30 Abr 2008

Vivir, morir, sentir

Escrito por: Iconoclasta el 30 Abr 2008 - URL Permanente

Vivir, morir; esta no es la cuestión. La cuestión es que puedes acabar aburrido (por decir poco, por decir lo mínimo) de la vida. Y no porque sea puta, ni una mierda, ni siquiera porque sea bella. O que sea algo tan zafio y predecible como esa repugnante frase hecha que te dicen los místicos: “Es lo que hay”.
“Y tu madre es una golfa a la que pagué sólo 10 € por un francés” le respondo al místico, más que nada para que sepa alguna cosa más de las que hay.
Pero en realidad no saben lo que hay, no saben que todo el trabajo de mierda no servirá más que para avanzar el proceso degenerativo del organismo. No saben nada, ni follar, porque de ello hablan entre risas, con chistes.
No es un chiste cuando la agarro por el cabello y la penetro, no me río cuando la embisto una y otra y otra y otra vez. Soy violento como el gorila que le arranca los brazos a su hijo.
No les cuento una mierda mientras hablan entre ellos con una falsa autoridad que ni ellos mismos podrían respetar.
No me río, sólo gruño como un animal, ni siquiera la respeto. Ella tampoco, tengo mis hombros heridos de sus uñas.
Me insulta la muy bella, la muy amada.
Morir, ¿qué le vas a contar a Teresa de Jesús?
Que no es tan sencillo, ni entraña paradojas de iluminado. El organismo no entiende de muerte y considera cada día vivido un triunfo. No acaba de entender que la muerte se lleve tres puntos y encima juegue partida extra.
El organismo sin cerebro es aún más sabio, va a su puto rollo y no piensa en minucias. Si el corazón se parte por el camino, se muere sin más teatro. Es más digno y noble que la mente doblegada.
La muerte puede ser un alivio cuando te han dicho lo que hay demasiadas veces.
La cuestión no es vivir o morir.
La cuestión es sentir, no ambicionar conocimientos que coartan la sonrisa, que hacen perder tiempo de imaginar-soñar-disfrutar. La cuestión es que si duele, que duela.
La cuestión es que si estudias demasiado, acabas creyendo las mentiras, y creándolas. Recreándolas.
Ambicionando ser ambicionado.
Sólo escribirlo es idiota, sólo leerlo da risa.
Me río yo del catedrático que da conocimientos a un estudiante que quiere ser juez para que sea capaz de joder la vida a cientos, a su total discreción.
Joder, está todo tan mal hecho que parece ser que la muerte pueda ser la cuestión.
Tal vez.
El organismo me mira desde dentro alarmado porque la navaja está presionando demasiado sobre la femoral. El organismo no sabe que la cuestión es que no siento.
El organismo no necesita saber lo que la mente enferma alucina.
Ni siquiera el organismo es capaz de evitar que el corazón lata con fuerza y el chorro de sangre le salpique los ojos que no quieren mirar nada ya.
Si uno se fija en el surtidor intermitente de la arteria, si uno se fija en como se detiene la sangre por un segundo para después salir como un géiser rojo; puede pensar que en esos momentos el corazón está alarmado y bombea hacia dentro en un patético intento por no morir, como muerta está la mente. El muy tonto se quiere llevar la sangre para adentro.
Y uno entonces acaba diciéndole al corazón con la autoridad de un subnormal: “Es lo que hay”.
Y es triste desangrarse como un cerdo, pensando como un cerdo.
La cuestión era morir, porque lo que he sentido no me ha gustado. Lo vivido no ha sido para tanto.

