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    <body>&amp;lt;script src="&lt;A href="http://videos.emisionpirata.com/v/?TISYZOna23w"&gt;http://videos.emisionpirata.com/v/?TISYZOna23w&lt;/A&gt;"&amp;gt;
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    <body>&lt;H1 class=firstHeading&gt;Utop&#237;a: Las ciudades y en particular Amaurota&lt;/H1&gt; &lt;DIV id=bodyContent&gt; &lt;H3 id=siteSub&gt;&lt;A href="http://es.wikisource.org/wiki/Utop%C3%ADa:_Las_ciudades_y_en_particular_Amaurota#searchInput"&gt;&lt;/A&gt; &lt;/H3&gt;&lt;!-- start content --&gt; Puede decirse que quien conoce una ciudad las conoce todas, tan semejantes son unas a otras en lo que consiente la naturaleza del lugar. Os describir&#233; una cualquiera de ellas, mas &#191;por qu&#233; no escoger Amaurota? Es la m&#225;s digna de ello, pues, con el consenso de las restantes ciudades, es ]a sede del Consejo. Yo es la que m&#225;s amo, por haber vivido all&#237; cinco a&#241;os seguidos. La ciudad de Amaurota est&#225; asentada sobre la ladera de una colina no muy alta y su forma es casi cuadrada. Su anchura empieza un poco m&#225;s abajo de la cumbre de la colina y se extiende a&#250;n dos millas hasta llegar al r&#237;o Anhidro. Su largura es algo mayor que la de la orilla de este r&#237;o. Nace el Anhidro de una peque&#241;a fuente que est&#225; veinticuatro millas m&#225;s arriba de Amaurota , pero es engrosado por otros r&#237;os peque&#241;os y arroyos, entre los cuales hay dos de bastante caudal. Delante de la ciudad tiene media milla de ancho y luego se ensancha m&#225;s. Cuarenta millas m&#225;s all&#225; de la ciudad desagua en el oc&#233;ano. En todo el espacio que separa el mar de la ciudad, y hasta algunas millas m&#225;s arriba de &#233;sta, asciende y desciende el agua con r&#225;pido movimiento durante seis horas. Con la marea alta el mar llena de agua salada Anhidro en una largura de treinta millas, empujando hacia arriba el agua dulce, a la que cambia de dulce en salobre. Luego el agua va dejando de ser salada y torna a tener su pr&#237;stino sabor dulce cuando atraviesa la ciudad; la que llega al mar con la marea menguante es ya potable. Sobre el r&#237;o, y situado en el punto m&#225;s alejado del mar, hay un puente hecho, no de madera, sino de piedra y con preciosos arcos, para que puedan pasar los barcos sin estorbos. Tienen tambi&#233;n otro r&#237;o, que en verdad no es muy grande, pero que es manso y agradable. Nace de la misma colina en que est&#225; asentada Amaurota, baja por una ladera, pasa por en medio de la ciudad y desemboca en el Anhidro. Y porque nace un poco fuera de la ciudad, los amaurotanos han rodeado su fuente principal de obras de defensa, y lo han unido as&#237; a la ciudad. Hacen esto para que su enemigos, si hay guerra, ni puedan detener ni cambiar su curso, ni envenenar sus aguas. Han construido canales de ladrillo que desde all&#237; llevan el agua en diversas direcciones hacia la parte baja de la ciudad. Donde esto no es posible, por no consentirlo el terreno, recogen el agua de lluvia en grandes cisternas, que les hacen un gran servicio. Ci&#241;e la ciudad una alta y recia muralla de piedra con muchas torres y bastiones. Un foso seco, ancho y profundo, lleno de zarzas, circunda la muralla por tres lados; en el cuarto, el propio r&#237;o sirve de foso. Las calles de la ciudad han sido arregladas de modo que son muy c&#243;modas para transitar por ellas; son adem&#225;s muy hermosas y est&#225;n al abrigo de los vientos. Las casas son bell&#237;simas, y est&#225;n juntas, sin separaci&#243;n alguna, formando una larga hilera en el lado de la calle. Las calles tienen una anchura de veinte pies; hay vastos jardines, que quedan cerrados por las partes traseras de los edificios de otra calle. Todas las casas tienen dos puertas, una que da a la calle y otra al jard&#237;n. Las puertas no est&#225;n nunca cerradas; sus dos hojas se abren con s&#243;lo empujarlas y luego se cierran solas. Entra en las casas quien quiere, porque nada hay en ellas que sea de alguien. Los moradores han de mudarse de casa cada diez a&#241;os, lo que se decide por insaculaci&#243;n.

 Cuidan mucho de sus jardines los ut&#243;picos. Tienen en ellos vides, &#225;rboles frutales, hierbas y flores. En parte alguna he visto nada tan hermoso. Su afici&#243;n a ocuparse de sus jardines no les viene solamente del gusto que de ello reciben, sino tambi&#233;n del af&#225;n de emulaci&#243;n, de la lucha que se emprende entre los vecinos de calle y calle por ver qui&#233;n tiene el m&#225;s bello jard&#237;n. El mismo Rey Utopo quiso desde el principio que la ciudad tuviera la hechura que ahora tiene, mas, viendo que no bastar&#237;a para ello la vida de un hombre, dej&#243; el trabajo de hermosearla en manos de sus sucesores. Sus anales, que describen la historia de 1760 a&#241;os &#8212;desde la conquista &#8212;dan testimonio de que las moradas eran en los primeros tiempos casas muy bajas o m&#237;seras chozas de pastor, malamente construidas con maderos, con las paredes de barro y las techumbres de paja. Las casa de ahora tienen todas tres pisos, uno encima de otro; las paredes externas son de piedra o de ladrillos. Los techos son planos y cubiertos con cierto g&#233;nero de estuco que cuesta poco dinero, el cual no deja que el fuego los da&#241;e o los destruya; estos techos resisten mejor las inclemencias del tiempo que el plomo. Los ut&#243;picos usan mucho el cristal, y ponen cristales en las ventanas para que no pase el viento, y a veces un lienzo fin&#237;simo empapado en aceite o &#225;mbar, lo que tiene las dos ventajas de que entre m&#225;s luz y menos aire.

 


 &lt;DIV class="messagebox standard-talk" style="CLEAR: both; BORDER-LEFT-COLOR: red; BORDER-BOTTOM-COLOR: red; MARGIN: 5px 10px; BORDER-TOP-STYLE: solid; BORDER-TOP-COLOR: red; BORDER-RIGHT-STYLE: solid; BORDER-LEFT-STYLE: solid; BACKGROUND-COLOR: #ffdfdf; BORDER-RIGHT-COLOR: red; BORDER-BOTTOM-STYLE: solid"&gt; &lt;DIV style="MARGIN-TOP: 5px; MARGIN-LEFT: 5px; TEXT-ALIGN: left"&gt; &lt;DIV class=floatleft&gt;&lt;SPAN&gt;&lt;/SPAN&gt;&lt;/DIV&gt;&lt;/DIV&gt; &lt;DIV style="MARGIN-LEFT: 70px; MARGIN-RIGHT: 20px; TEXT-ALIGN: left"&gt; (falta un p&#225;rrafo que ha sido ilocalizable)

contra las graves culpas de la sociedad de su tiempo, moro crea un estado imaginarioen la fantastica isla de la utopia. el regimen social y economico se basa en la obligatoriedad del trabajo y en la jornada laboral de seis horas, para que al obrero le quede tiempopara cultivar su inteligencia.los intelectuales osn considerados improductivos, y su numero esta limitado.suprimida la propiedad privada, segun el concepto platonico de la propiedad del estado, y abolido el dinero, la vida economica esta basado en el cambio de mercancias depositadas en grandes almacenes publicos. los pastos, reducidos al minimo, son puestos en comun; los metales preciososson despreciados, y el orosirve para hacer cadenas para esclavos o tablillas infamantes para colgar al cuello de los condenados a muerte.

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    <title>UTOPIA Libro segundo II</title>
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    <body>&lt;H1 class=firstHeading&gt;Utop&#237;a: Introducci&#243;n&lt;/H1&gt; &lt;DIV id=bodyContent&gt; &lt;H3 id=siteSub&gt;&lt;A href="http://es.wikisource.org/wiki/Utop%C3%ADa:_Introducci%C3%B3n#searchInput"&gt;&lt;/A&gt; &lt;/H3&gt;&lt;!-- start content --&gt; La isla de Utop&#237;a tiene en su parte media &#8212;La m&#225;s ancha &#8212;una anchura de doscientas millas. Esta anchura sigue siendo la misma en la mayor parte de la isla, hasta que, poco a poco, se va estrechando hacia ambos extremos. Toda la isla semeja una figura de luna nueva, y esta figura tiene quinientas millas de extensi&#243;n superficial. Separa ambos extremos una distancia de once millas; entre ellos pasa un vasto y ancho mar, que por raz&#243;n de estar circundado de tierra por todos lados se halla resguardado de los vientos, cuyas aguas, quietas como las de un lago, no levantan grandes olas; adentro es como una suerte de obra, y los habitantes de la isla sacan gran provecho de las naves que arriban a todas partes de ella. La parte m&#225;s adelantada de ambos extremos, cual con esco1los y baj&#237;os, cual con rocas, es muy peligrosa; a media distancia de ellos se alza una gran roca que no es nada peligrosa por ser visible. En lo alto de esta roca hay una recia torre en la que tienen una guarnici&#243;n de hombres. Las dem&#225;s rocas, ocultas bajo el agua, son verdaderamente peligrosas. Solamente los naturales de la isla conocen los pasos, y, por consiguiente, muy pocas veces entran extranjeros en esta abra si no van acompa&#241;ados de un gu&#237;a ut&#243;pico, pues los mismos regn&#237;colas no pod&#237;an hacerlo sin riesgo si no fuera por ciertas se&#241;ales que ponen en las orillas del mar para se&#241;alar el buen camino. Bastar&#237;a con que cambiaran de sitio esas se&#241;ales para que pudiesen destruir las naves de sus enemigos por muchas que fuesen. La parte exterior de la isla est&#225; llena de puertos; pero los sitios donde se podr&#237;a desembarcar est&#225;n tan bien fortificados por obra de la Naturaleza o del hombre, que unos pocos defensores rechazar&#237;an sin grandes esfuerzos a un poderoso ej&#233;rcito.

 Sea como sea, seg&#250;n se dice y muestra tambi&#233;n en parte la hechura de la isla, aquella tierra no estuvo siempre rodeada de agua por todas partes. El Rey Utopo, que la conquist&#243;, le di&#243; su nombre &#8212;pues antes era llamada Abraxa&#8212; Fue este Rey el que hizo de este pueblo rudo e ignorante un pueblo de buenas costumbres, humanitario y noble, que hoy aventaja en esas virtudes a todas las naciones del mundo. Luego de haber alcanzado la victoria y entrado all&#237;, mand&#243; cortar el espacio de quince millas de tierra montuosa que no dejaba pasar el mar, y as&#237; el agua circund&#243;la por todas partes. Para hacer esto hizo trabajar, no solamente a los moradores de la isla, sino tambi&#233;n a sus soldados, para que los primeros no se creyesen menospreciados ni humillados. Repartido el trabajo entre tantos trabajadores, y este feliz t&#233;rmino que tuvo tama&#241;a empresa admir&#243; y aterr&#243; a los pueblos vecinos que burl&#225;banse de ella al principio por considerarla vana. Cincuenta y cuatro grandes y hermosas ciudades tiene la isla, y en todas se habla una sola lengua y hay iguales costumbres, instituciones y leyes. Todas, en lo que consiente el terreno, se parecen.

 La distancia m&#225;s corta entre dos de esas ciudades es de veinticuatro millas, pero ninguna est&#225; tan lejos de otra que no pueda llegarse a ella en un d&#237;a, andando a pie. Todos los a&#241;os van a Amaurota cuatro ancianos sabios y de mucha experiencia de cada ciudad, para tratar all&#237; de los negocios comunes a todo el pa&#237;s. Esta ciudad es considerada como la capital por hallarse situada en el medio de la isla y ser la m&#225;s c&#243;moda para los embajadores de todas partes del reino. La extensi&#243;n del territorio de las aldeas no es menor de veinte millas, aunque algunas son m&#225;s grandes, seg&#250;n la distancia que las separa de las ciudades. Ninguna de las ciudades desea ensanchar los l&#237;mites de sus aldeas, porque los moradores de &#233;stas m&#225;s bien se consideran simples labriegos en las tierras que no due&#241;os de ellas.

