02 Abr 2014

Un amor

Escrito por: Angel Pasos el 02 Abr 2014 - URL Permanente

...No sé como llegué hasta ella, pero aquella noche, mientras contemplaba su cuerpo desnudo iluminado por la luz de la luna, sentí que esa mujer era el destino final de todo el largo camino de mi vida.

Aquella noche comprendí que la amaba como nunca antes había amado a nadie. Que todo lo que había hecho desde siempre giraba alrededor de ella y ese maravilloso sentimiento. Comprendí que todo lo aprendido, lo mejor y más grande de mi, lo sagrado, lo eterno, se lo daría a ella. Dedicaría hasta mi último aliento en hacerla feliz. Dedicaría mis fuerzas, mi pasión, mi alma y mi sabiduría, en ser su amigo, su amante, su alegría. Deseaba quererla, cuidarla, darle todo lo que la vida puede dar. Haría que se sintiese bien conmigo. A salvo, protegida, querida para siempre.

...Para siempre...

...Pero no existe nunca un para siempre, ni nada que dure eternamente. Los sentimientos humanos vienen y van, y la mayoría de las veces desaparecen al poco tiempo sin dejar ningún rastro. Yo había dedicado toda mi vida en tratar de aprender para llegar preparado a este momento, a esta noche perfecta, a esta mujer, y ahora estaba allí, junto a ella. Lo había conseguido.

Me sentí realizado. Sentí que no habría nunca un más allá después que amaneciera. Pensé con tristeza que a partir de esta noche todo sería peor. Había llegado al punto más alto de mi vida. No había nada más, ningún lugar más bello. Miré a mi alrededor. Respiré hondo. La noche era perfecta. Ella era mi paisaje, los cielos y la tierra de mi historia, mi paz y mi alegría. No sabía cómo quererla más.

Recuerdo aquel verano: yo amaba todo de ella. Amaba sus ojos transparentes, la línea delicada de sus labios, sus risas, sus silencios, la frontera final de sus caderas...

Recuerdo aquella noche caliente de verano. Al otro lado de la ventana la calle estaba desierta. Era como si en el mundo sólo existiéramos nosotros dos. No corría una brizna de viento. La gente había abandonado la ciudad y no se oía un ruido. Tan sólo el rítmico respirar de su maravilloso cuerpo.

Yo no podía dormir. Deseaba que aquel instante se prolongara siempre. Pasé mucho tiempo contemplándola. De vez en cuando se movía y con cada cambio de postura de su cuerpo yo descubría un universo nuevo. A veces sonreía entre sus sueños y aunque tenía los ojos cerrados, yo los veía brillar. Era feliz, estaba enamorada. Quizás no como yo. Yo la quería demasiado. La amaba con desesperación, como el que sabe que no existe un futuro, como el que sabe que ya no queda tiempo, como el que sabe que toda buena historia siempre termina mal. La amaba demasiado...

Aquel verano yo era una persona diferente. Ella me hacía ser alguien especial, me hacía ser mejor. Algunas veces me quedaba mirándola y pensaba en que, tarde o temprano, la vida le haría daño, y sólo el hecho de pensarlo me hacía sufrir con una intensidad que no lo soportaba. No podía pensar en otra cosa. Yo la protegería siempre. Hasta mi último aliento me ocuparía de ella. La amaba como un desesperado. Si existe la felicidad debe ser algo parecido a aquello. Vivía para estar junto a ella. Y cada cosa que hacía esa mujer, cada gesto de amor que ella me regalaba, llenaba de dulzura los rincones más lejanos y fríos de mi alma.

...Si; yo amaba sus ojos transparentes, la línea delicada de sus labios, su pelo, su mirada... Yo amaba todo de ella, sus risas, sus silencios, la frontera final de sus caderas...

Yo toqué una vez su alma humana, cuando aún era perfecta, y viví su esperanza, sus sueños, sus anhelos. Yo una vez fui su dios y también su alegría, y paseaba feliz por su piel y sus campos. Yo una vez fui su rey, fui su hogar, y tenía una vida, un quehacer, una historia, con mi propia tarea, con mi propia misión. Era el dueño del viento y la lluvia, era un hombre feliz, porque amaba su nombre, porque amaba sus gestos, porque amaba ese tipo de vida.