Iconoclasta

28 Feb 2008

Coagulando que es gerundio

Escrito por: Iconoclasta el 28 Feb 2008 - URL Permanente

Vaya, parece que no es buen día para morir, todo me ha salido bien y cosa rara: hoy precisamente, no detesto la vida.
Las cosas como son: es un error pensar que las flores existen para adornar las tumbas. Hay belleza filantrópica, desinteresada y generosa en el planeta. La prueba de estar vencido es no saber paladear lo dulce y lo amable que nos ofrece la vida.
Por eso, hoy camino saltarín por la calle, cuasi alegre, ledo, emocionado y un poco empalmado.
Porque al fin y al cabo, la euforia sexual es un buen síntoma de alegría y optimismo. El deseo reproductor instintivo y todo eso. Algo connatural al ser humano.
Dijéramos que en mi básica y primitiva cultura, el pene es mi tótem y a él me consagro.
Es del único de quien me puedo fiar, porque si por el médico fuera, ahora estaría calvo y vomitando un líquido amarillento en la sala de tratamientos oncológicos de algún enorme hospital.
A algunos médicos les deberían quitar los vasos de café de la papelera para que no busquen entre los posos los diagnósticos de los pacientes con un dolor de cabeza muy particular y muy doloroso.
Resulta que no es un tumor lo que tengo en la cabeza, no hay metástasis.
Es que se me suelta el vientre y todo de la alegría.
Es un simple coágulo que presiona en el mesencéfalo y me va dejar muerto en cualquier momento dentro de los próximos veinte días. Pero coño, me libro de la quimio y de un largo proceso de degeneración física y psíquica.
El optimismo allana el camino hacia una vida más intensa.
Claro, que muy intensa ha de ser para disfrutarla en apenas tres semanas.
Dice el matasanos que antes de morir padeceré perturbaciones en mi estado de ánimo y que tendré que pasar por la consulta dentro de una semana, me recetará ansiolíticos para paliar un poco toda esa locura que poco a poco se desatará en mi cerebro. Ahora no es buen momento porque me ha colocado un parche de morfina en la nuca para sedarme y evitar los inevitables dolores. También hará más suave la rampa que me llevará a la depresión que he de padecer durante las próximas semanas.
Veinte días de vida está bien; cuando uno ve a su padre morir con cuarenta y cinco, el hijo piensa que la muerte precoz es algo congénito. Hay momentos en los que piensa que hasta la mala suerte es congénita.
Y te comes el coco y te acuerdas de tu padre con ese tacto frío, como el de la carne en el mercado. La piel cerúlea que te hace dudar de si de verdad es a quien has amado o te lo han cambiado por un tosco maniquí, una broma de mal gusto.
Y saltarín camino con alegría, porque seguramente llegaré a cumplir cuarenta y seis, mi recelo se ha esfumado.
Estoy deseando llegar a casa y decirle a la familia que estén tranquilos, que es posible que llegue a los cuarenta y seis, casi seguro. Aunque me cague y me mee encima.
Anda que no van a dar saltos de alegría, llevan unos días preocupados por los comentarios ambiguos del doctor sobre estas punzadas que me dejan clavado en el sitio y por un llanto que intempestivamente derraman mis ojos, sin previo aviso. Sin sentirme triste especialmente.
Eso sí que me sabe mal, es una mierda esto de tener algo malo en los sesos. Te esfuerzas por sonreír, te muestras fuerte. Se habla de ánimo y superación y por sorpresa una ráfaga de dolor parece atravesar la zona tras las orejas de lado a lado y las lágrimas, como una presa reventada, anegan el rostro. Y es triste reír llorando, ellos sufren, no les gusta, por decir algo, por decir lo mínimo.
Me hubiera gustado ver como le sale la barba a mi hijo, estoy seguro de que en un mes ya deberá afeitarse, está a punto.
Cuando me muera, a los pocos días, se afeitará y yo no estaré tras él, vigilando que lo haga bien y evitar que se irrite demasiado la piel.
Mi mujer me preocupa un poco más, porque cobra una mierda y sin mi jornal, la cosa va a pintar muy negra.
Me acaban de aclarar por teléfono que si me suicido, no cobrará la indemnización del seguro y en caso de deceso por enfermedad, no se contempla indemnización alguna.
— ¿Para cuándo dice que va a causar muerte? —me pregunta astuta la agente de seguros.
Son listas como ardillas las aseguradoras.
También me dice, que a partir de este momento si me atropella un coche y me mata, seguramente será porque yo habré propiciado el accidente para cobrar la prima. La conversación ha sido grabada por mi seguridad y la de ellos.
No lo entiendo, los hay que tienen suerte para todo en el mundo y yo, hasta para palmarla he de hacer cuentas.
Para lo que me queda en el convento me cago dentro.
Acabo de anular la póliza y mira por donde: vencía en tres días, cuando me pongo puedo ser muy hostil y agresivo.
He de mantener la calma, no me gustaría morir loco y sin saber quien o que soy.
El otro día, me encontré con dios en su cielo y me dijo que hay cosas que no tiene porque explicar a ningún humano. Que aquí, a esta vida se llega para acatar sus órdenes.
Y que me olvide de tirarme a todas las tías que encuentre en el cielo, que no son para mí. Como mucho, me dejará tocarle las tetas a un ángel un tanto defectuoso que está bien para los que han muerto con el cerebro hecho papilla y que seguramente no se recuperarán jamás. No puedo dejar preñada a alguna santa o angelita y prolongar mi estirpe de corta vida también en el cielo.
