23 May 2014

Tú tomabas el sol, con los ojos cerrados...

Escrito por: Angel Pasos el 23 May 2014 - URL Permanente

Nueve de la mañana: en una terraza del paseo, junto al mar. Hace un día brillante. Veinte grados. La brisa trae olor a mar abierto. Ella toma el sol con los ojos cerrados sentada junto a mí y es hermoso tenerla a mi lado, y es hermoso observarla. Yo saboreo el primer café de la mañana. El cielo está ligeramente enmarañado por el norte. El tiempo va a cambiar en breve -no hay buen tiempo que dure para siempre-, pero ahora se está bien y eso es lo único importante.

Rompen las olas llenando de espuma la arena de la playa. La tierra retumba cuando el agua golpea la orilla. Un grupo de muchachas pasa riendo junto al mar. Tienen toda la vida por delante. Una vida más grande que ese mar. Vidas cargadas de destino, cargadas de misión, de luz y oscuridad, de riesgo, de pasión, de encanto y desencanto.

Cada una de ellas es poseedora de una historia secreta que aún está por escribir. Una historia que habla de amor, de luz, de grandezas, miserias; de triunfos y fracasos. Alguna vencerá y otras serán vencidas -victorias y derrotas-, pero todas tendrán su propia historia.

Miro a mi alrededor: apenas vive gente en este sitio. Ahora, en este instante, la vida nos sonríe. Es una bendición. Una paz misteriosa llena el aire de luz y de armonía. Se está tan bien aquí...

Nuestra vida es perfecta, absoluta y genial. Te miro y tú te das cuenta y entornas los ojos y sonríes. Tenemos la salud, la experiencia y los años suficientes como para saber apreciar en todo su valor esta pequeña tregua. En una esquina de la playa, algunas casas blancas, deslumbrantes al sol, nos animan el alma. Debemos dar las gracias al destino por haber conseguido llegar hasta aquí.

Pequeños placeres de la vida; momentos de felicidad que apuramos con toda nuestra alma. Todo el dolor del mundo se esfuma en este instante. La vida es como un gran amor; tiene ese punto enloquecido. Noto el calor del sol sobre la piel y es como la caricia de una mujer perfecta. Te quiero tanto, vida, que a veces no lo puedo soportar y sólo siento ganas de morir, -no sé muy bien porqué-, y hacerme mar dentro del mar azul, y cielo, amor, dentro de cada cielo tuyo enamorado.

Pero hay que regresar, volver al gran viaje. Dentro de un rato todo esto cambiará. Cargaremos toda nuestra ilusión en las alforjas, montaremos en nuestras bicicletas. Nos pondremos en marcha -la vida no es más que una aventura que no termina nunca-. Ya no tendremos tiempo de pensar, sólo nos quedará ese sentir primero, primitivo, esencial, que consiste en saber que progresar sólo dependerá de nuestra voluntad, de nuestro esfuerzo.

Subiremos montañas, rodaremos por valles donde reina el silencio, empujaremos nuestras bicicletas por laderas inmensas de maleza y de piedras, por cauces de ríos secos, llenos de arena, que nos alejarán del asfalto de nuestra sociedad, de la rutina mortal de nuestro tiempo.

Lucharemos a solas contra el viento y la lluvia, el calor y la sed. Cada uno en su mundo, concentrado en seguir. Sentiremos de nuevo esa inseguridad vital que nos hace pequeños. La grandeza de todo lo que no está a la venta, el amor a la vida, el dolor de la muerte. Subiremos hasta que ya no quede nada más por subir, bajaremos hasta que ya no quede nada más por bajar, llegaremos al sitio donde ya no hay respuestas -hemos llegado al fondo del cono de un volcán inesperado-, y al fin, perdida casi la esperanza de encontrar la salida, la verdad o la luz, o quizás el camino, hallaremos la forma de vencer al destino y saldremos de nuevo, otra vez, renacidos, del desierto de todas las cosas, de ese espacio sin luz, al hogar donde habita la vida.