Yo una vez olvidé mi pasado, me perdí en su futuro, renuncié a lo que era. Me olvidé de mi historia y traté de vivir para ella, pero nada sirvió, porque no hay perfección que resista al infierno del tiempo, del dolor, de la vida.

...Yo amaba sus ojos transparentes, la línea delicada de sus labios, su pelo, su mirada...

...Ahora, después de tantos años, cuando todo se borra sin remedio por el paso del tiempo, y apenas puedo recordar el tibio calor de sus abrazos, igual que cada primavera, yo construyo en mi alma una casa. Una casa en el campo, rodeada de prados y montañas. Una casa que no va a habitar nadie. Y me refugio allí. Y recuerdo su historia. Lo que vivimos juntos, cuando fuimos felices, y yo amaba sus ojos, y yo amaba sus gestos, y tenía una vida...


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22 Ene 2014

Guerras

Escrito por: Angel Pasos el 22 Ene 2014 - URL Permanente

La bala cruzó el espacio que nos separaba e impactó sobre el pecho. El niño me miró. Todos los cadáveres nos miran igual -recuerdo que pensé-. Llovía.

Era una mañana lluviosa del mes de diciembre. Aún no había llegado mi momento. Crucé el río y lo que vi al otro lado tampoco me gustó. La furcia del poblado seguía con su música de siempre. La misma música, como un lamento. Pero para ella no era ningún lamento. No sabía sentir ni lamentarse. Tanto ser miserable que se arrastra a través de los años hasta que se cumplen los días de su vida.

Yo ya no soportaba nuestras vidas de mierda. Ya no podía más. La mediocridad me mataba. Detestaba lo corriente, lo normal... Lo estúpido de este mundo aburrido, de nuestra sociedad. ¿Donde estaban el hombre y la mujer verdaderos, donde estaba la humanidad? Me aburría. Me aburría hasta enfermar, Todo era tan mediocre y previsible.

Contemplé el agujero que la bala había hecho en la pared. Las salpicaduras de sangre formaban un abanico agradable de ver contra el fondo pintado de blanco. El color de la sangre siempre me había gustado. Esas manchas me recordaron un cuadro que había visto hacía unos años en París.

Miré por la ventana: seguía lloviendo. La vida era una mierda y era el mes de diciembre. El niño tenía doce años y yo lo había matado. El niño secuestrado, el niño utilizado como animal de guerra, el niño que no sería niño nunca más...

Ahora recuerdo el mar, con la espuma, las olas, los reflejos dorados del sol y el olor a salitre. También estaba allí la paz y el silencio de la tarde. El niño tenía entonces cinco años, paseaba por la playa. No había gente. Una ballena deslizaba su lomo rompiendo de un modo apenas perceptible la calma de las aguas. Era la ballena del mar y de la tarde. Él la creaba en su imaginación o tal vez no -ya casi no recuerdo-. Caminó mucho tiempo por la playa vacía, en silencio, tratando de entender.

El problema del niño es que nunca entendió nada, ni sintió nada, ni ganó ni perdió nada, quizás porque no había nada que ganar, quizás porque todo se había perdido mucho antes de empezar.

Años más tarde, el niño comprendió que el amor ya no existe, que el amor es la bala; la bala que alcanza tu pecho y deja una mancha bonita en la pared. Quizás entonces el niño no era un niño, pero aún sabía amar, aunque no conseguía recordar quién le había enseñado.

Y seguía lloviendo. La escalera estaba a oscuras cuando empezaron los gritos. Una mujer se había encontrado con aquel papelón. Crisis. La gente no se para a tratar de entender a los muertos y el niño tenía mal aspecto. La serpiente del tiempo se había comido sus entrañas. Paró la música. Se oyeron otros gritos.

