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    <body>&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;em&gt;&#8220;La pintura holandesa de nuestra memoria&#8221;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/em&gt;

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/em&gt;

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&#171;Tenemos algunos recuerdos que son como la pintura holandesa de nuestra memoria, cuadros de estilo en que los personajes son a menudo de condici&#243;n mediocre, sorprendidos en un momento muy sencillo de su existencia, sin acontecimientos solemnes, a veces sin acontecimientos en absoluto, en un cuadro de ninguna manera extraordinario y desprovisto de grandeza. La naturalidad de los caracteres y la inocencia de la escena, constituyen su encanto, la distancia pone entre ella y nosotros una luz dulce que la ba&#241;a en belleza.&#187; (Proust, &lt;em&gt;Los placeres y los d&#237;as&lt;/em&gt;, &#8220;Cuadros del estilo del recuerdo&#8221;).&lt;span style="font-size: 10pt;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;

&lt;h1&gt;Vermeer&lt;/h1&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Hay un cuadro de Vermeer que se llama &lt;em&gt;La carta de amor&lt;/em&gt;. En &#233;l se puede ver en primer plano una habitaci&#243;n en penumbra, cuya puerta, franqueada por una silla vac&#237;a sobre la que descansan unas partituras, se abre a una segunda estancia iluminada, m&#225;s al fondo. All&#237; se ve a dos mujeres, una dama y su sirvienta. &#201;sta ha interrumpido un instante el trabajo del hogar para entregar a la due&#241;a una carta que acaba de llegar. La cesta de la colada est&#225; en el suelo y tambi&#233;n una escoba. La dama, sentada, tocaba el la&#250;d cerca de la chimenea. De la pared del fondo,detr&#225;s de las mujeres, cuelga un cuadro que representa un paisaje marino con un barco. El punto de vista se sit&#250;a en la zona de sombra, de forma tal que la mirada del espectador avanza de la oscuridad hacia la luz, pero el espectador mismo se queda inmerso en la penumbra. Aunque la cortina est&#225; descorrida, la sombra vela nuestra presencia. No hay duda de que contemplamos sin ser contemplados.

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;       &lt;/span&gt;El t&#237;tulo del cuadro no hace m&#225;s que enunciar una hip&#243;tesis. Nadie sabe, ni puede saber, si esa carta es realmente de amor. La tela tiene una historia mercantil larga y agitada, cambi&#243; de manos en un buen n&#250;mero de ocasiones hasta quedar depositada en su lugar de reposo actual en el Rijksmuseum de &#193;msterdam. Alguien desconocido lo anot&#243; con el nombre con el que se lo conoce popularmente al ser catalogado para una de sus m&#250;ltiples ventas. Fuese su propietario o no, deb&#237;a tratarse de una persona que hab&#237;a vivido cercana al lienzo y que hab&#237;a dedicado muchas horas a reflexionar sobre &#233;l; semejante t&#237;tulo ya condensa en s&#237; mismo toda una compleja interpretaci&#243;n y no puede&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;ser sino fruto de un riguroso y continuado esfuerzo de dedicaci&#243;n a la pintura de Vermeer de Delft. Nunca hubiese pensado el autor en titularlo as&#237; y no hubiese osado siquiera titularlo. No sabemos si en su &#233;poca era costumbre colocar un nombre a las telas, pero aunque as&#237; fuese, sospechamos que ninguno le pod&#237;a venir mejor que el &lt;em&gt;Sin t&#237;tulo &lt;/em&gt;que ha proliferado a partir de la vanguardia. S&#243;lo esa apuesta ir&#243;nica por el anonimato de la pintura pod&#237;a hacer justicia a su b&#250;squeda y su revoluci&#243;n, logros que hubiese dejado en suspenso una inoportuna voluntad de nombrar (aqu&#237;, sin&#243;nimo de juzgar). Lo que sigue es un argumento en favor de esta conjetura.

