22 May 2012
El síndrome del canto del cisne
El liberalismo como toda ideología se mueve en el terreno de las ideas. Es un constructo utópico que, ni en el pasado ni en el presente se ha convertido en una realidad completa palpable. Pero sí que hemos podido sentir en determinados momentos su envite, con fuerza variable, desde el XIX. Apareció en esas fechas como una opción revolucionaria empeñada en romper las ataduras que imponía al individuo el Antiguo Régimen: las que procedían de la dictadura moral e intelectual de las iglesias; las que emanaban del ejercicio legislativo, judicial y ejecutivo de las monarquías despóticos; las que imponía la sociedad tardofeudal y gremialista.
Su momento de apogeo (segunda mitad del XIX) se quebró con las crisis de finales de siglo y principios del XX alternadas espectacularmente con las dos grandes conflagraciones mundiales. Las turbulencias de ese periodo alumbraron una sociedad más democrática en la que la hegemonía política recayó en «la coalición histórica que se construyó entre el movimiento obrero organizado y las nuevas clases medias de funcionarios, empleados de servicios y profesionales por cuenta ajena» (*). Fue el momento de la socialdemocracia, el tiempo en que asumió la gestión del capitalismo: treinta años (1945/75) de crecimiento y redistribución de la riqueza que consolidaron los modos democráticos y los extendieron por el mundo, desacreditando a los fascismos por un lado y a los comunismos por el otro.
La erosión que en los últimos tiempos ha sufrido la base social de la socialdemocracia y la emergencia de nuevas clases: una aristocracia formada por altos gestores de empresas, una élite financiera constituida por expertos salidos de las escuelas de negocios y la burguesía tradicional reciclada que dejó de hacer ascos a las propuestas liberales que hace un siglo le parecían inaceptables (Pio IX condenó formalmente el liberalismo) produjeron un relevo en la dirección de la sociedad.
La cuestión es saber si la presente convulsión está marcando el comienzo del definitivo triunfo del neoliberalismo, que ha producido un periodo de riqueza virtual disfrutada con el embeleso del que hace un viaje al país de las maravillas (también las burbujas recién reventadas, que fueron su alimento) o si, por el contrario, es su final.
Sé, como estudioso de la historia, que las cosas se ven más claras tomando un poco de distancia, y que la consciencia tiene un cierto retardo en la percepción de la realidad; también, que los cambios nunca son completos porque se levantan utilizando el material de desecho de la construcción precedente. Todo ello dificulta el diagnóstico a los contemporáneos. Así, los socialdemócratas gobernaron con estructuras heredadas del liberalismo porque no tuvieron ocasión, ni ganas seguramente, de desmontarlas; los neoliberales lo han hecho conservando de grado o por fuerza parte del entramado del estado del bienestar. Cuando se gestó la crisis de los 70 parecía que el régimen socialdemócrata estaba en su zenit y, sin embargo, se estaba fraguando su relevo; su ocaso se ha producido en simultaneidad con el ascenso de sus sucesores. Por eso me inclino a pensar que aunque hoy parece que vivimos el triunfo definitivo del neoliberalismo puede que se trate más bien de un espejismo, de su canto de cisne. El proyecto de vertebrar la sociedad en torno al interés individual, sin más ataduras que las de la seguridad y el orden público, podría haber quedado reducido a un sueño, como tantos otros. Al fin y al cabo, ningún ideal humano ha encontrado nunca realización completa y concluyente. Esta es la esencia de la historia.
La esencia del futuro es ser una incógnita, mal que les pese a los profetas.
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*I. Sotelo: “El declive del ciclo socialdemócrata” en el País 21/5/2012
14 May 2012
Mercado y democracia
El filósofo y político revolucionario francés Proudhon se preguntaba en un libro publicado en 1840 “¿Qué es la propiedad?” y se contestaba con la celebérrima frase “La propiedad es un robo”. En aquellos tiempos los pensadores con sensibilidad social habían detectado que el capitalismo, todavía inmaduro, ingenuo pero brutal era la causa de los males que padecía el pueblo y su espina dorsal no era otra cosa que la propiedad (propiedad privada de los medios de producción, puntualizaría más adelante Marx). Así pues el sistema, según ellos, se basaba en una expropiación convertida en legal al transformarse en leyes los métodos con que funcionaba. Esa es la operación que hicieron los gobiernos liberales que entonces regían el mundo civilizado, y lo hicieron bajo el manto y el convencimiento de que actuaban en beneficio de la modernidad y el progreso.
El mundo ha dado muchas vueltas desde entonces y el capitalismo ha sufrido transformaciones importantes que, entre otras cosas, le han permitido subsistir y triunfar sobre experimentos socialistas (comunistas) que todos conocemos. También ha sofisticado sus procedimientos y ya no muestra su cara adusta y brutal nada más que en la periferia del sistema y cuando se ve sometido a las convulsiones de las crisis, que de ningún modo ha podido erradicar porque forman parte su peculiar fisiología.