Yo recordé el río de lava incandescente por donde había regresado allí. Las mujeres y todas esas cosas. ¿Y todo para qué? Ahora el niño muerto me recordaba a mí, mi infancia, adolescencia, juventud, y más tarde mi vida. ¡Dios, cómo despreciaba al mundo! Cada cosa que podía crecer era sistemáticamente cortada, arruinada, destruida, por la mediocridad de todos esos seres humanos despreciables.

Se oyó un disparo justo detrás de mí. Salí de aquella casa y atravesé unos campos. se oían voces de otros soldados. Las cargas que había puesto en el depósito de armas hicieron saltar todas aquellas casas por los aires.

La bala debió pasar justo al lado del corazón, pensé un instante después.

Me escondí entre unas cañas, justo al borde del río. La sangre salía del chaleco por los lados. Aunque ya estaba muerto, el niño sonreía. Quizás era la paz, el agua en calma, la ballena del mar y de la tarde. Quizás era que aquel maldito día, a pesar de haber muerto, aún creía ver una especie de luz en su camino. Yo también sonreía, me miraba las manos. Sangre por todas partes. El color de la sangre. Todo era tan aburrido y predecible.


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05 Dic 2013

El tiempo

Escrito por: Angel Pasos el 05 Dic 2013 - URL Permanente

...Pero todo no podía ser tan malo. Ahora recuperaba mi alma un poco cada día. El tiempo lo cura todo. Sólo había que esperar. Recuerdo aquel amor: pasaron cinco años y volví a verla. Yo estaba algo nervioso; creía que no estaba preparado aún para ese encuentro, y sin embargo, cuando nos encontramos, nada más verla comprendí que yo había cambiado, que esa mujer ya no era algo importante para mi.

La vida da muchas vueltas; cuando nos separamos, para ella no existía aún el dolor, ni había sentido nunca la desolación de verse completamente sola. Yo vivía en una completa soledad, la ciencia de las letras me ayudaba. Escribía de noche, luego dormía un rato, y muy temprano, aún antes de que saliera el sol, continuaba escribiendo. Me agarraba a las letras como un moribundo se agarra a la vida.

Cuando estábamos juntos, ella admiraba mi tonta decisión de vivir de una forma imposible. Yo amaba cada gesto suyo. Algunas veces me quedaba mirándola fijamente, durante mucho tiempo, como el que mira una obra de arte. Entonces sentía en lo más hondo de mi corazón que la belleza es algo necesario para la vida. Algo tan necesario como el aire, el amor o la libertad.

Es curioso como se recuerda. Ahora veo una imagen de mí mismo observándola. Estamos en una playa de algún lugar remoto en el norte de España. Tenemos una vida por delante y yo no me canso de mirarla.

Ya entonces, aunque aún seguíamos juntos, yo amaba su recuerdo. Aún antes de conocerla yo había amado su recuerdo durante mucho tiempo, un recuerdo que no era realidad, porque la realidad es siempre más mediocre. La realidad es como la muerte: algo sucio, degenerado y deprimente. Algo que decepciona siempre.

Cuando nos volvimos a ver, después de cinco años, su juventud, su frescura, habían desaparecido. Sus rasgos, antes dulces y suaves, se habían endurecido. El paso del tiempo había dejado dos surcos profundos a ambos lados de su rostro y el brillo de sus ojos casi se había apagado. Ya no era una niña, y aunque aún era hermosa, ya no se parecía en nada a mi recuerdo. Tan sólo cinco años y mi corazón ya no sabía reconocerla. Era como si ya no fuera ella, como si un alma extraña se hubiera apoderado de su cuerpo y lo hubiera cambiado.

El tiempo... Quizás esa es la clave de toda esta tristeza que ahora siento. La gran transformación del tiempo. Ya no reconocía a esa mujer. El tiempo la había transformado y en ella ya no quedaba nada de mis sueños. Ahora recuperaba un poco, mi alma, cada día.


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02 Dic 2013

Vidas

Escrito por: Angel Pasos el 02 Dic 2013 - URL Permanente

En los cuarenta minutos de trayecto en autobús que tarda en llegar a casa, Sara piensa en su historia, la historia de un corazón hecho para la alegría, para la libertad. Sara piensa en su vida, y en cómo ha ido todo hasta el día de hoy.

