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    <body>Vuelvo a intentar salir del mar de la inconstancia y vuelvo a intentar escribir. Tras probar todas las excusas posibles que justifiquen mi falta de perseverancia le quito el polvo al teclado y desentumezco mis dedos, que casi noto crugir con cada presi&#243;n de cada letra, de cada palabra, de cada frase.

&#191;Existe alguna posibilidad de amar sin que duela? &#191;Es bueno relacionar palabras como amor y sacrificio? No consigo comprender c&#243;mo puede ser que haya una sola persona en el mundo capaz de sufrir por amor. El amor debe ser un sentimiento pleno, que realice a la persona que lo siente y la haga m&#225;s feliz. No concibo c&#243;mo puede alguien dar por sentado que en el juego del amor entran trampas y artima&#241;as, que en el camino del amor hay fosos y piedras, que en el oc&#233;ano del amor hay remolinos y corrientes capaces de matar al amante. El amante. El que ama. Sin condiciones, pero sin perjuicios. Queriendo sin querer nada a cambio. Sinti&#233;ndose feliz por ser querido. El amante. El que ama.

Una idea idealizada de un concepto irreal y novelesco. Quiz&#225;. Pero mi ideal de vida no pasa por tolerar a alguien, por comprender, amansar, ocultar verdades, temer, aburrir... Mi ideal de vida no pasa por tener una enorme hipoteca, ni un apartamento en la costa, ni un coche que no me pueda permitir. Mi ideal de vida se basa en un concepto tan universal y obvio que, en cierta manera, nos suele pasar por alto. Ser feliz. Con una felicidad aut&#233;ntica, no fingida ni maquillada. Una felicidad consistente en autorealizaci&#243;n. En sentirme pleno y orgulloso con la mayor parte posible de facetas de mi vida. En mirar atr&#225;s, suspirar y pensar que Eso lo hice yo. Y llenar el pecho de orgullo porque cre&#237;, porque confi&#233;, porque apost&#233;, porque am&#233;. Porque viv&#237;, dese&#233;, respir&#233;, ol&#237;, sabore&#233;, toqu&#233;, bes&#233;... Porque am&#233;. Porque quise, porque supe, porque pregunt&#233; y aprend&#237;, porque record&#233;... Porque am&#233;. Ansi&#233;, tuve, retuve y sostuve. Entretuve y obtuve. Y, tambi&#233;n, porque am&#233;.