Y saldremos los dos, como siempre, por el lugar más alto, más hermoso del mundo. Quizás un diminuto pueblo blanco sobre alguna montaña donde un señor francés tiene una casa. Y en un mágico instante, volveremos de nuevo a ver el mar, pero esta vez sobre una carretera que nos lleva directos a casa, con unos ojos nuevos, un poco diferentes. Y será ese mar, nuestro mar más azul, más hermoso, más grande, nuestro mar personal, diferente. Un mar que nadie puede ver mas que nosotros.

...Doce de la noche: escribo estas líneas mientras tomo un café, junto al mar, protegido del viento por una lona. Han sido doce horas de viaje cruzando por dos veces una cadena de montañas. El ruido de las olas ahora es muy diferente; es como el bramido de una bestia enorme -ronco, profundo, impresionante-, que nos provoca de vez en cuando escalofríos. Es el sonido de la naturaleza que anuncia que la noche no ha sido hecha para la medida pequeña de los hombres. Ha terminado el día. Ha regresado el frío. Tú miras hacia la oscuridad abrazando en tus manos una taza caliente de té. Se te cierran los ojos mientras andas perdida en tus pensamientos.

Trato de recordar cada paso que hemos dado por estos parajes, cada camino nuevo, cada animal, cada planta, cada valle perdido... Todo lo que hemos visto en este día. Extrañas sensaciones que se repiten siempre en cada nuevo viaje y que ahora ya forman parte de nosotros, de nuestro pasado, de la historia de nuestras vidas.

Mientras oigo el bramido del mar, cierro el cuaderno y pienso que la vida no es más que un largo viaje. Un viaje emocionante hacia la muerte, que quizás sólo es cambio, o quizás es derrota. No sé. Sólo nos queda al fin la voluntad de hacer de ese viaje una historia que podamos contarnos, con nostalgia y con una pizca de alegría. Una historia que esté bien contada y además sea intensa. Nuestra pequeña historia. Nada que cambie el mundo. Tan sólo nuestra pequeña historia. La historia que nos hizo ser como somos ahora, un poco diferentes de los otros, los que renunciaron en algún punto a salir a buscar su destino, a tener una historia, a tratar de tener una vida.


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14 May 2014

A veces, en la noche, un sueño

Escrito por: Angel Pasos el 14 May 2014 - URL Permanente

Anoche soñé que estaba en los Himalayas. Mis pies recorrían un camino desconocido que me llevaba a algún lugar muy alto, probablemente no había en el planeta un espacio más alejado y más bello. En mi camino, me cruzaba con gente que no tenía rostro. También atravesaba pequeños pueblos, una ciudad abandonada y rota, diminutos senderos que discurrían junto a barrancos en los que no alcanzaba a ver el fondo, y sin embargo, a pesar de lo desconocido e inhóspito del lugar, por vez primera en mucho tiempo, mi espíritu estaba en paz, y en mi alma reinaba una atmósfera de calma absoluta.

Era de noche: el cielo estaba repleto de estrellas. Ascendí hasta un collado donde ondeaban al viento cientos de banderas de oraciones. Sus colores, a la luz de la luna, contrastaban con la dureza extrema del paisaje. A esa altura el aire quemaba en la garganta. Seguí caminando: a veces subía y otras descendía hasta valles donde parecía que nadie hubiera llegado nunca. De pronto sentí que todo lo malo de la vida vivida hasta entonces, todo el dolor, la soledad; todos los desengaños, habían desaparecido de mi interior, y en mi alma se había creado un espacio donde cabía todo lo bueno que pudiera sucederme en el futuro.

Seguí caminando hasta que amaneció. Transcurrieron las horas, pasó todo el día: la imagen de una puesta de sol me llenó de tal modo de paz que no lo pude soportar y sentí como si cayera desde un lugar muy alto. Estaba agotado, pero, por fin, era como si todo el dolor del mundo hubiera quedado atrás, perdido en algún lugar entre aquellas montañas.

Me desperté por un instante. Pensé entre sueños en todo aquello, respiré hondo y me volví a dormir...

... Mi sueño prosiguió: ahora estaba contigo, atravesábamos un bosque tratando de encontrar el camino hacia algún lugar desconocido. Había casas típicas de esa parte de Suiza que tanto nos gustaba cuando tú aún vivías. En mi sueño te volviste hacia mí sonriendo y pude ver tus grandes ojos verdes. Ya casi había olvidado lo verdes que se volvían tus ojos en verano. Tus ojos, en aquel momento, eran el alma del bosque, la encrucijada donde empezaban y acababan todos los caminos. ¿Cómo te podía querer de esa manera? Te quiero demasiado -dije- y respiré hondo y me llené de ese instante de dicha. Tú sonreías. Parecías feliz. En los prados de hierba crecían pequeños oasis de margaritas.