Tiene frío. Mira a su alrededor. Los cuerpos ateridos, enfundados en ropa, tratando de seguir a pesar de ese frío.

Sara mira y lo único que ve son adormiladas almas detrás de cada mirada. La gente mira al suelo. Parecen muertos.

¿Qué clase de mundo es este?

En los cuarenta minutos que tarda en volver a casa, Sara comprende, igual que le sucede cada día, que aunque aún no tiene treinta años –los cumplirá el año que viene-, ya no tiene esperanza. Nunca se cumplirán sus sueños, nunca será feliz. Su corazón, hecho para la luz y la alegría, nunca será el que fue. Él ya no volverá. Ahora no queda nada. El resto de su vida está de más.

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27 Nov 2013

Lento invierno

Escrito por: Angel Pasos el 27 Nov 2013 - URL Permanente

Tarde de soledad y manos frías, de silencio en la casa, de mirar a la nada.

Lento y desnudo, cansado de este frío y de toda la tensión de vivir bajo el cielo,

recojo mis papeles con cuidado y me meto a llorar bajo la alfombra.

La alfombra vieja y gris del cuarto donde habito.

Respiro lentamente cada paso que doy, y a la puesta de sol me pierdo entre los límites del sueño y de la realidad.

Ayer dormí pegado al cielo y miraba hacia arriba y veía un fuego diferente.

Pensé que en el dolor mi alma había cambiado, pero no.

Cuando me desperté todo seguía igual.

-Necesito calor para seguir luchando-.

La verdad, la mentira, las historias que invento y que me hablan de ti.

Papeles donde escribo canciones que nunca cantarás.

Los años me envenenan. Cada hora que pierdo me aleja de ti de un modo despiadado.

¿Dónde estarás ahora?

Quizás estés a punto de salir de cualquier oficina, o bajes las escaleras del metro de una ciudad que está lejos de aquí.

Quizás estés casada, tengas hijos, una casa en la playa, o recuerdos hermosos donde no existo yo.

El caso es que hace frío. El caso es que te quiero para siempre.

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26 Nov 2013

El anciano

Escrito por: Angel Pasos el 26 Nov 2013 - URL Permanente

Eran las dos de la tarde de un sábado del mes de noviembre. Yo pasaba el tiempo de mi vida hojeando libros de segunda mano. Hacía sol, pero la cara se me estaba quedando helada. A esas horas la calle estaba concurrida. Yo tenía en las manos un hermoso libro de dibujos que no podía pagar, cuando oí un gemido a mi espalda. Me volví.

Era un hombre mayor, quizás de ochenta años. Arrastraba una bolsa pesada. Daba pasos muy cortos. Dos pasos pequeños y después se paraba a intentar respirar.

Muy despacio, como un hombre perdido en un desierto que llega a un pozo de agua, se acercó al dependiente de una caseta.

-Perdone -dijo con un hilo de voz-. ¿compra usted libros? -y con mucho trabajo le acercó la bolsa unos centímetros hasta sus pies.

-No, yo ya no compro libros -le respondió el dependiente-, con esto de la crisis todo el mundo vende libros; estamos saturados.

-Por favor -dijo el viejo-, vengo desde Carabanchel arrastrando esta bolsa. Son buenos libros.

-Pruebe usted en aquella caseta de allí -el hombre señaló al final de la calle.

El anciano miró la calle cuesta arriba y buscó con los ojos el puesto que le indicaba. Miraba como el hombre que busca un horizonte oculto detrás de una cadena de montañas. Respiró hondo y trató de avanzar. Le vi dar cuatro pasos arrastrando la bolsa, y de nuevo se volvió a parar. Luego dos pasos más. Comprendí que estaba exhausto. Parecía que iba a derrumbarse. El anciano, agotado, había conseguido llegar hasta allí, pero ya no podía seguir.

Este es un hombre fuerte, pero hasta los hombres fuertes revientan -pensé-, y me acerqué hasta él.