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    <body>Vivo atado a unas gafas. Desde siempre y por siempre ser&#225; as&#237;. Atado a unas gafas desde que mi peque&#241;a naricilla no las aguantaba. Aquellas monturas de concha de los a&#241;os ochenta. Concha marr&#243;n. Redondas. Posteriormente lleg&#243; la revolucionaria montura met&#225;lica, con un aire moderno y sofisticado. Redondas igual. Llegaban los noventa.
All&#225; por el 98 las gafas se fueron apaisando y dejando al aire las cejas. Gafas rectangulares, de cristal peque&#241;o y soportado en montura met&#225;lica. Pero la redondez hab&#237;a quedado en el olvido, as&#237; como las cinturas de los pantalones bajaban y los tangas relegaban las bragas de los culos con los que nos deleit&#225;bamos. Los noventa mor&#237;an. El siglo y el milenio se iban de la mano de la d&#233;cada a formar parte de anuarios, almanaques y libros de historia. Y las gafas se apaisaban.
La desaparici&#243;n de la montura lleg&#243; como una revoluci&#243;n. A&#241;os de esclavitud ocular daban paso a una montura invisible desde lejos que nos permit&#237;a lucir una carita libre de artefactos. Desde lejos. Pero una carita sin redondeces, met&#225;licas o de concha. Esa revoluci&#243;n dur&#243; tanto como duran todas las revoluciones. Hasta que llega un efecto retro que se las come. Tras una innovaci&#243;n, dir&#237;ase que hubieran reunidos algunos de los amantes de lo antiguo, en un comit&#233; que devuelva lo viejo y mate a lo nuevo. Pero que devuelva lo viejo con etiqueta de nuevo. Para que todo aqu&#233;l amante de lo nuevo compre lo que un dia fue como un ser&#225;. En definitiva... la pasta volvi&#243; a las gafas. Las monturas volv&#237;an a ser gruesas y visibles y nos hac&#237;a a los gafotas mostrarnos orgullosos de nuestra dudosa virtud. Ellos devolvieron los pantalones acampanados, por aquella &#233;poca. Y las camisas de flores. Y las zapatillas Munich. Y los Minis y las Vespas. Y, con el tiempo, las Ray-Ban. Y es la prueba de que todo fluye. Panta rei. Nada se destruye ni se crea. Todo se transforma. Las cosas vuelven. Las modas vuelven. Si guardas ropa de tu padre, en 20 a&#241;os ser&#225;n el m&#225;s IN si te la pones... Todo fluye. Las gafas, siempre se nos caer&#225;n hacia la punta de la nariz cuando sudemos. Ninguna montura lo evitar&#225;. Ser&#233; un gafotas para siempre. Y estar&#233; orgulloso de serlo. Y me seguir&#233; subiendo las gafas cuando me sude la nariz. Por los siglos de los siglos.
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    <title>Atado a unas gafas</title>
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    <body>Por en&#233;sima vez me prometo que nunca lo volver&#233; a hacer. Ser&#233; fuerte y tendr&#233; disciplina. Pero, en realidad no hay nada que prometer. Ni nada que hacer. S&#243;lo desentumecer mis dedos. Mi mente. Mi sentir. Mirar al blanco y llenarlo de letras. Mirar al mundo y llenarlo de vida.
Como si estuviera recuper&#225;ndome de una fractura de manos, cada tecla se resiste. Como cuando me romp&#237; el tobillo y llenaba mis ma&#241;anas de una dolorosa rehabilitaci&#243;n constante de la tremendamente dura tarea de coger un trapito del suelo con los dedos de los pies. Un movimiento inexplicablemente tortuoso.
El blanco se llena, despacio. De color, de letras o de lo que uno necesite para luchar contra &#233;l. Porque el blanco no es s&#243;lo un color. Es un nada que te come y te recuerda que, si no lo rellenas de algo, el motivo de tu vida se quedar&#225;, por siempre en un fue. O peor, en un pudo ser. Y no, nunca fue.
Una casa sin muebles me recuerda que empiezo una nueva vida. Llena de desconocidos peligros y placeres. De penas y alegr&#237;as que la ir&#225;n llenando. Una cabeza sin muebles me recuerda la mudanza a la que estoy sometiendo a todo lo que ha formado parte de m&#237;. Y como en todas las mudanzas, siempre hay cosas que se pierden. Como en todas las mudanzas hay un adi&#243;s y un hola. Un partir y un llegar. Un ser y un no ser.
Vuelvo, despacio. Vuelvo a escribir para m&#237; y para los que me leyeron. Y para los que me leer&#225;n. Desaturdo mis dedos para poder volver a poder ser lo que un d&#237;a quise poder ser. Y quise ser. Y cre&#237; que ser&#237;a. Y fui. Vuelvo con este ejercicio de autoexplicaci&#243;n y de rehabilitaci&#243;n. Vuelvo a coger el trapito con los dedos del pie. Y me vuelve a doler. Pero tengo que luchar por no arrastrar una cojera inmerecida.
Y lleno mi casa de muebles. Negros y blancos. Como las p&#225;ginas que llene de nuevo, un d&#237;a. Blancas, negras. Y lleno mi cabeza de sentimientos, colores, olores y besos. Y me cuesta pensar que todo est&#225; vac&#237;o. Pero la vida se me antoja una eterna mudanza. Con adioses y holas. Con partires y llegares. Con p&#233;rdidas y encuentros. Pero, al final. Llegando a luchar por ser y poder ser. Y no quedarse en un melanc&#243;lico pudo ser.
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    <title>Casa sin muebles. Cabeza sin muebles.</title>
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    <body>No con tanta asiduidad, pero intentar&#233; ir volviendo por estos lares. Desaparec&#237;, porque desaparec&#237; de mi vida. Quiz&#225; no tan dram&#225;tico. Tampoco le importa mi vida a nadie. El caso es que he dejado de ser algunas cosas que me gustaban y otras que he aprendido a detestar. Y he empezado a hacer cosas buenas y nuevas, que me dan una vida diferente.

 Pero he dejado de escribir, hace unos meses. No aqu&#237;, que tambi&#233;n. Sino mis relatos, mis ideas, mis presentes deseos de futuras novelas. Y lo hab&#237;a dejado por no encontrarme. Por no saber a&#250;n a qui&#233;n buscar tras esas gafas. Y le voy conociendo y no es mal tipo, pese a que muchos discrepen. Es ego&#237;sta, cabez&#243;n y en ocasiones tendiente a odiar las relaciones sentimentales y a los relacionados sentimentalmente. Pero no es mal tipo.