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;Ni un s&#243;lo indicio se nos ofrece en el cuadro que indique aciencia cierta que lo que recibe la dama de manos de su sirvienta sea una cartade amor; como tampoco podemos saber a partir de los elementos que integran la composici&#243;n a qu&#233; tipo de historia remite la escena que contemplamos. Vamos, enprincipio, a dar por bueno el t&#237;tulo del catalogador apasionado y, dando un giro perverso a la escena de amor, a imaginar que somos testigos de un m&#237;nimo fragmento de una intriga amorosa y que, en consecuencia, lo que la dama sostiene entre sus manos es, efectivamente, una carta de amor. Sobre esta clave se pueden interpretar los signos desperdigados por la tela en una determinada direcci&#243;n: la carta, el la&#250;d, el cuadro a espaldas de las mujeres... Sin olvidar una presencia capital: la del contemplador oculto; es &#233;l el tercer personaje del cuadro. Su presencia larvada y silenciosa es tambi&#233;n una forma de ausencia, pero sabemos que est&#225; ah&#237; y que tambi&#233;n es el pintor y que somos nosotros mismos, contemplando la escena desde el mismo lugar y tambi&#233;n, con toda seguridad, en silencio.

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;       &lt;/span&gt;La recepci&#243;n de un mensaje interrumpe la m&#250;sica. La se&#241;ora deja de ta&#241;er para tomar la carta. No sabemos qu&#233; duraci&#243;n tendr&#225; la interrupci&#243;n (sospechamos que depende del contenido de la misiva). Conjeturamos que el mensaje lo env&#237;a un amante de la mujer, que tal vez est&#225; casada o comprometida. Algunos cr&#237;ticos interpretan la marina que est&#225; en el fondo de la sala, representando un barco que surca el mar, como un s&#237;mbolo de la partida del amante. Tenemos entonces a una mujer que recibe una carta del hombre al que ama, que se encuentra lejos, muy lejos tal vez. Ella es presa de la melancol&#237;a que le produce la ausencia e intenta dar salida a su pena tocando y cantando melod&#237;as que recuerdan esa ausencia.&lt;a style="" href="#_ftn1" name="_ftnref1" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[1]&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; El contenido de la carta es un misterio para nosotros, pudiera ser una despedida, tal vez el anuncio de un reencuentro. S&#243;lo podemos atenernos al peque&#241;o fragmento que revela el cuadro y, precisamente por su condici&#243;n de &#8220;instant&#225;nea&#8221;, su revelar es un no-revelar. De forma an&#225;loga a lo que nos ocurre con un mosaico del que s&#243;lo poseemos una pieza, la historia en la que se proyecta el instante que estamos mirando queda fuera de nuestra experiencia, fuera de nuestra mirada. 

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;       &lt;/span&gt;La elecci&#243;n del punto de vista puede proporcionarnos alguna clave para despejar la inc&#243;gnita de si estamos o no ante una intriga amorosa. Sabemos que la escena es contemplada desde una habitaci&#243;n en penumbra, imaginemos la situaci&#243;n de ese tercer personaje del cuadro (que, recu&#233;rdese,tambi&#233;n somos nosotros) que mira sin ser visto (el &lt;em&gt;voyeur&lt;/em&gt;, soberano deluniverso de las celos&#237;as), sin ser notado. Digamos que se trata de alguien cercano a la dama (su marido, pongamos), que ha sorprendido la acci&#243;n y decidido no intervenir y &lt;em&gt;ver &lt;/em&gt;qu&#233; pasa. Digamos que nosotros conocemos la historia como si disfrut&#225;semos del punto de vista de un narrador omnisciente; a diferencia del encubierto, conocemos lo acontecido antes y despu&#233;s. Hemos abierto una clave de lectura (la celos&#237;a), pero &#233;l carece de los datos que nosotros hemos puesto en juego, tan s&#243;lo puede mirar sin comprender. Un c&#233;lebre cr&#237;tico&lt;a style="" href="#_ftn2" name="_ftnref2" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[2]&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;ha estimado oportuno resaltar que la pintura de nuestro autor coloca al mir&#243;n en una situaci&#243;n de perplejidad y extra&#241;amiento: &#171;La mirada es el &#8220;instrumento&#8221;del que nos servimos para entrar en el espacio privado de las mujeres. Al hacerlo somos verdaderos mirones, mirones, sin embargo, fracasados, pues no logramos penetrar su intimidad. Las pinturas con cartas de Vermeer &#8220;ponen almir&#243;n en su sitio&#8221;&#187;. No alcanzar a conocer el significado de la acci&#243;n (pero,&#191;acaso hay acci&#243;n?), este es el destino de todo posible espectador del cuadro/escena. 