-Perdone, caballero, ¿me permite que le ayude a llevar sus libros?

El anciano, doblado por el peso de la bolsa, me miró desde abajo. Tenía unos ojos claros, brillantes; unos ojos alegres impropios de su edad. Parecían lagos llenos de agua.

-Muchas gracias -me dijo muy bajito.

Le acompañé muy despacio calle arriba. Me contó que él, hacía muchos años, también fue librero, y que en uno de estos puestos trabajó mucho tiempo.

-Ya ves -me dijo en una de las paradas que hicimos para que tomara aliento-. Toda la vida trabajando, y ahora, a mi edad, tengo que verme así.

Yo le miraba y pensaba en mi padre, que cuando murió debía tener más o menos su edad. No sé muy bien porqué, pero pensé que igual se conocieron -mi padre se pasaba la vida entre estos puestos-. En mi imaginación les vi hablando de libros una mañana cualquiera de invierno. Me imaginé a mi padre, con un par de libros bajo el brazo. Fue como un fogonazo. Sentí un escalofrío.

Pensé que si mi padre viviera podría estar ahora igual que él, pensé en mí mismo el día de mañana, sin futuro, sin dinero, sin familia o amigos. Sin ninguna esperanza ni ayuda, rodeado sólo por mis libros. Pensé en todos nosotros, en nuestra sociedad, en lo que nos habíamos convertido. Sentí una profunda amargura. Ningún anciano debía quedarse solo nunca.

Miré a mi alrededor: la gente seguía con sus vidas ajena a todo esto.

Todo era un sin sentido.

Seguimos caminando calle arriba. Liberado del peso de la bolsa parecía encontrarse algo mejor. El anciano me contó que ahora su casa estaba vacía, que vivía completamente solo, rodeado de un montón de libros viejos que ya no le servían para nada. Pensé en su soledad, pensé en la mía. Pensé en nuestro futuro.

Lo dejé junto a un puesto. Lo último que le oí decir mientras me iba fue:

-Por favor, son buenos libros... Por favor, vengo desde Carabanchel, arrastrando esta bolsa...

Nadie compró sus libros.

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25 Nov 2013

Una lucha cualquiera

Escrito por: Angel Pasos el 25 Nov 2013 - URL Permanente

Cuando tu propia lucha por el conocimiento se convierte en una maldita obsesión, y las caras y los cuerpos ya no te dicen nada, entonces merece la pena detenerse un momento a un lado del camino y tratar de pensar en lo que estás haciendo.

¿Quién quiere comprenderlo todo si para ello hay que pagar el precio de una vida de sufrimiento? ¿No sería mejor olvidarse y tratar de vivir?

He pasado cien años peleando con dragones, conociendo princesas, cabalgando caballos que no querían andar. Y ahora estoy cansado. Ya no me quedan fuerzas. Ya no me queda nada. Ni siquiera un paisaje tranquilo en el que poder descansar.

Llevo dentro de mí todos los fuegos del mundo, las serpientes, los monstruos, las más hondas y oscuras melancolías. Me he perdido mil veces y ninguna -repito, ninguna-, me he sabido encontrar. He visitado cuevas, he matado demonios, he atravesado espacios que nadie visitó jamás -eran espacios mío, creados en mi mente-.

He vivido mil lunas, he soñado mil brumas, he querido quererte como nadie te quiso jamás. Todo esto ¿porqué?

Se me pasa la vida, se me esconde la suerte, se me acerca la muerte y no consigo avanzar.

Pero ahora que lo pienso con algo más de calma, creo que alguna vez fui libre, que alguna vez fui sabio, que un día fui querido, que una noche me amaron, y que un día o una noche, después de mucho tiempo, tú me recordarás.

Fui feliz fugazmente y tú fuiste feliz, y aunque ahora ha pasado, creo que estuvo bien.

No sé porqué lo hago, pero sigo luchando por seguir en la vida, por contar una historia, por dejar lo mejor de mí mismo cuando ya me haya ido, por creer que es posible conseguir lo que quieres, por amar este infierno, por crecer hasta el cielo y al final del camino encontrarme contigo o encontrar mi lugar.