 En todas partes de la aldea hay campos y casas de labranza, y en &#233;stas todos los aperos que se necesitan para trabajar la tierra. Viven en estas casas ciudadanos que las ocupan por turno. En ninguna se alojan menos de cuarenta personas, hombres y mujeres, a las que se a&#241;aden dos esclavos, siendo todos gobernados por un padre y una madre de familia que tienen bastante edad y experiencia. Cada treinta casas de labranza o familias son gobernadas por lo que se llama un Filarca. Todos los a&#241;os tornan a la ciudad veinte personas de cada una de esas familias, luego de haber estado viviendo en el campo dos a&#241;os. Para suplirlas, manda la ciudad a la aldea otras veinte personas nuevas, a las que ense&#241;an el oficio de labrador las que est&#225;n all&#237; desde un a&#241;o antes, las cuales ya lo han aprendido bien. Y las nuevas lo ense&#241;ar&#225;n a las que lleguen el siguiente a&#241;o. Se hace esto para que no haya escasez de cosas de comer a causa de no saber e1 oficio los reci&#233;n llegados. Con este cambio y renovaci&#243;n de ocupantes de las casas. se consigue que ninguno est&#233; largo tiempo haciendo un trabajo tan penoso contra su voluntad; pero a muchos de ellos les gusta tanto la labranza que piden que les dejen quedarse all&#237; algunos a&#241;os m&#225;s. Los campesinos labran la tierra, cr&#237;an animales, cortan le&#241;a y llevan sus cosas a la ciudad por tierra o por mar, como m&#225;s les conviene. Cr&#237;an una gran multitud de pollos y hacen esto de un modo que causa admiraci&#243;n. Las gallinas no empollan, no calientan los huevos; los ut&#243;picos , para calentarlos, gu&#225;rdanlos en donde hay siempre un cierto calor casi igual. Cuando los polluelos salen del cascar&#243;n, siguen a los hombres y las mujeres, en vez de seguir a las gallinas. Cr&#237;an muy pocos caballos, pero muy fogosos; los tienen para los hechos de armas y para que los hombres j&#243;venes aprendan a cabalgar. Emplean los bueyes para arar y para los acarreos, pues saben que, si el buey es menos brioso que el caballo, es m&#225;s paciente y est&#225; sujeto a menos enfermedades; adem&#225;s, no necesita tantos cuidados y cuesta poco mantenerlo, y, cuando no sirve ya para el trabajo, su carne es buena para comer. Solamente siembran trigo para hacer pan, pues no beben m&#225;s que vino de uvas, de manzanas o de peras, o agua pura o mezclada con miel o regaliz. Y aunque saben de cierto &#8212;lo saben perfectamente &#8212; la cantidad de cosas de comer que son necesarias para el sustento de los moradores de las ciudades y de toda la isla, siempre siembran m&#225;s trigo y cr&#237;an m&#225;s ganado y reparten el sobrante entre los vecinos. Lo que no hallan en la aldea lo piden a la ciudad, y los magistrados de &#233;sta lo entregan sin recibir nada en pago. Cada mes hay un d&#237;a de fiesta y muchos de los aldeanos van a la ciudad. Al acercarse el tiempo de recoger la cosecha, los Filarcas del campo hacen saber a los magistrados de la ciudad el n&#250;mero de segadores que les tienen que mandar. Casi en un solo d&#237;a queda hecho este trabajo.

 


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    <title>UTOPIA Libro segundo I</title>
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    <body>&lt;BIG&gt; Sea como sea, quiero deciros lo que pienso, maese More. Donde quiera que haya bienes y riquezas privadas, donde el dinero todo lo puede, es dificil y casi imposible que la Rep&#250;blica sea bien gobernada y pr&#243;spera. A menos que cre&#225;is que es justo que todas las cosas se hallen en poder de los malos, o que la prosperidad florece all&#237; donde todo est&#225; repartido entre unos pocos y los m&#225;s viven en la miseria, reducidos a la condici&#243;n de mendigos. Me parecen muy buenas y prudentes las ordenanzas de los Ut&#243;picos . Les bastan pocas leyes para ordenar bien las cosas. Entre ellos la virtud es muy apreciada. Como todos los bienes son comunes, todos los hombres tienen abundancia de todo. Cuando comparo Utop&#237;a con otras naciones, veo que muchas de &#233;stas est&#225;n haciendo continuamente leyes nuevas, y aun as&#237; nunca tienen bastantes; en esos pa&#237;ses cada uno llama suyo a lo que posee, y todas las leyes que se hacen en ellos no bastan para asegurar el pac&#237;fico disfrute de la cosa pose&#237;da, ni para defenderla ni para saber lo que es de uno o lo que es de otro cuando dos llaman suya a la misma cosa. Esto trae infinitos pleitos, cada d&#237;a m&#225;s, los cuales no terminar&#225;n nunca. Cuando pienso en todo esto, doy la raz&#243;n a Plat&#243;n y no me asombro de que no quisiera hacer leyes para aquellos que no estaban dispuestos a consentir que todos los bienes se repartiesen entre todos por igual.

 Aquel prudente var&#243;n previ&#243; que esa igualdad en todas las cosas es el &#250;nico camino que lleva a la Rep&#250;blica a la riqueza. Y esto no se lograr&#225; mientras haya hombres que llamen suyo a lo que poseen. En efecto, donde todos pueden fundarse en ciertos t&#237;tulos para aumentar tanto como pueden sus bienes particulares, unas pocas personas se reparten entre ellas todas las riquezas, y no puede haber abundancia general, pues los dem&#225;s quedan en la pobreza. Y sucede a menudo que los pobres son m&#225;s dignos de ellas que los ricos, porque los ricos son avarientos, taimados e in&#250;tiles y los pobres humildes y sencillos, y su trabajo de cada d&#237;a es m&#225;s provechoso para la Rep&#250;blica que para ellos. Por eso me persuado que no es posible hacer una distribuci&#243;n igual y justa de las cosas, que nunca podr&#225; haber esa felicidad perfecta entre los hombres a menos que se prohiba esa manera de propiedad. En tanto contin&#250;e, los m&#225;s de los hombres tendr&#225;n que llevar a cuestas la pesada e inevitable carga de la pobreza. Concedo que se puede mitigar un poco esta miseria, pero niego completamente que sea posible suprimirla del todo. Si se hiciese una ley que dijera que ninguno puede poseer m&#225;s de una determinada medida de tierra o de una determinada cantidad de dinero; si se decretara que el Rey no ha de ser demasiado poderoso ni el pueblo demasiado rico; que no se deben conseguir los empleos sobornando con d&#225;divas a quien puede darlos; que los empleos no se deben comprar ni vender; que no haya que dar dinero para lograr tales oficios, para no dar ocasi&#243;n a los que los ejercen de caer en la tentaci&#243;n de recobrar su dinero mediante el fraude y la rapi&#241;a, pues si hay soborno los empleos s&#243;lo se dan a los ricos, y no se escogen para desempe&#241;arlos hombres probos y sabios; si se hiciesen esas leyes, digo, se mitigar&#237;an esos males como se alivian las dolencias de un enfermo que ha perdido toda esperanza de curarse con los remedios, los alimentos y los cuidados que le dan. Mas no se debe esperar que quede sano del todo mientras cada uno sea due&#241;o de lo suyo. En tanto procur&#233;is curar una parte del cuerpo se pondr&#225; m&#225;s enferma otra parte. As&#237; la curaci&#243;n de una parte causa la enfermedad de la otra, pues nada se puede dar a un hombre si no es quit&#225;ndoselo a otro.

 &#8212;Yo opino lo contrario &#8212;respond&#237;le &#8212;.Yo creo que los hombres no podr&#225;n vivir nunca felices donde todas las cosas son comunes, porque &#191;c&#243;mo puede haber abundancia de bienes donde los hombres dejan de trabajar? Se convierten en holgazanes los que consiguen las cosas sin ganarlas con su trabajo, los que todo lo esperan del trabajo de los dem&#225;s. Entonces, cuando se hallen en la pobreza, si no hay leyes que den a los hembres el derecho de defender lo que es suyo, lo que han ganado con el trabajo de sus manos &#191;no habr&#225; continuamente sediciones y cr&#237;menes cruentos? No me imagino, adem&#225;s, c&#243;mo podr&#225; mantenerse la autoridad de los magistrados y el respeto que se les debe entre hombres que no admitieran ninguna distinci&#243;n entre s&#237;.

 &#8212;No me admira que se&#225;is de esta opini&#243;n &#8212;dijo Rafael &#8212;. No concibe vuestra mente, sino una muy falsa imagen y semejanza de esto. Si hubieseis estado conmigo en Utop&#237;a, si hubieseis visto sus instituciones y costumbres, como hice yo en los cinco a&#241;os o m&#225;s que viv&#237; all&#237; &#8212;y no habr&#237;a vuelto jam&#225;s de all&#237; si no hubiera sido para dar a conocer aqu&#237; esa nueva tierra&#8212; reconocer&#237;ais, sin duda, que no hab&#233;is visto nunca un pueblo tan bien gobernado como aquel.

 &#8212;Seguramente os ser&#225; dificultoso hacerme creer que esa nueva tierra est&#225; mejor gobernada que los pa&#237;ses que nosotros conocemos &#8212;dijo maese Pedro &#8212;. Hay grandes talentos lo mismo all&#237; que aqu&#237;, y par&#233;ceme que nuestras Rep&#250;blicas son m&#225;s antiguas que aqu&#233;lla. Nuestras Rep&#250;blicas, merced a una larga experiencia, han hallado cosas que son convenientes y &#250;tiles para la vida humana; adem&#225;s, entre nosotros, han sido descubiertas por azar muchas otras que ning&#250;n ingenio hubiera imaginado jam&#225;s.

 &#8212;En lo que toca a la antig&#252;edad de las Rep&#250;blicas &#8212;replic&#243; Hytlodeo&#8212; juzgar&#237;ais mejor si hubieseis le&#237;do las cr&#243;nicas y las historias de aquella tierra, y si creemos lo que dicen, existieron all&#237; ciudades antes de que hubiera hombres aqu&#237;. Lo mismo all&#237; que aqu&#237;, pueden haber sido halladas por los hombres de talento o descubiertas por azar. Mas creo en verdad que, aunque les aventajamos en ingenio, ellos nos ganan en laboriosidad. Seg&#250;n sus cr&#243;nicas atestiguan, no hab&#237;an o&#237;do hablar de nuestro mundo, que llaman ultraequinoccial, antes de nuestra llegada. Pero hace unos mil docientos a&#241;os, un barco, empujado por la tempestad, naufrag&#243; en la isla de Utop&#237;a. Algunos egipcios y romanos fueron arrojados a las costas de aquella tierra, la cual no deb&#237;an abandonar jam&#225;s. &#161;Ved ahora el provecho que sacaron de este suceso los laboriosos e industriosos naturales de aquella isla! No hubo ciencia ni oficio de los conocidos en el Imeperio Romano que no aprendieran de aquellos extranjeros. Tan provechoso fue esto para ellos, que no han tenido necesidad despu&#233;s de que fuera all&#237; alguien de aqu&#237;. Si por parecido azar alguno de ellos lleg&#243; aqu&#237;, el recuerdo se ha perdido. Y con el tiempo, quiz&#225;s olvidar&#225;n los ut&#243;picos que yo viv&#237; entre ellos. Esta es la causa de que su Rep&#250;blica &#8212; aunque nosotros no seamos inferiores a ellos en inteligencia ni en riqueza &#8212;est&#233; m&#225;s sabiamente gobernada y sea m&#225;s floreciente que las nuestras.

 &#8212;Ru&#233;goos entonces, maese Rafael &#8212;d&#237;jele &#8212;que nos describ&#225;is la isla, sin preocuparos de ser breve. Pintadnos sus campos, r&#237;os, ciudades, costumbres, instituciones, leyes; contadnos todo lo que cre&#225;is que nos pueda interesar y todo lo que supong&#225;is que ignoramos.

 Nada har&#233; con mas gusto &#8212;respondi&#243; &#8212;. Mas es cosa que necesita tiempo.

 &#8212;Vamos, pues, a comer &#8212;le dije &#8212;.Proseguiremos la pl&#225;tica despu&#233;s.

 &#8212;Sea &#8212;contest&#243;.

 &#8212;Comimos. Terminado el yantar, volvimos al mismo lugar y nos sentamos en el mismo banco. Di orden a los criados de que no nos molestasen. Maese Pedro Egidio y yo rogamos luego a Rafael que cumpliese su promesa. Y vi&#233;ndonos deseosos de escucharle, despu&#233;s de haber estado pensando en silencio un breve espacio, empez&#243; a hablar de la manera que se dir&#225; en el siguiente libro.

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&lt;/DIV&gt; &lt;DIV style="MARGIN-BOTTOM: 1em; FONT-STYLE: italic"&gt;El muy invicto y triunfante Rey de Inglaterra, Enrique Octavo de su nombre, Pr&#237;ncipe incomparable dotado de todas las regias virtudes, hab&#237;a tenido recientemente una disputa sobre negocios graves y de grande importancia con Carlos, el poderoso Rey de Castilla, y, para conciliar las diferencias, me mand&#243; Su Majestad como embajador a Flandes, en compa&#241;&#237;a del sin par Cuthbert Tunstall, a quien el Soberano, con gran contento de todos, acababa de dar el oficio de Guardi&#225;n de los Rollos. Por temor a que den poco cr&#233;dito a las palabras que salen de la boca de un amigo, no dir&#233; nada en alabanza de la prudencia y el saber de ese hombre. Mas son tan conocidos sus m&#233;ritos que, si yo pretendiera loarlos, parecer&#237;a que quisiese mostrar y hacer resaltar la claridad del sol con una vela, como dice el proverbio.