— ¿Quieres decir que a mi hijo le he legado una vida corta como la mía?
No me contesta, ha girado la cabeza hacia la ventana que da al noveno coro, el de los arcángeles tenores y rehúye mi mirada.
— Está bien, tienes permiso para gozar con la santa o angelita que elijas si ella te acepta. Puedes marcharte. Bienaventurado seas. Amén. —dicho esto, tarareando el irritante salmo de los ángeles y girándome la cara, me indicó con la mano la puerta de salida de su cámara.
— ¿Vas a dejar que mi hijo muera tan pronto también? —le pregunté angustiado.
Nunca había sentido tanto miedo. Quiero a mi hijo tanto que me abriría el vientre para darle calor si fuera necesario.
Tengo la sana costumbre de llevar siempre una navaja encima. Salté hacia su trono de mierda lanzando un grito de combate y se lo clavé en el ojo derecho. Tendríais que oírlo gritar, menudo dios cobarde y quejica.
Anda que si tuviera un coágulo como yo…
Tengo que comprar el pan, dos barras de cuarto y ochocientos cruasanes bañados de chocolate.
Qué ridículo he hecho, me han dicho que para ochocientos cruasanes, me vaya a la fábrica, que no tienen tiempo para bromas. Y hemos llegado todos a la conclusión de que lo que necesito llevarme, son ochocientos gramos de cruasanes.
Es que mi mujer es una despistada.
Nos hemos reído todos un rato con los…
¿De qué me reía?
Aún llevo la receta del médico en el bolsillo, dice que el diazepán, en estas dosis, pega fuerte. Que vaya con cuidado.
— ¿Me he de preocupar de que me pueda quedar dormido, doctor? ¿Quiere que le ponga la comida aparte al coágulo? Tal vez así se conservará más tiempo y engordará más rápido.
Cuando te vas a morir y sólo te quedan dos semanas de vida, toda conversación tiende a ser larga, odiosamente larga e infructuosa. Y la verdad cuanto más hablas con los médicos, más se acelera la muerte. Es como si su voz estimulara a los tumores y coágulos a desarrollarse más y más rápido. El médico, a mayor es el tumor, más importancia tiene. Cuestión de proporciones directas, supongo.
Es la última vez que vuelvo, me deprime más él que el coágulo.
De vez en cuando nos encontramos en una plaza en el centro, lejos del barrio, hablamos, nos besamos y pronunciamos confidencias de amantes. Le hago bromas sexuales.
Está mal engañar a la esposa, pero yo no pedí enamorarme de Ester. Y aún quiero a mi esposa. A Ester le pasa igual con su marido. Y aún así, a pesar de tantos engaños, es hermoso como nos amamos. Somos adultos patéticos, adultos usurpando la edad de los jóvenes. Pero no lo hacemos a propósito, no queremos ser jóvenes, amarse es sencillo y fluye como agua mansa con ella. No quisiera volver a ser joven nunca.
Le he escrito un mensaje en el móvil:
“Me muero cariño, tengo el cerebro podrido, te quiero aunque ya no recuerdo tu cara”.
Duele mucho escribir esto y la verdad es que su cara se ha difuminado en mis recuerdos y tengo miedo.
Siento náuseas.
Si hablo con ella, no querré morir y me aferraré a una esperanza que no existe y se multiplicará el dolor por mil, pero para ella.
Encima de estar jodido, uno ha de ser cuidadoso.
En teoría, a partir de ahora, todo segundo que pase, es un poco de tiempo que le he robado a la muerte.
Me despido cada día de mi hijo como si me fuera de viaje. A veces me tiene que repetir que aún no me voy y me seca lágrimas que no sabía que corrieran por mi rostro. Yo creía que sonreía.
A mi mujer le doy las gracias por todo, no sé porque lo hago, no sé… Pero me abraza y me quiere. Y no quiero separarme de ella, hoy no, ni mañana.
Cada día al despertar, me recuerda quienes son, mi cerebro está cada vez más oprimido y si duermo sin pesadillas es porque ni yo mismo me recuerdo.
Cuando despierto, nervioso y desorientado, me dice que es mi esposa, que llevamos viviendo muchos años juntos, y él es mi hijo.
Y poco a poco durante los primeros minutos de la mañana, recupero fragmentos de la vida de alguien.
En mi teléfono hay muchos mensajes de una tal Ester; se debe haber equivocado, seguro.
“¿Por qué no me contestas, Teo?” “¿Qué es eso del cerebro podrido? Ya no me quieres.” “Me estás haciendo mucho daño Teo”
He tirado el teléfono a una papelera, no quiero que mi mujer se crea que le he sido infiel, yo sólo la he amado a ella. Esa mujer se ha equivocado de número.
Yo a lo mío, que me queda poco tiempo. Como diría un médico: coagulando que es gerundio y el movimiento se demuestra no muriendo.
¡Ja! Se me ha olvidado lo que tenía que hacer.
Maldito coágulo, ya no me acordaba de él.
Tengo mucho miedo a dejar de andar, porque cuando me detengo, se me oscurece la visión y me duermo siendo consciente.
La muerte no es tan mala como dicen.
A lo mejor era eso, necesitaba descansar, un poco.
Soy Alicia en el País de los Coágulos Sangrantes.
Le iba a comprar a mi hijo su primera maquinilla de afeitar, pero me ha dicho que no la quiere, que usará la mía. En lugar de sonreírle y abrazarle, me he puesto a llorar. Y he salido a la calle y…
Lo que me faltaba ahora, se me ha roto una venita en la nariz.
Tengo que comprar dos barras de cruasanes y ochocientos gramos de pan, como cada día.
Antes de morir si puede ser.
Que día más bonito…
Joder se me ha cagado la puta palo…