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22 Nov 2013

Contigo y sin tí

Escrito por: Angel Pasos el 22 Nov 2013 - URL Permanente

En casa, por la noche, rodeado de silencio, me preparo despacio para atravesar otro invierno. A mi alrededor, cargados de sombras y recuerdos, se despliegan los lápices, las hojas, los libros, los cuadernos... Y sin embargo fuera aún luce un poco el sol. Hay una vida amable que aún no ha terminado. El futuro es incierto. Nunca antes he vivido tan cerca del abismo. Un abismo tan hondo, tan nuevo y diferente.

Quizás todo este peso no es más que este silencio que viene a recibirme aquí en mi casa. He dormido muy mal; he soñado que me iba a algún lugar helado y nunca regresaba. Mi alma y mi esperanza se perdían definitivamente en los bosques de nieve, entre hojas y lluvia, en una tierra extraña, mientras yo trataba en vano, desesperadamente, de esquivar mi destino.

Afuera hace frío, aunque aún, si lo intentas, se puede dormir en las aceras. La ciudad es la misma, apenas se diferencia nada. Ayer y antes de ayer son sólo dos recuerdos de esta nueva falta de luz que nos acecha, pero la tarde sigue y con ella la vida. Cada muerto a su tumba, cada hombre a su historia. Cada uno de nosotros hundiéndonos en un naufragio propio, personal.

Quizás es que es de noche y hace demasiado frío.

Miro a mi alrededor, no hay nada. A través de las paredes las voces de dolor llegan a golpes. Nunca conseguiremos salir de este destierro. Hacernos una jaula a la medida. No hay un tú y yo, no hay un nosotros, sólo queda la lucha. El dolor del que intenta un retorno hacia la cálida luz que se ha extinguido.

Pero bueno, amor mío; romántico amor de esta noche de invierno, donde no queda luz, donde todo se apaga. No vamos a amargarnos. Cada cosa a su sitio, cada pez a su río, y la muerte a la muerte, y la vida a la vida. Se acabaron las luchas, las guerras, las palabras bonitas. Se acabaron las noches, las locas esperanzas, las estrellas tardías que se caen en los pozos vacíos -me paro al borde del abismo-. Cuando llegues a casa, acuérdate de mí y busca entre mis palabras lo mejor que yo he sido.

He pasado a tu lado, te he amado. Entre la noche y el tiempo te he amado. Y bendigo mi suerte -te he amado-, y aunque tú ya no estés, el silencio que trae cada noche lo paso contigo.

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20 Nov 2013

Ese amor imposible

Escrito por: Angel Pasos el 20 Nov 2013 - URL Permanente

En mitad de la noche me despierto y contemplo tu espalda a la luz de la luna. Es verano, acaricio tus hombros, allí donde se queda a reposar la luz que entra por la ventana. Hace mucho calor y sin embargo, tu cuerpo es un instante en calma donde todo el horror de este mundo queda definitivamente atrás.

Se abre paso la noche cuajada de curvas, y en las líneas perfectas de tu cuerpo, se me llena la mente de luces y me adentro en tus sombras, que parecen caminos de estrellas en medio del mar. Te acaricio un instante -susurros que se hunden en el sueño-. La noche se extiende por la cama. Con los ojos cerrados, sonríes.

No sé cómo puedo quererte tanto.

Pasan las horas y es como si esta noche se hubiera detenido para siempre en un punto especial. Un silencio absoluto llena la habitación.

Este ahora es el lugar de encuentro de todas las felicidades. Me refugio en tus labios un momento, luego sigo despacio mi camino en tu piel, cuerpo abajo.

Tú murmuras, te encoges, sonríes, y haces que el misterio del mundo y la vida se me llene de historias profundas. Cada cosa que sé, cada cosa aprendida no sirve de nada ante esto que siento.

Te quiero.

Es extraño el amor. Ese amor que ya apenas existe en esta parte del mundo donde no hay campos de agua, donde el suelo es carbón, y resulta difícil esperar a que crezca una flor, o siquiera que un mínimo, pequeño, diminuto, corazón, consiga latir entre las piedras.

