RodeadosENRIC GONZÁLEZ
No he visto aún el arranque de Operación Triunfo, en Telecinco. En realidad, a la hora de escribir estas líneas (19.30 del miércoles), el cuerpo me pide que me abstenga. Pero cuando el hipotético lector tenga este periódico en las manos, o en la pantalla, las cosas habrán empeorado. Y yo, con toda probabilidad, me habré autolesionado con un electrodoméstico, con un televisor, concretamente. O sea, habré visto OT. Y habré asistido a la presentación de Ramoncín, paladín de la propiedad intelectual y de los derechos de autor, como miembro del ilustre jurado. Es de suponer que para entonces, mi mañana y su hoy, andaré aún peor de ánimo. Quién iba a decirle a uno que acabaría añorando a Risto Mejide.
Lo que puede ir mal, va mal. Eso ya lo sabíamos. Aun así, resulta difícil no apenarse ante el presunto fichaje de Francisco Rivera, también conocido como Kiko o como Paquirrín, por parte de Sé lo que hicisteis (La Sexta). La gracia de ese programa solía consistir en la aparente distancia con que se abordaban las monstruosidades televisivas: emitían trocitos de basura, pero era basura ajena, fenómenos frikis de otros espacios, de otras cadenas, y envolvían el producto con una ironía sarcástica. La incorporación del señor Rivera, como monologuista, aprendiz de monologuista o lo que sea, constituye un cambio cualitativo: Sé lo que hicisteis incorpora su propio monstruito. Si Ana Rosa Quintana tiene a Belén Esteban, ellos tienen al señor Rivera. Francamente, no creo que puedan reírse los unos de los otros. Si acaso, podrán comparar la magnitud de sus respectivas tragedias.Todo esto induce al pesimismo.
Uno lo ve todo negro. No quiero ponerme en lo peor, pero cualquier día, en cualquier empresa, van a rebajar el sueldo a los obreros para financiar la ludopatía bursátil de los dueños. Ya sé que exagero, que esas cosas no pasan. Pero antes tampoco pasaban cosas como la de Ramoncín y Paquirrín, y ya ven. Como decía Manolo Vázquez Montalbán, estamos rodeados.
Esta columna de Enric González debía haber salido el jueves, pero la dirección de El País decidió no publicarla porque consideraba que hablar, aunque fuese en genérico, de la “ludopatía bursátil de los dueños” era un insulto a los propietarios del diario. Ese mismo día, la asamblea de trabajadores de El País se había mostrado en contra de bajarse el sueldo, una de las medidas que está discutiendo la empresa ante la crisis. Hoy tampoco hay columna de Enric, ni tampoco saldrá su artículo en el suplemento de este domingo. Pero, según informan fuentes de este diario, Enric González volverá el lunes a su columna. Espero que por mucho tiempo (Ignacio Escolar).




Del personaje público que seguramente a su pesar era Antonio Vega, el prestigioso músico español fallecido ayer a los cincuenta y un años, siempre me ha intrigado cómo fue posible esa degradación física tan brutal, tan drástica, durante tantos años, desde hace tanto tiempo, sin que él pusiera remedio en algún momento, siquiera aprovechando el abandono de su juventud, ya lejano en el tiempo, ni sus amigos y compañeros de profesión más cercanos lograran convencerle de que hiciera algo para detenerla o paliarla de alguna forma. Pero no menos sorprendente es que en la sociedad de los medios de comunicación creciente e histéricamente sensacionalistas en que nos movemos, su historia personal de abuso de la heroína, en paralelo a su vida musical y social en los años y circunstancias de la movida madrileña, y fuera de ella cuando el ejercicio de su profesión dejó de ser tan intenso o regular, no hubiese dado lugar a una explotación morbosa de su historia personal. Materia había, y mucho más fondo que en la mayoría de los personajillos que pululan por esos medios, también. Algo influiría la discreción y aislamiento de alguien con la personalidad de Antonio Vega, pero hoy en día esa explicación no basta para entender por qué los medios le respetaron relativamente tanto, máxime cuando el deterio era tan evidente en su aspecto físico, especialmente en su rostro, y él no se recató en ocultarlo ni un momento ni en permitir que eso le detuviera a la hora de decidir actuar en un concierto.
Desde hace un tiempo, un par de temporadas en la periodización particular de las series de televisión, no se dejan de oír opiniones conmiserativas sobre la deriva de una de las que más pasiones ha levantado en los últimos tiempos como es Perdidos (Lost), en el sentido de que está perdiendo interés, que no se sabe hacia dónde se quiere dirigir el argumento, que si se sigue viendo es por la inercia de haber visto las anteriores temporadas y querer satisfacer la necesidad lógica de averiguar cómo se resuelve la complicada y original madeja que en ellas se fue trabajosamente configurando, etc.
Sin embargo, Perdidos (Lost), era y es mucho más que eso. Su interés, tremendo interés, no radica sólo en su carácter de entretenimiento ingenioso basado en una historia atractiva puesta en pantalla según una estructura no tan orginal como puedan pensar muchos adolescentes y otros espectadores habituales de televisión pero poco cinéfilos; sino que estriba tanto o más, aunque de una forma no tan aparente, en la especial y conseguida intensidad que sus realizadores han sabido conferir a sus imágenes, especialmente cuando de mostrar a sus personajes se trata. La factura de la serie no es la de un producto televisivo al uso, sino la de cine con mayúsculas, en donde importa casi cada fotograma y la densidad de las imágenes es muy superior a la habitual ligereza de las de la televisión comercial, hablando por ellas mismas mucho más que poniendo en boca de los personajes triviales conversaciones.