Durante el siglo XX el capitalismo atlántico se justificó presentándose como el único sustento de la democracia y los derechos. Primero derrotando manu militari a los capitalismos totalitarios que lideraba el Eje; después, aniquilando en el mercado (manu mercatori) a los socialismos autoritarios de tras el Telón. Revestido de legitimidad ética, impulsado por el viento de la historia y dueño de la legalidad vigente nada le impide ahora desprenderse de las molestas vestiduras que le impusiera la alianza con los socialismos moderados y pactistas en coyunturas más difíciles; aquellos aditamentos que le dieron el aspecto más democrático, pero que trabaron sus movimientos instintivos. En esas estamos.
La cuestión no es si alguien se saltó las reglas, que ya sabemos quién las marcó, sino si al final prevalecerá el mercado o la democracia. Y lo cierto es que, criaturas del sistema, las dos nos fascinan, pero quizá la convivencia de ambas en plenitud sea un sueño imposible. _____________ Ilustración: Proudhon.
10 May 2012
Españoleando la crisis
El tiempo que va desde el estallido de la crisis de las “subprime” en USA y en toda Europa hasta la nacionalización de Bankia lo hemos vivido en España en una ficción: el cuento de que la banca española era sólida y no estaba afectada más que superficialmente. Los poderes públicos y financieros se han esforzado por transmitirnos esa imagen a toda costa y contra toda racionalidad generando una absoluta incomprensión de la actitud de los mercados con nuestro crédito y nuestros bancos, que se presentaba como un absurdo ensañamiento.
Nada más comenzar el problema el gobierno americano inyectó cientos de miles de millones de dólares en su sistema financiero y en toda Europa se nacionalizaron bancos empezando por el Reino Unido y sin excluir a Alemania. Hoy los bancos americanos han devuelto en buena medida la ayuda y el gobierno ha podido emprender políticas de recuperación. En Europa la inquietud, que permanece, procede hoy de los países intervenidos y de España, pero no de sus propios bancos, ya saneados. Sin embargo aquí Fernández Ordoñez, director del Banco de España, sacaba cuerpo presumiendo de previsión y de una gestión impoluta e inteligente sobre las finanzas españolas, a la vez que exhortaba, un día sí y otro también, a apretar el cinturón de los ciudadanos de grado o por fuerza, lanzando invectivas contra el gobierno, los sindicatos y el despilfarro de las administraciones y los españoles. ¿De qué se trataba? ¿De ignorancia? ¿De estupidez? ¿De desvergüenza? Y si es, como creo, de las tres, ¿En qué proporción participa cada una?
El ejercicio intelectual que consiste en preguntarse cómo estaríamos ahora si en vez de haber hecho tal cosa se hubiera hecho aquella otra ha dado lugar a un género literario que llamamos ucronías. Aunque no se puede decir que haya producido obras maestras soy aficionado a él. ¿Qué hubiera pasado si desde el primer momento se hubieran intervenido los bancos infectados y se hubiera afrontado el problema francamente?
Posiblemente, puesto que la deuda soberana no es muy alta, la desconfianza que ha producido este último acto (por ahora dramático, esperemos que no llegue a trágico) de la crisis no se habría originado. Quizás no hubiéramos sufrido más presiones de las que sufren Francia o Alemania, ya que tampoco tuvimos aquí un gobierno circense de tipo berlusconiano. Hasta podría haber ocurrido que la agitación sobre la zona euro hubiera sido mucho menor al quedar reducido el problema a los países intervenidos hasta ahora. De paso nos habríamos ahorrado los ajustes brutales y el desmantelamiento inmisericorde de una arquitectura social de la que empezábamos a sentirnos orgullosos. Por fin, no habríamos celebrado con la prensa, prácticamente unánime, cada fusión bancaria como un éxito de la modernidad de nuestro sistema cuando no era más que una cortina de humo, una huida hacia adelante, que tenía el precio que ahora vemos, y el que no vemos, que es la oligopolización del sector.
Cuesta en este juego no buscar de inmediato a los responsables del disparate, por ignorancia, estupidez o desvergüenza, insisto. Por ahora sólo cité a uno, pero no me apetece hablar más de él, ni siquiera mal. Está Zapatero que, aunque jefe de gobierno, se declaró a sí mismo ignorante en economía (que ya es osadía, algunos con un currículum equivalente no se atreven ni a presidir la comunidad de vecinos); está Solbes el mago que hizo mutis oportunamente y permanece desaparecido, rector que era de la economía con calidad de vicepresidente; está Rato que dejó el FMI para venir a cagarla a Caja de Madrid; no nos podemos olvidar de toda la tropa de gerentes de cajas y bancos que han hecho su fortuna personal pero han hundido a las entidades que gestionaban y han amañado sistemáticamente sus balances, con los que, como se ve, sólo nos engañaron a nosotros que no a los mercados; hasta podríamos incluir a la prensa que con un espíritu sectario digno de mejor causa, rara vez se ha elevado sobre los intereses de tribu para ofrecernos un panorama verdaderamente crítico y bien fundado, como era su obligación. Una legión de ineptos, sinvergüenzas e irresponsables a los que es difícil señalar uno por uno y entre los que hay políticos, profesionales y empresarios en proporciones equivalentes.
Ando buscando un párrafo con el que cerrar este artículo pero sólo se me ocurre una palabra y de las cortas: ¡Jo!
