17 Abr 2013
Lo difícil
Lo difícil no es que lo quieran a uno. Ni siquiera que lo amen, o que mueran por tí durante un tiempo.
Lo difícil es querer a una mujer como ella se merece y desea que la quieran.
Los hombres tardamos mucho en aprender. Nuestra naturaleza de hombres nos limita. Tardamos años, demasiados años en aprender lo más básico del arte de amar a una mujer. Quizás nunca llegamos a aprender del todo. A ser lo suficientemente sabios.
Es la tarea inmensa de una vida. Quizás la empresa más grande a la que un hombre se puede entregar. El resultado suele ser que uno, al final, aprende algo, pero resulta que, cuando ha aprendido, ya es demasiado tarde. De nada sirve lamentarse por eso. Uno tiene que aceptar todo lo que ha dejado atrás. Mujeres diferentes, cada una excepcional a su manera. Mujeres a las que, con el tiempo, llegará a amar como es debido. Aunque quizás ya sea demasiado tarde y sólo pueda compartir con ellas su amor en algún sueño.
10 Abr 2013
En el camino
Ante la posibilidad real de perderlo todo aprendí a apreciar el valor de las cosas pequeñas. Todo lo que antes pasaba desapercibido, los detalles, las cosas que había tenido desde siempre, venían ahora a mí con una fuerza intensa que me hacía feliz.
En casa, me metía en la ducha, y de pronto me maravillaba de poder sentir en mi piel el calor de ese agua caliente, y le daba gracias a Dios, al universo, a la madre naturaleza, porque a esas alturas de mi vida yo ya no tenía claro a quien debía agradecer las cosas buenas que aún me sucedían.
Daba gracias a Dios porque tenía un calefactor que funcionaba, una ducha caliente, una cama, un poco de comida... Disfrutaba del agua como si esa fuera a ser la última ducha caliente de mi vida.
Y así sucedía con todo. Si un día estaba enfermo, solo y perdido bajo un montón de mantas, en mi cama, le daba gracias al universo porque no me encontraba peor, porque aguantaba el tipo, y pensaba en el calor del sol, y en los siguientes veranos de mi vida, cuando podría volver a tumbarme en la hierba de algún prado, y esperaba el momento de volver a sentir aquello. Trataba de vivir con esperanza, sin desesperación.
Si comía caliente, le daba gracias a Dios por mi comida, por el pequeño radiador con el que calentaba el cuarto en el que escribía, por los momentos de paz, cuando mi espíritu se encontraba conmigo, en el silencio de alguna noche en vela, mientras leía o pasaba mi tiempo dibujando.
Poco a poco me fui transformando en alguien distinto. Sentía la magia del vivir. Estaba vivo y sentía como en lo más profundo de mi ser crecía una paz diferente, un estado de comprensión, de calma, que volaba muy alto, sobre la decepción y el miedo de este mundo perdido.
Era libre y feliz.Y aunque aún no comprendía bien a los seres humanos, comprendía a los perros. Podía leer sus emociones en cada gesto que hacían. Sentir lo que sentían, entrar en su interior. Tal vez en un futuro sería lo mismo con los seres humanos. Un deseo, un temor. Esas dos emociones movían el mundo.
Aprendí a reconocer los procesos del cambio. Todo es transformación, viaje, destino, comprensión. Miraba en mi interior y yo ya no era el mismo. Apenas había comenzado mi viaje pero aún así había sufrido una gran transformación. Algo me iba creciendo dentro. Dejé todo lo que me ataba atrás, los miedos, los anhelos, mi yo y todo aquello que había intentado hacer mío. Volaba muy alto cada día. ¿Adónde me llevaba este viaje? No importaba el final, importaba el camino.
07 Mar 2013
Gestos de amor
Tengo libros, amor, camas vacías
una herida que sangra con las estrellas.
En mis sueños el cielo se me desploma
y se pierde entre el polvo de los caminos.
Tengo la fuerza ardiente de mi memoria
y el imperio animal de mis sentidos.