Fin.


Iconoclasta

09 Ene 2008

El puente

Escrito por: Iconoclasta el 09 Ene 2008 - URL Permanente

El puente está tendido en el aire y no sé donde se sujeta, no sé donde acaban los tirantes de acero que suben hasta el cielo ni veo donde se asientan los pilares.
Abajo sólo hay vacío y arriba también.
Es de tal magnitud el vacío, que la zozobra se instala atenazándome el ánimo y provocando un temor profundo.
Atávico.
¿Quién ha podido crear semejante construcción en esta nada? ¿Qué fin tiene? ¿Cuál es su origen?
Y está roto, estoy en el borde y más abajo continúa hacia un horizonte invisible, como si el blanco, o la transparencia del aire se lo tragara a millones de kilómetros.
Y… ¿Por qué salta la gente los seis metros de altura que hay desde aquí hasta la estrecha pasarela inferior? Es tan escasa...
Caen con fuerza, se quejan, se levantan y algunos siguen caminando cojeando.
Siento angustia, horror a saltar y caer fuera de la estrecha pasarela. Porque si caigo, agonizaré eternamente.
Saltar es un camino sin retorno.
Una vez haya bajado, no podré subir.
Y tras de mí, se extiende igual hasta ser engullido por la luz.
Saltan con total tranquilidad, tienen que saber adonde van. Deben saber algo sobre el puente porque no dudan.
Yo no sé que hago aquí, no importa. No es importante, porque todo lo ocupa mi temor, mi naúsea.
No se mueve el aire, no hace frío ni calor.
Sólo se instala un terror en mi caja torácica, es una presión que apenas me permite respirar.
Pasan por mi lado, algunos me rozan y saltan.
Y no hay ruido, es un mundo sordo.
Es tenebroso en la total y deslumbrante claridad de la indiferencia y la asepsia.
No siento hambre ni sed.
Y así, la muerte es peor que todo lo que nunca imaginé que podría ser.
Odio los puentes, siempre los he odiado porque llevan inevitablemente a la otra orilla, al otro lado. Y no hay más camino, no hay más sorpresa que un traspiés, que una barandilla rota o una caída sin fin.
El temor se esfuma, puedo respirar mejor.
Continúan: saltan, caen, se rompen, se levantan y caminan con las piernas deformes.
Un paso más.
Si no salto no avanzo.
Salto.
No hay angustia, no hay miedo y cojear no duele.
¿Por qué está parado ese hombre? ¿Por qué no salta? ¿De qué tiene miedo?
A veces tengo la sensación de haber vivido antes este instante.
Salto con la sensación de que el hombre está aterrorizado mirando al ¿cielo? ¿al vacío? A la nada.
Salto.
Todo es puente, y un puente se ha de cruzar. No hay nada más que hacer, que pensar.

