09 Oct 2008

666 pasa consulta

Escrito por: Iconoclasta el 09 Oct 2008 - URL Permanente

Boomp3.com

Este capítulo es algo especial, no literariamente hablando, ni siquiera es literatura.

Tiene de especial que un auténtico experto en música, ha elegido para este capítulo una canción desquiciante-acojonante de Neurosis.

Guille el autor del blog de esta comunidad: Camanduleo en Londres "El blog de la locura", ha sido quien ha dedicado con generosidad su tiempo para elegir la banda sonora de este relato tras leer todo este chorro de bestialidades.
Así que por primera vez, un capítulo de 666, se acompañará de música, cosa que no podría haber hecho jamás sin nuestro querido Guille.

Su blog es imprescindible, tanto en música como en crítica feroz, incluso voraz.

De Hurano, tampoco me olvido, que también ha discutido lo suyo con Guille.

Así, que gracias a estos dos gigantes de La Comunidad, tenemos una música tan irritante como el propio 666.

Os deseo buen sexo, amigos.

La sala de espera del consultorio de medicina general se encontraba repleta de gente, y todos eran ancianos, algunos soportaban con una mirada apática y aburrida los juegos de los nietos que tenían que llevar consigo.
Esperaban con expectación y nerviosismo que la enfermera apareciera por la puerta cerrada de la consulta del médico y gritara sus nombres.
Necesitaban que el médico les dijera que estaban sanos.
La enfermera recepcionista de la segunda planta atendía a un viejo matrimonio que acudía para que se les recetara sus medicamentos habituales.

—Esperen en la sala, frente a la consulta siete —les explicó la enfermera leyendo la citación.

Os tengo tanto asco, os odio tanto que no hay medida alguna en mis actos contra vosotros. Quiero veros vomitar sangre y sólo así se me pone dura.
He arrancado el feto a una madre desgarrando su vientre con un
destornillador y lo he lanzado contra el suelo aplastando su cuerpo.

Los viejos anduvieron con los pies muy juntos hasta llegar a un banco frente a la consulta que les había indicado la recepcionista.
Muchas personas y sobre todo los viejos, son incapaces de descifrar lo que leen. Necesitan que otra voz con autoridad les diga lo que han de hacer, que les explique lo que han leído y no han sido capaces de comprender.
Un hombre corpulento, con pantalones de loneta caqui y una ancha camisa de lino color beige, ocupó el puesto del matrimonio frente a la mesa de la recepcionista dejando una gran bolsa de deporte en el suelo.

—Busca al médico más ocupado de todas las consultas y pídele que llame al paciente Julio Nerón Agripa. Pídeselo como un favor urgente, ya que es tu sobrino. Y no aceptes a nadie más para su consulta. No le pases ninguna llamada.

La voz del hombre pareció taladrar el cerebro de la mujer, se le abrió la boca involuntariamente y una gota de saliva se le escapó del labio inferior para caer en el listado de pacientes que tenía aún entre las manos. Sus ojos estaban brillantes y dilatados de puro terror. Cogió el auricular del teléfono sin apartar la vista del
tatuaje que aquel hombre tenía en la parte interior del antebrazo derecho: 666 en números rojos que parecían deshacerse en sangre.
Lloraba y gritaba por dentro, la invasión de su mente era lo más terrorífico que jamás había sentido y las náuseas... Tenía miedo de morir y era fácil que así ocurriera. Tecleó una extensión.

He descuartizado a la mujer delante del esposo y le he metido en la boca los ovarios de su amada.
Me he masturbado ante la puta que agoniza de sida y he manchado sus cuarteados labios con mi negro semen, le he metido un billete en el coño.

—¿Nando? Hazme un favor, mi sobrino necesita que le eches un vistazo al oído derecho, parece una otitis media. ¿Lo puedes llamar ahora a consulta? Se llama Julio Nerón —contra lo que ella esperaba, sus palabras surgieron de su boca dinámicas y joviales. Como si sus labios no supieran que su cerebro estaba atrapado
por otro ser, que su pensamiento había sido relegado a un rincón de su cráneo y que no podía hacer otra cosa que llorar y gritar en lo más profundo de si misma.

—Ahora mismo lo llamo Elvira, no hay problema.

El hombre acercó su rostro al suyo y olió su aliento fétido de podredumbre; si su cuerpo hubiera estado bajo su control, hubiera vomitado.

—Y ahora escúchame bien, primate de mierda. Contesta tú todas las llamadas, no desvíes ninguna a ningún médico y cierra la puerta de entrada a la sala; que no entre ni salga nadie. Tal vez quedes viva para contar lo que aquí va a ocurrir, pero no te fíes. Cuando vuestra sangre me cubre, la ira me lleva y no puedo dejar de asesinaros y cazaros.

Dicho esto, el hombre cogió una mano de la mujer entre las suyas y le dobló los dedos índice y anular hacia el dorso de la mano, hasta que estos se descoyuntaron con un crujido incómodo hasta para 666.

Y cada muerte, cada lágrima de primate, me sigue excitando como el primer día en el que me creé a mí mismo. El día en el que ese Dios enfermo y afeminado, me creó como ángel, cometió su mayor error.
Siento tanto asco hacia vuestra piel, que necesito abrirla para que la sangre la cubra y disimule su mantecoso y repelente tacto. Vuestro cuerpo es como el de las sanguijuelas.

Aunque la enfermera creía estar aullando de dolor, su rostro se mostraba sonriente y cordial. Tal vez un pequeño brillo de locura delataba que dentro de aquel cuerpo, no funcionaban las cosas como deberían.

—No luches contra mí, no puedes hacer nada para evadirte de mi volición divina y cruel. Relájate, disfruta del miedo. O tu corazón reventará por la presión. Mi presión.

Soltó su mano.

—Y ahora, haz lo que te he dicho.

La enfermera se dirigió a la entrada de la sala y cerró la puerta, metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un llavero. Cerró con dos vueltas de llave sin que nadie le prestara atención.
Había demasiada algarabía de voces, los pacientes intentaban contenerse; pero el murmullo colectivo era como el ruido de las abejas en una colmena. Hiriente y penetrante.
Volvió a su puesto de trabajo y comenzó a teclear en el ordenador con total normalidad, salvo que la mano derecha se encontraba en su regazo, con los dedos tan hinchados, que apenas podía moverlos.

—¡Sr. Julio Nerón! —el doctor Fernando llamó desde la puerta de su consulta.

Acabo de visitar un consultorio médico, me he sentido atraído por el fuerte olor genital viejo y el ruido de patas arrastradas de los primates en su caminar en grandes grupos hacia el edificio. Los he seguido, me he infectado del olor nauseabundo de su vejez y de sus ineficaces cerebros. De sus miedos añosos que están incrustados en sus articulaciones achacosas.

666 se dirigió a la consulta con la enorme bolsa de deporte, parecía ligera a juzgar por el caminar seguro y derecho del portador; sin embargo, las asas se encontraban tensas y las costuras parecían estar a punto de rasgarse por el peso.
Cuando 666 entró en la consulta, el médico ya se encontraba sentado en su mesa y tecleando el nombre del paciente en el ordenador.

—Siéntese, Julio. Elvira me ha comentado que tiene algún problema con el oído derecho.

—El problema, Nando, es que las voces de los primates no callan nunca, siempre hay un lugar en el planeta en el que hablan, nunca duerme el planeta al mismo tiempo. Es una maldición de la que no puedo escapar. Cada día me siento invadido por vosotros. Cada día vuestras voces interfieren mi pensamiento. Si no es en Europa, es en Australia; pero no he conocido un solo día de silencio en mis
millones de años de vida.

El médico parpadeó mirándolo fijamente sin acabar de entender que significaba, y sin apenas darse cuenta, se encontró con una masiva hemorragia de sangre justo por encima del cuello de su camisa. Sintió los pulmones llenarse con la sangre de las venas seccionadas en el cuello y su cabeza cayó encima del teclado.
Sus pies repiquetearon unos instantes con vanos esfuerzos por aspirar aire.
666 clavó el cuchillo en la nuca y el médico dejó de moverse, la consulta disponía de un pequeño balconcito, abrió la puerta y sacó el cadáver fuera.

Los viejos son plaga en este edificio, los primates canos esperan agrupados en una sala llena de bancos frente a las puertas de las consultas que tienen asignadas.

Limpió la sangre con la sábana de la camilla, se puso una bata blanca que colgaba de una percha en la puerta y cogió el listado de pacientes. Abrió la puerta de la consulta y llamó al siguiente paciente.

—¿Ludmila Herguenstein?

—¡Yo! –dijo una vieja septuagenaria con el pelo teñido de un escandaloso color violeta y lagunas de calvicie que intentaba ocultar con aquel cabello escaso moldeado como una nube de algodón.

La vieja vestía un conjunto tejano demasiado juvenil para su cuerpo arrugado.

—Dígame Ludmila, ¿qué le ocurre?

—¿Y el doctor Fernando?

—Se ha sentido indispuesto. Soy su suplente.

—No lo he visto salir y eso que hace unos minutos, ha llamado a un paciente...

—Ha salido por la puerta de interconsultas —respondió casi con paciencia señalando una de las puertas laterales que unían las consultas para uso del personal sanitario—. Y ahora, usted dirá...

—Son estos dolores de cabeza que no me dejan ni dormir. Le traigo la receta que el doctor Fernando me hizo para la migraña. Necesitaría más pastillas.

—Siéntese en la camilla, le tomaré la tensión.

Viejos monos cansados y decepcionantemente sanos que sólo acuden al médico para pasar el rato. Y por un miedo que huele mal y que llevan impregnado en sus apergaminadas pieles.
Si el médico les dice que están sanos, los primates viejos se sienten sanos.
Primates canos de lacios y amorfos penes y coños: os mataré a todos.

666 se levantó de su asiento antes que la mujer y cortó un largo trozo de sábana de papel del soporte portarrollos para extenderla en la camilla.
La mujer se quitó la cazadora tejana y se estiró en la camilla arremangándose la manga izquierda del jersey.
El “médico” cogió un tensiómetro electrónico y se lo ciñó al brazo, pulsó “start” y el manguito comenzó a inflarse en el viejo brazo.
Le colocó la mano izquierda en la frente, presionando con fuerza.

—¿Qué hace? — le preguntó la vieja visiblemente molesta.

La respuesta se la dio un cuchillo que se clavaba en su pecho izquierdo y se desviaba un poco en su viaje directo al corazón tras haber rozado una costilla. A pesar de eso, su última sensación antes de morir, fue que le partían literalmente el corazón.
666 metió los dedos en la devastadora herida y tiró de la carne y las costillas hasta rasgar la caja torácica. Metió la mano en la herida hasta enterrar la muñeca.
La mujer daba unos débiles pataleos y sus ojos desmesuradamente abiertos, ya cristalinos eran los de un pez muerto.
Silbaba distraídamente y cuando sacó el corazón de la vieja caja torácica, lo mordió y le arrancó un buen trozo que se comió con glotonería.
Envolvió el cuerpo con la sábana de papel y abriendo la puerta del balconcito, lo dejó caer encima del cadáver del doctor.
Abrió la puerta de la consulta y llamó al siguiente paciente.

—¡Iván Montilla!

Un anciano con bastón y piernas arqueadas se levantó y cogió de la mano a su nieto dirigiéndose con él a la consulta.

—Buenos días, doctor —saludó cerrando la puerta—. Vengo con mi nieto para que vaya aprendiendo el oficio, y cuide de mí —bromeó el hombre.

Mi puta polla se endurece como un hierro cuando pienso en vuestra sangre al
aire, vuestras carnes abiertas, vuestros huesos aplastados. Mirad mi pene, tengo que
apretar con fuerza el puño en él para controlar toda esta dureza que me provoca
imaginar vuestro miedo y vuestro dolor.

Cuando se fijó en el médico, abrió la boca para preguntar por el doctor Fernando, pero se interrumpió cuando la pistola con silenciador que empuñaba el desconocido médico emitió un ruido sordo. Su nieto se derrumbaba en el suelo con media cabeza deshecha. Otro tiró pareció arrancarle los genitales, y así fue. Sintió como un alambre al rojo vivo recorría sus intestinos y el mundo comenzó a oscurecerse.
Y cuando quiso gritar, no pudo; una mano fría como el hielo le cubría la boca.
Sentía vergüenza al pensar que esa humedad podría ser orina manando de sus genitales reventados. Era sangre y era orina. Y era la pena de su nieto muerto.

—Dime, primate. ¿Qué duele más el tiro en los cojones o el tiro en la cabeza de tu nieto? Viejo mono asqueroso...

El hombre sintió el acero clavarse en su vientre y el doloroso corte hacia el ombligo, lento y firme, el miedo más que el dolor lo mantenía inmovilizado. Sintió como los intestinos se retraían en su abdomen cuando el cuchillo los cortaba. Y sintió el hedor de la muerte invadiendo su nariz.
Cuando la mano de 666 se hundió en sus tripas y sacó un manojo de asaduras blancas, el hombre ya estaba prácticamente muerto.

