24 Ago 2009

Brasil. Ilha Grande: Veni, vidi, vicio

Escrito por: antonio-co el 24 Ago 2009 - URL Permanente


Volumen IV

Mi último día en Isla Grande.

Arriesgándome a que me tachen de comercial, aquel fue un final feliz.

Me da igual perder a los lectores de culto pero, si lloro en vacaciones, que sea de alegría.

La noche anterior, no sé con certeza quién, le recomendaron a Federico visitar la praia Dois Rios. A nueve kilómetros de Vila do Abrao sin bote de vuelta.

Imagino que ahí radica el encanto. Pocos son los que parten de vacaciones con la intención de sudar el pareo que compraron a juego con el esmalte de uñas o de sacarle partido a ése objetivo tan caro cansado de retratar platos de menú. Ése era el truco. Muchos tomaban la casilla de partida y pocos llegaban a la segunda ronda de dados.

Esta vez si nos encontramos lo que podríamos llamar un camino homologado, cinco metros de cintura de arena y piedra sin barnizar y frondosas ingles sin depilar.

José y Ángeles se quedaron en el hostal. Algo le había sentado mal al primero que se pasó el día saboreando las sobras de ayer.

Cecilia, Federico y yo atravesamos el pueblo a campo abierto. Cuanto más nos alejábamos del centro más varices acumulaban las paredes de las viviendas. Era como una partida de ajedrez a estrenar. Las fichas negras se agolpaban a un lado, las blancas, en rigurosos orden, al otro. Como no, arrancan las blancas, que embistieron con tres peones. Ya sabéis sus nombres. Al final del tablero un campo de fútbol, siempre habitado. No me fije en sus dorsales, así que no sé si los de regreso eran los mismos o habían movido el banquillo. Pero ahí estaban.

Llegamos al letrero de hasta aquí la civilización. A partir de entonces un camino de apenas unos 200 ó 300 metros de desnivel a ojo de “gato” se recostaba sobre las faldas de topos verdes de las montañas. Tantos topos tenían que no había lugar a lo que no lo fueran. A excepción de la cremallera que indicaba el sendero.

El primer tramo lo hicimos juntos. El resto lo improvisé sólo, como ya ocurrió en la visita a Lopes Mendes.

La ruta era típica de la industria del cotillón, serpenteante, colorida y ruidosa. Cuanto más me adentraba, más visceral se tornaba el canto de las aves y menos se sentía la mano del hombre. Tal fue la avalancha de sonidos que en un momento dado me calcé el bolsillo de piedras. Por izquierda o derecha, no alcanzaba a determinarlo, comencé a escuchar lo que rápidamente interpreté como los avisos de un jabalí. No tenía constancia de que por esos lares los hubiese pero ya sabéis como es el hombre blanco. Lo desconocido, entre tantas cosas, es el enemigo, primero, y fuente de explotación e ingresos, después. Un nuevo error que anotar en los archivos del mundo ya que dejé aquel pavorizante sonido atrás sin un rasguño.

Tras unos cuatro kilómetros de pendiente alcancé la cima del camino. Junto a un barranco. Me eché a un lado a mear y fue como llevarse la National Geographic al baño.

Allí arriba el sudor poco tardó en salinizar en mi cuerpo. Apostado en aquella sin par cuneta alcanzaba a ver un angosto valle que como las cañerías de un retrete ensanchaba por milímetros hasta alcanzar muchos metros al llegar a mi altura formando la Monumental. Desde las gradas no cesaba de escucharse el eco del trópico.

Frente a mí, en la cara opuesta del desfiladero, se abrían calvas de piedra entre la floresta que destilaban pequeños torrentes de agua que, como el Guadiana, volvían a sumergirse nuevamente en el follaje.

Recurrir a la memoria, en mi caso, es una batalla peridida. Por eso rescato éstas líneas de un cuaderno de viaje. Pero lo que sí recuerdo, es haber vuelto a olvidar la cámara en el hostal, bajo la estrecha vigilancia de mis compañeros de cuarto. Posiblemente recostada en la almohada. Miedo me daba, pero poco podía hacer.

Dado que aquel lugar bien merecía una foto me dejé caer un par de metros por la cara este de la montaña, según mis cuentas, en la que yo me hallaba, hasta alcanzar un pequeño bananero que aún no había echado ni las hebras. Decidí echarme un cigarro encaramado a su tronco mientras esperaba la llegada de Federico y Cecilia para que me tiraran una foto.

La verdad es que no les saqué tanta ventaja como me esperaba y después de pegar cuatro voces imitando a un gallo me alcanzaron a mitad de cigarro.