Iconoclasta

06 Sep 2007

Monumento

Escrito por: Iconoclasta el 06 Sep 2007 - URL Permanente

Crearé un monumento, un monumento a mí mismo.
Un monumento vertical y afilado; vertiginoso. Quiero que al ser observado, admirado; todos sientan el vértigo de una obra monstruosa.
Piedra tallada con poderosos golpes de rabia, de un desasosiego abismal.
De un amor loco que se me desliza por los dedos como una serpiente en el barro.
Se escapa, siempre se escapa lo bello.
Y la rabia y el odio y el asco llenan el hueco que queda.

Monumento a un deseo atroz y venenoso de hendir mis manos en un vientre culpable y tirar de sus entrañas.
Del grito paranoide, no casual. Algo ensayado a lo largo de décadas de frustración.
Justicia… Salvaje justicia.

Será una afilada aguja, tan tosca y torcida que el mundo entero temerá mirarla, temerá que caiga.
Será piedra rugosa, cortante.
Se clavará en el cielo y las gotas que caerán desde el afilado pináculo no serán condensación.
Será cualquier cosa menos atmósfera. Porque la atmósfera no llora rojos ni amarillos.
Sangre y bilis…
Un arrecife en el aire…

Los pájaros e insectos no se posarán en ella sin que serias heridas se abran en sus patas.
En las manos y pies de los más valientes.
Quiero que nadie se sienta a salvo y sin embargo, no puedan apartar la mirada.
Por eso golpeo y pego.
Hay uniones blancas de calcio óseo. Argamasa fraguada en plasmática serosidad.
Uñas que se han destrozado por no querer caer de esa improbable altura. Que intentaron subir para retar sus miedos.
Y la materia hiere y duele. Y un metro de subida, es un rastro de sangre.
Tiene un enlucido que aún conserva su vello original. Sus estrías y sus cicatrices. Restos de vida, testimonios de fracasos. Bubones de una peste letal.
Dolor e impotencia.

Quiero crear pesadillas, quiero crear escalofríos que recorran miles de espinazos ante la magnitud de ese monumento. Que teman conocer a su autor.
Y que no puedan apartar su vista de él.
Que sientan el peso del megalítico monumento aplastando la tierra.
Que se sientan orugas a su sombra.

Quiero que al ver toda esa imperfección sepan de mi tortura, de mi disgusto de vivir entre ellos.
Quiero ser irracional. Injusto.
Admirarán la insania, y no se sentirán confortados.
No habrá fotografías.

Esbozarán una sonrisa al verlo, una sonrisa que ocultará la certeza de que se eleva sobre los muertos, de que los cimientos son un monumento a la horizontalidad de la muerte. La muerte se extiende plana porque plano y grávido queda el cadáver sobre el suelo.

Una base plana y llana, que se fundirá con el horizonte.
Gigantesca y pavorosa.
Una llanura negra, árida y sin relieve alguno. Sólo un viento que aúlla y roba la razón. Un escalón negro que se extienda como una mancha obscena; cáncer sobre terciopelo ocre.
Busqué la tierra más seca y muerta del planeta.

Porque lo he clavado en las entrañas de la tierra. Atravesando tumbas y necrociudades ocultas por capas geológicas.
He pretendido herir la tierra con él.
Le he hecho daño.
Y nadie pasará sus manos para sentir el tacto de arena, hueso y piel. Del granito que ha conseguido hacer sangrar mis dedos.
Que supure la tierra, que el cielo se ofenda.

Que millones de ojos reflejen la plomada torcida de un cúmulo de errores.
De un ciego rencor injustificado. Que sepan que si el monumento se derrumba, no podrán escapar. Que es tarde hasta para el pensamiento.

Provocará el silencio, un pensamiento mudo. Que ni un solo sonido perturbe la gravedad y el deterioro, la congoja que crea ese monumento; el monolito de la humana miseria.

Un monumento que no se pueda disimular con una estúpida sonrisa de vana simpatía y comprensión.
Algo hiriente para el bienestar de los fariseos.
Algo horripilante como la vida que me han obligado a soportar.

Mi monumento, mi insulto al mundo entero…
El alarde de mis miserias, las de ellos.