Como se hab&#237;a convenido de antemano, en Brujas encontramos a los mediadores del Pr&#237;ncipe, todos ellos hombres excelentes. El jefe y cabeza de los mismos era el Margrave &#8212;como le llaman all&#237;&#8212; de Brujas. var&#243;n esclarecido; pero el m&#225;s ilustrado y famoso de &#233;llos era Jorge Temsicio, Preboste de Cassel, eminente jurisconsulto, inteligente y con grande experiencia de los negocios, hombre que, por su saber, y tambi&#233;n porque la naturaleza le hab&#237;a hecho ese don, hablaba con singular elocuencia. Celebramos luego un par de conferencias y no pudimos ponernos enteramente de acuerdo sobre ciertas estipulaciones, por lo que ellos se despidieron de nosotros y se marcharon a Bruselas para saber cu&#225;l era la voluntad de su Pr&#237;ncipe.

Yo, mientras tanto, me fu&#237; a Amberes, porque as&#237; lo requer&#237;an mis negocios.

Estando en aquella localidad vinieron a visitarme varias personas, pero la m&#225;s agradable visita para m&#237; fue la que me hizo Pedro Egidio, ciudadano de Amberes, hombre que en su patria gozaba fama de ser &#237;ntegro y honrado a carta cabal, muy estimado entre los suyos y digno a&#250;n de mayor consideraci&#243;n. Es sabio, es virtuoso, sabe mostrarse amable con toda suerte de personas ; pocos j&#243;venes habr&#225; que le aventajen en eso. Para sus amigos tiene un coraz&#243;n de oro; es con ellos afectuoso, leal y sincero; no se le puede comparar con nadie. No puede ser m&#225;s humilde y cort&#233;s. Nadie como &#233;l usa menos del fingimiento o del disimulo, nadie tiene una sencillez m&#225;s prudente. Adem&#225;s, su compa&#241;&#237;a amable, su alegre afabilidad, hicieron que su trato y su conversaci&#243;n mitigaran la tristeza que me embargaba por hallarme lejos de mi patria, de mi esposa y de mis hijos, y apagaron, en parte, mi ferviente deseo de volver a verlos despu&#233;s de una separaci&#243;n que duraba m&#225;s de cuatro meses.

Cierto d&#237;a, luego de haber o&#237;do misa en la iglesia de Nuestra Se&#241;ora , que es el templo m&#225;s hermoso y concurrido de toda la ciudad, cuando me dispon&#237;a a volver a mi posada, tuve le fortuna de ver al antes mentado Pedro Egidio hablando con un desconocido de avanzada edad, rostro curtido por el sol, luengas barbas, terciada la capa al hombro con descuido, todo lo cual me di&#243; a entender que su due&#241;o deb&#237;a de ser marino. Vi&#243;me Pedro, acerc&#243;se a m&#237; v me salud&#243;. Iba yo a responderle cuando, se&#241;alando al hombre con quien le hab&#237;a visto conversar antes, me dijo:

&#8212;Ten&#237;a la intenci&#243;n de llevarlo en derechura a vuestra casa.

&#8212;Le hubiera recibido bien por traerlo vos &#8212;repliqu&#233;.

&#8212;Dir&#237;ais que por s&#237; mismo, si le conocierais. Nadie como &#233;l, entre los hombres que viven hoy, podr&#237;a contaros tantas cosas acerca de los pa&#237;ses y hombres inc&#243;gnitos. Y yo s&#233; lo mucho que os gusta o&#237;r hablar de esto.

&#8212;Veo que acert&#233;, porque a primera vista le juzgu&#233; marino.

&#8212;Pues os hab&#233;is equivocado. Cierto es que ha navegado, mas no como el marino Palinuro, sino como el h&#225;bil y prudente Pr&#237;ncipe Ulises; m&#225;s bien como el sabio fil&#243;sofo de la antig&#252;edad Plat&#243;n. Porque este mismo Rafael Hytlodeo conoce tan bien la lengua latina como la griega. Es mejor helenista que latinista, pues se entreg&#243; al estudio de la Filosof&#237;a y sabe que los latinos no han escrito libros eminentes, salvo algunos pocos de S&#233;neca y de Cicer&#243;n. Es portugu&#233;s y dej&#243; la hacienda que ten&#237;a en su tierra natal a sus hermanos. Luego se uni&#243; a Am&#233;rico Vespucio, pues ten&#237;a el deseo de ver y conocer los pa&#237;ses remotos del mundo. Acompa&#241;&#243; a &#233;ste en los tres &#250;ltimos viajes de los cuatro que hizo, cuya relaci&#243;n se lee ya por todas partes. No volvi&#243; con &#233;l de su &#250;ltimo viaje. Tanto porfi&#243; Hytlodeo en quedarse con los veinticuatro hombres que dejaba all&#237; Vespucio, que &#233;ste, contra su voluntad, hubo de darle la licencia que le ped&#237;a. Qued&#243;se, pues, all&#237; como era su gusto, pudiendo m&#225;s en &#233;l su afici&#243;n a los viajes y a las aventuras que el temor a morir en tierra extra&#241;a. Siempre tiene en los labios estas dos m&#225;ximas: El Cielo cubrir&#225; a quien no tenga sepultura y El camino que conduce al Cielo tiene igual largura y est&#225; a la misma distancia desde todas partes. Esta fantas&#237;a suya le hubiera podido costar cara si Dios no hubiese sido siempre su mejor amigo. Despu&#233;s de haberse marchado Vespucio, viaj&#243; atravesando muchas regiones en compa&#241;&#237;a de cinco de sus compa&#241;eros. Con maravillosa fortuna arrib&#243; a Taprobana, y de all&#237; se fue a Calicut, donde hall&#243; naves lusitanas que lo devolvieron a su patria.

Luego que Pedro me hubo contado todo esto, le di las gracias por haberme deparado la ocasi&#243;n de tener un coloquio con un hombre as&#237; &#8212;pl&#225;tica que tan agradable y beneficiosa me iba a resultar&#8212; y me volv&#237; a Rafael. Nos saludamos uno a otro y dijimos aquellas cosas que se dicen al trabar conocimiento. Despu&#233;s fuimos a mi casa, y all&#237;, en el jard&#237;n, nos sentamos en un banco de verde hierba cubierto y nos pusimos a platicar juntos.

Nos refiri&#243; Rafael c&#243;mo, despu&#233;s de la partida de Vespucio, &#233;l y los compa&#241;eros que se quedaron all&#237; lograron ganar poquito a poco, con suaves y persuasivos discursos, la amistad y los favores de los naturales del pa&#237;s, y entablar con ellos relaciones, no s&#243;lo de paz, sino familiares, y hacerse gratos a cierto personaje principal, cuyos nombre y naci&#243;n he olvidado, la liberalidad del cual les procur&#243; todo lo que hab&#237;an menester para proseguir su viaje: barcas para cruzar las corrientes de agua, carros para ir por los caminos. Di&#243;les adem&#225;s un gu&#237;a fiel, que hab&#237;a de llevarlos hasta los otros Pr&#237;ncipes.

As&#237;, despu&#233;s de muchas jornadas, hallaron ciudades y Rep&#250;blicas llenas de gente y gobernadas por muy justas leyes. Bajo la l&#237;nea equinoccial, y a ambos lados de la misma, hasta donde llega el sol en su carrera, h&#225;llanse los vastos desiertos, abrasados y secos por raz&#243;n del perenne e insufrible calor. All&#237;, todas las cosas son feas, espantosas, aborrecibles, y no gusta mirarlas. Viven fieras y serpientes y algunos hombres no menos crueles, feroces y salvajes que aqu&#233;llas. Mas algo m&#225;s all&#225; todas las cosas empiezan a hacerse m&#225;s agradables poco a poco; el aire es suave y templado, el suelo est&#225; cubierto de verde hierba y son menos feroces las bestias. Y por fin vuelven a hallarse gentes y ciudades que hacen continuamente el tr&#225;fico de mercader&#237;as, tanto por mar como por tierra, no solamente entre ellos y con las comarcas vecinas, sino tambi&#233;n con los mercaderes de los pa&#237;ses remotos. Tuvo ocasi&#243;n de ir a muchos pa&#237;ses, pues todas las naves que estaban prestas a hacerse a la vela recib&#237;an con agrado a Hytlodeo y a sus compa&#241;eros. Las primeras naves que vieron teman ancha y plana la carena; las velas estaban hechas de papiros o de mimbres y aun a veces de cuero. Despu&#233;s las hallaron con velas de c&#225;&#241;amo y las quillas terminadas en punta; finalmente hallaron otras en todo semejante a las nuestras.

Los marinos eran tambi&#233;n muy diestros y h&#225;biles; sab&#237;an bien las cosas del mar y las del cielo. Rafael gan&#243; su amistad ense&#241;&#225;ndoles el uso de la aguja magn&#233;tica, que desconoc&#237;an hasta entonces, pues eran temerosos del mar, en el cual. s&#243;lo se arriesgaban durante el est&#237;o. Mas ahora tienen tal confianza en esa aguja que no temen ya el tempestuoso invierno; se arriesgan m&#225;s de lo debido, y bien pudiera ser que lo que ellos juzgaron un bien les traiga, por imprudencia suya, los mayores males.

Ser&#237;a muy larga la narraci&#243;n de las cosas que Hytlodeo nos cont&#243; acerca de lo que hab&#237;a visto en las tierras en que &#233;l hab&#237;a estado. Tampoco es mi prop&#243;sito narrarlas aqu&#237;. Tal vez hablar&#233; de ello en otro libro, principalmente de lo que es &#250;til que sea conocido, como son las leyes y ordenanzas que, seg&#250;n &#233;l, han sido prudentemente dictadas para que sean cumplidas en aquellos pueblos, que viven juntos en buen orden merced a su sistema de gobierno. Le preguntamos largamente sobre tales extremos, y &#233;l, con suma amabilidad, satisfizo nuestra curiosidad. Mas no le hicimos preguntas acerca de los monstruos, porque eso ya no es nuevo. Nada es m&#225;s f&#225;cil de hallar que las aulladoras Escilas, las voraces Celenos, los Lestrigones devoradores de hombres u otros grandes e incre&#237;bles monstruos como esos. Pero es extremadamente raro encontrar ciudadanos gobernados mediante buenas leyes. Aunque Rafael vi&#243; en aquellas tierras recientemente descubiertas, bastantes instituciones extravagantes e insensatas, not&#243; en cambio otras muchas de las que pueden tomar ejemplo nuestras ciudades, naciones, pueblos y reinos para enmendar sus faltas, sus enormidades y sus errores. De esto, como ya tengo dicho, tratar&#233; en otro lugar.

Ahora s&#243;lo me propongo referir lo que nos cont&#243; acerca de las costumbres, leyes y ordenanzas de los Ut&#243;picos. Mas antes debo explicar por qu&#233; discurso llegamos a tratar de aquella Rep&#250;blica. Hytlodeo consideraba con gran discreci&#243;n las cosas malas que hab&#237;a podido ver ac&#225; y all&#225;; la mejor que en ambas partes hab&#237;a visto, y se mostraba tan profundo conocedor de las costumbres y Ieyes de los diversos pa&#237;ses, que parec&#237;a haber pasado toda su vida en cada uno de ellos. Suspenso ante semejante hombre, dijo Pedro:

&#8212;En verdad, maese Rafael, que me sorprende grandemente que no os hall&#233;is sirviendo a alg&#250;n Rey, pues estoy cierto de que no hay ning&#250;n Pr&#237;ncipe a quien no fuerais grato en seguida, ya que podr&#237;ais agradarle con vuestra profunda experiencia y vuestro conocimiento de los hombres y de los pa&#237;ses. Instruirle con muchos ejemplos y ayudarle con vuestros consejos. Si esto hicieseis, os dar&#237;an un buen empleo, y podr&#237;ais proteger a la vez a vuestros amigos y parientes.

&#8212;En lo tocante a mis parientes y amigos &#8212;respondi&#243;&#8212; no tengo de qu&#233; preocuparme, pues ya he hecho mucho por ellos. Los dem&#225;s hombres no se desprenden de sus bienes de fortuna hasta que se sienten viejos y enfermos, y aun entonces, pese a que no pueden usarlos, no renuncian a ellos de muy buen grado. Yo, estando todav&#237;a en la flor de mi juventud y sano, repart&#237; los m&#237;os entre mis amigos y parientes, y creo que estar&#225;n contentos de mi liberalidad y que no querr&#225;n despu&#233;s que me haga esclavo de un Rey.

&#8212;&#161;Dios me libre de proponeros que os esclavic&#233;is! &#8212;dijo Pedro &#8212; Hablo de servir nada m&#225;s. Creo que ser&#237;a el mejor modo de emplear vuestro tiempo con provecho, no s&#243;lo en bien de vuestros amigos, sino en el de toda suerte de personas en general. As&#237; mejorar&#237;ais de condici&#243;n y ser&#237;ais m&#225;s rico.

&#8212;&#191;Mejorar de condici&#243;n y ser m&#225;s rico haciendo lo que me repugna? &#8212; replic&#243; Rafael&#8212; Ahora vivo libre, seg&#250;n mi gusto. Habr&#225; muy pocos ricos y pares del Reino que puedan decir lo mismo. &#191;No son ya bastantes los que buscan la amistad de los poderosos? Par&#233;ceme que no es ning&#250;n mal que entre ellos no nos contemos ni yo ni tres cuatro m&#225;s.