Llegamos a una casa. Salió a recibirnos una pareja de ancianos con una niña cogida de su mano. Nos dieron de comer. Nadie decía nada. La comida estaba deliciosa. Nos despedimos de ellos con tristeza como si supiéramos que nunca los íbamos a volver a ver. Le diste un beso a la niña y te brillaron los ojos. Se parecía a ti...

Aquella noche soñé que estaba en los Himalayas. Lo sé porque de alguna parte el viento traía el sonido de tu voz cuando aún me amabas y el aire olía igual que aquella primavera en medio de los bosques. Probablemente las ruedas de las oraciones giraban aquel año sólo para nosotros dos, y el cielo era tan grande y limpio y estaba tan lleno de vida como nuestros corazones.

Aquella noche, en mi sueño, por un instante volví a sentir la paz infinita de tenerte a mi lado de nuevo y saber que las buenas historias no siempre acaban mal. Fui feliz otra vez, como entonces, cuando estabas conmigo, y la anciana y la niña y tus ojos, y las grandes montañas y el bosque, y tu alma y la mía eran todo el paisaje del mundo, de ese mundo perfecto que un día, en lo mejor de la vida, creamos los dos.

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23 Abr 2014

Cuando sucede

Escrito por: Angel Pasos el 23 Abr 2014 - URL Permanente

Es curioso observar como dos seres humanos nacen, crecen, viven sus vidas cada uno por su lado, reúnen experiencias, se cargan de pasado, sufren, se elevan, caen, para luego, más tarde, ver como, después de todo esto, un día afortunado, la vida los reúne de un modo misterioso -las, cosas, los sucesos, el mismo azar es algo misterioso siempre-, y acaban juntos en un instante clave de sus vidas. Entonces se produce algo que es excepcional, alguna reacción que nace del instinto, como un destello o una intuición.

Entonces los dos comprenden que todo lo anterior no eran mas que experiencias, una forma de aprendizaje, y ambos se reconocen en la felicidad del otro, en sus ojos, sus cuerpos, en su vida, en su alegría y también en su dolor, y saben que no pueden vivir el uno sin el otro, sin que esta sensación pase en ningún momento por el filtro de la razón; los dos comprenden que estaban esperando encontrarse desde siempre.

Cuando sucede esto, y se da esta forma de encuentro, uno puede decir que ha sido afortunado. La vida le ha bendecido y le ha proporcionado un sentido y una razón sólida para continuar. Entonces lo más sabio que uno puede hacer es decidir vivir con toda la fuerza de su carácter con el único objetivo de hacer feliz a la persona que ha conseguido hacerle sentir algo tan importante.

Dichoso el que comprende a tiempo el sentido que se esconde en toda esa maravillosa entrega. Todo el mundo busca eso en lo más hondo del corazón: entregar lo mejor de sí mismo al hombre o a la mujer que ama...

...Aquellos días las cosas regresaron a su sitio. El cielo volvió a recuperar su color azul habitual, el aire volvió a ser limpio y claro y al fin se pudo respirar. Aquel viaje a través del horror había sido largo, duro, frío y difícil..., pero todo tiene un sentido y una razón de ser, y ahora yo percibía en todos los sucesos una carga increíble de destino.

Resultaba curioso observar cómo se habían ido desarrollando las cosas entre nosotros dos; era como si, cada suceso, cada desastre, cada cambio de rumbo en nuestras vidas, cada hecho triste o cada instante feliz, estuviera destinado a unirnos de un modo más profundo, de un modo irremediable, cada vez más. Yo vivía enredado en todo este misterio y pasaba horas meditando la forma en cómo esa mujer se había instalado de un modo tan profundo en mi corazón, y observaba el paso de los días observándola, como el que lee un libro y desea que no termine nunca. Ella le daba sentido a todo, y todo lo que yo hacía acababa pasando a través del filtro de su corazón...