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;        &lt;/span&gt;Continuemos con la hip&#243;tesis. Concedamos que el marido de la dama ha sorprendido la entrega de la carta, por puro azar, y ha decidido quedarse a mirar furtivamente. Nunca antes ha sido testigo de un movimiento sospechosode su mujer, es m&#225;s, nunca ha concebido siquiera que un acto suyo pudiera tener un sentido oculto. Pero lo que acaba de ver es revelador; esta acci&#243;n ambigua acaba de poner en marcha su facultad de sospecha. Ya no recela s&#243;lo de lo que acaba de ver, sino de lo que vio en el pasado y de lo que ver&#225; en el futuro. En ese instante, peque&#241;os signos y detalles pret&#233;ritos que no tuvieron relevancia alguna, obtienen una interpretaci&#243;n suspicaz. Desde este momento el marido se transforma en un sufrido cazador de signos; el hombre comenzar&#225; a hilvanar una historia, un significado posible a la escena de acaba de contemplar sir ser contemplado. 

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;        &lt;/span&gt;Sea pertinente o no la presente interpretaci&#243;n de la escena, &#191;difiere la situaci&#243;n del sujeto que mira en el interior del cuadro de la nuestra como meros contempladores exteriores? &#191;Difiere de la del propio artista que lo compuso? En las artes el punto de vista de la composici&#243;n y de la recepci&#243;n coinciden. En nuestro caso, el pintor no es m&#225;s que el primer espectador de la escena; su punto de vista es id&#233;ntico al nuestro, su ojo es el mismo que el nuestro. Tal vez sea esto mismo lo que Vermeer quiera representar: la incapacidad de conocer con certeza lo que est&#225; ocurriendo mientras est&#225; ocurriendo, cuando no se goza de una perspectiva total, omnisciente; y la consecuente necesidad de construir una historia hipot&#233;tica que d&#233; raz&#243;n de lo que acontece. El sujeto se siente coaccionado a buscar un sentido a lo que escapa a sus sentidos y a su campo de visi&#243;n. Y esta situaci&#243;n no es excepcional en nuestra vida cotidiana, al contrario, constituye la regla&lt;a style="" href="#_ftn3" name="_ftnref3" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[3]&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;.

&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;       &lt;/span&gt;Es in&#250;til buscar en el cuadro elementos simb&#243;licos que nos proporcionen los detalles de la historia que &#233;ste nos muestra. Hay una obligaci&#243;n total a la conjetura, a la imaginaci&#243;n, a narrar y narrarnos lo que puede estar ocurriendo. El pintor ha seleccionado expresamente las unidades que integran la composici&#243;n para que el espectador no logre informaci&#243;n suplementaria (una explicaci&#243;n) sobre lo que tiene delante. Ha depurado la tela de todo rastro aleg&#243;rico, apart&#225;ndose definitivamente del resto de los autores de la pintura de g&#233;nero, en la que cada historia quedaba explicitada hasta en sus &#250;ltimos detalles (con un sentido a menudo moralizante sobre escenas cotidianas),&lt;a style="" href="#_ftn4" name="_ftnref4" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[4] &lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;gracias al juego de s&#237;mbolos que la composici&#243;n pon&#237;a en circulaci&#243;n. El propio Vermeer se fue desprendiendo a lo largo de su trayectoria de los restos aleg&#243;ricos que quedaban en su pintura (el an&#225;lisis radiogr&#225;fico de &lt;em&gt;Lectorafrente a la&lt;/em&gt; &lt;em&gt;ventana&lt;/em&gt;, que muestra a otra mujer leyendo una carta, descubri&#243; que originalmente hab&#237;a en la pared del fondo un cuadro quere presentaba a Cupido). No se trata aqu&#237; de poner el refranero en im&#225;genes, nuestro autor busca que cada espectador integre, lo mismo que el &lt;em&gt;voyeur &lt;/em&gt;en la sombra, el m&#237;nimo fragmento que est&#225; contemplando, en la historia general (propia o ajena) que se adivina fuera de los l&#237;mites del marco; para lo cual nos reserva, incluso, un lugar en la penumbra, ah&#237; junto a la cortina descorrida. All&#225; dentro es nuestra propia vida la que se pone en escena y el cuadro comienza a contar una historia de nuestra cotidianeidad. Ante una pintura suya no nos queda otro remedio que transformarnos en artistas, en narradores. Esto es lo que hace de Vermeer un grand&#237;simo artista, ha transformado la hipercodificada pintura de g&#233;nero en algo abierto, m&#250;ltiple, desnudo de significado y, por ello, capaz de albergarlos todos. Es esta desnudez simb&#243;lica la que hace posible la proliferaci&#243;n al infinito de las interpretaciones.