Puedo atacar molinos y conquistar castillos
aunque apenas me queda ya
una esperanza más en mi nevera
ni pañuelos de adiós en mi cartera.
No pertenezco a nadie, no tengo casa
pero no importa.
En tus brazos he sido
casi perfecto
En tus huecos he amado cada canción
cada gesto de amor
cada detalle.
Ciego, chorreando vida
por cada poro
atravieso el espacio
de tus abrazos
Pez que no vuela al cielo
catedral de catástrofe
gato de fuego
me entretengo pensando
en lo que he vivido.
Y doy gracias al cielo
por cada día.
28 Feb 2013
La eternidad
...Es invierno: nieva sobre la ciudad. La eternidad se posa sobre los libros de mi habitación y percibo la esencia del mundo, y en mi mente recorro un sendero que me lleva hacia el sur.
Y a pesar de las luchas perdidas, y aunque el mundo es oscuro y el invierno es muy largo, no me dejo arrastrar por el frío, y me siento tranquilo porque al fin he aprendido el misterio final del vivir.
Y en mi mundo en silencio contemplo las formas como mueren los seres humanos, sus batallas, sus miedos. Sus anhelos, sus gestos... Su desastre vital.
Y regreso a mis libros tranquilo, a mi mundo, a mi vida, y en mi alma recorro los cielos que he visto, cuajados de estrellas; los lugares que he amado y buscado, la gente, los ríos, la nieve; el vivir en mis sueños, el hacerlos, al fin, realidad.
Y recuerdo tus ojos, tus manos, tus caricias, tu cuerpo, la belleza de cada momento, lo que siento por ti. Y se duermen en mi alma las cosas y un “te quiero” atraviesa mi cielo y comprendo que he sido feliz.
No me puedo quejar de mi vida, no me puedo quejar de mi suerte, y da igual lo que venga después. He amado, he soñado, he vivido. He llorado, he buscado, he sentido, y también he tenido lo que todos los hombres un día soñaron tener.
... Es invierno: nieva sobre la ciudad y yo escucho en los copos de nieve que caen la música que vibra en el alma de todas las cosas, la belleza perfecta que late en cada mínimo gesto de esta naturaleza extraña que lo llena todo de magia y de misterio y nos arrastra consigo camino de algún lugar donde no existe el tiempo, las dudas o el dolor. Un lugar donde al fin el círculo de la existencia se completa y se cierra, y el alma encuentra el hogar y la paz que ha anhelado siempre.
11 Feb 2013
Perdidos
Es muy temprano y en el horizonte de este paisaje de autopistas repletas de coches comienza a amanecer.
Regreso a casa cargado de recuerdos y no sé bien porqué este cielo que empieza a iluminarse me trae un mensaje de vida y de esperanza. Sonrío mientras a mi alrededor se desata la lucha cotidiana por la supervivencia. Observo las caras y los gestos de los que me rodean. La gente no es feliz.
Y yo floto en mi mundo en el que se ha parado el tiempo y me instalo en un presente interminable donde aún consigo respirar. Y te recuerdo.
Estos últimos días me has querido de un modo diferente: más hondo, profundo y especial. Cada día que pasa es una gran victoria. Te pienso y te recuerdo; te siento, y en mi imaginación sonríes y me abrazas mientras duermes, y tu cuerpo se llena de ese calor solar que trae el día. Tú le das a mi alma lo que más necesito.
Soy un hombre con suerte. Te tengo junto a mi en cada batalla.
Y el tiempo se me escapa de las manos mientras descendemos por laderas heladas y la noche nos llena los párpados de sueño y un ave gigantesca pasa volando cerca, tan cerca que oímos sus alas apoyarse en el viento, y nos deja un mensaje de esperanza escrito en la puesta de sol y tú murmuras en mi oído: “vivir por encima de todo”. Y yo me asombro ante este renacer que vivo a cada instante, contigo, cada día.