—No soy vuestro médico, soy vuestro forense.

Dos cadáveres más se amontonaron en el exterior de la consulta.

Primates que habéis acatado las normas sin preguntar, sin cuestionar nada.
Normas y leyes que os han inculcado. Viejos monos sin inquietudes, colaboracionistas de tiranos. Sois pellejos que vaciar.
No quiero vuestras sucias almas, primates de mierda.

—¡Josefa Corcovada!

Una enorme vieja se levantó con dificultad del asiento de la sala de espera y resoplando se dirigió a la consulta. Cerraba la puerta tras de si, cuando el médico se abalanzó sobre ella, la agarró del pelo y le dio un fuerte golpe en la mandíbula con el silenciador de la pistola. Cayó al suelo dejando ver bajo el vuelo del vestido las gordas pantorrillas estranguladas por unos calcetines de media.
Olía mal, 666 aspiró su aroma como un animal. Le lanzó una patada al vientre y la mujer se movió unos centímetros hacia atrás por la fuerza del impacto.
Otra patada en la cara le hizo pulpa los labios y fracturó la nariz.
Unos brazos dolorosamente fuertes, la elevaron hasta ponerla en pie y la soltaron cuando sus glúteos se apoyaron en la camilla. De un empujón, el médico la tumbó boca arriba en la camilla para, acto seguido, sentir como anudaba el doctor unas gomas en sus muñecas que fijaba en algún punto bajo la camilla.

Lloráis las muertes de que se anuncian en televisión, porque tenéis miedo de que os pueda ocurrir a vosotros, puercos primates de ojos torpes y lento cerebro.
E ignorasteis los asesinatos de vuestro gobierno, de vuestros sacerdotes y brujos, de los que dictaban las normas. Habéis llegado aquí cagándoos en los muertos de vuestro silencio y analfabetismo, en vuestro mediocre conformismo cobarde.

Le llenó la boca con gasas viejas y sucias que había en una papelera.

—Tienes un buen problema de sobrepeso, mona gorda —dijo 666 pasando el filo del cuchillo por sus ojos. Estos michelines sobran, es sólo grasa —le había metido la mano entre las piernas y le estaba cogiendo un buen pellizco de tejido adiposo de uno de los ennegrecidos muslos interiores, tan interiores, que sintió los
nudillos del médico rozarle la vulva.

Luego, un corte eterno y doloroso, y encima de sus enormes pechos, el médico depositó un trozo de su muslo, que aún se encontraba jugoso de sangre reciente.

—Hasta tu coño es grasiento, primate.

La camilla goteaba sangre como una mesa carnicero, como una mesa de autopsias. Como la mesa de una funeraria.
Y sintió como el cuchillo mutilaba su vagina. Sobre sus pechos, dejó caer dos trozos de labios mayores.

—¿Lo ves, primate repugnante? Hasta tu coño es grasa pura; no puedo ni encontrar el clítoris, vaca.

El cuchillo penetró bajo los pechos y la mujer expulsó mocos y sangre por la nariz reventada. Las escleróticas se habían teñido de sangre y la camilla, ahora también goteaba orina.

La orina le hacía daño, le escocía la masacre que le había hecho entre las piernas.
Enterrado bajo el seno izquierdo el puñal giraba en redondo, separando la mama con lentitud. Su corazón no falló en ningún momento y aún pudo ver en la mano del médico su pecho mientras se desangraba. Parecía mucho más grande separado de su cuerpo.
Fue consciente de la mano que masajeaba su vulva, del pene erecto que salía por la bragueta del pantalón del doctor y se frotaba contra su brazo inmovilizado. No pudo ver como goteaba un espeso semen negro, cuando 666 expulsó aquellas gotas
de semen residual, la vieja dio un ronquido y dejó de respirar.

—¡Amada Bautista, a consulta! —anunció 666 desde la puerta de la consulta visiblemente aburrido.

La mujer entró acompañada por su marido, notablemente más viejo que ella; ambos arrugaron la nariz al entrar en la consulta por un hedor insoportable. El suelo estaba pegajoso, sucio; el rojo de la sangre coagulándose era tan oscuro que era imposible identificar esa mugre como sangre, y no había razón alguna para hacerlo.

—¿Y el doctor Fernando?

666 miró al techo aburrido, como si la paciencia estuviera pegada como un chicle en las placas de fibra. Se levantó del asiento mostrando la ropa de sanitario empapada en sangre, apuntó con la pistola al marido, un hombre encorvado y muy pequeño que movía la cabeza como si tuviera un muelle por cuello, y disparó.

Os desmembraré, os desangraré y morderé vuestros cartílagos hasta cortarlos, mataré hasta la más idiota de vuestras ideas.

La bala entró por debajo de la nuez y salió por un lado del cuello, bastante alejada de la médula. El hombre cayó al suelo con estrépito, encima de un taburete de acero. Su boca se llenó de sangre y de su nariz bajaban dos tímidos regueros que
teñían el bigote blanco. La mujer apenas pudo abrir la boca para gritar, cuando 666 la alcanzó y con la mano izquierda tapó su boca presionando contra su pecho la nuca de la mujer; ésta, aunque lo intentaba, era incapaz de ofrecer la más mínima resistencia. Los viejos tienen más buenas ideas que fuerza.

—Amada, yo soy bastante bueno matando, pero a veces ocurren estas cosas. Quería haber hecho un tiro limpio en el cuello que no le dejara emitir ningún sonido y que me aguantara vivo, al menos unos diez minutos —le decía al oído—. Me encanta hablar y contaros historias mientras os mutilo; pero como parece que tiene un resorte en la cabeza, he fallado por unos milímetros dejando sus venas seriamente tocadas y derramándose así la sangre por las vías respiratorias. No durará más de cuatro minutos así que te la he de meter rápidamente para que disfrute. Entiéndeme, no me gustan las monas viejas, pero se trata de humillarte, de hacerte daño y por fin matarte. Y quiero que ese primate agonizando vea toda la escena. ¡Bájate las bragas ahora mismo o te arranco el coño con mis propios dedos!


La mujer miraba a su marido que intentaba incorporarse a resbalando y escupiendo sangre como un cuarteado lagarto. Se bajó las bragas metiendo las manos bajo el vestido, casi cayéndose al suelo a pesar de la mano que la sujetaba firme y dolorosamente.
Se escuchaban gritos de protesta en la sala y a la recepcionista intentando calmar a los pacientes.

Viejos primates cobardes de cerebros podridos...
Nunca me saciaré matándoos, vuestro dolor será eterno. Seré tan brutal exterminándoos, que os parecerá que habéis conseguido la vida eterna.

—Tengan calma, el cerrajero está a punto de llegar y podrán salir enseguida —la enfermera de recepción intentaba contener la creciente impaciencia de la gente; pero la situación la desbordaba.

—¿Y no tienen una salida de emergencia para salir de aquí sin tener que esperar tanto? En las consultas hay puertas interiores, podríamos salir por ellas.

—Es cuestión de minutos, señoras y señores, cálmense.

—Yo tengo que recoger a mi nieto en el colegio dentro de diez minutos, y si dentro de tres minutos esa puerta no está abierta, saldré por las consultas.


666 cerró sus ojos. Ordenó a los crueles que acudieran a él. Le pidió a la Dama Oscura que acudiera, estaba excitado.
En pocos segundos, comenzaron a escucharse gritos de dolor, carreras y gruñidos de bestias furiosas. Algo golpeó tres veces la puerta de la consulta. Una marea de sangre se filtraba bajo la puerta. Una sucesión de detonaciones de pistolas se escuchó mucho más cercana.
Los sonidos de las sirenas de la policía y ambulancias se aproximaban.
Obligó a la mujer a sentarse en la camilla empapada de sangre, cortó con unas tijeras el vestido longitudinalmente desde los bajos hasta la cintura y dejó al descubierto las piernas y el desnudo vientre de la vieja.

Primates: sea cual sea vuestra edad, sólo servís para abonar la tierra de vuestro planeta. Sois carcasas de pollo sin órganos dentro.

—Sé que antes de que los pelos de tu coño se hicieran blancos, ese mono viejo te lo ha besado muchas veces. Sé que a pesar de que ahora está arrugado y casi calvo, aún te posa la mano en él y tus muslos tiemblan evocando su pene bombeando en ti. Cuando te hacía sentir puta.

666 sacó el cuchillo que llevaba insertado entre los omoplatos y unas gotas de sangre se desprendieron de la afilada punta de metal. Lanzó rápidamente el cuchillo hacia adelante y lo volvió a clavar en su espalda.
Lentamente, la carne del estómago de la mujer se fue abriendo y como en una presa rota, la sangre se desbordó por su pálida y pellejuda piel tiñéndola de rojo.

—Mira, te ha venido la regla, a tu edad... —se burló 666 señalando la vagina por la que se escurría la sangre que manaba de su herida abierta.

Se bajó los pantalones y quedó desnudo de cintura para abajo, de su pene goteaba un fluido denso con el que se frotó el glande para lubricarlo.

—Túmbate y levanta las piernas.

La puerta de la interconsulta se abrió en aquel momento. La Dama Oscura vestía un pantalón corto ceñido que dejaba al descubierto parte de sus nalgas. Un cordón negro que debía cerrar el pantalón en el vientre, estaba flojo y dejaba ver una buena porción de un Monte de Venus rasurado y terso. La camiseta de tirantes
que apenas le cubría las costillas inferiores, parecía reventar tensada por los pechos evidentemente erectos. Su melena negra iba recogida en un moño en la nuca y mechones sueltos bailaban en sus sienes. En la cintura llevaba una automática cromada y en la mano un cuchillo de filo japonés.
En la mano izquierda sostenía seis orejas.

Hoy, mis queridos viejos primates, pagaréis caro vuestro conformismo y abulia. Pagaréis todo ese respeto hacia las normas y leyes que os ha convertido en subnormales que lloran las muertes de la televisión. Cuanto más viejos, más hipócritas, primates de mierda.

Guardó el cuchillo en la caña de sus botas militares negras, toscas y rudas; grotescas en sus piernas musculosas y largas.

Tiró las orejas a la cara del viejo que agonizaba.
Se acercó hasta 666 se pegó a su espalda y besando su nuca le susurró:

—Tus crueles están matando y comiéndose a los primates de la sala de espera; de los monos del resto de consultas, me he encargado yo.

—¿Quieres que esperemos al arcángel Gabriel antes de matarlos a todos para que llore por ellos y pueda decirle a Dios que es tu gracia y voluntad asesinar todos estos monos?

No respondió. La mano ensangrentada de la Dama Oscura asió con fuerza su pene y comenzó un suave vaivén con el puño. 666 echó la espalda atrás para tensar el vientre cogiéndose los testículos.

—Tírate para mí a la mona, fóllala. Jode esa basura.

666 sintió como un cálido dedo invadía su ano, hurgaba en su interior y encontraba la próstata; ante aquella presión se le escapó un chorro de orina que empapó las piernas de la vieja y cerró los ojos llevado por el sorpresivo placer.
Un rugido animal escapó de su boca, las venas del cuello se tensaron, se inflamaron de ira y maldad pura.

Respirad cuanto podáis, porque estáis muertos como muertas las piedras; sólo que las piedras no sangran.
¿Cuánta sangre almacenan vuestros decadentes cuerpos? Lo sabréis enseguida, hijos de putos monos.

La Dama Oscura se colocó a su lado y sin soltar el pene, lo hizo avanzar hasta que su cintura se encontró entre las viejas piernas temblorosas.
Sacó el cuchillo de su bota y lo clavó en el dorso de la mano derecha de la mujer atravesándola y clavándolo con fuerza en la madera de la camilla. La mujer gritó y la dentadura postiza se le desenganchó de la boca.
El marido emitía una especie de débiles ronquidos y una mancha de sangre se extendía a su alrededor lentamente hasta alcanzar los pies de 666 y la Dama Oscura.
La Dama Oscura abrió la vulva de la mujer para facilitar la penetración y con la otra mano, condujo el pene de 666 hasta el viejo sexo.

—Ahora mi Dios —dijo escupiendo en el sexo de la anciana.

666 lanzó con fuerza su cintura y el pene entró con sin preámbulos. Los labios mayores de la vagina fueron arrastrados adentro por la falta de una buena lubricación. La mujer intentaba por todos los medios sacarse de dentro aquello que la estaba desgarrando. Las uñas de los dedos de la mano que tenía libre, se clavaban con fuerza en el vientre, intentando defenderse de aquel trozo de carne que la hacía arder por dentro.
La Dama Oscura acabó de rasgar el vestido desde la cintura al pecho y le arrancó el sujetador para pellizcarle los pezones.

—Sé que está disfrutando la vieja primate, mi Dios. Métesela más, más fuerte más profunda...

Aprenderéis tarde, y sin que ya os pueda servir de nada, entenderéis que vuestro comportamiento, la observancia de todas las normas y leyes; no os aportará ningún bien, ningún premio y mucho menos respeto.