 El caso es que la necesidad de estabilidad en mi vida para poder escribir, ya la he cubierto. No una total estabilidad, si es que existe eso; pero s&#237; una cierta sensaci&#243;n de saber en qu&#233; paso mis d&#237;as y de tener objetivos personales a corto y largo plazo. As&#237; que ahora, &#191;qu&#233; me falta? Tiempo, me digo que s&#237;, pero en realidad lo tengo. Y lo pierdo a montones. Ganas, las tengo. Voluntad, nunca la he tenido y a&#250;n as&#237; conclu&#237; una novela; de modo que no ser&#225; tan necesaria. Supongo que ser&#225; algo parecido a lo que llaman h&#225;bito. "Tener h&#225;bito de escribir". Me deprime tener h&#225;bito de nada en esta vida. Creo que la costumbre mata las sensaciones y los placeres. Mata la experimentaci&#243;n y el descubrimiento. Mata, al final, el vivir. Pero cierto es que uno debe estar acostumbrado a montar en bicicleta un m&#237;nimo para poder mantener el equilibrio.

 Me acabo de dar cuenta de que es 1 de diciembre. Uno de los meses que m&#225;s detesto. Quiz&#225; me estoy convirtiendo en uno de esos amargados que odia la Navidad. Pero no soporto ver los comportamientos navide&#241;os del ciudadano tipo barcelon&#233;s. As&#237; como ser&#225; el de cualquier otra ciudad por estas fechas. Se palpa la tensi&#243;n entre familias y parejas, de una manera que nos hace olvidar aquel cuento del esp&#237;ritu navide&#241;o que nos han vendido para que compremos m&#225;s regalos a quienes queremos, a quienes toleramos y a quienes detestamos. El caso es comprar. Y pasear entre calles iluminadas desde mediados de noviembre, entre clientes y carteles que te recuerdan cu&#225;nto debes querer a tu familia y como traducirlo a euros, como si eso del amor fuera una divisa m&#225;s.

 Supongo que a mi lista de odios deber&#237;a sumar la Navidad. Supongo que podr&#237;a sumar todo aquello que la gente hace por "h&#225;bito" y que no se preocupa o no puede comprender. Porque lo de Jes&#250;s queda ya tan lejos, que a casi nadie le importa.

 De modo que voy a intentar volver a soltar los dedos de una manera productiva. Y a sacar la ceniza que queda dentro de la pipa cuando el tabaco ya quem&#243;. Porque al final, todo lo que arde, acaba en ceniza.

  

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    <title>Cansado de estar y no ser</title>
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    <body>Despu&#233;s de alg&#250;n tiempo, he vuelto. Alguno a&#250;n me recordar&#225;. Otro podr&#225; conocerme como nuevo. El caso es que vengo a deciros, de primera mano, que gracias a este nuevo invento de bubok, que ayuda a los escritores principiantillos como yo, el que quiera ya puede comprar mi primera novela (aquella de la que algo habl&#233; y alguno que otro me dej&#243; una buena cr&#237;tica). Pod&#233;is comprar la versi&#243;n digital o la de toda la vida, en papel. Sea como sea, os animo a que, quien tenga algo en un caj&#243;n, se mire esto de bubok. Y os animo, c&#243;mo no, a que compr&#233;is mi novela, que os cuesta lo que os costar&#237;a tomar un par de copas.

Un saludo a todos!

Andr&#233;s Panadero

http://andrespanadero.bubok.com
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    <title>EL OLOR DE LA TORMENTA</title>
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    <body>Me hart&#233; de este blog. Hay veces que cambiar es bueno. Yo, que estoy en pleno proceso de cambio, me mudo. Quien quiera venir a mi nuevo blog, est&#225; invitado.