03 May 2012
La educación en la trituradora
El ministro Wert ha puesto de moda a la enseñanza no por reformas “positivas” que haya elaborado y puesto en marcha sino por haberla metido con evidente entusiasmo en el proceso de demolición general que ha puesto en marcha el gobierno sobre todos los servicios sociales. Para esa tarea utiliza como punto de apoyo el desprestigio que ha generado una crítica sostenida e indiscriminada a la LOGSE y las leyes que sucesivamente la han reformado, así como los informes PISA que, sin el análisis crítico adecuado, han sido considerados muy negativos. Por tanto, la cuestión que se plantea el ministerio no es mejorar la eficiencia del sistema, sino partir de otros principios, a la vista de panorama tan negativo.
Habría que decir en primer lugar que PISA lo que realmente mide en su evaluación es la capacidad de un sistema educativo para obtener buenos resultados en la encuesta PISA, y poco más. Cualquiera que haya tenido relación con la enseñanza, a cualquier nivel, sabe que si existe una tarea delicada es la evaluación. Proceso que con la LOGSE se convirtió (o pretendía convertirse) en continuo y no sólo afectaba al aprendizaje de los alumnos sino que incluía al propio sistema y a las técnicas concretas empleadas para aplicarlo. El procedimiento es tan complejo y chocaba tanto con prejuicios arrastrados desde el pasado que todavía hoy, a pesar de que se ha renovado buena parte del profesorado, no se ha llegado a implantar con eficacia; antes bien, han surgido nuevos vicios que lo han pervertido hasta convertirlo en ciertos casos en inservible. Pero en lugar de reconducirlo y tratar de hacerlo más eficiente preferimos tirar por la borda todo el sistema, utilizando en parte como pretexto un informe mucho más deleznable de lo que suele reconocerse, porque los datos sociológicos son difícilmente manejables y porque sólo tiene en cuenta la adquisición de algunos aprendizajes. Finlandia obtendrá excelentes resultados en cálculo y comprensión lectora, pero también arroja el dato sombrío de ser la sociedad con el índice de suicidios (también en adolescentes) más alto del mundo, si se excluye Japón, otro país con magníficos resultados PISA.
No sabría situar al nuestro en un ranquin internacional en lo que a educación se refiere. No poseo los datos ni los instrumentos necesarios y desconfío de quien asegure tenerlos, dada la complejidad del asunto. Pero he sido alumno desde los años 40 y profesor desde los 60. He tenido ocasión de comparar con mirada inquisitiva e interesada la situación de la enseñanza a lo largo de muchas décadas y puedo afirmar que el salto que se ha dado ha sido gigantesco. Un resultado excelente de la LOGSE fue dar a la enseñanza una apostura democrática por primera vez en nuestra historia, con todo lo que eso significa, que es mucho más de lo que a primera vista parece. Cierto que muchos profesionales han estado en contra de ella, pero me gustaría poder determinar que incidencia ha tenido en esa posición el descenso en la escala social al generalizarse y multiplicarse los centros y el personal docente (antes un catedrático de instituto era una personalidad, hoy apenas hay quien lo distinga de un “maestro de escuela”) y la dificultad para adaptarse a cambios tan drásticos en tan poco tiempo. Por otra parte, sin bien los salarios se situaron en un nivel de dignidad aceptable, por primera vez también, los presupuestos fueron inconcebiblemente cicateros con la reforma lo que dificultó su desarrollo y la desvirtuó y abocó casi al fracaso desde su inicio.
Un análisis desapasionado y desideologizado descubriría luces y sombras, pero sin duda el balance, se me antoja, sería muy positivo y, desde luego, si es justo, concluiría con la afirmación de que la educación pública se ha acercado más que nunca al servicio de los ciudadanos (ver el artículo de José Saturnino Martínez en el País de hoy).
Esto es lo que el ministro Wert, que, según todos los indicios, no ha pisado un centro público en toda su vida, parece estar dispuesto a destruir. Para ello hay que reducirla primero a basura ahogándola económicamente y desprestigiándola aún más de lo que está, después todo el mundo reclamará la escoba.
Un artículo de Juan Torres en Público me pone sobre otra pista: es muy posible que haya sobrevalorado al ministro y al gobierno. Podría ocurrir que no hubiera plan alguno. Quizá golpean un viernes aquí y el otro allá sin mucha premeditación y los ministros se encargan a posteriori de justificar intentando crear la sensación de que existe un proyecto. Puesto que Rajoy reprochó duramente a Zapatero sus improvisaciones, tendrá ahora que disimular las suyas propias. De momento se estaría limitando a responder a las exigencias del mercado con un rosario de ocurrencias de las que esperan obtener la paz financiera y un solar en el que puedan en el futuro construir sin las trabas que les impondrían las estructuras que dejó el incipiente y frustrado estado del bienestar que legara la socialdemocracia, reducidas ya a simples restos arqueológicos.
Los científicos saben que ante cualquier problema siempre se debe escoger la hipótesis más simple (llamana esta ley la “navaja de Ockhan”). Quizá haya que desplegarla aquí y abandonar la idea de un proyecto que no sea desmantelar lo más posible. Este gobierno no parece tener aliento más que para la demolición.