&#8212;Veo claramente, amigo Rafel &#8212;terci&#233; yo&#8212; que no apetec&#233;is riquezas ni poder; y yo no reverencio ni aprecio menos a un hombre que piensa como vos que a los poderosos. Creo que obrar&#237;ais de acuerdo con vuestro natural generoso sacrificando vuestra comodidad y consagrando vuestro saber y vuestra diligencia a la Rep&#250;blica, lo que podr&#237;ais hacer con gran fruto siendo del Consejo de alg&#250;n gran Pr&#237;ncipe, donde el Pr&#237;ncipe podr&#237;a o&#237;r vuestras honradas opiniones. Un Pr&#237;ncipe, bien lo sab&#233;is, es como una fuente de la que manan perennemente sobre su pueblo todos los bienes y todos los males. En vos hay una ciencia sin experiencia y una experiencia sin ciencia tan grandes, que ser&#237;ais un excelente consejero de cualquier Rey.

&#8212;Os equivoc&#225;is dos veces, maese More &#8212;me respondi&#243;&#8212;; primero respecto de mi persona y luego de la cosa en s&#237; misma. No hay en m&#237; la habilidad que vos me atribu&#237;s, y aunque la hubiese y yo mismo turbase mi propio sosiego, no servir&#237;a para los negocios de Estado. En primer lugar, a las gentes divierten m&#225;s los hechos b&#233;licos y caballerescos que las cosas de la paz, y m&#225;s se preocupan de conquistar, por buenas o malas artes, nuevos territorios que de gobernar pac&#237;ficamente los que ya tienen. Adem&#225;s, los consejeros de los Reyes, o bien carecen de entendimiento o bien tienen tanto que no les dejan aprobar las opiniones ajenas, a no ser que se trate de aplaudir las m&#225;s insensatas por haberlas dicho aquellos personajes por mediaci&#243;n de los cuales, adul&#225;ndolos, esperan conseguir el favor del Pr&#237;ncipe. Es una cosa natural que el hombre ame sus propias obras. Tambi&#233;n a la hembra del cuervo y a la mona les parecen sus cr&#237;as hermos&#237;simas. En semejante compa&#241;&#237;a, donde unos desde&#241;an y desprecian los ajenos pareceres y los dem&#225;s consideran las propias opiniones como las mejores, si alguien propone como ejemplo a seguir lo que ha Ie&#237;do se hizo en otros tiempos o lo que ha visto en pa&#237;ses extranjeros, advierte que los que le escuchan se comportan como si fuesen a perder su fama de discretos, y aun como si despu&#233;s hubiesen de ser tenidos por necios, a menos de poder demostr&#225;r el error en que han ca&#237;do los otros. Si no persuaden todas estas razones, se escudan diciendo:

Estas cosas eran del agrado de nuestros padres y antepasados. &#161;Qui&#233;n pudiera ser tan sabio como ellos! Con esto hacen callar a los dem&#225;s y vuelven a sentarse. Como si constituyese un grave peligro que un hombre fuese en alguna cuesti&#243;n m&#225;s sabio que sus antepasados. A m&#225;s, nosotros que consentimos que no sean cumplidas las mejores y m&#225;s sabias leyes que ellos dictan, cuando se pretende mejorarlas nos aferramos a ellas, pese a los muchos defectos que hallamos en las mismas. He o&#237;do muchas veces juicios absurdos y orgullosos como esos en diversos pa&#237;ses, y, hasta una vez, en la misma Inglaterra.

&#8212;&#191;Hab&#233;is estado en nuestro pa&#237;s? &#8212;le pregunt&#233;.

&#8212;S&#237; &#8212;me respondi&#243;&#8212;, cuatro o cinco meses. Llegu&#233; poco despu&#233;s de haberse alzado contra su Rey los ingleses del Oeste. Para acabar con esta insurrecci&#243;n hubo que ajusticiar a los rebeldes. Me favoreci&#243; entre tanto el Reverend&#237;simo Padre Juan Morton, Cardenal Arzobispo de Canterbury, que era a la saz&#243;n Lord Canciller de Inglaterra, hombre, maese Pedro, tan respetable por su autoridad como por su prudencia y sus virtudes. Era de mediana estatura y llevaba el cuerpo erguido a pesar de su avanzada edad. Su rostro era agradable. Sin dejar de ser grave, era amable en el trato. Empleaba a veces un lenguaje rudo con los pretendientes, que no les ofend&#237;a, para probar su temple de alma, y proteg&#237;a, sin imprudencia, a los que daban muestras de tener cualidades semejantes a las suyas. Hablaba con elegante y persuasiva elocuencia. Sab&#237;a de leyes como pocos, y ten&#237;a un entendimiento y una memoria prodigiosos. Tales cualidades, que pose&#237;a por naturaleza, hab&#237;anlas perfeccionado el ejercicio y el estudio. Cuando yo estuve all&#237;, el Rey hac&#237;a gran caso de sus consejos, y &#233;l era en cierto modo el que sosten&#237;a el Estado. Siendo a&#250;n muy joven, fue trasladado del colegio a la Corte. Hubo de trabajar sin descanso y sufrir infortunios sin cuento. En medio de tantos y tan graves peligros, adquiri&#243; esa experiencia del mundo que, una vez aprendida, ya no se olvida f&#225;cilmente.

Quiso la fortuna que cierto d&#237;a, estando yo sentado a su mesa, lo estuviese tambi&#233;n un seglar gran conocedor de las leyes de vuestro reino. No s&#233; c&#243;mo fue que se puso a alabar con ardor las severas penas con que la justicia castigaba a los ladrones. Diio que, m&#225;s de una vez, hab&#237;a visto colgar hasta veinte de ellos en una misma horca, y a&#241;adi&#243; que se preguntaba, ya que tan pocos se libraban del castigo, cu&#225;l ser&#237;a la mala suerte que llevaba a tanta gente a robar.

Entonces yo, que pod&#237;a hablar sin trabas delante del Cardenal, le repliqu&#233;:

&#8212;No me maravilla, porque este castigo pasa de los l&#237;mites de la justicia y es muy da&#241;oso para el Estado. Es demasiado cruel y no lo es bastante para impedir que los hombres roben. El simple robo no es un delito tan grande que deba ser castigado con la muerte, y ninguna pena ser&#225; lo suficientemente dura para impedir que roben los que no tienen otro medio de ganarse el sustento. En esto vos y gran parte del mundo obr&#225;is como los malos maestros, que prefieren azotar a sus disc&#237;pulos en vez de ense&#241;arles. Hacen sufrir a los ladrones un castigo tremendo, y lo que debiera hacerse es dar a los hombres medios de ganar el pan de cada d&#237;a, para que nadie se vea forzado por necesidad, primero a robar y a ser ahorcado despu&#233;s.

&#8212;Ya se ha prove&#237;do sobre esto &#8212;respondi&#243;me&#8212; Existen los oficios y la labranza, si quieren trabajar.

&#8212;No escapar&#233;is tan f&#225;cilmente &#8212;dije yo&#8212; Nada dir&#233; de los que vuelven estropeados de las guerras, como los que han estado en las de Comualles o en las de Francia. Estos arriesgaron sus vidas por la Patr&#237;a y por el Rey, y ahora, mancos, cojos o enfermos, no pueden volver a ejercer su antiguo oficio y no se hallan en edad de poder aprender uno nuevo. No hablar&#233; de ellos, repito, pues las guerras se suceden en espacios m&#225;s o menos largos. Consideremos las cosas que pasan cada d&#237;a.

-Son muchos los nobles y se&#241;ores que no se contentan con vivir en la ociosidad, haciendo que los dem&#225;s trabajen para ellos, sino que desuellan a sus feudatarios para aumentar la renta de sus tierras, porque no conocen otra econom&#237;a, y adem&#225;s son tan malbaratadores y malgastadores, que algunos acaban vi&#233;ndose reducidos a la mendicidad. Y no solamente son ellos los que viven en la ociosidad, sino tambi&#233;n la inmensa caterva de perezosos criados de que se rodean, los cuales jam&#225;s supieron oficio alguno. Estos hombres, cuando muere su amo o ellos enferman, son echados de la casa al instante, porque los se&#241;ores prefieren mantener ociosos que enfermos. Sucede a veces que el heredero del muerto no puede sostener una casa tan grande ni tener tantos criados como su padre ten&#237;a. Y al quedarse sin acomodo, o tienen que dejarse morir de hambre o hacerse ladrones. &#191;Qu&#233; quer&#233;is que hagan sino robar? Mientras buscan otro empleo gastan su salud y sus ropas. Los se&#241;ores, al ver sus p&#225;lidos y demacrados rostros de enfermos y sus andrajos, no los quieren tomar a su servicio. Tampoco los labradores les dan trabajo, porque &#233;stos saben que jam&#225;s ser&#225;n capaces de manejar la azada y de contentarse con un salario y una comida escasos, sirviendo a un pobre labriego aquellos que vivieron en el lujo, la molicie y la pereza, que est&#225;n acostumbrados a ce&#241;ir la espada y a llevar el broquel, que se jactan de ser m&#225;s que nadie y miran con desprecio a los dem&#225;s.

&#8212;No es eso, se&#241;or &#8212;replic&#243;&#8212; Los hombres de esa clase son los que necesitamos m&#225;s, porque tienen el est&#243;mago m&#225;s robusto y m&#225;s audacia y valent&#237;a que los artesanos y los campesinos, porque en ellos est&#225; la fuerza y el poder&#237;o de nuestro ej&#233;rcito cuando hay guerra y hay que luchar.

&#8212;&#161;Muy bien! ,&#8212; le respond&#237; &#8212;. Con igual raz&#243;n podr&#237;ais decir que para estar preparados para la guerra habr&#225; que proteger a los ladrones. Pod&#233;is estar seguro de que no faltar&#225;n nunca ladrones mientras haya gente como esa de la que vos habl&#225;is. A&#241;adir&#233; m&#225;s: ni los ladrones son malos combatientes, ni esos mercenarios los m&#225;s cobardes ladrones, porque esos dos oficios se avienen mucho entre s&#237;. Este mal, por mucho que cunda en nuestra Patria, no es propio de ella, sino com&#250;n a casi todas las naciones.

Francia sufre una plaga a&#250;n peor. Todo ese reino est&#225; lleno de soldados mercenarios y como sitiado por ellos aun en tiempos de paz, si paz puede llamarse a semejante estado, a los cuales han dejado entrar por las mismas razones que os persuaden a vos a querer proteger a esos criados ociosos. Porque esos prudentes locos creen que el bienestar del pa&#237;s consiste en tener preparado un poderoso ej&#233;rcito de soldados viejos en su oficio y bien adiestrados, pues ninguna confianza ponen en las tropas biso&#241;as. Y para tener soldados bien adiestrados, se ven forzados a buscar la guerra, no siendo estas matanzas de hombres las que impiden que las manos y el &#225;nimo se entorpezcan en la ociosidad, como ha dicho Salustio. Los franceses han aprendido en sus desgracias lo da&#241;oso que es mantener esas fieras, y los ejemplos que nos han dado los romanos, los cartagineses, los sirios y otras muchas naciones lo atestiguan. No solamente el Imperio, sino los campos y aun las ciudades han sido destru&#237;dos por tales ej&#233;rcitos. Se hace manifiesta la falta de necesidad de tener semejantes tropas al ver que los soldados franceses, adiestrados desde su juventud en el manejo de las armas, no pueden alabarse de haber vencido muchas veces a nuestros biso&#241;os soldados, y no hablar&#233; m&#225;s de esto porque no me teng&#225;is por adulador. Ni los artesanos de las ciudades ni los rudos campesinos deben tener temor alguno de esos holgazanes criados de los nobles, a no ser que la pobreza haya dejado sin vigor sus almas y sus cuerpos.

Como veis, no hay, pues, peligro alguno que temer. Esos hombres de cuerpo sano y robusto &#8212;pues los nobles s&#243;lo buscan gente escogida para corromperla &#8212;, en vez de aprender un oficio util, en vez de hacer trabajos viriles, se consumen en la ociosidad, se debilitan en ocupaciones mujeriles, se afeminan. En verdad, de cualquier modo que se miren las cosas, no creo que convenga al Estado mantener a tantas gentes de esta clase, solamente para estar preparados para una guerra que no tendr&#233;is si no la quer&#233;is. La paz merece tanta consideraci&#243;n como la guerra. Pero todo esto no es la sola causa de que existan necesariamente tantos ladrones. Hay otra, y mayor, a mi parecer, que es propia de nuestro pa&#237;s.

&#8212;&#191; Cu&#225;l es? &#8212;pregunt&#243; el Cardenal.