El bosque está terriblemente oscuro. El viento hace crujir los troncos de los árboles. Cada hora que pasa hace más frío. Y sin embargo tú y yo caminamos juntos, cogidos de la mano, sin pensar en que no hay ya vuelta atrás. Hemos cruzado ríos, hemos dejado atrás las montañas sin nombre que un día quisimos conquistar, y estamos en ninguna parte, perdidos como siempre, camino de algún lugar desconocido. Pero seguimos juntos.
Me miras y sonríes. Seguimos caminando valle abajo. En un claro del bosque el cielo se ha llenado de estrellas de repente. Miramos hacia arriba. El viento se ha parado. El bosque está en silencio. Te miro y te sonrío. No hay forma de decirte lo que siento.
15 Ene 2013
La Vida
Aquellos años la vida era todo aquello: despertarme a tu lado y ver como me mirabas, con los ojos brillantes de amor, y moverme contigo entre nubes y nieblas y sueños.
El tiempo pasaba rápido y yo no parecía vivir entre los hombres. Ajeno al mundo, a base de buscar, me había convertido en alguien diferente. Vivía en un presente extraño, que no acababa nunca, y cada latido de mi corazón era algo que siempre me sorprendía. Curaba mis heridas muy despacio. Nunca pensé que un hombre necesitara tanto tiempo para curar las heridas de esa clase de esclavitud que forman las vivencias del pasado. Nunca pensé que un hombre necesitara tanto tiempo para alcanzar su estilo personal de libertad.
“El valor no se puede comprar”, me dijo una vez un hombre que había perdido su camino. Tenía razón. Ahora, después de mucho tiempo, por fin había comprendido en toda su profundidad el secreto final de esas palabras. El valor se hace muy despacio, a base de pequeños gestos cotidianos. Se le dice que no al que te oprime, se le dice que no al que te ata, se le dice que no a algunas reglas esenciales que forman la alambrada del campo de concentración que es nuestra sociedad. Se le dice que no a lo que más amas y sin embargo te aparta de la vida, y se le deja ir, y no se mira atrás -quizás lo más difícil es este no mirar atrás-, y luego uno, tranquilo, paga el precio de todo. Porque todo tiene su precio en esta vida y la sabiduría y la libertad se pagan muchas veces con espacios de tiempo desiertos de frío y soledad.
Cada mañana abría los ojos a la vida y pensaba: aún sigo aquí, y sigo bien, y puedo continuar un día más en el camino, y eso era todo lo que necesitaba. Y acudía a mi cita con la vida con la ansiedad con la que un enamorado acude a la cita con su amada. Porque yo, a pesar de mi estado perenne de tristeza, a pesar del desgaste, y de todos los años transcurridos, amaba por encima de todas las cosas a la vida. Vivir era mi obligación, mi anhelo, mi destino. Vivir por encima de todo; por encima de la maldad, de la mediocridad, de la desolación, la rutina y el tedio.
Todo el mundo debiera comprender lo que quiero decir con esto. Quiero decir que la vida es el juego en el que uno se juega lo mejor, lo único que uno posee y lo más vital: la propia vida.
25 Dic 2012
Un cuento de Navidad
Después de pasar doscientos días perdido en el banco de arena de la isla del viento, decidí regresar a ese pueblo. Mientras caminaba por sus calles empedradas mis sentidos se emborrachaban con los olores que llenaban el ambiente. Los sonidos, las voces... Era la civilización. El hombre no está hecho para estar solo, pensé, y respiré hondo.
Un brazo de mar se adentraba en la costa hasta estrecharse y formar un pequeño puerto pesquero, protegido del viento, rodeado de casas blancas y murallas de piedra, ennegrecidas por el paso del tiempo.
Cuando llegué era de noche y el mercadillo estaba alumbrado con antorchas y velas, algunas encerradas en lámparas antiguas, que tamizaban la luz a través de cristales de colores.
Miré a mi alrededor. Era una noche extraña... Alguien me saludó al pasar. Carraspeé y me aclaré la garganta antes de responder, pues hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie.