26 Abr 2012
La mujer, el trabajo, los valores y el ministro
Se ha aireado estos días un aserto del ministro Wert escrito en un ensayo que le publicó FAES no hace mucho. Dice así: «La intensidad de la propia transmisión de la educación en valores en el seno del núcleo familiar no puede sino resentirse del cambio en los roles familiares que la incorporación masiva de la mujer al trabajo fuera del hogar supone». Ante quienes se alarmaron por la revelación el ministro alega que es una frase simplemente descriptiva y que no dice nada respecto a su posicionamiento ideológico frente la cuestión. Yo creo que sí dice mucho; pero, es que además estoy convencido de su falsedad interesada por parte de aquellos que buscan el modo de hacernos retroceder caminos costosamente transitados.
Digamos en primer lugar que ha cambiado el concepto sobre la infancia y, por tanto, la posición del adulto frente al niño. Justo mientras se estaba produciendo la incorporación de la mujer al trabajo fuera del hogar, el niño se convertía paulatinamente en sujeto de derechos. La explotación de la infancia, que ha sido una constante histórica, es hoy escandalosa no porque sea mayor que otras veces sino porque se ha convertido en éticamente insoportable. El cambio se operó en las mentalidades ¡y en los valores! Ciertamente se ha reducido la natalidad en parte por la opción laboral de muchas mujeres, pero, también, porque las parejas son hoy muchísimo más responsables ante la procreación que en generaciones pasadas. En resumen, el coste del niño en atención, en preocupaciones, en cuidados… es infinitamente superior al de hace unas generaciones. Muchas parejas aplazan el momento porque no se sienten capaces de hacer frente a la situación. Decisión en la que destaca el consenso, lo que era impensable o excepcional hace sólo dos generaciones. Valores nuevos que en aquellos tiempos de supuesto paraíso familiar en que la mujer no trabajaba no existían.
No es que la liberación femenina y el nuevo estatus del niño sean causa y efecto, pero sí son consecuencia de un mismo fenómeno: el progreso de un humanismo laico y racionalista que logró traspasar por primera vez en la historia los límites del varón adulto, para abarcar a todos. El castizo y casposo “cuando seas padre comerás papas” ha quedado sin otro contenido que el de una dudosa humorada.
En el pasado reciente, al que con frecuencia se invoca desde el reaccionarismo, los niños nunca estuvieron mejor atendidos, ni se hicieron esfuerzos por su educación, también en valores, como hoy, pese a que el padre y la madre trabajan ahora fuera del hogar. En las familias burguesas el contacto cotidiano de los niños era con servidores, nodrizas, institutrices… criadas; en la adolescencia o antes se les internaba en colegios; el contacto con los padres era mínimo. El modelo se imitaba en mayor o menor medida en las clases medias en función de su capacidad económica. El pueblo llano, que vivía mayoritariamente en ambientes rurales, no mejoraba esos hábitos, en este caso por necesidad; eran las hermanas adolescentes las que pasaban hora tras hora con los bebés; cuando crecían su ambiente era la calle, y muy pronto el trabajo como aprendices o ayudando a la familia.
Los valores que se transmitían al niño eran básicamente los que giraban en torno a la susodicha frase: “cuando seas padre…” El niño en la casa estorbaba y se le hacía saber. La buena educación se basaba en reprimir sus impulsos infantiles y en dotarlo de hábitos que no molestaran a los adultos con los que convivía y que lo preparaban para que cuando él mismo fuera adulto creara una familia sexista y patriarcal como la suya. Más que niño era simplemente un proyecto de hombre. Esto ocurría cuando las madres, si eran de familias acomodadas, no trabajaban y se dedicaban a la administración de la casa y otras actividades de ocio, sociales o religiosas, consideradas muy femeninas; si de familias trabajadoras, además de en la casa trabajaban en el campo, en donde se las requería estacionalmente, o en otras tareas que complementaran los ingresos familiares y, cargadas de hijos, eran incapaces de atenderlos debidamente, mucho más porque los padres no consideraban que esa fuera tarea propia de su condición. Tiempos en los que, según se deduce de la reflexión del ministro, se transmitía la educación en valores en el seno del hogar con total intensidad.
Es sabido que el ministro tiene en cartera una nueva ley de educación que, según sus propias declaraciones, podría ver la luz al final de la legislatura o principios de la siguiente, de donde se infiere que los cambios no serán superficiales. No tengo ninguna curiosidad por conocer sus directrices, las puedo adivinar. ¿Alguien no?
17 Abr 2012
Política y mercado
Nos cuesta pensar que los mercados no están dirigidos por grandes intereses concretos y singulares que actúan con efectos de conspiración sobre las economías de naciones debilitadas por causas diferentes, como Grecia o ahora España e incluso Italia. De hecho esos intereses existen y se mueven con hiperactividad y aparente autismo en dirección de su exclusivo beneficio, pero, quizás, sólo ejerzan sobre el conjunto una influencia que rara vez resulta decisiva.
El mercado es sólo la concurrencia de intereses, de manera que si un país acude ofertando su deuda, o sea, en demanda de financiación, él mismo forma, desde ese instante, parte del mercado al que ha acudido por su propio y exclusivo interés. No se puede buscar en el mercado otra cosa que intereses. Lo peligroso es que alguno de los concurrentes adquiera capacidad de manipulación por su envergadura o influencia. No hay mercados perfectos (en sentido económico: numerosa y homogénea concurrencia, información completa, libertad...) y el financiero tampoco lo es, aunque está más cerca de ella que muchos otros.