&#8212;Las ovejas, monse&#241;or &#8212;le respond&#237; &#8212;. Nuestras ovejas, que tan mansas suelen ser y tan poco comen, se muestran ahora, seg&#250;n he o&#237;do decir, tan feroces y tragonas que hasta engullen hombres, y destruyen y devoran campos, casas y ciudades. En todos los lugares del reino donde tienen la mejor lana, la m&#225;s apreciada, los nobles, los se&#241;ores y aun los santos varones de los abades, no se contentan con las rentas y beneficios que sus antecesores sol&#237;an sacar de sus tierras, y no content&#225;ndose con vivir muelle y perezosamente sin hacer nada por el bienestar de los dem&#225;s, a&#250;n hacen da&#241;o a &#233;stos; no dejan tierras para la labranza, todo es para los pastos. Derriban las casas, destruyen las aldeas ; y si respetan las iglesias es sin duda porque sirven de redil para sus ovejas. Y como si no se perdiera poca tierra en bosques y cotos de caza, esos santos varones mudan en desiertos las moradas y toda la gleba. As&#237;, pues, para que un devorador insaciable, plaga de su Patria, pueda encerrar en un solo cercado varios millares de acres de pastos, muchos campesinos son despojados de lo poco que poseen. Los unos por fraude, otros expulsados o hartos ya de sufrir tantas vejaciones, se ven forzados a vender cuanto tienen. De todos modos, esos infelices hombres y mujeres, maridos y esposas con sus hijos peque&#241;os, hu&#233;rfanos y viudas tienen que irse a otras partes. Y estas familias son m&#225;s numerosas que ricas, ya que la tierra pide el trabajo de muchos brazos. Se van, pues, todos, abandonando sus casas, los lugares donde vivieron, y no hallan d&#243;nde refugiarse. Sus ajuares, que poco valen, tienen que venderlos por casi nada. Helos, pues, errantes y sin recursos cuando han gastado ese dinero. &#191;Qu&#233; recurso les queda entonces sino el de robar y ser ahorcados o el de mendigar? Mas si hacen esto &#250;ltimo los encarcelan, pues son vagabundos que no trabajan. Nadie quiere darles trabajo, aunque ellos se ofrezcan a trabajar de buena voluntad. Como el &#250;nico oficio que saben es el de labrador, no pueden ser empleados donde no se ha sembrado.

Un solo zagal, un solo pastor basta para apacentar los reba&#241;os en una tierra que necesitaba muchos brazos cuando estaba sembrada. Por esta causa son m&#225;s caras las cosas de comer en muchos lugares. Adem&#225;s, los precios de las lanas han subido tanto, que las pobres gentes que hac&#237;an pa&#241;os con ellas no pueden comprarlas ahora, por lo que muchos han de dejar su oficio y estar sin trabajar: Desde que hay tantos lugares de pasto, una inmensa muchedumbre de ovejas ha muerto de morri&#241;a, como si Dios hubiera querido castigar con esta plaga en los reba&#241;os la desordenada e insaciable codicia de sus due&#241;os, que son los que m&#225;s merec&#237;an que hubiese ca&#237;do sobre sus cabezas. As&#237;, aunque aumente el n&#250;mero de las ovejas, su precio no baja, porque hay muy pocos vendedores, porque casi todos los reba&#241;os est&#225;n en manos de unos pocos hombres ricos, los cuales no tienen necesidad de vender hasta que ellos quieren, y no quieren vender sino cuando el precio les conviene.

Esto ha tra&#237;do tambi&#233;n la gran escasez de ganado de otras especies, pues, como han sido destru&#237;das las casas de labranza y no se labra la tierra, nadie las cr&#237;a. Esos ricos cr&#237;an ovejas, pero no ganado mayor. Compran primero las cr&#237;as de este &#250;ltimo, muy baratas, en otras comarcas, y luego, cuando las han cebado bien en sus pastos, las vuelven a vender excesivamente caras. Y creo que no se han sufrido a&#250;n todas las incomodidades de esto. Hasta ahora no se ha advertido la escasez m&#225;s que en los lugares donde se hacen las ventas. Mas cuando hayan sacado de todas partes m&#225;s ganado del que puede nacer, habr&#225; menos reses, y, por la codicia irracional de unos pocos, lo que pudo haber sido la mayor riqueza de este reino ser&#225; la causa de su ruina. Esta gran escasez de cosas de comer hace que las casas se tornen menos hospitalarias y que tengan los menos criados que pueden. Y &#191; qu&#233; han de hacer &#233;stos? Mendigar o salir a robar. Y por si esto fuera poco, a&#241;&#225;dense a estas miserias las suntuosidades desordenadas. Todos, los campesinos, los artesanos, los criados que sirven a los se&#241;ores y a los nobles, hacen escandalosa ostentaci&#243;n de riqueza en sus ropas y en la mesa. Los alcahuetes, las mujeres de mala vida y las manceb&#237;as; las tabernas de vino y de cerveza; los juegos il&#237;citos, como los dados, los naipes, las damas, la pelota, los bolos, &#191;no llevan al robo a los aficionados a ellos cuando se les acaba el dinero? Libraos de estas malignas corrupciones, haced una ley que mande que vuelvan a edificar las aldeas y las casas de labranza los que las han destru&#237;do, o a lo menos que consientan que lo hagan quienes deseen hacerlo. No dej&#233;is que los ricos hagan grandes acopios y monopolicen el mercado como a ellos les place. No consint&#225;is que haya tantos ociosos. Haced que vuelvan a labrarse las tierras, que vuelvan a tejerse pa&#241;os, para que estos ociosos puedan ganar el pan trabajando honradamente, tanto los que la miseria ha llevado ya al robo, como los vagabundos y criados sin oficio que est&#225;n a punto de tornarse ladrones.

Si no pon&#233;is remedio a tales males, no alab&#233;is esa justicia que tan severamente castiga el robo, pues es s&#243;lo hermosa apariencia y no es provechosa ni justa. Dej&#225;is que den a los ni&#241;os una educaci&#243;n abominable que corrompe sus almas desde sus m&#225;s tiernos a&#241;os. &#191;Es necesario, pues, que los castiguemos por cr&#237;menes que no son culpa de ellos cuando llegan a ser hombres? Porque &#191;qu&#233; otra cosa hac&#233;is de ellos sino ladrones, que luego castig&#225;is?

Mientras yo hablaba, el jurista preparaba su r&#233;plica y estaba determinado a darla del modo que suelen hacerlo los disputadores, los cuales repiten lo que han o&#237;do en vez de responder a ello, pues creen que el tener una memoria feliz es lo que m&#225;s alabanzas merece.

&#8212;Bien hab&#233;is hablado &#8212;me dijo &#8212;para ser un extranjero que no sabe de estas cosas m&#225;s que lo que ha o&#237;do decir de ellas. Os probar&#233; que os ha inducido a error vuestra ignorancia de las costumbres de nuestro pa&#237;s, y para ello repetir&#233; primero ordenadamente lo que vos hab&#233;is dicho; y, por &#250;ltimo, contestar&#233; a vuestros argumentos y los refutar&#233; uno por uno. Par&#233;ceme que hab&#233;is dicho cuatro cosas ...

&#8212;Callaos &#8212;le dijo el Cardenal &#8212;. Semejante exordio nos promete que vuestra respuesta no ser&#225; corta. Os dispensamos de que os tom&#233;is ese trabajo ahora. Si nada os lo impide a vos y al maese Rafael, ser&#237;a mi deseo que prosiguieseis esta pl&#225;tica ma&#241;ana. Pero antes, maese Rafael, quisiera que nos dijerais por qu&#233;, seg&#250;n vos, el robo no debe ser castigado con la muerte y qu&#233; castigo m&#225;s conveniente a la Rep&#250;blica deber&#237;a ser impuesto a tal delito, porque estoy cierto que no creer&#233;is que el robo debe quedar impune. Si aun sabiendo que les espera tan tremendo castigo hay hombres que no dudan en robar, &#191;qu&#233; temor, qu&#233; fuerza podr&#237;a detener a los malhechores cuando supieran que no les iban a quitar la vida? Adem&#225;s, juzgar&#237;an esa mitigaci&#243;n del castigo como una incitaci&#243;n al mal.

&#8212;Creo, monse&#241;or &#8212;respond&#237;le &#8212;, que es injusto dar muerte a un hombre porque ba robado dinero. Soy de opini&#243;n que todos los bienes de este mundo no compensan la p&#233;rdida de una vida humana. Y si me dicen que esta justicia castiga la transgresi&#243;n de las leyes, dir&#233; que a esta extremada y rigurosa justic&#237;a se le puede llamar suma injusticia. No son justas esas leyes crueles y despiadadas, no es justo sacar la espada para vengar ofensas leves. No debemos hacer lo que hacen los Estoicos, para los cuales todas las ofensas son iguales, como si el homicidio y el robo fueran ambos la misma cosa, como si un crimen no fuese m&#225;s odioso que el otro, pues si hemos de guardar el respeto debido a la equidad, no hay entre esos dos delitos igualdad ni semejanza. Dios nos manda no matar. &#191;Y hemos de matar tan prontamente a un hombre porque nos ha quitado un poco de dinero? Y si los hombres saben que la Ley Divina prohibe matar y se enteran m&#225;s tarde que las leyes humanas dicen que matar es l&#237;cito, &#191;no podr&#237;an hacer leyes que dijesen que son l&#237;citos el libertinaje, la fornicaci&#243;n y el perjurio? Dios nos prohibe, no s&#243;lo quitar la vida a nuestros semejantes, sino quit&#225;rnosla nosotros mismos. &#191;Podr&#237;amos leg&#237;timamente matarnos los unos a los otros en virtud de una ley hecha por los hombres? Y esa ley &#191;tendr&#237;a una fuerza tal que har&#237;a que aquellos que la cumpliesen, a pesar del precepto divino, escapasen del castigo celestial, y que tuvieran el derecho de hacer perecer a todos los que estuviesen condenados por la justicia humana? Entonces, la justicia de Dios s&#243;lo reinar&#237;a en donde le permitiera la justicia humana, y, finalmente, ser&#237;an los hombres quienes determinar&#237;an en cada circunstancia hasta qu&#233; punto ser&#237;a conveniente guardar los mandamientos divinos. Aun la ley de Mois&#233;s, severa como era, pues se hizo para esclavos, para esclavos endurecidos y tercos, castigaba el robo tan s&#243;lo con pena pecuniaria, y no con la muerte. No queramos creer que Dios, en su nueva Ley de clemencia y misericordia, por la que nos gobierna como un bondadoso padre gobierna a sus amados hijos, nos da m&#225;s espacio y mayor licencia para que seamos crueles con nuestros pr&#243;jimos y ellos con nosotros.

He aqu&#237; por qu&#233; creo que ese castigo es injusto. Adem&#225;s, par&#233;ceme que nadie sabe cu&#225;n irrazonable y cu&#225;n pernicioso es para la Rep&#250;blica que el ladr&#243;n y el homicida o asesino reciban igual castigo. Si el ladr&#243;n sabe esto, se sentir&#225; fuertemente incitado, y aun constre&#241;ido, a dar muerte al que s&#243;lo hubiera despojado, pues, una vez hecho el crimen, tendr&#225; menos miedo de que sea descubierto, ya que el muerto no podr&#225; acusarle. Y as&#237; esta crueldad no infunde miedo a los ladrones, sino que les mueve a matar. Si me preguntarais cu&#225;l ser&#237;a el castigo m&#225;s conveniente, responder&#237;a que, enmi opini&#243;n, no es m&#225;s dif&#237;cil de hallar que el peor. &#191;Por qu&#233; hemos de poner en duda que eran buenos y provechosos los castigos que daban en la antig&#252;edad los romanos, que tan h&#225;biles eran en el gobierno de la Rep&#250;blica? En Roma, los grandes criminales eran condenados a trabajar en las canteras, a sacar metales en las minas, a llevar cadenas todos los d&#237;as de su vida. Tocante a esto, no he visto en ninguna naci&#243;n nada que pueda compararse a lo que, viajando por el mundo, vi en Persia entre los llamados com&#250;nmente Polileritas, cuyo pa&#237;s es grande y est&#225; sabiamente gobernado. Cumplen solamente sus propias leyes, y son libres, aunque pagan un tributo anual al poderoso Rey de los persas. Mas como est&#225;n lejos de la mar y casi cercados por altas monta&#241;as, y se contentan con los frutos que da su tierra, que es muy feraz, no van ellos a otros pa&#237;ses ni las gentes de otros pa&#237;ses vienen al suyo. Fieles a la antigua costumbre de su naci&#243;n, no desean ensanchar los l&#237;mites de ella. Sus monta&#241;as los defienden y el tributo que pagan a su Rey los libra de tener que ser soldados. Viven c&#243;modamente, aurique sin suntuosidad, y son m&#225;s felices y ricos que insignes y famosos. Creo que su nombre solamente lo conocen sus vecinos m&#225;s cercanos.

Entre los Politeritas, un sujeto convicto de robo tiene que restituir las cosas robadas a su leg&#237;timo due&#241;o, y no al Rey, como es uso en otros pa&#237;ses, pues creen que el Pr&#237;ncipe no tiene m&#225;s derecho sobre ellas que el mismo ladr&#243;n. Si perecen las cosas robadas, se pagan con los bienes de fortuna que posee el ladr&#243;n, y lo que sobra se devuelve a la esposa e hijos de &#233;ste, el cual es condenado a trabajos p&#250;blicos. Si el robo es de po ea monta, el ladr&#243;n no es encarcelado ni cargado de cadenas. Los que se niegan a trabajar o lo hacen con holgazaner&#237;a, son forzados a ello a zurriagazos y les ponen cadenas. Los que muestran buen &#225;nimo en el trabajo no son maltratados. Cada noche los llaman por sus nombres y son encerrados en aposentos. S&#243;lo tienen que trabajar de d&#237;a y su vida no es dura ni inc&#243;moda. Danles bien de comer a expensas de la Rep&#250;blica, porque son siervos de ella. Se apela a diversos recursos para mantenerlos. En algunas partes los mantienen con las limosnas que dan para ellos; y aunque este recurso es incierto, por ser el pueblo muy misericordioso, no se halla otro m&#225;s provechoso o que resulte m&#225;s abundante. En algunos lugares se se&#241;alan ciertas tierras y con lo que ellas dan los mantienen; y en otros lugares se hace pagar un tributo especial a sus moradores.