Es difícil escribir sobre estas cosas. Y aunque yo debería acabar aquí esta reflexión, entre el ruido del mundo y el absurdo de la vida diaria, no voy a hacerlo ahora, porque ella, en este mismo instante, está en su camino de vuelta hacia mí y me apetece escribir y contarlo. Y aún cuando a mi alrededor todo el mundo es un completo desastre -los niños de los vecinos lloran, la gente se pelea en medio de la calle, y la mezquindad y el dolor se abren paso en el mundo, aunque cambien el nombre de todos los aeropuertos, y el norte sea el sur y la bóveda celeste se derrumbe, ella viene hacia aquí, y yo la espero, y mientras llega a mi lado pienso mil formas de hacerla feliz, porque la quiero tanto que siento que me estallan los sentidos y no hay un corazón capaz de abarcar esto.


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02 Abr 2014

Un amor

Escrito por: Angel Pasos el 02 Abr 2014 - URL Permanente

...No sé como llegué hasta ella, pero aquella noche, mientras contemplaba su cuerpo desnudo iluminado por la luz de la luna, sentí que esa mujer era el destino final de todo el largo camino de mi vida.

Aquella noche comprendí que la amaba como nunca antes había amado a nadie. Que todo lo que había hecho desde siempre giraba alrededor de ella y ese maravilloso sentimiento. Comprendí que todo lo aprendido, lo mejor y más grande de mi, lo sagrado, lo eterno, se lo daría a ella. Dedicaría hasta mi último aliento en hacerla feliz. Dedicaría mis fuerzas, mi pasión, mi alma y mi sabiduría, en ser su amigo, su amante, su alegría. Deseaba quererla, cuidarla, darle todo lo que la vida puede dar. Haría que se sintiese bien conmigo. A salvo, protegida, querida para siempre.

...Para siempre...

...Pero no existe nunca un para siempre, ni nada que dure eternamente. Los sentimientos humanos vienen y van, y la mayoría de las veces desaparecen al poco tiempo sin dejar ningún rastro. Yo había dedicado toda mi vida en tratar de aprender para llegar preparado a este momento, a esta noche perfecta, a esta mujer, y ahora estaba allí, junto a ella. Lo había conseguido.

Me sentí realizado. Sentí que no habría nunca un más allá después que amaneciera. Pensé con tristeza que a partir de esta noche todo sería peor. Había llegado al punto más alto de mi vida. No había nada más, ningún lugar más bello. Miré a mi alrededor. Respiré hondo. La noche era perfecta. Ella era mi paisaje, los cielos y la tierra de mi historia, mi paz y mi alegría. No sabía cómo quererla más.

Recuerdo aquel verano: yo amaba todo de ella. Amaba sus ojos transparentes, la línea delicada de sus labios, sus risas, sus silencios, la frontera final de sus caderas...

Recuerdo aquella noche caliente de verano. Al otro lado de la ventana la calle estaba desierta. Era como si en el mundo sólo existiéramos nosotros dos. No corría una brizna de viento. La gente había abandonado la ciudad y no se oía un ruido. Tan sólo el rítmico respirar de su maravilloso cuerpo.

Yo no podía dormir. Deseaba que aquel instante se prolongara siempre. Pasé mucho tiempo contemplándola. De vez en cuando se movía y con cada cambio de postura de su cuerpo yo descubría un universo nuevo. A veces sonreía entre sus sueños y aunque tenía los ojos cerrados, yo los veía brillar. Era feliz, estaba enamorada. Quizás no como yo. Yo la quería demasiado. La amaba con desesperación, como el que sabe que no existe un futuro, como el que sabe que ya no queda tiempo, como el que sabe que toda buena historia siempre termina mal. La amaba demasiado...

Aquel verano yo era una persona diferente. Ella me hacía ser alguien especial, me hacía ser mejor. Algunas veces me quedaba mirándola y pensaba en que, tarde o temprano, la vida le haría daño, y sólo el hecho de pensarlo me hacía sufrir con una intensidad que no lo soportaba. No podía pensar en otra cosa. Yo la protegería siempre. Hasta mi último aliento me ocuparía de ella. La amaba como un desesperado. Si existe la felicidad debe ser algo parecido a aquello. Vivía para estar junto a ella. Y cada cosa que hacía esa mujer, cada gesto de amor que ella me regalaba, llenaba de dulzura los rincones más lejanos y fríos de mi alma.