El mercado no dicta la política que han de seguir los gobiernos, contra lo que suele decirse. Para eso se necesitaría una dirección, un programa, en fin una vertebración de la que carece. Lo que hacen los infinitos agentes individuales que actúan en él es poner un precio alto a su dinero si el demandante de financiación no ofrece confianza o garantías suficientes para la amortización del capital y más bajo cuantas más ofrezca. Las políticas que parezcan garantizar mejor la devolución de los préstamos encontrarán así más fácil y barata financiación, mientras que las que en el mercado se vean como peligrosas para ese fin no se financiaran. Así pues no es que no haya alternativa a las políticas de recortes, es que las otras encuentran difícil financiación.
La confianza se basa en firmes datos objetivos, pero también tiene elementos de volatilidad en función de la coyuntura y de otras variables. Así, en tiempos de crisis se acentúan las exigencias y deja de tolerarse lo que en otro momento hubiera pasado cualquier control. Situaciones numéricas parecidas en distintos países pueden encontrar trato diferente en función del prestigio, la historia reciente, etc. Algunos o muchos de estos factores pueden combinarse y hacer la situación de un país insostenible aunque objetivamente no se encuentre en mucha peor situación que otros. Así pues, al margen de las magnitudes macroeconómicas, hay un margen político que puede usarse para alterar la confianza de los mercados (el PP creyó que el simple cambio de gobierno iba a facilitarles la tarea, aunque fue un error o no supieron aprovechar la circunstancia).
Pero un Estado no es una empresa, pese a que existe una tendencia a considerarlo así, como muestra la insistencia en hablar de la “marca España” cuando se refieren a la imagen exterior del país; o el recurso a procedimientos propios de empresas mercantiles como el “apalancamiento ”, en el que evidentemente se nos fue la pinza. La sustitución de la política por la economía, la invasión de técnicas y recursos empresariales en la gestión del Estado es lo que nos ha puesto en manos del mercado, que está para lo que está, pero no para convertirse en gestor de la cosa pública.
¿Qué hacer? Nadie parece tener la solución. La dinámica creada de financiación a través del mercado hace imposible ignorarlos, pero seguir sus indicaciones hace imposible la recuperación. Un círculo vicioso que parece imposible romper. Sólo desde la UE, que tiene el control monetario, se podría actuar con éxito; pero, el grado de unión logrado hasta el momento no incluye la política fiscal y sin ella cualquier actuación es un parche.
Aunque parece que escapa a nuestra capacidad de ciudadanos encontrar la solución ya que no controlamos directamente los centros de decisión de la UE, no es así. No será lo mismo que en Francia gane Hollande o Sarcozy las elecciones, que Merckel logre mantenerse o no. También que en España optemos por un partido que no ve error sino acierto en que el mercado se infiltre en lo que hasta ahora había sido el terreno de la política y contamine su ejercicio con métodos y procedimientos mercantiles, o que lo hagamos por la opción contraria. Cierto que en la UE se ha establecido una suerte de democracia indirecta (seguramente porque no podía ser de otro modo en estos momentos de construcción), pero eso no significa que las decisiones de los ciudadanos no tengan efectividad (los gobiernos liberales que campean hoy Europa en mayoría aplastante están ahí por decisión ciudadana). Por otra parte la acción democrática no termina en el voto como se ha visto en movimientos recientes y como se vería si en lugar del desencanto y el desanimo cultiváramos sentimientos más positivos e imaginativos.
10 Abr 2012
¿Primavera árabe?
Los movimientos y las recientes transformaciones en el mundo musulmán de África y el Oriente Medio han sido denominados en su conjunto y con osado optimismo, “la primavera árabe”. Se los ha calificado de revolución y todavía, pese a que a muchos se nos congeló la sonrisa hace tiempo, la prensa y la opinión más generalizada en occidente, los ve como cambios esperanzadores a la vez que necesarios. Sin embargo, cabe otro análisis; es posible obtener otras conclusiones; diría, incluso, que es necesario otro punto de vista.
Hace unas décadas (años 60) una ola revolucionaria, postcolonial, recorrió la zona estableciendo regímenes de tendencia laica, republicanos y socializantes, que desbancaban a la administración colonial directamente o a las monarquías teocráticas y despóticas que habían pactado la independencia con las metrópolis europeas (Reino Unido y Francia fundamentalmente), a la vez que marginaban movimientos político-religiosos más o menos fundamentalistas (Hermanos musulmanes, etc.), levantando un muro de contención frente a ellos. La ‘guerra fría’, todavía con gran fuerza en aquella época, les permitió obtener ventajas de uno y otro bloque, jugando la carta del ‘tercer mundo’ (Nasser). Fuera cual fuera su inclinación, lo cierto es que estaban en el camino de la modernidad, distanciándose del islamismo e inclinándose hacia el bloque del Este (‘socialista’) o hacia el capitalista. En las relaciones internacionales jugaron un papel positivo al dar consistencia al bloque creciente de los no alineados, enfriando la guerra fría y creando la esperanza de una modernización del mundo árabe que, por primara vez, se veía factible y próxima. En el interior se ensayó una legislación laica, que, por ejemplo, en el derecho de familia aflojó las ataduras del islam sobre la mujer de Túnez a Bagdad, pasando por El Cairo o Damasco.