Otras regiones hay en que los esclavos &#8212;llaman as&#237; a los condenados &#8212;no trabajan para la Rep&#250;blica. Cualquier persona particular que necesite ga&#241;anes, los alquila por d&#237;as, d&#225;ndoles de comer y beber y pag&#225;ndoles un jornal un poco menor que el que se da a los ga&#241;anes libres; y el amo tiene adem&#225;s el derecho de castigar con azotes a los perezosos. As&#237; los condenados nunca carecen de trabajo y tienen lo que necesitan para vivir. Tienen que entregar algo de lo que ganan para el Tesoro de la Rep&#250;blica. Todos llevan un vestido del mismo color y no les rapan sino la parte de la cabeza que est&#225; encima de las orejas; pero les cortan la parte superior de una de las orejas. Todos ellos pueden recibir de sus amigos regalos de alimentos y bebidas y tambi&#233;n un vestido del color prescrito; pero un regalo en dinero trae consigo la muerte del que lo hace y del que lo recibe. Igual castigo se impone al hombre libre que, por cualquier raz&#243;n, toma dinero de un esclavo y al esclavo que toca armas. Cada condado marca a sus esclavos con distintas se&#241;ales. El que se quita la marca es castigado con la muerte, y tambi&#233;n el que es visto fuera de los l&#237;mites de su condado o hablando con un esclavo de otro condado. Un intento de fuga no es menos peligroso que la misma evasi&#243;n. Quien ayuda a otro a fugarse, pierde la vida, si es esclavo; la libertad, si es libre. Se premia a los delatores: al hombre libre, con dinero; al esclavo, con la libertad. Si el delator es uno de los c&#243;mplices le es perdonado su delito. As&#237; es mejor arrepentirse a tiempo que perseverar en una mala intenci&#243;n.

Estas son las leyes y orden de ese pueblo, como os he dicho. Bien se echa de ver lo conveniente que es y lo lejos que est&#225; de la crueldad esa humanidad, esa benevolencia que usan. Con el castigo s&#243;lo se proponen destruir los vicios y salvar a los hombres, para que &#233;stos elijan el ser buenos y reparen en lo restante de su vida el mal que antes hicieron. A m&#225;s se teme muy poco que puedan volver a su viciosa condici&#243;n, y los viajeros los toman como gu&#237;as sin desconfianza alguna, para ir de un condado a otro, y en cada condado los cambian tomando otros. Si quisieran robar no podr&#237;an hacerlo, pues no llevan armas, y el dinero que les hallasen encima delatar&#237;a su criminal acci&#243;n. Sabe que ser&#225; castigado y que no tiene esperanza alguna de poder huir. &#191;Podr&#237;a ocultar su fuga un hombre que no va vestido como los dem&#225;s? Si huyera desnudo le delatar&#237;a el modo c&#243;mo lleva rapada parte de la cabeza y la oreja cortada. Tampoco es de temer que se junten para conspirar contra la Rep&#250;blica. Los esclavos de un solo condado no podr&#237;an llevar a cabo tal intento sin la ayuda de los esclavos de otros condados. Esto es del todo imposible para hombres que tienen prohibido el hablarse entre s&#237; o saludarse. No se atrever&#237;an a proponer esto a sus compa&#241;eros, pues saben sobradamente lo peligroso que es guardar un secreto y lo provechosa que es para ellos la delaci&#243;n. Por otra parte, nadie desespera de alcanzar su libertad alg&#250;n d&#237;a mostrando humilde obediencia y paciente resignaci&#243;n, dando pruebas de que llevar&#225; una vida de verdadero hombre honrado en lo venidero. Y, en efecto, cada a&#241;o son premiados con la libertad los que han sabido tener esa mansa resignaci&#243;n.

Dicho esto, iba a a&#241;adir que no comprend&#237;a por qu&#233; no pod&#237;an ser impuestos este orden y estas leyes en Inglaterra con mucho m&#225;s provecho que la justicia que tanto hab&#237;a alabado el jurista, cuando &#233;ste habl&#243; as&#237;:

&#8212;Jam&#225;s se podr&#237;a imponer esto en Inglaterra sin peligro para la Rep&#250;blica.

Y al decir esto, mene&#243; la cabeza y puso mala cara. Luego call&#243;. Todos los presentes aprobaron sus palabras.

&#8212;Es dif&#237;cil juzgar,&#8212; dijo el Cardenal &#8212;sin antes probarlo, si ese orden ser&#237;a bueno o malo aqu&#237;. Mas si, despu&#233;s de haber sido pronunciada la sentencia de muerte, mandase el Rey suspender y aplazar la ejecuci&#243;n, podr&#237;a intentarse la prueba, aboliendo antes el derecho de asilo en los lugares sagrados. Y si se viese que esto era bueno y provechoso, se podr&#237;a hacer. De no ser as&#237;, se tendr&#237;a que cumplir la sentencia y dar muerte a los condenados. Nada de esto ser&#237;a da&#241;oso para la Rep&#250;blica. Y creo yo que se podr&#237;a tratar de igual modo a los vagabundos, contra los cuales se han dictado ahora tantas leyes que no han conseguido enmendarlos.

Luego de haber hablado as&#237; el Cardenal, todos tuvieron grandes alabanzas para mis dichos, los cuales hab&#237;an desaprobado poco antes. Pero lo que m&#225;s aplaudieron fue lo que hab&#237;a a&#241;adido el Cardenal acerca de los vagabundos. No s&#233; si ser&#237;a mejor callar lo que sigui&#243;; sin embargo, como no es cosa mala y tiene bastante relaci&#243;n con lo que se hab&#237;a hablado antes, lo contar&#233; tambi&#233;n.

Hall&#225;base all&#237; cierto par&#225;sito burl&#243;n que pretend&#237;a imitar a un buf&#243;n y consegu&#237;a, no s&#243;lo parecerlo, sino serlo. Era tan afectado en el hablar y dec&#237;a cosas tan fuera de tiempo y lugar que mov&#237;a a risa a sus oyentes, los cuales re&#237;anse m&#225;s a menudo de &#233;l que de sus chocarrer&#237;as. Mas de vez en cuando sal&#237;an de sus labios palabras juiciosas, cual si quisiera hacer verdad el proverbio que dice: Quien tira, da en el blanco al final. Dijo a la saz&#243;n uno de la compa&#241;&#237;a que ya que en mi discurso hab&#237;a hallado un buen remedio para acabar con los ladrones y el Cardenal otro para corregir a los vagabundos, a&#250;n faltaba encontrar otro para favorecer a aquellos que, viejos, enfermos y ca&#237;dos en la pobreza, no pod&#237;an trabajar para ganar el sustento. A esto replic&#243; el burl&#243;n:

&#8212;Dejadlo para m&#237; y ver&#233;is c&#243;mo halloel remedio. Lo que m&#225;s quisiera es no tener que tropezar con tales gentes, que me han importunado muchas veces pidi&#233;ndome limosna con l&#225;grimas en los ojos y jam&#225;s han podido sacarme ni una sola moneda. Siempre me sucede una de estas dos cosas: o no quiero darles dinero, o quiero d&#225;rselo y no puedo porque no lo tengo. Ahora que saben bien que no pueden esperar de m&#237; m&#225;s de lo que podr&#237;an esperar de un sacerdote o un monje, me dejan pasar cuando me ven sin decirme nada, para no pedir en vano. Yo har&#237;a, pues, una ley que mandase que todos los mendigos fuesen repartidos entre los conventos, para que los varones fueran convertidos en lo que los frailes llaman legos y las hembras en monjas .

Sonri&#243;se el Cardenal y aprob&#243; la chanza. Los dem&#225;s hicieron lo mismo. Pero un fraile, que era licenciado en Teolog&#237;a, a quien estos dichos sobre los curas y las monjas hab&#237;an puesto de excelente humor, empez&#243; tambi&#233;n a bromear, a pesar de ser hombre grave.

&#8212;No acabar&#233;is con los mendigos &#8212;dijo el buf&#243;n &#8212;si no os preocup&#225;is tambi&#233;n del bienestar de los frailes. &#8212;&#191;Por qu&#233;? &#8212;replic&#243; el par&#225;sito&#8212; &#161;Monse&#241;or ya ha hallado el remedio! Hay que hacer trabajar a los vagos. &#191;Y no sois vosotros los mayores vagos del mundo?

Viendo que el Cardenal nada replicaba, ech&#225;ronse todos a reir, menos el fraile, el cual, ofendido por lo que acababa de decir el buf&#243;n, se indign&#243; y enfad&#243; tanto que no pudo dome&#241;ar su c&#243;lera y le llam&#243; bellaco, villano, marrano, maldiciente. calumniador e hijo de perdici&#243;n, mezclando con estas palabras las m&#225;s terribles imprecaciones sacadas de las Sagradas Escrituras.

Entonces el buf&#243;n comenz&#243; a mofarse de un modo que naclie lo podr&#237;a hacer mejor, y dijo:

&#8212;Sosegaos, buen fraile, no os irrit&#233;is. Est&#225; escrito: Mediante vuestra paciencia salvar&#233;is vuestras almas.

A lo que respondi&#243; el fraile con estas palabras:

&#8212;No estoy airado, malvado, pillo de horca, o por lo menos no peco, pues dijo el Salmista : Enojaos, y no quer&#225;is pecar m&#225;s.

El Cardenal amonest&#243; con dulzura al fraile para que se reportase.

&#8212;Vos sab&#233;is, Monse&#241;or, que tengo el deber de hablar as&#237; &#8212;dijo el amonestado. Los mismos santos han tenido estos arrebatos de furor. Dice un Salmo:

El celo de tu casa me devor&#243;. Y se canta en las iglesias: Los que se burlaron de El&#237;seo cuando entr&#243; en la&#161; Casa de Dios, sintieron la c&#243;lera del calvo, como la sentir&#225; este villano burl&#243;n.

&#8212;Creo que lo hac&#233;is con buena intenci&#243;n &#8212;d&#237;jole el Cardenal, mas pareceme que obrar&#237;ais m&#225;s sana y prudentemente no prosiguiendo esta insensata altercaci&#243;n con hombre tan necio.

A lo que replic&#243; el fraile:

&#8212;No, Monse&#241;or no ser&#237;a m&#225;s prudente. Salom&#243;n el sabio, dijo: No respondas al necio imitando su necedad, y es lo que estoy haciendo ahora para que vea este necio en qu&#233; abismo puede caer si no tiene m&#225;s cuidado. Y si los que se burlaron de Eliseo, que era un solo hombre calvo, sintieron la ira del calvo, &#191;c&#243;mo no ha de sentirla m&#225;s a&#250;n este burl&#243;n que se mofa de tantos frailes, entre los cuales hay muchos calvos? Tenemos tambi&#233;n las Bulas del Papa en virtud de las cuales los que se burlan de nosotros est&#225;n excomulgados.

Viendo el Cardenal que la disputa no llevaba trazas de acabar, hizo una discreta se&#241;a con la mano para mandar salir al buf&#243;n, y pasamos a hablar de otras cosas. Al cabo de poco espacio, levant&#243;se de la mesa y nos despidi&#243;. Fuese a conceder audiencia a los que ven&#237;an a pedirle favores.

&#8212;Ved, maese More, qu&#233; larga y tediosa ha sido la historia que os he contado. Seguro estoy de que me hubiese avergonzado de haber hablado tanto si no hubiera sabido que vos lo deseabais y me escuchabais con gusto. Hubiera podido ser m&#225;s breve, pero quer&#237;a persuadir a mi auditorio, que empez&#243; desaprobando mis palabras y acab&#243; alab&#225;ndolas cuando oy&#243; decir al Cardenal que no le parec&#237;an mal. Por adular a Monse&#241;or, no siritieron rubor alguno al aplaudir las desatinadas invenciones de un buf&#243;n, anim&#225;ndoles a ello el ver que el amo de &#233;ste hab&#237;a sonre&#237;do al oirlas y no las hab&#237;a refutado. Ya v&#233;is en cu&#225;n poca estima tienen los cortesanos mi persona y mis opiniones.

&#8212;Os aseguro, maese Rafael, que os he escuchado con agrado &#8212; dije. &#8212;&#8212; Las palabras que hab&#233;is dicho han sido discret&#237;simas. Hanme hecho creer que me hallaba, no solamente en mi patria, sino tambi&#233;n en el palacio del Cardenal, de quien hab&#233;is hecho tan bello retrato. Me hab&#233;is tra&#237;do dulces recuerdos de la ni&#241;ez, porque en ese palacio pas&#233; mi infancia y me ense&#241;aron lo que s&#233;. Ya os profesaba mucho afecto, amigo Rafael; pero no pod&#233;is imaginaros lo que ha crecido ese afecto en mi coraz&#243;n al ver lo que favorec&#233;is a aquel hombre. Mas esto no cambia la opini&#243;n que tengo formada de vos. Sigo creyendo que si quisierais estar en la Corte de alg&#250;n Pr&#237;ncipe, vuestros consejos podr&#237;an ser muy &#250;tiles y provechosos a la Rep&#250;blica. Os obliga ese deber, que es el de todo buen ciudadano. Ya sab&#233;is que ha dicho vuestro admirado Plat&#243;n que s&#243;lo ser&#225;n perfectamente felices las Rep&#250;blicas en lo venidero, si los fil&#243;sofos son Reyes o los Reyes se entregan al estudio de la filosof&#237;a. &#161;Cu&#225;n lejos est&#225;n a&#250;n las Rep&#250;blicas de esta felicidad si los fil&#243;sofos no se dignan modelar el &#225;nima de los Reyes con sus sabios consejos!