Te abrazo fuerte. Sé que voy a perderte, porque no hay nada que dure para siempre.

Es extraño el amor –tú suspiras-; sentir que cada amor recuerda a ese otro gran amor que nunca has conocido, -el amor más intenso siempre está por venir-, ese otro gran amor que siempre llega tarde, y es más lejano y hondo, y sabe siempre a sal y trae olor a lluvia y a noche de tormenta, y aturde y confunde los sentidos.

Duele tanto ese amor cuajado de colinas, de curvas en tu cuerpo, de besos en silencio. Duele tanto saber que llegará un mal día en el que, irremediablemente, al fin se perderá cada detalle, lo que fuimos entonces, lo que somos ahora, lo que amamos el uno del otro.

Es extraño sentir ese amor imposible que se queda a dormir junto a mí.

Pero eso, ahora da igual, en mitad de la noche, me despierto y contemplo tu espalda, acaricio tus hombros, te beso, y me pierdo en tu cuerpo desnudo, y me olvido de mí para amarte.

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19 Nov 2013

Quizás una carta de amor

Escrito por: Angel Pasos el 19 Nov 2013 - URL Permanente

Yo no sé escribir cartas de amor. Un día, después de todo aquello, yo supe que estaríamos juntos, que pasaríamos juntos largas jornadas, noches que se prologarían de un modo indescriptible en nuestras vidas. Supe que había otras mareas esperando, otras noches de amor en las que comenzar viajes, noches en las que partes de un puerto conocido, junto a otro ser humano, con esa sensación extraña del que se va de un lugar para siempre y deja atrás una vida cargada de recuerdos. Porque en el corazón del hombre siempre hay un pequeño espacio reservado para esos despertares, para ese amanecer a los sentidos y a la alegría inmensa que produce sentir que comienza una historia nueva, aunque todo parezca perdido y no quede ni un gramo de esperanza. Siempre sucede así: eso es algo que escapa al intelecto. ¿Por qué sucede esto? Tal vez es un instinto o una forma vital, profunda, de un aspecto cualquiera de la supervivencia. Eso es irrelevante, siempre sucede así, va en nuestra esencia.

Yo no sé escribir cartas de amor, pero sé que cada uno en su interior posee una tierra. La tierra en la que habita y que da nombre a toda su existencia. La tierra puede ser cualquier cosa: una mujer, una casa, un lugar… Y esa tierra es la que define el espacio de su felicidad o todo lo contrario; el sitio de su infelicidad y su amargura. Aquel día comprendí que hasta que apareciste yo nunca había tenido una tierra propia, un mundo privado y sólo mío. Aquel día comprendí que yo había sido un vagabundo, pero que te quería, que tú podías ser ese lugar final, el territorio exacto de aquella nueva tierra. Miré a mi alrededor, miré mi historia, y vi que era extraño sentir de esa manera.

Cuando te conocí yo era un hombre callado que no quería ganar batallas, ni conquistar países, ni dirigir ejércitos, ni sacudir conciencias, pero quería vivir, y había comprendido que el hombre que es querido no muere nunca. Entonces yo había visto muchas cosas, había visto demasiado, y no quería ver más. Sólo quería permanecer en ti, estar en ti, y entregarte mi alma. Sin fronteras ni límites, sin temores ni luchas, sin fantasmas, ni miedos; porque ya había bastante sufrimiento llenando los paisajes cada día, y quería escapar a todo ese dolor humano, a todo ese dolor que es demasiado humano y no sabe de encuentros, ni de vida.

Cuando te conocí yo estaba en el lugar exacto donde todo acababa, las historias de amor, las luchas y la vida. Y tú, sin proponértelo, llenaste ese vacío.

¿Sabes? Yo no sé escribir cartas de amor, siempre se me dio mal. En las cartas de amor sólo pongo palabras, palabras que no me dicen nada, pero ahora, en este instante, sé que no hay vuelta atrás porque cada paso que doy me lleva a ti, Al centro de tu vida.

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