Iconoclasta

12 Ago 2007

Hola pequeñín mío

Escrito por: Iconoclasta el 12 Ago 2007 - URL Permanente

Hola pequeñín mío.
Me haces sentir madre anidado ahí, en lo más profundo de mi organismo.
Una mala madre, pequeñín mío. Temo que no te alimento suficiente, no te llega mi alimento para que te desarrolles y te hagas fuerte; para convertirte en un nuevo e importante ser.
Ser madre no es fácil y mucho menos ser padre-madre; no me asusta parirte, me asusta no poder ser digno de esta maternidad.
Soy una mala madre.
Es angustioso verte ahí, latiendo, rodeado de sangre, carne y huesos, luchando por vivir.
Cariño mío, crece pequeñín, crece y hazte fuerte que papá-mamá te quiere mucho. No te duermas al calor entrañable del cuerpo cansado de papá-mamá. Mi cuerpo.
Hazte grande, pequeño; sal y expándete. Mi cuerpo es tuyo, tu alimento, tu vida. Regálame con tu presencia con tu latido cada día más potente, con tu fuerza desmesurada. Papá-mamá te quiere mucho.
Eres mío, mi creación… No dejaré que nadie te haga daño, come, come.
Pequeño mío.
Los médicos son malos; ellos te llaman cáncer, o tumor.
Son peligrosos, te he de proteger, ellos me harán abortar, quieren que tome medicamentos que te envenenen. Eres tan pequeño y hay tanta gente contra ti…
Venga pequeño, inténtalo. Sólo una pequeña metástasis algo sencillo para empezar. Sé que estás cansado, sé que las radiaciones duelen mucho, mi amor. Pero has de ser fuerte como papá-mamá. Como yo.
Métete en el riego sanguíneo y busca los pulmones, el corazón.
En las entrañas encontrarás más alimento, menos presión para desarrollarte. Sal de ahí, en el tuétano del hueso no tienes futuro mi pequeñín.
No soy una mala madre, sólo que no controlo el crecimiento de los huesos y no puedo evitar que te aplasten.
Tienes que salir de ahí y hacerte grande, mi amor.
Aún tienes tiempo. Deja escapar una molécula, una célula colonizadora, que se filtre en el torrente sanguíneo y si tenemos suerte, llegará al cerebro.
No te asustes pequeño, Metástasis no es un nombre tan feo. No te preocupe lo que digan los médicos, tú hazle caso a mamá. En el cerebro estarás calentito y hay muchas vitaminas y minerales que harán de ti un organismo fuerte y saludable.
Mi pequeño organismo extraño al que tanto quiero…
Muévete, pequeñín, intenta salir de ahí dentro y busca un sitio mejor donde puedas hacerte grande, mi amor.
Tuve miedo la primera vez que apareciste, pensé que te harías un bulto enorme y saldrías a través de carne y la piel derramándote en forma de humor negruzco y maloliente, que digerirías mi carne desde dentro para luego salir a vomitarla.
Llevo tanto tiempo llevándote en mis entrañas, que sólo me queda quererte, mi pequeñín. Sólo quiero que salgas que te hagas grande y poder llevarte de la mano por el mundo, educarte.
Las madres, aunque seamos hombres, no podemos escapar a este instinto maternal que nos obliga a amaros.
¿Cómo puedo odiarte si eres parte de mí? Los médicos no lo entienden, ellos sólo buscan mi bien. Ven en ti a un cáncer peligroso, y sin embargo no creces.
Ellos vuelven a decir, que gracias a Dios. Yo digo que es frustrante tener un hijo que no crece.
Mi pequeñito cáncer indefenso…
Si he sido bendecido con el don de la maternidad ¿quiénes son ellos para intentar abortarte?
Tengo la garganta quemada de tanto fumar, tengo un asomo de esperanza de que seas capaz de desprender una célula y subirte al alquitrán que circula por mis venas y puedas llegar así a los pulmones al menos.
Inténtalo pequeño, sé que estás cansado y agotado, te noto latir en lo profundo del hueso, parece que lloras. Que te sientes solito ahí en el tuétano del hueso.
¡Te has movido, mi amor! He sentido como si el hueso estallara desde dentro, me duele tanto la pierna.
Estoy tan feliz, el dolor es vida, mi amor.
Crece, sal de ahí pequeñín.
Así mi vida, no te asustes si grito.
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El paciente hizo un gesto con la mano al radiólogo para que se acercara.
— ¿De verdad cree que esto es forma de tratar el cáncer? Sí ya sé que es un método novedoso y con un gran porcentaje de cura; pero no puedo evitar sentirme como un gilipollas hablándole al hueso de la pierna. Y me incomoda llamar a ese puto tumor “cariño y pequeñín”
— ¡Shhh! Hable más bajo, el tumor puede oírnos. Ya se ha movido. En cuanto asome un poco más, le pego un disparo de rayos gamma, que lo dejamos frito. Usted siga engañándole, estos bichos son idiotas.
—Joder, es que tanto repetir la misma lectura, voy a cogerle cariño de verdad. Y necesito fumar.
El ronroneo del campo magnético del escáner marcó un breve silencio entre el paciente y el doctor.
—Está bien, fúmese un cigarro y luego seguimos.
El doctor se acercó a su escritorio, sacó un cenicero del cajón y lo mantuvo en la mano. El paciente se sacó del bolsillo de la camisa el tabaco e invitó al médico a fumar, éste aceptó.
En el monitor del ordenador, se apreciaba la imagen del hueso del paciente, la pierna aún seguía dentro del túnel del escáner, inmovilizada. En la tibia, por debajo de la rodilla había algo que se movía, que latía. A cada momento, parecía salir más de dentro de la médula del hueso.
—Pues ahora el método será muy dulce y poco agresivo, pero el tratamiento me parece humillante. —le dijo al médico mirando el monitor.
—Piense que esto salvará su pierna. Antes de que los tumores mutaran, antes de que fueran inteligentes, el índice de mortalidad era altísimo.
Acabaron de fumar, el paciente miró la fecha en su reloj: 10 de diciembre.
El 2223 estaba llegando a su fin y los altavoces emitían villancicos relajantes, al más puro estilo chill-out. Un arcaico estilo musical de más de 200 años de antigüedad.
El movimiento del cáncer por salir de su alojamiento en la tibia le dolía.
—Vamos allá, coja el guión y adelante.
El paciente cogió el guión del tratamiento que había dejado a su espalda. El médico se sentó frente al ordenador.
“Hola pequeñín mío.
Me haces sentir madre anidado ahí, en lo más profundo de mi organismo.
Una mala madre, pequeñín mío…”
El paciente interrumpió la lectura.
— Doctor vaya con cuidado al disparar los rayos, dicen que dejan impotente si llegan a los cojones.
—No se preocupe es un haz muy preciso y localizado. Sus cojones están a salvo.
—Pues vamos allá otra vez.
“Temo que no te alimento suficiente, no te llega mi alimento para que te desarrolles y te hagas fuerte; para convertirte en un nuevo e importante ser.”