A partir de ahí hicimos la bajada juntos. En la cual, Fede me comentó notas a pie de página de alguno de sus viajes entre los que apunté la peregrinación del pingüino de Magallanes, la pesca de pirañas en el amazonas, cosa que a mi vuelta el lini me dijo que también había hecho, y otras tantas que podría inventarme sin miedo a fallar pero ya saben lo que dicen por ahí de mi memoria. Y no. Me gusta gran parte de la industria americana con sus recetas sencillas y digestivas, pero creo que en muchos casos los efectos especiales están sobre explotados. Así que me rijo a la realidad.

Un par de kilómetros más abajo, a mano derecha y expuesta entre ramilletes de lianas y lienzos de musgo, encontramos un cazón de agua embalsada con un letrero que indicaba algo así como “cañada de los soldados”. No recuerdo exactamente el nombre pero sí parte de la historia. Aquella era la puerta a un atajo empleado por los soldados por el cual guiaban a los presos hasta el penal, ahora deshabitado, que corona Dois Rios. Eso decía Fede que narraba el cartel. Y ahora os lo digo yo. Aquel camino ofrecía un hermoso abanico de posibilidades.

Continuamos nuestro camino hasta dar con un tramo recto ya a nivel del mar. Empezamos a ver postes de luz que venían de la floresta como una cadena de montaje. Cien metros más adelante un rellano de claridad y un guardia a la entrada de un desangelado pueblo.

Vuelvo a la industria del celuloide. Han visto Big Fish? Recuerdan Spectro? Una pequeña maqueta hecha con piezas de coleccionista de desguace, apuntalada con bananeras, todo alrededor de una tupida alfombra verde enmarcada en un sendero de arena que la rodeaba como una pasarela. Y de centro de mesa el antiguo presidio clausurado en el 94. Era hermoso y deprimente. El lugar perfecto para escribir una obra póstuma.

El guardia de la entrada anotó nuestros nombres y, sólo entonces, nos dejó continuar nuestro camino. Como si hubiese algo que llevarse de aquel lugar.

Andamos no más de 30 metros hasta la desembocadura de uno de los dos ríos que dan nombre a la playa.

Yo no lo llamaría playa. Es algo más grande que un simple batiente de mar. Más que una acera de costa empedrada de conchas. Imposible de abarcar con una postal, por muy desproporcionado que fuese el pliego. Y menos aún de merecer por nuestra cámara.

Mar adentro, como Moisés partiendo la marea en dos, un pequeño islote de vegetación alborotada. A la espalda y ambos lados paredones de piedra, bruma y mata atlántica hasta donde alcanza la vista. Bandadas de garzas hacían maniobras imposibles. Que ganas de tumbarme boca abajo en la arena y “dejar huella”.

El día estaba revuelto. Sabíamos que iba a llover sin necesidad de tirar las cartas y una suave brisa rezongaba entre las hojas.

Federico y Cecilia desplegaron la toalla y se tumbaron sobre ella. Yo no podía quedarme quieto. Necesitaba empaparme del lugar. Avancé cientos de metros en aguas tintadas de algas rojas. Mi objetivo era bordear el islote allí anclado, pero la marea era demasiado bravucona y me conformé en tocar por mí y por todos mis compañeros. Desde allí la vista era aún mejor: el “Portal del Edén”. Sin mulas ni pastores. Sin adobe o pajar.

De vuelta a la orilla, me fui a uno de los ríos a quitarme algas alojadas en zonas desconocidas para mí. El agua bajaba helada a la altura en que los huevos empiezan a proyectar sombra. Miré alrededor, me quité el bañador y empecé a golpearlo, frotarlo y arañarlo contra la superficie para deshacerme de las algas. Un par de zambullidas y volví donde me esperaban Fede y Ceci.

De vuelta tomamos el atajo de los soldados y una vez en el pueblo paramos nuevamente donde Udeauss. Comí y bebí casi sin respirar.

Al llegar al hostal José Luis ya se encontraba mejor. Por lo menos mejor que yo, que sólo podía pensar en Kapuściński y una buena hamaca.

Aquella noche me quedé dormido a la intemperie con un simpático gato de lomo plateado que merodeaba los jardines del hostal acurrucado en mi ombligo.

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

mollejas

mollejas dijo

uhhhhhh....q miedito, un sendero de leche vegetal condensada, vigilado por la mujer lejana de aspecto sombrío...ainssss.....menos mal que sus pies eran raices y por cuerpo un curvado tronco....

y lo de lavar la ropa en el río?....no digo ná
una pena lo de la sombra q proyectan tus corajes....nunca lo sabré

Omallei

Omallei dijo

Ná, ya he sobreviví a murciélagos carnívoros que iban más ciegos que tu de viernes in the night.
Lo paso peor ahora cuando saco la basura con mis pañales llenos de paqui rojo.

Lo de la sombra...ya te lo cuetno yo. No tiene mucho misterio. Como soy de pata corta, hasta los tobillos. A no ser que ande por un cesped sin cortar, entonces me llega hasta el suelo.

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A. Omallei

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