Se arrodilló ante 666 y sacó la lengua con obscenidad para chupar sus testículos pesados y cargados de semen. Los cogió entre sus dedos ávidos y su lengua los lamía, sus labios los sorbían y sus dientes los amenazaban.
El pene se tiñó de sangre y poco después, por las nalgas de la mujer, se deslizaban unos pequeños ríos de sangre que goteaban en las botas de 666.
La Dama Oscura se había abierto completamente el pantaloncito y acariciaba su sexo con las rodillas muy separadas y flexionadas para mantener el equilibrio.

—La puta mona está gozando, mi Dios. Empálala.

Una fuerte embestida acompañada de un gutural berrido, hizo que la mujer abriera desmesuradamente los ojos para quedar completamente laxa, inerte; salvo por una respiración rápida y jadeante.
Un líquido denso y oscuro manó entre la cópula de ambos sexos, la Dama Oscura agitaba la base del pene para que se vaciara por completo de semen.
Cuando 666 retiró el pene, de entre las piernas de la mujer manó un espeso líquido negro y abundante sangre mezclada.

Viejos monos de mustios genitales, os enseñaré mi pene henchido de sangre en vuestro último aliento y tal vez, como un acto de contrición, me besaréis este glande que late excitado ante vuestra muerte, como si se tratara de un cristo crucificado. Con la misma devoción. Me correré en vuestras venas abiertas, primates
de mierda.

La Dama Oscura limpió con la lengua el glande, se lo metió tan
profundamente que 666 sintió la náusea de su Dama en el miembro.
Cogió la pistola, metió el silenciador en el sexo de la vieja y disparó tres veces. Una de las balas salió por el ombligo para clavarse en la pared.
El marido aún respiraba; 666 apoyó la bota en su sien para después darle una patada en vertical que aplastó el cráneo como un melón. Olisqueó el aire aspirando la muerte que subía desde su calzado.

—Hasta para morir sus huesos hacen un ruido repugnante. Son como cucarachas.

Cuando salieron a la sala de espera, cuatro grandes crueles estaban devorando a una anciana que aún pataleaba. De sus grandes colmillos retorcidos, pendían jirones de carne y ropa.
Al fondo de la sala, un grupo de treinta personas heridas y temerosas se agolpaban contra la pared para mantenerse separados de aquellos enormes osos de pezuñas hendidas y con morros de cerdo, con unos ojos tan humanos como los suyos. El pelaje de los crueles era pardo, salpicado de zonas desnudas que dejaban ver una piel rosada por la que corrían grandes insectos inidentificables.
Un niño oculto entre la gente apiñada, emitía un grito agudo e irritante,llamaba a su padre y a su madre sin cesar. Sin descanso.

—¡Papa, mama. Papa, mama. Papa, mama...!

666 sacó de la bolsa un fusil ametrallador y disparó ráfagas contra la gente hasta que la voz calló.
Las sirenas de un buen número de coches de policía y ambulancias calaban las paredes y daban una banda sonora a la escena. El sonido de los crueles rasgando y devorando la carne, sólo era comparable en terror con el hedor de la sangre y la carne muerta.
Uno de los crueles sacó su hocico del vientre de un viejo con las piernas amputadas y se dirigió a la enfermera de recepción.

Comprenderéis que no hay premio tras cobijarse y aceptar leyes y creencias.
Si hubierais tenido sólo un poco de cerebro útil... Os hubiera matado igual, soy la maldad pura y vosotros, viejos e ineficaces cuerpos, mis juguetes desmontables.

—A esa primate no la toquéis, la quiero viva, que cuente lo que ha visto. Que no la crean; pero tampoco puedan dar una explicación. Que los primates psíquicos sepan que he sido yo y que Dios, ese maricón cobarde, los ha abandonado a mí.

El arcángel Gabriel invadió de una luz cegadora la sala cuando apareció.
Lanzó un aria vibrante que emocionó a 666. Apartó a uno de los crueles de un hombre que escupía sangre y sus tripas rebosaban por ambos lados del cuerpo. Lo acunó entre sus poderosos brazos, confortándolo en su agonía.
666 le reventó la cabeza al viejo de un tiro, y las alas blancas del enorme arcángel se salpicaron de sangre.
Gabriel lloró por el hombre con su cabeza reventada entre las manos. Siete ángeles menores aparecieron en aquella sucursal del infierno que se había creado en la Tierra.

—No quiero sus almas viejas, no quiero almas de primates rotos, cansados y enfermos. Os las podéis quedar. Yo no me llevo mierda a mi reino. Dile a Dios, Gabriel, que no han muerto suficientes aún. Que mi ira no tendrá fin, que jamás dejaré de perseguir y matar a aquellos que dijo hacer a su imagen y semejanza. Cada
primate que destrozo, me hace sentir que mato a ese afeminado que tenéis por jefe en vuestra mierda de cielo.

Alguien podría ver este acto como una lección para la humanidad, para todos los primates nacidos y que nacerán. Pero me importa una mierda que aprendáis o no.
Este acto es sólo para mi satisfacción, os odio tanto...

Y dicho esto, 666 disparó con su fusil contra el grupo de gente que aún sobrevivía.
La Dama Oscura andaba entre los cuerpos mutilados y disparaba un tiro de gracia a todos aquellos que se movían o respiraban. Los crueles la seguían con sus penes erectos, gimiendo de ansiedad por copular con su ama. Levantó el rostro de una niña pequeña, y olió su boca.

—¡Gabriel! Mi verdadero Dios te la brinda —gritó elevando el cuerpo de la niña entre sus brazos.

Lo único que pretendo enseñaros, es vuestro corazón en mi mano.

Y dejó que uno de los crueles, le arrancara la cabeza de un zarpazo.
El arcángel Gabriel agitó sus alas con violencia y se lanzó contra el cruel que masticaba la cabeza de la pequeña, metió sus manos entre las fauces y las separó y arrancó de su cabeza. El cruel cayó muerto, sin hacer ningún ruido.
La tez de Gabriel estaba salpicada de coágulos de sangre negra.

—Gabriel... Siempre has sido un poco sensiblero, un poco histriónico. Deberías estar acostumbrado a ver primates muertos. Primates que sufren, primates llorando de miedo. Primates que sólo viven el tiempo que yo les permito. Según mi humor. Y
ahora, los monos que entren aquí y encuentren toda esta basura, serán un mar de dudas. Nadie entenderá nada. Y la leyenda de mi existencia, volverá a darles algo inteligente sobre que hablar. Y no creerán en mí porque los primates son seres miedosos. Y aún así, me temerán y evitarán decir mi nombre. Dile al puerco Dios,
que soy tan Dios como él. Y tú mi esclavo, sólo vives porque yo te lo permito.
Quiero veros vomitar vuestras viejas entrañas mientras morís como perros sarnosos.
Los policías estaban golpeando la puerta con un ariete, se oían sus voces apresuradas.
En el subsuelo, bajo el edificio, una gran tubería de gas se rompió.
666 se dirigió a la enfermera de recepción, uno de los crueles la olisqueaba arrastrando su hocico húmedo por la mejilla. 666 apartó a la bestia de una patada y le arrancó la chaqueta del uniforme a la enfermera. Con el filo del cuchillo, escarificó
666 en su espalda. Elvira creía enloquecer de dolor sin saber que su boca se relamía obscenamente con cada corte que el diablo hacía en su espalda.
La puerta estaba a punto de venirse al suelo.
666 arrastró a Elvira del brazo hasta la consulta del Dr. Fernando, abrió la puerta del balconcito y la lanzó al vacío, a la calle.
Y dejó de empujar su mente.
Cuando la mujer tocó el suelo sintió su cadera estallar; dos sanitarios se apresuraron a cubrir su torso desnudo y ensangrentado con una manta y la subieron
a una camilla. La ambulancia se la llevó de allí antes de que el edificio se viniera abajo por una gran explosión.
Angeles y demonios se diluyeron en el aire, los crueles gritaban asustados al ver como por enésima vez, sus cuerpos se desintegraban, no tenían suficiente cerebro para entender esa forma de moverse en el espacio y en el tiempo. 666 abrazaba a su Dama Oscura por encima de los pechos, su pene se encontraba
encajado entre las nalgas provocando en la mujer una excitación que sentía bajar por los muslos.
El cuerpo del cruel muerto, quedó allí, con los de los viejos, niños, médicos y enfermeras.
Cuando los policías y bomberos irrumpieron en la sala, no entendieron nada durante lo poco que vivieron. La explosión permitió mentir y buscar una teoría razonable sobre el origen de aquellas 367 muertes.
Elvira se encontraba en la unidad de cuidados intensivos. Un ángel apareció frente a ella, y su mano suave y cálida le rompió el cuello con suavidad. Murió con una sonrisa en el rostro, sin miedo; casi feliz acompañada por un aria celestial.
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Dios no podía permitir que quedara un testigo de su incapacidad y cobardía.
Ya os contaré más aventuras.
Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta

04 Sep 2008

666: Escatología

Escrito por: Iconoclasta el 04 Sep 2008 - URL Permanente

Nota del autor:
Como todos los episodios de este personaje, hay pornografía y violencia extrema. Es para adultos.
Este episodio de 666 es especialmente fuerte y repugnante. De hecho, el más repugnante que he escrito hasta la fecha. Cruel como ninguno, hay un pobre perrito...

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Me encontraba buscando material pornográfico en la videoteca de mi oscura y húmeda cueva, cuando en la estantería de parafilias, observé un dvd marcado como “Escatología”.
Seguramente se lo trajo alguno de mis crueles como botín de algunas de nuestras salidas.
Una parafilia es una desviación sexual; algo de tarados y enfermos.
La escatología es la afición por follar entre mierda, con mierda y comiendo mierda si es necesario.
Para que lo entendáis:
Escatología---> Parafilia---> Enfermos mentales---> Marginales---> Coprófagos (comedores de mierda)---> Sexualidad enfermiza---> Escarabajos peloteros---> Porno-actores tarados.
Los primates tenéis de todo en vuestra propia especie, y los aficionados a la escatología son los escarabajos peloteros de la humanidad.
Nada de lo que sentirse orgulloso, porque dejar que alguien se te cague o mee en la boca, es sucio y repugnante hasta para mí.
Hasta los perros tratan de tapar sus propios excrementos cuando han cagado.
Por otro lado, yo no estoy sujeto vuestras costumbres de tolerancia, cobardía e hipocresía y si un primate es un repugnante come-mierda, no tengo porque sentir simpatía alguna por él. Sólo asco y más odio aún. Lo hago pedazos o lo quemo, me da igual. Y la duración del tormento está en función de mi humor.
La tolerancia de la que pretendéis hacer gala, patéticos paletos, me la paso por el forro de mis malditos cojones y si mi propia naturaleza me lleva a despreciaros hasta tal punto que el acto de torturaros y asesinaros me aburre; no podéis ni llegar a imaginar el asco y el desprecio que siento por los escatologistas, coprófagos, coprófilos o como quiera que mierda se quieran llamar (valga la redundancia).

Coloqué el dvd en el reproductor, seguro de que encontraría razones para hacer una nueva visita a la humanidad y lanzar otro de mis mensajes de miedo, odio y maldad.
Cuando comenzó la película; una mujer fea, tan fea como son los hijos nacidos de la cópula entre padres e hijos o entre hermanos durante muchas generaciones (eso que llaman endogámicos y que abunda en los pueblos más ocultos y pequeños), se separó las nalgas con las manos y de su ano salió un excremento gordo y seco que me estropeó la bocanada de humo del partagás kilométrico que me estaba fumando.
Decidí apagar el televisor, si quería ver mierda, no tenía más que pasear por entre los primates y abrir en canal a cualquier espécimen elegido al azar.
En el momento en el que accionaba el pulsador del mando para apagar la televisión, apareció otro tarado en escena con una peluca de payaso en la cabeza; se arrodilló frente al culo de la cerda y con la boca cogió el cagarro que asomaba repugnante por el esfínter.
Mi Dama Oscura se encontraba masajeando mis trapecios tras el sillón de piedra.

—¿Me das permiso, mi Señor, para hacer una visita y felicitar a tan buenos actores? Mostrarles su propia inmundicia cuando aún la tienen dentro del cuerpo.

El televisor mostraba al macho y a la hembra, se habían untado la mierda en sus pieles cerdunas y ahora copulaban como dos cerdos en una charca.
Cuando abrían la boca, sus dientes estaban llenos de excrementos.
Seguramente sería chocolate, pero el efecto era pura mierda.
Mi Dama Oscura, me había dejado y volvió a los pocos minutos con una cámara de video.
Me gusta el cine, y cuando puedo, me gusta rodar mis propias películas.