http://andrespanadero.blogspot.com/</body>
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    <body>Frente al espejo, se colocaba a la perfecci&#243;n la corbata. Como siempre, su imagen impoluta era s&#237;mbolo de la serenidad que quer&#237;a transmitir. Su cabello canoso, peinado sobriamente. Un fino bigote, cortado con la delicadeza del hombre que est&#225; seguro de s&#237; mismo y de su imagen. Sus gafas de montura negra, necesarias para hacer su vida y que formaban parte de sus se&#241;as de identidad. La identidad que todos conoc&#237;an. Que todos admiraban u odiaban. Como su fino bigote. Como su perfecto nudo de corbata.
Con sus mano, un &#250;ltimo movimiento planch&#243; el cabello en sus sienes. Respir&#243; hondo y alis&#243; el chalec&#243; con las palmas de las manos. Lentamente. Mir&#243; a los ojos de su inverso gemelo, de inversos rasgos, de inversos movimientos. Frente al espejo, de mir&#243; a los ojos. Y vio un cierto aire de pesar mezclado con el orgullo del que hace lo que cree correcto. Y ba&#241;ado de la pena de saber que podr&#237;a haber conseguido m&#225;s. Sus ojos, se vieron brillantes. Se dir&#237;a que se despidieron. De hecho, lo hicieron.
Bes&#243; a su hijo en la frente y a su mujer en los labios. Ellos le despidieron con un hasta luego. Quiz&#225; con un te quiero. &#201;l, se limit&#243; a sonreir. Y mont&#243; en el asiento de atr&#225;s del coche presidencial, que parti&#243; dejando tras de s&#237; una doble estela sobre el camino de grava.
Sentado en el asiento, repasaba mentalmente las palabras de su mitin. Pese a las amenazas que recibi&#243;, sus palabras ser&#237;an las mismas. Sus deseos, los mismos. El resultado, el mismo. El sobre en el que hab&#237;a su foto perforada en la frente, junto con un casquillo de bala reposaban en su americana, lejos de inoportunos tropiezos de su mujer. No quer&#237;a que sufriera. Pero sufr&#237;a.
Las palabras iban a ser las mismas. Ese casquillo no cambiar&#237;a nada. Sus palabras s&#237;. Y una vez pronunciadas, no se las llevar&#237;a el viento. El mensaje significaba un paso definitivo hacia la paz. Quiz&#225; no hacia la paz definitiva, pero s&#237; hacia una duradera. Quiz&#225; su hijo no viviera m&#225;s guerras. O al menos, quiz&#225; no viviera m&#225;s guerras durante su infancia. Con ese mensaje, as&#237; suceder&#237;a.
Y pronunci&#243; el mensaje. Y cambi&#243; el mundo tanto como otros pocos lo han cambiado. Y le recordar&#237;an siempre.
Y al acercarse al coche presidencial un ni&#241;o se acerc&#243; cogido f&#233;rreamente a la mano de su padre. Las lineas de seguridad se abrieron ante su consentimiento. El ni&#241;o se le acerc&#243; sonriente, gritando presidente, presidente. El padre le segu&#237;a y la mirada del presidente ascendi&#243; hasta encontrarse con los ojos de &#233;ste. Y vio en ellos un brillo familiar.
-&#191;Qu&#233; siente al haber cambiado el mundo?
El presidente sonri&#243; y baj&#243; la mirada, entre la humildad y la reflexi&#243;n. Y vio que la mano libre del padre no estaba libre. Sosten&#237;a un peque&#241;o control que le era familiar al presidente, de sus a&#241;os de militar. En la mano derecha, sosten&#237;a a su hijo. En la izquierda, el control.
El presidente supo que no hab&#237;a vuelta atr&#225;s. Alz&#243; la mirada, hasta encontrar de nuevo los ojos del padre. Y vio ese brillo familiar. El brillo del odio. Y le sonri&#243;.
-Siento orgullo.

Relato modestamente dedicado a Benazir Bhutto y a todos aquellos que, de una u otra manera, un d&#237;a pretendieron convertir el mundo en un lugar mejor. Y que, en la mayor&#237;a de los casos, fueron injustamente tratados y recibieron un crudo final. In memoriam.