Dos fenómenos, que han interactuado entre sí, vinieron a trastocar este camino abierto, que sí que era esperanzador y hubiera merecido entonces la denominación de primavera:
1. La evolución interna de los regímenes, en su origen revolucionarios, que se fueron transformando en dictaduras personales, incapaces de crear estructuras democráticas de control. Como en tantas otras ocasiones un régimen revolucionario evoluciona hacia el despotismo aplazando indefinidamente la creación de controles democráticos por la necesidad, y con la escusa, de combatir a las fuerzas reaccionarias, aún amenazantes. En este caso, además, los partidos en que se apoyaron los líderes revolucionarios eran estructuras ideológicamente endebles y con insuficiente arraigo social como para haber frenado la deriva hacia los personalismos despóticos y corruptos; al contrario, fueron un instrumento para incrementarlos. Esto ocurrió así en Egipto, en Túnez, en Argelia, en Siria, en Irak, en Yemen, en Libia…
2. El proceso de la globalización, que desde los 80 se fue convirtiendo en el instrumento de control de la economía mundial por parte del capitalismo financiero (identificado, como es natural, con los países ricos occidentales), con el resultado de situar a los ciudadanos del antiguo tercer mundo como el proletariado a escala global. Por una parte el empobrecimiento y la marginación y por otra la traición política de sus dirigentes han sido percibidas por las masas como una trampa monumental, frente a la que sólo cabía la reacción política, que en el mundo musulmán es la vuelta a partidos y sistemas islamistas. Que se haya usado y siga usándose el terrorismo como instrumento no debe extrañar, ensayado ya en el conflicto israelí como la única respuesta posible ante un poder tan injusto como aplastante por su fuerza incontestable.
No hay primavera, sino reacción frente a un proceso de ‘modernización’ fracasado convertido desde hace años en una caricatura dramática. Reacción que no conducirá a una convergencia con estándares políticos occidentales sino a una profundización en soluciones islamistas. De hecho los estados monárquicos, teocráticos y reaccionarios, la otra facies del paisaje político musulmán, no han sido puestos en cuestión por el movimiento, ni parece que vayan a ser molestados, salvo alguna leve excepción.
02 Abr 2012
Procesiones
El concilio de Trento(1545/63) abrió una nueva época y unos nuevos modos para la Iglesia. Consagró la ruptura iniciada por Lutero y diseño la estrategia y las tácticas para combatir la “herejía” que naciera de sus tesis, o para protegerse de ella. Así frente a la racionalidad, el recelo ante las imágenes, la desnudez de los templos y la austeridad en las manifestaciones religiosas de las iglesias disidentes, Roma impulsó la emotividad, la exuberancia ornamental y la exhibición de la riqueza, así como la proliferación de actos públicos dramatizados y ostentosos, dando lugar a una notable actividad procesional con muy variadas excusas.
Una de ellas fue la persecución y castigo de las prácticas heréticas por los tribunales eclesiásticos, dando lugar a los “autos de fe”, que terminaban con la ejecución pública en un truculento y gran espectáculo que no excluía la quema de los recalcitrantes, pero que se iniciaba con una procesión en la que los procesados eran humillados y sometidos a escarnio público como penitentes, luciendo sambenitos en los que se representaban sus desviaciones y sus penas, y tocados con burlescos capirotes (corozas).
Desde finales del Medievo las sociedades urbanas se vertebraron en función de los oficios formando gremios en defensa de sus intereses profesionales; en su seno surgieron hermandades o cofradías que desarrollaron funciones asistenciales, como dar sepultura a sus miembros o atender a sus viudas y huérfanos. Siempre se colocaban bajo el patronazgo de algún santo o advocación de Cristo o la Virgen. Después de Trento estas cofradías fueron estimuladas por el clero para que se manifestaran procesionalmente en determinadas festividades solemnes como Corpus Christi, Pascua de resurrección, etc.
También desde la Edad Media fue frecuente la representación de “pasos” o “misterios” en los templos, pequeñas piezas dramáticas sobre episodios de la vida de Jesús. Posteriormente, en el barroco, los imagineros esculpieron estas escenas en creaciones que más adelante se utilizaron para ser procesionadas.
La confluencia de estas tradiciones ha configurado la moderna Semana Santa en España, protagonizada por cofradías, muchas de las cuales tienen su origen en antiguas hermandades gremiales que han perdido sus funciones primitivas pero han hipertrofiado la procesional, única que hoy las justifica. En tiempos de Goya (XVIII/XIX), fecha en la que la Inquisición había perdido fuerza, aunque no desaparecido, había procesiones de penitentes voluntarios que se autocastigaban ataviados como los antiguos reos de la Inquisición. Es lo que muestra la “Procesión de disciplinantes” que encabeza esta página.
