosas y variadas para desembarazarse de ella, de la misma manera que el organismo combate las infecciones. No sería extraño que ideas y movimientos que luchan por establecer una democracia ideal (ellos dicen real) estén en la práctica, simplemente, desmontando la democracia real y liberando inconscientemente al sistema (capitalismo) de la contradicción potencialmente más peligrosa para su supervivencia. La confusión entre los términos “real” e “ideal” es de libro.

Como soy viejo me habré hecho conservador. Me inquieta que con los trastos viejos salgan por la ventana, bien libertades y derechos que algunos atolondrados no hayan sabido discriminar del conjunto de deshechos que merecen ir al vertedero, bien los artilugios sociales que siglos de experiencia han ido creando para hacerlos efectivos, o que la limpia nos deje inhabitable la vivienda por mucho tiempo, y yo lo tengo contado.

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05 Abr 2013

Todo lo que era sólido

Escrito por: arco el 05 Abr 2013 - URL Permanente

Hace tiempo que no dedicaba un post a comentar un libro, quizás porque no es corriente dar con uno que realmente merezca la pena. En este caso el ensayo de Muñoz Molina, “Todo lo que era sólido”, es una clara excepción.

La cita de Joseph Conrad con la que el autor abre el libro, «Es extraordinario como pasamos por la vida con los ojos entrecerrados, los oídos entorpecidos, los pensamientos aletargados», nos pone inmediatamente en la pista que desvela la perspectiva desde la que Muñoz Molina reflexiona y escribe este ensayo, que no dudo en calificar, de entrada, como excepcional, lúcido, sincero hasta la incomodidad y revelador en el sentido en el que en una película fotográfica se revelan las imágenes que un instante antes permanecían invisibles para nuestros ojos.

Lo que me ha sorprendido y admirado siempre de este escritor es su capacidad para elevar lo normal y cotidiano, lo común y ordinario a los niveles de lo excepcional y fascinante. Con una prosa sencilla y directa desgrana un pensamiento que carece igualmente de artificio intelectual alguno pero al que se le percibe con la solidez de lo que ha sido fraguado en el sentido común, al alcance de cualquiera pero al que tan pocos y tan pocas veces se recurre.

La dolorosa deriva económica y política del país en los últimos tiempos se nos muestra como la consecuencia de la torpeza, el narcisismo y la falta de lucidez de una sociedad que evolucionó demasiado deprisa, desde la prolongada siesta del franquismo, como para haber apreciado en su justo término cada una de las conquistas logradas; como el proceso de corrupción paulatino y acelerado de los hábitos políticos consecuencia de un fondo ético mal definido, quizás por el peso de la historia, y reblandecido por la artificiosa prosperidad de la coyuntura. Leyéndolo tiene uno la sensación en cada página de encontrar palabras propias, argumentos y reflexiones que han rondado nuestra cabeza muchas veces. Y sin embargo, qué rigor y precisión en la dialéctica, qué robustez en la reflexión y qué acierto en las conclusiones.

Va desgranando MM las cuentas del rosario de los pecados capitales de los españoles, que no son siete sino algunos más, y el papel que han jugado en el desencadenamiento de la situación actual. Critica con dureza a aquellos que tuvieron responsabilidades, personas e instituciones, pero se termina con la impresión de que las responsabilidades están más repartidas y que la entera sociedad española lo es, aunque sólo fuera como “colaboradora necesaria”, si hemos de recurrir a la jerga jurídica.

Termino seleccionando un párrafo (pgs. 102/3) que para mí constituye la mejor explicación que haya leído sobre el crack sociopolítico que estamos sufriendo:


«La democracia tiene que ser enseñada, porque no es natural, porque va en contra de inclinaciones muy arraigadas en los seres humanos. Lo natural no es la igualdad sino el dominio de los fuertes sobre
los débiles. Lo natural es el clan familiar y la tribu, los lazos de sangre, el
recelo hacia los forasteros, el apego a lo conocido, el rechazo de quien habla otra lengua, o tiene otro color de pelo o de piel. Y la tendencia infantil y adolescente a poner las propias apetencias por encima de todo, sin reparar en las consecuencias pueden tener para los otros, es tan poderosa que hacen falta muchos años de constante educación para corregirla. Lo natural es aceptar límites en los demás y no aceptarlos para uno mismo. Creerse uno el centro del mundo es tan natural como creer que la Tierra ocupa el centro del universo y que el Sol gira alrededor de
ella. El prejuicio es mucho más natural que la vocación sincera de saber. Lo natural es la barbarie, no la civilización, el grito o el puñetazo y no el
argumento persuasivo, la fruición inmediata y no el empeño a largo plazo. Lo natural es que haya señores y súbditos, no ciudadanos que delegan en otros temporalmente y bajo estrictas condiciones, el ejercicio de la soberanía y el bien común. Lo natural es la ignorancia: no hay aprendizaje que no requiera un esfuerzo y que no tarde en dar fruto. Y si la democracia no se enseña con paciencia y dedicación y no se aprende en la práctica cotidiana, sus grandes principios quedan en el vacío o sirven como pantalla a la corrupción y a la demagogia
.
»

Después de sus palabras sería estúpido seguir con las mías.