Y en Suecia, aunque la luz es muy fría, y el color un poco crudo para mi gusto, se está fresquito. Y es de agradecer.
Decidí ser director de películas porno-escatológicas y hacer algún cameo durante el rodaje; mi ego es tan grande como mi capacidad de odiar. Cogí un trípode, metí los dedos en la vagina de mi Dama Oscura y la masturbé hasta que se me corrió de pie ante la mirada de todos los crueles escondidos entre las piedras. Cuando gritó de placer, lancé un rugido que provocó una lluvia de polvo desde el invisible techo de la cueva.
Llevar a la Dama Oscura conmigo me facilita el acceso a todos los lugares del planeta, ellos y ellas se la quieren follar. Imaginan su negra melena agitada por el placer que le proporcionarían. Sus piernas son tan lujuriosas que uno no piensa más que lo que tiene entre ellas, deseas lamer cada pierna hasta llegar a su coño, que sin duda alguna, se encontrará empapado de una baba de fuerte olor.
Hombres y mujeres desean tenerla cerca y lanzan sus devaneos pueriles para intentar joder con ella.
La productora Scandinavia Erotics, era la autora del dvd escatológico.
Mi Dama Oscura vestía una microfalda negra y al caminar, dejaba ver sus nalgas desnudas contoneándose como las de una verdadera puta.

—Soy Lans Hoëder y quiero una entrevista con el Sr. Sergei Lepizc, el director de Festín de Mierda 4. Esta señorita es mi representada y quisiera ofrecérsela para que participe en alguna de sus producciones. Caga como ninguna y además tiene la habilidad de lanzar la mierda lejos de si con el culo.

—Si no tienen cita, el sr. Lepzic no les recibirá. Pueden dejarme una tarjeta y...

No acabó de hablar, porque planté mi mano en su poderoso y siliconado pecho izquierdo y lo oprimí con fuerza. Y oprimí su mente.
Como mucho cerebro no tenía la secretaria del pornógrafo, su pezón se puso duro. Mi Dama levantó la falda dejando al descubierto su coño y se acercó hasta colocarse muy cerca del rostro de la secretaria. La primate comenzó a lamer su pubis con el pecho estrujado en mi mano. Sus lengüetazos eran largos y pegajosos. Estuve a punto de sacarme la polla; pero me pudo la crueldad.
No pude evitar clavarle mi puñal en el pecho y sacarle la prótesis de silicona. Yo seguía invadiendo su mente; a pesar del dolor y el terror, la secretaria siguió lamiendo el pubis de mi Dama Oscura hasta que le arranqué el corazón y lo dejé encima del teclado del ordenador.
Hice una foto de tan dramática escena.
Dejamos el cadáver allí para que se pudriera y no me preocupé de coger el alma de la tía buena, mi preocupación era filmar mi propia película. Y para ello necesitaba actores acostumbrados a la mierda.
Abrí la puerta del despacho de Sergei y mi Dama entró desnuda de cadera para abajo, se había quitado la falda y su pubis estaba ensangrentado por la sangre que le salía de la boca a la secretaria cuando le arrancaba el corazón.

—¿Quiénes son ustedes? ¿No les ha dicho mi secretaria que no recibo sin cita previa?

Debe ser un buen negocio todo lo relacionado con la mierda, porque el despacho de Sergei era un derroche de decoración vanguardista. La mesa del despacho era una losa de fino mármol, los sillones de las visitas, medios huevos de acero inoxidable con su interior mullido y forrado en piel.
Una luz color salmón salía de paneles adosados a las paredes y todo era de un blanco níveo tiznado de rosa. Demasiada luz para mi gusto. Y demasiado calor.
Sergei vestía un jersey negro de cuello alto muy ajustado y unos pantalones marrones de piel. De lo más hortera.

—Nosotros sólo queríamos saber donde se encuentran los dos actores de Festín de Mierda, me gustaría contratarlos para una fiesta particular.

Sergei no me escuchaba, se encontraba pasmado mirando el coño ensangrentado de la Dama Oscura y ésta, sin reparo alguno, se lo estaba limpiando con un pañuelito de papel, mojándolo con saliva.
Me acerqué a la mesa, apresé la mano de Sergei y metiendo la punta del cuchillo entre uña y carne, le hice saltar la uña del dedo corazón.
Aquello no mejoró su atención pero me hizo visible a sus ojos y más receptivo a mi charla.

—Quiero la dirección de esos dos marranos.

Cuando se piden las cosas con la debida seriedad y te haces valer como un hombre de palabra y peligroso, te lo dan todo.

—Están rodando otra película, aquí mismo, en una casa de las afueras, allí los encontrarán.

Tenía la esperanza de que no le matara. Y garrapateó en una lujosa carta con membrete la dirección de la casa.
Cogí la pistola que me ofrecía mi Dama y le pegué un tiro entre los dientes. Salpicó sangre por todas partes; sin duda alguna ya habéis visto en algún reportaje el efecto hidrostático que una bala tiene en una sandía, pues bien, estoy seguro de que algunas paredes de aquel despacho jamás volverán a ser de blanco níveo.
La Dama Oscura se sentó en uno de aquellos asientos-huevo y se cagó sin asomo alguno de pudor.
Será hermosa y malvada, pero cuando quiere es toda una cerda.
Y sutil no es con sus mensajes.
La amo.
La casa de campo se encontraba al norte de Estocolmo, a escasos diez minutos. Un chalet lujoso de algún millonario pervertido o un socio de la productora.
La verja principal que cerraba el camino de la carretera principal a la casa, se encontraba abierta y conduje el Aston Martin recién adquirido para la ocasión por el camino particular.
Una furgoneta y un par de autos se encontraban estacionados frente a una pequeña casa separada de la mansión principal.
Estacioné el coche frente a la casa principal y nos acercamos caminando hasta la casucha donde estaban rodando la película, seguramente Festín de Mierda 5 o Amo tu mierda.
La actriz, según Sergei, se llamaba Ana y el actor John. No tenían apellidos, seguramente se encontrarían bajo una capa de mierda.
Aparte de los dos artistas, en la casa se encontraban un cámara, el director, el ayudante de dirección, el iluminador y una maquilladora.
Y ni siquiera era la casa, era el garaje con un mal decorado. Por mucho que a un millonario le guste la mierda, le revienta que caguen en su casa.
Sois tan complejos los primates...
Mi preciosa Sig Sauer P220 del 45 acp, se encontraba pletórica de balas y el sol de la tarde se reflejaba en su superficie creando una difuminada pátina anaranjada. La belleza de la muerte no tiene parangón con ninguna otra cosa.
La Dama Oscura sujetaba en la mano una Beretta del nueve pavonada. La negrura de aquella arma hacía juego con su cabello y su piel. Había nacido humana, pero ni yo podría asegurarlo viéndola empuñar con aquella naturalidad la pistola.
No hubo saludos. No hubo tiempo para las sorpresas. Estaba todo en silencio filmando una mamada que Ana le estaba haciendo a John. Su pene era mucho más pequeño de lo que parecía en la película y a Ana se le veía la suciedad incrustada entre los pliegues de la piel.
Apoyé el arma en la nuca del director y disparé. Al ayudante lo tenía muy cerca y le acerté un tiro en la sien.
La Dama Oscura había disparado en el cuello de la maquilladora y cuando el iluminador echó a correr gritando, le acertó en la espina dorsal; cayó sin poder llegar a la furgoneta. No podía moverse y reptaba como un gusano, gimiendo, llorando. La sangre estaba empapando la abundante ropa que llevaba. Agonizó durante más de media hora.
En cuestión de segundos, el suelo se tornó resbaladizo por la enorme cantidad de sangre que dejaban ir los cuerpos.
Los actores estaban quietos en la cama, inmovilizados por el miedo.
La Dama Oscura se dirigió a nuestro coche para coger la cámara de video y el trípode. Afortunadamente, la iluminación ya estaba montada. Cuando se trata de matar, siempre salen bien las cosas.

—Vamos a filmar una película de cagones. De morir no os libráis —les decía a los actores que nos miraban fijamente alternando su atención entre nosotros dos—; pero de vosotros depende que sea interminable vuestra tortura.

La Dama Oscura tocó mi hombro y me dio la cámara y el trípode. Llevaba una bolsa negra con cadenas y esposas colgada del hombro.
Mientras preparaba la cámara y me encendía un cigarro, ordenó a los actores a colocar las manos en una tubería sujeta al techo del garaje y les esposó las manos.
Les obligó a abrir las piernas cuanto podían y les encadenó los pies con grilletes a las estanterías murales ocultas bajo el decorado.
Dejó cerca una escalera de mano abierta.
Nos llevó casi dos días el rodaje.
Mientras tanto, apareció un Saab descapotable blanco con un cincuentón de pelo blanco y una puta de lujo, a los que degollé cuando se acercaron al garaje. El primate maduro era el dueño de la casa, lo sé por las fotos. Nos instalamos en la casa durante el tiempo que duró el rodaje.
También tuve que matar al jardinero y a un par de críos (los nietos del dueño de la casa) que se acercaron con sus bicicletas. El hedor a cadáver se extendía por toda la propiedad, cosa que me hacía sentir bien.
El resultado de lo filmado es más o menos así:
Mierda letal 1 (este es el título y aparece una mierda deshaciéndose como sangre líquida para dar paso directamente a la primera escena)
La cámara muestra un sucio garaje con el suelo lleno de sangre y cadáveres, el sonido de las moscas es omnipresente y se acerca el encuadre hasta la oreja de una chica por la que asoma la cabeza de una mosca.
Un hombre y una mujer se encuentran encadenados con los brazos en alto a una tubería en el techo, ambos lloran intentando no mirar a la cámara. Sus pies están separados y encadenados a las paredes. La mujer es un celulítica treintona que aparenta tener cincuenta años, con una peluca rubia torcida tapando sus rizos morenos, sus tetas son gordas y están lacias. La cámara hace zoom en el hombre que lleva una grotesca peluca pelirroja. Está enfermizamente delgado y sus velludos y pequeños genitales penden como piel reseca entre los sucios rizos negros.
Ambos muestran sus pechos manchados de vómito.
La cámara los rodea y el encuadre muestra las nalgas de los actores. Sus glúteos están ensangrentados, se cierra más el encuadre y se puede apreciar que en cada actor, se han cosido las nalgas con un grueso cordón de cuero, cegando así los esfínteres.
Se aproxima más la cámara para mostrar el detalle de las infecciones y la pus que rezuma por los puntos de sutura. Una mano de mujer pasa seductoramente el dedo por las puntadas de cuero para acabar dando un cachete cariñoso en las nalgas. Se escucha un gemido
El enfoque vuelve hacia atrás y muestra a los dos actores en un plano alejado. Ahora se aprecia que hay una escalera de tijera tras ellos. Con una música de película muda y filmado en cámara rápida, hago mi primer cameo y corro cómicamente hacia ellos subiendo por la escalera abierta. Los actores intentan, girando la cabeza, ver lo que ocurre u ocurrirá a sus espaldas. No hay nada como el miedo para aprender a actuar.
Subo tres peldaños de la escalera para estar cómodamente tras ellos. Una broma: saco mi cuchillo de entre los omoplatos y llevo el peligroso filo al cuello de la cerda. La cámara muestra mi rostro con la lengua fuera en actitud malvada y un hilo de baba colgando de mis incisivos. He de reconocer que soy un hombre deseable.
La Dama Oscura aparece en escena, con unos zapatos negros de charol y unos tacones kilométricos, porta con cuidado un pequeño cubo de plástico rojo y un embudo grande en la otra.
Me alcanza primero el embudo y al ponerse de puntillas se puede ver en todo su esplendor la raja de su coño depilado. Arranco la cinta que tapa la boca del hombre, le obligo a tragarse la parte estrecha del embudo y mantengo su cabeza contra mi pecho obligándolo a mirar al techo. La Dama Oscura me alcanza el cubo y vuelco en el embudo el contenido: chocolate caliente mezclado con galletas.

—Si no empiezas a tragar esto, te arranco tiras de las pantorrillas hasta que te comas tu propia lengua.

Un plano muestra como el embudo se vacía a cámara rápida para luego, enfocar el rostro del encadenado y su garganta para mostrar los fuertes y rápidos movimientos de la glotis al tragarse todo aquel dulce manjar.
La Dama Oscura, se coloca frente a la cámara y llevándose los dedos a la vagina, separa los labios y los tensa, hasta que aparece su duro clítoris empapado por entre los pliegues. El dedo corazón, se posa en él y comienza a rotarlo.
Fundido en negro.
Otra vez, en una cómica y rápida velocidad, bajo la escalera y la llevo tras la mujer; hago exactamente lo mismo que con el hombre, sólo que a ella, sin querer, le he partido los incisivos al meterle el embudo en la boca.
Un reloj corre a velocidad de vértigo, han pasado cuatro horas y un encuadre muestra las barrigas ya un poco prominentes de los actores escatos.
Enfoque de sus glúteos y unos segundos mostrando las tumefacciones y el feo color de las heridas suturales de las nalgas. Un punto rezuma un líquido espeso y amarillo veteado de sangre. Entre la raja del culo se les pone a cada uno un termómetro y la pantalla digital marca los 39,8 grados centígrados.
La Dama Oscura se coloca frente a los dos actores y les toca los genitales y las tetas sin conseguir arrancarles un gemido. Sus ojos apenas reaccionan.
El director (yo) sale a escena de nuevo para darles su nueva ración de chocolate con galletas. Piden agua, pero no se les da ni una gota.
Otra vez el reloj avanzando a cámara rápida hasta que pasan cuatro horas.
Los vientres de los primates ahora están tensos y enrojecidos, empieza a notarse la presión en sus intestinos. Una mano con uñas largas y rojas y un anillo con tres seises en el pulgar, acaricia aquellas prominentes barrigas. Es hora de cebar de nuevo a los primates.
En esos dos días, cada uno de los actores, se tragó ocho kilos de chocolate con galletas.
El reloj vuelve a avanzar rápido para luego mostrar las barrigas de los primates. Parecen embarazados y los ombligos sobresalen como tumores de la tensa piel. Alguno ha vomitado, por la nariz. Sudan mucho, están pálidos y respiran con mucha dificultad.
Una toma de mi espalda, muestra como me saco el cuchillo de entre la carne de los omoplatos para ponerlo en la femenina mano de la Dama Oscura.