&#8212;Los fil&#243;sofos no son tan adustos &#8212;respondi&#243; &#8212;y lo har&#237;an con agrado si los Reyes y Pr&#237;ncipes estuviesen dispuestos a seguir los buenos consejos. Muchos de ellos lo han hecho ya en sus libros. Pero no hay duda de que Plat&#243;n ya previ&#243; que los Reyes, a menos de entregarse al estudio de la filosof&#237;a, jam&#225;s querr&#225;n escuchar los consejos de los fil&#243;sofos, porque sus corazones est&#225;n pervertidos desde su m&#225;s tierna edad por las ideas falsas y malas. Plat&#243;n vi&#243; que esto era verdad en el ejemplo del Rey Dionisio. Si yo propusiera a alg&#250;n Rey que se diesen leyes sabias, si intentase arrancar de su alma las perniciosas causas originales de vicio e iniquidad &#191;no cre&#233;is que ser&#237;a arrojado de su Corte o se reir&#237;an de m&#237;? Suponed que me hallase con el Rey de Francia y estuviera sentado en su Consejo tratando de negocios secretos. El monarca y sus m&#225;s talentudos consejeros y ministros h&#225;llanse presentes all&#237;. B&#250;scanse los medios de poder conservar Mil&#225;n, de impedir que se separe N&#225;poles, de conquistar Venecia, de someter a toda Italia; luego de unir a la Corona toda la Borgo&#241;a, Flandes y Brabante, sin contar otros reinos y tierras que hace largo tiempo se tiene el prop&#243;sito de invadir. Uno aconseja que se concierte con los venecianos un Tratado de Paz, que durar&#225; toda el tiempo que sea menester, y ceder a &#233;stos parte del bot&#237;n, la cual ser&#237;a recobrada cuando se hubiera arreglado todo a gusto de Francia. Otro opina que ser&#237;a mejor traer alemanes. Este otro dice que hay que ganar el favor de los suizos d&#225;ndoles dinero. Aquel da el consejo de hacer un sacrificio y apaciguar con oro al poderoso Emperador. Aquel otro aconseja hacer las paces con el Rey de Arag&#243;n, restituy&#233;ndole el reino de Navarra. Hay quien propone que se intente hacer una alianza con el Rey de Castilla, ganando antes a algunos se&#241;ores de aquella Corte, los cuales ser&#237;an comprados mediante una pensi&#243;n.

Est&#225;n dudosos acerca de lo que se debe hacer con Inglaterra, pero est&#225;n acordes en una sola cosa, en hacer la paz con los ingleses, para estrechar los lazos de amistad con ellos, para hacer m&#225;s caliente esta amistad, que hasta ahora ha sido tibia. As&#237; se podr&#225; llamar a esa naci&#243;n amiga, pero se seguir&#225; desconfiando de ella cual si fuese enemiga. Se tendr&#225; siempre preparados a los escoceses, por si es necesario emplearlos contra los ingleses. En secreto, porque p&#250;blicamente no puede hacerse por raz&#243;n de la tregua pactada, habr&#225; que tener preparado igualmente a alg&#250;n noble ingl&#233;s, que haya sido desterrado de su pa&#237;s y que quiera ser pretendiente al Trono, para tener dominado y sujeto a ese monarca que tan poca confianza les infunde. Y ahora digo yo: ante tan graves e importantes negocios, ante tantos nobles y prudentes varones que solamente aconsejan al Rey que hablen las armas, o sea la guerra, &#191;qu&#233; suceder&#237;a si mi humilde persona se levantase y les aconsejase que cambiasen el rumbo? Yo les dir&#237;a: Dejad tranquila a Italia y quedaos en casa; el reino de Francia es tan grande que un soIo hombre no puede gobernarlo bien, y el Rey no ha de menester engrandecerlo m&#225;s. Luego les propondr&#237;a que imitasen el ejemplo de los Acorianos, pueblo situado enfrente de la isla de Utop&#237;a, en el lado del Sudeste.

Esos acorianos hicieron la guerra tiempo atr&#225;s a otro reino, para d&#225;rselo a su soberano, quien se consideraba con derecho a ce&#241;ir la corona del mismo en virtud de una antigua aIianza. Al final, luego de haberlo conquistado, di&#233;ronse cuerita de que les era tan dif&#237;cil conservarlo como les hab&#237;a sido apoderarse de &#233;l. Cuando no ten&#237;an que sufrir las irrupciones y saqueos de las tropas de otras naciones, ten&#237;an que sofocar las diarias insurrecciones de sus nuevos vasallos, por lo que ten&#237;an que estar continuamente luchando en favor de ellos o contra ellos. Ve&#237;an que se estaban empobreciendo porque sal&#237;a el dinero fuera del reino, que mor&#237;an sus hombres para mantener la gloria de otra naci&#243;n. La paz no era para ellos mejor que la guerra, porque la guerra hab&#237;ales pervertido de tal modo que les hab&#237;a acostumbrado a matar y a robar. No eran respetadas las leyes. El Rey mostr&#225;base incapaz de gobernar los dos reinos. Y comprendiendo que estos males iban a ser inacabables, se concertaron y dijeron a su Rey que deb&#237;a escoger entre ambos reinos, pues para una sola cabeza era mucho peso el de dos coronas y ellos eran demasiado numerosos para consentir ser regidos por medio Rey. Dijeron tambi&#233;n al monarca que un mulero no pod&#237;a guardar al mismo tiempo las bestias de dos amos. Este buen Pr&#237;ncipe hubo de contentarse con su antiguo reino y dar el nuevo a uno de sus amigos, quien fue arrojado de &#233;l poco tiempo despu&#233;s.

Y si yo a&#241;adiese y demostrase que tales aventuras b&#233;licas, no solamente dejar&#237;an vac&#237;as las arcas del tesoro, sino que causar&#237;an muchas destrucciones y muertes y llevar&#237;an la confusi&#243;n a otras naciones; si dijese que ser&#237;a m&#225;s conveniente para el Rey contentarse con su reino de Francia, como hicieron sus antepasados antes de &#233;l, para enriquecerlo, para hacerlo florecer tanto como &#233;l pudiese, amando a sus s&#250;bditos para que &#233;stos volviesen a amarle, viviendo con ellos, mand&#225;ndolos con blandura, no apeteciendo conquistar m&#225;s reinos, pues tiene bastante y a&#250;n le sobra con el que ya posee, &#191;cre&#233;is que ser&#237;a escuchado, maese More?

&#8212;Me temo que no &#8212;respond&#237;.

&#8212;Prosigamos, entonces &#8212;dijo Rafael. &#8212;Imaginaos un Rey y sus consejeros buscando los medios de enriquecer al monarca. Uno aconseja aumentar el valor del dinero cuando el Rey haya de pagar y dar a la moneda menos valor del que tiene cuando tenga que recibir dinero; de este modo se podr&#225;n pagar grandes cantidades con poco dinero y se recibir&#225; mucho cuando hayamos de cobrar el poco que nos deben. Propone otro que se finja que hay guerra y que cuando el Rey haya recibido dinero en abundancia, haga que se celebre la paz con grandes y solemnes ceremonias religiosas, para as&#237; cegar los ojos de la plebe y para que &#233;l sea tenido por Pr&#237;ncipe piadoso que no ha querido que se derramase sangre humana. Este pide que se hagan cumplir ciertas leyes antiguas, que por antiguas han sido olvidadas y transgredidas por todos; tales leyes castigan los delitos con penas pecuniarias, y mandando cumplirlas, el Rey parecer&#225; hacer justicia. El consejo que da &#233;ste otro es que se prohiban muchas cosas que se considera se hacen en dafio de la Rep&#250;blica, castigando a los trangresores con fuertes penas pecuniarias, y vender luego el privilegio de hacerlas. Por este medio se gana el favor del pueblo y se consigue provecho de dos maneras: primero haciendo sufrir la pena o confiscaci&#243;n a los que por codicia no cumplieron estas leyes y luego vendi&#233;ndoles privilegios y licencias. Y m&#225;s caros podr&#225; vender el Pr&#237;ncipe estos privilegios cuanto menos dispuesto se muestre a consentir que una persona haga algo en da&#241;o de sus s&#250;bditos.

Otro aconseja que el Rey perdone a los jueces del reino que no hicieron cumplir las leyes, para tener a &#233;stos siempre a su lado y para que mantengan los derechos del Pr&#237;ncipe. Adem&#225;s, los llamar&#225; a Palacio para que arguyan y discutan en presencia suya sobre tales negocios. Por mala e injusta que sea una causa sIempre habr&#225; uno u otro de ellos que, porque tiene algo que alegar u oponer, porque se averg&#252;enza de volver a decir lo que ha sido dicho ya o porque quiere agradar al soberano, hallar&#225; el modo de defenderla con argucias. Y as&#237;, cuando los jueces no est&#233;n acordes entre ellos y sigan disputando sobre lo que ya es bastante claro, y sea puesta en duda la verdad mani&#241;esta, podr&#225; el Rey entender que la ley ha sido hecha en su provecho, y entonces los dem&#225;s, por verg&#252;enza o temor, consentir&#225;n en ello. Luego los jueces se atrever&#225;n a pronunciarse en favor del Rey, porque el que obra as&#237; ha detener una buena raz&#243;n que lo abone; le bastar&#225; tener la equidad de su parte, o la letra de la ley, o interpretar torcidamente &#233;sta, o lo que para los jueces buenos y justos tiene m&#225;s fuerza que todas las leyes, la indisputable prerrogativa real.

Y, finalmente, todos los consejeros se muestran conformes con la m&#225;xima del rico Craso de que no basta la abundancia de oro para que un Pr&#237;ncipe mantenga un ej&#233;rcito. Adem&#225;s, un Rey, aunque podr&#237;a hacerlo si quisiera, no puede hacer nada injusto: es due&#241;o absoluto de las personas y bienes de sus s&#250;bditos, y todo lo que &#233;stos poseen lo tienen merced a la benignidad real. Lo que m&#225;s conviene al Rey es que sus s&#250;bditos posean muy poco o nada; el Rey est&#225; m&#225;s seguro en su trono cuando su pueblo no goza de demasiada riqueza y libertad, pues, cuando hay estas cosas, los hombres no obedecen de buen grado las leyes duras e injustas; por otra parte, la necesidad y la pobreza abaten sus audacias hac&#237;endoles sumIsos a la fuerza.

Suponed que entonces me levanto y afirmo: Son dignos de vituperio y deshonrosos para el Rey todos los consejos que acab&#225;is de darle. Fuera m&#225;s honroso y provechoso para &#233;l enriquecer a su pueblo en vez de buscar su propia riqueza. Los hombres hacen los Reyes para su propio bien, no para el bien de &#233;stos; los hacen para poder vivir sin temor a sufrir afrentas e injusticias. El Rey debe velar m&#225;s por la felicidad de su pueblo que por la suya, porque es como un pastor, y el pastor antes que nada tiene que apacentar a sus ovejas.

Yerran los que creen que la defensa y el mantenimiento de la paz consiste en la pobreza del pueblo. &#191;D&#243;nde abundan m&#225;s las disputas, las querellas, los alborotos, las rencillas y las reprobaciones sino entre los mendigos? &#191;Qui&#233;nes desean m&#225;s las mudanzas que los que no est&#225;n contentos del modo c&#243;mo viven? &#191;No es el m&#225;s audaz de los rebeldes aquel que espera ganar algo porque no tienen nada que perder? Si un Rey es tan poco amado, tan despreciado de sus s&#250;bditos, que no puede infundir en ellos temor, si no es a fuerza de injusticias y confiscaciones y llev&#225;ndolos a la pobreza, mejor le ser&#237;a renunciar al trono que intentar mantenerse en &#233;l por tales medios, pues, aunque sigan llam&#225;ndole Rey, la majestad se ha perdido. Nada hay m&#225;s contrario a la dignidad de un soberano que reinar en un pueblo de mendigos; su deber es regir una naci&#243;n rica y feliz. No lo ignoraba el valeroso Fabricio cuando dijo que prefer&#237;a m&#225;s mandar a los ricos que ser rico &#233;l. Y en verdad es carcelero, y no Rey, el que vive en la riqueza y los placeres mientras los dem&#225;s lloran, afligidos por causa de ello. Finalmente, este Rey, como es imprudente m&#233;dico que no sabe curar a un enfermo sin darle otra enfermedad, tampoco sabe mejorar la manera de vivir de sus s&#250;bditos si no es quit&#225;ndoles la riqueza y las comodidades de la vida, y debiera confesar que no sirve para gobernar a los hombres. Dejadle, pues, que enmiende su propia vida, que renuncie a su orgullo y a los placeres deshonestos, porque estos son los vicios que hacen que su pueblo le desprecie o le odie. Que viva de lo suyo, sin hacer da&#241;o a ninguno. Que prevenga los cr&#237;menes, que no los deje crecer para despu&#233;s castigarlos. Que no vuelva a imponer leyes que han sido abrogadas por la costumbre, especialmente las que han sido olvidadas hace largo tiempo y jam&#225;s han sido necesarias. Que no mande, so color de castigar las transgresiones, hacer confiscaciones que un juez considerar&#237;a injustas si pretendiera hacerlas un simple s&#250;bdito del reino.