A finales del XIX y sobre todo a principios del XX la radicalización del movimiento obrero hizo retroceder estas manifestaciones de religiosidad popular llegándose a producir episodios de anticlericalismo, quema de iglesias, conventos e incluso imágenes. Años después el franquismo, que sería calificado de nacional catolicismo, resucitó de nuevo con ímpetu y afán escarmentador toda la parafernalia, profundizando más que nunca en la fusión y confusión de los aparatos del Estado con el tinglado clerical: presencia de las autoridades en los rituales de rigor; participación del ejército en los desfiles procesionales; transformación de la conmemoración religiosa en fiesta nacional con suspensión de actividades laborales, escolares, y hasta lúdicas e informativas (las emisoras de radio emitían música sacra y en los cines se proyectaban películas de tema religioso).
Cabía esperar que con la eclosión democrática de los 70 todo cambiara radicalmente, sin embargo la realidad fue muy otra. El franquismo sociológico persistió fuertemente arraigado en las instituciones y en la mentalidad ciudadana lo que permitió la permanencia y efusión del espectáculo ritual. Se buscaron nuevas excusas que no fueran sólo las religiosas, que ya chirríaban con las formas de un Estado democrático, que debería ser laico, y se encontraron en las raíces populares y en los réditos económicos. A partir de entonces no ha habido un representante político, de cualquier color, que haya hecho ascos a desfilar tras las andas (pasos o tronos en la jerga al uso) de cualquier imagen. En los últimos tiempos las cofradías se han multiplicado y han incrementado considerablemente sus patrimonios e influencia hasta el punto de que en algunas ciudades andaluzas sus intereses inciden visiblemente en las decisiones municipales. Especialmente en Sevilla y Málaga, aunque también en otros muchos lugares, se señorean de la ciudad durante siete largos días entorpeciendo gravemente la vida ciudadana, eso sin contar con un fleco de días o semanas, anteriores y posteriores, en que realizan multitud de actividades siempre de modo público, ostentoso y molesto para los que no comulgan con el santo jolgorio. Eso no impide que si se solicita una procesión atea, de protesta naturalmente, aunque lúdica y, eso sí, cargada con las armas letales de la ironía y el buen humor, sea prohibida fulminantemente acusándola de provocación. Y es que los píos cofrades, tan ensimismados en su festival“gore”, adolecen precisamente de eso, amén de racionalidad, respeto a los demás y un cierto sentido del tiempo en que viven, y desvelan así su prepotencia y su influencia a todos los niveles.
Se suele decir “que venga Dios y lo vea” cuando algo parece increíble. Pues eso, que venga.
28 Mar 2012
Elecciones andaluzas
La etapa más complicada para el gobierno andaluz fueron los años del gobierno de Aznar. La peculiar topografía psíquica del presidente del PP sometió a la comunidad a una especie de cuarentena, por decirlo suavemente, consecuencia de haber quedado como el único gran bastión del socialismo. Las circunstancias eran muy diferentes a las de hoy: en 1996 Izquierda Unida, dirigida por un líder con aires proféticos, estaba mucho más empeñada en derribar al PSOE de Felipe González que en construir algo positivo. Conviene recordar que en la generales de ese año, que dieron el gobierno a Aznar, la suma de escaños del PSOE e IU era de 162 mientras que el PP sólo obtuvo 156, sin embargo a nadie se le ocurrió sumarlos, pese a las enormes dificultades que tuvieron los conservadores para convencer a los nacionalistas catalanes y vascos de que les apoyaran. La “dulce derrota” de los socialistas consistió más en que se sentían internamente derrotados que en el veredicto de las urnas, que había dado una clara mayoría a la izquierda.
Afortunadamente para los andaluces de hoy ninguno de los dos partidos de la izquierda está dirigido por un líder carismático, ni a nivel nacional ni regional, y es una suerte que ni el posible subidón de uno ni la probable depresión del otro se trasladen a las negociaciones políticas. Cuando falta el carisma hay que echar mano de la racionalidad. Bendita sea.
Es de suponer que el gobierno que surja de las negociaciones PSOE-IU tampoco lo va a tener fácil en esta ocasión. No tanto por la inquina de un presidente (Rajoy no es Aznar) como por el hecho de que está llamada a convertirse en un experimento sobre si es posible oponerse a la política monocorde que impera en España y Europa en este momento y, todo ello, sin que el posible aislamiento en que caiga no le cause más problemas de los que pretenda resolver. Es evidente que para eso se requiere mucha inteligencia política y cálculo preciso. Ni de una cosa ni de otra han dado excesivas muestras un PSOE andaluz cansado de gobernar, minado por mil y una corruptelas y fragmentado por vendettas personales y de facción; ni una IU poco cohesionada internamente y gravemente debilitada por las pérdidas hemorrágicas de su mejor militancia, frustrada, cansada y desorientada.
En cualquier caso los resultados de las elecciones en Andalucía y su consecuencia, que hoy nadie discute, la formación de un gobierno progresista, han supuesto una inyección de moral para la izquierda. El resultado de las urnas puede hacer reflexionar a muchos sobre que no hay derrota más contundente que aquella que nace de nuestro interno convencimiento. El desenlace de las generales de 1996 parece una buena muestra de ello: un Felipe González exhausto por el acoso y derribo a que había sido sometido en su última legislatura, desmoralizado por la corrupción en el seno de su partido, ofuscado por prejuicios, odios y resentimientos contra IU, sin capacidad para ofrecer alternativas, se vio avocado a reconocer la derrota antes de que se produjera realmente. Su partido, fascinado durante años por el carisma del líder, fue incapaz de reaccionar ante su hundimiento.