&lt;div style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;br clear="all"&gt;&lt;hr align="left" size="1" width="33%"&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;div style="" id="ftn1"&gt;&lt;p class="MsoFootnoteText" style="text-align: justify;"&gt;&lt;a style="" href="#_ftnref1" name="_ftn1" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[1]&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;En otro cuadro de Vermeer, titulado &lt;em&gt;La lecci&#243;n de m&#250;sica&lt;/em&gt; y que representa a una muchacha de espaldas tocando el virginal junto a un caballero que marca el tiempo con un bast&#243;n, se puede leer sobre la tapa del instrumento la siguiente inscripci&#243;n: &#8220;La m&#250;sica, compa&#241;era para el placer, medicina para el dolor&#8221;.

&lt;/div&gt;&lt;div style="" id="ftn2"&gt;&lt;p class="MsoFootnoteText" style="text-align: justify;"&gt;&lt;a style="" href="#_ftnref2" name="_ftn2" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[2]&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;V. Bozal, &lt;em&gt;Johannes Vermeer de Delft&lt;/em&gt;.

&lt;/div&gt;&lt;div style="" id="ftn3"&gt;&lt;p class="MsoFootnoteText" style="text-align: justify;"&gt;&lt;a style="" href="#_ftnref3" name="_ftn3" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[3]&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&#171;Vermeer supone un observador &lt;em&gt;fugaz&lt;/em&gt;, temporal y, as&#237;, si se quiere, m&#225;s real, pues en el mundo emp&#237;rico somos nosotros esos observadores. Fugaz no porque est&#233; en movimiento, sino porque la fugacidad, la temporalidad, forma parte sustancial de la mirada: no hay mirada sin tiempo ni fuera del tiempo, no hay experiencia visual al margen de la temporalidad&#187;(&#205;dem, p. 235).

&lt;/div&gt;&lt;div style="" id="ftn4"&gt;&lt;p class="MsoFootnoteText" style="text-align: justify;"&gt;&lt;a style="" href="#_ftnref4" name="_ftn4" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;[4]&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;Hay, sin embargo, en nuestra tela ecos de aquel costumbrismo moralizante. Est&#225; clara la divisi&#243;n en el empleo del tiempo de las dos mujeres. El tiempo de trabajo de la sirvienta es tiempo de solaz para la dama. En el espacio de la enstancia se mezclan la obligaci&#243;n y el ocio, simbolizados en la escoba y la cesta de ropa por un lado, y el instrumento musical, por otro. El amor (sifuese esta la clave de interpretaci&#243;n que, en todo caso, es algo puesto por nosotros, espectadores) se muestra aqu&#237; como una perturbaci&#243;n del orden; la moraleja apuntar&#237;a a lo inadecuado de descuidar la propia hacienda para entregarse a enso&#241;aciones est&#233;riles. Claro que, la sensibilidad moderna nos recuerda el car&#225;cter subversivo del amor, algo perfectamente coherente si se quiere mantener la hip&#243;tesis de la intriga.

&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;</body>
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