—Es tiempo de morir entre mierda —dice frente a la cámara con sus labios rojos como la sangre y sus negros ojos brillantes como zafiros.

Se abre el cuadro de la escena y la Dama Oscura se acerca al hombre contoneándose, empuña el cuchillo por el peligroso filo. Es fantástica.
Se dirige al primate macho. Hunde ligeramente el filo en la parte baja del esternón y practica un corte poco profundo hasta el pubis. Una sangre muy espesa se desliza perezosamente por el vientre, los genitales y las piernas.
Un perro pequeño lame la sangre a los pies del actor (apareció en las últimas horas, y llevaba un collar con cristales de Swarosky que decía: Brutus).
Con la cerda hizo lo mismo, sólo que además, le cortó ambos pezones practicando una cruz encima de ellos. Les habíamos amordazado con una tela muy fuerte, ya que sabíamos por experiencia, que cuando el dolor es intenso, la cinta aislante no sirve como mordaza, no tiene la suficiente fuerza para sujetar unas mandíbulas que claman misericordia al cielo ante la devastadora tortura.
Me excité como un perro ante los pezones sangrantes de la guarra, la Dama Oscura salió de escena y me lancé a mamar la sangre que manaba de los pezones de la actriz.
Cuando me sacié, le pegué una fuerte patada lateral a su barriga. La Dama Oscura había hecho un buen trabajo, porque la herida se abrió en su totalidad y cayó al suelo el paquete intestinal de la puta con un sonido gelatinoso. El hombre se debatía intentado liberarse de las cadenas, aterrorizado ante lo que le esperaba. Se estaba poniendo morado por momentos.
Por mucho que se moviera, no tenía forma alguna de esquivar la patada y tras pegársela, otro nuevo montón de tripas cayó al suelo.
En ningún momento les quité las mordazas; aunque estuve tentado para que se pudieran oír sus gritos; pero si vomitaban, ensuciarían las tripas que ahora parecían gordos gusanos palpitantes. Estaban tensas y prietas como longanizas.
Cogí la morcilla del hombre y la corté con el cuchillo, de tal forma que exprimiéndola con fuerza, la vacié en la cabeza de la hembra.
Consiguió chillar después de todo. La mierda comenzó a contaminarse con la sangre que manaba del tejido intestinal.
Cuando corté el intestino grueso de la mujer, no me dio tiempo a llevar el cabo a la cabeza del hombre y la mierda salió rápida y a presión. Sólo pude manchar los genitales del hombre.
Aquella casquería rellena de mierda despedía un hedor insoportable que se apoderó de todo el garaje y la pobre Dama Oscura tuvo que vomitar. Filmé sus pechos agitándose tras las náuseas, es preciosa haga lo que haga. El artista también tiene que sacrificarse en pro de su obra si quiere ser pasional y transmitir emociones al espectador.
(Estas anécdotas hicieron más largo el rodaje, aunque gracias al montaje final, la película no aumentó demasiado su duración).
A los pocos segundos, los primates dejaron de moverse y sus ojos se habían cerrado. Respiraban con dificultad cuando les arranqué los restos de intestinos para que la cámara captara la caverna que quedaba; el último plano que filmamos de ambos vivos. El final de la película es más vulgar y sólo trata del descuartizamiento de los cadáveres y una masturbación que la Dama Oscura se hizo usando la mano del primate macho.
Fundido en negro para el final, no hay títulos de crédito. Se escucha la canción de los Rolling :”Simpaty for the devil” y un plano muestra al perrito blanco llamado Brutus, mordisqueando los cadáveres en descomposición, agitando contento el rabo.
Hasta que un balazo en el costado lo lanza muerto dos metros al interior del garaje. Mi Dama Oscura tiene una puntería envidiable.

Así es como matamos dos pájaros de un tiro e hicimos una película de escatología y a la vez una snuff movie.
Me han pedido copias a cambio de su alma: tres reyes europeos, seis presidentes, siete jeques árabes y tres raperos traficantes de drogas.
La película, he de reconocerlo, no es muy comercial y no creo que se convierta en una película de culto para un consumo masivo.
Ya os contaré más historias.
Siempre sangriento: 666


Iconoclasta

26 Jul 2008

Extirpación quirúrgica del amor

Escrito por: Iconoclasta el 26 Jul 2008 - URL Permanente

Intento desconectar el cerebro de toda esa carga emocional que es el amor.
Quiero evitar toda pasión. Lo hago para poder vivir.
Necesito ser insensible, la vida con este amor es agotadora.
A lo mejor he escarbado algo más que la zona del amor porque siento una tristeza desesperante.
Y un poco de odio también. Aunque puede que sea normal, si no hay capacidad para el amor, sólo queda el odio. A pesar de esto, la bondad no debería verse alterada; da igual, tampoco quiero ser un ángel.
Los trozos de cerebro obturan el desagüe del lavabo y la sangre mana a través de la trepanación que me he hecho en la sien derecha.
Soy médico, tengo conocimientos de anatomía y el cerebro lo he estudiado durante mucho tiempo. Se podría decir que estoy lobotomizando el amor en mis sesos. Siempre es complicado taladrarse el cráneo uno mismo, el cerebro será indoloro pero el tejido que recubre el cráneo y la calavera, duelen mucho.
Aparte de esto, cuando insertas la fina varilla de acero inoxidable por el orificio practicado, ocurren cosas que no controlas. A veces te meas, otras te cagas y otras simplemente se te cae la baba como a un imbécil.
Se producen también extrañas alteraciones en la consciencia y es difícil si no se tiene algo de autocontrol, reconocer que estás flipando pepinillos.
Ha sido difícil encontrar la dosis adecuada para anestesiarme la zona posterior del cráneo sin quedarme dormido y sin sufrir una gran merma en mis reflejos. El resultado ha sido que ha dolido mucho. No he gritado porque me he tragado unos cuantos comprimidos de ansiolíticos para aplacar las emociones. Me estoy escarbando el cerebro sin ningún tipo de emoción ni alegría.
No es exacto, hay una parte de mí, que vive con tranquilidad la intervención, otra parte de mí, permanece prisionera en la zona oscura y por momentos, engañada por las alucinaciones y reacciones de la parte del cerebro que gobierna el inconsciente. Es como estar en una especie de infierno, surrealista. Me ha parecido ver a Dalí cortándose sus propios ojos con la hoja de afeitar.
Si no fuera por los ansiolíticos, me encontraría llorón y tembloroso.
La pitufina es sorprendentemente erótica. Danza ante mis ojos mostrándome las aureolas azuladas de sus pechos y canta con su dulce voz provocándome una erección de lo más humillante dadas las circunstancias. Tiene los pezones duros como nueces.
Mi madre muerta me sonríe desde el ataúd y picando con sus manos podridas en la tapilla de vidrio, llama mi atención.


—Levanta la tapa, me duele la espalda de estar acostada tanto tiempo.

Está muerta y no lo sabe. Se me escapa una risita tonta, sin dientes está horrible.
Los ojos siguen con fijeza la mano derecha que mueve y gira con mucho cuidado la varilla en mi cerebro, en el lóbulo frontal. No veo un reflejo de mí en el espejo. Es un hombre extraño.
Mi cara se encuentra grave y seria. Me recuerdo a un vampiro de película, un rostro sin emoción.
El inconsciente sigue haciendo de las suyas y ahora sufro imágenes extrañas, vivo una pesadilla en la que en lugar de expulsar cálculos renales, orino pequeños bebés muertos. El dolor en el glande es insoportable, afortunadamente la medicación no me deja gritar. Mi principal misión es salir vivo y con el menor daño posible en el cerebro.
El meato parece rasgarse hasta partir en dos el glande y la mano izquierda se aferra al pene para intentar contener el dolor. Como si el dolor de verdad brotara del glande reventado. Un bebé se ha quedado atravesado y no acabo de expulsarlo. La mano no puede saber que es una ilusión, y el cerebro bastante trabajo tiene con auto-mutilarse como para preocuparse de la polla y sus alucinaciones.
Saco con cuidado el rasca-cerebros y sacudiéndolo en la pica, dejo caer otro trocito de blanco cerebro.
Parece que va bien, aún tengo el control.
—Soy Jesucristo y bienaventurados sean los padres que sodomizan a sus hijas e hijos.
Yo no quería decir esto; pero tenía que pronunciar alguna frase para asegurarme de que no he estropeado la capacidad del lenguaje.
Todos los cerebros no son iguales, ni en medidas ni en morfología, así que toda la bibliografía médica respecto al cerebro, se ha de tomar como una ayuda aproximativa y no como una ley o norma de obligado cumplimiento. Todas esas ilustraciones, fotografías, planos y esquemas del cerebro, son meramente orientativas. Y las pequeñas diferencias podrían decidir sobre la felicidad o la imbecilidad. Aunque no tengo muy claro si son sinónimos. Esto de operarse el cerebro crea momentos de confusión.
La mano izquierda está golpeando el mármol del lavabo y esta vez, el dolor es verdaderamente físico. En este estado de narcosis, prefiero el dolor psíquico y el terror. Son más manejables, ya que es fácil que tarde o temprano sepa que es una pesadilla. Un hueso fisurado, no es una pesadilla y duele de cojones.
Un giro más en el rascador y consigo que la mano se tranquilice, obedece a mi voluntad.
Yo no sé si queda más amor por extraer, ante la duda continúo. Creo que habrá un momento en el que sentiré cierto alivio en mi alma, cuando no sienta nada por ella. Tiene que ser así, semejante carga no se suelta como si nada.
—¡Papá! ¿Cuándo mueras, podré quedarme con tu novia? Es más guapa que mamá.
Estos críos…

—¿Me dejarás que la folle frente a tu cerebro sin amor? Si quieres, puedes hacerte una paja, a mí me da igual.

Su madre está también aquí.

—Escarba toda esa mierda que tienes ahí dentro y saca a la puta de ahí. Sácala y pártela en trozos.
No está mal mi esposa, el vaquero se hunde profundamente en su vagina y la mano izquierda sueña con meterse dentro y liberar su coño de esa invasión que la excita.
¿Le excita ver cómo me destrozo el cerebro? Puede que mi mujer no sea tan horriblemente aburrida como creía. Mi hijo le acaricia el sexo distraídamente. Es todo un hombrecito con sus trece añazos.
Clic, clic…
Es como haber cagado, se ha ido toda la tensión. Si pienso en ella, siento una total indiferencia. No se me acelera el pulso y lo que queda de mi cerebro se encuentra relajado.
Extraigo la varilla rasca-cerebros y por fin puedo respirar aliviado.
Y ahora caigo de rodillas al suelo, vomito todo lo que he estado reteniendo para una buena asepsia de la zona de operación y tapono con una gasa el orificio del cráneo. A continuación, extraigo de la solución salina el tejido de carne y piel que he cortado para tapar el agujero y con esparadrapo lo sujeto en su lugar. Estoy de vacaciones y no he de volver al hospital hasta dentro de tres semanas. Apenas se notará la cicatriz.
El cadáver de mi esposa, se ha enfriado y el corte de su yugular tiene un aspecto tumefacto, parece que ríe bajo su boca abierta y asombrada. Los ojos están en blanco.
El cuerpo de mi hijo se encuentra muy cerca de su madre y su brazo intenta tocarla. El crío está tirado en el recibidor, de costado ya que el puñal que tiene clavado en el corazón no le ha permitido arrastrarse con el pecho pegado al suelo. La madre está en el pasillo. Los separa tan solo el marco de la puerta.
La operación ha sido un éxito, no siento ningún tipo de necesidad de amar. Incluso siento repelencia por la palabra “amar”.
Aparto el cuerpo de mi esposa con el pie para no tropezarme. En el comedor el climatizador zumba suavemente y el aire fresco me conforta.
Me duele la cabeza.
He debido tener un lapsus, porque no sé cuando he encendido el cigarrillo. No soy feliz, sólo me encuentro en paz.
¿Por qué están muertos mi mujer e hijo? Creo que he sido yo. Una vez tuve una amante a la que amé tanto que sentí la necesidad de romper con todo lo que me obstaculizaba para estar con ella.
Estoy en paz y no necesito nada. Ni siquiera vivir. Seguro que junto con el amor, he extirpado el deseo de vivir.
Si pudiera recuperar el trozo de cerebro y colocarlo de nuevo…
A la mierda.
Frente a mí un hombre se arranca un trozo de piel de la sien, hay un agujero negro.
El hombre con un semblante indiferente y sin brillo en los ojos, aferra una varilla de acero. Hay un lavabo sucio de sangre y carne blanca. Una pitufina se masturba con sus mini-piernas separadas sentada en el grifo del lavabo.
Los bebés muertos han atascado el desagüe del inodoro y el agua rebosa pequeños cuerpos blanquecinos.
La aguja entra rápida como una bala en el cerebro y la hace girar sin cuidado hasta que queda inmóvil, quieto como un muñeco sin amor, con la mano colgada de la aguja que ha devastado el cerebro. Respira rítmicamente y con normalidad.
Las escleróticas de sus ojos se han llenado de sangre y se ha meado.
Clic, clic…