...Si; yo amaba sus ojos transparentes, la línea delicada de sus labios, su pelo, su mirada... Yo amaba todo de ella, sus risas, sus silencios, la frontera final de sus caderas...

Yo toqué una vez su alma humana, cuando aún era perfecta, y viví su esperanza, sus sueños, sus anhelos. Yo una vez fui su dios y también su alegría, y paseaba feliz por su piel y sus campos. Yo una vez fui su rey, fui su hogar, y tenía una vida, un quehacer, una historia, con mi propia tarea, con mi propia misión. Era el dueño del viento y la lluvia, era un hombre feliz, porque amaba su nombre, porque amaba sus gestos, porque amaba ese tipo de vida.

Yo una vez olvidé mi pasado, me perdí en su futuro, renuncié a lo que era. Me olvidé de mi historia y traté de vivir para ella, pero nada sirvió, porque no hay perfección que resista al infierno del tiempo, del dolor, de la vida.

...Yo amaba sus ojos transparentes, la línea delicada de sus labios, su pelo, su mirada...

...Ahora, después de tantos años, cuando todo se borra sin remedio por el paso del tiempo, y apenas puedo recordar el tibio calor de sus abrazos, igual que cada primavera, yo construyo en mi alma una casa. Una casa en el campo, rodeada de prados y montañas. Una casa que no va a habitar nadie. Y me refugio allí. Y recuerdo su historia. Lo que vivimos juntos, cuando fuimos felices, y yo amaba sus ojos, y yo amaba sus gestos, y tenía una vida...


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22 Ene 2014

Guerras

Escrito por: Angel Pasos el 22 Ene 2014 - URL Permanente

La bala cruzó el espacio que nos separaba e impactó sobre el pecho. El niño me miró. Todos los cadáveres nos miran igual -recuerdo que pensé-. Llovía.

Era una mañana lluviosa del mes de diciembre. Aún no había llegado mi momento. Crucé el río y lo que vi al otro lado tampoco me gustó. La furcia del poblado seguía con su música de siempre. La misma música, como un lamento. Pero para ella no era ningún lamento. No sabía sentir ni lamentarse. Tanto ser miserable que se arrastra a través de los años hasta que se cumplen los días de su vida.

Yo ya no soportaba nuestras vidas de mierda. Ya no podía más. La mediocridad me mataba. Detestaba lo corriente, lo normal... Lo estúpido de este mundo aburrido, de nuestra sociedad. ¿Donde estaban el hombre y la mujer verdaderos, donde estaba la humanidad? Me aburría. Me aburría hasta enfermar, Todo era tan mediocre y previsible.

Contemplé el agujero que la bala había hecho en la pared. Las salpicaduras de sangre formaban un abanico agradable de ver contra el fondo pintado de blanco. El color de la sangre siempre me había gustado. Esas manchas me recordaron un cuadro que había visto hacía unos años en París.

Miré por la ventana: seguía lloviendo. La vida era una mierda y era el mes de diciembre. El niño tenía doce años y yo lo había matado. El niño secuestrado, el niño utilizado como animal de guerra, el niño que no sería niño nunca más...

Ahora recuerdo el mar, con la espuma, las olas, los reflejos dorados del sol y el olor a salitre. También estaba allí la paz y el silencio de la tarde. El niño tenía entonces cinco años, paseaba por la playa. No había gente. Una ballena deslizaba su lomo rompiendo de un modo apenas perceptible la calma de las aguas. Era la ballena del mar y de la tarde. Él la creaba en su imaginación o tal vez no -ya casi no recuerdo-. Caminó mucho tiempo por la playa vacía, en silencio, tratando de entender.

El problema del niño es que nunca entendió nada, ni sintió nada, ni ganó ni perdió nada, quizás porque no había nada que ganar, quizás porque todo se había perdido mucho antes de empezar.

Años más tarde, el niño comprendió que el amor ya no existe, que el amor es la bala; la bala que alcanza tu pecho y deja una mancha bonita en la pared. Quizás entonces el niño no era un niño, pero aún sabía amar, aunque no conseguía recordar quién le había enseñado.