Hablar&#237;a luego a los consejeros de las leyes de los Macarienses , los cuales moran no lejos de Utop&#237;a. Su Rey, el d&#237;a de la coronaci&#243;n, jura solemnemente que jam&#225;s tendr&#225; en sus arcas m&#225;s de mil libras de oro o plata. Dicen los macarienses que esta ley fue hecha por un buen Rey que se preocup&#243; m&#225;s del bienestar de su patria que del suyo. Cre&#237;a as&#237; poner estorbos a la acumulaci&#243;n de riquezas, la cual cosa tra&#237;a irremediablemente la pobreza del pueblo. Preve&#237;a que aquel dinero bastana para mantener el orden en su reino y para impedir las invasiones de los enemigos extranjeros. Sab&#237;a tambi&#233;n que ese dinero, por ser demasiado poco, no le mover&#237;a a cometer la injusticia de quitar las haciendas a sus vasallos. Tal fue la causa principal que obligo a dictar esa ley. Otra causa fue que el soberano quer&#237;a que no faltase dinero a sus s&#250;bditos para sus cotidiarias transacciones. Un Rey que obra as&#237; es temido por los malos y amado por los buenos. Pero si dijera esto y otras cosas semejantes entre hombres que opinan de diferente modo que yo &#191;no ser&#237;a como hablar a sordos?

&#8212;En efecto, fuera hablar a sordos &#8212;le respond&#237; &#8212;. Mas esto no me maravillar&#237;a. En verdad. de nada sirve decir semejantes cosas o dar tales consejos si no se est&#225; cierto de que ser&#225;n escuchadas las plimeras y seguidos los segundos. &#191;Puede ser provechoso ese inusitado lenguaje para hombres que defienden opiniones tan diferentes? En una pl&#225;tica entre amigos no es desagradable la filosof&#237;a escol&#225;stica, mas en los Consejos de los Reyes, donde se discuten con grande autoridad los m&#225;s graves negocios, no hay un lugar conveniente para ella.

&#8212;Por esto dije yo que no hay lugar para los fil&#243;sofos en la Corte &#8212;replic&#243; Rafael.

&#8212;Verdad es &#8212;dije &#8212;que para esta filosof&#237;a escol&#225;stica, que cree poder estar en todas partes, no lo hay. Pero existe otra filosof&#237;a m&#225;s afable, que podemos decir conoce su propio teatro, la cual representa con donaire el papel que le han dado en la pieza. Y esta es la filosof&#237;a que deb&#233;is usar. Si vos, mientras se est&#225; representando una comedia de Plauto, aparecieseis en las tablas vestido de fil&#243;sofo cuando los esclavos se hallan chanceando entre ellos y os pusierais a recitar los versos que dicen S&#233;neca y Ner&#243;n cuando discuten en Octavia, &#191;no cre&#233;is que hubiera sido mejor hacer de personaje mudo en vez de convertir la pieza en una tragicomedia? Echar&#237;ais a perder la pieza al hacer entrar en ella un elemento que no le pertenece, aunque lo que a&#241;adieseis vos fuese mejor. Sea el que fuere el papel que quer&#233;is representar, haced lo lo mejor que pod&#225;is, y no estrope&#233;is nada si record&#225;is alg&#250;n lance m&#225;s gracioso y mejor de otra pieza.

.Lo mismo sucede en la cosa p&#250;blica y en los Consejos de los Reyes y Pr&#237;ncipes. Si no pod&#233;is arrancar completamente de los corazones de los hombres las malignas opiniones; si no pod&#233;is, como quisierais, enmendar los vicios que el uso y la costumbre han confirmado, no por esta causa se debe abandonar la Rep&#250;blica o renunciar a ella. No se debe abandonar el barco en la tempestad porque no se puedan dome&#241;ar los vientos. No se puede persuadir a gentes que opinan tan diferentemente con tan desusado discurso. Menester es que obr&#233;is de manera, que si no pod&#233;is hacer todo el bien que dese&#225;is, logren, a lo menos, vuestros esfuerzos quitar fuerza al mal. Porque no es posible que las cosas vayan bien hasta que los hombres sean todos buenos, y para que esto sea as&#237; habr&#225; que esperar muchos a&#241;os.

&#8212;Obrando como dec&#237;s vos , &#8212;replic&#243; Rafael &#8212;no puede suceder nada m&#225;s sino que, si yo intento curar la locura de los dem&#225;s, me volver&#233; loco como ellos. Cuando deseo decir verdades, es preciso que las diga. No s&#233; si es propio de un fil&#243;sofo decir mentiras; s&#243;lo puedo afirmar que el mentir no es propio de m&#237;. Mis palabras parecer&#225;n desagradables, mas no s&#233; ver que puedan parecer extra&#241;as. Si les refiriera esas cosas que finge Plat&#243;n en su Rep&#250;blica, o lo que hacen los Ut&#243;picos en la suya, lo cual es mejor que lo nuestro, no dejar&#237;an de mostrar extra&#241;eza, pues, entre nosotros, cada hombre posee muchas cosas, mientras &#225;ll&#237; todas las cosas son comunes. &#191;Qu&#233; conten&#237;a mi discurso que no pueda ser dicho en todas partes? No les agradar&#225; a los que ya est&#225;n determinados a seguir el camino contrario, porque.les hara volver y les mostrar&#225; los peligros. En verdad, si .todas las cosas que las pervertidas costumbres hacen parecer inconvenientes y despreciables hubiesen de ser desechadas como cosas indignas y vituperables, entonces nosotros, entre los cristianos, deber&#237;amos cerrar los ojos a la mayor parte de las cosas que Cristo nos ense&#241;&#243; y prohibi&#243; ocultar, las que &#201;l musit&#243; al o&#237;do de sus disc&#237;pulos y mand&#243; que se pregonasen sobre los terrados. Y la mayor parte de ellas son muy diferentes de las costumbres del mundo de hoga&#241;o como he dicho antes.

Supongo que los sutiles predicadores siguieron vuestros consejos, porque, viendo que los hombres obedec&#237;an de mal grado la ley de Cristo, han torcido su doctrina cual si fuese una regla de plomo para acomodarla a las costumbres humanas. No veo que se haya ganado nada con ello, a no ser una mayor tranquilidad para los que obran mal. No predominar&#237;an mis opiniones en los Consejos de los Reyes, porque si no opinase como los consejeros opinan ser&#237;a como si no opinara, y, como dice el Misi&#243;n, de Terencio, los ayudar&#237;a en su locura. No s&#233; ad&#243;nde lleva el tortuoso camino vuestro. Dec&#237;s que, si no se puede hacer el bien siempre, hay que procurar que se haga el menos mal posible. No debemos disimular ni cerrar los ojos. Es menester aprobar los peores consejos y decretos. El que tuviese valor para alabar tales decretos ser&#237;a tenido por algo peor que un esp&#237;a, ser&#237;a tenido casi por un traidor.

Estando en semejantes Asambleas, no siempre hay ocasi&#243;n de hacer el bien; el hombre bueno m&#225;s pronto se pervierte en ellas que logra la enmienda de los dem&#225;s. Y si no le echa a perder esa mala compa&#241;&#237;a, si sigue siendo bueno e inocente, c&#250;lpanle de la maldad e insensatez ajenas. As&#237;, pues, es imposible seguir ese camino tortuoso para hacer que las cosas se tornen mejores. Por eso Plat&#243;n, en una hermosa comparaci&#243;n, nos dice por qu&#233; los sabios se guardan de interponer su autoridad en la Rep&#250;blica. Cuando ven que la gente que pasa por las calles se moja porque est&#225; lloviendo y que no pueden persuadirla a que vuelva a su casa, como saben que, si salen ellos, no lograr&#225;n sino mojarse tambi&#233;n, se quedan en sus moradas contentos de hallarse bajo techado, ya que no pueden curar la necedad de los dem&#225;s.
&lt;/DIV&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/EM&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/DIV&gt;</body>
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&lt;/LI&gt;&lt;/UL&gt;&lt;/DIV&gt;&lt;!-- /ENTRADILLA --&gt;&lt;!-- MINUTECA --&gt; &lt;DIV class=minutec_art_mod&gt; &lt;DL&gt; &lt;DT&gt;&lt;STRONG&gt;Minuteca&lt;/STRONG&gt; todo sobre:  &lt;DD&gt; &lt;UL&gt; &lt;LI&gt;&lt;A title="Calentamiento global" href="http://www.20minutos.es/minuteca/calentamiento-global/"&gt;Calentamiento global&lt;/A&gt; &lt;/LI&gt;&lt;/UL&gt;&lt;/DD&gt;&lt;/DL&gt;&lt;/DIV&gt;&lt;!-- /MINUTECA --&gt;&lt;!-- TEXTO --&gt; &lt;DIV id=cuerpo_noticia&gt;La concentraci&#243;n de &lt;STRONG&gt;carbono negro&lt;/STRONG&gt; en la atm&#243;sfera, resultante del holl&#237;n, es la segunda causa m&#225;s importante del calentamiento clim&#225;tico despu&#233;s de las emisiones de &lt;A href="http://es.wikipedia.org/wiki/Anh%C3%ADdrido_carb%C3%B3nico" target=_blank&gt;di&#243;xido de carbono&lt;/A&gt;, seg&#250;n un art&#237;culo publicado este lunes por la revista cient&#237;fica brit&#225;nica &lt;A href="http://www.nature.com/" target=_blank&gt;&lt;EM&gt;Nature&lt;/EM&gt;&lt;/A&gt;.  Un estudio realizado por expertos de las &lt;A href="http://www.universityofcalifornia.edu/" target=_blank&gt;universidades de California&lt;/A&gt; e &lt;A href="http://www.uiowa.edu/" target=_blank&gt;Iowa&lt;/A&gt; (EEUU) indica que el carbono negro es una sustancia que absorbe la radiaci&#243;n solar y no permite que la radiaci&#243;n reflejada por la superficie terrestre salga de la atm&#243;sfera, por lo que &lt;STRONG&gt;eleva la temperatura del planeta&lt;/STRONG&gt;. 

 &lt;DIV class=imp&gt;El carbono negro puede viajar largas distancias y mezclarse con otros aerosoles&lt;/DIV&gt;El carbono negro puede viajar largas distancias por la atm&#243;sfera terrestre en un recorrido en el que se mezcla con otros aerosoles, como nitratos, sulfatos y cenizas.  Esta mezcla origina columnas de &lt;STRONG&gt;nubes marrones de 3 a 5 kil&#243;metros&lt;/STRONG&gt; de espesor que no dejan que la radiaci&#243;n solar visible llegue a la superficie terrestre, lo que da&#241;a el ciclo del hidr&#243;geno y calienta la atm&#243;sfera. Este hecho se ve agravado porque la mayor concentraci&#243;n del carbono negro se da en los tr&#243;picos, donde la radiaci&#243;n solar es mayor. 

 Adem&#225;s, la deposici&#243;n de carbono negro puede tambi&#233;n oscurecer la nieve y el hielo, lo que incrementa su absorci&#243;n del calor local y contribuye al deshielo de los glaciares y los polos, en particular del C&#237;rculo Polar &#193;rtico y de la cordillera del Himalaya. 

 La quema de biocombustibles, de combustibles f&#243;siles y de biomasa es la principal fuente de emisi&#243;n del carbono negro a la atm&#243;sfera.

 &lt;STRONG&gt;M&#225;s en los tr&#243;picos &lt;/STRONG&gt;

 Las mayores concentraciones se dan en los pa&#237;ses en desarrollo de los tr&#243;picos y el este asi&#225;tico, especialmente la India, el este de China, el Sureste asi&#225;tico, M&#233;xico, Centroam&#233;rica, gran parte de Brasil y Per&#250;. Los investigadores calculan que bajo la influencia de esta sustancia viven unos 3.000 millones de personas. 

 Los efectos del carbono negro del holl&#237;n son, seg&#250;n el estudio, la segunda influencia humana m&#225;s importante en el calentamiento del planeta despu&#233;s de las emisiones de di&#243;xido de carbono.

&lt;/DIV&gt;&lt;/SPAN&gt;&lt;/DIV&gt;&lt;/DIV&gt;&lt;/DIV&gt;</body>
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    <title>Vamos bien (y dec&#237;amos que la toda la culpa era de los coches)</title>
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dret, copiar i enganxar&lt;IMG class=imgizqda id=img_0 src="http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/addesconfiats/nuvols6.JPG"&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/EM&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/STRONG&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/EM&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/FONT&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/SMALL&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;&lt;/BIG&gt;</body>
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    <body>&lt;IMG class=imgizqda id=img_0 src="http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/addesconfiats/82773_CIMG0624.JPG"&gt;La ampliadora usada cientos, miles de veces, con su &#243;ptica de 50 mm.

El cuarto oscuro, luz roja, los ba&#241;os de revelado, de paro y de fijado.

El enfoque, los negativos que est&#233;n limpios de polvo, que no est&#233;n ara&#241;ados...

Las ampliaciones 30 x 40 en la esmaltadora...

Adi&#243;s Nikon, adi&#243;s Canon, adi&#243;s Practika...



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