&lt;a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/"&gt;
&lt;img alt="Creative Commons License" style="border-width:0" src="http://i.creativecommons.org/l/by-nc-nd/2.5/es/88x31.png" /&gt;
&lt;/a&gt;
&lt;br /&gt;Esta 
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    <title>El orgullo (a Benazir Bhutto)</title>
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    <body>El tiempo en que relacionas la Navidad con la ilusi&#243;n, con los nervios de la noche esperando el amanecer, qued&#243; atr&#225;s. El tiempo de las aburridas comidas familiares en las que deseas que te dejen levantarte de la mesa para poder disfrutar de tus nuevos juguetes tambi&#233;n qued&#243; atr&#225;s. Sin embargo, pese a la desilusi&#243;n de descubrir que Santa Claus no existe, intento encontrar el lado bueno de la Navidad. Y lo hago. Quiza buscando en los resquicios de mi ni&#241;ez, en ese ni&#241;o que queda dentro de todos y que nunca nos deja perder del todo la ilusi&#243;n, ni humanizarlo todo tanto que d&#233; asco. Ese ni&#241;o que nos salva de verlo todo desde el lado serio, pr&#225;ctico, &#250;til. Ese ni&#241;o que todav&#237;a nos hace divertirnos ante un grupo de tit&#237;s en el zool&#243;gico. 
El caso es que me gusta la Navidad, sigo mirando el alumbrado de las calles como la primera vez, sigo buscando discos de buenos villancicos, como uno de Sinatra y Crosby con el que disfruto, sigo mirando las caras de los ni&#241;os, y las parejas que se abrazan m&#225;s fuerte mientras miran escaparates. Y sigo preguntando a todo aqu&#233;l que no es de Espa&#241;a, c&#243;mo celebran en su tierra estas fiestas, y pregunt&#225;ndole a mi compa&#241;era rusa c&#243;mo se dice feliz Navidad, y descubriendo que despu&#233;s de cinco repeticiones, me veo incapaz de repetir ese sonido sin una sola vocal. Y sigues siento, en definitiva, fechas especiales. En las que, si te libras de lastres de familia indeseable y de presiones comerciales, puedes disfrutar, y reirte, y comer bien un buen cabrito preparado por un amigo, o los huevos rellenos de la madre, y beber vino y cava, y si te pasas, te pasaste, que al d&#237;a siguiente es fiesta y se puede dormir la mona.
Y con esto, un microrelato que titular&#233;, luces de Navidad:
Alz&#243; su c&#225;mara y encuadr&#243; las luces que rezaban "Bones Festes". Una lengua ya no tan extra&#241;a, ya no tan dif&#237;cil, ya no tan hostil. Recordaba el alumbrado navide&#241;o de su tierra y lo comparaba con el que ahora mismo brillaba frente a ella -y a su objetivo-. Y pens&#243; que se puede ser feliz en una tierra y extra&#241;ar otra. Dej&#243; atr&#225;s la comparaci&#243;n, el odio a lo extra&#241;o como s&#237;mbolo de lejan&#237;a. Barcelona exist&#237;a antes de que ella naciera, de modo que no ten&#237;a sentido culparla de nada. Y camin&#243; bajo las luces, bajo las "bones festes", por la avenida de Gaud&#237;, autor de la colosal construcci&#243;n que ten&#237;a en frente. La Sagrada Familia, iluminada por los focos de cada d&#237;a, custodiada por las gr&#250;as de una construcci&#243;n m&#225;s antigua que la mayor&#237;a de barceloneses vivos, estaba de pie, s&#237;mbolo de aquella ciudad que dejaba de ser extra&#241;a. Mir&#243; en direcci&#243;n al mar y vio las dos grandes torres que reposan, a pocos metros de la orilla, a pocos metros de su trabajo. Y se sinti&#243; afortunada por poder ver el mar, el puerto, los barcos, la estatua de Col&#243;n, Montjuich al fondo, con su estra&#241;a forma como si el mar se hubiera llevado la mitad de la monta&#241;a y la hubiera convertido en una alta pared en la que las olas golpean. Y en la que los barceloneses entierran a los suyos, en uno de los cementerios de m&#225;s funesta belleza.
Y camin&#243; por la calle pensando en su cena. Unos tacos, pan con tomate, tortillas, jam&#243;n... Por qu&#233; elegir cuando se puede tener todo. Tacos y vino de Rioja. Y a disfrutar de su nueva tierra, sin dejar de a&#241;orar la vieja. Nunca fue un adi&#243;s. Siempre fu&#233; hasta luego. &#191;Por qu&#233; no se puede compartir la tierra?</body>
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    <title>Blanca Navidad</title>
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    <body>Es tan rica la lengua castellana que me molesta enormemente la necesidad de algunas personas de cargarla de palabras inglesas para dar notoriedad a lo que quieren decir. No hay filosof&#237;a de empresa (expresi&#243;n que ya detesto, ya que la filosof&#237;a es el amor por el conocimiento, por definici&#243;n) que no est&#233; plagada de palabrejas de origenes brit&#225;nicos. No tengo nada contra la lengua inglesa. Me parece cultura y, s&#243;lo por eso, tan respetable como cualquier otra. Pero por ese mismo motivo me molesta que mi empat&#237;a sea ahora feedback, que mi atenci&#243;n tenga que recibir inputs o que mi jefe sea ahora mi manager. Por no decir que me acabo de convertir en un sales assistant. Hay pa&#237;ses de habla hispana que, por influencia, han cargado su lenguaje de anglicismos, como el caso de M&#233;xico. Pero amigos espa&#241;oles, nosotros, s&#237;mbolo de retraso entre la Europa occidental; nosotros, tierra de bienvenido Mister Marshall; nosotros, con el nivel de ingl&#233;s m&#225;s bajo de toda Europa; no entiendo por qu&#233; tenemos que llenar nuestras oficinas de rapports y targets y dejar en el olvido los informes y los objetivos que nos acompa&#241;aron desde peque&#241;itos. Por hoy, nada m&#225;s. Muchas gracias.