Iconoclasta

15 Jul 2008

Dios

Escrito por: Iconoclasta el 15 Jul 2008 - URL Permanente

Dios ha muerto en pedazos. Dios está troceado en mi nevera.
El no debería haberme alejado de ella, él no debería haberme creado tan lejos de ella. Le recé tantas veces que se acercó a mí y de un certero tajo abrí su sacratísimo cuello.
Me como a Dios cuando tengo hambre, poco a poco lo voy devorando, no lo he dicho a nadie. Porque quien mata a Dios se convierte en Dios. Y yo no quiero sentir las oraciones de nadie. Soy Dios para llegar a ella. Para alzarla al cielo con mis brazos que son un manojo de fibras contraídas por el amor que siento.
Si escucho una oración la ignoro, mi poder es para mí; para tenerla, para llegar a ella. He dejado desangrar a un hijo en los brazos de su madre porque soy Dios sólo para ella.
Lo demás no me importa. Incluso lo destruiría todo para que nada ni nadie nos moleste.
Mi vida ha muerto. Mi vida está troceada en mi nevera, voy devorando a mi amor para que se funda en mí. La sangre que manaba de uno de los tajos, en su frente, se escurría por sus ojos como lágrima roja. No quería morir, no creía que pudiera morir por la mano de Dios. Mientras la apuñalaba se quejaba lánguidamente, exhausta. El dolor que provoca un Dios es tan intenso que anula la voluntad de expresarlo con un grito profundo. La voluntad se doblega ante la divinidad.
Era necesario unirla a mí. A Dios… Ego me absolvo.
Y mi pene sagrado la santificó en la hora de su agonía; fue su extremaunción con una polla divina. Mi amor sudaba sangre con su último orgasmo.
Un jaco de caballo y en vez de agua, su sangre. Su sangre hermosa y tan espesa que necesito mi fuerza diosa para poder empujar el émbolo, la vena se rasga por el temblor de mi presión. Pero soy Dios y mi caballo sagrado acaba galopando por mi riego sanguíneo.
Directo a mi pene. Directo a mi divino cerebro, mientras saboreo un delicioso trozo de su pecho.
Ahora soy dos veces Dios.
Un Dios de risa afable, ensangrentada.
Revolcándome entre los placeres de la sanguínea heroína y los lamentos de los que sufren, sin que nadie les escuche ya.
Sin que nadie pueda hacer nada por ellos.
Ignorando todo el humano dolor.
Un Dios distraído y satisfecho.

Iconoclasta

08 Jul 2008

666: Gays duros

Escrito por: Iconoclasta el 08 Jul 2008 - URL Permanente

No me sorprendo de nada, sólo paso el tiempo observando el comportamiento de los primates. Intento comprender que ocurre dentro de sus estúpidos cerebros.
Os odio.
Odio a todos los primates sea cual sea su raza o credo y muerdo sus vísceras cuando los he destripado.
En mi oscura y húmeda cueva, el televisor emitía imágenes de una celebración, los primates lo celebráis todo porque vuestra vida es tan miserable y vale tan poco que intentáis daros importancia como sea.
Que los primates maricas hagan sus fiestecitas con el culo al aire y los rabos y testículos bien marcados, es algo que miro con cierto aburrimiento; pero mi poderoso cerebro, al observar a esa piara de maricones danzar al ritmo de una samba tercermundista, se puso en funcionamiento cuando desfilaron los conocidos como gays duros. Primates con el rabo enfundado en cuero, pantalones abiertos de cuero negro, o shorts propios de puta, gorras, botas y adornos de estética nazi.
Si un nazi de verdad cogiera a una de estas nenazas, lo quemaría vivo. Quemaría su artificiosa piel tostada, su milimétrica barba afeitada al uno y les metería su propio bálano por el recto sin ningún tipo de cuidado.
Velludos, musculosos, tintados y varoniles. Todos van de rubio. Parecen hermanitos de una inmensa familia maricona.
Se cogían de la mano y se besaban los labios con ternura ante las cámaras. Me meé en mi sillón de piedra llevado por la emoción.
Mi Dama Oscura se bañó los pechos con mi ponzoñosa orina y gimió desesperada.
Me acerqué hasta el marica, agarré su cabello corto y me manchó la mano de amarillo, le clavé la aguja profundamente en el oído izquierdo y mi Dama Oscura tuvo que taparse los oídos por los irritantes sonidos que lanzaba.
Vaya, estoy divagando de nuevo, me he adelantado un poco.
Estos primates son más idiotas aún que la media, ¿es posible que rindan homenaje a su verdugo llevado por el instinto de la penetración anal tan enraizada en los pelos de sus culos?
Y a nadie se le escapa a estas alturas que Hitler es pederasta, y un desviado. Lo tengo continuamente gimiendo como un perro en celo, frente a una jaula con niños hambrientos para toda la eternidad.
He capado al subnormal. Y aún no entiendo (me refiero también a las aleatorias y caprichosas circunstancias que llevaron a semejante idiota al poder de Alemania) como un primate con tan poco cerebro y tan mediocre pudo montar el follón que montó y desatar la segunda guerra mundial. Su pequeñito y pálido pene se encuentra en la sala de los desviados de mi museo y es tan poquita cosa, que el ser sodomizado por el führer debía ser una delicatesen de esas que se disfrutan en los ratos de desidia.
Si ya de por sí, el endogámico Hitler es repelente, cuando estaba rodeado de sus oficiales de la SS y éstos se le corrían en la cara, daban ganas de cortarle los párpados con unas tijeras, cosa que hice de buen grado. Ahora no puede dormir.
Hitler se masturba día y noche en su celda viendo a los niños desnudos que agonizan y agonizarán de hambre por toda la eternidad hasta que mis genitales digan basta. El führer hacía pasar hambre a los judíos porque soñaba con sodomizar aquellos cuerpos agotados y esqueléticos. Quería que su apenas funcional pene, resaltara en un cuerpo y él sentirse un poco más poderoso. Hitler tenía el cerebro del tamaño de sus testículos. Ningún primate se sentiría orgulloso por ello.
Era un ser adorable si se le ponía una buena mordaza y se le estrangulaban los testículos con un alambre; hijo de primos-hermanos con patentes resultados consanguíneos, su afán era y es ser sodomizado por medio de la humillación.
Un subnormalito maravillosamente desviado…
Se imaginaba a sus SS de cuero negro abriéndole las nalgas y tratándolo como a un judío.
El tarado tenía también sus anhelos, sus fantasías.
Si os fijáis en los viejos documentales, cuando les daba las manos a los niños en sus baños de multitud, se ponía nervioso y el flequillo de esquizofrénico le caía por la frente al tiempo que su mano se crispaba en la cara del niño y en sus ojos se dibujaba el deseo de colocar al bebé en sus rodillas y…
Pues ahí tenéis a los velludos y machotes maricas de cuero negro, imaginándose que son guardias pretorianos de Hitler y obsequiándole con un ballet a lo Village People si pudieran viajar en el tiempo.
Y van de sensibles con sus manazas entrelazadas con ternura. Es para vomitar.
Me ponen furioso.
Hitler lo quemaba todo: judíos, gitanos, negros, polacos… Y los gays duros también serían pasto de hornos crematorios en su momento. Son idiotas con su fetichismo fascista.
Menos mal que los judíos han aprendido y matan y no perdonan. Me encanta su constante ira. Me gusta matar judíos poderosos y rabiosos, tiene más aliciente pelear contra los valientes que contra los cobardes. Porque de morir, no se librará ninguno de los dos.
Para vosotros el führer está muerto, y por eso los maricas le rinden pleitesía vistiendo sus mierdas de uniforme. Si sus culos estuvieran a mano del gran maricón, seguro que se iban a disfrazar de gallinas caponatas.

Ese mismo instante en el que las imágenes jocoso-festivas eran emitidas en directo desde Berlín, me vestí y clavé el cuchillo entre mis omoplatos y al igual que hace el marica de Dios, me presenté en aquel lugar con sólo desearlo. Mi Dama Oscura se abrazó a mi poderoso torso y vino conmigo.

—Me encantan los gays duros y varoniles que al final son unas nenazas de lo más tiernas. Con sus barbas milimétricamente cortadas, siento deseos de abrir mis voluptuosos muslos de zorra satánica y aplastar mi vulva desflorada, rascarme contra sus barbas —susurró mi Dama Oscura en mi oído para acrecentar mi ira.

Es una astuta.

—Me pica el coño, mi Dios.

Entre la multitud de gente que flanqueaba el desfile de maricas y tortilleras, habían niños que observaban aburridos las tetas, los culos y algún rabo de toda aquella carne danzarina y orgullosa. Supongo que a las crías de primates esto les aburre tanto como a mí me inspira el descuartizar sus cuerpos.
Son muy sensibles los gays duros, los pelos de sus sobacos lo claman al cielo.
Es extraño el fetichismo que se da la mano con la apología de los asesinos genocidas y aún así es bien vista por la sociedad.
¿No os parece que sois estúpidamente banales? ¿Y qué más da que os torture, mutile y descuartice a unos cuantos primates? El planeta seguiría existiendo sin vosotros.
Mi Dama Oscura seguía conjurando mi ira, sus labios que tan bien saben besar y mamar mi semen, ocupaban toda mi atención, la música del pasacalles maricón cesó y sólo escuché su voz suave, convincente. Voz de diosa sensual.

—Me pone, me parece hermoso ver esos dos grandes y peludos ejemplares de machos ir cogidos de la cintura —se refería a dos primates con gorras nazis y petos de cuero, uno de ellos llevaba las nalgas desnudas—. Quiero meterme entre ellos y convertirme en el relleno de un bocadillo, que me hagan sudar por los dos agujeros y que me hagan sangrar el ano, que me traten como los SS trataban a las judías.

Imaginé a mi Dama Oscura en un campo de concentración en estado de inanición, sus crestas ilíacas sobresaliendo desmesuradamente y su coño gordo y e hinchado por el hambre. E imaginé arrancarle los ojos y llenar su reseco coño. Y todo en mi mente se hizo sangre y polla y coño y culo y mierda…
Recordé las duchas de Zyclon B, del placer de oler las montañas de cadáveres sucios de cal viva en las enormes fosas y eso me llevó a concluir que todos aquellos primates que bailaban como subnormales, habían olvidado aquellos tiempos de grandeza para mí; debían experimentar el dolor y el terror para que sus mentes se abrieran a la historia. Sentí deseos de traerme al pederasta y maricón de Hitler de nuevo a la tierra, con sus párpados cortados. Sentí caliente el cuchillo clavado entre los omoplatos (no me gusta llevar funda; llevar enterrada el arma en el cuerpo me da también cierto encanto sado-fetichista), mordí los labios de mi Dama Oscura hasta hacerlos sangrar, y me uní al desfile de maricas.
Soy la memoria viva.
El alemán tiene una pronunciación dura y tosca; es chocante oírlo de boca de un primate que alardea de duro y sin embargo, tiene las hormonas tan alborotadas, que parece un niño atrapado en el cuerpo de un gigante; resumiendo: un deficiente mental.
Me coloqué a la altura de un primate musculado que caminaba y bailaba rígido como una estaca, el sentido del ritmo lo tenía embutido en lo más profundo de su próstata demasiado desarrollada. Si hubiera llegado a cumplir cinco años más, un cáncer lo hubiera podrido por dentro. Debía buscar a su novio a juzgar por las repetidas veces que miraba en torno suyo buscando algo.

—Hola Hércules; estoy muy caliente. ¿Estás sólo? —a mí me daba igual matarlo a él, a su novio, a sus padres, hermanos y primos; era una pregunta retórica.

Me observó desde su altura, me sacaba la cabeza y sus músculos estaban recubiertos de una capa de aceite que le daba un aspecto sudoroso, me miró con cierto desdén a la cara, sin embargo, cuando apreció la amplitud de mis hombros y el desmesurado desarrollo de los pectorales, que eran patentes bajo mi camisa de lino, me sonrió mostrando sus blancos dientes de cretino.

—Estoy harto de bailar, necesito un buen masaje en el recto para relajarme —tuve que gritar de nuevo para hacerme oír entre el bullicio y la música mala que no dejaban de emitir desde una carroza llena de drag queens de lo más espeluznantes.