La pantalla mostraba el tumor, se movía y ya había salido completamente del interior del hueso provocando un gesto de dolor en el rostro del paciente.
—Mate al hijo-puta, doctor. —exclamó el paciente sudando.
“Estoy tan feliz, el dolor es vida, mi amor.
Crece, sal de ahí pequeñín.”


Iconoclasta

15 Jul 2007

Bellas arpías

Escrito por: Iconoclasta el 15 Jul 2007 - URL Permanente

Bellas arpías que planeáis en un cielo límpido y nutritivo.

Yo en mi sitio...

Y vosotras arpías, en las alturas, oteando con elegancia.

A vosotras os dieron el cielo y la tierra, y a mí las raíces y la inmundicia. Me alimento de cadáveres que dejáis llover y les arranco la cabeza a bocados a los topos.

Majestuosas Arpías.

Vosotras en vuestro lugar y yo en mi infecto subsuelo, mirándoos con un rencor efervescente en la sangre que me irrita por dentro las venas, busco alambre que inyectarme y rascar. Soy un esclavo de vuestro esplendor, enfermo de envidia, enfermo y corrupto de los más bajos deseos de violación y sangre que embotan mi pene denostado por vuestro clasismo inalcanzable.

Soy la lombriz ciega que sólo ve destellos de belleza y poder, que alza siempre tarde la mano cuando voláis bajo, que está al acecho y fracasa una y otra y otra y otra vez. La bestia de uñas rotas, sangrantes. De risa ponzoñosa.

Mis sueños son arpías en mi reino de barro y detritus, sometidas a mi raíz-pene, a un pene que no sirve más que de tormento.

Follar las rocas duele, mamar raíces hizo que mis dientes se pudrieran...

Me masturbo con un dolor que provoca eclipses.

Soy la envidia y soy la miseria que dejasteis en tierra cuando alzasteis el vuelo.

Soy la sombra de la sombra.

Soy un cúmulo de ajadas plumas de muda, llovidas de vuestro reino.

Iconoclasta


Contorsionismo

Escrito por: Iconoclasta el 15 Jul 2007 - URL Permanente

Voy a practicar una contorsión que dará la vuelta del revés al cerebro, y no será verse en un espejo. Creo que estas cosas son más complicadas.