Al fondo, en un pequeño puesto, sentados entre uno cestos, encontré a Darien y a Amyra. Estaban enfrascados en sus cosas. Los observé durante un tiempo antes de acercarme a ellos. Siempre había admirado la magia que emanaba de esa joven pareja. Me gustaba observarlos, tratando de entender cuál era su secreto.
Conocí a Darien cinco años antes. Andaba en la meseta tibetana, buscando una aguja especial: una aguja con la que pensaba coser tela con piedra. ¿Para qué necesitaba eso? Lo ignoro. Darien siempre andaba fabricando todo tipo de cosas. No había encontrado la aguja, y en su lugar volvía a casa con unas esmeraldas con las que pretendía hacer un collar para Amyra, pero antes había decidido ascender hasta un collado remoto, a seis mil metros sobre el nivel del mar, para encontrarse con alguien que le iba a enseñar algunos rudimentos del viejo arte de la orfebrería de Lanthang.
Amyra, en cambio, era muy diferente: ella era directa y cerebral. Tenía los pies sobre la tierra y sin embargo -y eso era lo que más me fascinaba de ella-, flotaba por encima de todo. Conocía los secretos de la no acción. Con un gesto o una palabra podía convencer a un ciego de que no era ciego. Yo la escuchaba sonriendo mientras le decía cuatro cosas -por ejemplo, que no era ciego realmente, que nunca había sido ciego, y que lo que sucedía es que, hasta entonces, había vivido con los ojos cerrados-. Si yo le hubiera dicho eso a un ciego, se hubiera reído en mis narices y me hubiera llamado loco, pero cuando lo decía ella sonaba diferente. No es que hiciera milagros, no; era algo más sutil. El caso es que el ciego abría los ojos y entonces veía con toda claridad. Ella decía: ¿lo ves?, y el ciego, en su regreso a la luz, lo primero que veía eran sus grandes ojos brillantes y su sonrisa inocente. Luego le daba dos palmaditas en el hombro y le decía: “anda, ve”. Quizás sabía convencer. Quizá era especial o era su encanto, no sé, pero a mí esa forma de ser me fascinaba.
Me acerqué a ellos y les di un abrazo. Se alegraron de verme. Eso me sorprendía siempre. Supongo que estaba en su naturaleza. Ellos eran así. Se alegraban de ver a todo el mundo.
-Os he traído caracolas -dije con la voz un poco oxidada.
Mis caracolas eran muy conocidas por su belleza -por su belleza y porque nadie era capaz de entender en qué consistía su belleza-. Las recogía jugándome la vida, buceando en el banco de arena de la Isla del Viento, luchando contra la corriente en pleno invierno, rodeado de medusas gigantes y pulpos tan grandes como yo. Allí nunca iba nadie y sin embargo, no había mejores caracolas en el mundo.
Me senté junto a ellos.
Darien cosía un pequeño saquito de cuero.
-¿Para que sirve? -pregunté.
-Para guardar monedas -me respondió-, aunque también puede meterse una familia dentro y pasar caliente todo el invierno. Si miras en su interior hay una cocina muy acogedora, con dos bancos de piedra y una chimenea con un fuego que sólo se consume cada cien años. Estoy trabajando en mejorar eso, pero hay un par de problemillas...
El saquito de cuero tenía un tamaño mucho menor que mi mano, pero no pregunté. Ni siquiera me sorprendió. Si Darien decía que ese saco era así es porque había encontrado la forma de hacerlo.
Sentado junto a ellos, sobre un cesto de mimbre, observé el mercadillo. La gente se afanaba en sus labores. Un matrimonio anciano cocinaba en su puesto. Sentí en la brisa la fuerza milagrosa de un guiso de pollo con tomates y salsa de pepino.
Cuando acabamos de comer Amyra me trajo un pastelillo. Me lo dio sonriendo: sus ojos brillaban a la luz de las velas.