También le enseñé unos cuantos billetes de cien euros, cosa que le hizo sonreír cordialmente.
Y salimos de la formación del desfile para internarnos entre los espectadores. Había perdido el contacto visual con mi Dama Oscura.

—Soy Mefisto —cosa que le dio igual ya que estaba ocupado en contar los billetes.

—Volpert —dijo su nombre con parquedad y con cierta desgana.

Nos dirigíamos hacia el hotel Stratz Platz. Sonó un móvil y lo sacó del bolsillo trasero de su short ajustado de cuero negro. Una camiseta negra de malla dejaba salir entre el tejido rizados pelos del pecho.

—Pues haber venido a tiempo, he tenido que hacer más de la mitad del recorrido del desfile solo y tú aún te has de vestir. Ahora estoy con un amigo. Ya te llamaré cuando acabe.

Entramos en el hotel, pagué noventa euros por una habitación y subí cogido de su mano hasta el primer piso del hotelucho de putas y chaperos.
Abrió la puerta de la habitación en la que había una vieja cama doble con las patas de acero dobladas por demasiadas cópulas y una especie de tocador bajo la ventana. Suelo y paredes eran grises, aunque el tono de la moqueta del suelo era mucho más oscuro. Era deprimente.
Saqué el cuchillo de mi espalda y note correr la sangre caliente por la espalda.

—Ni una palabra ni un grito, primate —le avisé con el cuchillo atravesando la primera capa de piel de su cuello.

Le hice quitar la funda de la almohada y le metí todo lo que pude en la boca para que no pudiera hablar. Con el cinturón de su short, le até las manos y para convencerlo de que no debía abrir la boca, le rasgué su mierda de camiseta para dejar su pecho al descubierto; le amputé el pezón derecho con un rápido movimiento; cayó a sus pies junto con el aro que lo atravesaba.
Se le escapó el aire por la nariz y los mocos le dieron un aspecto patético. Cayó en la cama revolcándose de dolor.

—Una mujer morena, alta y con un minivestido fucsia, preguntará por Mefisto. ¿Le podría indicar que suba a la habitación cuando llegue? La estamos esperando.

—Sí, no se preocupe, ella misma le pagará el suplemento de la habitación.

No son generosos los alemanes.

Me encendí un puro mientras odiaba y soñaba con descuartizar al primate, el humo activó el detector de incendios y sonó el teléfono.

—Está prohibido fumar en las habitaciones.

—Por lo que he pagado, fumaré lo que me apetezca. ¿Vas a venir, tú primate, a obligarme a apagar el cigarro? Te arrancaré el corazón mientras tu lengua se mueve aún en el suelo como el rabo cortado de una lagartija.

Colgó el teléfono sin decir ni una sola palabra.
Pasaron diez minutos cuando la Dama Oscura entraba en la habitación; llevaba una enorme bolsa de plástico en la mano. Se acercó hasta mí y acarició mis cojones con firmeza a modo de saludo; luego se inclinó sobre el primate que se hallaba aún tendido en la cama llorando y revolcándose con muy poca dignidad. Se mojó el dedo índice en la boca y le presionó la escalofriante herida que había dejado la amputación del pezón. Le lamió la sangre de la tetilla a pesar de las patadas ciegas que lanzaba el marica.
Le di la vuelta en la cama dejándolo boca abajo y le corté los tendones flexores de las rodillas con dos rápidos cortes. En vez de patalear, se retorcía como un gusano ensuciando con su sangre la colcha. La habitación empezaba a oler a carnicería.
Mi Dama, abrió el bolso y lo vació encima del tocador. Me dio una aguja enorme, más o menos como las de hacer media.
Cuando debáis matar a alguien, no le aviséis, no se lo digáis. No habléis con él. Sufre mucho más el animal que no entiende y que no sabe por qué le está pasando esto. Lo que acrecenta el terror es la ignorancia.
Y no elijáis a una víctima por afán justiciero. Acabar con la vida de un primate, de un congénere vuestro es un arte que se ha de disfrutar.
Vale, aquel era un marica fetichista del nazismo, pero el mismo dolor le infligiría, pongamos por caso, a un activista de Greenpeace o a otro de Amnistía Internacional. Si por mí fuera, llenaría el mundo de desviados y pederastas como Hitler para sentirme a gusto y bien.
Le giré su perfecta cara admirando la varonil sombra de la barba y en el oído izquierdo le clavé la aguja ensuciándome de tinte amarillo la mano con la que inmovilizaba la cabeza contra el colchón. Cuando la punta de la aguja asomó en el interior de su boca, dejé que se retorciera de nuevo a su gusto. Mi Dama Oscura se tapó los oídos con las manos molesta por los gritos del machote, a pesar de tener la boca obturada por la tela.
Insertar una aguja de media en el oído es una técnica que hay que practicar con cuidado, más de un primate se te muere por el shock doloroso si no tiene un corazón sano. Este era de los fuertes, y mientras lloraba e intentaba gritar, le di unas palmadas en el culo.
La aguja no es mortal, pero pocas cosas hay tan dolorosas como el que te pinchen el oído hasta llegar a atravesar la mejilla. Hay que tener un gran dominio del cuerpo para no cagarse y mearse. El marica no se cagó, sólo se meó. Cosa que es de agradecer, porque yo no soy un escarabajo pelotero de la mierda como lo son los desviados escatologistas (comedores de mierda, vamos).
Como era de esperar, apareció el ángel que a veces suele enviar Dios para dar consuelo y entereza a mis víctimas a la hora del tormento.
Este no lo había visto nunca, era un ángel-niño. De pelo lacio, su piel era más morena y oscura que la del marica. Se acercó hasta él y le besó la frente llorando.

—No sufras, no estás solo. Pronto pasará todo y tu vida empezará de nuevo con nosotros, no llores mi amado hermano.

Las voces de los ángeles tienen la propiedad de dar serenidad y esperanza. Cuando un ángel visita a un primate, éste se siente retornar a la infancia y sentir la protección y el amor con el que sus padres lo criaron. El marica se dejó acariciar el devastado oído por aquella mano angelical, ni siquiera se quejó cuando la aguja se movió por el roce cariñoso. Por ser un ángel tan joven, hacía bien su trabajo, se metía en el papel.
A mí me calmó un poco también aquel niño santo y alado; pero fue un segundo, cuando lancé el cuchillo para cortarle la cabeza, desapareció llevado por la mano de Dios. Ese idiota tiene reflejos.

—Este me lo llevo yo, se pudrirá en el infierno y su dolor y agonía no tendrán fin. Puedes enviar al más candoroso de tus ángeles, Dios de enfermos y tarados, y te traerás un saco de vísceras y una almohada de plumas ensangrentadas.

Recité mi oración a Él en el milenario idioma, me desnudé para ello. Mi polla estaba erecta.
Y clavé mi puñal en una axila del marica para demostrar mi autoridad.
Aquella puñalada, acabó con todo el consuelo y serenidad que le había transmitido el ángel al maricón.
Mi Dama Oscura, apenas prestó atención al ángel porque estaba ocupada ordenando en el suelo lo que traía dentro de la bolsa.
Lo primero que hizo, fue colocarse una máscara de protección contra gases corrosivos. Le cubría toda la cara y su respiración era ruidosa. La amo por encima de todas las cosas, hasta imaginándola cortada en pedazos y pudriéndose la amo.
A mí me obsequió con un disfraz, y como soy dado también al festejo y la fantasía sexual, me vestí con él. Cuando me planté así vestido frente al aturdido maricón, pudo admirar una copia mejorada de Hitler, en ese momento se derrumbó y volvió a emitir fuertes sonidos. Eso era miedo y lo demás son futesas. Mis botas altas brillaban y los pantalones bombachos me hacían fascinantemente terrorífico a sus ojos. Hasta el molesto bigote de mosca, dejó de tener cualquier tipo de carácter festivo para convertirse en el horror del rubio y puro ario maricón.
Hice oscilar graciosamente la peluca de tupé como lo hacía Hitler y el marica abrió desmesuradamente los ojos. Seguramente le hacía gracia e intentaba reír.
Le crucé la cara con la fusta y golpeé la aguja que sobresalía por su oreja. Se cayó de la cama con las piernas lacias, los tendones seccionados le hacían parecer una musculosa lagartija sin patas. Una sangre clara se deslizaba por su costado por la estocada que llevaba en la axila.
Lo alcé del suelo con un brazo y lo lancé de nuevo la cama.

—Mi Señor, sujeta bien sus hombros, no dejes que se mueva el mono. Te gustará.

Lo sujeté con fuerza, presionando con todo mi peso en sus hombros. La Dama Oscura, tras el visor de la máscara, sacó la lengua con lascivia, y me asió el pene tieso y duro. Me lo acarició hasta que sentí que las venas que lo alimentaban de sangre iban a estallar y mi leche inundaría todo vuestro repugnante planeta.
Siempre hace lo mismo, me pone cachondo y luego me deja en suspenso hasta que a ella le da la gana que me corra. Un día le arrancaré las cuerdas vocales susurrándole palabras de amor.
Aquella bolsa parecía el baúl de un mago: sacó de dentro un enorme espéculo de metacrilato, un embudo y una botella de un litro de ácido clorhídrico. La máscara, por lo visto, no era un juego fetichista.
A mí no me afecta nada, mi carne es incorruptible, mi cuerpo eterno. Como el de Dios, pero con una polla más grande y activa.
El primate no sabía lo que se le venía encima, y debía estar agradecido de que no hiciera como los médicos de la SS hacían con los judíos y le inyectará gasolina en la vena. O simplemente, le amputara los testículos con unas tijeras melladas.
En seguida vi, que hubiera sido mejor para él una inyección de gasolina con o sin plomo. Porque lo que le esperaba, era con diferencia, mucho más doloroso y lento.
La Dama Oscura es deliciosa odiando a los de su propia especie. Es tan letal…
Le cortó los shorts de cuero y de un tirón lo desnudó. Encajó el pico del espéculo en el esfínter. El primate intentaba moverse, apretaba las nalgas para evitar la dolorosa invasión, intentaba hablar. Los primates sois de lo más complejo, no habláis apenas con nadie, y luego con vuestro asesino seríais capaces de tomar una taza de café charlando animadamente.
Cuando estuvo satisfecha con la abertura del culo, cogió el embudo y lo metió entre por la zona de visión del espéculo.
Acto seguido, se puso unos recios guantes de goma, abrió la botella de ácido y comenzó a verterlo lentamente por el embudo.
En los primeros segundos, el gay duro, no sintió nada, pero a medida que pasaban los segundos, y un olor nauseabundo y corrosivo invadía la habitación; el primate congestionó su cara, se tensaron las venas de su cuello y sus ojos parecían salirse de las órbitas.
Por el espéculo salía un vapor amarillo y se oía crepitar algo en el interior del hombre.
Me hubiera gustado quitarle la mordaza para oírlo gritar, pero no tenía ganas de matar a más primates, porque si aquel idiota llegara a gritar y alguien acudiera para curiosear, lo hubiera decapitado.
Según movía su cabeza, me rozaba el pene del cual me goteaba ya un fluido espeso.
Mi Dama no miraba ya otra cosa que mi rabo dolorosamente duro, se sentó a mi lado y con brutalidad, con golpes secos, me masturbó.
Se había quitado las bragas y su coño depilado se encontraba dilatado, los labios mayores se habían separado y su clítoris asomaba duro y bañado de fluido. Yo aún no podía soltar al marica, estaba agonizando, pero le quedaban fuerzas como para querer huir con el espéculo clavado en el culo y presentarse alardeando de perfomance en el desfile de los orgullosos maricas.
Sólo a nivel de próstata, su vida ya no era posible. Y cuando el intestino convertido en papilla y toda aquella mierda se metiera en el torrente sanguíneo, era cuestión de minutos que muriera. La habitación estaba llena de ese vapor amarillo y venenoso.
Mi Dama Oscura, cogía mis cojones abriendo y cerrando la mano, para estimular la producción y salida de semen.
Eyaculé en la cara del marica aspirando el aroma de su muerte. La Dama oscura se metió el mango del cuchillo en la vagina y se dedicó a castigarse el botoncito de su coño hasta que su espalda se arqueó por el orgasmo.
El alemán apenas se movía, sus brazos estaban lasos.
Le di la vuelta y el ácido le había comido parte del pene y los testículos. Salía humo de su carne, el pubis era una masa de carne deshecha y ennegrecida, el ácido aún estaba actuando y las sábanas se deshacían.
Cuando le saqué la mordaza de la boca, no intentó respirar. Aunque su pecho subía y bajaba lenta y discretamente; estaba muerto, estas cosas se saben cuando tienes cierta experiencia.
Me vestí, y sentí el hedor del ácido, mierda, sangre y carne quemada impregnada en la ropa, cosa que me gustó.
Al pasar frente a recepción, la Dama Oscura le pegó un tiro en la boca al recepcionista y los dientes rotos salieron por su cogote para clavarse en el gran llavero mural que tenía a su espalda.
Volvimos de nuevo al desfile, que ya había llegado a una plaza con una tarima en el centro.
Un pequeño primate ratero, un cachorro de diez o doce años intentaba abrir el bolso de la Dama Oscura para robar. Le di dos discretas puñaladas sin que la multitud se enterara de nada; una en cada riñón. Cayó al suelo con un gran rictus de dolor en el rostro y me subí de pie encima de su cuerpo para tener una mejor visión del espectáculo que estaban montando en el improvisado escenario.
El día estaba saliendo completo.
Acta est fabula.
Tengo más cosas que contaros, a su tiempo.
Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