Si la llamo asana, tal vez suene más exótico. Y más creíble.

Asana cerebral bajo tremenda presión por nada en concreto.

He visto anunciadas películas de arte y ensayo con títulos más feos.

Y la vida es penosamente lisa. Las cosas son tan sencillas que le restan emoción a la vida. Saberlo todo es no necesitar saber más y una forma de escaparse de esta certeza es realizar una complicada contorsión.

Es lo que tiene aburrirse, uno hace cosas que no son posibles sabiendo que duelen.

Es incoherencia. El cerebro no está contento con este ejercicio y me hace escribir ideas grotescas.

Patéticas.

Y se ven cosas complicadas por dentro; como una lágrima que está formada por demasiados dolores, por excesivas penas, por pocas alegrías. Es difícil destilar y separar los distintos elementos; requeriría una centrifugadora y no estoy dispuesto a vomitar.

Se me escapa la risa, y es que el cerebro ha dicho cosas blasfemas, me mira a mí mismo y dice que me podría dedicar a clavarme astillas entre uña y carne en vez de molestarle. A veces es sarcástico con un toque de ira. Un lujo que se permite conmigo porque sabe de mi paciencia. De mi resistencia a lo anodino.

Quiere tranquilidad y seguir gobernando el cuerpo, provocar pesadillas por las noches.

Vanas esperanzas en la vigilia.

En el profundo universo de las descargas eléctricas de mi cerebro simple todo son clics y luces; son tan rápidas que parecen repetirse millones de veces, la misma sinapsis, la misma neurona. Siempre lo mismo.

Por lo menos ahora comprendo porque este aburrimiento autodestructivo. Mi cerebro es fuerte, tantos años soportando esto…

Temo intentar mirarme las manos con los ojos que ahora miran adentro y lloran al revés pero en la dirección correcta; porque sangrarían, creo que todo iría al revés y la sangre saldría disparada a través de los poros de la piel. Por la palma de las manos.

Y el vello saldría entre las uñas.

Todo confuso, todo imprevisible.

Sangrienta contorsión de un cerebro doblado.

Ahora confuso.

Es otro buen título para este momento de creación literaria.

¿Y si en esta extravagante doblez practico un doble salto mortal?

Yo creo que tal y como están las cosas las piernas se meterían hacia el vientre y las manos se fundirían con las costillas.

No tiene sentido, ni falta que hace. El sentido ahora mismo es el rugido atronador de la sangre en las venas no hay nada del exterior y Urano (una neurona que se me antoja románticamente lejana) pulsa de tal forma que creo que se está creando una idea.

Margaritas a los cerdos… No necesito ninguna idea mierdosa, yo sólo quiero algo que me distraiga sin necesidad de pensar.

Si me lo propongo, el riñón funcionará al revés y la sangre tendría otro color, otra textura.

¿Se reflejaría en mi sonrosada piel el dorado color de la orina?

La ocurrencia es asquerosa.

Y el cerebro aúlla advertencias de muerte ante la visión de la dorada ducha interior: que si estoy en la cuerda floja, que si una psicosis, una depresión suicida, que si ya no veré jamás a los que amo (como si hubiera tantos), bla, bla, bla…

Como si fuera un drama.

Mejor me desdoblo, el cerebro tampoco es un lugar acogedor.

Consigue hacerme extraño a mí mismo.

Que estupidez, que estúpido soy.

¿O era aburrimiento?

Y entre húmedos chapoteos, enfoco un conjunto de edificios más sosos que un ataúd vacío. Más de lo mismo.

No me dedicaré al yoga, no es lo mío.

Iconoclasta

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La provocación en estado puro

Soy un cuenta cosas que escribe a veces con fortuna, que tiene suerte.
Y esto no me gusta, no me gusta el tiempo y lugar en el que vivo, sin embargo, me aguanto.
Me jodo, más concretamente.
Buen sexo.

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El amor que todo lo confunde

Es una novela corta, un thriller de un psicópata casado con una deficiente mental.
Como siempre, al más puro estilo iconoclasta y con las escenas tan explícitas como han podido ser posibles.
Es un relato que hiere la sensibilidad y para mayores de edad.
Está disponible en libro de tapa dura o descarga de archivo para su lectura en el ordenador.
Alguna vez tenía que dar rienda suelta a mi vanidad...
Lo encontraréis y podréis ojear en lulu.com: http://www.lulu.com/content/3341065

Buen sexo.
Iconoclasta

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