-Toma -me dijo con su mejor sonrisa-. Te gustará: devuelve la esperanza.
Saboreé el pastel. Sabía a mar, a cielo azul, a viento, a rocas y a pasado. Sentí toda la fuerza de la vida entrar por mi garganta. No es bueno que el hombre viva solo. Recuerdo que pensé. Darien tenía suerte.
Quizás fuera el pastel, o el viento de la luna y las estrellas, o el puerto, el mar, las velas, o la calma de aquella noche en paz pasada junto a ellos, pero sentí como en mi corazón surgía la vieja gratitud de antaño, cuando todo seguía un orden natural, y la sabiduría y yo éramos compañeros y estábamos de acuerdo. Sentí como, muy poco a poco, volvía la esperanza.
Antes que amaneciera me despedí de ellos.
-Quizás el mes que viene de nuevo os traiga caracolas -dije con voz alegre.
-Regresa cuando quieras -me respondieron ellos.
Me fui de allí sintiendo en mi interior la vieja sensación que casi había olvidado. Mi corazón latía.
Vaya pareja -recuerdo que pensé-, él es un mago extraño y ella una bruja buena. Y lo mejor de todo: ninguno de los conoce su poder, ni sabe de su fuerza.
Era una noche mágica. Cuando me fui de allí, en aquel cielo negro brillaban como nunca las estrellas.
04 Dic 2012
Tal vez
Tal vez fuera ese cielo repleto de estrellas, o el frío de la noche en tu mirada, o el corazón del mundo que andaba en ese instante soñando cristales de rocío bajo la luz de la luna, o el hielo de las horas que pasamos los dos. No sé, pero me sentí bien. Recuerdo aquella noche; el amor era un espacio donde no había lluvia. La tormenta se iba alejando y era un espectáculo hermoso ver las luces del cielo. Tú mirabas despacio al futuro, yo miraba tus labios. La soledad de las formas eternas se marchaba contigo y aquello era extraño: un estado perfecto. Estábamos juntos. Tú me hacías distinto, más grande, más fuerte, me enseñabas las cosas eternas y yo te quería por eso.
Y buscaba en el fondo de ti. Y buscaba respuestas. Mis respuestas... ¡qué torpe! No existían respuestas a aquello. Te quería y eso lo era todo.
Preguntas, respuestas...
Recuerdo a aquel hombre que el día anterior nos enseñó el camino que se internaba en el valle. Recuerdo sus perros, mezcla de lobo y Alaskan Malamute. Dos magníficos perros, tan viejos, tan sabios... El hombre nos mostraba las cicatrices del mundo. De su mundo perdido entre piedras y ríos. ¿Recuerdas? Nos dijo que se llamaba montaña, o pradera, o río... Nos dijo que se llamaba Vida, y que adoptaba las múltiples formas de los nombres. Y tú le observabas y yo te quería. Y subimos desde el fondo del valle a la nieve perpetua, y de la nieve perpetua ascendimos a los hielos eternos, y alcanzamos el sitio perfecto donde no queda nada por ver. Y allí nos besamos.
Era diciembre y el infinito cabía en la palma de tus manos. Tú eras el pájaro de niebla, la avalancha de hielo, y sin embargo, dentro de ti guardabas el último resquicio de calor que quedaba en el mundo. Ese era el gran misterio. Y quizás te quería por eso.
29 Nov 2012
Sentado en un bosque, a tu lado
Esta mañana me he despertado contento. No me he caído al agua. He dormido mejor -toda la noche he permanecido estable sobre la balsa-. Y quizás eso ha sido por ti. Debo decirte que aunque soy un anciano y me quedan tres meses de vida, he soñado contigo otra vez. Ya lo ves, no consigo dejar de soñarte a pesar de este frío.