Y seguía lloviendo. La escalera estaba a oscuras cuando empezaron los gritos. Una mujer se había encontrado con aquel papelón. Crisis. La gente no se para a tratar de entender a los muertos y el niño tenía mal aspecto. La serpiente del tiempo se había comido sus entrañas. Paró la música. Se oyeron otros gritos.

Yo recordé el río de lava incandescente por donde había regresado allí. Las mujeres y todas esas cosas. ¿Y todo para qué? Ahora el niño muerto me recordaba a mí, mi infancia, adolescencia, juventud, y más tarde mi vida. ¡Dios, cómo despreciaba al mundo! Cada cosa que podía crecer era sistemáticamente cortada, arruinada, destruida, por la mediocridad de todos esos seres humanos despreciables.

Se oyó un disparo justo detrás de mí. Salí de aquella casa y atravesé unos campos. se oían voces de otros soldados. Las cargas que había puesto en el depósito de armas hicieron saltar todas aquellas casas por los aires.

La bala debió pasar justo al lado del corazón, pensé un instante después.

Me escondí entre unas cañas, justo al borde del río. La sangre salía del chaleco por los lados. Aunque ya estaba muerto, el niño sonreía. Quizás era la paz, el agua en calma, la ballena del mar y de la tarde. Quizás era que aquel maldito día, a pesar de haber muerto, aún creía ver una especie de luz en su camino. Yo también sonreía, me miraba las manos. Sangre por todas partes. El color de la sangre. Todo era tan aburrido y predecible.


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05 Dic 2013

El tiempo

Escrito por: Angel Pasos el 05 Dic 2013 - URL Permanente

...Pero todo no podía ser tan malo. Ahora recuperaba mi alma un poco cada día. El tiempo lo cura todo. Sólo había que esperar. Recuerdo aquel amor: pasaron cinco años y volví a verla. Yo estaba algo nervioso; creía que no estaba preparado aún para ese encuentro, y sin embargo, cuando nos encontramos, nada más verla comprendí que yo había cambiado, que esa mujer ya no era algo importante para mi.

La vida da muchas vueltas; cuando nos separamos, para ella no existía aún el dolor, ni había sentido nunca la desolación de verse completamente sola. Yo vivía en una completa soledad, la ciencia de las letras me ayudaba. Escribía de noche, luego dormía un rato, y muy temprano, aún antes de que saliera el sol, continuaba escribiendo. Me agarraba a las letras como un moribundo se agarra a la vida.

Cuando estábamos juntos, ella admiraba mi tonta decisión de vivir de una forma imposible. Yo amaba cada gesto suyo. Algunas veces me quedaba mirándola fijamente, durante mucho tiempo, como el que mira una obra de arte. Entonces sentía en lo más hondo de mi corazón que la belleza es algo necesario para la vida. Algo tan necesario como el aire, el amor o la libertad.

Es curioso como se recuerda. Ahora veo una imagen de mí mismo observándola. Estamos en una playa de algún lugar remoto en el norte de España. Tenemos una vida por delante y yo no me canso de mirarla.

Ya entonces, aunque aún seguíamos juntos, yo amaba su recuerdo. Aún antes de conocerla yo había amado su recuerdo durante mucho tiempo, un recuerdo que no era realidad, porque la realidad es siempre más mediocre. La realidad es como la muerte: algo sucio, degenerado y deprimente. Algo que decepciona siempre.

Cuando nos volvimos a ver, después de cinco años, su juventud, su frescura, habían desaparecido. Sus rasgos, antes dulces y suaves, se habían endurecido. El paso del tiempo había dejado dos surcos profundos a ambos lados de su rostro y el brillo de sus ojos casi se había apagado. Ya no era una niña, y aunque aún era hermosa, ya no se parecía en nada a mi recuerdo. Tan sólo cinco años y mi corazón ya no sabía reconocerla. Era como si ya no fuera ella, como si un alma extraña se hubiera apoderado de su cuerpo y lo hubiera cambiado.

El tiempo... Quizás esa es la clave de toda esta tristeza que ahora siento. La gran transformación del tiempo. Ya no reconocía a esa mujer. El tiempo la había transformado y en ella ya no quedaba nada de mis sueños. Ahora recuperaba un poco, mi alma, cada día.