Hoy en Andalucía se abre una esperanza. Seamos conscientes de que hay enormes dificultades, pero esperemos lo mejor.
23 Mar 2012
Igualdad y movimiento
Desde finales del siglo pasado se han venido produciendo dos fenómenos paralelos y relacionados entre sí: 1) un incremento de las diferencias en la percepción de las rentas; 2) un paulatino desprestigio del progresismo. La polarización de la riqueza no tiene discusión, es un hecho admitido por todos. Del segundo fenómeno es de lo que me ocupo a continuación.
El descrédito es lógico si desde los años 80 la riqueza se ha ido polarizando, como ha desvelado crudamente la crisis, y las formaciones políticas que se autoproclamaban progresistas no sólo no lo impidieron, sino que parecieron estar encantadas con el sistema, al menos mientras hubo crecimiento. Lo malo es que la descalificación no sólo ha recaído en las entidades políticas o sociales responsables, sino en la propia idea de progreso, tal y como se percibe en la izquierda. Paralelamente ha ido ganando posiciones la creencia de que su semilla es individual y que los que no prosperan son, ellos mismos, responsables por incuria, comodidad o incapacidad para competir, resucitando viejas y equívocas argumentaciones.
Los físicos entienden por situación de máximo desorden, máxima entropía, aquella en la que las diferencias energéticas han desaparecido y se ha alcanzado la homogeneidad. Entonces el cambio, el movimiento, se hace imposible. De la misma manera, aseguran los “sociofísicos”, la igualdad paraliza a la sociedad porque hace desaparecer los estímulos, que conviven bien con la diferencia, pero que desaparecen con la homogeneidad. La situación de máximo desorden social, de parálisis, sería aquella en que hubieran desaparecido las diferencias de clase y, por tanto, de riqueza.
En el “darwinismo social” nace el otro de los argumentos recurrentes. En naturaleza las especies evolucionan, progresan, en una constante lucha por la existencia, en una competición permanente que permite la persistencia, mejora y proliferación de las buenas cualidades y la desaparición de las malas. La especie humana es el monumento a ese proceso incuestionable de progreso biológico. En sociedad, afirman, los mejor preparados para competir prosperan mientras que los que utilizan medios o recursos inapropiados son penalizados, produciéndose una selección de la excelencia en los individuos, en los recursos, en los valores… que sólo puede generar progreso al conjunto de la sociedad. Así pues, la competencia, que sólo existe en la diferencia, sería el motor del progreso. Los pobres, los derrotados, los marginados en la lucha por la vida tendrían toda la comprensión de los triunfadores, pero de ellos sólo debería ocuparse la caridad, cuidando no alterar el delicado mecanismo natural.
Este discurso que contempla a los humanos y su sociedad en analogía con las leyes de la física, o como seres vivos regidos por las leyes de la biología, extendiéndolas gratuitamente a las relaciones sociales, reaparece con fuerza, encontrando acogida en variados sectores sociales. Únicamente el recurso a un humanismo que coloque la solidaridad como valor preferente puede hacer frente a esta marea, que, impulsada por oscuros intereses de clase, nos presenta a la competencia como valor de excelencia y como refrendo el éxito social. A los jóvenes se les adoctrina en esta dirección (atención al diferente papel de la escuela pública y la privada en este asunto), se utiliza al deporte como modelo, que prácticamente siempre es confrontación, exaltando dogmáticamente sus presuntas virtudes educativas, mientras los medios nos muestran la competición en sus mil formas como espectáculo edificante y recurrente…
La solidaridad se diferencia de la caridad en que ésta trata de atender a los fracasados en su desgracia y aquella trata de impedir la desgracia del fracaso. La primera es socialmente conservadora, la segunda social y políticamente transformadora. Por otra parte, no tiene por qué preocuparnos cómo funcione la física o la biología; al fin y al cabo, la vida tiene sus leyes que trascienden las de la física, sin contradecirlas, y la vida inteligente las de la biología, sin impugnarlas.
Sin embargo, si la palabra progreso se vacía de su contenido colectivista, que privilegia la igualdad sobre la diferencia, la cooperación sobre la competencia, entonces sí que deberíamos preocuparnos, ya que eso significaría que la sociedad abandona el interés con el que se construyó ese sentido. Señal de que habremos perdido la batalla fundamental.
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Tutti frutti
arcoEl título de este blog procede de la mezcla desordenada de temas que constituyen su contenido. Sin embargo, como mi vida profesional, ya lejana, giró en torno a la enseñanza y a la historia, ambos intereses le dan el toque de personalidad, el estilo que cualquier obra humana requiere, y una cierta unidad.
Firmo mis entradas con el seudónimo de Arco por un, quizá, excesivo pudor cuando lo creé, pero mi nombre es Arcadio y observo el mundo y cuento mis impresiones desde Málaga.
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