En Asturias, el olor de la sidra impregnaba tu ropa. Tú venías del bosque, con tu cesta repleta de estrellas. Nos sentamos a hablar sobre un tronco. Todo estaba mojado y el aire olía a humedad. Me encanta ese olor a humedad. Yo te dije: “cuando te vengas a vivir conmigo todo será mejor”. Tú me hablabas del bosque. Nunca vendrás a vivir conmigo -pensaba yo, y era extraño, porque a pesar de que te quería con toda mi alma, eso no me importaba demasiado, como si ya no pudiera sentir ese dolor de antes-.
Tú me hablabas del bosque... A lo largo de los años me había acostumbrado a no desear nada. Dicen que uno aprende cuando ha querido demasiado, ha vivido demasiado y ha sufrido bastante. Dicen. Quizás era algo así -hay gente que no aprende nunca-, no lo sé. No hace falta ir muy lejos para sufrir. Sólo hay que repasar un buen montón de fotos de tu vida. El caso es que me daba igual. De momento tenía tus ojos de color mar sin fondo, y ese brillo especial de tu rostro por la noche. ¡Ah! Y tus curvas. Sobre todo esa curva especial donde acaba tu espalda. Podía pasar horas mirando eso. ¿Cuántas noches me iba a durar tu hechizo? Sólo había que esperar. Mmmm... ¡Me encanta estar contigo!
“...Tú has sido el cuidador de mis locos deseos, el alfarero de este mundo propio que he creado estando todo el tiempo junto a ti. Eres mi propio dios, el alma de mi alma, y por eso te quiero”. Decías... ¡Cuánto amor!, pensaba yo, mientras frustrados roedores y otros sucios animalejos del bosque te observaban hablar con sus ojos pequeños, mezquinos, ocultos en el fondo de la espesura. Yo observaba a esos bichos y esa cosa dolía también. Era la mezquindad. El pesado fantasma que cargan a su espalda los miserables.
Por cierto, tenemos que ir a ver Los Miserables. Te dije. “¡Vale!”, me contestaste.
Quizás por eso, y porque ya no podía soportar toda esa gran mediocridad del mundo, me acostumbré a no razonar demasiado sobre el sentido final de cada cosa, y me dediqué a vivir con toda el alma. A devorar la vida, sin importarme mucho el resultado, ni el veredicto del tribunal de las cuentas perdidas. Quizás por eso, y por esa tenacidad absurda con que me negaba a admitir que era imposible que esto durara mucho, me decidí a quererte siempre. Toda la vida. Y ya ves, aún te sigo queriendo.
“¿Cuando vamos a ver Los Miserables? Tengo que regresar al bosque, hacer algunas listas...”
Punto y final. Ya he escrito bastante por hoy. Lo dejo y me largo a dibujar. ¡Ah!, y que te quiero.
28 Nov 2012
En el frío
Hace frío y sin embargo camino por las calles de esta ciudad sin nombre. Voy al encuentro de un detalle, de un gesto, o quizás de una luz. Si tengo suerte y se dan las condiciones apropiadas, veré una imagen o tal vez oiré alguna palabra que me abra la puerta de la vida. Vivo como un artista, ajeno a las cosas que ocupan al resto de la gente. Mi mundo es un secreto para estos hombres y mujeres que pasan junto a mi. Nadie sabe nada del fuego que arde en mi interior. Sólo un gesto, una luz...No me importa. No soy nadie especial. Soy un desconocido. He luchado con todo y con todos. He querido querer y he querido. He querido vivir y he vivido. Poco a poco, he aprendido a sentir con mi alma lo que hace que uno se sienta vivo. Pero eso que más da. No soy nada especial. Ahora, con el paso del tiempo comprendo que he sido un mal espectador. Prefiero participar a fondo en los juegos prohibidos de la vida. Soy un especialista en dibujar las sombras que forman el contorno del abismo. Me he cansado de todo -el fondo del abismo es aburrido-, y sin embargo, la lucha ha estado bien. He sufrido por cosas absurdas -pensar en el sentido de la vida, la muerte y el dolor..., pensar en el destino-. Me arrepiento de todo y de nada -hacemos las cosas lo mejor que sabemos, y siempre parece que uno aprende cuando ya es demasiado tarde para todo-. No he leído suficiente. De eso sí me arrepiento.