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02 Dic 2013

Vidas

Escrito por: Angel Pasos el 02 Dic 2013 - URL Permanente

En los cuarenta minutos de trayecto en autobús que tarda en llegar a casa, Sara piensa en su historia, la historia de un corazón hecho para la alegría, para la libertad. Sara piensa en su vida, y en cómo ha ido todo hasta el día de hoy.

Tiene frío. Mira a su alrededor. Los cuerpos ateridos, enfundados en ropa, tratando de seguir a pesar de ese frío.

Sara mira y lo único que ve son adormiladas almas detrás de cada mirada. La gente mira al suelo. Parecen muertos.

¿Qué clase de mundo es este?

En los cuarenta minutos que tarda en volver a casa, Sara comprende, igual que le sucede cada día, que aunque aún no tiene treinta años –los cumplirá el año que viene-, ya no tiene esperanza. Nunca se cumplirán sus sueños, nunca será feliz. Su corazón, hecho para la luz y la alegría, nunca será el que fue. Él ya no volverá. Ahora no queda nada. El resto de su vida está de más.

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27 Nov 2013

Lento invierno

Escrito por: Angel Pasos el 27 Nov 2013 - URL Permanente

Tarde de soledad y manos frías, de silencio en la casa, de mirar a la nada.

Lento y desnudo, cansado de este frío y de toda la tensión de vivir bajo el cielo,

recojo mis papeles con cuidado y me meto a llorar bajo la alfombra.

La alfombra vieja y gris del cuarto donde habito.

Respiro lentamente cada paso que doy, y a la puesta de sol me pierdo entre los límites del sueño y de la realidad.

Ayer dormí pegado al cielo y miraba hacia arriba y veía un fuego diferente.

Pensé que en el dolor mi alma había cambiado, pero no.

Cuando me desperté todo seguía igual.

-Necesito calor para seguir luchando-.

La verdad, la mentira, las historias que invento y que me hablan de ti.

Papeles donde escribo canciones que nunca cantarás.

Los años me envenenan. Cada hora que pierdo me aleja de ti de un modo despiadado.

¿Dónde estarás ahora?

Quizás estés a punto de salir de cualquier oficina, o bajes las escaleras del metro de una ciudad que está lejos de aquí.

Quizás estés casada, tengas hijos, una casa en la playa, o recuerdos hermosos donde no existo yo.

El caso es que hace frío. El caso es que te quiero para siempre.

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26 Nov 2013

El anciano

Escrito por: Angel Pasos el 26 Nov 2013 - URL Permanente

Eran las dos de la tarde de un sábado del mes de noviembre. Yo pasaba el tiempo de mi vida hojeando libros de segunda mano. Hacía sol, pero la cara se me estaba quedando helada. A esas horas la calle estaba concurrida. Yo tenía en las manos un hermoso libro de dibujos que no podía pagar, cuando oí un gemido a mi espalda. Me volví.

Era un hombre mayor, quizás de ochenta años. Arrastraba una bolsa pesada. Daba pasos muy cortos. Dos pasos pequeños y después se paraba a intentar respirar.

Muy despacio, como un hombre perdido en un desierto que llega a un pozo de agua, se acercó al dependiente de una caseta.

-Perdone -dijo con un hilo de voz-. ¿compra usted libros? -y con mucho trabajo le acercó la bolsa unos centímetros hasta sus pies.

-No, yo ya no compro libros -le respondió el dependiente-, con esto de la crisis todo el mundo vende libros; estamos saturados.

-Por favor -dijo el viejo-, vengo desde Carabanchel arrastrando esta bolsa. Son buenos libros.

-Pruebe usted en aquella caseta de allí -el hombre señaló al final de la calle.

El anciano miró la calle cuesta arriba y buscó con los ojos el puesto que le indicaba. Miraba como el hombre que busca un horizonte oculto detrás de una cadena de montañas. Respiró hondo y trató de avanzar. Le vi dar cuatro pasos arrastrando la bolsa, y de nuevo se volvió a parar. Luego dos pasos más. Comprendí que estaba exhausto. Parecía que iba a derrumbarse. El anciano, agotado, había conseguido llegar hasta allí, pero ya no podía seguir.