_______________

Antonio Muñoz Molina: “Todo lo que era sólido”. Seix Barral. Biblioteca breve. Barcelona, 2013.

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01 Abr 2013

La ciencia y la vida eterna

Escrito por: arco el 01 Abr 2013 - URL Permanente

La fundación de John Templeton (Templeton Fundation) residenciada en USA emplea sus cuantiosos fondos a la titánica, y se me antoja que inútil, tarea de compaginar ciencia y religión. Hace unos años dediqué un post, con el que me divertí bastante, a un famoso experimento de la oración, que financió esa institución y Dawkins había contado en “El Espejismo de Dios”, en donde tuve noticia de él. Estos días recoge la prensa que la misma institución dedicará varios millones de dólares a una nueva investigación, ahora sobre si existe la vida de ultratumba y los “espacios” en que se desarrolla: cielo, infierno, purgatorio, karma… La verdad es que me cae simpático el empeño aunque sólo sea porque pone los pelos de punta a los creyentes fundamentalistas que ven en él blasfemia más que interés científico o, lo que fue quizás la intención inicial del fundador, el intento de liberar a la religión de la hojarasca supersticiosa más tosca.

La narcisista capacidad que los humanos poseemos de pensarnos a nosotros mismos, lo que hasta el presente no se ha hallado en otras especies, puede ser la responsable de que creamos que existe una diferencia radical entre el género humano y el resto del reino animal. Partiendo de esa creencia hemos ido acumulando otras que hagan más y más grande la distancia entre ambos, a saber: presumir la intervención divina para explicar nuestra aparición en la Tierra; creernos portadores de un elemento inmaterial no sujeto a las leyes físicas, el alma; pensar que estamos destinados a otra vida que trasciende la presente…

Para desdicha de los que se inquietan ante nuestra condición animal la ciencia ha ido borrando fronteras y restando distancias entre nuestra especie y las demás de manera incansable desde hace un par de siglos. No voy a detenerme en la decisiva y monumental aportación de Darwin, que rompió un nudo gordiano al incluirnos en la cadena evolutiva. Por primera vez la ciencia nos ponía en el ecosistema global como un elemento más, provocando en las conciencias un desconcierto tal que doscientos años después la polémica suscitada por la teoría, una de las mejor fundamentadas en la historia del conocimiento científico, sigue levantando ronchas.

Ciertamente los límites no deben estar claros porque desde tiempo atrás se ha incluido, o casi, entre los animales a sectores a veces tan amplios como las mujeres o minorías étnicas y culturales (negros, judíos, gitanos…) de los que se dudó en el pasado que tuvieran alma y, hasta hoy mismo, que compartan todas las características de la excelencia humana.

Ahora la ciencia experimental parece empeñada en arrebatarnos, una tras otra, la exclusividad de capacidades que negábamos con impresionante ceguera a los animales, haciendo más líquida e inaprensible la frontera que nos separa de ellos, si es que existe alguna. Hasta ayer mismo, contra evidencias al alcance del observador más mediocre, creíamos que sólo nosotros éramos capaces de fabricar y utilizar herramientas, mito que los etólogos han enterrado definitivamente. Sabemos ya que las emociones y sentimientos más complejos circulan entre animales que se organizan en grupos familiares, como entre nosotros. Deslumbrados por las bondades del habla humana hemos despreciado otros métodos de comunicación de increíble variedad y sofisticación que la naturaleza ha puesto a disposición de otras especies y que en algunos aspectos superan en eficacia a los nuestros. La lista se podría prolongar muy largamente.

Para colmo la estructura de nuestro cerebro es un testigo del proceso evolutivo de forma que podemos encontrar en él desde elementos aparecidos “recientemente” (neocorteza) hasta aquellas de cuando no pasábamos de la condición de reptiles (cerebro reptiliano). Existe además la cuestión de las especies de homínidos desaparecidas, apenas entrevistas por los restos fósiles, pese a los enormes avances últimos, que difuminan aún más, si cabe, un límite preciso.

No es necesario insistir más, nuestra condición animal está más que probada, sólo nos queda asumirla. Desde el momento en que eso ocurra las preguntas sobre para qué estamos aquí, cuál es el sentido de la vida y tantas similares que hoy circulan con el marchamo de profundas y filosóficas, se habrán convertido en inútiles y absurdas. Como inútiles y absurdos parecerán tantos esfuerzos por comprender “verdades” que sólo se habían fabricado para justificar una exclusividad que no tenemos.

Post scriptum: si al final la investigación Templeton demostrara la existencia de la vida eterna en cualquiera de sus acepciones, paradisiaca o infernal, no os extrañe ni me reprochéis que haga desaparecer este artículo. Uno tiene derecho a reservarse una vía de escape.

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Tutti frutti

El título de este blog procede de la mezcla desordenada de temas que constituyen su contenido. Sin embargo, como mi vida profesional, ya lejana, giró en torno a la enseñanza y a la historia, ambos intereses le dan el toque de personalidad, el estilo que cualquier obra humana requiere, y una cierta unidad.
Firmo mis entradas con el seudónimo de Arco por un, quizá, excesivo pudor cuando lo creé, pero mi nombre es Arcadio y observo el mundo y cuento mis impresiones desde Málaga.

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