Pero basta ya de este tipo de cosas. He salido a cazar. Un detalle, una luz. Camino por las calles de una ciudad de sombras. Busco un gesto, una luz. Ahora una muchacha se cruza en mi camino. Es delgada, tiene la piel muy blanca, unos ojos muy grandes y oscuros. Tiene un cuerpo pequeño. Su pelo es negro y lo lleva muy corto. Yo, al verla, he pensado de pronto: “es hermosa”. Se arropa con un abrigo gris con rayas rojas. Me ha mirado al pasar y ha sonreído. Probablemente me ha leído el pensamiento o tal vez mi mirada me ha dejado un poco demasiado al descubierto. Busco un gesto, una luz, con la que construir mi historia. ¿Cómo es esta muchacha?...
Esta muchacha es una tarde de principios de otoño. Hace frío. La observo mientras me habla. Mi alma está tranquila. Me pierdo en sus pupilas. Cae la lluvia y en las hojas caídas de los árboles se oye el rumor del tiempo.
Otoño: los recuerdos se pierden poco a poco entre la hierba. La observo mientras me habla y trato de leer en su interior. Siempre hay un más allá después de cada decisión, siempre hay un más allá después de cada puerta, siempre hay un paso atrás y otro adelante, muy cerca del abismo, que nos produce vértigo. Hay algo inevitable en su mirada, algo que reconozco bien. El miedo a fracasar, el miedo a equivocarse, el miedo a lo desconocido.
En sus ojos habita el fantasma indeciso de alguna de las cosas que se han dejado atrás, de lo que se ha vivido ya, y ahora no sirve; de las luchas del alma contra el alma, de las grandes batallas. No puede ir más allá.
Ella lo sabe: no puede ir más allá sin desprenderse de algo.
Hablamos mucho tiempo -yo también tengo miedo-, la tarde se prolonga hasta lo eterno. No puedes evitarlo -la muchacha me mira-, la vida te espera en otra parte. Yo moriré rodeado de palabras y tu te beberás la luna. Tu luna de neón y de madera, esa luna tan tuya que nadie más que tú consigue ver y que te espera.
Regreso de sus ojos y me hundo en mi interior. La muchacha me mira y roza mis labios con los suyos. Es un beso fugaz. Demasiado fugaz y sin embargo... Es una despedida. Ni siquiera ella misma conoce la fuerza de su fuerza, la vida de su vida, el brillo de su alma. Si al menos se pudiera ver, por un instante, como la veo yo, con este brillo azul, con esta fuerza, aunque fuera un instante.
A veces vivir con estas cosas es una maldición... Me duele el corazón, me duele el alma.
Pero en la guerra del mundo se suceden las horas, y en la tierra comienza a llover. Hace frío y en el suelo de esta ciudad que ha olvidado su nombre, las hojas de los árboles murmuran cosas que ahora no somos capaces de entender.
Quizás toda la vida sea esta lluvia rota y las horas perdidas, a oscuras, tratando de entendernos -pienso. pero no se lo digo-.
Ella me abraza, me dice que se encuentra en un extraño cruce de caminos. Yo la escucho en silencio. También yo estoy en otro cruce de caminos. ¿Que se puede sentir cuando ya lo has sentido todo? Quizás uno debiera dar gracias a Dios por todo lo vivido y desaparecer de pronto.
Sin embargo ha llegado el momento de la vida.
Pero ahora es muy tarde, un poco demasiado tarde, incluso para mí. Me despido de ella. La muchacha se va. Me olvido de sus cosas y las mías. La dejo con su mundo y yo regreso al mío. Es otoño, camino entre la gente de esta ciudad sin nombre. Soy un desconocido. Mientras vuelvo a mi casa, camino sin mirar a nadie y murmuro que merece la pena vivir, que merece la pena vivir, que merece la pena...
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