Este es un hombre fuerte, pero hasta los hombres fuertes revientan -pensé-, y me acerqué hasta él.

-Perdone, caballero, ¿me permite que le ayude a llevar sus libros?

El anciano, doblado por el peso de la bolsa, me miró desde abajo. Tenía unos ojos claros, brillantes; unos ojos alegres impropios de su edad. Parecían lagos llenos de agua.

-Muchas gracias -me dijo muy bajito.

Le acompañé muy despacio calle arriba. Me contó que él, hacía muchos años, también fue librero, y que en uno de estos puestos trabajó mucho tiempo.

-Ya ves -me dijo en una de las paradas que hicimos para que tomara aliento-. Toda la vida trabajando, y ahora, a mi edad, tengo que verme así.

Yo le miraba y pensaba en mi padre, que cuando murió debía tener más o menos su edad. No sé muy bien porqué, pero pensé que igual se conocieron -mi padre se pasaba la vida entre estos puestos-. En mi imaginación les vi hablando de libros una mañana cualquiera de invierno. Me imaginé a mi padre, con un par de libros bajo el brazo. Fue como un fogonazo. Sentí un escalofrío.

Pensé que si mi padre viviera podría estar ahora igual que él, pensé en mí mismo el día de mañana, sin futuro, sin dinero, sin familia o amigos. Sin ninguna esperanza ni ayuda, rodeado sólo por mis libros. Pensé en todos nosotros, en nuestra sociedad, en lo que nos habíamos convertido. Sentí una profunda amargura. Ningún anciano debía quedarse solo nunca.

Miré a mi alrededor: la gente seguía con sus vidas ajena a todo esto.

Todo era un sin sentido.

Seguimos caminando calle arriba. Liberado del peso de la bolsa parecía encontrarse algo mejor. El anciano me contó que ahora su casa estaba vacía, que vivía completamente solo, rodeado de un montón de libros viejos que ya no le servían para nada. Pensé en su soledad, pensé en la mía. Pensé en nuestro futuro.

Lo dejé junto a un puesto. Lo último que le oí decir mientras me iba fue:

-Por favor, son buenos libros... Por favor, vengo desde Carabanchel, arrastrando esta bolsa...

Nadie compró sus libros.

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25 Nov 2013

Una lucha cualquiera

Escrito por: Angel Pasos el 25 Nov 2013 - URL Permanente

Cuando tu propia lucha por el conocimiento se convierte en una maldita obsesión, y las caras y los cuerpos ya no te dicen nada, entonces merece la pena detenerse un momento a un lado del camino y tratar de pensar en lo que estás haciendo.

¿Quién quiere comprenderlo todo si para ello hay que pagar el precio de una vida de sufrimiento? ¿No sería mejor olvidarse y tratar de vivir?

He pasado cien años peleando con dragones, conociendo princesas, cabalgando caballos que no querían andar. Y ahora estoy cansado. Ya no me quedan fuerzas. Ya no me queda nada. Ni siquiera un paisaje tranquilo en el que poder descansar.

Llevo dentro de mí todos los fuegos del mundo, las serpientes, los monstruos, las más hondas y oscuras melancolías. Me he perdido mil veces y ninguna -repito, ninguna-, me he sabido encontrar. He visitado cuevas, he matado demonios, he atravesado espacios que nadie visitó jamás -eran espacios mío, creados en mi mente-.

He vivido mil lunas, he soñado mil brumas, he querido quererte como nadie te quiso jamás. Todo esto ¿porqué?

Se me pasa la vida, se me esconde la suerte, se me acerca la muerte y no consigo avanzar.

Pero ahora que lo pienso con algo más de calma, creo que alguna vez fui libre, que alguna vez fui sabio, que un día fui querido, que una noche me amaron, y que un día o una noche, después de mucho tiempo, tú me recordarás.

Fui feliz fugazmente y tú fuiste feliz, y aunque ahora ha pasado, creo que estuvo bien.

No sé porqué lo hago, pero sigo luchando por seguir en la vida, por contar una historia, por dejar lo mejor de mí mismo cuando ya me haya ido, por creer que es posible conseguir lo que quieres, por amar este infierno, por crecer hasta el cielo y al final del camino encontrarme contigo o encontrar mi lugar.

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POLVO SUDOR Y CARDOS

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