&lt;a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/"&gt;
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&lt;/a&gt;
&lt;br /&gt;Esta 
&lt;span xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" href="http://purl.org/dc/dcmitype/Text" rel="dc:type"&gt;obra&lt;/span&gt; est&#225; bajo una 
&lt;a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/"&gt;licencia de Creative Commons&lt;/a&gt;.
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    <body>Imag&#237;nate una boca...

Los vaivenes de la vida me llevan a participar en un curso de creaci&#243;n literaria. Y a aprender algo y ver que ya sab&#237;a algo que otros tardan en comprender. No me gusta la falsa modestia. Si alguien me felicita, lleno mi pecho de aire y doy las gracias. Porque estoy orgulloso de esa felicitaci&#243;n. No la merezco, s&#237;... Eso no importa. La felicitaci&#243;n en s&#237; es un premio. La realizaci&#243;n personal, otro. Cuando estoy en el ocaso de mi curso, justo habiendo entregado el "gran" trabajo final y esperando a que el lunes que viene me digan qu&#233; tal, me encuentro con que varias personas que no conozco me han felicitado por mis escritos. Les doy las gracias, orgulloso. La humildad es buena, pero la falsa modestia es absurda. Si creyera que no s&#233; escribir, no escribir&#237;a. Me gusta escribir, se me da bien y por eso quiero aprender y mejorar. Me felicitan y lleno el pecho. Gracias. Sonr&#237;o, agradezco, pero no niego ni bajo la mirada. Porque soy yo quien escribo. Y tengo que devolver el agradecimiento mirando a los ojos de quien me lo da. El lunes que viene, se dice que la profesora leer&#225; los texto que m&#225;s le han llamado la atenci&#243;n. Yo quiero ser quien la deje sin palabras, quien reciba su especial felicitaci&#243;n, quien recoja el aplauso que la gente deje salir. Si no es as&#237;, ser&#225; menos de lo que quiero.
Estoy seguro de que la mayor&#237;a de la gente tiene objetivos similares en su vida. Y el no mostrarlos no significa que no existan. Cuando uno muestra su obra, sea de la naturaleza que sea, lo hace para recibir una felicitaci&#243;n. Si luego dicen que no la merecen, mienten. Mienten al decir que ellos piensan eso. Cuando juego a billar, deporte -s&#237;, deporte- que practico habitualmente a nivel de competici&#243;n, juego de cara a la galer&#237;a. Me gusta que me miren y reconozco que juego mejor cuanta m&#225;s gente est&#225; pendiente de m&#237;. Y cuando una de esas carambolas que no sabe tirar cualquiera sale de mi taco, y se oye un "oh" en la grada, y algunos aplausos, y alg&#250;n "bravo"; me incorporo y doy las gracias. Discretamente, quiz&#225; s&#243;lo con un leve movimiento con el taco hacia el p&#250;blico. Pero les doy las gracias por sus aplausos. Y ellos, con sus aplausos, me dan las gracias por mi carambola.
Y al final se trata de eso. La falsa modestia rompe la cadena simbi&#243;tica que se construye con la producci&#243;n de cualquier arte. No es que creemos para gustar, pero nos hace felices. Sentimos que nuestro esfuerzo vale mucho cuando alguien lo valora. Y, ni mucho menos, pensamos que no nos merezcamos el reconocimiento.

Imag&#237;nate una boca...

Pronto, esta frase se convertir&#225; en el comienzo de una novela corta que querra participar en un cert&#225;men. Pronto, esta frase luchar&#225; por ser un libro.

&lt;a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/"&gt;
&lt;img alt="Creative Commons License" style="border-width:0" src="http://i.creativecommons.org/l/by-nc-nd/2.5/es/88x31.png" /&gt;
&lt;/a&gt;
&lt;br /&gt;Esta 
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