14 May 2008

Tres tristes tigres

Escrito por: Iconoclasta el 14 May 2008 - URL Permanente

Tres tristes tigres triscaban trigo en un trigal.
No tiene gracia, no tenían porque estar los tigres en un patético trigal, ni para mezclarlo, ni para retozar en él.
Y sería normal, dado el caso, que estuvieran tristes. Los tigres no triscan, los tigres copulan con las tigresas y cazan y devoran animales y hombres.
¿Por qué coño tienen que estar en un asqueroso y aburrido trigal? ¿Por qué esa tristeza en un animal que debería ser y sentirse orgulloso?
Los rumiantes, los burros, las ovejas… Los mansos retozan y triscan el trigo con su deambular cansino. Ellos son tristes.
Es una burda mentira; los tigres no son tristes y jamás lo han sido. La gente inventa estas cosas para consolarse de su propia miseria. Cabrones.
Yo sí que soy más triste que el cadáver de un bebé.
Aunque más peligroso.
Un bebé al que le está devorando la cabeza un triste tigre.
Tal vez han confundido el pelaje ensangrentado de sus belfos con la tristeza. Son tan idiotas los hombres, que confunden ferocidad con aflicción. Los hombres no distinguen el cabello rubio ensangrentado de las espigas de trigo. La gente debería graduarse la vista más a menudo.
Tres tristes tigres triscan cabellos dorados como el trigo en un matadero.
Pesarosos sois vosotros; pobres y previsibles. Lo pervertís todo, queréis quitarle la belleza a lo salvaje porque vuestra vida es tan mediocre e insana, que enfermáis de ponzoñosa envidia por lo más genuino. Y es vuestra envidia lo único que os mantiene activos. Cabrones, cabrones, cabrones, cabrones…
Ni siquiera jodéis por méritos, jodéis porque pagáis y porque no tenéis donde elegir. Jodéis por suerte. La suerte de los idiotas.
Lo jodéis todo, joderíais a un pobre animal como joderíais a vuestro hijo en la cuna si vuestro Cristo de los tarados os lo pidiera. Malditos…
Si fuera Dios, vuestras cabezas se caerían mientras camináis tristes por vuestro territorio, os las arrancaría y las tiraría a una era llena de trigo y tigres.
Miles de tristes cerebros triscando trigo.
Tristes vosotros, mala gente que apesta el planeta.
¿Un tigre triste? Tristes fueron vuestros padres al follar, tristes os alimentaron y tristes murieron; por eso yacen unos cadáveres encima de otros y están pegados por podredumbre, grapados unos a otros por cintas de miles de gusanos que son felices.
Alguien tenía que ser feliz.
Tristes vuestros dioses de mierda, esos dioses que deciden con vuestra cobardía, quien devora a quien. Nadie decide por un tigre, el tigre se alimenta de trozos de carne en movimiento como vosotros. No comen carroña ni animales muertos. Vosotros sí, cada día.
Ninguno de esos tres tristes tigres obedecería a ningún amo ni Dios. Le arrancarían las cuerdas vocales de un zarpazo.
Hijos de puta, queréis joder a los tigres. Cazadlos y matadlos, pero no los imaginéis en un trigal, no los imaginéis tristes. Insultáis a los tigres, insultáis al planeta y provocáis que os descerraje un tiro en la cabeza con este preciso y potente Mauser de calibre 30-30.
La madre empuja un carrito de la compra tan lleno de bolsas y paquetes, que parece que va a volcar al girar por una de las calles del aparcamiento.
La niña camina con un peluche entre los brazos. La madre le grita algo y la pequeña, sobresaltada, corre hasta alcanzarla. Se detienen frente a una furgoneta familiar.
Esto es tristeza.
Le ruego a Dios si existe, que guíe mi bala por el camino de la verdad, que sea certera como certero es el tigre en su salto tras acechar a la presa.
Que la sangre corra y el trigo sea triscado por el labriego, no por un tigre. Que la presa muera y el cazador se alimente. Como siempre tuvo que ser. Algo verdadero, algo coherente. Algo de esperanza para mí.
Para los tigres…
Que así sea, amén.
Uno, dos… Y la cabeza de la niña revienta entre una nebulosa de sangre. Estoy tan lejos que la detonación de la bala no la ha podido escuchar nadie, se ha camuflado entre tanto ruido de gente y coches allá en la zona comercial. La madre tiene medio cuerpo dentro del maletero acomodando la compra y no podré disparar con rapidez antes de que se de cuenta de que su hija es un triste cadáver.
Cargo otra bala.
Tres tristes tigres…
El pequeño aún da un par de pasos cogido de la mano de su padre cuando la bala le destroza el corazón y desintegra el hombro izquierdo.
… triscan trigo…
El padre da media vuelta con rapidez y nuestros ojos se encuentran sin que él sea consciente que mira directamente a la muerte con los ojos ciegos. No ve nada, es el efecto devastador de la bala que le ha destrozado la espina dorsal a la altura de los omoplatos, el que le ha obligado a girarse de repente hacia mí. Un títere ya roto.
La muerte tiene caprichosas reacciones.
… en un trigal.
Aún queda otra bala para mí, otra bala que lleva una sonrisa dibujada. Nada de tristeza, no quisiera morir triste. No quiero triscar en un trigal.
El sabor del cañón es desagradable, tan desagradable como un trigal lleno de tigres tristes.
El gatillo es suave y su tacto terso, conforta mi ánimo.
Tres tristes tigres…
No. Los tigres no se suicidan ( y no soy tan valiente com ellos). Los tigres siguen devorando hasta que se les da caza, un elefante los parte en dos, o mueren de viejos con sus belfos canos.
Con el dorado pelaje ya marchito.

Desmonto el fusil, recojo los casquillos de las balas y con la mira telescópica en una mano y un cigarrillo en la otra, espío toda esa tristeza que ocurre casi cuatrocientos metros más allá. Hay tanta gente alrededor de los muertos que no los dejan pudrirse en paz.
Y no es tristeza, no hay tristeza cuando alguien es cazado, sólo miedo entre los que aún viven. Deberían tomar clase lenguaje de refuerzo. No es razonable confundir la tristeza con el miedo. Son cosas distintas y que nada tienen que ver.
Lo mismo que los tigres y el trigo.
Tres tristes tigres…
Cabrones, mis tigres no… Ellos sólo mueren, no son como nosotros.
Nunca serán tristes.
Odio los trabalenguas, nunca se me han dado bien.


Iconoclasta

05 May 2008

El gusano

Escrito por: Iconoclasta el 05 May 2008 - URL Permanente

El gusano es tan gordo y negro que no parece un ser vivo con ese brillo metálico que centellea de su cuerpo húmedo y viscoso.
Y tiene unos ojos enormes que se clavan desafiantes en los míos mientras repta por mi pierna haciéndome cosquillas con sus cien millones de pies que lanzan micro espasmos a mi piel.
Placeres aberrantes que se propagan directamente a mi bálano, que sí parece de verdad; porque palpita, bulle de sangre el glande. Las venas todas parecen confluir en este puto pijo que me está matando de ansia.

El repugnante gusano, gordo como mi propio pene se enrolla en si mismo y descansa en una pequeña vena de mi pierna: sólo lo hace para clavar sus fauces en ella y sorber mi sangre. No hay consuelo, esa sangre que me roba no afloja la presión en mi pene y parece el sangriento anticipo de una mamada.
Su cuerpo repugnante parece latir al mismo ritmo de mi corazón y es hipnótico ver como se alimenta de algo tan lejano como mi sangre.
Estoy tan enfermo, me siento tan enfermo… Mi cerebro es papilla infecciosa y el gusano sólo busca podredumbre. Estar solo tiene sus inconvenientes y la libertad se ha convertido en una quimera que murió hace muchos años. Tantos como los que ha tardado el gusano en hacerse tan grande y tan terrorífico. Tan lujurioso. Me pregunto si no será un gusano cósmico, un gusano en el tiempo; si el tiempo no es un gusano hambriento.
¿Dios existe y es un gusano? Sólo así entiendo el horror de lo divino, el horror de la bondad.
Al igual que el gusano, mi glande se ha recubierto de una fina película brillante de baba, huele fuerte y cuando sufre una contracción por el torrente sanguíneo que golpea en la mismísima punta del pijo, el placer me eriza la piel y el gusano levanta sus segmentos como una ardilla se pone en pie para otear algo extraño y anómalo. Algo peligroso.
Es tan extraño llorar de soledad y de horror a la vez. Sentir este asco por ese gordo animal que sube por mi pierna y se alimenta de mí… Todo son pensamientos funestos y lúgubres.
No lo entenderé jamás. La locura sólo se vive, no se comprende; y el horror que siento me hace sentir pena de mí mismo.
El gusano llega a la rodilla y tras él ha quedado una media luna grabada en la piel, allá donde se ha alimentado.
Estoy inmovilizado en la cama, hace horas que esto dejó de ser una pesadilla, hace horas que se me ha escapado la orina empapando las sábanas. Hace horas que ya no tengo esperanza de ver un nuevo atardecer.
No quiero verlo, no deseo llegar vivo al atardecer; ni que estos ojos que usa mi mente enferma, perviertan el universo más de lo que está. No podría soportarlo.
El gusano no habla, sólo me mira y de su boca, pequeños filamentos de placer obscenos van dejando un rastro cálido en mi piel.
¿Cómo decirle a mi cuerpo que reaccione, que se levante y aplaste al gusano repugnante y obsceno? ¿Cómo decirle a mi pene que deje de excitarse que el gusano es miseria y muerte y esquizofrenia y alucinación?
¡Qué asco! He vomitado y por mi pecho se extiende un miasma ácido y maloliente. Un vómito provoca otro vómito y tras expulsar la mismísima hiel, me duele el estómago y me arde la garganta.
Y la desesperación hace presa en mí: necesito que me coja el pene con su puño y me lo meneé, ¡coño! Necesito que su boca se lo trague, que se comporte como una puta, cualquier humana mujer, y me libere de esta presión. Estoy tan excitado que hasta una corriente de aire me haría eyacular.
Si pudiera liberar una mano me masturbaría gritando, escupiendo una baba animal.
El gusano ha llegado a la ingle y se interna entre mis testículos. Tengo tanto miedo… Lo noto en mis cojones, lo noto inquieto retorcerse en ellos, sus mil patas me endurecen el escroto como cuero curtido y ojalá ella lamiera mis pelotas, que sorba uno a uno mis huevos, que los empape de su saliva fresca y clara.
Me siento sucio, siento asco de mí mismo. Me siento humillado con el pene tan duro y con el enorme gusano que ahora asoma su nerviosa cabeza por el pubis.
Siento miedo de desear que el gusano clave sus fauces en mi pijo y me haga una mamada, siento asco de estar tan caliente, que me haya convertido en una bestia sin asomo de humanidad.
¿Qué es humanidad? ¿Acaso los humanos no sienten esta perentoria ansia por correrse aún cuando su mente se encuentra razonablemente coherente? Una vez fui humano y no podría haber soportado el gusano en mi piel, el gusano en mi mente, el gusano en mis cojones; pero siempre he deseado correrme, siempre ha sido un buen momento para soltar mi andanada de semen.
Me hubiera levantado la tapa de los sesos antes que caer tan bajo, antes que soportar que un gusano me la mamara.
Pero ahora… Que no me quiten la vida, que nadie me de movimiento, que el gusano haga su trabajo, que el gusano me la mame. El gusano tiene que llegar hasta mi pijo ardiente y amoratado, clavar sus fauces y liberar presión, comerse toda esta podredumbre, sorber mi semen loco.
Pero no, aún se hace esperar. Se enrosca de nuevo, le parece apetecible la vena principal que se retuerce bajo la translúcida piel que recubre el pene y se detiene, siento su minúscula boca perforando, siento la sangre salir. Mi pene cabecea excitado, se agita ante un próximo y repugnante placer-dolor-placer.
Se me escapan los mocos al lanzar un gemido de miedo. Estoy sucio por dentro y por fuera.
Sueños de mierda… ¿Y si no es un sueño? El gusano ha atravesado mi cerebro y ha salido por mi ano. Lo he parido desde lo más perverso de mi mente.
Me la está mamando, noto cada succión y su pequeña boca parece arrancarme el capullo entero. Siento como la leche se va abriendo paso por sitios que desconozco y como inunda algún conducto interior del pene. Siento como si me fuera a estallar la puta polla con una explosión líquida y blanca. Ojalá se ahogue el repugnante gusano.
Unas gotas de sangre se deslizan desde su boca y apenas se distinguen entre el amoratado e hipersensible tejido nervioso y sensible del glande.
Es tan