20 Oct 2008
Cécile
Cécile y yo nos habíamos embarcado en ese viaje de una manera alocada y alegre. Cécile tenía veinte años y yo tenía veintiséis. Atravesamos media Europa en viejos trenes oxidados. Una noche, la lluvia nos sorprendió en un estrecho valle, entre los Cárpatos y los montes Apuseni. El valle estaba recorrido por un río bastante caudaloso. Hacía frío y las aguas bajaban desbordadas. Se había levantado un viento frío y comenzó a llover. Corrimos a refugiarnos bajo unos árboles. Fue entonces cuando vimos la mansión. Estaba en la otra orilla.; y un poco más abajo se divisaba un puente y un camino de tierra que ascendía hasta ella.
Atravesamos el río por el viejo puente de piedra. La lluvia arreciaba y corrimos por el camino como almas que lleva el diablo hasta llegar a la puerta de la mansión. El cielo se había oscurecido y no quedaba apenas luz. Llamamos pero nadie salió a abrirnos. Nos dimos cuenta de que la puerta estaba abierta y entramos.
Dentro de la mansión había una inmensa escalera de mármol blanco, adornada con un par de estatuas. Subimos y llegamos a un salón. Nos quedamos extasiados. Era una estancia inmensa, de techos altos. Había dos lámparas de bronce con globos de cristal en los extremos. Las luces estaban encendidas. Una de las paredes estaba cubierta de libros de todos los tamaños. Había viejas ediciones de libros clásicos de gran valor, libros modernos, antiguos, libros de todos los tamaños escritos en lenguas diferentes. En la pared del fondo había una chimenea. El frente de la chimenea estaba fabricado de una madera negra, semejante al ébano, finamente tallada, A los lados había estatuas, y arcos, y columnas, todo ello de madera, junto con dos leones recostados. Todo ello parecía antiguo y muy valioso. La chimenea estaba encendida y nos sentamos junto a ella. Estábamos empapados y el calor que despedía era tan agradable nos hizo olvidar cualquier sentimiento de miedo o aprensión que hubiéramos podido tener por el hecho de estar allí, a solas, por la noche.
Miré a mi alrededor: Cécile estaba muy hermosa, con su pelo mojado y su rostro brillando a la luz de las llamas. Detrás de ella había un gran sofá, sobre él había un libro abierto, y unas gafas doradas. Había almohadones de tela roja, estampada, por todas partes, y nosotros estábamos sentados sobre una gruesa alfombra tejida a mano. Alrededor de la estancia había candelabros diseminados por todos los rincones, con velas encendidas, que daban un ambiente aún más cálido a todo aquel lugar. En una bandeja había una botella con licor y cuatro vasos de cristal tallado. También un frutero de plata con fruta. Junto a los vasos había un jarrón de porcelana blanca decorado con flores azules. Por todas partes había estatuas de todos los tamaños de bronce y de madera, y en cada rincón que miraba encontraba nuevas y diferentes cosas cada vez. Era como si los objetos del salón a cada instante se multiplicaran con la única intención de proporcionar felicidad a los ojos de quienes los contemplaban.
Cécile estaba entusiasmada. Nunca antes la vi tan feliz. Los dueños de la casa aparecieron justo cuando el reloj de la pared marcó las doce. Él era un conde del que nunca conseguí aprenderme el nombre y ella se apellidaba Ionebskaya. Eran muy jóvenes los dos y parecían felices. Eran una pareja tremendamente amable.
Pasamos cuatro meses en su casa. Un día a la semana, después de media noche, subíamos los cuatro a un carruaje tirado por diez caballos negros y, alegres y despreocupados, nos íbamos a alguna fiesta. Pronto fuimos muy populares. Nuestros anfitriones nos presentaron a todos los otros fantasmas del valle y los alrededores. Eran una comunidad de gente inmaterial y divertida. Los había muy pintorescos: nobles que poseían castillos, viejos terratenientes, condesas, cortesanas, hombres que habían participado en la guerra de los cien años... Todos gente extremadamente interesante con muchas historias que contar. Aquella temporada no paramos. Luego, una noche, Cécile se enamoró de un joven campesino que había muerto doscientos años antes. Yo me sentí celoso y dije que me marchaba. Cécile dijo que se quedaba. Yo, despechado, proseguí mi viaje. Crucé solo los Cárpatos, llegué hasta Kiev, y como allí tampoco conseguí olvidarla, seguí aún más lejos mi viaje. Atravesé los helados Montes Urales y anduve años perdido por las inmensas llanuras de la Siberia Occidental. Una tarde llegué a una ciudad llamada Mirny. Conocí a una mujer y nos casamos. Tengo dos hijas y una pequeña granja. ¿Cécile? Nunca más he vuelto a saber nada de ella, pero, aún hoy, después de tanto tiempo, no puedo mirar el fuego de una chimenea sin que mis recuerdos vuelvan de nuevo a ella.
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POLVO SUDOR Y CARDOS
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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Jesús Ortega dijo
Mmmm.
Por debajo del exotismo viajero, verdades invisibles y emocionantes de la vida recorren por dentro este relato.
Bravo, Ángel.
J.
Angel Pasos dijo
Gracias Jesús, este me ha costado más trabajo y no me gusta mucho el resultado, pero lo importante es escribir.
Un saludo.
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